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08 de mayo de 2004

 

El ciudadano Twain


El escritor contemplando su reino: el Misisipi
Foto cortesía de Baylor
El caso de Mark Twain (1835-1910) no tiene parangón en la literatura norteamericana. Desde el momento en que apareció su primera novela, su imagen se ha mantenido a una altura visible desde todos los ángulos. Sus frases, citadas sin tregua por generaciones, no pierden ingenio ni actualidad. Libros como Huckleberry Finn aún tienen mucho que decir a los académicos y siguen siendo una clave para ingresar en el mundo de la lectura.

Por Michael Gorra

Lo llamaban El Rey, un artista del Valle del Misisipi; un hombre blanco con la sobrenatural habilidad de hablar como negro, tan famoso como cualquiera de los presidentes estadounidenses, y más amado que la mayoría de ellos. Los últimos años de su vida conforman una historia triste, a diario rodeado por parásitos que confundían el bienestar del escritor con su propio provecho. El Rey era Mark Twain, no Elvis. Así lo llamaba Isabel Lyon, su secretaria, aunque la palabra "secretaria" apenas describe las funciones que asumía. Ella le limpiaba las pipas y le amarraba las agujetas de los zapatos; le pagaba las cuentas y fungía como anfitriona después de la muerte de su esposa Livy, en 1904. Encantadora, atractiva y —según nos cuenta Karen Lystra en Dangerous Intimacy (California Press, 2004)— una alcohólica apenas disimulable, Lyon tenía intenciones de convertirse en la segunda señora de Samuel L. Clemens. Hasta 1910, un año antes de la muerte de Twain, ella decidía quién podía ver o no a este afectuoso viejo necio y llegó incluso a ocultarle la correspondencia que le enviaban sus hijas al escritor.

Lyon no era la única que lo llamaba El Rey. Tomó ese apelativo de Albert Bigelow Paine, el biógrafo oficial de Twain, y su amigo William Dean Howell se refirió así a él durante la ceremonia con que celebró su 70 aniversario. Ese título deja entrever la celebridad de que gozó Twain casi desde el momento en que apareció su primer libro. Quizá para entender la magnitud de su fama hoy tendríamos que compararlo con alguna estrella de rock o de Hollywood. Ciertamente no es fácil imaginar a otro escritor en Estados Unidos que cuente a tantos políticos y magnates entre sus amistades. ¿Hoy el director de IBM se haría cargo de las inversiones de Saul Bellow tal como Herny Rogers, miembro de la junta directiva de Standard Oil, se encargó de las finanzas de Twain?

Twain requería ayuda. Era increíblemente torpe para los negocios y absolutamente estúpido para cualquier proyecto no literario que pudiera enriquecerlo, además de que tenía una particular debilidad por las tecnologías condenadas al fracaso. Era tan poco hábil para juzgar a la gente a quien le encomendaba su dinero que resulta tentador afirmar que Twain era un conocedor del Hombre —la "infame raza humana"— pero no de los hombres. Sin embargo, resultó ser un audaz manipulador de su propia imagen. Ralph Ashcroft, su encargado de negocios y posterior marido de Lyon —que, al igual que ella, se le impuso a Twain— logró por lo menos que el escritor constituyera legalmente una sociedad para expandir los derechos de sus libros, e incluso para prestar su nombre a una marca de puros baratos. La tapa de esa caja de puros se reproduce en The Singular Mark Twain (Doubleday, 2003), la excelente biografía escrita por Fred Kaplan, donde se aprecia el rostro de cejas pobladas, entrecejo fruncido y descomunal bigote, con dos muchachos descalzos al fondo. Dice el refrán publicitario: "Mark Twain: de todos conocido, por todos disfrutado." Hoy podría anunciar vodka Absolut.

Su celebridad perdura. Twain sigue teniendo un sitio en el corazón del público que ningún otro escritor estadounidense ha conseguido. Esto se debe en parte a que Huckleberry Finn (1885) es lo más cercano que tenemos a un libro de texto que hay en las escuelas primarias de Estados Unidos. Sólo algunos se atreverían a estar en desacuerdo con la idea de que "Mark Twain" era en sí mismo una creación aún más grande que el mejor de sus libros, y parte de esa popularidad se debe a que se le puede citar hasta el infinito: es mitad Samuel Johnson y mitad Oscar Wilde. Casi cualquiera puede parafrasearlo, quizás acerca del clima o de las dificultades del idioma alemán, o atribuirle citas erróneas, lo cual es muy probable, ya que a Twain se le cita no a partir de su lectura, sino de lo que alguien dijo que dijo.
Esto resulta menos arbitrario de lo que podría suponerse. Twain pensaba en forma de aforismos y siempre los estaba puliendo: sus conferencias constituían un numerito tan estudiado como cualquier otro espectáculo. Nunca nadie ha compuesto tantas frases afortunadas. Quien no quiera leer toda la obra puede consultar www.twainquotes.com.

El sitio que ocupa se sustenta en algo que va más allá de su simple popularidad. La industria generada por Twain no sólo incluye la acostumbrada monografía, sino también un centro de estudios académicos: el Proyecto Mark Twain, en la Biblioteca Bancroft de Berkeley, Universidad de California. Desde principios de los sesenta, el Proyecto se ha dedicado a lo que su página de internet llama "una labor editorial intensiva, en progreso". Me temo que esto es sinónimo de lentitud y no es de extrañar ya que las notas, la introducción y el aparato textual de su nueva edición de Huckleberry Finn tiene más del doble de la extensión que la novela misma. Publicados tanto en edición académica como comercial (esta última con notas, pero sin aparato textual), los volúmenes publicados por el Proyecto Mark Twain compiten en alcance, pero no en interés, con las ediciones de Boswell. Si bien Twain dejó una gran cantidad de material inédito, lo mejor de su obra apareció en el transcurso de su vida. Uno vacila antes de criticar cualquier pepita de sabiduría, pero aun así algunas de las notas al pie de estos volúmenes nos harán esbozar una sonrisa. En Roughing It (1872), por ejemplo, se hace alusión a las rimas infantiles y al Gato Kilkenny, alusión que conduce a otra nota que parafrasea el poema y hace referencia a tres artículos académicos sobre su origen, pero no incluye los versos en sí.

No obstante, en ocasiones el Proyecto Mark Twain descubre alguna novedad, como es el caso de la primera edición de una obra de 1898 —Is He Dead? [¿Está muerto?]—, versión teatral de una de sus primeras historias acerca de un pintor que simula su propia muerte para elevar los precios de su pintura. El descubrimiento de esta obra ha causado enorme revuelo y ha generado fascinantes artículos que han inundado los periódicos de Estados Unidos. Esto constituye un capítulo aparte en la historia de la publicidad, pues parece inconcebible que el hallazgo de una obra así de menor de cualquier otro escritor pudiera provocar una reacción similar. Sin embargo, a pesar de los rumores que circulan, sigue siendo una obra menor que produce uno o dos carcajadas en cada acto, pero que no representa competencia alguna para Wilde y Shaw. También está publicada por la Universidad de California, y el epílogo de Shelley Fisher Fishkin, donde hace un recuento meticuloso de la relación de Twain con el teatro, vale mucho más la pena que la obra en sí.

Otro signo de la celebridad de Twain es la adición de nuevas instalaciones a su casa en Hartford, Connecticut. Edificada en 1874, sirvió como residencia principal a la familia Clemens hasta 1891, cuando las deudas la orillaron a buscar una vida más modesta en el extranjero. El lugar en sí vale la visita, independientemente de sus asociaciones históricas. Se trata de una mansión de ladrillo rojo con paredes pintadas y vitrales de Tiffany, que tiene pórticos en todos lados, además de un salón de billar en el piso de arriba, donde Twain podía fumar y escribir en paz. Hoy la casa en sí es sólo parte de lo que se incluye en el boleto de entrada. En el estacionamiento caben cómodamente varios camiones turísticos y también hay un café, una librería y una tienda de regalos, todo parte de un nuevo y costoso centro para visitantes diseñado por Robert A. M. Stern, en el cual es posible caminar a través de un amplio corredor que enmarca un cubo cuyos muros de piedra se van haciendo cada vez más angostos conforme las escaleras van conduciendo a la superficie. Se trata de un monumento que contradice por completo la decidida irreverencia de Twain. Visitar este lugar nos hace sentir como el Ciudadano Kane cuando entra a la bóveda donde están guardados los recuerdos de su banquero.

En muchos sentidos, cuesta trabajo hacer una asociación entre Twain y Connecticut —a pesar de que envió a uno de sus residentes a la mismísima Corte del Rey Arturo—. ¿Huckleberry Finn y Tom Sawyer se escribieron aquí? Bueno, no del todo. Twain trabajaba mejor en su residencia de verano en el estado de Nueva York. Parecería inconcebible que el cálido Misisipi fluyera de la fría Nueva Inglaterra, y asimismo es impensable que un hombre como Twain eligiera para vivir hoy la empobrecida capital provinciana en que se ha convertido Harford, aunque en el siglo XIX fue una de las ciudades más prósperas del país, cuna del primer museo público de arte y que, una vez ahí, se involucrara tanto en actividades cívicas. El actual volumen de la edición de la Universidad de California (Mark Twain´s Letters, Vol. 6, 1874-1875, editado por Michael B. Frank y Harriet Elinor Smith), está saturado de programas de lectura con fines benéficos, y Twain hizo que le instalaran una línea directa de teléfono conectada al periódico más importante de la ciudad. Se dice que el suyo fue uno de los primeros teléfonos que se instalaron en una residencia privada. Después Twain diría que Tom Sawyer (1876) fue el primer manuscrito literario que vio una máquina de escribir.

Tanto Twain como su casa encajaban perfectamente en un vecindario lleno de jueces, senadores, clérigos no doctrinarios y personas cuyo equivalente literario aparecería con más probabilidad en una novela de Howells que en una de las de Twain. Pero Hartford no parecía estar reñida con su imagen doméstica, y algunos críticos consideran que ese grado de comodidad tuvo un efecto decisivo en su carácter. Para citar el título de la biografía de Justin Kaplan de 1966 (Entre Mr. Clemens y Mark Twain), aquí está el abismo que separa al hombre que se casó con la refnada Olivia Langdon —preocupada porque su hija adulta vaya al consultorio del dentista sin una chaperona— y el escritor que no sólo creo a Pap Finn, sino que, en 1879, ofreció una conferencia sobre La ciencia del onanismo. Sin embargo, eso parece demasiado esquemático, como lo sugiere el título de la biografía de Fred Kaplan (no existe ningún parentesco entre él y Justin Kaplan).

Twain quería huir de su infancia en un pueblo, de todo lo que conservó en su prosa. Le gustaban las comodidades burguesas —y el lujo— mucho antes de que pudiera pagarlo. En el viaje que hizo a Europa y que se convirtió en Innocents Aborad (1869) pudo aparentar ser un hombre de campo y serlo a la vez. El libro —su primero— ofrecía una irónica representación de su propia ignorancia sin nunca renegar de ella, y esto lo volvió famoso aunque no respetable del todo. Pero sí le permitió tener una esposa completamente respetable, hermana de un amigo de aquel viaje. La pareja primero se estableció en Búfalo, donde el padre de Livy le compró a Twain acciones en uno de los diarios de la ciudad. Pronto, sin embargo, se mudaron a la más sofisticada Hartford, una ciudad donde este escritor tan socialmente versátil podía instalarse dentro de la élite local, en una época en que vivir en Boston y Nueva York todavía parecía prohibitivo.

Twain ya tenía amigos en Hartford, pero también tenía motivos materiales para mudarse. Su editor vivía ahí. Elisha Bliss, de la American Publishing Company, vendía costosos libros ilustrados a través de una red de ventas a domicilio. Sus clientes eran aquellas personas que, unas décadas atrás, se habrían limitado a comprar álbumes de recuerdos y anuarios de Navidad. Pocos compraban muchos libros, pero querían que lucieran bien en el recibidor de sus casas. Las ventas potenciales de esas suscripciones eran gigantescas, mucho mayores que las generadas por una compañía comercial como Ticknor y Fields. En su primer año Innocents Aborad vendió cerca de 70 mil ejemplares. Roughing It, 40 mil en los primeros tres meses de venta. Livy había proveído a Twain de un ingreso confortable, pero los propios ingresos que él tenía pagaban casi todos los gastos de la casa de Hartford cuya construcción y mobiliario costarían hoy no menos de tres millones de dólares, según Fred Kaplan. Con todo, las ediciones que se vendían por suscripción no dejaban ganancias seguras. Ni los ojos curiosos de sus colegas confiaban en ellas y muchos de estos libros pasaron inadvertidos, algo que Twain temía —injustificadamente— aún en el caso de Huckleberry Finn.
Para entonces se había cansado de Bliss y había fundado su propia editorial. Uno de sus sobrinos (luego se distanciaron irremediablemente) fungía como director, pero sólo de nombre. Haciendo a un lado la obra de Twain, el libro más importante de Webster & Co. fue Personal Memoirs, de Ulises S. Grant. A pesar de que Twain era su propio editor no pudo sustraerse de las rarezas del mercado de suscripciones. El público quería el espectáculo de los libros de hojas doradas y encuadernación en piel roja, pero también quería calidad por su dinero. Los libros debían anunciarse como si fueran nuevos, lo que obligó a Twain a recortar una larga sección de Huckleberry Finn conocida como "el episodio de la balsa", que había usado anteriormente en La vida en el Misisipi (1883). El pasaje describe una incursión nocturna de Huck para averiguar cuán cerca están él y su compañero Jim, un esclavo fugitivo, del lugar a donde se unen los ríos Misisipi y Ohio, sitio en que Jim planea lanzarse en busca de la libertad. La escena tiene cierta importancia estructural. Sacarla implicó un problema, y el lugar que ocupaba en el texto no es muy claro. La versión de editorial Norton, The Annotated Huckleberry Finn, editada por Patrick Eran, la relega a un apéndice, basado en que no formaba parte de la primera edición. En cambio, la de la Universidad de California, Adventures of Huckleberry Finn, al cuidado de Victor Fischer y Lin Salamo, reproduce la sección como parte del manuscrito original.

Estas dos ediciones de Huckleberry Finn se dirigen a distintos tipos de lectores. El volumen de la Universidad de California, con sus detalles codicológicos, claramente es para académicos. La edición de Norton reproduce el forro repujado del volumen original para los suscriptores, así como su tamaño y engolada tipografía. No obstante, aunque no están dirigidas al lector común, me parecen las más útiles. Sin embargo, comparten una cosa estos libros: cada uno es tan pesado que puede rompernos las piernas. Cualquier edición barata en rústica sería mucho más fácil de leer. El libro de la Universidad de California reemplaza a otro anterior, publicado en 1988, y "surgió a partir del descubrimiento en 1990 de la hasta ahora perdida primera parte del manuscrito". Twain había donado esas páginas a la biblioteca de Búfalo, pero nunca llegaron a su destino y aparecieron cien años después en un desván de Los Ángeles. El descubrimiento justificó cierto número de cambios pequeños en cuanto a enunciados y puntuación, y los editores tendrán que prestar atención la próxima vez que se reimprima. Sin embargo, no considero que ninguno de esos cambios constituyan una diferencia sustancial de interpretación.

La edición de la Universidad de California incluye entre sus apéndices una selección de anuncios de la editorial, junto con facsímiles de páginas que Twain eligió para sus lecturas en público, borrando algunos pasajes y subrayando palabras y sílabas específicas para subrayarlas: "Antes de que te diera tiempo de pronunciar el nombre Jack Robinson, te confundían hasta marearte." Ambas ediciones incluyen ilustraciones originales de E.W. Kemble, y cada una ofrece un recuento exhaustivo de la recepción que tuvo la novela. Fue prohibida a los pocos días de su publicación cuando la biblioteca pública de Concord, Massachussets, la retiró de sus anaqueles bajo pretexto de que "a través de sus páginas hay una utilización sistemática de mala gramática, y un uso burdo y vulgar de expresiones poco elegantes." Una palabra en particular "nigger" (negro) ha sido fuente de intentos más recientes de proscribir esta obra. La edición de Norton es particularmente aguda en su análisis histórico de este vocablo despectivo.

En nuestros días las revisiones críticas de la novela se centran en el tema del racismo, una forma que no difiere tanto de la reacción de los bibliotecarios de Concord como podría suponerse. Se basan en el asunto específico de cómo leer la voz de un niño como Huck cuyo lenguaje nos deleita incluso si intentamos tomar distancia de él. Por ejemplo, Jane Smiley ofrece un perspicaz recuento de las oclusiones ideológicas de las que depende el planteamiento fundamental de la novela, y apunta a que "ni Huck ni Twain toman en serio el deseo de libertad de Jim." El personaje puede ser perdonado, pero Smiley encuentra difícil de digerir las intenciones del novelista: Twain hizo tal inversión en la difícil jornada río abajo que apenas considera el que Jim sencillamente cruce la línea fronteriza y pase a Illinois, un estado libre. Un recuento más matizado sobre este "sorprendente y perturbador" libro es el que hace Toni Morrison, quien traza la forma en que los límites del propio lenguaje de Huck abrieron "resquicios" hacia lo que en su día resultaba indecible, y donde la "figura paterna" negra está oculta "bajo la apariencia de ministrel, cantor cómico que se tiznaba la cara para imitar a los negros”. Huckleberry Finn exige una poderosa lectura e, incluso, quizás hasta una lectura errónea, y a mí me parece que la travesía río abajo es extrañamente parecida a la que hace Marlow río arriba en El corazón de las tinieblas, un viaje hacia lo irresoluble. Sólo que la ironía de Twain resulta aún más inestable que la de Conrad. ¿Huck se percata plenamente de que sus acciones han desencadenado el último episodio de la disputa por el feudo entre Grangeford y Shepherdson? Si no, ¿cómo debemos juzgarlo? En la medida en que hoy leemos a Marlow a contrapelo también debemos leer así a Conrad, aunque nunca resulta enteramente claro cuánto peso debemos asignar a las cosas que Huck no sabe o no entiende.

Desde esta perspectiva, la posición central de la novela depende de la forma en que, en palabras de Toni Morrison, parece "cooperar de manera demasiado deliberada con la controversia que él mismo ha suscitado." No obstante, lo que a la mayoría de los lectores les gusta del libro son justamente aquellos pasajes en los cuales esas preguntas no están a discusión y en las que la narrativa parece flotar y no ocurre mucho más que la vida en el río mismo. Quizás el mejor ejemplo sea el inicio del capítulo XIX, cuando raya el amanecer "en un lugar pálido en el cielo", y las rayas del agua "por las que sabes, con sólo mirarlas, si hay un tronco sumergido en la rauda corriente." Al tratar de ir más allá de un escenario tan extraordinario como éste, Twain siempre corrió un riesgo. En efecto, poco después de terminar la novela, intentó hacer que sus personajes pusieran pies en polvorosa, en la inconclusa Huck Finn y Tom Sawyer entre los indios. El manuscrito termina cuando los muchachos encuentran cuatro estacas "clavadas en la tierra" en un campamento indio, signo para el lector de que un cautivo blanco ha sido violado hasta la muerte. Pero, aún así, los jóvenes piensan que se trata de un juego, y Twain no podía lidiar con ese tipo de desconocimiento narrativo.
Cuando Twain vuelve a escena lo hace con la fórmula probada de Tom Sawyer Abroad (1894) y de Tom Sawyer, detective (1896), obras que nunca se han tomado muy en serio. Twain jamás pudo igualar el éxito de Huckleberry Finn y mucha de la obra de sus últimos años no se publicó. Algunos de estos manuscritos versan sobre temas sexuales y otros sobre temas raciales, como United States of Lyncherdom, en donde el autor hace un llamado a los misioneros norteamericanos para que regresen de China y mejor se pongan a convertir al Sur de Estados Unidos. Pero como lo señalan Fred Kaplan y Karen Lystra, después de escribir eso Twain se dio cuenta de la magnitud con la que el mercado sureño había contribuido a su obra y se deshizo de esta proposición modesta.
En Dangerous Intimacies, Lystra reconstruye la historia de los últimos años de la vida de Twain, no sólo al centrarse en su secretaria Isabel Lyon, sino en la atención que le brinda a Jean, la hija menor de Twain que, enferma de epilepsia, murió en la tina después de un ataque, en 1909. Los primeros biógrafos del escritor omiten mencionar a Lyon y Clara, su hija sobreviviente, la odiaba tanto que no permitía que se mencionara el papel que había jugado "Lioness" (leona) en los últimos años de vida de su padre. Biógrafos más recientes le han restaurado algo de su importancia. Fres Kaplan se concentra en la manipulación de que fue capaz esta mujer, a la vez que relega a los hijos de Twain a un papel secundario. Lystra, sin embargo, cuenta una historia distinta, eludiendo el interés tradicional de la biografía en el individuo, para abordar una narrativa en la que cada uno de los miembros de la familia reclama nuestra atención con la misma intensidad. Ella reconoce que las acusaciones de Twain en el sentido de que Lyon le robó permanecen aún sin probarse pero, según su lectura, el dinero fue lo menos importante que la secretaria se llevó. En esa época los doctores sabían muy poco sobre la epilepsia, y por eso Jean Clemens pasó muchos años confinada innecesariamente en costosos sanatorios. Al parecer Lyon y el médico de Jean estaban coludidos para mantenerla alejada de su padre. El pretexto era que su presencia alteraba la serenidad de Twain, pero lo que en realidad pudo haberlo alterado era la supremacía de Lyon. Cuando Twain descubrió el engaño, también tuvo que hacerle frente a su propia complicidad en la segregación de su hija.

El argumento de Karen Lystra puede acercarse al melodrama, con su reconstrucción de conversaciones hipotéticas (aunque acompañadas de extensas notas a pie de página). Aún así, ella escribe hábil y apasionadamente acerca de la enfermedad de Jean y es difícil no estar de acuerdo cuando concluye que Mark Twain sabía, "con un grado de profundidad en el que la mayoría de los seres humanos jamás se aventura, que no merecía el amor de sus hijas y que, sin embargo, lo amaron." Ese no debe ser nuestro juicio final. Incluso quienes nunca hemos coincidido con Hemingway cuando afirma que "toda la gran literatura estadounidense emana de una gran novela (Huckleberry Finn)", encontramos algo en este autor. Y, debemos admitir, que transitar por el río de Twain sigue siendo una de las experiencias principales de nuestra lectura.

Gorra. Autor de After Empire: Scott, Naipaul, Rushdie (Chicago Press, 1977) Traducción de José Acosta.
© Michael Gorra/Times Literary Supplement, 29 de abril de 2004.



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
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