A propósito
de la reciente publicación del décimo —y último—
tomo de las Obras Reunidas de Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923
- Cuernavaca, 1999), por parte de la editorial Océano, Carlos
Monsiváis dirige una mirada minuciosa a las aristas que delinean
la imagen de este hombre de letras vigoroso, violento y desmesurado.
Entre las conclusiones de Monsiváis acerca del cronista de
Las glorias del gran Púas (1978), se apunta ésta:
al abrir cualquiera de los libros de Garibay, encontramos “un
autor muy conocido y un gran autor muy desconocido”.
I. De los amores como
sinsabores
Según numerosos lectores de Ricardo Garibay, Beber un cáliz,
una de sus autobiografías, es su mejor libro. Si el criterio
es demasiado competitivo, la calidad del libro es innegable. Beber
un cáliz narra los vínculos de un hombre y su padre,
sus encuentros y desencuentros, sus temores y alborozos, y lo hace
por etapas: la niñez (un tanto a la manera del personaje
de Víctor Sjöstrom en Fresas salvajes de Bergman, el
anciano que en la evocación representa el papel de niño),
sus nociones de autoridad, la experiencia familiar como legado del
amor y el resentimiento, el sentimiento religioso, la vigilia de
la agonía. El hombre fuerte de la casa se extingue y Garibay
hace su recuento de bienes, tuvo fe y la perdió, tuvo fe
y la recupera en la literatura, ya no el dogma o la pertenencia
sin reservas a una iglesia, sino la ansiedad bíblica reúne
las imprecaciones dirigidas al infinito y a la especie, la desesperanza
que se amerita en un cuarto de espera del hospital. Garibay no demanda
el alejamiento de cáliz alguno, sólo profundiza en
la desesperación del hijo que, en presencia del gran misterio,
ve consumirse al padre:
Su cuerpo no
es ya de una sola palabra; para señalarlo hay que enumerar
sus partes: cada una ha cobrado importancia y ferocidad exclusivas;
es cada uno de sus huesos y lo que queda de sus músculos;
es cada uno de sus dedos y el temblorcillo repentino de cada uno
de sus dedos, la quietud horrorosa de sus pómulos, la de
su nuca, los pliegues de la almohada, el sudor espesado en la almohada
y el cuenco que su cabeza ha cavado en la almohada; este olor pardo
y quieto y la mezcla de olores dulzones de la pieza, el olor agrio
de sus cabellos,
el olor que viene de la cocina, grasoso, el que despide el miedo
y un negro olor insoportable que por momentos aparece. Su cuerpo
y él...
Se ha comparado
Beber un cáliz con Algo sobre la muerte del mayor Sabines.
Hay semejanzas, sin duda, en ambos textos la tribu se reúne
en torno al cadáver inminente, mientras se unifican los recuerdos
del vigor y la debilidad de las postrimerías, los rezos fijan
la circularidad de la noche en vela. Ruega por él, Ruega
por él. Describe Garibay el final:
Regresé.
Una belleza serena empezaba a trabajar el rostro de mi padre. Era
tímida aún, pero iba haciéndose franca. Una
gran belleza iba a envolverlo. Ya hablé de la emoción
de esa belleza: era última, futura, original.
El cuerpo resucitará para alabanza de Dios, a Dios debida.
Ruega por él.
Tal vez la semejanza más notoria entre los textos de Garibay
y Sabines es el reconocimiento de la identidad entre mística
familiar y religiosidad. El Dios de Beber un cáliz y el Dios
de Algo sobre la muerte... son formas de la trascendencia estética,
del amor al padre que es el vislumbre de Dios, del Espíritu
que flota sobre el haz de las Palabras. La diferencia entre el poeta
y el narrador se percibe al observar el valor concedido por Sabines
a la espontaneidad, en este caso el río de anatemas y constancias
sentimentales que flotan en el idioma de todos los días,
tan hecho de símbolos y metáforas y lugares comunes
que hace la función de espejos. A Garibay el dolor de la
pérdida le resulta real porque los sentimientos se afinan
en las tradiciones literarias que median entre la culpa del sobreviviente
y las animosidades propias de los deudos. En Beber un cáliz,
el amor es más verdadero si se despliega en la página,
el amor es la vía de acercamiento a los mitos del lenguaje.
En el último colofón del libro, del 21 de septiembre
de 1993, Garibay afirma:
Han pasado treinta
años. Yo tengo setenta... No ha pasado el tiempo, no pasa,
y tiemblo de saber —al fin a ciencia cierta— que en
la pena no pasa el tiempo ni tampoco en la sintaxis que la guarda.
Sí advertí que ya no me acuso de tanto como me acusaba,
solamente lloro agradecido.
Beber un cáliz
es uno de los libros definitivos de su autor, que entre otras cosas
le asigna a la literatura el don de singularizar las experiencias
inevitables en los seres humanos. (La perspectiva estética
es dicha y es desdicha.) Y el texto combina el vigor y la delicadeza:
Septiembre 5
Me acompaña a todas partes, pero sobre todo, en el pecado;
entonces aparece con mucha nitidez, vuelvo a ver como si por primera
vez la viera aquella irrupción de huesos de cal: quijadas,
órbitas, pómulos, arcos y aristas brotan con fuerza
terrible, con la que brotaron un poco antes de que su boca, sola,
comenzara a latir; también aparece su rostro al sol, descendiendo
a su tumba, rostro de cera, seriedad de seriedad, seriedad de infinitud,
de trabajo cumplido con infinita seriedad, rostro advertencia, liberación
frente al mal, afilamiento esencial del espíritu hacia la
eternidad luego de haber cumplido el cuerpo su trabajo tremendo.
Yo en el pecado, hacia el deleite, y el rostro descendiendo a su
tumba; yo chapoteando y el rostro al sol del domingo cuando abrieron
un momento la caja: esos ojos en los que lloraba una lágrima
fija, esas ligerísimas líneas de sonrisa debajo de
los pómulos, ese perfecto hueso de la nariz, esa boca un
poco escondida bajo el pardo bigote, boca firme, curvada apenas,
apenas dibujada curva entre sonriente y triste; yo en la circunstancia
placentera, prohibida, y el rostro en la perennidad que se consigue
a lo largo del dolor, el rostro en la seriedad agobiante de lo eterno,
del otro lado del aire, amoroso y severísimo, compasivo e
implacable.
En Beber un
cáliz, y no obstante el desvanecimiento de la fe —esa
segunda pertenencia a la familia, tan hecha de tradiciones y lazos
externos—, Garibay declara cuánto le debe al hálito
poético cuyo primer fundamento es el vocablo múltiple:
la eternidad. Un escritor para escritores, lo que por distintas
razones no se le reconoce debidamente, despliega su técnica
a través del manejo democrático de los absolutos.
II.
El viajero del Centro Histórico
Ricardo Garibay nace en Tulancingo, Hidalgo en 1923. Pronto, la
familia se traslada a la Ciudad de México, en donde Garibay
capta y captura las experiencias sin las cuales no se entiende por
qué su obra es un largo viaje entorno a la autobiografía.
Estudia la primaria y la secundaria en la zona del Centro, y allí
conoce la inmensa crueldad de la niñez, de allí extrae
los primeros elementos de su filosofía-de-la-vida, y allí
también adquiere su determinismo:
¿O sea
que crecerás y envejecerás según lo que eras
en el principio? ¿La mayoría inmensa no habrá
de evolucionar, no romperá la valla de la penuria donde lo
hicieron sus padres? Salvo ése que digo ¿qué
fue de los trescientos desarrapados de aquella 22.11? El Güero
Córsoba murió temprano. ¿Y los demás?
¿Como imágenes borrosas son hoy, y eso solamente,
imágenes apenas en su vago contorno? Es al recordar a aquéllos
con quienes la infancia fue la obligada pesadilla cuando se ve y
se siente que la muerte es cosa cierta, y que la memoria se adelgaza
hasta dejar ahí detrás sólo un nubloso vacío.
En el Centro
todavía no calificado de Histórico, Garibay aprende
la quintaesencia de su idea de México,
la concretada en el “laboratorio fáustico” donde
son una y la misma cosa los cabarets y los gimnasios, las librerías
de viejo y los murales de Rivera, la defensa de la soberanía
nacional y la larga noche de los incendios de ron y tequila. En
el Centro, en la Preparatoria de San Ildefonso, en los alrededores
de la Facultad de Leyes, en la obtención de empleítos
como gajos arrancados a la epopeya, Garibay aprende su nacionalismo
y su desconfianza ante el patriotismo, sus rudimentos de estética
y sus diversiones a contracorriente. Los amigos cercanos de Garibay
son escritores, filósofos, políticos (los menos),
artistas plásticos, y a la mayoría los encauza el
lenguaje jurídico o, por lo menos, la Cultura del Abogado.
Cito a algunos, los más mencionados por Garibay: Rubén
Bonifaz Nuño, Henrique González Casanova, Fausto Vega,
Emilio Uranga. Crecen y se forman en el país sin alternativas,
el de “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”,
el del “Hazte priísta y piensa como quieras, pero no
lo comentes”. Son viajeros tardíos y su nacionalismo
se alimenta de obstinaciones sedentarias. Confiesa Garibay: “¿A
mí qué me va o no me va París, Nueva York y
etcétera? Me interesa mi mundo”.
Desde muy joven Garibay se precia de su renuncia a los honores y
las representaciones de la Patria. En Cómo se pasa la vida,
evoca su vocación desertora:
Y bien, llegué
a la Facultad de Jurisprudencia. Y ya en la primera semana pensé
¿qué estoy haciendo aquí? Me ahogaban las aulas,
los patios, la sintaxis. Me sentía convidado de piedra, respiraba
aires viejos y hostiles, por misterioso modo los maestros y los
vulgares compañeros eran enemigos aunque no lo supieran,
y las teorías, fantasías innecesarias y áridas.
Se pasaba lista y al oír mi nombre contestaba “presente”
y abandonaba el salón. Una especie de desgana hasta la náusea
acompañaba mi vocación jurídica. Afuera estaban
los cafés, los diálogos, los libros ajenos a las doctrinas
del derecho, los grandes concertistas en Bellas Artes y la sinfónica
de Chávez. La vida conseguía sentido si yo le daba
la espalda a la Facultad.
Garibay es boxeador
amateur, enamorado múltiple (mientras persigue el ideal erótico
toma notas de novelas y cuentos, autodidacta en el sentido exhaustivo
de la expresión. Y es lector en perpetuo aprendizaje. Sus
compañeros de generación se han referido a dos de
sus admiraciones profundas: Jean Giono, el escritor francés
de las aventuras existenciales, y Jacob Wassermann, el escritor
alemán de Gaspar Hauser y El hombrecillo de los gansos, que,
por así decirlo, transforma episodios únicos en alegorías.
Garibay reclama sin embargo otro árbol genealógico:
“He tenido cuatro maestros: la Biblia, la Ilíada, Alfonso
Reyes y Gabriel Miró, que me han enseñado a escribir
y los he frecuentado muchísimo. Me he basado en ellos de
manera muy precisa y muy enfática en todo lo que he escrito.
Seguirán siendo mis modelos; jamás igualaré
la Biblia, la Ilíada, la extensísima obra de Alfonso
Reyes, el manejo del ancho río del idioma con total dominio,
o la elegancia barroca de Gabriel Miró. Nunca igualaré
eso. Como maestros me han dado, para mis alcances, suficientes armas,
territorio para caminar.”
No dudo de la sinceridad de Garibay, pero en lo mejor de su obra
no percibo el influjo de estos maestros, con la excepción
de la Ilíada, cuyo vértigo poético (épico)
se vislumbra en el recuento del asesinato de Par de reyes o en el
desvarío de la toma de Troya por los turistas ansiosos de
llegar a Las Vegas. Pero en los textos perdurables de Garibay no
se advierten la transparencia de las frases de Miró, sustentadas
en el deleite de las evocaciones (la prosa hoy tan anacrónica
que anhela sembrar sonidos como rumores), ni el estilo clásico
de Reyes. Más bien percibo el fluir idiomático como
lucidez de abismo, el precipitarse sobre la página para retroceder
y avanzar y contradecirse y sustentarse en el impulso. Y allí,
si no Wassermann, sí Giono le enseña a Garibay a reconocerse
en la falta de asideros y de límites, a sólo confiar
en el estilo en su dimensión de ascetismo del barroco y fortaleza
acústica, y a pronunciarse contra ese autoengaño cuya
suprema recompensa es la credulidad ante los elogios. También,
de pronto, se cuelan en los textos las atmósferas de una
deuda de todos, la contraída con Proust.
III.
Lo que sufre el que vive
Si Garibay no obtiene el aprecio crítico que merece de sobra
es por distintas razones, y una de ellas es la suma de sus negaciones:
no pertenece a un grupo literario; no cree en la obra de sus coetáneos
a la que menosprecia sin ambages; y no admite la excelencia de escritores
vivos, a sabiendas de la injusticia salvaje de sus opiniones. En
una ocasión declara: “A mí Muerte sin fin me
parecía y me parece aburridísima e incomprensible”.
Y al no bastarle, añade: “Me parecían —los
relatos de El llano en llamas— cuentos de campesinos de pega,
larvarios, acomodaticios, de entraña folclórica o
populachera y nada más”. El periodista Froylán
López Narváez refiere una entrevista de Garibay:
—¿Qué
piensa usted del escritor Carlos Fuentes?
—Ese no es escritor ni es nada, dígame otro.
—¿Qué le parece la obra de Octavio Paz?
—Ese no es escritor ni es poeta, ni es nada; otro, otro. (En
Signos vitales de Ricardo Garibay. Editorial Colibrí, 2000)
El tono teatral
de las descalificaciones describe a un personaje solitario, muy
dolido por las injusticias literarias, ansioso del reconocimiento
y concentrado en la obsesión de la obra perfecta. Y, también,
un autor sobredeterminado por la autocrítica, la exigencia
que le funciona al escribir y de la que reniega al declarar:
No soy Premio
Nacional de Literatura, no soy Premio Cervantes de Literatura, ni
Premio no se qué Latinoamericano de Literatura, no soy Premio
Alfonso Reyes ni Premio Juan Rulfo de Literatura. Dos veces me lo
negaron, y también dos veces el Nacional. No soy nada, nunca
me han dado nada, y los jurados, no nos podemos hacer locos, son
más o menos los mismos de siempre. Son contemporáneos
míos, bastardos que no me perdonan la independencia o la
valentía o la altivez varonil; esto no me lo perdonan. Me
niegan los premios (En Signos vitales de Ricardo Garibay)
Es, en efecto,
inconcebible la mezquindad del medio cultural en el caso de Garibay,
pero también —y esto lo digo en su alabanza—
él jamás cuida de la promoción de sus obras
ni de las campañas de relaciones públicas. Por lo
contrario, a sus contemporáneos Garibay no les da cuartel.
“Hay algo en mí que mis contemporáneos no soportan
ni ven valioso, y eso creo que independientemente de mi desprecio
y maledicencia y hasta del indudable peso de mis obras. Los despreciaba
con el alma y les envidiaba la certeza de su destino. Tenían
aureola de sabios futuros, sabían ya mucho de libros. Sus
tácticas para vivir sin aspavientos, sin aventura; su capacidad
para vivir sólo de ellos, entre ellos, su lejanía
de la calle y el mundo del riesgo, su buen gusto derivado directamente
del tono menor que hay del énfasis, de la solemnidad, de
la espontaneidad, del amor a las ideas —amor entonces obligadamente
silvestre y atrabancado, me los alejaba sin remedio posible...”
(De Taíb).
Lo anterior me lleva obligadamente a otra recapitulación
absurda e injusta, la de José Vasconcelos sobre sus compañeros
del Ateneo de la Juventud (Alfonso Reyes, Julio Torri, Martín
Luis Guzmán, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña),
a los que condena por habitar en la torre de marfil y por ser exangües
y medrosos. Como Vasconcelos, modelo que no admite, Garibay oscila
entre el intelectualismo y el antiintelectualismo, entre el culto
a la vitalidad y la devoción por los clásicos. No
es mérito escaso de este amor que a pesar de su abominación
de los letrados, tan belicosa, nunca se aleja de la reverencia por
el estilo. Cree en los poderes del idioma, y vive para ser un escritor,
alguien al que todo (afirmaciones y negaciones, causas políticas
y personajes, objetividad y subjetividad) sólo le importa
si se localiza en la página. Lo que se es y lo que se vive
únicamente se valora en la literatura. Lo que ve el que lee.
IV.
La bibliografía tremendamente viva
Como en otros casos, en el de Garibay su impulso protagónico
y sus contradicciones (del personaje y de la persona) han ocultado
por largo tiempo el vigor y la dimensión de su obra. Pero
revísese someramente los diez tomos de sus obras completas.
En novela, Beber un cáliz (1965), Bellísima bahía
(1968), La casa que arde de noche (1971), Verde Maira (1977), Par
de reyes (1983), Taíb (1988), Triste domingo (1991), Trío
(1993), El joven aquél (1997), Lía y Lourdes (1998).
En cuento, La nueva amante (1946), Cuentos (1951), Mazamitla (1955),
Gamuza (1987), El gobierno del cuerpo (1977), Aires de blues (1984),
El humito del tren y el humito dormido (1985, un homenaje a Gabriel
Miró en el título), Pedacería de espejo (1989),
Vamos a la huerta del toro toronjil (1995), Treinta y cinco mujeres
(1996). En el capítulo de memorias se anotan Rapsodia para
un escándalo (1971) y Fiera infancia y otros años
(1982). En el ensayo Paraderos literarios (1995) y Oficio de leer
(1996), muy probablemente lo más débil de su obra.
En crónica: Cómo se pasa la vida (1975), De lujo y
hambre (1981), Lo que ve el que vive (1976), Feria de letras (1998),
Tendajón mixto (1989), Las glorias del gran Púas (1978),
Acapulco (1978), De vida en vida (1999), Chicoasén (1986).
Un libro singular: Diálogos mexicanos (1975). Dos libros
de teatro fallidos: Mujeres en un acto (1978) y Lindas maestras
(1983). Algunos de sus guiones de cine son excelentes, La Cucaracha
(1955), y Los hermanos de hierro. De los guiones se han publicado
Lo que es del César (1970), El Milusos (1971) y El Púas
(1991).
Al publicarse ahora sus Obras Reunidas las sorpresas no escasean.
Agregan muchísimo, sorprende el número de textos inéditos
y rescatados, y despliegan la vitalidad prosística y la exasperación
vital. ¿Una primera conclusión? Ricardo Garibay es
un autor muy conocido y un gran autor muy desconocido. Hay caídas,
repeticiones, disparates, obcecaciones, autolaceraciones, brotes
de sexismo y homofobia, pero, y esto es lo definitivo, la desmesura
del escritor es una consecuencia de su talento evidentísimo.
V.
“Señor ritmo, señor ritmo”
Por facilismo, los críticos (nunca demasiados) de la obra
de Garibay suelen elogiar la fidelidad reproductiva de los diálogos
de Garibay, y siempre se le reconoce el “gran oído
literario”. ¿Qué quiere decir este elogio? Él
es el gran talento que aísla el ritmo del habla popular y
lo reinventa, entregándolo como un rap magnífico,
un fluir verbal que es literatura y es apego a las voces colectivas.
Si la reproducción no es ni podría ser fidedigna,
el resultado es notable, porque en las páginas de Garibay
se expresan muy adecuadamente los personajes del feliz y desdichado
anonimato, de la clase media en busca de iluminaciones, de la élite
del poder que ha dejado de creer en el estilo. Véanse al
respecto Diálogos Mexicanos o “Las glorias del gran
Púas”, incluido en De vida en vida. Se adentra Garibay
en el medio boxístico:
Con su perdón
pero fue con el uno-dos y entrando ya ve usté que caminar
en el ring era lo que sí se sabía dormido y es lo
más pelón allá arriba caminar para adelante
¿caunteadores? yo le cambio diez caunteadores por uno que
sepa caminar para adelante mire dedos le han de sobrar para contarlos
y era lo que sí le sobraba a Medel era lo que si le sobraba
señor ritmo señor ritmo allá arriba es lo que
se está perdiendo y ganar la pachocha a base de chinguitas
rápidas y a otra cosa mariposa yo aquí estuve ¿no?
¿y mi paga entonces? es que es el picudísimo no es
otro que el picudísimo taim is monei ¿lo que quieres
es que gane? ps ya gané me pagas ¿o que no está
durmiendo el otro no está comiendo brea? tons qués
lo que te gorgorea porque yo te los acuesto el réferi les
cuenta y el mánager cobra la bolsa ¿o qué también
tengo que ser un científico?
El viento del
pueblo es un habla intraducible. Tomen o dejen a la sinceridad popular
que al cabo ni los pela. Si “Las glorias del Gran Púas”,
publicado inicialmente en Proceso, es el texto más exitoso
de Garibay, se debe muy probablemente a su novedad básica:
un escritor al que —por no leerlo— se pensaba costumbrista
o realista anacrónico, resulta poseedor de una modernidad
de fuegos de artificio, que condensa en un solo incesante texto
el universo de la “obscenidad” (la violencia se concentra
y se dispersa en un millón de chingadas y carajos), y le
da la oportunidad a la improvisación de hacer como si dijera.
En “Las glorias...” el Ídolo viaja hacia el placer
que le reconfigura la existencia, y el habla popular es el sujeto
central, desbordado y fúrico y contentadizo. Rubén
Olivares el Púas, es un boxeador malgastado en lo deportivo
y lo vital, que se adapta sin concesiones a lo que sea, en el plan
que es lujo de la razón cínica. Y si Garibay no persevera
en este tipo de crónicas, salvo una excelente sobre los mexicanos
en Las Vegas, sí evidencia las virtudes de una prosa que
discrimina e incluye con la misma pasión.
La contribución de Garibay al español mexicano (subrayo
el gentilicio para honrar la índole de su oído literario)
depende en lo básico de su método de invención
de personajes a través del habla. En libros y guiones (lo
que de ellos respetaron productores y directores), Garibay es un
“psicólogo del comportamiento verbal”, y en su
texto no hay líneas divisorias muy categóricas entre
las acciones y los discursos (los “rollos”). Uno es
también lo que habla y cómo lo hace, y el énfasis
personal responde al temperamento y rara vez desiste acatar las
órdenes de la clase social a la que se pertenece. Garibay
es muy probablemente el reproductor más diáfano de
las oscuridades, las furias y los regocijos del habla que fue popular
o fue elitista y hoy parece ser multiclasista como si la estrechez
de vocabulario fuese el último recurso de la comunidad.
Con el cuidado que le dedica a la página perfecta, Garibay
aprehende el ruiderío de los gimnasios de box, los mercados
y los estudios de cine, allí donde sólo se entiende
lo perdido o lo inaccesible. No es una grabadora sino un creador
de estructuras verbales que desprende del habla la sicología
de las personas que es en gran medida una declaración de
bienes y de asistencia a ese confesionario que un minuto antes era
un bar, una arena de box, una reunión de intelectuales, una
bendita pérdida de tiempo.
VI.
Los pantalones de Bionchec
En sus descripciones, Garibay crea con frecuencia
atmósferas alucinadas al hallar un hecho insólito
que se agiganta regocijadamente. En Lo que ve el que vive, relata
una de las giras tempestuosas y multitudinarias del presidente Luis
Echeverría. Allí Garibay conoce al economista polaco-mexicano
Miguel Wionczek, en la crónica nombrado Bionchec porque así
lo determina la (maniática) trascripción fonética
del cronista:
Bionchec, de
raíz católica, estatura mediana, largas greñas
pajosas y lacias, entre canas y rubias, ojos claros, llanamente
bondadosos, risa fácil, gestos de niño, vientre plácido
y pantalones de tubo diez o quince centímetros arriba de
los zapatos. Al principio supusimos que eran pantalones viejos,
y evitamos comentarios, pero en Moscú se presentó
de riguroso estreno en el restorán.
“¿Ya vio usted al doctor Bionchec estrenando traje?”,
me preguntó Reyes Heroles. “Sí, por qué”
“¡Porque los pantalones también son de brincacharcos,
se los cortaron de brincacharcos, seguramente así los pidió!”
En Pekín, Sánchez Navarro me dijo, francamente preocupado
“Me tienen francamente preocupado los pantalones del amigo
Bionchec”. Y en Hong Kong, Pérez Correa reflexionó
en voz alta, de pronto y sin que viniera a cuento “He pensado
más de la cuenta en los pantalones de Bionchec, no consigo
explicármelos” Scherer llega precipitadamente y me
grita en la oreja “Vea desde aquí a Bionchec, querido
Ricardo, véalo Ricardo querido, contemple desde aquí
a ese hombre admirable” —allá está Bionchec,
escaleras arriba, buscando con sus miopísimos ojos quién
sabe qué en el cielo comunista— “Qué buena
facha —digo—, parece un sabio a punto de descubrir o
de olvidar algo”. “¿No son una barbaridad esos
pantalones? —me grita Scherer, con todas sus fuerzas, casi
me rompe el codo, me zarandea— ¡Ricardo, por favor!
¿No son inexplicables esos pantalones? (Ahora la voz desciende
hasta la confidencia dolorosa) ¡Por favor, Ricardo, lo conmino
a usted y a toda su espléndida lucidez. Quedan muy pocos
hombres que se atrevan a usar algo como eso”. Creo que Bionchec
nunca se enteró de estas conmociones.
El Bionchec
de la crónica es inevitablemente un invento, y una técnica
astuta que, al destacar lo inadvertido, ilumina la atmósfera
de una gira presidencial. Lo de menos es el vestuario excéntrico
del economista; lo fundamental es tomar una anécdota de la
guardarropía fantástica en las giras de la corte presidencial
e independizarla del texto, ya como microrrelato sin principio ni
fin, que en su propio absurdo se consume y prevalece.
VII.
De la autobiografía y sus alrededores
El gran tema de Garibay es la experiencia directa. Con reiteración,
amplía datos de su autobiografía y los vuelve paisaje
de los tiempos de escritor exasperado y exasperante, dotado de voluntad
lírica y de la gana de pelea y choteo al servicio del humor
corrosivo que también lo alcanza. El Garibay que despotrica
contra los escritores del canon, detalla también “las
circunstancias penosas” o muy adversas que lo devastan. Y
el equilibrio confesional se consigue integrando procesos dolorosos
(familia, relaciones amorosas, modos de ganarse la vida) con episodios
de la picaresca. En este ámbito Garibay es único.
Su revisión del medio cinematográfico es divertidísima
y, hasta donde se sabe, exacta por ultraparódica, sus retratos
de la burocracia estatal entreveran la crueldad justiciera con la
sátira de lo que ya en sí mismo es humor involuntario;
su trazo de caracteres raros o desproporcionados confirma el hecho
temible: para la mirada ajena todos somos raros o desproporcionados;
su acercamiento a los políticos priístas (hasta hace
poco los únicos políticos realmente existentes) es
un safari en el universo de las formas huecas y los contenidos corruptos.
Garibay refiere por ejemplo su imposibilidad de renunciar a una
“porquería de empleo” y cómo le toca de
jefe
un señor
Cataño de fama pillastre, pariente de Ruiz Cortines, secretario
de Gobernación. Los proveedores hicieron fiesta. Y pronto
me encontraba con Cataño, por Madero, a horas de oficina,
vestido él de casimir inglés, camisa francesa, corbata
italiana y zapatos gringos, y colgando de su pescuezo toda suerte
de cámaras fotográficas y lente de gran potencia.
Parecía vendedor ambulante en alguna calle de San Antonio
Texas.
—¿Cómo le ha ido, señor Cataño?
—A mí muy bien, sólo a los pendejos les va mal
y no lo veo boyante, joven amigo.
Como en el aforismo
de Stanislaw Jerzy Lec, Garibay probablemente habría dicho:
“¡Ábrete Sésamo. Quiero salir!”.
Y este hartazgo de la vida, que es técnica escénica
y estímulo prosístico, puebla de momentos extraordinarios
los relatos de Garibay y hace de sus crónicas el recinto
de personajes de autonomía regocijante. En De vida en vida,
el último de sus libros que Garibay conoce, hay viñetas
excepcionales. Una de ellas es la consagrada al filósofo
Emilio Uranga, la esperanza de su generación, de brillantez
aceptada por todos, que se desintegra en la incondicionalidad con
los gobiernos, la amargura y el alcohol. Garibay hace algo más
que evocar al amigo/enemigo de la juventud; elabora al gran personaje,
el fracasado por exceso de dones, el intolerante que no se tolera
a sí mismo, el amanuense de los políticos cuya lucidez
se fragmenta en el desprecio a lo que le rodea. Abandonado por todos,
Uranga, alguna vez calificado por su maestro, el filósofo
José Gaos, como “la promesa de genio en México”,
muere solo. Garibay traza el final:
Es la madrugada
del 31. Pronto empezará a amanecer. La fría claridad
de octubre. Entre millares de libros, Uranga está muriendo.
Se va haciendo de yeso. No consigo ver a su alrededor demonios ni
ángeles. Lo invade lento la nada. Acaba de morir. Un silencio
absoluto, tal vez un despectivo silencio. ¿Por qué
ese destino atroz de quien traía la luz, la traía
de veras consigo?
No hay en las
novelas de Garibay un personaje comparable al “Emilio Uranga”
o al “Arturo Arnáiz y Freg” de las crónicas.
Y no los hay porque en sus cuentos y novelas se desentiende de lo
que considera un “medio sin grandeza” (según
el autor). La épica o la antiépica en la obra de Garibay
se integra con personajes en paisajes normados por el desafío
a los poderes naturales o sociales, y la picaresca o la excentricidad
que contienen se norman por otras reglas. En cambio en lo autobiográfico,
al describir no el mundo que intuye literariamente sino el que le
pertenece por derecho de formación, Garibay es rápido
y cínico, lo que no indica ventaja alguna del cronista sobre
el narrador, sino —pero esto es suficiente— la creación
excepcional de personajes que no necesitan del marco de la novela
para ser plenamente literarios. Así la excelente viñeta
sobre el historiador Arturo Arnáiz y Freg, un conversador
brillante y malévolo:
Lo perdí
muchos años. Lo vi de nuevo en el avión presidencial
de Luis Echeverría, rumbo a Salvador Allende. Estaba gordo
y viejo y entontecido. Recorrió el avión regalando
sus libros, lujosamente empastados. Cada libro tenía un prólogo
de veinticinco páginas, y doscientas setentaicinco páginas
en blanco. Papel de calidad. Luego entró en la cabina del
Presidente. Estaba el rector de la UNAM y varios secretarios de
Estado. Echeverría hablaba de la caravana debida a los mandatarios
extranjeros que había visitado. Salta Arnáiz
—Calma. Cuidado. Caravana. ¿Y dónde están
los camellos? ¿Dónde el desierto arenoso y blanco?
—Cómo debe decirse, maestro— preguntó
Echeverría, sonriendo, casi con cariño.
—Reverencia. ¿Sí? Reverencia. Sí. Los
niños se hacen presidentes y hay que seguir aleccionándolos.
—Gracias, maestro Arnáiz.
Al rato, hablando, hablando, Echeverría dijo que había
que regresarle a los gringos...
—Calma. Cuidado. ¿Sí? Los niños... Si
Regresar no es verbo transitivo, no admite el enclítico.
Sí.
Y así hasta que el Presidente miró al general Castañeda,
que se inclinó hacia Arnáiz, y Arnáiz salió
de la cabina para nunca más entrar.
En estos textos,
Garibay es un maestro del retrato de la decadencia, del deterioro
y, una veta suya extraordinaria, de la picaresca que hace las veces
de continuidad de la especie.
El Milusos, personaje arquetípico, es el más conocido
pero de modo alguno el más logrado de la picaresca garibayana.
Al hombre que se improvisa en todo para persistir en una sociedad
que a la mayoría sólo le otorga posgrados en sobrevivencia
penosa, lo preceden y lo suceden los burócratas ansiosos
de pequeños saqueos, los productores de cine felices por
su ignorancia, los políticos expertos en el decir nada con
tal de ganar el tiempo del descanso mental, las prostitutas que
traicionan para disfrutar de los orgasmos del alma. Y a la picaresca,
ese arte del no dejarse que suele ser el alegato de los vencidos,
Garibay le añade trazo de los excesos. El retrato de Agustín
Lara es formidable. El maestro llega a Madrid:
Bajó
la escalerilla. Aquello era un tumulto. Entonces él hizo
señas diciendo: ¡Hacer espacio, hacer espacio! La gente
se apartó. Él salió del tapete rojo, se arrodilló,
limpió amorosamente un cuadro de asfalto, de tierra vamos,
y besó la tierra y, así arrodillado le dijo: ‘Hola,
madre, cómo has estado.' Excuso decirle a usted que lo llevaron
en hombros hasta el hotel.
La calidad del
oído reproductivo de Garibay no se mide por la fidelidad
sino por la captación de la substancia. Ubica a sus criaturas,
y una vez efectuada la puesta en escena, lo que dice y describe
es verdadero por su relación con lo irrenunciable del personaje.
VIII.
El casi western. Dos palomas al volar...
La casa que arde de noche es una novela excelente, desbordante de
situaciones límite y de un afán inevitable en Garibay:
concederle los atributos de la metamorfosis a la suntuosidad verbal
y las descripciones apretujadas. Ningún burdel de la narrativa
es el burdel de la realidad, pero el protagonismo de una casa de
citas le permite a Garibay, el despliegue de su culto a la mujer.
En El joven aquel..., de 1997, asegura: “Creí que escribir
era la vida, y, según veo, la vida es amor a una mujer, y
sobre todo ser amado por una mujer. Y acabado eso y quedándome
sólo con la escritura, con el oficio de escribir, advierto
que eso es apenas más que nada”. Ésta podría
ser una reflexión de vejez, pero desde el principio Garibay
advierte la centralidad del duelo entre la literatura que recupera
lo irreal y la frustración amorosa que desvanece lo real.
Al lado de La casa que arde de noche, sitúo Par de reyes,
una novela cuyo origen explica Garibay: “Durante veintiséis
años traje dentro este Par de Reyes, es decir, nunca dejé
de divisarlo. Primero fue un enredo furioso, hecho a estocazos,
con rencor a su materia, rica y elemental. Luego fue guión
de cine, y de ahí película no enteramente desechable,
en 1949. Luego, hacia acá creció tropezando o desesperó
el asunto hasta hacerse novela, según espero”. La película,
Los hermanos del hierro de Ismael Rodríguez, es un western-
enchilada, marcado por la pequeñez de las figuras humanas
en el desierto, la venganza, la sexualidad insaciable, y el asesinato
como deber familiar. La novela, así lo plantea Garibay, es
un tour de force del ánimo descriptivo. La historia de dos
hermanos que se embarcan de niños en una carrera de criminalidad
para vengar la muerte del padre, se transforma en la saga de las
generaciones que han asesinado porque alguno de su familia o de
la familia enemiga o del pueblo, asesinó ayer o hace décadas.
El que a hierro mata ocupa un sitio en la memoria de las genealogías,
y luego a hierro muere. De apellido simbólico, Martín
y Reinaldo de Hierro siguen matando porque saben hacerlo y aprenden
el arte de la puntería porque allí radica la práctica
de la perfección en medios sobredeterminados por la violencia.
Y si la atmósfera del relato está en deuda sobrada
con el western (Pienso en The Gunfighter, de Henry King, o en The
Left Handed Gun de Arthur Penn), el ritmo literario emancipa a la
novela de las atmósferas de lo ya muy sabido. Martín
y Reynaldo se encuentran en la cantina con Pascual Velasco, el asesino
de su padre:
...Retrocediendo
Pascual, devorando desde la roja nublazón los movimientos
del muchacho que se deja venir, la cera como una escultura de vinagre,
un rostro cociéndose en brasas vivas.
—¡Es loco, es loco, es un locooo! —alcanza a pensar
por último el viejo matón y desesperado que echa mano
a la cintura. Martín está disparando y chilla pájaro
chilla pájaro chilla y sobre el Velasco caído sigue
disparando y agotada la carga siguen disparando una amarilla y tasajeada
baraúnda de voces, cascos, aullidos, erres de belfos monstruosos,
la rata gris volando dentro de los martillos de sus sienes hasta
que Reinaldo con agilidad animal lo arroja hacia la puerta de salida.
Puntos móviles en la inmensidad del chaparral: se alejan
a galope tendido los hermanos.
En Par de reyes,
libremente inspirada en una leyenda de la criminalidad campirana,
se extreman virtudes conocidas del autor: el manejo del diálogo,
el uso a la vez cinematográfico y literario de las secuencias,
la descripción rápida de caracteres, el resumen —nunca
explícito— de las condiciones sociales y políticas
de la región. El medio rural de Par de reyes es más
moderno que el de Rulfo, pero es igualmente ancestral en creencias
y herencia de rencores y de arraigos. En gran medida, Par de reyes
busca llevar a sus lectores a la Biblia (los Libros de Reyes especialmente,
y sus genealogías de la sangre), la Ilíada, los cantares
de gesta y el western. En un momento, Martín y Reinaldo parecen
Ayax y Aquiles a las puertas de Troya:
...y girando
un instante parecieron dos hermosos héroes, o sea hombres
de otras épocas y de divina estirpe, que giraban desenvainando
las filosas espadas de hace miles de años, cuando matar era
bueno porque alrededor de los crímenes reía la tierra,
los bronces de aquellos guerreros multiplicaban el sol, las crines
de oro de sus cascos se movían en ramales, de tal modo, que
los guerreros se veían al andar coronados de ondulante luz
y feroz gloria, y las lanzas larguísimas que hendían
la carne y la teñían de sangre opaca brillaban como
estrías candentes e impalpables; por un momento al girar
sobre sí para enfrentarse dos seres mitológicos llamados
centauros —desnudando los negros revólveres—
fueron el centro de otra luz...
Canta, oh diosa,
la ira de los peleidas... Martín y Reinaldo son los pistoleros
como metáfora del surgimiento casual de los cementerios,
del desarrollo de la balística, de la melancolía de
esos atardeceres en que una comunidad de ancianos rejuvenece contando
los disparos. Par de reyes es el libro mitológico de Garibay,
su lamentación bíblica por la inexistencia de una
industria que le haga justicia a la Reconquista del Anáhuac.
Viene Martín al galope y la comunidad se sobresalta y Muzo,
el enemigo de los hermanos del Hierro se sobresalta:
Y gritamos ¡el
mundo saltará en pedazos! Montañas de músculos
mar de tu montura incontenible, pero Martín venía
como masa gigantesca de sombra, atronador Martín, y hubo
viento, la gente lo juró más tarde, como huracán
en medio de las doce detonaciones escupidores de lucecillas anaranjadas
los cañones de los revólveres y ya no supiste qué
pasó, nunca, qué fuerza superior a ti desvió
tus balas, las únicas inútiles de tu revuelta vida,
perdidas en el desierto desde entonces perdidas bajo tantísima
arena que cubre y lija sin término otras muchas balas y arañas
y raíces, avergonzadas balas porque ninguna dio en el blanco
y porque todas las balas de Martín, ahora sabes quién
era, se te metieron en el cuerpo, flexible cuerpo que hubiera envejecido
al calor de playas si el siniestro gobernador no te encaminara hacia
ese lugar del norte.
El animismo
donde las balas torpes se avergüenzan no desentona en el delirio
prosístico de un Garibay en plenitud de facultades, al mando
de lo torrencial.
Epílogo
que se opone a los epitafios
Garibay, guionista de cine, amigo de Presidentes de la República
y de gobernadores y políticos de distinto plumaje, el que
exhibe insolencia y gallardía, el comentarista de la televisión...
todas estas facetas se interponen por un tiempo en la consideración
justa de sus novelas, cuentos, crónicas, diálogos.
No será por demasiado tiempo. La de Garibay es, en sus grandes
momentos, nunca escasos, una literatura vital, deslumbrante, colmada
de personajes que ya no nos abandonan, criaturas de un autor cuyo
escepticismo se fundamentó en la atención con que
oyó y miró a los esperanzados y cuya esperanza dependió
siempre de su fe en las resurrecciones de la palabra.
Ahora es el turno de las Obras Reunidas (Océano/Conaculta,
diez tomos).
Monsiváis. Autor de Aires de familia (Anagrama, 2000).
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
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