| Por
Isabelle Rimbaud
(Nota y traducción de Marco Antonio Campos)
Si conocemos los dramáticos meses finales de Rimbaud es ante
todo por su hermana Isabelle, quien estuvo devotamente próxima
a él día tras día: desde su llegada en agosto
a la granja familiar de Roche, cerca de Charleville, hasta su muerte
en el hospital de la Concepción, el 10 de noviembre de 1891.
Isabelle, la llamada “hermana de devoción”, relató
sus recuerdos en dos textos: éste, Mi hermano Arthur, de
1892, escrito en la granja familiar, y el otro, Reliquias, de 1897,
donde quiso, hasta la invención y la fantasía, preservar
una imagen intelectual, moral y física grandiosas del hermano.
Desde el año de su muerte, y sobre todo a partir de 1895,
con la publicación de las Poesías completas, preparadas
y prologadas por Paul Verlaine, empezó a crecer el mito Rimbaud,
e Isabelle buscó dar del hermano menos el retrato de una
persona que el de un personaje: alguien entre el ángel y
el superhombre. Mi hermano Arthur es un texto que uno lee divertido
por las mentiras y fantasías, pero al mismo tiempo, comprendiendo
la ingenuidad provinciana de la hermana, con una sonrisa de piedad.
Para Isabelle, su hermano Arthur es el gran explorador, el sabio
enciclopédico, la inteligencia más dotada, el políglota
que habla todos los idiomas europeos y muchos del África,
el conversador que hechiza dondequiera a los interlocutores, el
franciscano que se despoja de sus ropas y de su dinero para dárselos
a los pobres, el asceta que no se permite ningún lujo inútil,
el hombre de una fuerza inusitada al que es imposible que ninguna
gavilla le robe una sola mercancía, aquel ser fuera de lo
humano a quien en el África los moradores llamaban El Justo
y El Santo. En suma, alguien que fue para ella simple y sencillamente:
“mi ángel, mi santo, mi amado, mi alma”.
Hasta 1981, cuando fui a Charleville, los restos de Isabelle yacían
en la cripta familiar, pero su nombre no estaba escrito en la lápida,
porque, según el parecer de los habitantes de la ciudad,
contó “muchas mentiras sobre su hermano”. Es
una estupidez y una mezquindad ilimitadas. Como decía Pierre
Petitfils en su notable biografía sobre Rimbaud, reprobando
a los censores de Isabelle: “Antes de burlarse se necesitan
comprender”.
I
Lo vi aquí, cuando vino a nuestra casa por última
vez. Inolvidables jornadas, vigilias y noches, ¡que no volverán
jamás, jamás, jamás, jamás!
Yo sostuve su cuerpo vacilante. Llevé en mis brazos este
cuerpo sufriente y desfalleciente. Guié sus salidas y vigilé
cada uno de sus pasos: lo conduje y acompañé a donde
quiera que quiso: lo ayudé siempre a entrar, a subir, a descender;
alejé de su único pie la trampa y el obstáculo.
Preparé su asiento, su cama, su mesa. Bocado a bocado, le
di algo de comer. Puse en sus labios el vaso para que bebiera, a
fin de que su sed se saciara. Seguí con atención la
marcha de horas y minutos. En el instante preciso, le daba cada
una de las pociones ordenadas. ¡Y cuántas veces al
día! Emplee las jornadas para tratar de distraerlo de sus
pensamientos y de sus penas. Pasé las noches en su cabecera:
hubiera querido dormirlo haciendo música, pero la música
lloraba siempre. En plena noche me pedía que fuera a cortar
la amapola adormecedora, y yo iba. En las tinieblas me daba prisa
y preparaba luego brebajes calmantes, que él se bebía...
Y las vigilias recomenzaban durando hasta la mañana. Y cuando
lograba dormir, me quedaba cerca para mirarlo, para quererlo, para
rogar, para llorar. Si partía al alba, aun sin hacer ruido,
se despertaba de inmediato y su voz, su amada voz, me llamaba. Y
yo acudía en seguida cerca de él, feliz de poderlo
aún ayudar.
¡Cuántas veces, en el curso de las mañanas,
cuando al fin saboreaba cierto reposo, me quedaba horas, la oreja
pegada a su puerta, espiando su llamado, espiando su aliento!
Ningunas
manos como las mías lo cuidaron, lo tocaron, lo vistieron,
lo ayudaron en su sufrir. Nunca ninguna madre pudo sentir más
viva solicitud por su hijo enfermo... Él me hablaba del país
que acababa de dejar y me contaba sus trabajos. Tenía también
mis recuerdos del pasado y de la dicha perdida. Y sus lágrimas
caían amargas, abundantes. Trataba de calmar su pena sin
lograrlo, sabiendo que ya la vida no le sonreiría más;
e impotente para darle consuelo, mirando, muda, caer sus lágrimas,
veía al mismo tiempo hundirse cada día más
sus mejillas pálidas y alterarse su admirable rostro.
A menudo él me preguntaba quién en su lugar —él,
tan bueno, tan caritativo, tan recto— habría podido
soportar todos estos males atroces. Yo no sabía qué
responderle. Tenía miedo y tengo miedo aún, de estar
en su lugar.
¡Ay
de mí!
Lo ayudé a morir, y él, antes de dejarme, me quiso
enseñar la verdadera dicha de la vida. Muriendo, me ayudó
a vivir.
II
Allá
abajo, más allá de los mares, en las montañas
etíopes, bajo el tórrido sol, entre el viento abrasante
que seca los huesos y altera las médulas, ¡qué
de fatigas no soportó! Ningún europeo antes de él
intentó llevar a cabo los trabajos a los que se vio obligado.
¡Cuántos esfuerzos incesantes! ¡Cuántas
andanzas!
¡Oh!
Ese viaje fatal de Tadjourah a Choa y a Abisinia. ¿Qué
mal soplo pudo respirar en esas funestas regiones? ¿Qué
ángel maligno lo condujo? Por más de un año,
sí, por más de un año, padeció allí,
en su cuerpo como en su espíritu, todas las pruebas y los
hastíos posibles. ¿Y cuál compensación
como reciprocidad? Conoció todos los desencantos: un desastre
completo.
La enfermedad había merodeado en torno de él. Como
un reptil venenoso lo enlazó y, poco a poco, insensible pero
firmemente, fue conduciéndolo sin que él se apercibiera,
a la catástrofe final.
—¡Adelante, coraje! Tú no has sido feliz al lado
del rey. ¡Y bien! Redobla tus esfuerzos, multiplica tus facultades,
sal de las vías comunes. Nada del don de la inteligencia
y la fuerza del común de los hombres. ¡Oh, no! Hay
en ti un genio excepcional. La centella divina deparada a cada uno
de nosotros es en tu alma un fogón incandescente, una luz
deslumbrante que penetra íntegra en todas partes. Y lo que
hace tu fuerza es la voluntad vehemente y osada a la cual sometes
tus músculos y tu pensamiento, sin escuchar sus quejas ni
su necesidad de reposo. Trabaja, tú que tanto has trabajado.
¡Instrúyete, tú que eres una enciclopedia viva!
Después de las jornadas abrumadoras, dedica una parte de
las noches a estudiar los múltiples idiomas africanos, ¡tú
que hablas con soltura todas las lenguas de Europa! ¡No encuentra
ningún gusto en comer ni beber, ni en los otros placeres
de los que se sustentan los demás blancos! ¡Pon bien
atención! ¡Lleva una vida ascética!... Unos
minutos bastan para tus comidas, y durante once años, no
calmas tu sed sino con agua. Cuando te reúnes con amigos
es únicamente para hablar de negocios y de noticias que interesan
a todos. A veces un poco de música, muchas luces, pero siempre
gobernando todo con tu conversación incomparable, que sabe
por sí sola amenizar y encantar a aquellos que tienen el
honor de ser admitidos en tu casa. La pureza de tus costumbres es
ya leyenda. Nunca un ser de lujuria ha franqueado tu umbral y tus
pies nunca han entrado en una casa de placer... ¡Sé
bueno, sé generoso!... Tu obra benefactora se conoció,
aun lejos. Cien ojos acechan tus salidas cotidianas. En cada recodo
del camino, detrás de cada matorral, en la ladera de cada
colina te encuentras con pobres. ¡Oh Dios, qué legión
de desdichados! Das a aquél tu gabán, a ese otro tu
chaleco. Tus calcetines y zapatos son para aquel cojo con los pies
sangrantes. ¡Y he aquí otros! Distribúyeles
todas las monedas que tienes contigo: thalaríes, piastras,
rupias. ¿Ya no hay nada para ese viejo aterido? Sí.
Dale tu camisa. ¡Y si ya estás desnudo y te encuentras
todavía a pobres, los llevarás a tu casa y les distribuirás
los alimentos de tu comida! En suma, te desposeerás de todo
lo superfluo y aun del bienestar para venir en ayuda de todos aquellos
que, a tu paso, tienen hambre o frío... Para ti mismo, sé
estrictamente ahorrativo. Nada de gastos inútiles ni menos
de lujos inútiles. ¿Quién ha construido y fabricado
los muebles de tu vivienda? Tú mismo. Posees, pues, el secreto
de los artesanos. Conoces asimismo el arte del labrador: has sembrado
en tierra semillas europeas, y en tus jardines de cafetos, entre
tus plantas de bananos, se entremezclan, vigorosas y magníficas,
las legumbres más exquisitas de los huertos de occidente.
Tu industria y tu labor son fecundos en todos sentidos... ¿Quién
es esta indígena que se entrega a los cuidados más
diversos de la casa, del patio y de los almacenes? Es tu sirviente
fiel, aquel que, después de ocho años, te venera y
te quiere obedeciéndote. Es Djami.
Oh bienamado, ¿quién podría odiarte? Tú
eres la bondad, la caridad mismas. La probidad y la justicia están
en tu esencia. Y además hay en ti un encanto indefinible.
En torno tuyo repartes no sé qué atmósfera
de dicha. Donde quiera que pasas se respira un perfume delicioso,
sutil, penetrante. ¿Qué talismanes llevas? ¿Eres
mago? ¿Qué alas poderosas has creado para cernirte
como lo haces por encima de todos?... ¿Pero qué locuras
digo? Eres bueno , y he allí toda tu magia, ¡oh amado
ser predestinado!... ¿Al menos eres feliz? No, el país
de tus sueños no existe en esta tierra. Ha recorrido el mundo
sin encontrar el sitio correspondiente a tu ideal. Hay en tu alma
y en tu espíritu perspectivas y aspiraciones más maravillosas
que las que pueden ofrecer las comarcas más seductoras allá
abajo.
Pero uno se apega al país done más se ha penado, donde
más se ha sufrido, siempre haciendo el bien. Por eso Adén
y Harar están inscritos desde ahora en tu corazón.
Habrán matado tu cuerpo, ¿qué importa? Tu recuerdo
quedará más allá de la muerte. Adén,
roca calcinada por un sol perpetuo: Adén, donde el rocío
del cielo no desciende sino una vez cada cuatro años; Adén,
donde no crece una brizna de hierba, donde no se encuentra una umbría;
Adén, la estufa donde los cerebros hierven en los cráneos
que estallan, donde los cuerpos se secan... ¡Oh! ¿Por
qué amaste a este Adén al grado de desear que tu tumba
estuviera allí?
Harar, prolongación de montañas abisinias: frescas
colinas, valles fértiles, clima templado, primavera perpetua,
pero también vientos secos y traidores que penetran hasta
la médula de los huesos... ¿Exploraste lo suficiente
tu Harar? ¿Hay en toda esa región un rincón
que te haya sido desconocido? A pie, a caballo o en mula recorriste
todos los sitios... ¡Oh, las cabalgatas insensatas a través
de montañas y llanuras! ¡Qué fiesta sentirse
arrebatado raudamente como el viento entre desiertos de verdor o
rocas! Con más viveza que un fauno recorres los senderos
de los bosques; rozas ligeramente, como un silfo, el suelo móvil
de los pantanos... Y tus caminatas intrépidas, desafiando
a los indígenas en audacia, en soltura, en agilidad... ¡Qué
alegría arrojarse, con la frente descubierta, por valles
de lujuriosa vegetación y trepar montañas inaccesibles!
Qué orgullo poder decirse: “¡Sólo yo he
podido subir hasta aquí y ningunos pies, sino los míos,
han pisado hasta ahora este suelo inexplorado!” ¡Qué
felicidad, qué delicia sentirse libre, de recorrer sin trabas,
con el sol, con el viento, con la lluvia, montes y valles y bosques
y riberas y desiertos y mares...!
Oh, pies viajeros, ¿encontraré de nuevo vuestras huellas
en la piedra o en la arena...?
¿Encontraré de nuevo, sobre todo, las huellas de los
trabajos ejecutados con un valor inaudito? Las innumerables cargas
de café, los bultos preciosos de marfil y los perfumes tan
penetrantes de incienso y de musgo. ¿Y las gomas y los oros?
Todo comprado en inmensas extensiones del país, después
de recorridos agotadores o de cabalgatas que destrozan los miembros.
Y no había nada, salvo comprar. Y cuando los naturales entregaban
sus productos, ¿no había que pesarlos, someterlos
a variadas preparaciones y embalarlos para su expedición
en caravanas hacia la costa, donde no llegan completos y en buen
estado sino a costa de mil esmeros, de mil preocupaciones y de angustias
mortales? ¿Quién podría enumerar lo que hicieron
dos brazos enérgicos, como nunca hubo otros brazos, sin desanimarse
ni descansar en el curso de once años? ¿Quién
podría explicar las ingeniosas combinaciones de este cerebro
más dotado que ningún otro? Y además, ¡cuántos
fastidios y tormentos en medio de negros holgazanes y obtusos! ¿Cuántas
inquietudes para las caravanas en las largas jornadas mientras atraviesan
el desierto! Los camellos y las mulas de carga, que llevan una fortuna,
son confiados a la vigilancia y a la dirección del árabe,
empresario de transportes. Mil peligros acechan en la soledad de
la ruta. Además de lluvias y vientos, están la caza
mayor, los leones, las panteras; están, sobre todo, los beduinos,
tribus errantes y malvadas de malhechores, los dankalíes,
los somalíes... Mientras la caravana avanza lentamente hacia
el mar, el patrón, el negociante, que se quedó en
su factoría para llevar a cabo nuevas transacciones y reunir
los elementos de un nuevo convoy, piensa sin cesar aterrorizado
que el fruto de su tarea de gigante está expuesto a perderse
sin remedio cada minuto de días y noches. Siente su cerebro
contraerse de angustia y la fiebre recorre su cuerpo. Noche a noche
su cabello encanece. Calcula el trayecto recorrido y el que falta
por recorrer, mientras la inquietud lo devora. Y este suplicio durará
un largo mes, el mínimo requerido para que la expedición
vaya y regrese.
En estas transportaciones aventureras, la mayor parte de los negociantes
han sufrido pérdidas, a menudo considerables. Dinero, mercancías,
aun a veces servidores y bestias de carga, que se vuelven botín
de los acechadores del desierto. Mi bien amado hermano nunca perdió
nada; salió victorioso de toda dificultad. La más
dichosa intrepidez presidía sus empresas, que tenían
éxito más allá de sus esperanzas, gracias a
su reputación de benefactor que se había extendido
de montaña en montaña, a tal grado que, en vez de
apropiarse de las riquezas de aquel a quien llamaban El Justo y
El Santo, los nómadas beduinos se ponían de acuerdo
para proteger cada caravana suya.
El
oro se atesora; la fortuna viene, arriba. El porvenir es seguro.
El enemigo, es decir, la pobreza, las labores desagradables, la
soledad y el hastío, el enemigo ha sido derrotado. Basta
extender la mano para coger la palma, la recompensa de tantos esfuerzos
sobrehumanos...
III
Tendido para siempre, sufriendo sin tregua el más atroz martirio
en su lecho de dolor, en el fondo de su pequeño cuarto ensombrecido
por la proximidad de la galería de piedra y de plátanos
frondosos, ¡cuánto aprendí de él! En
cuatro meses me enseñó lo que otros en treinta años.
Le debo saber qué son el mundo y la vida, la dicha y la infelicidad.
Sé lo que es vivir, lo que es sufrir, lo que es morir. conozco
también la delicia que se llama sacrificio, y por encima
de todo, sentí la alegría inefable de amar de modo
absoluto a un ser de mi sangre y sagrado —¡oh la ternura
fraternal de esencia pura y divina!—, de amarlo en el goce,
en la prueba, en la desdicha, precipitándome de espíritu
y de corazón hacia él; de amarlo en el sufrimiento
y en la enfermedad para ya no abandonarlo; de amarlo en la agonía
y en la muerte, asistiéndole sin debilitarme, y ejecutando,
más allá de la muerte, su voluntad, sus sencillas
recomendaciones, y si Dios quisiera, muriendo poco después
de él, de la misma muerte que la suya, para tranquilizar
así a su inquieta alma que temía que yo lo olvidase
sobre la tierra.
¡Olvidarlo, nunca! ¿Podría olvidar yo mi felicidad,
olvidar a aquel que hizo nacer mi alma a una vida divina? ¿Pero
acaso no está él íntegramente en todas partes,
y en todos los horizontes maravillosos que me descubrió.
Él, mi ángel, mi santo, mi amado, mi alma?... Sí,
mientras más reflexiono, más creo que los dos teníamos
la misma alma. Muerto él, no es seguro que yo pueda vivir.
Me
vuelvo a ver muy niña, en la época de su primera partida,
en septiembre de 1870. Era ya muy noche. Bajo las grandes avenidas
de castaños, en Charleville, la muchedumbre en tumulto se
apretaba para tener noticias de la guerra, y no se hablaba, ¡hay!,
sino de derrotas. Repentinamente, por encima de todos los ruidos,
se elevó un canto, viril, solemne, vibrante llamada a las
armas por la patria. Aún ignoro cuáles artistas entonaron
esa noche aquellos cuentos sublimes. Desde entonces no he oído
nada tan bello ni tan conmovedor. Pero yo, pequeña, grano
de polvo en la multitud, no asocié ese canto con la Francia
en peligro. La mitad de mi alma me había sido arrebatada
y había partido con él, lejos del hogar y de la seguridad.
Y los llantos de desesperación atestiguaban ya la enorme
parte de mí misma que había huido.
Desde entonces lo seguí por dondequiera a través del
mundo, en pensamiento, en sufrimiento, en gozo, sin forzar mi voluntad,
casi a pesar mío. En los días duros, cuando él
soportaba el frío, el hambre, sufría con él.
Mi espíritu ansioso no podía descansar en ningún
sitio. Positivamente, sí, sentía una parte de mí
misma en desamparo.
Viví asimismo noches de extravío y delirio. Mi alma
lloraba maltratada. Oía extrañas armonías,
zumbidos misteriosos. Vagas y dolorosas visiones danzaban delante
de mí. Aquellas noches velos de nieve rodeaban mis sentidos
y mi imaginación. No sabría definir mis impresiones.
Temblaba y la fiebre me ardía.
Estaba con él entre la niebla gris o bajo el sol pálido
de Londres, o bajo el cielo azul de Italia, o en las nieves del
San Gotardo. Seguía con él las grandes rutas. Atravesábamos
bosques y praderas. Un mes entero erramos en la atmósfera
quemante de Java. Mis ojos aún están llenos de cosas
y de paisajes maravillosos de aquel país. Veo aún
a los isleños pequeñitos y amarillos en el resplandor
de sus campos...
Estaba
todavía a su lado en el Cabo de Buena Esperanza, cuando la
horrible tempestad se aprestaba a engullirlo. Cerraba los ojos de
espanto, mi cabeza se rompía: yo también estaba a
punto de zozobrar.
¡Y los regresos! ¡Ah, qué alegrías delirantes!
¡La dicha de encontrarse entera y perfecta, después
de haber sufrido largo tiempo la ausencia de la mejor parte de mí
misma! Porque él era muy superior a mí; me dominaba,
como el más bello y noble árbol de la Creación
dominaría a la más diminuta brizna de hierba. Pero
me quería tiernamente, y yo me había apegado a él
igual que un pequeñísimo polvo de plata que un artista
divino habría vaciado en el molde de una colosal estatua
de oro.
Conocía
sus obras sin haberlas leído nunca. Yo las había pensado.
Pero yo, ínfima, no habría podido expresarlas con
su verbo mágico. Admiraba y comprendía, eso era todo.
Salía de la infancia cuando él entraba en la edad
viril. Poseíamos la plenitud de nuestra fuerza física
y de nuestras facultades intelectuales. Entonces el destino nos
separó. Miles de kilómetros se interpusieron entre
nosotros.
Por separado cada uno se puso a perseguir lo bueno y lo bello, el
honor del presente y la seguridad del porvenir. Ambos teníamos
(él como hombre, yo como mujer) aspiraciones modestas y santas,
una vez que las primeras y juveniles ambiciones se apagaron. Queríamos
a la buena tener el derecho de vivir a pleno sol, en los campos
sagrados de la familia, de la dignidad, del deber.
Once años consecutivos perseguimos nuestro objetivo sin desfallecer
un instante, tan ocupados cada uno por su lado que, aun sin olvidarnos,
apenas nos hablábamos a la distancia. Nadie en el mundo ha
hecho el esfuerzo que nosotros hicimos; nadie tuvo nuestra perseverancia,
nuestro valor. Las fatigas corporales, que soportamos uno y otra
son inauditas, más allá de las comunes posibilidades
humanas. Los trances morales bajo los cuales vivimos no han sido
nunca padecidos con tal valor por los otros mortales. Siempre trabajamos
sin debilidad, sin vacilaciones, sin permitirnos la menor distracción
ni el menor relajamiento. No saboreamos ninguno de los placeres
de los que los jóvenes no se privan. Ninguna existencia fue
más austera que la nuestra. Los carmelitas y los trapenses
han tenido más alegrías de las que a nosotros nos
fueron otorgadas. Y no ha sido por salvajismo o avaricia que llevamos
ese género de vida. Era porque estábamos absorbidos
por la visión del objetivo santo y noble y concentrábamos
todos los esfuerzos para alcanzar ese objetivo. Éramos buenos,
caritativos, generosos. No podíamos ver la miseria y el infortunio
sin apiadarnos y socorrer en la medida de nuestra fuerza. Éramos
probos. ¡Que aquél a quien le hicimos mal voluntariamente
se levante y nos arroje la primera piedra!
Creíamos en la virtud de los otros, porque la nuestra era
inquebrantable, y no podíamos sospechar que aquellos que
habrían debido ayudarnos, sostenernos y amarnos, nos pudieran
traicionar, mentir, destrozar. Teníamos horror de la mentira,
y amábamos, sí, amábamos a nuestro prójimo
como a nosotros mismos. ¡Ah, qué ingenuos éramos
para un siglo así...! Pero callemos. ¡No hay que reblandecerse!
Lo que creíamos e hicimos estuvo bien. Y si fuera necesario
recomenzar la vida, actuaríamos de la misma forma.
Como
un palacio espléndido que un arquitecto de genio único
edifica piedra sobre piedra con amor y perseverancia maravillosos,
y que, al llegar al remate, mientras adhiere en la cúpula
el último emblema dorado, se cree, por una edificación
tan gloriosa, al abrigo de los sacudimientos del mundo, siente de
pronto derrumbarse la obra y queda sepultado bajo el peso de preciosas
materias, ¡de igual modo nuestras esperanzas y nuestro porvenir
se quebraron repentinamente! El monumento elevado con tanto esfuerzo
y esmero se abatió sobre nuestras cabezas, y nosotros, heridos
de muerte, quedamos entre los escombros... ¡Implacable irrisión!...
Fue el náufrago en el puerto, el rayo que en un parpadeo
destruyó la catedral que generaciones modelaron laboriosamente,
la granizada que asoló en un instante el primer día
de la cosecha los tesoros acumulados por el sol y el rocío
de todo un año. Juventud, trabajo, prosperidad, salud, vida,
todo se perdió, todo se ha acabado...
Y es así, que a mil leguas de distancia el uno del otro —él,
en un país de negros bajo un sol de oro y de umbrías
encantadas, yo en un frío y oscuro campo francés—,
probamos, casi en el mismo momento, en el instante preciso en que
el objetivo de la santidad iba a alcanzarse, en un orden diferente
y por razones diferentes, el aniquilamiento irremediable de nuestras
radiosas esperanzas (y pese a todo tan legítimas). Para ambos,
simultáneamente, sonó la hora de la Desdicha, irrevocable.
Roche,
1892.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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