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11 de junio del 2005



Las glorias (perdurables)
del gran Garibay

Por Carlos Monsiváis

A Rogelio Carbajal

 

A propósito de la reciente publicación del décimo —y último— tomo de las Obras Reunidas de Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923 - Cuernavaca, 1999), por parte de la editorial Océano, Carlos Monsiváis dirige una mirada minuciosa a las aristas que delinean la imagen de este hombre de letras vigoroso, violento y desmesurado. Entre las conclusiones de Monsiváis acerca del cronista de Las glorias del gran Púas (1978), se apunta ésta: al abrir cualquiera de los libros de Garibay, encontramos “un autor muy conocido y un gran autor muy desconocido”.


I. De los amores como sinsabores

Según numerosos lectores de Ricardo Garibay, Beber un cáliz, una de sus autobiografías, es su mejor libro. Si el criterio es demasiado competitivo, la calidad del libro es innegable. Beber un cáliz narra los vínculos de un hombre y su padre, sus encuentros y desencuentros, sus temores y alborozos, y lo hace por etapas: la niñez (un tanto a la manera del personaje de Víctor Sjöstrom en Fresas salvajes de Bergman, el anciano que en la evocación representa el papel de niño), sus nociones de autoridad, la experiencia familiar como legado del amor y el resentimiento, el sentimiento religioso, la vigilia de la agonía. El hombre fuerte de la casa se extingue y Garibay hace su recuento de bienes, tuvo fe y la perdió, tuvo fe y la recupera en la literatura, ya no el dogma o la pertenencia sin reservas a una iglesia, sino la ansiedad bíblica reúne las imprecaciones dirigidas al infinito y a la especie, la desesperanza que se amerita en un cuarto de espera del hospital. Garibay no demanda el alejamiento de cáliz alguno, sólo profundiza en la desesperación del hijo que, en presencia del gran misterio, ve consumirse al padre:

Su cuerpo no es ya de una sola palabra; para señalarlo hay que enumerar sus partes: cada una ha cobrado importancia y ferocidad exclusivas; es cada uno de sus huesos y lo que queda de sus músculos; es cada uno de sus dedos y el temblorcillo repentino de cada uno de sus dedos, la quietud horrorosa de sus pómulos, la de su nuca, los pliegues de la almohada, el sudor espesado en la almohada y el cuenco que su cabeza ha cavado en la almohada; este olor pardo y quieto y la mezcla de olores dulzones de la pieza, el olor agrio de sus cabellos,
el olor que viene de la cocina, grasoso, el que despide el miedo y un negro olor insoportable que por momentos aparece. Su cuerpo y él...

Se ha comparado Beber un cáliz con Algo sobre la muerte del mayor Sabines. Hay semejanzas, sin duda, en ambos textos la tribu se reúne en torno al cadáver inminente, mientras se unifican los recuerdos del vigor y la debilidad de las postrimerías, los rezos fijan la circularidad de la noche en vela. Ruega por él, Ruega por él. Describe Garibay el final:

Regresé. Una belleza serena empezaba a trabajar el rostro de mi padre. Era tímida aún, pero iba haciéndose franca. Una gran belleza iba a envolverlo. Ya hablé de la emoción de esa belleza: era última, futura, original.
El cuerpo resucitará para alabanza de Dios, a Dios debida.

Ruega por él. Tal vez la semejanza más notoria entre los textos de Garibay y Sabines es el reconocimiento de la identidad entre mística familiar y religiosidad. El Dios de Beber un cáliz y el Dios de Algo sobre la muerte... son formas de la trascendencia estética, del amor al padre que es el vislumbre de Dios, del Espíritu que flota sobre el haz de las Palabras. La diferencia entre el poeta y el narrador se percibe al observar el valor concedido por Sabines a la espontaneidad, en este caso el río de anatemas y constancias sentimentales que flotan en el idioma de todos los días, tan hecho de símbolos y metáforas y lugares comunes que hace la función de espejos. A Garibay el dolor de la pérdida le resulta real porque los sentimientos se afinan en las tradiciones literarias que median entre la culpa del sobreviviente y las animosidades propias de los deudos. En Beber un cáliz, el amor es más verdadero si se despliega en la página, el amor es la vía de acercamiento a los mitos del lenguaje. En el último colofón del libro, del 21 de septiembre de 1993, Garibay afirma:

Han pasado treinta años. Yo tengo setenta... No ha pasado el tiempo, no pasa, y tiemblo de saber —al fin a ciencia cierta— que en la pena no pasa el tiempo ni tampoco en la sintaxis que la guarda. Sí advertí que ya no me acuso de tanto como me acusaba, solamente lloro agradecido.

Beber un cáliz es uno de los libros definitivos de su autor, que entre otras cosas le asigna a la literatura el don de singularizar las experiencias inevitables en los seres humanos. (La perspectiva estética es dicha y es desdicha.) Y el texto combina el vigor y la delicadeza:

Septiembre 5
Me acompaña a todas partes, pero sobre todo, en el pecado; entonces aparece con mucha nitidez, vuelvo a ver como si por primera vez la viera aquella irrupción de huesos de cal: quijadas, órbitas, pómulos, arcos y aristas brotan con fuerza terrible, con la que brotaron un poco antes de que su boca, sola, comenzara a latir; también aparece su rostro al sol, descendiendo a su tumba, rostro de cera, seriedad de seriedad, seriedad de infinitud, de trabajo cumplido con infinita seriedad, rostro advertencia, liberación frente al mal, afilamiento esencial del espíritu hacia la eternidad luego de haber cumplido el cuerpo su trabajo tremendo. Yo en el pecado, hacia el deleite, y el rostro descendiendo a su tumba; yo chapoteando y el rostro al sol del domingo cuando abrieron un momento la caja: esos ojos en los que lloraba una lágrima fija, esas ligerísimas líneas de sonrisa debajo de los pómulos, ese perfecto hueso de la nariz, esa boca un poco escondida bajo el pardo bigote, boca firme, curvada apenas, apenas dibujada curva entre sonriente y triste; yo en la circunstancia placentera, prohibida, y el rostro en la perennidad que se consigue a lo largo del dolor, el rostro en la seriedad agobiante de lo eterno, del otro lado del aire, amoroso y severísimo, compasivo e implacable.

En Beber un cáliz, y no obstante el desvanecimiento de la fe —esa segunda pertenencia a la familia, tan hecha de tradiciones y lazos
externos—, Garibay declara cuánto le debe al hálito poético cuyo primer fundamento es el vocablo múltiple: la eternidad. Un escritor para escritores, lo que por distintas razones no se le reconoce debidamente, despliega su técnica a través del manejo democrático de los absolutos.

II. El viajero del Centro Histórico
Ricardo Garibay nace en Tulancingo, Hidalgo en 1923. Pronto, la familia se traslada a la Ciudad de México, en donde Garibay capta y captura las experiencias sin las cuales no se entiende por qué su obra es un largo viaje entorno a la autobiografía. Estudia la primaria y la secundaria en la zona del Centro, y allí conoce la inmensa crueldad de la niñez, de allí extrae los primeros elementos de su filosofía-de-la-vida, y allí también adquiere su determinismo:

¿O sea que crecerás y envejecerás según lo que eras en el principio? ¿La mayoría inmensa no habrá de evolucionar, no romperá la valla de la penuria donde lo hicieron sus padres? Salvo ése que digo ¿qué fue de los trescientos desarrapados de aquella 22.11? El Güero Córsoba murió temprano. ¿Y los demás? ¿Como imágenes borrosas son hoy, y eso solamente, imágenes apenas en su vago contorno? Es al recordar a aquéllos con quienes la infancia fue la obligada pesadilla cuando se ve y se siente que la muerte es cosa cierta, y que la memoria se adelgaza hasta dejar ahí detrás sólo un nubloso vacío.

En el Centro todavía no calificado de Histórico, Garibay aprende la quintaesencia de su idea de México,
la concretada en el “laboratorio fáustico” donde son una y la misma cosa los cabarets y los gimnasios, las librerías de viejo y los murales de Rivera, la defensa de la soberanía nacional y la larga noche de los incendios de ron y tequila. En el Centro, en la Preparatoria de San Ildefonso, en los alrededores de la Facultad de Leyes, en la obtención de empleítos como gajos arrancados a la epopeya, Garibay aprende su nacionalismo y su desconfianza ante el patriotismo, sus rudimentos de estética y sus diversiones a contracorriente. Los amigos cercanos de Garibay son escritores, filósofos, políticos (los menos), artistas plásticos, y a la mayoría los encauza el lenguaje jurídico o, por lo menos, la Cultura del Abogado. Cito a algunos, los más mencionados por Garibay: Rubén Bonifaz Nuño, Henrique González Casanova, Fausto Vega, Emilio Uranga. Crecen y se forman en el país sin alternativas, el de “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, el del “Hazte priísta y piensa como quieras, pero no lo comentes”. Son viajeros tardíos y su nacionalismo se alimenta de obstinaciones sedentarias. Confiesa Garibay: “¿A mí qué me va o no me va París, Nueva York y etcétera? Me interesa mi mundo”.
Desde muy joven Garibay se precia de su renuncia a los honores y las representaciones de la Patria. En Cómo se pasa la vida, evoca su vocación desertora:

Y bien, llegué a la Facultad de Jurisprudencia. Y ya en la primera semana pensé ¿qué estoy haciendo aquí? Me ahogaban las aulas, los patios, la sintaxis. Me sentía convidado de piedra, respiraba aires viejos y hostiles, por misterioso modo los maestros y los vulgares compañeros eran enemigos aunque no lo supieran, y las teorías, fantasías innecesarias y áridas. Se pasaba lista y al oír mi nombre contestaba “presente” y abandonaba el salón. Una especie de desgana hasta la náusea acompañaba mi vocación jurídica. Afuera estaban los cafés, los diálogos, los libros ajenos a las doctrinas del derecho, los grandes concertistas en Bellas Artes y la sinfónica de Chávez. La vida conseguía sentido si yo le daba la espalda a la Facultad.

Garibay es boxeador amateur, enamorado múltiple (mientras persigue el ideal erótico toma notas de novelas y cuentos, autodidacta en el sentido exhaustivo de la expresión. Y es lector en perpetuo aprendizaje. Sus compañeros de generación se han referido a dos de sus admiraciones profundas: Jean Giono, el escritor francés de las aventuras existenciales, y Jacob Wassermann, el escritor alemán de Gaspar Hauser y El hombrecillo de los gansos, que, por así decirlo, transforma episodios únicos en alegorías. Garibay reclama sin embargo otro árbol genealógico: “He tenido cuatro maestros: la Biblia, la Ilíada, Alfonso Reyes y Gabriel Miró, que me han enseñado a escribir y los he frecuentado muchísimo. Me he basado en ellos de manera muy precisa y muy enfática en todo lo que he escrito. Seguirán siendo mis modelos; jamás igualaré la Biblia, la Ilíada, la extensísima obra de Alfonso Reyes, el manejo del ancho río del idioma con total dominio, o la elegancia barroca de Gabriel Miró. Nunca igualaré eso. Como maestros me han dado, para mis alcances, suficientes armas, territorio para caminar.”
No dudo de la sinceridad de Garibay, pero en lo mejor de su obra no percibo el influjo de estos maestros, con la excepción de la Ilíada, cuyo vértigo poético (épico) se vislumbra en el recuento del asesinato de Par de reyes o en el desvarío de la toma de Troya por los turistas ansiosos de llegar a Las Vegas. Pero en los textos perdurables de Garibay no se advierten la transparencia de las frases de Miró, sustentadas en el deleite de las evocaciones (la prosa hoy tan anacrónica que anhela sembrar sonidos como rumores), ni el estilo clásico de Reyes. Más bien percibo el fluir idiomático como lucidez de abismo, el precipitarse sobre la página para retroceder y avanzar y contradecirse y sustentarse en el impulso. Y allí, si no Wassermann, sí Giono le enseña a Garibay a reconocerse en la falta de asideros y de límites, a sólo confiar en el estilo en su dimensión de ascetismo del barroco y fortaleza acústica, y a pronunciarse contra ese autoengaño cuya suprema recompensa es la credulidad ante los elogios. También, de pronto, se cuelan en los textos las atmósferas de una deuda de todos, la contraída con Proust.

III. Lo que sufre el que vive
Si Garibay no obtiene el aprecio crítico que merece de sobra es por distintas razones, y una de ellas es la suma de sus negaciones: no pertenece a un grupo literario; no cree en la obra de sus coetáneos a la que menosprecia sin ambages; y no admite la excelencia de escritores vivos, a sabiendas de la injusticia salvaje de sus opiniones. En una ocasión declara: “A mí Muerte sin fin me parecía y me parece aburridísima e incomprensible”. Y al no bastarle, añade: “Me parecían —los relatos de El llano en llamas— cuentos de campesinos de pega, larvarios, acomodaticios, de entraña folclórica o populachera y nada más”. El periodista Froylán López Narváez refiere una entrevista de Garibay:

—¿Qué piensa usted del escritor Carlos Fuentes?
—Ese no es escritor ni es nada, dígame otro.
—¿Qué le parece la obra de Octavio Paz?
—Ese no es escritor ni es poeta, ni es nada; otro, otro. (En Signos vitales de Ricardo Garibay. Editorial Colibrí, 2000)

El tono teatral de las descalificaciones describe a un personaje solitario, muy dolido por las injusticias literarias, ansioso del reconocimiento y concentrado en la obsesión de la obra perfecta. Y, también, un autor sobredeterminado por la autocrítica, la exigencia que le funciona al escribir y de la que reniega al declarar:

No soy Premio Nacional de Literatura, no soy Premio Cervantes de Literatura, ni Premio no se qué Latinoamericano de Literatura, no soy Premio Alfonso Reyes ni Premio Juan Rulfo de Literatura. Dos veces me lo negaron, y también dos veces el Nacional. No soy nada, nunca me han dado nada, y los jurados, no nos podemos hacer locos, son más o menos los mismos de siempre. Son contemporáneos míos, bastardos que no me perdonan la independencia o la valentía o la altivez varonil; esto no me lo perdonan. Me niegan los premios (En Signos vitales de Ricardo Garibay)

Es, en efecto, inconcebible la mezquindad del medio cultural en el caso de Garibay, pero también —y esto lo digo en su alabanza— él jamás cuida de la promoción de sus obras ni de las campañas de relaciones públicas. Por lo contrario, a sus contemporáneos Garibay no les da cuartel. “Hay algo en mí que mis contemporáneos no soportan ni ven valioso, y eso creo que independientemente de mi desprecio y maledicencia y hasta del indudable peso de mis obras. Los despreciaba con el alma y les envidiaba la certeza de su destino. Tenían aureola de sabios futuros, sabían ya mucho de libros. Sus tácticas para vivir sin aspavientos, sin aventura; su capacidad para vivir sólo de ellos, entre ellos, su lejanía de la calle y el mundo del riesgo, su buen gusto derivado directamente del tono menor que hay del énfasis, de la solemnidad, de la espontaneidad, del amor a las ideas —amor entonces obligadamente silvestre y atrabancado, me los alejaba sin remedio posible...” (De Taíb).

Lo anterior me lleva obligadamente a otra recapitulación absurda e injusta, la de José Vasconcelos sobre sus compañeros del Ateneo de la Juventud (Alfonso Reyes, Julio Torri, Martín Luis Guzmán, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña), a los que condena por habitar en la torre de marfil y por ser exangües y medrosos. Como Vasconcelos, modelo que no admite, Garibay oscila entre el intelectualismo y el antiintelectualismo, entre el culto a la vitalidad y la devoción por los clásicos. No es mérito escaso de este amor que a pesar de su abominación de los letrados, tan belicosa, nunca se aleja de la reverencia por el estilo. Cree en los poderes del idioma, y vive para ser un escritor, alguien al que todo (afirmaciones y negaciones, causas políticas y personajes, objetividad y subjetividad) sólo le importa si se localiza en la página. Lo que se es y lo que se vive únicamente se valora en la literatura. Lo que ve el que lee.

IV. La bibliografía tremendamente viva
Como en otros casos, en el de Garibay su impulso protagónico y sus contradicciones (del personaje y de la persona) han ocultado por largo tiempo el vigor y la dimensión de su obra. Pero revísese someramente los diez tomos de sus obras completas. En novela, Beber un cáliz (1965), Bellísima bahía (1968), La casa que arde de noche (1971), Verde Maira (1977), Par de reyes (1983), Taíb (1988), Triste domingo (1991), Trío (1993), El joven aquél (1997), Lía y Lourdes (1998). En cuento, La nueva amante (1946), Cuentos (1951), Mazamitla (1955), Gamuza (1987), El gobierno del cuerpo (1977), Aires de blues (1984), El humito del tren y el humito dormido (1985, un homenaje a Gabriel Miró en el título), Pedacería de espejo (1989), Vamos a la huerta del toro toronjil (1995), Treinta y cinco mujeres (1996). En el capítulo de memorias se anotan Rapsodia para un escándalo (1971) y Fiera infancia y otros años (1982). En el ensayo Paraderos literarios (1995) y Oficio de leer (1996), muy probablemente lo más débil de su obra. En crónica: Cómo se pasa la vida (1975), De lujo y hambre (1981), Lo que ve el que vive (1976), Feria de letras (1998), Tendajón mixto (1989), Las glorias del gran Púas (1978), Acapulco (1978), De vida en vida (1999), Chicoasén (1986). Un libro singular: Diálogos mexicanos (1975). Dos libros de teatro fallidos: Mujeres en un acto (1978) y Lindas maestras (1983). Algunos de sus guiones de cine son excelentes, La Cucaracha (1955), y Los hermanos de hierro. De los guiones se han publicado Lo que es del César (1970), El Milusos (1971) y El Púas (1991).
Al publicarse ahora sus Obras Reunidas las sorpresas no escasean. Agregan muchísimo, sorprende el número de textos inéditos y rescatados, y despliegan la vitalidad prosística y la exasperación vital. ¿Una primera conclusión? Ricardo Garibay es un autor muy conocido y un gran autor muy desconocido. Hay caídas, repeticiones, disparates, obcecaciones, autolaceraciones, brotes de sexismo y homofobia, pero, y esto es lo definitivo, la desmesura del escritor es una consecuencia de su talento evidentísimo.

V. “Señor ritmo, señor ritmo”
Por facilismo, los críticos (nunca demasiados) de la obra de Garibay suelen elogiar la fidelidad reproductiva de los diálogos de Garibay, y siempre se le reconoce el “gran oído literario”. ¿Qué quiere decir este elogio? Él es el gran talento que aísla el ritmo del habla popular y lo reinventa, entregándolo como un rap magnífico, un fluir verbal que es literatura y es apego a las voces colectivas. Si la reproducción no es ni podría ser fidedigna, el resultado es notable, porque en las páginas de Garibay se expresan muy adecuadamente los personajes del feliz y desdichado anonimato, de la clase media en busca de iluminaciones, de la élite del poder que ha dejado de creer en el estilo. Véanse al respecto Diálogos Mexicanos o “Las glorias del gran Púas”, incluido en De vida en vida. Se adentra Garibay en el medio boxístico:

Con su perdón pero fue con el uno-dos y entrando ya ve usté que caminar en el ring era lo que sí se sabía dormido y es lo más pelón allá arriba caminar para adelante ¿caunteadores? yo le cambio diez caunteadores por uno que sepa caminar para adelante mire dedos le han de sobrar para contarlos y era lo que sí le sobraba a Medel era lo que si le sobraba señor ritmo señor ritmo allá arriba es lo que se está perdiendo y ganar la pachocha a base de chinguitas rápidas y a otra cosa mariposa yo aquí estuve ¿no? ¿y mi paga entonces? es que es el picudísimo no es otro que el picudísimo taim is monei ¿lo que quieres es que gane? ps ya gané me pagas ¿o que no está durmiendo el otro no está comiendo brea? tons qués lo que te gorgorea porque yo te los acuesto el réferi les cuenta y el mánager cobra la bolsa ¿o qué también tengo que ser un científico?

El viento del pueblo es un habla intraducible. Tomen o dejen a la sinceridad popular que al cabo ni los pela. Si “Las glorias del Gran Púas”, publicado inicialmente en Proceso, es el texto más exitoso de Garibay, se debe muy probablemente a su novedad básica: un escritor al que —por no leerlo— se pensaba costumbrista o realista anacrónico, resulta poseedor de una modernidad de fuegos de artificio, que condensa en un solo incesante texto el universo de la “obscenidad” (la violencia se concentra y se dispersa en un millón de chingadas y carajos), y le da la oportunidad a la improvisación de hacer como si dijera. En “Las glorias...” el Ídolo viaja hacia el placer que le reconfigura la existencia, y el habla popular es el sujeto central, desbordado y fúrico y contentadizo. Rubén Olivares el Púas, es un boxeador malgastado en lo deportivo y lo vital, que se adapta sin concesiones a lo que sea, en el plan que es lujo de la razón cínica. Y si Garibay no persevera en este tipo de crónicas, salvo una excelente sobre los mexicanos en Las Vegas, sí evidencia las virtudes de una prosa que discrimina e incluye con la misma pasión.

La contribución de Garibay al español mexicano (subrayo el gentilicio para honrar la índole de su oído literario) depende en lo básico de su método de invención de personajes a través del habla. En libros y guiones (lo que de ellos respetaron productores y directores), Garibay es un “psicólogo del comportamiento verbal”, y en su texto no hay líneas divisorias muy categóricas entre las acciones y los discursos (los “rollos”). Uno es también lo que habla y cómo lo hace, y el énfasis personal responde al temperamento y rara vez desiste acatar las órdenes de la clase social a la que se pertenece. Garibay es muy probablemente el reproductor más diáfano de las oscuridades, las furias y los regocijos del habla que fue popular o fue elitista y hoy parece ser multiclasista como si la estrechez de vocabulario fuese el último recurso de la comunidad.

Con el cuidado que le dedica a la página perfecta, Garibay aprehende el ruiderío de los gimnasios de box, los mercados y los estudios de cine, allí donde sólo se entiende lo perdido o lo inaccesible. No es una grabadora sino un creador de estructuras verbales que desprende del habla la sicología de las personas que es en gran medida una declaración de bienes y de asistencia a ese confesionario que un minuto antes era un bar, una arena de box, una reunión de intelectuales, una bendita pérdida de tiempo.

VI. Los pantalones de Bionchec
En sus descripciones, Garibay crea con frecuencia atmósferas alucinadas al hallar un hecho insólito que se agiganta regocijadamente. En Lo que ve el que vive, relata una de las giras tempestuosas y multitudinarias del presidente Luis Echeverría. Allí Garibay conoce al economista polaco-mexicano Miguel Wionczek, en la crónica nombrado Bionchec porque así lo determina la (maniática) trascripción fonética del cronista:

Bionchec, de raíz católica, estatura mediana, largas greñas pajosas y lacias, entre canas y rubias, ojos claros, llanamente bondadosos, risa fácil, gestos de niño, vientre plácido y pantalones de tubo diez o quince centímetros arriba de los zapatos. Al principio supusimos que eran pantalones viejos, y evitamos comentarios, pero en Moscú se presentó de riguroso estreno en el restorán.
“¿Ya vio usted al doctor Bionchec estrenando traje?”, me preguntó Reyes Heroles. “Sí, por qué” “¡Porque los pantalones también son de brincacharcos, se los cortaron de brincacharcos, seguramente así los pidió!” En Pekín, Sánchez Navarro me dijo, francamente preocupado “Me tienen francamente preocupado los pantalones del amigo Bionchec”. Y en Hong Kong, Pérez Correa reflexionó en voz alta, de pronto y sin que viniera a cuento “He pensado más de la cuenta en los pantalones de Bionchec, no consigo explicármelos” Scherer llega precipitadamente y me grita en la oreja “Vea desde aquí a Bionchec, querido Ricardo, véalo Ricardo querido, contemple desde aquí a ese hombre admirable” —allá está Bionchec, escaleras arriba, buscando con sus miopísimos ojos quién sabe qué en el cielo comunista— “Qué buena facha —digo—, parece un sabio a punto de descubrir o de olvidar algo”. “¿No son una barbaridad esos pantalones? —me grita Scherer, con todas sus fuerzas, casi me rompe el codo, me zarandea— ¡Ricardo, por favor! ¿No son inexplicables esos pantalones? (Ahora la voz desciende hasta la confidencia dolorosa) ¡Por favor, Ricardo, lo conmino a usted y a toda su espléndida lucidez. Quedan muy pocos hombres que se atrevan a usar algo como eso”. Creo que Bionchec nunca se enteró de estas conmociones.

El Bionchec de la crónica es inevitablemente un invento, y una técnica astuta que, al destacar lo inadvertido, ilumina la atmósfera de una gira presidencial. Lo de menos es el vestuario excéntrico del economista; lo fundamental es tomar una anécdota de la guardarropía fantástica en las giras de la corte presidencial e independizarla del texto, ya como microrrelato sin principio ni fin, que en su propio absurdo se consume y prevalece.

VII. De la autobiografía y sus alrededores
El gran tema de Garibay es la experiencia directa. Con reiteración, amplía datos de su autobiografía y los vuelve paisaje de los tiempos de escritor exasperado y exasperante, dotado de voluntad lírica y de la gana de pelea y choteo al servicio del humor corrosivo que también lo alcanza. El Garibay que despotrica contra los escritores del canon, detalla también “las circunstancias penosas” o muy adversas que lo devastan. Y el equilibrio confesional se consigue integrando procesos dolorosos (familia, relaciones amorosas, modos de ganarse la vida) con episodios de la picaresca. En este ámbito Garibay es único. Su revisión del medio cinematográfico es divertidísima y, hasta donde se sabe, exacta por ultraparódica, sus retratos de la burocracia estatal entreveran la crueldad justiciera con la sátira de lo que ya en sí mismo es humor involuntario; su trazo de caracteres raros o desproporcionados confirma el hecho temible: para la mirada ajena todos somos raros o desproporcionados; su acercamiento a los políticos priístas (hasta hace poco los únicos políticos realmente existentes) es un safari en el universo de las formas huecas y los contenidos corruptos. Garibay refiere por ejemplo su imposibilidad de renunciar a una “porquería de empleo” y cómo le toca de jefe

un señor Cataño de fama pillastre, pariente de Ruiz Cortines, secretario de Gobernación. Los proveedores hicieron fiesta. Y pronto me encontraba con Cataño, por Madero, a horas de oficina, vestido él de casimir inglés, camisa francesa, corbata italiana y zapatos gringos, y colgando de su pescuezo toda suerte de cámaras fotográficas y lente de gran potencia. Parecía vendedor ambulante en alguna calle de San Antonio Texas.
—¿Cómo le ha ido, señor Cataño?
—A mí muy bien, sólo a los pendejos les va mal y no lo veo boyante, joven amigo.

Como en el aforismo de Stanislaw Jerzy Lec, Garibay probablemente habría dicho: “¡Ábrete Sésamo. Quiero salir!”. Y este hartazgo de la vida, que es técnica escénica y estímulo prosístico, puebla de momentos extraordinarios los relatos de Garibay y hace de sus crónicas el recinto de personajes de autonomía regocijante. En De vida en vida, el último de sus libros que Garibay conoce, hay viñetas excepcionales. Una de ellas es la consagrada al filósofo Emilio Uranga, la esperanza de su generación, de brillantez aceptada por todos, que se desintegra en la incondicionalidad con los gobiernos, la amargura y el alcohol. Garibay hace algo más que evocar al amigo/enemigo de la juventud; elabora al gran personaje, el fracasado por exceso de dones, el intolerante que no se tolera a sí mismo, el amanuense de los políticos cuya lucidez se fragmenta en el desprecio a lo que le rodea. Abandonado por todos, Uranga, alguna vez calificado por su maestro, el filósofo José Gaos, como “la promesa de genio en México”, muere solo. Garibay traza el final:

Es la madrugada del 31. Pronto empezará a amanecer. La fría claridad de octubre. Entre millares de libros, Uranga está muriendo. Se va haciendo de yeso. No consigo ver a su alrededor demonios ni ángeles. Lo invade lento la nada. Acaba de morir. Un silencio absoluto, tal vez un despectivo silencio. ¿Por qué ese destino atroz de quien traía la luz, la traía de veras consigo?

No hay en las novelas de Garibay un personaje comparable al “Emilio Uranga” o al “Arturo Arnáiz y Freg” de las crónicas. Y no los hay porque en sus cuentos y novelas se desentiende de lo que considera un “medio sin grandeza” (según el autor). La épica o la antiépica en la obra de Garibay se integra con personajes en paisajes normados por el desafío a los poderes naturales o sociales, y la picaresca o la excentricidad que contienen se norman por otras reglas. En cambio en lo autobiográfico, al describir no el mundo que intuye literariamente sino el que le pertenece por derecho de formación, Garibay es rápido y cínico, lo que no indica ventaja alguna del cronista sobre el narrador, sino —pero esto es suficiente— la creación excepcional de personajes que no necesitan del marco de la novela para ser plenamente literarios. Así la excelente viñeta sobre el historiador Arturo Arnáiz y Freg, un conversador brillante y malévolo:

Lo perdí muchos años. Lo vi de nuevo en el avión presidencial de Luis Echeverría, rumbo a Salvador Allende. Estaba gordo y viejo y entontecido. Recorrió el avión regalando sus libros, lujosamente empastados. Cada libro tenía un prólogo de veinticinco páginas, y doscientas setentaicinco páginas en blanco. Papel de calidad. Luego entró en la cabina del Presidente. Estaba el rector de la UNAM y varios secretarios de Estado. Echeverría hablaba de la caravana debida a los mandatarios extranjeros que había visitado. Salta Arnáiz
—Calma. Cuidado. Caravana. ¿Y dónde están los camellos? ¿Dónde el desierto arenoso y blanco?
—Cómo debe decirse, maestro— preguntó Echeverría, sonriendo, casi con cariño.
—Reverencia. ¿Sí? Reverencia. Sí. Los niños se hacen presidentes y hay que seguir aleccionándolos.
—Gracias, maestro Arnáiz.
Al rato, hablando, hablando, Echeverría dijo que había que regresarle a los gringos...
—Calma. Cuidado. ¿Sí? Los niños... Si Regresar no es verbo transitivo, no admite el enclítico. Sí.
Y así hasta que el Presidente miró al general Castañeda, que se inclinó hacia Arnáiz, y Arnáiz salió de la cabina para nunca más entrar.

En estos textos, Garibay es un maestro del retrato de la decadencia, del deterioro y, una veta suya extraordinaria, de la picaresca que hace las veces de continuidad de la especie.
El Milusos, personaje arquetípico, es el más conocido pero de modo alguno el más logrado de la picaresca garibayana. Al hombre que se improvisa en todo para persistir en una sociedad que a la mayoría sólo le otorga posgrados en sobrevivencia penosa, lo preceden y lo suceden los burócratas ansiosos de pequeños saqueos, los productores de cine felices por su ignorancia, los políticos expertos en el decir nada con tal de ganar el tiempo del descanso mental, las prostitutas que traicionan para disfrutar de los orgasmos del alma. Y a la picaresca, ese arte del no dejarse que suele ser el alegato de los vencidos, Garibay le añade trazo de los excesos. El retrato de Agustín Lara es formidable. El maestro llega a Madrid:

Bajó la escalerilla. Aquello era un tumulto. Entonces él hizo señas diciendo: ¡Hacer espacio, hacer espacio! La gente se apartó. Él salió del tapete rojo, se arrodilló, limpió amorosamente un cuadro de asfalto, de tierra vamos, y besó la tierra y, así arrodillado le dijo: ‘Hola, madre, cómo has estado.' Excuso decirle a usted que lo llevaron en hombros hasta el hotel.

La calidad del oído reproductivo de Garibay no se mide por la fidelidad sino por la captación de la substancia. Ubica a sus criaturas, y una vez efectuada la puesta en escena, lo que dice y describe es verdadero por su relación con lo irrenunciable del personaje.

VIII. El casi western. Dos palomas al volar...
La casa que arde de noche es una novela excelente, desbordante de situaciones límite y de un afán inevitable en Garibay: concederle los atributos de la metamorfosis a la suntuosidad verbal y las descripciones apretujadas. Ningún burdel de la narrativa es el burdel de la realidad, pero el protagonismo de una casa de citas le permite a Garibay, el despliegue de su culto a la mujer. En El joven aquel..., de 1997, asegura: “Creí que escribir era la vida, y, según veo, la vida es amor a una mujer, y sobre todo ser amado por una mujer. Y acabado eso y quedándome sólo con la escritura, con el oficio de escribir, advierto que eso es apenas más que nada”. Ésta podría ser una reflexión de vejez, pero desde el principio Garibay advierte la centralidad del duelo entre la literatura que recupera lo irreal y la frustración amorosa que desvanece lo real.

Al lado de La casa que arde de noche, sitúo Par de reyes, una novela cuyo origen explica Garibay: “Durante veintiséis años traje dentro este Par de Reyes, es decir, nunca dejé de divisarlo. Primero fue un enredo furioso, hecho a estocazos, con rencor a su materia, rica y elemental. Luego fue guión de cine, y de ahí película no enteramente desechable, en 1949. Luego, hacia acá creció tropezando o desesperó el asunto hasta hacerse novela, según espero”. La película, Los hermanos del hierro de Ismael Rodríguez, es un western- enchilada, marcado por la pequeñez de las figuras humanas en el desierto, la venganza, la sexualidad insaciable, y el asesinato como deber familiar. La novela, así lo plantea Garibay, es un tour de force del ánimo descriptivo. La historia de dos hermanos que se embarcan de niños en una carrera de criminalidad para vengar la muerte del padre, se transforma en la saga de las generaciones que han asesinado porque alguno de su familia o de la familia enemiga o del pueblo, asesinó ayer o hace décadas. El que a hierro mata ocupa un sitio en la memoria de las genealogías, y luego a hierro muere. De apellido simbólico, Martín y Reinaldo de Hierro siguen matando porque saben hacerlo y aprenden el arte de la puntería porque allí radica la práctica de la perfección en medios sobredeterminados por la violencia. Y si la atmósfera del relato está en deuda sobrada con el western (Pienso en The Gunfighter, de Henry King, o en The Left Handed Gun de Arthur Penn), el ritmo literario emancipa a la novela de las atmósferas de lo ya muy sabido. Martín y Reynaldo se encuentran en la cantina con Pascual Velasco, el asesino de su padre:

...Retrocediendo Pascual, devorando desde la roja nublazón los movimientos del muchacho que se deja venir, la cera como una escultura de vinagre, un rostro cociéndose en brasas vivas.
—¡Es loco, es loco, es un locooo! —alcanza a pensar por último el viejo matón y desesperado que echa mano a la cintura. Martín está disparando y chilla pájaro chilla pájaro chilla y sobre el Velasco caído sigue disparando y agotada la carga siguen disparando una amarilla y tasajeada baraúnda de voces, cascos, aullidos, erres de belfos monstruosos, la rata gris volando dentro de los martillos de sus sienes hasta que Reinaldo con agilidad animal lo arroja hacia la puerta de salida.
Puntos móviles en la inmensidad del chaparral: se alejan a galope tendido los hermanos.

En Par de reyes, libremente inspirada en una leyenda de la criminalidad campirana, se extreman virtudes conocidas del autor: el manejo del diálogo, el uso a la vez cinematográfico y literario de las secuencias, la descripción rápida de caracteres, el resumen —nunca explícito— de las condiciones sociales y políticas de la región. El medio rural de Par de reyes es más moderno que el de Rulfo, pero es igualmente ancestral en creencias y herencia de rencores y de arraigos. En gran medida, Par de reyes busca llevar a sus lectores a la Biblia (los Libros de Reyes especialmente, y sus genealogías de la sangre), la Ilíada, los cantares de gesta y el western. En un momento, Martín y Reinaldo parecen Ayax y Aquiles a las puertas de Troya:

...y girando un instante parecieron dos hermosos héroes, o sea hombres de otras épocas y de divina estirpe, que giraban desenvainando las filosas espadas de hace miles de años, cuando matar era bueno porque alrededor de los crímenes reía la tierra, los bronces de aquellos guerreros multiplicaban el sol, las crines de oro de sus cascos se movían en ramales, de tal modo, que los guerreros se veían al andar coronados de ondulante luz y feroz gloria, y las lanzas larguísimas que hendían la carne y la teñían de sangre opaca brillaban como estrías candentes e impalpables; por un momento al girar sobre sí para enfrentarse dos seres mitológicos llamados centauros —desnudando los negros revólveres— fueron el centro de otra luz...

Canta, oh diosa, la ira de los peleidas... Martín y Reinaldo son los pistoleros como metáfora del surgimiento casual de los cementerios, del desarrollo de la balística, de la melancolía de esos atardeceres en que una comunidad de ancianos rejuvenece contando los disparos. Par de reyes es el libro mitológico de Garibay, su lamentación bíblica por la inexistencia de una industria que le haga justicia a la Reconquista del Anáhuac. Viene Martín al galope y la comunidad se sobresalta y Muzo, el enemigo de los hermanos del Hierro se sobresalta:

Y gritamos ¡el mundo saltará en pedazos! Montañas de músculos mar de tu montura incontenible, pero Martín venía como masa gigantesca de sombra, atronador Martín, y hubo viento, la gente lo juró más tarde, como huracán en medio de las doce detonaciones escupidores de lucecillas anaranjadas los cañones de los revólveres y ya no supiste qué pasó, nunca, qué fuerza superior a ti desvió tus balas, las únicas inútiles de tu revuelta vida, perdidas en el desierto desde entonces perdidas bajo tantísima arena que cubre y lija sin término otras muchas balas y arañas y raíces, avergonzadas balas porque ninguna dio en el blanco y porque todas las balas de Martín, ahora sabes quién era, se te metieron en el cuerpo, flexible cuerpo que hubiera envejecido al calor de playas si el siniestro gobernador no te encaminara hacia ese lugar del norte.

El animismo donde las balas torpes se avergüenzan no desentona en el delirio prosístico de un Garibay en plenitud de facultades, al mando de lo torrencial.

Epílogo que se opone a los epitafios
Garibay, guionista de cine, amigo de Presidentes de la República y de gobernadores y políticos de distinto plumaje, el que exhibe insolencia y gallardía, el comentarista de la televisión... todas estas facetas se interponen por un tiempo en la consideración justa de sus novelas, cuentos, crónicas, diálogos. No será por demasiado tiempo. La de Garibay es, en sus grandes momentos, nunca escasos, una literatura vital, deslumbrante, colmada de personajes que ya no nos abandonan, criaturas de un autor cuyo escepticismo se fundamentó en la atención con que oyó y miró a los esperanzados y cuya esperanza dependió siempre de su fe en las resurrecciones de la palabra.
Ahora es el turno de las Obras Reunidas (Océano/Conaculta, diez tomos).
Monsiváis. Autor de Aires de familia (Anagrama, 2000).

 



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
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