Hombres de temperamentos opuestos, Alfonso Reyes y
Pablo Neruda fueron protagonistas de una amistad que estuvo al borde
del naufragio, pero que subsistió hasta la muerte de Reyes,
en 1959. A cien años del nacimiento del poeta chileno, Marco
Antonio Campos —quien recibirá la Medalla Presidencial
del Centenario Pablo Neruda— repasa este acercamiento tan insólito
como contradictorio, que se inició cuando Reyes era “una
gloria americana” y Neruda un “poeta de soles húmedos
y sudores sexuales”.
POR
MARCO ANTONIO CAMPOS
LMínimamente
estudiada, o de hecho no estudiada, es la cercana y a la vez distante,
noble y a la vez conflictiva, relación amistosa entre Pablo
Neruda y Alfonso Reyes. Una relación de magníficos
encuentros lejanos y acres desencuentros próximos.
Hasta donde sabemos, Alfonso Reyes fue el primer escritor mexicano
con el que, sin conocerlo en persona, Neruda tuvo contacto. Gracias
a la infinita generosidad de Alicia Reyes, ángel guardián
de la Capilla Alfonsina, obtuve un manojo de documentos que permiten
rehacer a grandes perfiles aquella distante y compleja amistad.
El mismo Volodia Teitelboim, íntimo amigo y el más
completo y quizás objetivo biógrafo del poeta, la
menciona apenas en su detallada biografía (Neruda, BAT, Santiago
de Chile, 1984); Margarita Aguirre, otra de sus biógrafas
conocidas, quien fue su secretaria particular muchos años,
no sólo la ignora, sino el paso de Neruda por nuestra República,
apenas le merece dos de las 332 páginas de su libro de 1973
(Las vidas de Pablo Neruda), olvidando que México (él
lo reconocía) le dio la raíz americana, el sentido
subyacente del pasado prehispánico, las voces enterradas
de las ciudades, amistades con grandes pintores como José
Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, y con escritores
y poetas notables como varios de los exiliados españoles,
el mismo Alfonso Reyes y los jóvenes Efraín Huerta
y José Revueltas. El único que dio un segmento más
o menos significativo a la vida de Neruda en México fue el
crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal en su admirable
libro biográfico-literario (El viajero inmóvil).
Rabietas y reproches
Todo tendía a distanciar o separar a Reyes y Neruda, y en
algún momento, la amistad estuvo a punto de irse al vacío.
Después de los años cuarenta la relación parece
haberse sostenido con alfileres, pero contra todo, pese a los espinosos
desencuentros, pese a rabietas, reproches y reclamaciones de Neruda,
la amistad distante se mantuvo hasta la muerte del polígrafo
mexicano en 1959. Eran dos hombres esencialmente distintos: Reyes,
de un lado, un hombre de letras, políticamente conservador,
noble, probo, de trato cortés y conversación chispeante,
frecuentador de las grandes bibliotecas, y quien gustaba de cultivar
amistades valiosas en sostenidas correspondencias y cuidaba cada
línea en cartas y recados para proteger su imagen; del otro
lado, Neruda era un hombre que buscaba geológicamente “la
absorción física del mundo”, que prefería
la lectura de autores de profundidad telúrica o de novelas
de entertainment (es fama su afición por la narrativa policial),
quien no hacía demasiados distingos en sus amistades y era
un pésimo corresponsal. Instintiva e intelectualmente hubiera
rechazado ahondar en el análisis del barroquismo de cisne
congelado de Góngora o discutir las minucias del soneto en
IX. La cortesía y las buenas maneras no fueron para él
un lujo diario ni necesario. Fue un hombre complejo (como todo gran
artista), buen amigo de sus amigos, feroz en la sátira y
la invectiva, y, desde los años de la Guerra Civil Española,
con simpatías comunistas. Sin embargo existían puntos
de unión entre ambos, pero no parece haber habido demasiado
tiempo para compartirlos: la poesía, la fascinación
por las mujeres, el gusto por los banquetes opíparos y los
actos de homenaje en su honor.
Pero volvamos la vista hacia el segundo lustro de los años
veinte. Neruda vive en Colombo, Ceylán. Los que serían
acaso los días más difíciles de su vida —si
no contamos 1948, año de la clandestinidad—, coinciden
con la primera estancia de Reyes como embajador en la Argentina.
Dos cosas que don Alfonso destaca en su Diario durante su residencia
porteña (una, del 24 de agosto de 1927, y otra, del 1º
de enero de 1928), habrían acaso dejado al joven Neruda,
quien vivía en una soledad ácida y un hastío
de desamparo, en estado de claro asombro: el número de clubes
a los que don Alfonso pertenecía apenas a seis meses de su
llegada a Buenos Aires y los trabajos literarios pendientes. Entre
otros, los clubes eran el Jockey Club, Gimnasia y Esgrima, Belgrano,
Biblioteca del Consejo Nacional de Mujeres, del Progreso, Amigos
del Arte y Argentino del Ajedrez, y entre los “trabajos pendientes”
se contaban prólogos, estudios, colaboraciones, correcciones
a antiguos libros, revisión de pruebas, conferencias...
Aunque ambos ocupaban puestos diplomáticos, cuando entran
en contacto por primera vez, a través de los oficios del
cuentista argentino Héctor Eandi, la diferencia jerárquica
es grande: Reyes, quien tenía cuarenta años, era embajador,
mientras Neruda, quien tenía 25, era Cónsul de Elección
y Honorario, con un sueldo de vendedor de milagros, que hacía
más ardua su ya ardua vida cotidiana. Reyes era el escritor
consagrado, visto ya como el mexicano universal, buscado y querido
por todos, mientras Neruda sólo había publicado Crepusculario
y los Veinte poemas, y su fama se reducía a amplios círculos
pero casi exclusivamente de su país. Por esos años
Reyes continuaba con los estudios sobre Góngora y Mallarmé,
se reunía con escritores como Victoria Ocampo y Jorge Luis
Borges, Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset; contribuía
a introducir en Argentina la revista mexicana Contemporáneos,
y se la pasaba holgadamente en recepciones diplomáticas,
conferencias, discursos oficiales, apuestas en el hipódromo,
jugar al golf y tirar al pichón. Una vida de “¡cuántas
cosas a la vez!”, como exclama en algún momento, un
mundo, digámoslo con cierta incomodidad, de sibarita aplacado,
de burgués complacido; un mundo que era la clara negación
de los años pobres vividos en Madrid, y el cual, agreguemos
con alivio y simpatía, acabaría aborreciendo años
más tarde.
¿Pero Reyes fue feliz en la primera residencia argentina?
Durante dos años, si leemos el Diario, no hay una sola gran
lamentación; apenas, entre líneas, golpes a la cabeza
de ciertos personajes. Pero por los días del llamado “asunto
Neruda”, concretamente el 24 de julio de 1929, escribe unas
líneas terribles y amargas, que lo son más viniendo
de alguien tan equilibrado como él: “Nunca comprenderá
nadie hasta qué punto estos años de Buenos Aires van
siendo para mí —en todos los órdenes—
una escuela de sufrimiento, paciencia, tristeza, aburrimiento y
penuria material. ¡Mil veces mejores mis peores instantes
de dolor y pobreza en mis días heroicos y claros de Madrid!”
¿Pero cómo se inició esa rara relación
Neruda-Reyes? Neruda, como decíamos (lo dijo tanto en las
cartas a Eandi —Correspondencia durante “Residencia
en la tierra”—, como en las cartas a Albertina Rosa
Azócar, el gran amor chileno que inspiró al menos
la mitad de las piezas que componen los Veinte poemas de amor y
una canción desesperada, y que se halla detrás de
los instantes amorosos de El hondero entusiasta y la primera Residencia
en la tierra, y por supuesto, en las páginas de encanto de
Confieso que he vivido), sentía que su trabajo en Colombo
era detalladamente absurdo y su vida se hallaba signada por los
días de soledad estéril y de vacío sin fin.
Para huir de las horas de angustia y desventura se refugiaba en
tablas de náufrago como el whisky, el opio, las mujeres efímeras,
la lectura voraz y la escritura de la poesía.
Con el agua al cuello
La amistad Neruda-Eandi nació sin que ambos se conocieran
personalmente. Sólo se verían las caras por primera
vez hasta 1933, cuando Neruda estuvo fugazmente en Argentina como
cónsul. Con asombro, con iluminación, Eandi había
descubierto en Buenos Aires los Veinte poemas de amor e inclusive
escribió una nota crítica que se publicó en
la revista Cartel, en diciembre de 1926. La expidió a Neruda
a Rangoon. Desde entonces comenzó un epistolario pleno de
detalles nobles de parte de Eandi y de continua gratitud del lado
de Neruda. Creo que sin ese conjunto de cartas ignoraríamos
al menos la mitad de lo que fue la residencia asiática nerudiana.
Neruda había llegado a Rangoon, Birmania, en 1927, y casi
de inmediato empezó a sentir que el agua le llegaba al cuello.
Soñaba (lo repetía a Eandi) con el traslado a Europa,
pero no le disgustaría también, con tal de salir de
ese hoyo húmedo, trabajar en Argentina o México. Si
no me equivoco, sería ésa la segunda vez que Neruda
quiso venir a nuestro país; la primera se dio cuando propuso
a Albertina, en los años estudiantiles, viajar a México.
Así lo atestiguan dos cartas, quizá de 1925 o 1926
(Neruda no puso el año en la gran mayoría de sus cartas
amorosas). De las cartas de Neruda a Albertina, escritas entre 1921
a 1932, se conservaron 111. En la carta 37, que está fechada
en marzo 7, dice al principio del tercer párrafo: “Tal
vez sería mejor que te fueras conmigo a cualquiera parte.
A México”; en la carta 44 la inicia así: “Es
natural, que si la Revolución termina, nos vamos los dos
a México, a querernos libremente, aunque vivamos con pobreza”.
Al parecer el hermano de Albertina, Rubén Azócar,
gran amigo del Poeta, estaba por esos días en nuestro país.
La primera carta de Neruda a Eandi data del 25 de octubre de 1927.
Como se sabe (lo recuerda Margarita Aguirre en el prólogo
al epistolario Eandi-Neruda), el chileno jamás guardó
correspondencia ni fotografía alguna. Sólo a partir
de los años cincuenta, Matilde Urrutia, la tercera y última
esposa, se hizo cargo de las tareas de archivo. Por tanto, desde
los años veinte a los cincuenta sólo se guardan cartas
que envió Neruda a sus corresponsales, y las que éstos,
en casos excepcionales, enviaron y tuvieron cuidado de copiar para
sí. Prácticamente todo debe entresacarse de las misivas
nerudianas.
Desde esa primera carta a Eandi, Neruda empezará una letanía
de lamentos como de sonido de plegaria árabe que se prolongará
por cosa de cinco años. Desde esa carta inicial ya habla
de “aburrimiento y de abandono”.
De 1928 se conservan tres cartas enviadas desde Bengala Bay y Rangoon:
una, del 16 de enero, otra, del 11 de mayo, y otra, del 8 de septiembre,
donde se halla concentrado asimismo, como en otras posteriores,
mucho del lenguaje y del orbe crepuscular y marchito de las musicales
e intrincadas Residencias. En la del 16 de enero, Neruda le cuenta
(cosa que no sucederá) que parte —“huye”—
de Birmania y espera “que sea para siempre”. Ha pasado
dos meses horribles en Calcuta. Mientras bebe whisky y mira enfermos
y alcohólicos por todas partes, dice a Eandi que se siente
roído por “el sueño, la fatiga, el calor”.
En suma: vive horrorizado.
Es extraño y a la vez fascinante: las cartas enviadas por
Neruda desde el Lejano Oriente recuerdan en su soledad y vacío
pavorosos a las de Rimbaud a su madre y hermana desde Adén
y Harrar. Ambos hallaron en el infierno, asiático o africano,
su residencia temporal. Curiosamente por esos días Neruda
leía Una temporada en el infierno, como lo muestra la cita
que hace de memoria en una de las líneas de la carta: Les
femmes soignent ces horribles malades de retour de pays chauds (La
cita correcta es: Les femmes soignent ces féroces infirmes
au retour des pays chauds: “Las mujeres cuidan a esos feroces
enclenques cuando regresan de los países cálidos”).
En la misiva del 11 de mayo cuenta que la tarea literaria se le
complica cada vez más y se la pasa en “preocupaciones
pobres, en pensamientos escasos”. En la del 8 de septiembre
declara estar de tal modo encarcelado por su entorno, que piensa
que los otros deben estar igual: “¿Pero, verdaderamente,
no se halla usted rodeado de destrucciones, de muerte, de cosas
aniquiladas? ¿En su trabajo, no se siente obstruido por dificultades
e imposibilidades?” Para ese entonces, a sus 24 años,
ya ha “completado casi un libro de versos”. Desde entonces
el título estaba definido: Residencia en la tierra.
En esta carta de septiembre Neruda menciona por primera vez en concreto
el deseo de ir a España. Necesita dinero, pero el pago de
las colaboraciones desde su país por el diario que lo contrató,
no llega nunca. “Son unos perros”, decía definiéndolos.
Rodeado de mar
En 1929, antes de las gestiones de Eandi con Reyes, hay la carta
del 24 de abril. En ella se confiesa, mientras bebe whisky, “intranquilo,
desterrado, moribundo”. Ya está instalado en su casa
del barrio de Wellawatta en Ceylán, donde hay “mar,
palmeras, hojas, agua”, y oye cada noche una música
“igual a la muerte”. La soledad es espantosa. Vive recluido
en un jardín húmedo rodeado de mar. Evoca Buenos Aires,
a Xul Solar, y sueña con paseos por la avenida de Mayo. Eandi
le había comentado la opinión de Borges de que en
sus poemas hallaba “algo mágico”, pero a Neruda
no le simpatiza el casi treintañero Borges: “A mí
me gustan los grandes vinos, el amor, los sufrimientos, y los libros
como consuelo a la inevitable soledad. Tengo hasta cierto desprecio
por la cultura como interpretación de las cosas, me parece
mejor un conocimiento sin antecedentes, una absorción física
del mundo, a pesar y en contra de nosotros”. Y continúa
con la letanía de quejas y lamentaciones: ahora sobre sus
proyectos sin salida y sobre la existencia misma.
Creo que es por ese entonces cuando Eandi se topa con Alfonso Reyes
en una exposición de pintura (“la persona más
amable y más cordial que usted pueda imaginarse”),
quien de inmediato ofrece ayuda. Eandi debe hacer la petición
por escrito. Los documentos con que contamos van de un poco antes
del 29 de julio al 26 de septiembre de 1929. El primero es una misiva
de Eandi a Reyes, que no tiene fecha, donde intercede por el amigo
distante: “Como le dije en ese momento de conversación
precipitada, Neruda es actualmente cónsul de Chile en Colombo-Ceylán,
donde lleva una vida malísima, castigado por la soledad y
el clima”. Transcribe párrafos de la carta de Neruda
del 24 de abril y un párrafo extravagante de una carta del
chileno Álvaro Hinojosa, “un amigo que lo acompañó
algún tiempo en su destierro”. Eandi anota que Neruda
sueña con ir a Europa pero no le disgustarían Argentina
o México.
Reyes responde a Eandi el 29 de julio para informar que ha hablado
con el embajador de Chile en Argentina, Enrique Bermúdez,
y pide al joven cuentista argentino que emplace a Neruda a definir
su decisión de traslado.
Eandi telegrafía de inmediato a Neruda, quien a su vez responde
el 3 de agosto. “Aceptaría cualquier traslado pero
ruégole insistir en consulado de profesión, porque
actual salario elección hace vida imposible. Gracias de corazón”.
Como Cónsul de Elección u Honorario Neruda ganaba
166 dólares al mes, lo cual, explica en una carta posterior,
es “el sueldo de un tercer dependiente de botica” en
Ceylán. El colmo: no lo recibía si en algún
mes no había exportaciones. En carta del 5 de agosto a Reyes,
Eandi reproduce la respuesta de Neruda.
El 7 de agosto Reyes escribe a Eandi informándole que hace
lo que puede “para servir al poeta Neruda” y que el
embajador de Chile cuenta con la mejor voluntad para llevar adelante
el caso. Veinte días después Eandi recibe un telegrama
de Neruda: “Espero ansiosamente”. Ese mismo 27 de agosto,
Eandi escribe a Reyes y pregunta por alguna novedad. Al día
siguiente, el embajador Bermúdez marcha a Chile para hacerse
cargo de la cartera del Ministerio del Interior. “Creo que
hay derecho a la esperanza”, comunica Reyes a Eandi.
Tres días más tarde Reyes escribe a Bermúdez
recordándole sobre el caso, y destaca de nuevo, tomando palabras
de Eandi, que Neruda “lleva una vida malísima, castigado
por la soledad y el clima”. Puede acaecer algo desagradable.
Solicita para él un puesto en Europa, Buenos Aires o México.
Aclara que él no conoce a Neruda ni se ha dirigido a él
pero hace la solicitud en nombre de escritores argentinos amigos.
Reyes hace llegar a Eandi copia de todas sus gestiones, quien a
su vez las remite a Ceylán al amigo remoto. Por esos días
también la familia de Neruda realiza diligencias en Santiago
para el traslado.
El 17 de septiembre el ministro Bermúdez había escrito
al ministro de Exteriores de su país Mauricio Barros, quien
a su vez le había contestado una semana más tarde,
informándole que ya antes se ha ocupado del asunto y que
actuará cuando mejor pueda, subrayando que la petición
de traslado le parece del todo justa. En la carta que Bermúdez
expide a Reyes el 26 de septiembre adjunta el oficio del ministro.
“Creo con esto haber dejado satisfechos los deseos del buen
amigo y de todas aquellas personas que junto con usted se interesan
por la suerte de tan meritorio funcionario”. Más claro
ni el agua: Bermúdez deja a entender que ya ha hecho lo que
estaba al alcance de sus posibilidades y no se ocuparía más
del asunto.
Se supone, podría suponerse, que Eandi preguntó a
Reyes y éste repuso que ahora todo estaba en manos del Ministerio
de Exteriores chileno.
A partir de entonces se hace el silencio en la Cancillería
chilena; no es difícil deducir que los candidatos eran otros.
Neruda seguiría aún por dos años mudando de
residencia pero sólo en ciudades asiáticas.
Quizá no esté de más decir que en el Diario
de Reyes, entre el 29 de julio y el 26 de septiembre de 1929, no
hay una sola referencia al “asunto Neruda”. Al ministro
Bermúdez sólo lo menciona el 29 de agosto: “Banquete
para despedir al embajador de Chile Bermúdez, que va a su
país de ministro de Gobernación. Lo ofrecí
yo como más antiguo embajador presente”. Por esos días,
como lo dice también en el Diario, Reyes estaba metido en
el proyecto de la colección Cuadernos del Plata, en conferencias
y lecturas, en organizar un homenaje a la poeta Juana de Ibarborou
y, desde luego, en actividades inherentes a su cargo diplomático.
El 5 de octubre Neruda empieza a redactar una carta que sólo
expediría a Eandi el 21 de noviembre de aquel 1929. Son notables
los varios estados de ánimo y momentos de reflexión.
Dice que ha perdido toda esperanza y repite en qué consiste
y cuánto gana como Cónsul Honorario o de Elección.
Fatigado, sabe que ya nada puede hacer. Piensa o sueña en
irse a vivir a una gran ciudad. En Chile no tiene ni siquiera a
quien mandarle un telegrama. El colmo: el ministro que lo conocía
(no sabemos quién es) ha caído. Planifica irse a Europa
en 1931. Equiparándola a Madrid, Buenos Aires le parece una
provincia. Por eso quiere publicar su libro en Madrid. Sin embargo,
despotrica contra todos los poetas jóvenes españoles
“pobres como mendigos, pobres y sin ninguna grandeza”,
esos poetas de los cuales sería cinco años después
tan amigo y quienes lo consagrarían internacionalmente, y
quienes, vaya una atenuante, Neruda había leído hasta
entonces mal o poco. Residencia en la tierra ha sido terminada y
ya ha enviado el libro a España. Ahora sabemos que el destinatario
del libro fue Rafael Alberti, quien lo más que logró
fue publicar unos poemas en la Revista de Occidente en abril de
1930.
Se ha enterado de la muerte en Buenos Aires de su amigo Joaquín
Rodríguez Cifuentes a causa de haberse hundido en las aguas
lodosas de la bohemia y en el abismo de la desdicha, que corroen
el cuerpo, el alma y el corazón todos los días. “¡Tristeza!
Era el más generoso e irresponsable de los hombres, y una
gran amistad nos unió y juntos nos dedicamos a cierta clase
de vida infernal”. Ha escrito para el amigo “Ausencia
de Joaquín”. Joaquín Rodríguez Cifuentes
y Alberto Rojas Jiménez fueron las primeras cruces de grandes
amigos que Neruda fue dejando en el camino.
Neruda informa que desde hacía un mes su familia efectuaba
trámites en Santiago para su traslado. Reconoce que a veces
es feliz en Colombo pero una “demoniaca soledad, como una
sala húmeda” lo cerca.
Rubia y de ojos azules
La publicación del libro se vuelve en las cartas posteriores
un penoso ritornelo. Vive obsesionado y en constante incertidumbre.
Alguna vez estalla (23 de abril de 1930): “Esta maldita gente
de España no me dice una palabra de mi libro y eso me fastidia
mucho”. La carta termina con un reconocimiento a ese hombre
que ni siquiera conoce: “¿Qué bueno ha sido
ese Alfonso Reyes. Debo escribir dándole las gracias? Mejor
sería que cuando aparezca mi nuevo libro se lo mande con
algunas líneas”. Pero el libro (él no lo imaginaba)
sólo se publicaría en 1933 en Santiago y en 1935 en
Madrid.
Neruda es trasladado poco después, en junio de 1930, pero
no a Europa o a América, como esperaba, sino a una jurisdicción
que comprendía Batavia (Java), Singapur y las Islas de la
Sonda. Si bien en un principio vuelven las sombras, la soledad y
el horror, el tono de abandono disminuye en cartas posteriores.
En diciembre de ese año Neruda se casa con una criolla holandesa,
María Antonieta Agenaar, quien por las referencias y los
retratos, muy lejos estaba de ser una belleza. Neruda, que era muy
alto (medía más de 1.80 m), la describió así
en una carta a su madrastra: “Un poco más alta que
yo, rubia y de ojos azules”. Hablan en inglés. “María
tiene muy buen carácter y nos entendemos a las mil maravillas”.
Pero Neruda sólo escribiría una carta a Alfonso Reyes
hasta el 5 de abril de 1931 para acusar recibo del libro El testimonio
de Juan Peña y de Monterrey, la pequeña revista ambulante
que Reyes formaba en su paso por la tierra. Es decir, Neruda tardó
casi dos años en agradecerle sus servicios, cuando ya ni
siquiera vivía en Colombo. Apenado, Neruda escribe que no
lo vaya a juzgar ingrato por su silencio, pero que “en lo
más sensible” quedará para siempre el recuerdo
de lo que por él hizo. Adjunta varios poemas (de seguro de
las Residencias) que Reyes no conservó.
Por ese entonces el Ministerio de Relaciones Exteriores chileno
recorta personal diplomático. Neruda se ve obligado a regresar
a Chile a principios de 1932. Deja el bochorno del trópico
y vuelve a la neblina de Santiago. Cinco años de soledad
y lejanía dejan en cualquiera un sello en el cuerpo y el
ánimo.
A sus 28 años Neruda ya tenía en Chile un prestigio
de luz, ante todo por Crepusculario y los Veinte poemas de amor.
En ese 1933 se reedita éste, con poemas corregidos y uno
rehecho (el 2), en una edición lujosa. Asimismo aparece una
edición limitada de cien ejemplares de Residencia en la tierra,
juzgada “la mejor edición del año”. Se
publica también, luego de permanecer inédito diez
años, El hondero entusiasta. Neruda envía a Reyes
a Río de Janeiro la nota periodística que informa
de lo anterior. Ya viviendo en Chile, Neruda sin duda estaría
bien enterado de la reputación áurea de Reyes en las
letras internacionales; desde luego el envío llevaba el mensaje
soterrado de que en su país lo tenían en alto mérito
y apreciaría que Reyes lo viera también así.
El guatemalteco Cardoza y Aragón escribió en el capítulo
que le dedica en sus memorias (El río), que Neruda no daba
paso sin huarache a la hora de querer internacionalizar su obra.
Pudo agregar: ...y a la hora de aceptar puestos diplomáticos.
Neruda estaría en países clave para una extensa difusión
de su poesía: Argentina, España, México y Francia.
Distante como la luna
Gracias a tres líneas casi accidentales del Diario de Reyes
(la mayor parte permanece inédito) sabemos que se conocieron
en Río el 10 de mayo de 1934. A mano, con su letra pequeña
y apretada, Reyes escribe cuatro líneas: “En el Alcina,
rumbo a Barcelona, pasa Pablo Neruda. Me cuenta que ha tenido el
primer premio de poesía argentina Ricardo Molinari, poeta
de minoría absoluta, lo que honra a la Argentina”.
Gracias a Reyes, sabemos el nombre del barco en el que viajó
el poeta chileno. ¿Se encontraron en el puerto o en algún
lugar de la ciudad? Si se ve bien lo que escribió, Reyes
da más importancia al premio a Molinari, que al conocimiento,
la presencia, la poesía y la conversación de Neruda.
Los siguientes días de mayo Neruda no aparece mencionado
en el Diario.
En ese mayo de 1934 el Poeta ya está en Barcelona como cónsul.
El 18 de agosto nace la hija de Neruda y de María Antonieta:
la llaman con el sonoro nombre de Malva Marina Trinidad. El último
nombre se le puso de seguro por el recuerdo de Trinidad Malverde,
la madrastra de Neruda, o para decirlo con su definición,
la mamadre. Neruda está feliz. Reparte una tarjeta a cuanto
conocido tiene en su patria y en el exterior. Una de ellas llega
a don Alfonso a Río de Janeiro: “MARUCA Y PABLO NERUDA
anuncian a usted el nacimiento de su hija MALVA MARINA”. Al
lado del nombre de la niña hay un barco y arriba del nombre
de los padres una lira: navegaciones y poesía.
El gozo grande no sólo fue para él. Federico García
Lorca escribe un poema hermoso: “Versos en el nacimiento de
Malva Marina Neruda” que, perdido entre sus papeles, sólo
se descubrió hasta 1984. Neruda debió leer el poema,
pero no conservó copia y nunca lo citó en sus recuerdos.
Pero la radiante alegría fue sólo la cola de un relámpago.
La niña nació con hidrocefalia. No podía ver
ni siquiera la luz. Neruda ansiaba un hijo: trajo al mundo un pequeño
monstruo. Las ilusiones se volvieron una “primavera sin cenizas”.
En un poema “Enfermedades en mi casa” desahoga en lágrimas
su tragedia personal:
...las raíces de un árbol sujetan
una mano de niña
las raíces de un árbol más grande
que una mano de niña,
más grandes que una mano
del cielo,
y todo el año trabajan, cada día
de luna
sube sangre de niña hacia las hojas
manchadas por la luna.
No sólo
“Enfermedades en mi casa”, sino “Melancolía
en la familia”, “Maternidad” y “Oda con
un lamento” llevan en sí “la cristalización
poética del drama que estremece el hogar”, observa
Volodia Teitelboim.
No mencionaría de nuevo a la hija. No le da carta de existencia
en sus memorias (Confieso que he vivido), ni en ninguno de los artículos
y crónicas que se recogieron después de su muerte
en el espléndido libro Para nacer he nacido. Malva Marina
fue una de esas laceraciones tan desgarradoras que un solo roce
hace gritar. ¿Cómo —se preguntaría Neruda—
ese sueño puro, ese sueño pacientemente anhelado,
esa aspiración a las pequeñas y continuas dichas que
significaba el nacimiento de la hija, pudo convertirse en una pesadilla
diurna y nocturna? ¿Cómo un poeta que espera y aspira
la belleza es capaz de traer al mundo un adefesio así?
Se desentendió de la niña. María Antonieta
Agenaar, escribiría Teitelboim, vio todo siempre con “la
mirada triste de una buena esposa”, una mujer que terminó
siendo para el Poeta traslúcida como el agua y “distante
como la luna”; una mujer que no mereció ni siquiera
que el Poeta le escribiera un poema de amor.
Poco tiempo después, por medio de Rafael Alberti, Neruda
conoce a la argentina Delia del Carril, cuñada de Ricardo
Güiraldes, veinte años mayor que él. Se separa
pero no se divorcia de Maruca. En 1943, en México contrae
matrimonio con Delia; no imaginaba entonces los problemas legales
y políticos que le causarían su condición de
bígamo.
Neruda se acuerda al fin de escribirle a don Alfonso el 12 de mayo
de 1935. En la carta adjunta un homenaje que le han hecho “los
compañeros españoles” para dejar impresa la
huella de su amistad y admiración. En la carta previene también
a Reyes sobre la campaña difamatoria que Vicente Huidobro,
o como él lo afrancesa desdeñosamente, Vincent Huidobro,
organiza contra él desde Chile. La página de homenaje
de los jóvenes españoles figura en la primera edición
de los Cantos materiales (quizá era una manera de que Reyes
se diera cuenta de su reconocimiento internacional y al mismo tiempo
contrarrestar la campaña “de injuria y envidia”,
que llevaba a cabo su magnífico compatriota). Dice así:
“Chile ha enviado a España al gran poeta Pablo Neruda,
cuya evidente fuerza creadora, en plena posesión de su destino
poético, está produciendo obras personalísimas,
para honor del idioma castellano. Nosotros, poetas y admiradores
del joven e insigne escritor americano, al publicar estos poemas
inéditos —últimos testimonios de su magnífica
creación— no hacemos otra cosa que subrayar su extraordinaria
personalidad y su indudable altura literaria. Al reiterarle en esta
condición una cordial bienvenida, este grupo de poetas españoles
se complace en manifestar una vez más y públicamente
su admiración por una obra que sin disputa constituye una
de las más auténticas realidades de la poesía
española”.
Firmaban al calce desde Pedro Salinas hasta Miguel Hernández,
pasando por todos los nombres de la Generación del 27. Reyes
tal vez pensó que ni en sus grandes momentos de España
recibieron Rubén Darío y él un homenaje así.
Lo dicho por Neruda era cierto. Huidobro descargaba su artillería
contra el compatriota once años más joven. Poco antes
Huidobro había tenido un intercambio de alto voltaje con
Pablo de Rokha, en el cual, aunque parezca extraño, el dinamitero
de Rokha apagó primero las mechas de las cargas. El fuego
cruzado entre estas tres grandes figuras de la poesía chilena
duró lustros y no se apagó ni siquiera con la muerte.
Descendientes y amigos, como recuerda Volodia Teitelboim, lo continuaron
en el campo imaginario de batalla. En honor de Neruda (no fue el
caso con Juan Ramón Jiménez) debe decirse que no tiró
él la primera piedra.
En esa carta del 12 de mayo, Neruda dice también a don Alfonso
que le envía poemas, los cuales, muy probablemente (no están
en el archivo), acabarían integrándose a la segunda
de las Residencias. Comenta que ha visto con amigos españoles
Romances del río de enero y un “delicioso libro de
versos”, y le pide que se los remita. “Soy el hombre
terrible que no escribe cartas”, se justifica. Sobreentendemos
asimismo por la misiva, que Reyes le ha escrito antes, porque Neruda
agradece a Manuela el envío de una botellita de Sedobrol,
la cual lo ha librado de “tantas angustias”.
En 1937 despiden a Neruda del consulado general en España
“por llevar a cabo actividades incompatibles con su cargo”.
Regresa a su país. En una fecha claramente deliberada, el
7 de noviembre, vigésimo aniversario de la Revolución
de Octubre, se echa a andar la Alianza de Intelectuales de Chile
para la Defensa de la Cultura. En el mismo acto Neruda es electo
Presidente. Según Teitelboim, la alianza ha sido el más
vasto y activo movimiento de difusión de la cultura en los
anales del país. Agrupaba “gente de todas las disciplinas
del arte y del saber”. En ella había intelectuales
de toda suerte de ideologías y seguidores de las más
diversas estéticas, salvo fascistas y reaccionarios. Eran
miembros artistas, intelectuales, escritores, poetas, políticos.
Entre muchos estaban Juvencio Valle, Ángel Cruchaga, Humberto
Díaz Casanueva, Acario Cotapos, Rubén Azócar,
Bernardo Leighton. Hubo comités desde Iquique y Antofagasta
hasta Temuco y Concepción. El punto de salida de sus actividades
lo representó la defensa de la República española.
Querido Pablo...
Un par de meses más tarde, en enero de 1838, Neruda se entera
de que ha sido llamado por su gobierno y puesto a disponibilidad
el embajador de México en la Argentina Alfonso Reyes. Neruda
vio el instante puntual para devolver el favor al hombre que tan
bien se comportó nueve años antes y quien ha sido
tan afectuoso en su correspondencia, y que, muy en especial, como
embajador ha defendido con honor y vigor a los refugiados españoles
suscitando la cólera y recibiendo los embestidas ruines de
la reacción argentina.
Neruda escribe en papel membretado de la Alianza tres misivas: una
al presidente mexicano Lázaro Cárdenas, otra a Vicente
Lombardo Toledano, presidente de la Universidad Obrera de México
y secretario general de la Central de Trabajadores de México,
y una tercera a la LEAR (Liga de Artistas y Escritores de México).
Las dos últimas son para informar sobre la comunicación
que se ha dirigido a Cárdenas, “respecto a las noticias
que les han llegado” acerca de la disponibilidad en que se
ha puesto a Reyes y piden información al respecto. La primera,
la sustancialmente importante, inicia con amplios y sinceros elogios
al presidente Cárdenas, “a su espíritu progresista,
a su política antiimperialista y de esforzada solidaridad”.
Gracias a él, gracias a su solidaridad con España,
México es la vanguardia del continente. “Pues bien,
la expresión más destacada de la solidaridad de México
hacia España, ante los ojos de los países del sur
de nuestro continente, ha sido el embajador Alfonso Reyes, quien,
como toda la prensa democrática lo ha manifestado alborozada,
ha puesto públicamente todo su esfuerzo en la República
Argentina para proteger el nombre de España y la situación
de los ciudadanos españoles allí residentes en los
momentos más críticos para ellos, protegiéndolos
de las asechanzas de la reacción. Como escritor, el señor
Alfonso Reyes ha puesto la gran fuerza moral y de convicción
de su pluma al servicio de España [...] Por eso nos ha sorprendido
grandemente el saber que este hombre, cuya sola existencia es honra
de las letras de nuestra lengua y de nuestra América, y garantía
para una representación democrática, ha sido llamado
por vuestro gobierno y sea tal vez declarado en disponibilidad”.
Sorprendido, Reyes envía al “querido Pablo” el
2 y 5 de mayo de 1938, dos cartas de conmovida gratitud. Redacta
la segunda porque siente que la primera ha sido algo fría
y protocolaria. Por primera vez tutea a Neruda. En la primera misiva,
luego de algunas pertinentes aclaraciones sobre la LEAR y su envidioso
presidente Ermilo Abreu Gómez, informa que el gobierno cardenista
no ha tomado ninguna medida especial contra él ni le ha retirado
su confianza. Se trata sólo de reacomodos, de renovar el
Servicio Exterior y traer al país a quien ha estado fuera
mucho tiempo. Tiene trato directo con el presidente, quien le asignará
pronto una encomienda.
En la segunda carta, ya habiendo apreciado la dimensión del
acto adherente, escribe conmovido hasta la raíz: “Pero,
sobre todo, quiero que sepan ustedes que no creo haber recibido
en mi vida un documento más satisfactorio y confortante para
mi conducta que su carta dirigida al presidente Cárdenas.
Mi agradecimiento no puede tener mejor expresión que el persistir
en una actitud que ha merecido la aprobación de ustedes.
Gracias de todo corazón. La parte final de tu citada carta,
en que ofrecen ustedes su solidaridad a México, no puede
leerse sin sentir ahogos de emoción y no ciertamente gracias
a un mero concepto patriótico, sino por un alto concepto
humano”.
Trece días después, el presidente Lázaro Cárdenas
nacionaliza el petróleo.
Neruda llega a México como cónsul general a fines
de agosto de 1840. El consulado se hallaba en Brasil 21, equidistante
entre la plaza del Zócalo y la plaza de Santo Domingo. Sin
embargo, contra lo que en buena lid se auguraba, ambos se vieron
poco en los años de la estancia nerudiana. El rumbero Neruda,
a quien le encantaba llenar de gente su casa para el almuerzo, no
parece haber tenido de comensal a Reyes. Aún al final, luego
de severos reclamos de Neruda, estuvieron al borde de la ruptura.
Al enumerar amistades del poeta y quienes iban a visitar la Quinta
Rosa María nerudiana, Volodia Teitelboim habla también
de las casas a las que el Poeta asistía: “Iba a visitar
a Alfonso Reyes, a Enrique González Martínez, al general
Heriberto Jara y al escritor José Mancisidor”. Como
veremos poco después, las visitas a Reyes o no se dieron
o fueron mínimas. La casa de Reyes estaba entonces en Córdoba
95, en el barrio de la Roma. Reyes ya era una gloria americana.
Entre varias actividades presidía la Casa de España,
que más tarde se convertiría en el Colegio de México,
pero contra lo que afirma Volodia, la amistad estuvo a unas cuantas
olas del naufragio. Luego de varias invitaciones de Neruda a Reyes
(las invitaciones no parecen haber sido recíprocas o, al
menos, no hay documento que registre una sola), da la impresión
de que Reyes comenzaba a darle la vuelta o de plano se la daba.
Más tarde, en unas cartas confidenciales, Reyes explicaría
al poeta chileno que lo hizo para evitar el círculo de amigos
mexicanos que rodeaba a éste y porque tenía escaso
gusto por la vida en sociedad, pero también, nos atrevemos
a pensarlo, porque al mexicano no le gustaba ni la actividad política
izquierdista ni los conflictos en que se metía Neruda en
la vida diplomática y en la vida cultural. Estoy por creer,
pese a declaraciones epistolares o protocolarias, donde sólo
hay elogios desmedidos pero sin el fruto carnoso de los juicios
críticos, que a Reyes no le gustaba la poesía nerudiana.
Eran dos posiciones estéticas que no se tocaban o se tocaban
apenas. Reyes estaba más en el gusto del modernismo o de
cierto postmodernismo, más cerca de Othón, Lugones
y Darío, de Machado y de Juan Ramón, que de López
Velarde, del surrealismo, de Huidobro y de Lorca. Apasionado estudioso
de la obra gongorina y mallarmeana, no debió sentirse cómodo
leyendo poemas como letanías, versos donde golpeaban inmisericordemente
adverbios y gerundios, y donde los contenidos, difícilmente
legibles, hablaban de soles húmedos, de lluvias infinitas,
de sudores sexuales, de gotas lentas derramándose en el cuerpo,
de casas agónicas, de cosas continuamente destruidas, de
paisajes y comercios desechos. Aún más: Posiblemente
Reyes acaso se preguntó más de una vez, como Juan
Ramón, si las Residencias merecían la pasión
de los lectores y la celebridad que ya entonces conocían.
Caupolicán redivivo
Pero desde su llegada a nuestra ciudad, el gregario Neruda quiso
atraerlo. A las pocas semanas de su arribo, Neruda funda una revista,
La Araucanía. El 17 de octubre de 1940, es decir, a un poco
más de un mes y medio de haber llegado a México, envía
a Reyes una carta-invitación solicitándole pertenecer
al comité de patrocinadores de la revista, la cual no busca
tener un carácter puramente oficial, sino ser un vínculo
chileno-mexicano-americano. Los temas no serán sólo
literarios. Reyes acepta de inmediato. Pero la revista dura un solo
número, porque el gobierno de su país estimó,
por el título y la portada, que Chile no era “un país
de indios”. Muchos años después, Neruda contaría
en un artículo muy gracioso la exigua historia de la revista.
Entre otras cosas, mencionaría que en ese número colaboraron
“desde el presidente de la Academia hasta don Alfonso Reyes,
maestro esencial del idioma”. E, ironizando, decía
que quienes pidieron que la suspendiera o cambiara de título,
eran, uno, el embajador de México en Chile, quien parecía
Caupolicán redivivo, y el otro, el presidente de la República,
Pedro Aguirre Cerda, “el vivo retrato de Michimalonco”
(Para nacer he nacido, “Nosotros los indios”, páginas
290-292).
El 16 de abril de 1941 hay otro mensaje donde Reyes agradece a Neruda
la reservación de una butaca para el concierto del señor
Tapia Caballero. Pero a partir de allí todo es declinaciones.
A causa de mala salud y fatiga, el 24 de septiembre de ese mismo
1941, se disculpa por no poder asistir al banquete que Neruda, entre
otros, ha organizado. Y aclara: “Usted sabe mejor que nadie
cuán viejos y cuán firmes son mis sentimientos para
usted y para su obra”.
A fines de diciembre de ese año, Neruda es ferozmente golpeado
por pronazis alemanes y mexicanos en un restorán del parque
Amatlán de Cuernavaca. Volodia Teitelboim escribe que en
ese sitio “con aire de égloga mexicano, durante la
hora plácida de un domingo por la tarde, Neruda, Delia [del
Carril], [Luis Enrique] Délano y su mujer Lola Falcón
y su hijo Poli, más tarde cuentista que va al grano, junto
con su amiga Clara Porset, conversan sobre el tema de todos los
días y de cada hora: la guerra que ruge a lo lejos y está
golpeando detrás de ellos”. Las reprobaciones son ácidas,
suben de tono y se brinda por los presidentes estadounidense y mexicano.
De pronto surge de un reservado un grupo de pronazis, y a botellazos
y sillazos, sin importar niños y mujeres, golpean a diestra
y siniestra. A Neruda le abren una herida de diez centímetros
que estuvo a punto de causarle una conmoción cerebral. Los
médicos prescriben inmovilidad absoluta. Jamás se
aprehendió a los agresores.
Margarita Aguirre roza apenas el hecho en su libro Las vidas de
Pablo Neruda, y con exageración, que satisfacía la
vanidad del amigo pero muy poco a la verdad, escribe “que
los escritores del mundo se indignaron y Pablo recibió miles
de adhesiones”.
En México, en el diario El Nacional del 5 de enero de 1942,
se reproduce el comunicado al Congreso de la Unión, solicitando
una punición inmediata y severa a los responsables. Entre
los ilustres firmantes de la carta están los poetas Enrique
González Martínez y Carlos Pellicer; los pintores
María Izquierdo y José Clemente Orozco; el actor Carlos
Bracho, el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, el escritor
José Revueltas, y desde luego, Alfonso Reyes.
El 27 de octubre de 1942 un Comité Especial, presidido por
Pablo Neruda y Octavio G. Barreda, enviaron una misiva a don Alfonso,
donde informan la muerte de Miguel Hernández en una prisión
de Alicante, y lo invitan a participar en una velada para el 30
de noviembre donde intervendrían asimismo poetas, escritores
y filósofos como José Carner, Ruiz Funes, Herrera
Petere, Wenceslao Roces, Jules Romains, Ludwig Renn, Octavio Paz,
Carlos Pellicer y el propio Neruda. Reyes se niega nuevamente: el
7 de noviembre responde felicitándolos por la idea de evocar
a Hernández, “gran poeta, hombre bueno, víctima
de incalificables desmanes”, pero se excusa de asistir “por
absoluta imposibilidad y ausencia”. ¿Qué habrá
querido decir Reyes con “absoluta imposibilidad y ausencia?”
Éstas son las dos negaciones registradas pero todo hace suponer
que hubo más, como se deja entrever en las tres cartas confidenciales
que Reyes envía a Neruda, fechadas el 4, 5 y 7 de julio de
1943, es decir, un mes y tres semanas antes de que el Poeta dejara
México. ¡Cuántos serían los sentimientos
de culpa de don Alfonso que escribe tres cartas y se justifica tan
prolijamente!
Veamos. De hecho la explicación o las explicaciones esenciales
ya están en la primera misiva; en la segunda y tercera, sólo
hay añadidos a las explicaciones y justificaciones. Primero,
¿qué pasó la noche del 3 de julio de 1943?
Por lo que se entrevé, Neruda, en una reunión, hizo
a Reyes unos reproches “de índole personal y otros
impersonales”. Si nos atenemos a Reyes, de los personales,
uno “era accidental y otro general”. Considera que las
palabras de Neruda fueron “cariñosas pero dolorosas”.
El de carácter personal, el menos grave, nace por un problema
con el embajador de Brasil en México. Siendo diplomático,
a Neruda no le era ajeno entrometerse en asuntos de política
internacional; en España por eso perdió el puesto.
Pero ¿qué pasó en México? Neruda, que
intervino en hechos políticos del Brasil (emprendió
la defensa del comunista Prestes), pidió la solidaridad de
Reyes y éste le solicitó que le comunicara cuál
era el ambiente en la Cancillería chilena en torno al Poeta
para ver la conducta a adoptar. Neruda sintió eso como una
negativa injuriosa. En la carta del 4 de julio Reyes se corrige
y le dice que sin vacilaciones se ponía a sus órdenes.
El aguafiestas
El reproche de índole personal es porque Reyes no aceptaba,
al parecer, las frecuentes invitaciones del Poeta y porque el otro
no era a su vez invitado. Reyes acepta el regaño pero se
justifica diciendo que una de las causas de no encontrarse eran
los amigos próximos de Neruda (seguramente los de izquierda),
quienes lo habían calumniado, entre otras cosas, deformando
su conducta acerca de los hechos de la Guerra Civil Española
y aun se habían ensañado con él porque creían
que regresaba caído en 1938. “Han falseado mi biografía
y mi obra”, se lamenta. Por eso, para no incomodar, para no
ser el aguafiestas en reuniones con gente que no lo quería
y él no quería, prefirió declinar las invitaciones.
Una segunda causa es que, contra lo que podía suponer Neruda,
a él no le gustaba ni andar en tertulias ni rondar los cafés.
“Todos los días rechazo un término medio de
cuatro invitaciones y acepto las imprescindibles por no acabar de
pasar por un grosero, las menos que puedo. Las cosas oficiales me
importan un pito, como he alejado tres o cuatro proposiciones de
puestos y acomodos, sobre los cuales he visto a algunos de mis censores
arrojarse después con manifiesto deleite. Mi trabajo es privado”.
En suma don Alfonso prefería cuidar sus horas de soledad
y sus tareas literarias.
En cuanto a los reproches impersonales, se refieren, a excepción
de la Guerra Civil Española, a una falta de compromiso político.
El ataque fue una cuchillada al estómago, porque en las tres
cartas Reyes se deshace en explicaciones para mostrarle sus tareas
de solidaridad en el decurso de su vida.
Neruda vuelve a México en septiembre de 1949 para asistir
al Congreso de la Paz. No hay ningún dato que historíe
de que ambos hubieran tenido algún contacto epistolar o de
otra índole en esos seis años que dejaron de verse.
Para su alarma, en un principio, Neruda debe quedarse en México
a causa de que, poco después de su llegada, sufre una trombo-flebitis.
Cuenta en Confieso que he vivido que eso ocurrió el mismo
día de la muerte de José Clemente Orozco.
Hacia marzo de 1950 da un recital de sus poemas. Invita a presentarlo
a Reyes, quien declina asistir pero envía un texto donde
destaca sobre todo el compromiso político del perseguido
por el presidente chileno
González Videla:
“La humanidad necesita siempre de sus poetas, y más
en las horas de angustia y desconcierto. Fuerza es que alguna voz
superior exprese los duelos y las esperanzas, y redima con la palabra
y con la idea las inquietudes que oscuramente agitan la entraña
de los pueblos. La vida del espíritu es vida de arisca independencia.
Es justo que hable, que grite y que cante quien tenga algo que decir.
Es justo que luche quien tenga algo que pelear.
“Huésped de México, persona universal, en quien
se concentran vastas y ardientes simpatías, amigo de tantos
años y de tantos vaivenes, poeta cuya obra sigo con amor
y respeto, al saber que se dispone usted a ofrecer una recitación
de sus poemas, quiero acompañarlo con estas líneas,
escasa prenda de mi admiración y mi cariño.
“Haga de cuenta que lo llevo hasta el estrado del brazo, le
estrecho ambas manos y le cedo la palabra. No lo presento, no, que
usted por sí mismo es alta presencia, aquí y en todas
partes, y su público se ha congregado para escucharlo a usted
y no a mí”.
Una frase trae cola y resume en algo esa amistad que vuela como
un pájaro entre breñas: “Amigo de tantos años
y tantos vaivenes”.
Una de las intenciones era que la primera edición del Canto
general intervinieran los tres grandes muralistas; muerto Orozco,
sólo participaron Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros,
quienes ilustraron las guardas. El libro se presentó el 5
de abril de 1950.
Reyes vuelve a saber indirectamente de Neruda hasta 1954. El Poeta
cumple el 12 de julio cincuenta años. No es un secreto que
al chileno le encantaban los homenajes y un aniversario así
era para aprovecharse. Se forma un comité para la festividad.
Se piensa realizar —reza la carta-invitación—
una “reunión fraternal de escritores, artistas e intelectuales
de América” y se convida a Reyes para unas charlas
donde dé a conocer “ciertos aspectos de la cultura
de su país” e intercambie puntos de vista e ideas con
escritores del continente. Con fecha de 19 de abril, dos amigos
del círculo estrecho de Neruda, Tomás Lago y Ángel
Cruchaga Santa María, firman la carta. Lago se presenta como
director del Museo de Arte Popular y Cruchaga como Premio Nacional
de Literatura. No está de más señalar que Neruda
escribió con Lago a dos manos, Anillos, en 1926, y que sobre
Cruchaga escribió en Batavia, en febrero de 1931, una introducción
a su poesía. ¡Qué cosas! Quien firmaba como
Premio Nacional de Literatura fue quien mereció casarse con
la callada y elusiva Albertina Rosa Azócar. Las decisiones
de las mujeres suelen llegar en ocasiones luego de seguir caminos
misteriosos y laberínticos.
Reyes responde el 27 de abril. Se disculpa con Lago y Cruchaga.
La carta dice: “Gracias de corazón. Es imposible. Yo
ya no salgo de mi tierra, desde el grave accidente cardiaco que
sufrí en 1951. Vivo recluido y entregado exclusivamente a
acabar algunos últimos librillos, tarea de que ya no tengo
derecho a distraerme. Ustedes mismos acepten el ser mis embajadores
y ofrezcan mi cordial saludo al poeta Pablo Neruda en su 50º
aniversario”.
No hay huellas de que entre 1954 y 1959 se hubiera reanudado algún
contacto entre ambos personajes. Pero en el “archivo Neruda”
de Reyes quedó un artículo publicado en el periódico
Excélsior el 22 de marzo de 1959. Tenía como título
“Pablo Neruda vuelve a las andadas” y lo firmaba Alberto
Cervantes Coy, anticomunista furibundo, a quien ni su familia recuerda
en el álbum.
Por unas acusaciones de Neruda al ministro de Relaciones Exteriores
de Chile, Germán Vergara, el articulista hace correr el bulo,
entre otras cosas, de que Neruda se nacionalizó ruso y lo
acusa de ejercer “un turismo político de la más
baja especie”, de que la prensa chilena lo reprueba como “un
ejemplar de la extorsión política”, y de que
tiene en América, en sus amigos comunistas, “una verdadera
cadena difusora de sus versos y posturas de zarzuela”.
¿Por qué Reyes guardó esta estúpida
y canallesca nota periodística con mentiras sin el más
mínimo fundamento contra un amigo?
Neruda pasa unos días en 1960 en la Ciudad de México,
pero ya no pudo encontrarse con el antiguo y gran camarada que solía
rehuirlo. Reyes murió a los setenta años de edad,
el 27 de diciembre de 1959.
Campos. Poeta
y ensayista.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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