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10 de julio de 2004

 

PABLO NERUDA Y ALFONSO REYES:
UNA AMISTAD DESCONOCIDA


Hombres de temperamentos opuestos, Alfonso Reyes y Pablo Neruda fueron protagonistas de una amistad que estuvo al borde del naufragio, pero que subsistió hasta la muerte de Reyes, en 1959. A cien años del nacimiento del poeta chileno, Marco Antonio Campos —quien recibirá la Medalla Presidencial del Centenario Pablo Neruda— repasa este acercamiento tan insólito como contradictorio, que se inició cuando Reyes era “una gloria americana” y Neruda un “poeta de soles húmedos y sudores sexuales”.

POR MARCO ANTONIO CAMPOS

LMínimamente estudiada, o de hecho no estudiada, es la cercana y a la vez distante, noble y a la vez conflictiva, relación amistosa entre Pablo Neruda y Alfonso Reyes. Una relación de magníficos encuentros lejanos y acres desencuentros próximos.
Hasta donde sabemos, Alfonso Reyes fue el primer escritor mexicano con el que, sin conocerlo en persona, Neruda tuvo contacto. Gracias a la infinita generosidad de Alicia Reyes, ángel guardián de la Capilla Alfonsina, obtuve un manojo de documentos que permiten rehacer a grandes perfiles aquella distante y compleja amistad. El mismo Volodia Teitelboim, íntimo amigo y el más completo y quizás objetivo biógrafo del poeta, la menciona apenas en su detallada biografía (Neruda, BAT, Santiago de Chile, 1984); Margarita Aguirre, otra de sus biógrafas conocidas, quien fue su secretaria particular muchos años, no sólo la ignora, sino el paso de Neruda por nuestra República, apenas le merece dos de las 332 páginas de su libro de 1973 (Las vidas de Pablo Neruda), olvidando que México (él lo reconocía) le dio la raíz americana, el sentido subyacente del pasado prehispánico, las voces enterradas de las ciudades, amistades con grandes pintores como José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, y con escritores y poetas notables como varios de los exiliados españoles, el mismo Alfonso Reyes y los jóvenes Efraín Huerta y José Revueltas. El único que dio un segmento más o menos significativo a la vida de Neruda en México fue el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal en su admirable libro biográfico-literario (El viajero inmóvil).

Rabietas y reproches
Todo tendía a distanciar o separar a Reyes y Neruda, y en algún momento, la amistad estuvo a punto de irse al vacío. Después de los años cuarenta la relación parece haberse sostenido con alfileres, pero contra todo, pese a los espinosos desencuentros, pese a rabietas, reproches y reclamaciones de Neruda, la amistad distante se mantuvo hasta la muerte del polígrafo mexicano en 1959. Eran dos hombres esencialmente distintos: Reyes, de un lado, un hombre de letras, políticamente conservador, noble, probo, de trato cortés y conversación chispeante, frecuentador de las grandes bibliotecas, y quien gustaba de cultivar amistades valiosas en sostenidas correspondencias y cuidaba cada línea en cartas y recados para proteger su imagen; del otro lado, Neruda era un hombre que buscaba geológicamente “la absorción física del mundo”, que prefería la lectura de autores de profundidad telúrica o de novelas de entertainment (es fama su afición por la narrativa policial), quien no hacía demasiados distingos en sus amistades y era un pésimo corresponsal. Instintiva e intelectualmente hubiera rechazado ahondar en el análisis del barroquismo de cisne congelado de Góngora o discutir las minucias del soneto en IX. La cortesía y las buenas maneras no fueron para él un lujo diario ni necesario. Fue un hombre complejo (como todo gran artista), buen amigo de sus amigos, feroz en la sátira y la invectiva, y, desde los años de la Guerra Civil Española, con simpatías comunistas. Sin embargo existían puntos de unión entre ambos, pero no parece haber habido demasiado tiempo para compartirlos: la poesía, la fascinación por las mujeres, el gusto por los banquetes opíparos y los actos de homenaje en su honor.

Pero volvamos la vista hacia el segundo lustro de los años veinte. Neruda vive en Colombo, Ceylán. Los que serían acaso los días más difíciles de su vida —si no contamos 1948, año de la clandestinidad—, coinciden con la primera estancia de Reyes como embajador en la Argentina. Dos cosas que don Alfonso destaca en su Diario durante su residencia porteña (una, del 24 de agosto de 1927, y otra, del 1º de enero de 1928), habrían acaso dejado al joven Neruda, quien vivía en una soledad ácida y un hastío de desamparo, en estado de claro asombro: el número de clubes a los que don Alfonso pertenecía apenas a seis meses de su llegada a Buenos Aires y los trabajos literarios pendientes. Entre otros, los clubes eran el Jockey Club, Gimnasia y Esgrima, Belgrano, Biblioteca del Consejo Nacional de Mujeres, del Progreso, Amigos del Arte y Argentino del Ajedrez, y entre los “trabajos pendientes” se contaban prólogos, estudios, colaboraciones, correcciones a antiguos libros, revisión de pruebas, conferencias...

Aunque ambos ocupaban puestos diplomáticos, cuando entran en contacto por primera vez, a través de los oficios del cuentista argentino Héctor Eandi, la diferencia jerárquica es grande: Reyes, quien tenía cuarenta años, era embajador, mientras Neruda, quien tenía 25, era Cónsul de Elección y Honorario, con un sueldo de vendedor de milagros, que hacía más ardua su ya ardua vida cotidiana. Reyes era el escritor consagrado, visto ya como el mexicano universal, buscado y querido por todos, mientras Neruda sólo había publicado Crepusculario y los Veinte poemas, y su fama se reducía a amplios círculos pero casi exclusivamente de su país. Por esos años Reyes continuaba con los estudios sobre Góngora y Mallarmé, se reunía con escritores como Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges, Ramiro de Maeztu y José Ortega y Gasset; contribuía a introducir en Argentina la revista mexicana Contemporáneos, y se la pasaba holgadamente en recepciones diplomáticas, conferencias, discursos oficiales, apuestas en el hipódromo, jugar al golf y tirar al pichón. Una vida de “¡cuántas cosas a la vez!”, como exclama en algún momento, un mundo, digámoslo con cierta incomodidad, de sibarita aplacado, de burgués complacido; un mundo que era la clara negación de los años pobres vividos en Madrid, y el cual, agreguemos con alivio y simpatía, acabaría aborreciendo años más tarde.

¿Pero Reyes fue feliz en la primera residencia argentina? Durante dos años, si leemos el Diario, no hay una sola gran lamentación; apenas, entre líneas, golpes a la cabeza de ciertos personajes. Pero por los días del llamado “asunto Neruda”, concretamente el 24 de julio de 1929, escribe unas líneas terribles y amargas, que lo son más viniendo de alguien tan equilibrado como él: “Nunca comprenderá nadie hasta qué punto estos años de Buenos Aires van siendo para mí —en todos los órdenes— una escuela de sufrimiento, paciencia, tristeza, aburrimiento y penuria material. ¡Mil veces mejores mis peores instantes de dolor y pobreza en mis días heroicos y claros de Madrid!”
¿Pero cómo se inició esa rara relación Neruda-Reyes? Neruda, como decíamos (lo dijo tanto en las cartas a Eandi —Correspondencia durante “Residencia en la tierra”—, como en las cartas a Albertina Rosa Azócar, el gran amor chileno que inspiró al menos la mitad de las piezas que componen los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, y que se halla detrás de los instantes amorosos de El hondero entusiasta y la primera Residencia en la tierra, y por supuesto, en las páginas de encanto de Confieso que he vivido), sentía que su trabajo en Colombo era detalladamente absurdo y su vida se hallaba signada por los días de soledad estéril y de vacío sin fin. Para huir de las horas de angustia y desventura se refugiaba en tablas de náufrago como el whisky, el opio, las mujeres efímeras, la lectura voraz y la escritura de la poesía.

Con el agua al cuello
La amistad Neruda-Eandi nació sin que ambos se conocieran personalmente. Sólo se verían las caras por primera vez hasta 1933, cuando Neruda estuvo fugazmente en Argentina como cónsul. Con asombro, con iluminación, Eandi había descubierto en Buenos Aires los Veinte poemas de amor e inclusive escribió una nota crítica que se publicó en la revista Cartel, en diciembre de 1926. La expidió a Neruda a Rangoon. Desde entonces comenzó un epistolario pleno de detalles nobles de parte de Eandi y de continua gratitud del lado de Neruda. Creo que sin ese conjunto de cartas ignoraríamos al menos la mitad de lo que fue la residencia asiática nerudiana.

Neruda había llegado a Rangoon, Birmania, en 1927, y casi de inmediato empezó a sentir que el agua le llegaba al cuello. Soñaba (lo repetía a Eandi) con el traslado a Europa, pero no le disgustaría también, con tal de salir de ese hoyo húmedo, trabajar en Argentina o México. Si no me equivoco, sería ésa la segunda vez que Neruda quiso venir a nuestro país; la primera se dio cuando propuso a Albertina, en los años estudiantiles, viajar a México. Así lo atestiguan dos cartas, quizá de 1925 o 1926 (Neruda no puso el año en la gran mayoría de sus cartas amorosas). De las cartas de Neruda a Albertina, escritas entre 1921 a 1932, se conservaron 111. En la carta 37, que está fechada en marzo 7, dice al principio del tercer párrafo: “Tal vez sería mejor que te fueras conmigo a cualquiera parte. A México”; en la carta 44 la inicia así: “Es natural, que si la Revolución termina, nos vamos los dos a México, a querernos libremente, aunque vivamos con pobreza”. Al parecer el hermano de Albertina, Rubén Azócar, gran amigo del Poeta, estaba por esos días en nuestro país.

La primera carta de Neruda a Eandi data del 25 de octubre de 1927. Como se sabe (lo recuerda Margarita Aguirre en el prólogo al epistolario Eandi-Neruda), el chileno jamás guardó correspondencia ni fotografía alguna. Sólo a partir de los años cincuenta, Matilde Urrutia, la tercera y última esposa, se hizo cargo de las tareas de archivo. Por tanto, desde los años veinte a los cincuenta sólo se guardan cartas que envió Neruda a sus corresponsales, y las que éstos, en casos excepcionales, enviaron y tuvieron cuidado de copiar para sí. Prácticamente todo debe entresacarse de las misivas nerudianas.
Desde esa primera carta a Eandi, Neruda empezará una letanía de lamentos como de sonido de plegaria árabe que se prolongará por cosa de cinco años. Desde esa carta inicial ya habla de “aburrimiento y de abandono”.

De 1928 se conservan tres cartas enviadas desde Bengala Bay y Rangoon: una, del 16 de enero, otra, del 11 de mayo, y otra, del 8 de septiembre, donde se halla concentrado asimismo, como en otras posteriores, mucho del lenguaje y del orbe crepuscular y marchito de las musicales e intrincadas Residencias. En la del 16 de enero, Neruda le cuenta (cosa que no sucederá) que parte —“huye”— de Birmania y espera “que sea para siempre”. Ha pasado dos meses horribles en Calcuta. Mientras bebe whisky y mira enfermos y alcohólicos por todas partes, dice a Eandi que se siente roído por “el sueño, la fatiga, el calor”. En suma: vive horrorizado.

Es extraño y a la vez fascinante: las cartas enviadas por Neruda desde el Lejano Oriente recuerdan en su soledad y vacío pavorosos a las de Rimbaud a su madre y hermana desde Adén y Harrar. Ambos hallaron en el infierno, asiático o africano, su residencia temporal. Curiosamente por esos días Neruda leía Una temporada en el infierno, como lo muestra la cita que hace de memoria en una de las líneas de la carta: Les femmes soignent ces horribles malades de retour de pays chauds (La cita correcta es: Les femmes soignent ces féroces infirmes au retour des pays chauds: “Las mujeres cuidan a esos feroces enclenques cuando regresan de los países cálidos”).

En la misiva del 11 de mayo cuenta que la tarea literaria se le complica cada vez más y se la pasa en “preocupaciones pobres, en pensamientos escasos”. En la del 8 de septiembre declara estar de tal modo encarcelado por su entorno, que piensa que los otros deben estar igual: “¿Pero, verdaderamente, no se halla usted rodeado de destrucciones, de muerte, de cosas aniquiladas? ¿En su trabajo, no se siente obstruido por dificultades e imposibilidades?” Para ese entonces, a sus 24 años, ya ha “completado casi un libro de versos”. Desde entonces el título estaba definido: Residencia en la tierra.
En esta carta de septiembre Neruda menciona por primera vez en concreto el deseo de ir a España. Necesita dinero, pero el pago de las colaboraciones desde su país por el diario que lo contrató, no llega nunca. “Son unos perros”, decía definiéndolos.

Rodeado de mar
En 1929, antes de las gestiones de Eandi con Reyes, hay la carta del 24 de abril. En ella se confiesa, mientras bebe whisky, “intranquilo, desterrado, moribundo”. Ya está instalado en su casa del barrio de Wellawatta en Ceylán, donde hay “mar, palmeras, hojas, agua”, y oye cada noche una música “igual a la muerte”. La soledad es espantosa. Vive recluido en un jardín húmedo rodeado de mar. Evoca Buenos Aires, a Xul Solar, y sueña con paseos por la avenida de Mayo. Eandi le había comentado la opinión de Borges de que en sus poemas hallaba “algo mágico”, pero a Neruda no le simpatiza el casi treintañero Borges: “A mí me gustan los grandes vinos, el amor, los sufrimientos, y los libros como consuelo a la inevitable soledad. Tengo hasta cierto desprecio por la cultura como interpretación de las cosas, me parece mejor un conocimiento sin antecedentes, una absorción física del mundo, a pesar y en contra de nosotros”. Y continúa con la letanía de quejas y lamentaciones: ahora sobre sus proyectos sin salida y sobre la existencia misma.

Creo que es por ese entonces cuando Eandi se topa con Alfonso Reyes en una exposición de pintura (“la persona más amable y más cordial que usted pueda imaginarse”), quien de inmediato ofrece ayuda. Eandi debe hacer la petición por escrito. Los documentos con que contamos van de un poco antes del 29 de julio al 26 de septiembre de 1929. El primero es una misiva de Eandi a Reyes, que no tiene fecha, donde intercede por el amigo distante: “Como le dije en ese momento de conversación precipitada, Neruda es actualmente cónsul de Chile en Colombo-Ceylán, donde lleva una vida malísima, castigado por la soledad y el clima”. Transcribe párrafos de la carta de Neruda del 24 de abril y un párrafo extravagante de una carta del chileno Álvaro Hinojosa, “un amigo que lo acompañó algún tiempo en su destierro”. Eandi anota que Neruda sueña con ir a Europa pero no le disgustarían Argentina o México.

Reyes responde a Eandi el 29 de julio para informar que ha hablado con el embajador de Chile en Argentina, Enrique Bermúdez, y pide al joven cuentista argentino que emplace a Neruda a definir su decisión de traslado.
Eandi telegrafía de inmediato a Neruda, quien a su vez responde el 3 de agosto. “Aceptaría cualquier traslado pero ruégole insistir en consulado de profesión, porque actual salario elección hace vida imposible. Gracias de corazón”. Como Cónsul de Elección u Honorario Neruda ganaba 166 dólares al mes, lo cual, explica en una carta posterior, es “el sueldo de un tercer dependiente de botica” en Ceylán. El colmo: no lo recibía si en algún mes no había exportaciones. En carta del 5 de agosto a Reyes, Eandi reproduce la respuesta de Neruda.

El 7 de agosto Reyes escribe a Eandi informándole que hace lo que puede “para servir al poeta Neruda” y que el embajador de Chile cuenta con la mejor voluntad para llevar adelante el caso. Veinte días después Eandi recibe un telegrama de Neruda: “Espero ansiosamente”. Ese mismo 27 de agosto, Eandi escribe a Reyes y pregunta por alguna novedad. Al día siguiente, el embajador Bermúdez marcha a Chile para hacerse cargo de la cartera del Ministerio del Interior. “Creo que hay derecho a la esperanza”, comunica Reyes a Eandi.

Tres días más tarde Reyes escribe a Bermúdez recordándole sobre el caso, y destaca de nuevo, tomando palabras de Eandi, que Neruda “lleva una vida malísima, castigado por la soledad y el clima”. Puede acaecer algo desagradable. Solicita para él un puesto en Europa, Buenos Aires o México. Aclara que él no conoce a Neruda ni se ha dirigido a él pero hace la solicitud en nombre de escritores argentinos amigos.
Reyes hace llegar a Eandi copia de todas sus gestiones, quien a su vez las remite a Ceylán al amigo remoto. Por esos días también la familia de Neruda realiza diligencias en Santiago para el traslado.
El 17 de septiembre el ministro Bermúdez había escrito al ministro de Exteriores de su país Mauricio Barros, quien a su vez le había contestado una semana más tarde, informándole que ya antes se ha ocupado del asunto y que actuará cuando mejor pueda, subrayando que la petición de traslado le parece del todo justa. En la carta que Bermúdez expide a Reyes el 26 de septiembre adjunta el oficio del ministro. “Creo con esto haber dejado satisfechos los deseos del buen amigo y de todas aquellas personas que junto con usted se interesan por la suerte de tan meritorio funcionario”. Más claro ni el agua: Bermúdez deja a entender que ya ha hecho lo que estaba al alcance de sus posibilidades y no se ocuparía más del asunto.
Se supone, podría suponerse, que Eandi preguntó a Reyes y éste repuso que ahora todo estaba en manos del Ministerio de Exteriores chileno.

A partir de entonces se hace el silencio en la Cancillería chilena; no es difícil deducir que los candidatos eran otros. Neruda seguiría aún por dos años mudando de residencia pero sólo en ciudades asiáticas.
Quizá no esté de más decir que en el Diario de Reyes, entre el 29 de julio y el 26 de septiembre de 1929, no hay una sola referencia al “asunto Neruda”. Al ministro Bermúdez sólo lo menciona el 29 de agosto: “Banquete para despedir al embajador de Chile Bermúdez, que va a su país de ministro de Gobernación. Lo ofrecí yo como más antiguo embajador presente”. Por esos días, como lo dice también en el Diario, Reyes estaba metido en el proyecto de la colección Cuadernos del Plata, en conferencias y lecturas, en organizar un homenaje a la poeta Juana de Ibarborou y, desde luego, en actividades inherentes a su cargo diplomático.

El 5 de octubre Neruda empieza a redactar una carta que sólo expediría a Eandi el 21 de noviembre de aquel 1929. Son notables los varios estados de ánimo y momentos de reflexión. Dice que ha perdido toda esperanza y repite en qué consiste y cuánto gana como Cónsul Honorario o de Elección. Fatigado, sabe que ya nada puede hacer. Piensa o sueña en irse a vivir a una gran ciudad. En Chile no tiene ni siquiera a quien mandarle un telegrama. El colmo: el ministro que lo conocía (no sabemos quién es) ha caído. Planifica irse a Europa en 1931. Equiparándola a Madrid, Buenos Aires le parece una provincia. Por eso quiere publicar su libro en Madrid. Sin embargo, despotrica contra todos los poetas jóvenes españoles “pobres como mendigos, pobres y sin ninguna grandeza”, esos poetas de los cuales sería cinco años después tan amigo y quienes lo consagrarían internacionalmente, y quienes, vaya una atenuante, Neruda había leído hasta entonces mal o poco. Residencia en la tierra ha sido terminada y ya ha enviado el libro a España. Ahora sabemos que el destinatario del libro fue Rafael Alberti, quien lo más que logró fue publicar unos poemas en la Revista de Occidente en abril de 1930.

Se ha enterado de la muerte en Buenos Aires de su amigo Joaquín Rodríguez Cifuentes a causa de haberse hundido en las aguas lodosas de la bohemia y en el abismo de la desdicha, que corroen el cuerpo, el alma y el corazón todos los días. “¡Tristeza! Era el más generoso e irresponsable de los hombres, y una gran amistad nos unió y juntos nos dedicamos a cierta clase de vida infernal”. Ha escrito para el amigo “Ausencia de Joaquín”. Joaquín Rodríguez Cifuentes y Alberto Rojas Jiménez fueron las primeras cruces de grandes amigos que Neruda fue dejando en el camino.
Neruda informa que desde hacía un mes su familia efectuaba trámites en Santiago para su traslado. Reconoce que a veces es feliz en Colombo pero una “demoniaca soledad, como una sala húmeda” lo cerca.

Rubia y de ojos azules
La publicación del libro se vuelve en las cartas posteriores un penoso ritornelo. Vive obsesionado y en constante incertidumbre. Alguna vez estalla (23 de abril de 1930): “Esta maldita gente de España no me dice una palabra de mi libro y eso me fastidia mucho”. La carta termina con un reconocimiento a ese hombre que ni siquiera conoce: “¿Qué bueno ha sido ese Alfonso Reyes. Debo escribir dándole las gracias? Mejor sería que cuando aparezca mi nuevo libro se lo mande con algunas líneas”. Pero el libro (él no lo imaginaba) sólo se publicaría en 1933 en Santiago y en 1935 en Madrid.
Neruda es trasladado poco después, en junio de 1930, pero no a Europa o a América, como esperaba, sino a una jurisdicción que comprendía Batavia (Java), Singapur y las Islas de la Sonda. Si bien en un principio vuelven las sombras, la soledad y el horror, el tono de abandono disminuye en cartas posteriores.
En diciembre de ese año Neruda se casa con una criolla holandesa, María Antonieta Agenaar, quien por las referencias y los retratos, muy lejos estaba de ser una belleza. Neruda, que era muy alto (medía más de 1.80 m), la describió así en una carta a su madrastra: “Un poco más alta que yo, rubia y de ojos azules”. Hablan en inglés. “María tiene muy buen carácter y nos entendemos a las mil maravillas”.
Pero Neruda sólo escribiría una carta a Alfonso Reyes hasta el 5 de abril de 1931 para acusar recibo del libro El testimonio de Juan Peña y de Monterrey, la pequeña revista ambulante que Reyes formaba en su paso por la tierra. Es decir, Neruda tardó casi dos años en agradecerle sus servicios, cuando ya ni siquiera vivía en Colombo. Apenado, Neruda escribe que no lo vaya a juzgar ingrato por su silencio, pero que “en lo más sensible” quedará para siempre el recuerdo de lo que por él hizo. Adjunta varios poemas (de seguro de las Residencias) que Reyes no conservó.

Por ese entonces el Ministerio de Relaciones Exteriores chileno recorta personal diplomático. Neruda se ve obligado a regresar a Chile a principios de 1932. Deja el bochorno del trópico y vuelve a la neblina de Santiago. Cinco años de soledad y lejanía dejan en cualquiera un sello en el cuerpo y el ánimo.
A sus 28 años Neruda ya tenía en Chile un prestigio de luz, ante todo por Crepusculario y los Veinte poemas de amor. En ese 1933 se reedita éste, con poemas corregidos y uno rehecho (el 2), en una edición lujosa. Asimismo aparece una edición limitada de cien ejemplares de Residencia en la tierra, juzgada “la mejor edición del año”. Se publica también, luego de permanecer inédito diez años, El hondero entusiasta. Neruda envía a Reyes a Río de Janeiro la nota periodística que informa de lo anterior. Ya viviendo en Chile, Neruda sin duda estaría bien enterado de la reputación áurea de Reyes en las letras internacionales; desde luego el envío llevaba el mensaje soterrado de que en su país lo tenían en alto mérito y apreciaría que Reyes lo viera también así. El guatemalteco Cardoza y Aragón escribió en el capítulo que le dedica en sus memorias (El río), que Neruda no daba paso sin huarache a la hora de querer internacionalizar su obra. Pudo agregar: ...y a la hora de aceptar puestos diplomáticos. Neruda estaría en países clave para una extensa difusión de su poesía: Argentina, España, México y Francia.

Distante como la luna
Gracias a tres líneas casi accidentales del Diario de Reyes (la mayor parte permanece inédito) sabemos que se conocieron en Río el 10 de mayo de 1934. A mano, con su letra pequeña y apretada, Reyes escribe cuatro líneas: “En el Alcina, rumbo a Barcelona, pasa Pablo Neruda. Me cuenta que ha tenido el primer premio de poesía argentina Ricardo Molinari, poeta de minoría absoluta, lo que honra a la Argentina”. Gracias a Reyes, sabemos el nombre del barco en el que viajó el poeta chileno. ¿Se encontraron en el puerto o en algún lugar de la ciudad? Si se ve bien lo que escribió, Reyes da más importancia al premio a Molinari, que al conocimiento, la presencia, la poesía y la conversación de Neruda. Los siguientes días de mayo Neruda no aparece mencionado en el Diario.

En ese mayo de 1934 el Poeta ya está en Barcelona como cónsul. El 18 de agosto nace la hija de Neruda y de María Antonieta: la llaman con el sonoro nombre de Malva Marina Trinidad. El último nombre se le puso de seguro por el recuerdo de Trinidad Malverde, la madrastra de Neruda, o para decirlo con su definición, la mamadre. Neruda está feliz. Reparte una tarjeta a cuanto conocido tiene en su patria y en el exterior. Una de ellas llega a don Alfonso a Río de Janeiro: “MARUCA Y PABLO NERUDA anuncian a usted el nacimiento de su hija MALVA MARINA”. Al lado del nombre de la niña hay un barco y arriba del nombre de los padres una lira: navegaciones y poesía.

El gozo grande no sólo fue para él. Federico García Lorca escribe un poema hermoso: “Versos en el nacimiento de Malva Marina Neruda” que, perdido entre sus papeles, sólo se descubrió hasta 1984. Neruda debió leer el poema, pero no conservó copia y nunca lo citó en sus recuerdos.
Pero la radiante alegría fue sólo la cola de un relámpago. La niña nació con hidrocefalia. No podía ver ni siquiera la luz. Neruda ansiaba un hijo: trajo al mundo un pequeño monstruo. Las ilusiones se volvieron una “primavera sin cenizas”. En un poema “Enfermedades en mi casa” desahoga en lágrimas su tragedia personal:

...las raíces de un árbol sujetan
una mano de niña
las raíces de un árbol más grande
que una mano de niña,
más grandes que una mano
del cielo,
y todo el año trabajan, cada día
de luna
sube sangre de niña hacia las hojas
manchadas por la luna.

No sólo “Enfermedades en mi casa”, sino “Melancolía en la familia”, “Maternidad” y “Oda con un lamento” llevan en sí “la cristalización poética del drama que estremece el hogar”, observa Volodia Teitelboim.
No mencionaría de nuevo a la hija. No le da carta de existencia en sus memorias (Confieso que he vivido), ni en ninguno de los artículos y crónicas que se recogieron después de su muerte en el espléndido libro Para nacer he nacido. Malva Marina fue una de esas laceraciones tan desgarradoras que un solo roce hace gritar. ¿Cómo —se preguntaría Neruda— ese sueño puro, ese sueño pacientemente anhelado, esa aspiración a las pequeñas y continuas dichas que significaba el nacimiento de la hija, pudo convertirse en una pesadilla diurna y nocturna? ¿Cómo un poeta que espera y aspira la belleza es capaz de traer al mundo un adefesio así?

Se desentendió de la niña. María Antonieta Agenaar, escribiría Teitelboim, vio todo siempre con “la mirada triste de una buena esposa”, una mujer que terminó siendo para el Poeta traslúcida como el agua y “distante como la luna”; una mujer que no mereció ni siquiera que el Poeta le escribiera un poema de amor.
Poco tiempo después, por medio de Rafael Alberti, Neruda conoce a la argentina Delia del Carril, cuñada de Ricardo Güiraldes, veinte años mayor que él. Se separa pero no se divorcia de Maruca. En 1943, en México contrae matrimonio con Delia; no imaginaba entonces los problemas legales y políticos que le causarían su condición de bígamo.

Neruda se acuerda al fin de escribirle a don Alfonso el 12 de mayo de 1935. En la carta adjunta un homenaje que le han hecho “los compañeros españoles” para dejar impresa la huella de su amistad y admiración. En la carta previene también a Reyes sobre la campaña difamatoria que Vicente Huidobro, o como él lo afrancesa desdeñosamente, Vincent Huidobro, organiza contra él desde Chile. La página de homenaje de los jóvenes españoles figura en la primera edición de los Cantos materiales (quizá era una manera de que Reyes se diera cuenta de su reconocimiento internacional y al mismo tiempo contrarrestar la campaña “de injuria y envidia”, que llevaba a cabo su magnífico compatriota). Dice así: “Chile ha enviado a España al gran poeta Pablo Neruda, cuya evidente fuerza creadora, en plena posesión de su destino poético, está produciendo obras personalísimas, para honor del idioma castellano. Nosotros, poetas y admiradores del joven e insigne escritor americano, al publicar estos poemas inéditos —últimos testimonios de su magnífica creación— no hacemos otra cosa que subrayar su extraordinaria personalidad y su indudable altura literaria. Al reiterarle en esta condición una cordial bienvenida, este grupo de poetas españoles se complace en manifestar una vez más y públicamente su admiración por una obra que sin disputa constituye una de las más auténticas realidades de la poesía española”.

Firmaban al calce desde Pedro Salinas hasta Miguel Hernández, pasando por todos los nombres de la Generación del 27. Reyes tal vez pensó que ni en sus grandes momentos de España recibieron Rubén Darío y él un homenaje así.

Lo dicho por Neruda era cierto. Huidobro descargaba su artillería contra el compatriota once años más joven. Poco antes Huidobro había tenido un intercambio de alto voltaje con Pablo de Rokha, en el cual, aunque parezca extraño, el dinamitero de Rokha apagó primero las mechas de las cargas. El fuego cruzado entre estas tres grandes figuras de la poesía chilena duró lustros y no se apagó ni siquiera con la muerte. Descendientes y amigos, como recuerda Volodia Teitelboim, lo continuaron en el campo imaginario de batalla. En honor de Neruda (no fue el caso con Juan Ramón Jiménez) debe decirse que no tiró él la primera piedra.

En esa carta del 12 de mayo, Neruda dice también a don Alfonso que le envía poemas, los cuales, muy probablemente (no están en el archivo), acabarían integrándose a la segunda de las Residencias. Comenta que ha visto con amigos españoles Romances del río de enero y un “delicioso libro de versos”, y le pide que se los remita. “Soy el hombre terrible que no escribe cartas”, se justifica. Sobreentendemos asimismo por la misiva, que Reyes le ha escrito antes, porque Neruda agradece a Manuela el envío de una botellita de Sedobrol, la cual lo ha librado de “tantas angustias”.

En 1937 despiden a Neruda del consulado general en España “por llevar a cabo actividades incompatibles con su cargo”. Regresa a su país. En una fecha claramente deliberada, el 7 de noviembre, vigésimo aniversario de la Revolución de Octubre, se echa a andar la Alianza de Intelectuales de Chile para la Defensa de la Cultura. En el mismo acto Neruda es electo Presidente. Según Teitelboim, la alianza ha sido el más vasto y activo movimiento de difusión de la cultura en los anales del país. Agrupaba “gente de todas las disciplinas del arte y del saber”. En ella había intelectuales de toda suerte de ideologías y seguidores de las más diversas estéticas, salvo fascistas y reaccionarios. Eran miembros artistas, intelectuales, escritores, poetas, políticos. Entre muchos estaban Juvencio Valle, Ángel Cruchaga, Humberto Díaz Casanueva, Acario Cotapos, Rubén Azócar, Bernardo Leighton. Hubo comités desde Iquique y Antofagasta hasta Temuco y Concepción. El punto de salida de sus actividades lo representó la defensa de la República española.

Querido Pablo...
Un par de meses más tarde, en enero de 1838, Neruda se entera de que ha sido llamado por su gobierno y puesto a disponibilidad el embajador de México en la Argentina Alfonso Reyes. Neruda vio el instante puntual para devolver el favor al hombre que tan bien se comportó nueve años antes y quien ha sido tan afectuoso en su correspondencia, y que, muy en especial, como embajador ha defendido con honor y vigor a los refugiados españoles suscitando la cólera y recibiendo los embestidas ruines de la reacción argentina.

Neruda escribe en papel membretado de la Alianza tres misivas: una al presidente mexicano Lázaro Cárdenas, otra a Vicente Lombardo Toledano, presidente de la Universidad Obrera de México y secretario general de la Central de Trabajadores de México, y una tercera a la LEAR (Liga de Artistas y Escritores de México). Las dos últimas son para informar sobre la comunicación que se ha dirigido a Cárdenas, “respecto a las noticias que les han llegado” acerca de la disponibilidad en que se ha puesto a Reyes y piden información al respecto. La primera, la sustancialmente importante, inicia con amplios y sinceros elogios al presidente Cárdenas, “a su espíritu progresista, a su política antiimperialista y de esforzada solidaridad”. Gracias a él, gracias a su solidaridad con España, México es la vanguardia del continente. “Pues bien, la expresión más destacada de la solidaridad de México hacia España, ante los ojos de los países del sur de nuestro continente, ha sido el embajador Alfonso Reyes, quien, como toda la prensa democrática lo ha manifestado alborozada, ha puesto públicamente todo su esfuerzo en la República Argentina para proteger el nombre de España y la situación de los ciudadanos españoles allí residentes en los momentos más críticos para ellos, protegiéndolos de las asechanzas de la reacción. Como escritor, el señor Alfonso Reyes ha puesto la gran fuerza moral y de convicción de su pluma al servicio de España [...] Por eso nos ha sorprendido grandemente el saber que este hombre, cuya sola existencia es honra de las letras de nuestra lengua y de nuestra América, y garantía para una representación democrática, ha sido llamado por vuestro gobierno y sea tal vez declarado en disponibilidad”.

Sorprendido, Reyes envía al “querido Pablo” el 2 y 5 de mayo de 1938, dos cartas de conmovida gratitud. Redacta la segunda porque siente que la primera ha sido algo fría y protocolaria. Por primera vez tutea a Neruda. En la primera misiva, luego de algunas pertinentes aclaraciones sobre la LEAR y su envidioso presidente Ermilo Abreu Gómez, informa que el gobierno cardenista no ha tomado ninguna medida especial contra él ni le ha retirado su confianza. Se trata sólo de reacomodos, de renovar el Servicio Exterior y traer al país a quien ha estado fuera mucho tiempo. Tiene trato directo con el presidente, quien le asignará pronto una encomienda.

En la segunda carta, ya habiendo apreciado la dimensión del acto adherente, escribe conmovido hasta la raíz: “Pero, sobre todo, quiero que sepan ustedes que no creo haber recibido en mi vida un documento más satisfactorio y confortante para mi conducta que su carta dirigida al presidente Cárdenas. Mi agradecimiento no puede tener mejor expresión que el persistir en una actitud que ha merecido la aprobación de ustedes. Gracias de todo corazón. La parte final de tu citada carta, en que ofrecen ustedes su solidaridad a México, no puede leerse sin sentir ahogos de emoción y no ciertamente gracias a un mero concepto patriótico, sino por un alto concepto humano”.

Trece días después, el presidente Lázaro Cárdenas nacionaliza el petróleo.
Neruda llega a México como cónsul general a fines de agosto de 1840. El consulado se hallaba en Brasil 21, equidistante entre la plaza del Zócalo y la plaza de Santo Domingo. Sin embargo, contra lo que en buena lid se auguraba, ambos se vieron poco en los años de la estancia nerudiana. El rumbero Neruda, a quien le encantaba llenar de gente su casa para el almuerzo, no parece haber tenido de comensal a Reyes. Aún al final, luego de severos reclamos de Neruda, estuvieron al borde de la ruptura. Al enumerar amistades del poeta y quienes iban a visitar la Quinta Rosa María nerudiana, Volodia Teitelboim habla también de las casas a las que el Poeta asistía: “Iba a visitar a Alfonso Reyes, a Enrique González Martínez, al general Heriberto Jara y al escritor José Mancisidor”. Como veremos poco después, las visitas a Reyes o no se dieron o fueron mínimas. La casa de Reyes estaba entonces en Córdoba 95, en el barrio de la Roma. Reyes ya era una gloria americana. Entre varias actividades presidía la Casa de España, que más tarde se convertiría en el Colegio de México, pero contra lo que afirma Volodia, la amistad estuvo a unas cuantas olas del naufragio. Luego de varias invitaciones de Neruda a Reyes (las invitaciones no parecen haber sido recíprocas o, al menos, no hay documento que registre una sola), da la impresión de que Reyes comenzaba a darle la vuelta o de plano se la daba. Más tarde, en unas cartas confidenciales, Reyes explicaría al poeta chileno que lo hizo para evitar el círculo de amigos mexicanos que rodeaba a éste y porque tenía escaso gusto por la vida en sociedad, pero también, nos atrevemos a pensarlo, porque al mexicano no le gustaba ni la actividad política izquierdista ni los conflictos en que se metía Neruda en la vida diplomática y en la vida cultural. Estoy por creer, pese a declaraciones epistolares o protocolarias, donde sólo hay elogios desmedidos pero sin el fruto carnoso de los juicios críticos, que a Reyes no le gustaba la poesía nerudiana. Eran dos posiciones estéticas que no se tocaban o se tocaban apenas. Reyes estaba más en el gusto del modernismo o de cierto postmodernismo, más cerca de Othón, Lugones y Darío, de Machado y de Juan Ramón, que de López Velarde, del surrealismo, de Huidobro y de Lorca. Apasionado estudioso de la obra gongorina y mallarmeana, no debió sentirse cómodo leyendo poemas como letanías, versos donde golpeaban inmisericordemente adverbios y gerundios, y donde los contenidos, difícilmente legibles, hablaban de soles húmedos, de lluvias infinitas, de sudores sexuales, de gotas lentas derramándose en el cuerpo, de casas agónicas, de cosas continuamente destruidas, de paisajes y comercios desechos. Aún más: Posiblemente Reyes acaso se preguntó más de una vez, como Juan Ramón, si las Residencias merecían la pasión de los lectores y la celebridad que ya entonces conocían.

Caupolicán redivivo
Pero desde su llegada a nuestra ciudad, el gregario Neruda quiso atraerlo. A las pocas semanas de su arribo, Neruda funda una revista, La Araucanía. El 17 de octubre de 1940, es decir, a un poco más de un mes y medio de haber llegado a México, envía a Reyes una carta-invitación solicitándole pertenecer al comité de patrocinadores de la revista, la cual no busca tener un carácter puramente oficial, sino ser un vínculo chileno-mexicano-americano. Los temas no serán sólo literarios. Reyes acepta de inmediato. Pero la revista dura un solo número, porque el gobierno de su país estimó, por el título y la portada, que Chile no era “un país de indios”. Muchos años después, Neruda contaría en un artículo muy gracioso la exigua historia de la revista. Entre otras cosas, mencionaría que en ese número colaboraron “desde el presidente de la Academia hasta don Alfonso Reyes, maestro esencial del idioma”. E, ironizando, decía que quienes pidieron que la suspendiera o cambiara de título, eran, uno, el embajador de México en Chile, quien parecía Caupolicán redivivo, y el otro, el presidente de la República, Pedro Aguirre Cerda, “el vivo retrato de Michimalonco” (Para nacer he nacido, “Nosotros los indios”, páginas 290-292).

El 16 de abril de 1941 hay otro mensaje donde Reyes agradece a Neruda la reservación de una butaca para el concierto del señor Tapia Caballero. Pero a partir de allí todo es declinaciones. A causa de mala salud y fatiga, el 24 de septiembre de ese mismo 1941, se disculpa por no poder asistir al banquete que Neruda, entre otros, ha organizado. Y aclara: “Usted sabe mejor que nadie cuán viejos y cuán firmes son mis sentimientos para usted y para su obra”.

A fines de diciembre de ese año, Neruda es ferozmente golpeado por pronazis alemanes y mexicanos en un restorán del parque Amatlán de Cuernavaca. Volodia Teitelboim escribe que en ese sitio “con aire de égloga mexicano, durante la hora plácida de un domingo por la tarde, Neruda, Delia [del Carril], [Luis Enrique] Délano y su mujer Lola Falcón y su hijo Poli, más tarde cuentista que va al grano, junto con su amiga Clara Porset, conversan sobre el tema de todos los días y de cada hora: la guerra que ruge a lo lejos y está golpeando detrás de ellos”. Las reprobaciones son ácidas, suben de tono y se brinda por los presidentes estadounidense y mexicano. De pronto surge de un reservado un grupo de pronazis, y a botellazos y sillazos, sin importar niños y mujeres, golpean a diestra y siniestra. A Neruda le abren una herida de diez centímetros que estuvo a punto de causarle una conmoción cerebral. Los médicos prescriben inmovilidad absoluta. Jamás se aprehendió a los agresores.

Margarita Aguirre roza apenas el hecho en su libro Las vidas de Pablo Neruda, y con exageración, que satisfacía la vanidad del amigo pero muy poco a la verdad, escribe “que los escritores del mundo se indignaron y Pablo recibió miles de adhesiones”.

En México, en el diario El Nacional del 5 de enero de 1942, se reproduce el comunicado al Congreso de la Unión, solicitando una punición inmediata y severa a los responsables. Entre los ilustres firmantes de la carta están los poetas Enrique González Martínez y Carlos Pellicer; los pintores María Izquierdo y José Clemente Orozco; el actor Carlos Bracho, el fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, el escritor José Revueltas, y desde luego, Alfonso Reyes.

El 27 de octubre de 1942 un Comité Especial, presidido por Pablo Neruda y Octavio G. Barreda, enviaron una misiva a don Alfonso, donde informan la muerte de Miguel Hernández en una prisión de Alicante, y lo invitan a participar en una velada para el 30 de noviembre donde intervendrían asimismo poetas, escritores y filósofos como José Carner, Ruiz Funes, Herrera Petere, Wenceslao Roces, Jules Romains, Ludwig Renn, Octavio Paz, Carlos Pellicer y el propio Neruda. Reyes se niega nuevamente: el 7 de noviembre responde felicitándolos por la idea de evocar a Hernández, “gran poeta, hombre bueno, víctima de incalificables desmanes”, pero se excusa de asistir “por absoluta imposibilidad y ausencia”. ¿Qué habrá querido decir Reyes con “absoluta imposibilidad y ausencia?”

Éstas son las dos negaciones registradas pero todo hace suponer que hubo más, como se deja entrever en las tres cartas confidenciales que Reyes envía a Neruda, fechadas el 4, 5 y 7 de julio de 1943, es decir, un mes y tres semanas antes de que el Poeta dejara México. ¡Cuántos serían los sentimientos de culpa de don Alfonso que escribe tres cartas y se justifica tan prolijamente!

Veamos. De hecho la explicación o las explicaciones esenciales ya están en la primera misiva; en la segunda y tercera, sólo hay añadidos a las explicaciones y justificaciones. Primero, ¿qué pasó la noche del 3 de julio de 1943? Por lo que se entrevé, Neruda, en una reunión, hizo a Reyes unos reproches “de índole personal y otros impersonales”. Si nos atenemos a Reyes, de los personales, uno “era accidental y otro general”. Considera que las palabras de Neruda fueron “cariñosas pero dolorosas”. El de carácter personal, el menos grave, nace por un problema con el embajador de Brasil en México. Siendo diplomático, a Neruda no le era ajeno entrometerse en asuntos de política internacional; en España por eso perdió el puesto. Pero ¿qué pasó en México? Neruda, que intervino en hechos políticos del Brasil (emprendió la defensa del comunista Prestes), pidió la solidaridad de Reyes y éste le solicitó que le comunicara cuál era el ambiente en la Cancillería chilena en torno al Poeta para ver la conducta a adoptar. Neruda sintió eso como una negativa injuriosa. En la carta del 4 de julio Reyes se corrige y le dice que sin vacilaciones se ponía a sus órdenes.


El aguafiestas
El reproche de índole personal es porque Reyes no aceptaba, al parecer, las frecuentes invitaciones del Poeta y porque el otro no era a su vez invitado. Reyes acepta el regaño pero se justifica diciendo que una de las causas de no encontrarse eran los amigos próximos de Neruda (seguramente los de izquierda), quienes lo habían calumniado, entre otras cosas, deformando su conducta acerca de los hechos de la Guerra Civil Española y aun se habían ensañado con él porque creían que regresaba caído en 1938. “Han falseado mi biografía y mi obra”, se lamenta. Por eso, para no incomodar, para no ser el aguafiestas en reuniones con gente que no lo quería y él no quería, prefirió declinar las invitaciones. Una segunda causa es que, contra lo que podía suponer Neruda, a él no le gustaba ni andar en tertulias ni rondar los cafés. “Todos los días rechazo un término medio de cuatro invitaciones y acepto las imprescindibles por no acabar de pasar por un grosero, las menos que puedo. Las cosas oficiales me importan un pito, como he alejado tres o cuatro proposiciones de puestos y acomodos, sobre los cuales he visto a algunos de mis censores arrojarse después con manifiesto deleite. Mi trabajo es privado”. En suma don Alfonso prefería cuidar sus horas de soledad y sus tareas literarias.


En cuanto a los reproches impersonales, se refieren, a excepción de la Guerra Civil Española, a una falta de compromiso político. El ataque fue una cuchillada al estómago, porque en las tres cartas Reyes se deshace en explicaciones para mostrarle sus tareas de solidaridad en el decurso de su vida.
Neruda vuelve a México en septiembre de 1949 para asistir al Congreso de la Paz. No hay ningún dato que historíe de que ambos hubieran tenido algún contacto epistolar o de otra índole en esos seis años que dejaron de verse. Para su alarma, en un principio, Neruda debe quedarse en México a causa de que, poco después de su llegada, sufre una trombo-flebitis. Cuenta en Confieso que he vivido que eso ocurrió el mismo día de la muerte de José Clemente Orozco.

Hacia marzo de 1950 da un recital de sus poemas. Invita a presentarlo a Reyes, quien declina asistir pero envía un texto donde destaca sobre todo el compromiso político del perseguido por el presidente chileno

González Videla:
“La humanidad necesita siempre de sus poetas, y más en las horas de angustia y desconcierto. Fuerza es que alguna voz superior exprese los duelos y las esperanzas, y redima con la palabra y con la idea las inquietudes que oscuramente agitan la entraña de los pueblos. La vida del espíritu es vida de arisca independencia. Es justo que hable, que grite y que cante quien tenga algo que decir. Es justo que luche quien tenga algo que pelear.

“Huésped de México, persona universal, en quien se concentran vastas y ardientes simpatías, amigo de tantos años y de tantos vaivenes, poeta cuya obra sigo con amor y respeto, al saber que se dispone usted a ofrecer una recitación de sus poemas, quiero acompañarlo con estas líneas, escasa prenda de mi admiración y mi cariño.

“Haga de cuenta que lo llevo hasta el estrado del brazo, le estrecho ambas manos y le cedo la palabra. No lo presento, no, que usted por sí mismo es alta presencia, aquí y en todas partes, y su público se ha congregado para escucharlo a usted y no a mí”.
Una frase trae cola y resume en algo esa amistad que vuela como un pájaro entre breñas: “Amigo de tantos años y tantos vaivenes”.

Una de las intenciones era que la primera edición del Canto general intervinieran los tres grandes muralistas; muerto Orozco, sólo participaron Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, quienes ilustraron las guardas. El libro se presentó el 5 de abril de 1950.

Reyes vuelve a saber indirectamente de Neruda hasta 1954. El Poeta cumple el 12 de julio cincuenta años. No es un secreto que al chileno le encantaban los homenajes y un aniversario así era para aprovecharse. Se forma un comité para la festividad. Se piensa realizar —reza la carta-invitación— una “reunión fraternal de escritores, artistas e intelectuales de América” y se convida a Reyes para unas charlas donde dé a conocer “ciertos aspectos de la cultura de su país” e intercambie puntos de vista e ideas con escritores del continente. Con fecha de 19 de abril, dos amigos del círculo estrecho de Neruda, Tomás Lago y Ángel Cruchaga Santa María, firman la carta. Lago se presenta como director del Museo de Arte Popular y Cruchaga como Premio Nacional de Literatura. No está de más señalar que Neruda escribió con Lago a dos manos, Anillos, en 1926, y que sobre Cruchaga escribió en Batavia, en febrero de 1931, una introducción a su poesía. ¡Qué cosas! Quien firmaba como Premio Nacional de Literatura fue quien mereció casarse con la callada y elusiva Albertina Rosa Azócar. Las decisiones de las mujeres suelen llegar en ocasiones luego de seguir caminos misteriosos y laberínticos.

Reyes responde el 27 de abril. Se disculpa con Lago y Cruchaga. La carta dice: “Gracias de corazón. Es imposible. Yo ya no salgo de mi tierra, desde el grave accidente cardiaco que sufrí en 1951. Vivo recluido y entregado exclusivamente a acabar algunos últimos librillos, tarea de que ya no tengo derecho a distraerme. Ustedes mismos acepten el ser mis embajadores y ofrezcan mi cordial saludo al poeta Pablo Neruda en su 50º aniversario”.

No hay huellas de que entre 1954 y 1959 se hubiera reanudado algún contacto entre ambos personajes. Pero en el “archivo Neruda” de Reyes quedó un artículo publicado en el periódico Excélsior el 22 de marzo de 1959. Tenía como título “Pablo Neruda vuelve a las andadas” y lo firmaba Alberto Cervantes Coy, anticomunista furibundo, a quien ni su familia recuerda en el álbum.
Por unas acusaciones de Neruda al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Germán Vergara, el articulista hace correr el bulo, entre otras cosas, de que Neruda se nacionalizó ruso y lo acusa de ejercer “un turismo político de la más baja especie”, de que la prensa chilena lo reprueba como “un ejemplar de la extorsión política”, y de que tiene en América, en sus amigos comunistas, “una verdadera cadena difusora de sus versos y posturas de zarzuela”.

¿Por qué Reyes guardó esta estúpida y canallesca nota periodística con mentiras sin el más mínimo fundamento contra un amigo?
Neruda pasa unos días en 1960 en la Ciudad de México, pero ya no pudo encontrarse con el antiguo y gran camarada que solía rehuirlo. Reyes murió a los setenta años de edad, el 27 de diciembre de 1959.

Campos. Poeta y ensayista.

 



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx