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El
escritor contemplando su reino: el Misisipi
Foto cortesía de Baylor |
El
caso de Mark Twain (1835-1910) no tiene parangón en la literatura
norteamericana. Desde el momento en que apareció su primera
novela, su imagen se ha mantenido a una altura visible desde todos
los ángulos. Sus frases, citadas sin tregua por generaciones,
no pierden ingenio ni actualidad. Libros como Huckleberry Finn aún
tienen mucho que decir a los académicos y siguen siendo una
clave para ingresar en el mundo de la lectura.
Por
Michael Gorra
Lo llamaban
El Rey, un artista del Valle del Misisipi; un hombre blanco con
la sobrenatural habilidad de hablar como negro, tan famoso como
cualquiera de los presidentes estadounidenses, y más amado
que la mayoría de ellos. Los últimos años de
su vida conforman una historia triste, a diario rodeado por parásitos
que confundían el bienestar del escritor con su propio provecho.
El Rey era Mark Twain, no Elvis. Así lo llamaba Isabel Lyon,
su secretaria, aunque la palabra "secretaria" apenas describe
las funciones que asumía. Ella le limpiaba las pipas y le
amarraba las agujetas de los zapatos; le pagaba las cuentas y fungía
como anfitriona después de la muerte de su esposa Livy, en
1904. Encantadora, atractiva y —según nos cuenta Karen
Lystra en Dangerous Intimacy (California Press, 2004)— una
alcohólica apenas disimulable, Lyon tenía intenciones
de convertirse en la segunda señora de Samuel L. Clemens.
Hasta 1910, un año antes de la muerte de Twain, ella decidía
quién podía ver o no a este afectuoso viejo necio
y llegó incluso a ocultarle la correspondencia que le enviaban
sus hijas al escritor.
Lyon no era la única que lo llamaba El Rey. Tomó ese
apelativo de Albert Bigelow Paine, el biógrafo oficial de
Twain, y su amigo William Dean Howell se refirió así
a él durante la ceremonia con que celebró su 70 aniversario.
Ese título deja entrever la celebridad de que gozó
Twain casi desde el momento en que apareció su primer libro.
Quizá para entender la magnitud de su fama hoy tendríamos
que compararlo con alguna estrella de rock o de Hollywood. Ciertamente
no es fácil imaginar a otro escritor en Estados Unidos que
cuente a tantos políticos y magnates entre sus amistades.
¿Hoy el director de IBM se haría cargo de las inversiones
de Saul Bellow tal como Herny Rogers, miembro de la junta directiva
de Standard Oil, se encargó de las finanzas de Twain?
Twain requería ayuda. Era increíblemente torpe para
los negocios y absolutamente estúpido para cualquier proyecto
no literario que pudiera enriquecerlo, además de que tenía
una particular debilidad por las tecnologías condenadas al
fracaso. Era tan poco hábil para juzgar a la gente a quien
le encomendaba su dinero que resulta tentador afirmar que Twain
era un conocedor del Hombre —la "infame raza humana"—
pero no de los hombres. Sin embargo, resultó ser un audaz
manipulador de su propia imagen. Ralph Ashcroft, su encargado de
negocios y posterior marido de Lyon —que, al igual que ella,
se le impuso a Twain— logró por lo menos que el escritor
constituyera legalmente una sociedad para expandir los derechos
de sus libros, e incluso para prestar su nombre a una marca de puros
baratos. La tapa de esa caja de puros se reproduce en The Singular
Mark Twain (Doubleday, 2003), la excelente biografía escrita
por Fred Kaplan, donde se aprecia el rostro de cejas pobladas, entrecejo
fruncido y descomunal bigote, con dos muchachos descalzos al fondo.
Dice el refrán publicitario: "Mark Twain: de todos conocido,
por todos disfrutado." Hoy podría anunciar vodka Absolut.
Su celebridad perdura. Twain sigue teniendo un sitio en el corazón
del público que ningún otro escritor estadounidense
ha conseguido. Esto se debe en parte a que Huckleberry Finn (1885)
es lo más cercano que tenemos a un libro de texto que hay
en las escuelas primarias de Estados Unidos. Sólo algunos
se atreverían a estar en desacuerdo con la idea de que "Mark
Twain" era en sí mismo una creación aún
más grande que el mejor de sus libros, y parte de esa popularidad
se debe a que se le puede citar hasta el infinito: es mitad Samuel
Johnson y mitad Oscar Wilde. Casi cualquiera puede parafrasearlo,
quizás acerca del clima o de las dificultades del idioma
alemán, o atribuirle citas erróneas, lo cual es muy
probable, ya que a Twain se le cita no a partir de su lectura, sino
de lo que alguien dijo que dijo.
Esto resulta menos arbitrario de lo que podría suponerse.
Twain pensaba en forma de aforismos y siempre los estaba puliendo:
sus conferencias constituían un numerito tan estudiado como
cualquier otro espectáculo. Nunca nadie ha compuesto tantas
frases afortunadas. Quien no quiera leer toda la obra puede consultar
www.twainquotes.com.
El sitio que ocupa se sustenta en algo que va más allá
de su simple popularidad. La industria generada por Twain no sólo
incluye la acostumbrada monografía, sino también un
centro de estudios académicos: el Proyecto Mark Twain, en
la Biblioteca Bancroft de Berkeley, Universidad de California. Desde
principios de los sesenta, el Proyecto se ha dedicado a lo que su
página de internet llama "una labor editorial intensiva,
en progreso". Me temo que esto es sinónimo de lentitud
y no es de extrañar ya que las notas, la introducción
y el aparato textual de su nueva edición de Huckleberry Finn
tiene más del doble de la extensión que la novela
misma. Publicados tanto en edición académica como
comercial (esta última con notas, pero sin aparato textual),
los volúmenes publicados por el Proyecto Mark Twain compiten
en alcance, pero no en interés, con las ediciones de Boswell.
Si bien Twain dejó una gran cantidad de material inédito,
lo mejor de su obra apareció en el transcurso de su vida.
Uno vacila antes de criticar cualquier pepita de sabiduría,
pero aun así algunas de las notas al pie de estos volúmenes
nos harán esbozar una sonrisa. En Roughing It (1872), por
ejemplo, se hace alusión a las rimas infantiles y al Gato
Kilkenny, alusión que conduce a otra nota que parafrasea
el poema y hace referencia a tres artículos académicos
sobre su origen, pero no incluye los versos en sí.
No obstante, en ocasiones el Proyecto Mark Twain descubre alguna
novedad, como es el caso de la primera edición de una obra
de 1898 —Is He Dead? [¿Está muerto?]—,
versión teatral de una de sus primeras historias acerca de
un pintor que simula su propia muerte para elevar los precios de
su pintura. El descubrimiento de esta obra ha causado enorme revuelo
y ha generado fascinantes artículos que han inundado los
periódicos de Estados Unidos. Esto constituye un capítulo
aparte en la historia de la publicidad, pues parece inconcebible
que el hallazgo de una obra así de menor de cualquier otro
escritor pudiera provocar una reacción similar. Sin embargo,
a pesar de los rumores que circulan, sigue siendo una obra menor
que produce uno o dos carcajadas en cada acto, pero que no representa
competencia alguna para Wilde y Shaw. También está
publicada por la Universidad de California, y el epílogo
de Shelley Fisher Fishkin, donde hace un recuento meticuloso de
la relación de Twain con el teatro, vale mucho más
la pena que la obra en sí.
Otro signo de la celebridad de Twain es la adición de nuevas
instalaciones a su casa en Hartford, Connecticut. Edificada en 1874,
sirvió como residencia principal a la familia Clemens hasta
1891, cuando las deudas la orillaron a buscar una vida más
modesta en el extranjero. El lugar en sí vale la visita,
independientemente de sus asociaciones históricas. Se trata
de una mansión de ladrillo rojo con paredes pintadas y vitrales
de Tiffany, que tiene pórticos en todos lados, además
de un salón de billar en el piso de arriba, donde Twain podía
fumar y escribir en paz. Hoy la casa en sí es sólo
parte de lo que se incluye en el boleto de entrada. En el estacionamiento
caben cómodamente varios camiones turísticos y también
hay un café, una librería y una tienda de regalos,
todo parte de un nuevo y costoso centro para visitantes diseñado
por Robert A. M. Stern, en el cual es posible caminar a través
de un amplio corredor que enmarca un cubo cuyos muros de piedra
se van haciendo cada vez más angostos conforme las escaleras
van conduciendo a la superficie. Se trata de un monumento que contradice
por completo la decidida irreverencia de Twain. Visitar este lugar
nos hace sentir como el Ciudadano Kane cuando entra a la bóveda
donde están guardados los recuerdos de su banquero.
En muchos sentidos, cuesta trabajo hacer una asociación entre
Twain y Connecticut —a pesar de que envió a uno de
sus residentes a la mismísima Corte del Rey Arturo—.
¿Huckleberry Finn y Tom Sawyer se escribieron aquí?
Bueno, no del todo. Twain trabajaba mejor en su residencia de verano
en el estado de Nueva York. Parecería inconcebible que el
cálido Misisipi fluyera de la fría Nueva Inglaterra,
y asimismo es impensable que un hombre como Twain eligiera para
vivir hoy la empobrecida capital provinciana en que se ha convertido
Harford, aunque en el siglo XIX fue una de las ciudades más
prósperas del país, cuna del primer museo público
de arte y que, una vez ahí, se involucrara tanto en actividades
cívicas. El actual volumen de la edición de la Universidad
de California (Mark Twain´s Letters, Vol. 6, 1874-1875, editado
por Michael B. Frank y Harriet Elinor Smith), está saturado
de programas de lectura con fines benéficos, y Twain hizo
que le instalaran una línea directa de teléfono conectada
al periódico más importante de la ciudad. Se dice
que el suyo fue uno de los primeros teléfonos que se instalaron
en una residencia privada. Después Twain diría que
Tom Sawyer (1876) fue el primer manuscrito literario que vio una
máquina de escribir.
Tanto Twain como su casa encajaban perfectamente en un vecindario
lleno de jueces, senadores, clérigos no doctrinarios y personas
cuyo equivalente literario aparecería con más probabilidad
en una novela de Howells que en una de las de Twain. Pero Hartford
no parecía estar reñida con su imagen doméstica,
y algunos críticos consideran que ese grado de comodidad
tuvo un efecto decisivo en su carácter. Para citar el título
de la biografía de Justin Kaplan de 1966 (Entre Mr. Clemens
y Mark Twain), aquí está el abismo que separa al hombre
que se casó con la refnada Olivia Langdon —preocupada
porque su hija adulta vaya al consultorio del dentista sin una chaperona—
y el escritor que no sólo creo a Pap Finn, sino que, en 1879,
ofreció una conferencia sobre La ciencia del onanismo. Sin
embargo, eso parece demasiado esquemático, como lo sugiere
el título de la biografía de Fred Kaplan (no existe
ningún parentesco entre él y Justin Kaplan).
Twain quería huir de su infancia en un pueblo, de todo lo
que conservó en su prosa. Le gustaban las comodidades burguesas
—y el lujo— mucho antes de que pudiera pagarlo. En el
viaje que hizo a Europa y que se convirtió en Innocents Aborad
(1869) pudo aparentar ser un hombre de campo y serlo a la vez. El
libro —su primero— ofrecía una irónica
representación de su propia ignorancia sin nunca renegar
de ella, y esto lo volvió famoso aunque no respetable del
todo. Pero sí le permitió tener una esposa completamente
respetable, hermana de un amigo de aquel viaje. La pareja primero
se estableció en Búfalo, donde el padre de Livy le
compró a Twain acciones en uno de los diarios de la ciudad.
Pronto, sin embargo, se mudaron a la más sofisticada Hartford,
una ciudad donde este escritor tan socialmente versátil podía
instalarse dentro de la élite local, en una época
en que vivir en Boston y Nueva York todavía parecía
prohibitivo.
Twain ya tenía amigos en Hartford, pero también tenía
motivos materiales para mudarse. Su editor vivía ahí.
Elisha Bliss, de la American Publishing Company, vendía costosos
libros ilustrados a través de una red de ventas a domicilio.
Sus clientes eran aquellas personas que, unas décadas atrás,
se habrían limitado a comprar álbumes de recuerdos
y anuarios de Navidad. Pocos compraban muchos libros, pero querían
que lucieran bien en el recibidor de sus casas. Las ventas potenciales
de esas suscripciones eran gigantescas, mucho mayores que las generadas
por una compañía comercial como Ticknor y Fields.
En su primer año Innocents Aborad vendió cerca de
70 mil ejemplares. Roughing It, 40 mil en los primeros tres meses
de venta. Livy había proveído a Twain de un ingreso
confortable, pero los propios ingresos que él tenía
pagaban casi todos los gastos de la casa de Hartford cuya construcción
y mobiliario costarían hoy no menos de tres millones de dólares,
según Fred Kaplan. Con todo, las ediciones que se vendían
por suscripción no dejaban ganancias seguras. Ni los ojos
curiosos de sus colegas confiaban en ellas y muchos de estos libros
pasaron inadvertidos, algo que Twain temía —injustificadamente—
aún en el caso de Huckleberry Finn.
Para entonces se había cansado de Bliss y había fundado
su propia editorial. Uno de sus sobrinos (luego se distanciaron
irremediablemente) fungía como director, pero sólo
de nombre. Haciendo a un lado la obra de Twain, el libro más
importante de Webster & Co. fue Personal Memoirs, de Ulises
S. Grant. A pesar de que Twain era su propio editor no pudo sustraerse
de las rarezas del mercado de suscripciones. El público quería
el espectáculo de los libros de hojas doradas y encuadernación
en piel roja, pero también quería calidad por su dinero.
Los libros debían anunciarse como si fueran nuevos, lo que
obligó a Twain a recortar una larga sección de Huckleberry
Finn conocida como "el episodio de la balsa", que había
usado anteriormente en La vida en el Misisipi (1883). El pasaje
describe una incursión nocturna de Huck para averiguar cuán
cerca están él y su compañero Jim, un esclavo
fugitivo, del lugar a donde se unen los ríos Misisipi y Ohio,
sitio en que Jim planea lanzarse en busca de la libertad. La escena
tiene cierta importancia estructural. Sacarla implicó un
problema, y el lugar que ocupaba en el texto no es muy claro. La
versión de editorial Norton, The Annotated Huckleberry Finn,
editada por Patrick Eran, la relega a un apéndice, basado
en que no formaba parte de la primera edición. En cambio,
la de la Universidad de California, Adventures of Huckleberry Finn,
al cuidado de Victor Fischer y Lin Salamo, reproduce la sección
como parte del manuscrito original.
Estas dos ediciones de Huckleberry Finn se dirigen a distintos tipos
de lectores. El volumen de la Universidad de California, con sus
detalles codicológicos, claramente es para académicos.
La edición de Norton reproduce el forro repujado del volumen
original para los suscriptores, así como su tamaño
y engolada tipografía. No obstante, aunque no están
dirigidas al lector común, me parecen las más útiles.
Sin embargo, comparten una cosa estos libros: cada uno es tan pesado
que puede rompernos las piernas. Cualquier edición barata
en rústica sería mucho más fácil de
leer. El libro de la Universidad de California reemplaza a otro
anterior, publicado en 1988, y "surgió a partir del
descubrimiento en 1990 de la hasta ahora perdida primera parte del
manuscrito". Twain había donado esas páginas
a la biblioteca de Búfalo, pero nunca llegaron a su destino
y aparecieron cien años después en un desván
de Los Ángeles. El descubrimiento justificó cierto
número de cambios pequeños en cuanto a enunciados
y puntuación, y los editores tendrán que prestar atención
la próxima vez que se reimprima. Sin embargo, no considero
que ninguno de esos cambios constituyan una diferencia sustancial
de interpretación.
La edición de la Universidad de California incluye entre
sus apéndices una selección de anuncios de la editorial,
junto con facsímiles de páginas que Twain eligió
para sus lecturas en público, borrando algunos pasajes y
subrayando palabras y sílabas específicas para subrayarlas:
"Antes de que te diera tiempo de pronunciar el nombre Jack
Robinson, te confundían hasta marearte." Ambas ediciones
incluyen ilustraciones originales de E.W. Kemble, y cada una ofrece
un recuento exhaustivo de la recepción que tuvo la novela.
Fue prohibida a los pocos días de su publicación cuando
la biblioteca pública de Concord, Massachussets, la retiró
de sus anaqueles bajo pretexto de que "a través de sus
páginas hay una utilización sistemática de
mala gramática, y un uso burdo y vulgar de expresiones poco
elegantes." Una palabra en particular "nigger" (negro)
ha sido fuente de intentos más recientes de proscribir esta
obra. La edición de Norton es particularmente aguda en su
análisis histórico de este vocablo despectivo.
En nuestros días las revisiones críticas de la novela
se centran en el tema del racismo, una forma que no difiere tanto
de la reacción de los bibliotecarios de Concord como podría
suponerse. Se basan en el asunto específico de cómo
leer la voz de un niño como Huck cuyo lenguaje nos deleita
incluso si intentamos tomar distancia de él. Por ejemplo,
Jane Smiley ofrece un perspicaz recuento de las oclusiones ideológicas
de las que depende el planteamiento fundamental de la novela, y
apunta a que "ni Huck ni Twain toman en serio el deseo de libertad
de Jim." El personaje puede ser perdonado, pero Smiley encuentra
difícil de digerir las intenciones del novelista: Twain hizo
tal inversión en la difícil jornada río abajo
que apenas considera el que Jim sencillamente cruce la línea
fronteriza y pase a Illinois, un estado libre. Un recuento más
matizado sobre este "sorprendente y perturbador" libro
es el que hace Toni Morrison, quien traza la forma en que los límites
del propio lenguaje de Huck abrieron "resquicios" hacia
lo que en su día resultaba indecible, y donde la "figura
paterna" negra está oculta "bajo la apariencia
de ministrel, cantor cómico que se tiznaba la cara para imitar
a los negros”. Huckleberry Finn exige una poderosa lectura
e, incluso, quizás hasta una lectura errónea, y a
mí me parece que la travesía río abajo es extrañamente
parecida a la que hace Marlow río arriba en El corazón
de las tinieblas, un viaje hacia lo irresoluble. Sólo que
la ironía de Twain resulta aún más inestable
que la de Conrad. ¿Huck se percata plenamente de que sus
acciones han desencadenado el último episodio de la disputa
por el feudo entre Grangeford y Shepherdson? Si no, ¿cómo
debemos juzgarlo? En la medida en que hoy leemos a Marlow a contrapelo
también debemos leer así a Conrad, aunque nunca resulta
enteramente claro cuánto peso debemos asignar a las cosas
que Huck no sabe o no entiende.
Desde esta perspectiva, la posición central de la novela
depende de la forma en que, en palabras de Toni Morrison, parece
"cooperar de manera demasiado deliberada con la controversia
que él mismo ha suscitado." No obstante, lo que a la
mayoría de los lectores les gusta del libro son justamente
aquellos pasajes en los cuales esas preguntas no están a
discusión y en las que la narrativa parece flotar y no ocurre
mucho más que la vida en el río mismo. Quizás
el mejor ejemplo sea el inicio del capítulo XIX, cuando raya
el amanecer "en un lugar pálido en el cielo", y
las rayas del agua "por las que sabes, con sólo mirarlas,
si hay un tronco sumergido en la rauda corriente." Al tratar
de ir más allá de un escenario tan extraordinario
como éste, Twain siempre corrió un riesgo. En efecto,
poco después de terminar la novela, intentó hacer
que sus personajes pusieran pies en polvorosa, en la inconclusa
Huck Finn y Tom Sawyer entre los indios. El manuscrito termina cuando
los muchachos encuentran cuatro estacas "clavadas en la tierra"
en un campamento indio, signo para el lector de que un cautivo blanco
ha sido violado hasta la muerte. Pero, aún así, los
jóvenes piensan que se trata de un juego, y Twain no podía
lidiar con ese tipo de desconocimiento narrativo.
Cuando Twain vuelve a escena lo hace con la fórmula probada
de Tom Sawyer Abroad (1894) y de Tom Sawyer, detective (1896), obras
que nunca se han tomado muy en serio. Twain jamás pudo igualar
el éxito de Huckleberry Finn y mucha de la obra de sus últimos
años no se publicó. Algunos de estos manuscritos versan
sobre temas sexuales y otros sobre temas raciales, como United States
of Lyncherdom, en donde el autor hace un llamado a los misioneros
norteamericanos para que regresen de China y mejor se pongan a convertir
al Sur de Estados Unidos. Pero como lo señalan Fred Kaplan
y Karen Lystra, después de escribir eso Twain se dio cuenta
de la magnitud con la que el mercado sureño había
contribuido a su obra y se deshizo de esta proposición modesta.
En Dangerous Intimacies, Lystra reconstruye la historia de los últimos
años de la vida de Twain, no sólo al centrarse en
su secretaria Isabel Lyon, sino en la atención que le brinda
a Jean, la hija menor de Twain que, enferma de epilepsia, murió
en la tina después de un ataque, en 1909. Los primeros biógrafos
del escritor omiten mencionar a Lyon y Clara, su hija sobreviviente,
la odiaba tanto que no permitía que se mencionara el papel
que había jugado "Lioness" (leona) en los últimos
años de vida de su padre. Biógrafos más recientes
le han restaurado algo de su importancia. Fres Kaplan se concentra
en la manipulación de que fue capaz esta mujer, a la vez
que relega a los hijos de Twain a un papel secundario. Lystra, sin
embargo, cuenta una historia distinta, eludiendo el interés
tradicional de la biografía en el individuo, para abordar
una narrativa en la que cada uno de los miembros de la familia reclama
nuestra atención con la misma intensidad. Ella reconoce que
las acusaciones de Twain en el sentido de que Lyon le robó
permanecen aún sin probarse pero, según su lectura,
el dinero fue lo menos importante que la secretaria se llevó.
En esa época los doctores sabían muy poco sobre la
epilepsia, y por eso Jean Clemens pasó muchos años
confinada innecesariamente en costosos sanatorios. Al parecer Lyon
y el médico de Jean estaban coludidos para mantenerla alejada
de su padre. El pretexto era que su presencia alteraba la serenidad
de Twain, pero lo que en realidad pudo haberlo alterado era la supremacía
de Lyon. Cuando Twain descubrió el engaño, también
tuvo que hacerle frente a su propia complicidad en la segregación
de su hija.
El argumento de Karen Lystra puede acercarse al melodrama, con su
reconstrucción de conversaciones hipotéticas (aunque
acompañadas de extensas notas a pie de página). Aún
así, ella escribe hábil y apasionadamente acerca de
la enfermedad de Jean y es difícil no estar de acuerdo cuando
concluye que Mark Twain sabía, "con un grado de profundidad
en el que la mayoría de los seres humanos jamás se
aventura, que no merecía el amor de sus hijas y que, sin
embargo, lo amaron." Ese no debe ser nuestro juicio final.
Incluso quienes nunca hemos coincidido con Hemingway cuando afirma
que "toda la gran literatura estadounidense emana de una gran
novela (Huckleberry Finn)", encontramos algo en este autor.
Y, debemos admitir, que transitar por el río de Twain sigue
siendo una de las experiencias principales de nuestra lectura.
Gorra. Autor
de After Empire: Scott, Naipaul, Rushdie (Chicago Press, 1977) Traducción
de José Acosta.
© Michael Gorra/Times Literary Supplement, 29 de abril de 2004.
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