| 1.
Artefactos
Es imposible comprender los efectos de una invención como
la fotografía si sólo se atiende a una historia progresiva
y unívoca. La conversión de un medio productor y reproductor
de imágenes en mirador social, industria gráfica y
arte independiente, fue un fenómeno cultural de vastas consecuencias,
perceptibles lo mismo en el corto plazo que en la larga duración.
Los aparatos y técnicas que hicieron posible la más
fiel aprehensión de las apariencias, con la luz como único
demiurgo, no sólo desdoblaron al mundo en réplicas
que no hemos acabado de inventariar. Las maneras en que a éste
se le contemplaba, describía y recordaba, fueron otras a
partir del momento en que la mirada mecanizada impuso los afanes
de su insaciable curiosidad.
El triunfo de la fotografía fue mucho más que el establecimiento
y predominio de un sistema de representación presuntamente
objetiva, basado en el conocimiento de unas cuantas sustancias fotosensibles
y el perfeccionamiento de un armatoste tan antiguo como la cámara
oscura. No únicamente la fascinación por los avances
de la ciencia y la tecnología de mediados del siglo XIX participaron
en la extendida simpatía por los artefactos fotográficos.
Los demonios de la imagen ya estaban sueltos cuando se descubrieron
las posibilidades de un espejo memorioso. El dispositivo que repartió
heroicas efigies a granel e hizo del voyeurismo un placer desvergonzado,
no fue sino uno más de nuestros infatigables esfuerzos por
dar cuerpo a las sombras, descifrar los misterios del tiempo y habitar
mundos imposibles.
2.
Diáspora
Las maneras en que fueron colonizados los territorios que la fotografía
incorporó a la imaginación humana, menos homogéneas
de lo que parecen a simple vista, ilustran tanto la hegemonía
de un nuevo paradigma como el juego de modulaciones y ajustes que
mediaron en su adaptación a realidades disímbolas.
La variedad de usos de las técnicas fotográficas,
su rápida aclimatación en entornos con diferentes
grados de desarrollo económico y distintos bagajes culturales,
y la propia deriva de las imágenes producidas, dificultan
o hacen innecesaria la búsqueda de un tronco común.
Si la fotografía en su prehistoria fue la obra de múltiples
tanteos —un anhelo colectivo al que no le hacen justicia los
reconocimientos oficiales de unas cuantas patentes—, aún
más diversificada resultó ser en las expresiones que
la convirtieron en lenguaje universal.
La fotografía se reinventó en cada lugar en que fue
aceptada como conjuro, oficio, arte o divertimento, articulando
relatos a la vez distintos y parecidos, siempre apegados a circunstancias
y contextos específicos. No hay entonces una Historia Universal
que sea capaz de retener esa producción irremediablemente
centrífuga y multigenérica, nutrida de sí misma,
seguidora y detractora de sus tradiciones, que va de la repetición
a la creación, del practicante anónimo al autor reconocido.
En su diáspora o suspensión, esos fragmentos de la
memoria fotográfica, alejados por el paso del tiempo de sus
motivaciones primigenias, lo mismo componen figuras reconocibles
que miríadas reacias a cualquier clasificación. En
varios lugares a la vez estuvieron y siguen estando las fotografías,
cosas con imagen, imágenes cosificadas, imágenes liberadas
por la mirada de un insospechado espectador.
2.
Revoltijo
Los avances tecnológicos democratizaron la producción
e industrializaron la circulación de los artefactos fotográficos,
objetos siempre encantadores a pesar de su omnipresencia cotidiana.
El universo por ellos instaurado no fue sólo un conjunto
de indicios fijos sino el cambiante efecto de una constante transmigración.
Ese tráfico iconográfico, veleidoso e interesado como
todo comercio humano, se mantuvo lo mismo con la realidad que con
otras imágenes y representaciones. Los rostros, formas, paisajes,
ciudades, escenas y acontecimientos que los registros fotográficos
lanzaron a un incierto más allá, responden por la
sensibilidad de una época, una colectividad o un individuo,
y sólo otros ejercicios de confabulación pueden dotarlos
de significado. El desciframiento o reinvención, lectura
o relectura, que transforma a unas mudas impresiones en dispositivos
cargados de deseo y de memoria, son formas de la imaginación
fotográfica. Puede el autor reclamar para sí la decisión
o inspiración de haber obturado en aquel momento preciso,
retenido una feliz conjunción de formas, revelado una dimensión
desconocida o expresado un mundo interior, pero la construcción
imaginaria de las fotografías es un proceso de intermediación
del que participan impresores, editores, diseñadores, galeristas,
coleccionistas, críticos y públicos masivos o especializados.
Las imágenes tocadas por la gracia de la reproducción
mecánica y la serialización industrial, procesos en
que Walter Benjamin supuso se desvanecería el aura del arte
tradicional, son irremediablemente peregrinas, inestables, promiscuas.
La historia que se puede desprender del conocimiento de sus primeras
apariciones y de las intenciones autorales no es necesaramiente
la misma que se cuenta y recuenta en el transcurso de su vida pública,
cuando esas fotografías son consumidas en forma de libro,
postal, cartel, mural, exposición o publicación periódica.
Una digestión colectiva de millares de ojos, a veces dirigida,
caprichosa en la mayoría de las ocasiones, las deshecha o
recicla, invisibiliza o hace resplandecer. Esa maleabilidad del
material fotográfico es un signo inconfundible de la cultura
moderna, a la que distinguen no sólo su obsesiva visualidad
sino, sobre todo, su desesperación iconofágica. “[...]
Las enormes fauces de la modernidad han masticado la realidad y
escupido todo el revoltijo en forma de imágenes”, escribió
Susan Sontag en Ante el dolor de los demás, el último
libro que publicara en vida. En los remolinos del comercio simbólico
la fotografía se convierte en flujo, escenografía,
adorno, amplificación, excipiente, anuncio, promesa y rememoración
de otras imágenes. Silueteadas, sobreimpresas, retocadas,
reensambladas, adquieren entonces la condición de imaginería:
celebración de los milagros domésticos en un mundo
profano.
3.
Tráfico
Nunca antes, como en el siglo XX, la especie humana dispuso de una
capacidad tan extraordinaria para desmaterializar el mundo en favor
de sus representaciones visuales y para hacer de ellas los más
sublimes simulacros. La centuria encandilada por las luces del cinematógrafo
y la televisión, y en su último tramo por la pantalla
del ordenador, fue también la de la prensa ilustrada. Los
impresos que hicieron uso intensivo de la fotografía, ya
fuera como información, entretenimiento o narrativa, constituyeron
una de las vertientes de nuestra existencia utópica.
A lo largo del siglo pasado, México aportó al género
de las ediciones fotoilustradas —magazines, fotocómics,
fotonovelas, gráfica fotográfica en pequeño
y gran formato— no sólo trabajos de notable factura,
imaginación desbordada y gran influencia popular, sino el
peso de una poderosa tradición iconográfica. Los impresos
en que los estilos de la modernidad hicieron sus adeptos mexicanos,
fueron igualmente escenarios de viejas batallas por la representación
visual de un país diverso y sincrético.
Como en otros lugares del mundo, localizables ya no sólo
en una geografía física sino en los flotantes territorios
de la representación icónica, la fotografía
que en el siglo XX se produjo y/o consumió en la república
mexicana fue material de construcción de los imaginarios
sociales. Solas o combinadas con otras formas de representación,
integradas a sintéticos o bizarros ensambles lexipictográficos,
sometidas al mandato de formas más novedosas de la narrativa
visual, las imágenes fotográficas nunca faltaron en
el largo festín iconofágico con que nuestro país
celebró, a mediados de aquella centuria, la conquista de
la modernidad.
Fotos que como parte de un cartel o un fotomontaje eran adelanto
y promoción de películas; fotogramas fílmicos
que se convertían en historietas; fotocómics que inspiraban
sagas cinematográficas; filminas impresas como postales;
cromos que fusionaban la pintura y la proyección fotográfica;
mixturas de material previamente impreso; monumentales ampliaciones
de rostros, paisajes y cosas; álbumes compuestos en honor
de los artistas que los fotorreportajes, la prensa ilustrada y el
cine hicieron célebres... Es amplio e inevitablemente misceláneo
el catálogo de las transmigraciones visuales de la fotografía
mexicana en el siglo pasado. Aún falta mucho por saber sobre
las formas en que se constituyeron y funcionaron las cadenas de
producción de objetos y discursos visuales que dieron sustento
a la imaginería fotográfica. Tal entramado de relaciones
y desplazamientos escapará a nuestra comprensión si
sólo aceptamos a las fotografías como objetos en reposo.
Iconofagia. Imaginería fotográfica mexicana del siglo
XX, exhibición que es adelanto de un proyecto de investigación
en curso, tiene entre sus propósitos recordar la naturaleza
nómada y camaleónica de las imágenes fotográficas,
visible sobre todo en las obras que son conjunción y prolongación
de otras imágenes. Los trabajos que forman parte de ella
ejemplifican algunos de los géneros en que la fotografía
se nutrió de sí misma para convertirse en alegoría,
fábula, reclamo político o publicitario. Igualmente
nos ilustran sobre la importancia que ese tráfico iconográfico
tuvo en la conformación de la cultura visual que rigió
en México hasta antes de que la televisión estableciera
su hegemonía.
4. Montaje
Entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado, México
transformó su perfil rural y provinciano para adscribirse,
de manera acelerada pero sin demasiado orden, a los impulsos y promesas
de la modernidad occidental. Las ciudades crecieron, las industrias
se multiplicaron, el país amplió su infraestructura
y los gobiernos de la revolución institucionalizada, sin
competencia a la vista, asumieron el papel de guías en la
marcha hacia el progreso. A esos cambios en la vida económica
y social, que impusieron los paradigmas de lo urbano y lo cosmopolita,
correspondió la formación de una nueva cultura popular
y la renovación de los imaginarios nacionales. El orden simbólico
que rigió la mentalidad de los urbanitas emergentes, en camino
hacia el vértigo de la convivencia multitudinaria, no fue
ajeno a la poderosa influencia de los medios de comunicación
y a la excitación publicitaria, a su vez alentados por los
comercios de toda índole: cosas, estilos o personajes. La
migración, la industrialización, la expansión
de las manchas urbanas, la vida secularizada, modificaron tradiciones,
costumbres, paisajes, modos de vestir y divertirse. La fotografía,
desplegando el amplio abanico de sus artes miméticas e ilusorias,
cumplió un destacado papel en la construcción del
nuevo horizonte visual en que vivió, o soñó
vivir, el México Moderno.
En esos mismos años de 1940 a 1970, tres vertientes narrativas
de la fotografía —el fotomontaje, el fotocómic
y la fotonovela— tuvieron su época de esplendor. Sorprende
la convivencia en ese período de varios proyectos artísticos
y comerciales que, por distintas vías y con diferentes objetivos,
exploraron el ensamblaje de imágenes, las relaciones entre
texto e imagen, y el trasvasamiento de la fotografía a otras
expresiones visuales: del cromo a la pintura mural, del cartel al
cine.
Tanto Josep Renau, republicano español exiliado en México,
como José Guadalupe Cruz y José Trinidad Romero, autores
de cientos de fotocómics, hicieron del banco de imágenes
una preciada herramienta de trabajo y cultivaron con fortuna el
arte del reciclaje. Del montaje de la pedacería extraída
de las propias revistas ilustradas, de impresos de la más
diversa procedencia y de copias fotográficas realizadas ex
profeso, surgieron la serie Fata Morgana USA [The American Way of
Life] de Renau y las aventuras de uno de los mayores iconos de la
cultura popular mexicana: Santo, El enmascarado de plata, fruto
de la prolija imaginación de J. G. Cruz y el gran oficio
artesanal de J. T. Romero. De igual modo, fotógrafos como
Raúl Estrada Díscua o Lola Álvarez Bravo exploraron
el recorte y pegado de imágenes, y la ampliación mural
de los fotomontajes. Una década más tarde, Antonio
Caballero, entre otros fotógrafos, nutrió con sus
imágenes los episodios de las novelas gráficas que
eran deleite de los más fieles seguidores de Cupido.
La lista de autores nacidos o radicados en México que practicaron
el fotomontaje o nutrieron la industria del fotocómic y la
fotonovela, es amplia y aún no está debidamente documentada.
Más allá de las discusiones sobre su calidad artística,
es evidente el impacto cultural que tuvieron algunas de sus obras,
en particular aquéllas que desde los quioscos callejeros
conquistaron el favor de públicos masivos.
Rebasa los alcances de Iconofagia hacer una revisión historiográfica
del desarrollo de aquellos subgéneros fotográficos
en nuestro país, temática que requiere aún
más estudios y aproximaciones de los hasta ahora realizados.
Con la selección de autores, piezas y pedacería que
componen la exposición, sobre los que este libro-catálogo
ensaya algunas reflexiones y ofrece información complementaria,
sólo hemos querido seguir la deriva de unos cuantos iconos,
cuyo tránsito y montaje nos informan de manera burda o sutil,
directa o indirecta, sobre la vida imaginaria en el México
de mediados del siglo pasado.
Una de las hipótesis de trabajo de este proyecto asume que
la fascinación por el pastiche ilustrado y la narrativa gráfica
que se dio entre los años cuarenta y sesenta de aquella centuria
se relaciona directamente con la propia naturaleza de la modernidad
mexicana, la cual fue, en no poca medida, un forzado ensamblaje
de piezas que embonaron dificultosamente o nunca encontraron su
lugar. Las ensoñaciones sepias del fotocómic o las
ilusiones rosas de la fotonovela, si se les revisa sin prejuicio
y con algún cuidado, dan valiosa información sobre
las creencias e ilusiones de ese país ubicado a medio camino
entre lo pueblerino y lo mundano, el rebozo y la minifalda. Interesan,
en ese sentido, tanto las obras terminadas como los ingredientes
que fueron su materia y caldo de cultivo. El paso del tiempo nos
permite ahora revisar esos fragmentos, montajes y secuencias cual
si fueran fetiches y reliquias: la imaginería de una época
en que la Patria era una sucesión de cromos, los héroes
eran preferentemente luchadores enmascarados y no había collage
más bizarro que la capital mexicana.
Fetichismos de papel
por
Armando Bartra
“Quizá
las hice para explorar lo que se puede conseguir con imágenes
dadas y empleando material que habitualmente rechazan los artistas
por poco estético y grosero”, declaró el pintor
Francisco Toledo, en referencia a la serie de fotos pornográficas
por él intervenidas que exhibió en octubre del 2002.
Sólo para dar de inmediato otra vuelta de tuerca: “Pero
probablemente esta no sea la razón verdadera, sino mis pendientes
con el adolescente que fui, obsesionado por imágenes y revistas
más o menos clandestinas, que en los cincuenta y en la provincia
eran satanizadas y perseguidas”. Palabras que muy probablemente
explican también las motivaciones de los anónimos
creadores de los dos grupos de piezas de intención pornográfica
que se incluyen en la exposición Iconofagia.
Tanto las composiciones donde rostros de estrellas de Hollywood
se montan sobre fotografías de desnudo, como los ejemplares
de Vea, Vodevil y Pigal con imágenes retocadas mediante goma
de borrar, lápices y crayón, fueron adquiridas recientemente
en La Lagunilla, el principal mercado de pulgas de la ciudad de
México. No ha sido posible, hasta el momento, identificar
a sus autores. Por la edad de las piezas sabemos, sin embargo, que
los dos pornógrafos trabajaron en los cuarenta y principios
de los cincuenta del siglo pasado. Para su propio placer, “el
interventor” cegaba ojos, amputaba pechos y salpicaba de cicatrices
los cuerpos y rostros de las mujeres retratadas, construyendo obras
únicas e irrepetibles destinadas a un museo privado. El “fotomontador”,
por su parte, producía por la paga sus falsos desnudos de
estrellas, pues lo que se encontró no fueron los ensambles
originales sino las copias fotográficas que debieron haber
circulado de manera más o menos clandestina pero comercial.
Los dos ejercicios de iconofagia, aunque diversos en sus propósitos,
corresponden a prácticas que fueron habituales en los tiempos
de la tarjeta postal y el magazine.
Acorraladas por los “ilustrados” y más tarde
por los rotográficos, para los años cuarenta del siglo
pasado las tarjetas postales habían perdido muchos de sus
viejos espacios. Pero se las seguía empleando profusamente
como vehículo de imágenes pornográficas ilegales,
quizá porque era mas fácil montar un laboratorio fotográfico
clandestino que convencer a un taller de fotograbado y una imprenta
de que violaran la ley. El hecho es que los pastiches pornográficos
de historietas populares, conocidos como Tijuana Bibles, circularon
en algunos casos en copias fotográficas, y los cómics
“bondage” de autores como Gene Bilbrew, Eric Stanton
y el mexicano Guillermo Mariño, se fotografiaban y enviaban
por correo a los suscriptores, igual que las poses desinhibidas
de Betty Page y sus compañeras.
En México se distribuyeron y produjeron tarjetas postales
galantes desde fines del siglo XIX. Fotógrafos como Lavillette,
Lange y Arriaga realizaban ocasionales tomas osadas, pero fue una
empresa, Fotografía Industrial Mexicana, la que desde 1915
saturó el mercado con tomas de tiples, vicetiples y modelos
—como la rubia Emma Darwin y la morena Mollie Norris, entre
otras muchas—, fotografiadas en estudio y adoptando actitudes
“sugerentes” que con frecuencia llegaban al desnudo
integral. Para los treinta del siglo pasado las tarjetas postales
estaban de capa caída, desplazadas por las publicaciones
ilustradas, pero las pornográficas se sostenían bien
en el mercado. Y es que las revistas “para caballeros”
siempre estaban en riesgo de requisa y en 1954 fueron quemadas por
turbas juveniles en la plaza mayor de la capital, de modo que la
porción dura de las imágenes “picantes”
circulaba en forma de fotografías, ofertadas por los proverbiales
hombres de gabardina a las puertas del Tívoli y otros teatros
de burlesque. Los microempresarios de la tarjeta porno refotografíaban
material viejo, alguno de fines del XIX, que mezclaban con registros
más recientes, muchos de ellos de autoría nacional.
Un pornógrafo de éxito era el español A. Pérez
Mendoza, editor de Forma. Revista popular de arte y cultura física,
y dueño del céntrico comercio llamado La Tarjeta,
que se especializaba en material “para caballeros”;
desnudos que en muchos casos el propio Pérez Mendoza fotografiaba,
pagando a sus improvisadas modelos la módica cantidad de
un peso la hora.
En el arranque del tercer milenio, cuando en Estados Unidos se rentan
cerca de 800 millones de videos porno cada año y pueden visitarse
alrededor de 80 mil sitios web de contenido sexual, parecen pocos
los 10 millones de ejemplares de revistas “galantes”
y 1.7 millones de fotografías lúbricas que, según
la Comisión Calificadora de Publicaciones, circulaban en
México en 1955. Pero la cifra resulta sorprendente para un
país que tenía 20 millones de habitantes y donde la
permisividad libidinal era excepción y regla la censura.
De estos millones de fotografías “picantes”,
fueron parte los desnudos mercenarios que sirvieron de base a las
composiciones pornográficas que nos ocupan. Por la parafernalia
del estudio y otros indicios, es muy probable que las fotos fueran
realizadas en México, y dado que se localizaron algunas copias
no intervenidas, podemos suponer que el montador era el propio fotógrafo,
quien al desvestir rostros famosos no hacía más que
continuar una tradición cuando menos dos veces centenaria,
que en los tiempos del photo shop y de la Internet sigue vigente.
Ya en el siglo XVIII circulaban en Francia estampas de la nobleza
con los genitales al aire, impresos que se multiplicaron durante
la Revolución y fueron reprimidos durante la reacción
termidoriana. Y en el México de mediados del XX circularon
dibujos mostrando en poses comprometedoras a inaccesibles divas
del cine nacional como María Félix y Dolores del Rio.
Porque, para los mexicanos de a pie, los “famosos” existían
sólo en la pantalla o en el magazine, lugares donde fantasía
y “realidad” se entreveran por completo (para efectos
prácticos Charlie Chan tenía el mismo estatuto que
Chiang Kai-shek), de modo que la diferencia entre un desnudo vicario
y uno presuntamente real no era tan grande. Además, en el
mundo virtual es más fácil realizar nuestros deseos,
no sólo exhibiendo las “vergüenzas” de la
nobleza, también convirtiendo en viciosa a la virtud. La
reciente conversión de Marilyn Chambers de virginal rostro
publicitario del jabón Ivory a desenfrenada porno star, es
buen ejemplo del valor icónico y simbólico que tiene
la transformación de la típica girl next door en demandante
ninfómana. Este montaje virtual resultó tan redituable
para Artie y Jim Mitchell, quienes dirigieron sus primeras películas,
como para Procter and Gamble, respetable empresa que después
de medir las ventas decidió dejar el rostro de Marilyn en
sus jabones. El mismo tipo de fotocomposición practicaba,
aunque con medios más rústicos, el modesto pornógrafo
mexicano que ponía cuerpos pecaminosos bajo los rostros de
estrellas consagradas por el cine de Hollywood.
Descubrir las imágenes ocultas en las imágenes, intuir
lo que sobra o lo que falta para enmendarlo con afán libidinoso
o juguetón, son prácticas antiguas y recurrentes,
constatables en las muchas revistas retocadas que siguen llegando
a los mercados de pulgas. Al retocar con goma, lápiz y crayón
las imágenes cachondas que lo obsesionan, nuestro “interventor”
lleva a cabo una posesión simbólica; un acto ritual
no sólo imaginario sino moderadamente físico, pues
ha dejado huella; un exorcismo de los íntimos demonios, que
ya es apuesta formal, que ya contiene un principio de creación
plástica.
Pero cuando perfecciona con amputaciones mamarias, prótesis
fálicas, uretras dislocadas, cicatrices queloides y ojos
ciegos, las fotos “picantes” publicadas en Vea, Pigal
o Vodevil, nuestro anónimo voyeurista de magazine llueve
sobre mojado. Su materia prima es, en realidad, producto de una
larga serie de manipulaciones, semejantes a las que ya encontramos
en publicaciones de hace un siglo, como Les Beautés de la
Femme. Photographies D´apres nature. Etudes academiques de
nu, de demi-nu et de déshabillé, que desde 1903 aparecía
mensualmente en París, sin más contenido que fotograbados
de desnudos femeninos, eso sí, debidamente depilados por
el retoque. El artificio empieza con la impostura profesional de
la modelo; continúa con la pose, fondo, iluminación,
encuadre, lente, filtros y demás astucias del fotógrafo;
se prolonga con las alquimias del cuarto oscuro, que desembocan
en la selección de una toma y el retoque del negativo, para
obtener, al fin, la impresión definitiva. Y este original
podría no ser la misma versión del retrato publicado,
pues con frecuencia el editor de la revista se adelanta a la censura
gubernamental, instruyendo suprimir pliegues vaginales y vello púbico,
si no es que sobreponer velos, florecitas o de plano calzoncillos.
El resultado es cualquier cosa menos un documento fidedigno, de
modo que cuando el párvulo fetichista del papel suprime o
agrega, no hace más que sumarse a la impostura: añadir
otra imagen a la imagen de una imagen.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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