¿Qué
hay del otro lado del intangible muro de la soledad? ¿Qué
se necesita para que lleguemos a sentirnos completos? Un encuentro
en apariencia trivial entre el protagonista de este relato y Simone
—tentadora, sofisticada, tangible—, lo conducen a una
sucesión de callejones sin salida, a una serie de situaciones
de una complejidad ilógica, a momentos de muda desesperación.
Y es que, a pesar de nuestro libre albedrío, a veces los
sucesos más trascendentales de nuestra vida nos dejan sumidos
en un desamparo contra el que no podemos luchar.
Anduve perdido en el pueblo hasta que una señora me indicó
por dónde llegar a la Quinta Margarita:
—Salga por el puente, y detrás de las colinas... —un
numeroso rebaño de árboles desaliñados me permitió
ubicarla desde lejos.
Simone y yo nos habíamos conocido en los seminarios de tesis
en la Facultad Metropolitana. Yo no tomaba notas en las clases;
las consumía repasando el cuerpo de Simone. Le miraba los
pies y las pantorrillas. Las sandalias finas potenciaban el bronceado
de su empeine. Servían al funcionamiento preciso del tobillo:
con igual peso el talón que los dedos de uñas coralinas.
Y tensaban los diferentes tonos de sus piernas casi comestibles.
Seguro estoy de que ella más de una vez sintió las
caricias de mis ojos porque me pagaba con su altivez. Es curioso:
al principio no me despertaba fantasías eróticas sino
una casta fascinación; quizá porque en mi interior
la consideraba una mujer inaccesible, ajena a mi vida. Yo entonces
salía con chicas que buscaban un remedio a la vacuidad mediante
alcohol y besos rabiosos; luego evitábamos a toda costa encontrarnos
en los pasillos de la Facultad o en las conferencias.
Simone no hablaba con nadie. Llegaba puntualmente a las clases y
sin despedirse se marchaba en un lujoso automóvil. Una chica
medio fea era casi su amiga; le pasaba los apuntes de los días
en que faltaba, lo cual era frecuente. Cierta tarde la acompañé
al museo con la intención de sonsacarle algún dato
sobre Simone. Sus frases me dejaron inferir que la envidiaba y que
por nada del mundo me serviría de celestina.
Durante el curso sólo dos veces pude cruzar algunas palabras
con Simone. Una en la biblioteca. Llegó buscando una silla
y como estábamos en temporada de exámenes, aquello
estaba repleto. Le ofrecí sitio en mi mesa. Me dijo “gracias”
y por compromiso me preguntó el tema de mi ponencia final.
Quise impresionarla con un misterio filosófico y ella puso
fin a la conversación con un “¡Ah, qué
misterioso!”. La segunda vez fue en la fila de la fotocopiadora;
le cedí mi lugar. Mientras esperábamos turno me atreví
a preguntarle dónde vivía. Sin mirarme dijo que con
sus padres, en un sitio lejano, al norte. Se hizo un interminable
silencio y yo no supe hacer otra cosa que mirarla y dejar que su
olor me invadiera. Sentí que le resultaba no sólo
antipático sino indeseable.
Aminoré la velocidad al aproximarme al cruce de la carretera.
Me detuve junto a un vehículo hacia el que miré distraídamente.
Su conductor me hizo un saludo con la mano. Yo entendí que
deseaba preguntarme algo. Me estiré para bajar la ventanilla
del lado derecho.
—¿Qué se le ofrece, amigo? —la voz del
hombre sonó muy fuerte y yo me sentí terriblemente
solo, quizá también asustado. Si no me hubiera detenido...
Carraspeé llamando a las fuerzas de mi voz, y le dije:
—Voy para la Quinta Margarita.
En sus manos sostenía unos papeles menudos, recibos o boletos.
Sin dejar de contarlos, respondió:
—Aquí a la derecha, amigo. Y luego hasta donde termina
el camino.
—Gracias —contesté más rápido de
lo que hubiera deseado.
—No tiene que darlas. Lo que se le ofrezca, amigo. Soy el
jefe de la policía de aquí —y además
me dio su nombre, como si significara un salvoconducto.
Yo a veces he pensado que soy solitario porque me da por llorar
mucho, y no me gusta que me vean. Y desde el momento que dejé
atrás al policía hasta que avisté la reja de
la Quinta Margarita me entregué a pensamientos desolados.
Se me llegó a ocurrir que Simone me había invitado
a la quinta de su familia sólo por cortesía, porque
yo estaba presente cuando lanzó la invitación a sus
amigos.
—Pueden ir este verano, sólo tienen que avisarme.
El último día de revisión de exámenes
me la encontré en el estacionamiento. Quizá por distracción,
antes de despedirse me preguntó si pensaba visitarla.
—¿Lo dices en serio?
—Desde luego...
Y me dio su número personal. Cuando la llamé me pareció
que no me creía o no le daba importancia a mi deseo de verla.
Avancé por un camino de hojas entre dos hileras de altísimos
árboles sembrados con puntillosa simetría hacía
quizá más de un siglo. Un buen herrero había
escrito el nombre de la quinta en cada hoja de la puerta. Me abrió
un señor de sombrero. No disimulaba su desconfianza. Con
el ceño arrugado amarró el saludo, en espera de que
yo hablara. Tiré del freno de mano, sin apagar el auto.
—Buenas tardes, señor —y le di mi nombre—.
Busco a Simone.
De inmediato sonrió, complacido de corroborar que era a mí
a quien esperaban.
—Deje el carro allí bajo el álamo, así
no le pegará el sol.
Por el retrovisor lo miré cerrar la reja. Me puse de pronto
muy serio y no me atreví a bajar del auto hasta que el hombre
me alcanzara.
—¿Trae mucho equipaje? —su frase tuvo el oportuno
efecto de alejar de mí todo recelo.
Él solo cargó mis tres maletas. Yo lo seguí
con la chamarra bajo el brazo.
—¡Alicia! ¡Alicia! —gritó el hombre
cuando nos acercamos a la arcada—. Atiende al señor.
¡Alicia!
Salió una muchacha. No pude determinar si la hija o la nieta
del hombre.
—Buenas..., señor. ¿Ya comió? —entonces
me fijé que bajo un galpón detrás de la cocina
había dos autos.
—Ya... —mentí; además no tenía
hambre.
—¿Qué gusta tomar? —con una seña
graciosa, apuntando a los sillones del portal, agregó—:
Puede dejar allí su gabán.
Yo no supe qué hacer a continuación. Pensé
que si preguntaba por Simone parecería un necio. La chica
no dejaba de mirarme, aguardando mi respuesta. Del pasmo vinieron
a sacarme unas voces cantarinas, obviamente de mujeres, y con cierta
autoridad le pedí a la muchacha un vaso de agua. No me atreví
a volverme hacia el portal. Los hielos y el esfuerzo que hacía
tratando de enterarme de la conversación de las mujeres me
produjeron un ligero dolor en el cuello y la garganta. De pronto
oí sus pasos apresurados y luego las sentí salir por
el lado del galpón. Yo había entendido que una de
ellas se iba, lo cual confirmó enseguida el rugido de un
motor muy revolucionado. Entonces sentí pánico porque
en breves instantes estaría yo solo frente a Simone.
—¡Ah, mi amiga Patsy! —pronunció mientras
su pie derecho tocaba el escalón de la cocina. Llevaba un
vestido a cuadros, de colores alegres, casi tornasolados. No imagino
la expresión de mi rostro ante la silenciosa luz de su presencia.
Me había intimidado su tono confianzudo. Como si yo supiera
quién era su amiga, como si tuviera que recibir explicaciones,
como si ya nos hubiéramos saludado desde hacía horas—:
Me cayó de improviso. ¡Así es! Pero tenía
que oírla... Otra vez en pleito con su galán —me
puso las manos sobre los hombros, me miró a los ojos antes
de decidir cuál de mis mejillas besaría primero—.
¿Estás tomando agua? ¿No prefieres unnn whisky?
—sin darme oportunidad de responderle, me acorraló—.
¡Por lo menos una cerveeeza!
—Un whisky pero sin hielo —de un solo golpe dije lo
que se me ocurrió en ese instante para no tartamudear.
Me hizo seguirla a los sillones. Por nuestra conversación
Alicia entendió la orden y no tardó en acercarnos
un servicio completo: los vasos servidos, la hielera, soda y cacahuates.
—¡Salud! Mmm... Aunque uno no le ponga hielo al whisky
siempre da frío. Para mí que el whisky está
relacionado con el mal humor ¿no crees? ¿Cuándo
has visto un borracho inglés que no lance maldiciones?
—Nunca...
—Sí, pero cuando se limita a una sola copa, refresca
y relaja —mientras bebía saltaba los ojos por encima
de su vaso; sus miradas eran una sonrisa y una bienvenida—.
¿Quieres que te muestre la quinta? ¿O nos esperamos
hasta mañana? Como tú quieras...
Yo sentía que bajaba por un río hacía una catarata.
Ambas orillas me atemorizaban, no conseguía decidir en cuál
de las dos detenerme. Por un lado, Simone me hablaba como si nos
conociéramos de toda la vida, pero de otra vida porque ninguna
referencia hacía a la universidad o las pocas cosas que sabíamos
comunes; además me hablaba de sus amigos y sus padres como
si fuéramos íntimos. Por otro lado, Simone aparecía
ante mí como una absoluta desconocida, y sentí que
su afabilidad trazaba tenazmente entre ambos una enorme distancia.
Me previne de caer en la melancolía diciéndome que
al menos de la visita a la quinta me resultarían unas vacaciones
pagadas. Resolví pasármelo bien, descansar, no pensar
en nada ni alentar fantasías.
Pero mi torpeza y mi impaciencia no tardaron en querer probar a
Simone. Sin venir a cuento le pregunté cómo había
salido en las evaluaciones finales. Calló de pronto. Lamenté
haber desviado su fluida conversación. Entonces reconocí
que sus anécdotas eran simpáticas e interesantes.
—Salí bien —y reelaboró su sonrisa—.
Menos en una materia.
—¿Cuál? —dije estúpidamente.
—¿Sabes? No te lo había dicho. Precisamente
para esa materia había yo pensado en consultarte, pero me
daba pena interrumpirte cuando te encontraba leyendo en la biblioteca
o en los jardines.
No supe qué decir y más estúpido me sentí.
—Pero ya no importa. Éste fue mi último curso.
Nomás espero tener el diploma en mis manos. Yo odio ir a
la escuelita ¿sabes?... —con enorme gracia pasó
a detallar su aversión a la Facultad, a imitar a los profesores
y al decano. Yo me solacé en pensar que había logrado
comprobar que Simone era Simone. Como si esto significara un triunfo,
me acomodé mejor en el diván. Había anochecido.
Los guiños de las luciérnagas y la ausencia de viento
me hicieron imaginar la temperatura de la oscuridad. Pensé
que sería muy agradable sentir su cálido abrazo junto
con las formas de Simone. Deseé que ambas apapacharan mi
cuerpo desnudo—. ¿Te aburro? No, ¿verdad?
—Claro que no, por favor sigue.
—Mira nada más: ya se nos hizo de noche. Aunque, si
quieres, podemos dar un paseo por el pasto. Ooo... supongo que la
cena ya estará lista. ¿Quieres que veamos qué
preparó Alicia?
—Yo estoy bien.
Entonces se levantó. No era alta. Supongo que se habría
teñido el pelo porque le brillaba acariciantemente con tonos
rojizos. Caminaba de puntas, lo cual acentuaba el volumen de sus
nalgas a cada paso. Desapareció por la cocina y casi enseguida
volvió con una botella en la mano. Abrió la primera
puerta del corredor después de la de la cocina y desde el
umbral me miró:
—¿Te gusta el rioja? —en la otra mano llevaba
un tirabuzón—. ¿Me ayudas a abrirlo?
Coloqué junto a las copas la botella descorchada.
—Ven, mientras el vino respira te voy a decir cuál
es tu habitación. Te escogí la más grande,
con chimenea y dosel.
Al acompañarla en su recorrido por los portales del casco
de la quinta me di cuenta de que había muchas recámaras;
sin dificultad pude imaginar que estaba en un hotel secreto y casi
lujoso. Frente a la puerta de mi habitación había
una fuente desde cuyo brocal acechaban el agua varias ranas de barro,
piedra o plomo, algunas ya muy despintadas. El cuarto, en efecto,
me pareció amplio y agradable. La iluminación indirecta,
la sobria elegancia de los muebles y la cama enorme me hicieron
sentir como un duende en un castillo.
—Es bonita ¿verdad? —le respondí con un
movimiento de cabeza—. Si te da frío, que no creo,
allí en ese armario hay otro edredón. O si quieres
le puedo pedir al señor Arturo que prenda la chimenea.
—Gracias, creo que no es necesario.
Me entregó una llave grande y fría a pesar de que
la había traído en la mano todo el tiempo. De camino
al comedor, sin detenerse, señaló una puerta:
—Y esa es mi habitación.
Creo que ella no esperaba una respuesta, pero mi silencio me sofocó
al precipitarme a pensar que había una intención ambigua
en las palabras de Simone. ¿Por qué tenía yo
que saber dónde dormía? Tan concentrado estaba en
mis especulaciones que no me percaté de que la mesa ya estaba
puesta. Al cabo del primer brindis Simone se dirigió a un
extremo del salón.
—¿Ponemos musiquita? —me obsequió una
sonrisa arrobadora.
Una punzada en el pecho me hizo reconocer que ya estaba a su merced.
Y esto me producía sentimientos contradictorios. Yo había
venido por ella: ¿por qué me atemorizaba y encolerizaba
sentir su disposición al acercamiento? Quizá temía
que a final de cuentas me rechazara. Se me ocurrió también
que yo la odiaba porque me aceptaría.
Llamó a Alicia sólo para que me hiciera saber que
comeríamos chamberete de res en salsa de nueces. Simone comió
con apetito y cierta prisa. A excepción de una frase elogiosa
para Alicia, no dije nada más a lo largo de la cena. La hora,
el cansancio, la comida y el vino me suspendieron en un dulce sopor
que se alimentaba nada más que de la voz de Simone. Como
si sus palabras fueran imágenes vine a enterarme de la extensión
de la quinta, de las tierras cultivables, de quién la había
fundado, de los viajes de sus padres y de que había tenido
un novio. Cuando Alicia apareció para recoger la loza, y
aunque no nos habíamos terminado la botella de vino, vi que
Simone estaba achispada. El arco árabe de sus cejas brillaba
un poco menos que sus pupilas exultantes. No sé por qué
pensé en una ramera. Enseguida me sentí culpable y
solo; y mezquino por no permitirme la dicha nada simple de estar
junto a Simone.
—Mmm —Simone se había cruzado los labios con
el índice derecho—. Y ahora ¿qué te parecería
una copita de anís?
Nomás de olerlo me invadió tal paz que me hizo sentir
inocente y bueno. Nunca me había detenido a degustar las
potencias del anís. Con la segunda copa emergió algo
parecido a la lujuria pero concentrada por el rayo del licor en
una consciencia casi mística de mis sentidos. En algún
punto cristalizado de mi cuerpo fulguraban la música, la
calidez, el sabor y la vibrante figura de Simone. Cuando se me ocurrió
servir otra copa, ella se me acercó:
—Creo que estoy siendo muy desconsiderada contigo... Las horas
de viaje y lo que batallaste para dar con la quinta... Creo que
ya quieres descansar ¿verdad? —la noté sinceramente
afligida—. Ni siquiera te di tiempo de una ducha... ni nada.
—No te preocupes, yo estoy bien y... —entonces a mí
me pareció imprudente no haberme ido a dormir antes—.
Aunque... quizá quien quiere descansar eres tú...
Perdona...
—No. Nada de eso.
Para romper esta situación desatinada resolví levantarme
y darle las buenas noches. En parte por torpeza y en parte porque
quería, le di un beso en el pómulo y me despedí.
La cama era más que confortable. Me metí desnudo a
las cobijas; dejé encendida la lámpara del buró
para no sentirme tan solo y contrarrestar esa sensación que
a menudo me visita de ser una persona absurda. Inconscientemente
comencé a manipular mi sexo. Tal vez por inseguridad no me
atrevía a elaborar fantasías sexuales con Simone.
Mientras escuchaba a los grillos roer la oscuridad pensé
en una novia que tuve a los dieciocho; yo deseaba que nos casáramos.
Un día, ya presintiéndolo, después de nuestro
diario paseo me dio un sobre. No pude evitar emocionarme; acostumbrábamos
intercambiar cartas para decirnos que nos queríamos y otras
cosas a lo mejor sin importancia pero que no nos atrevíamos
a comunicarnos oralmente.
—No lo abras hasta que llegues a tu casa —me dijo.
Yo le obedecí y me sentí doblemente humillado porque
mi madre me sorprendió llorando. Con argumentos más
líricos que inteligibles ella me decía que nuestra
relación no podía continuar. A cambio me ofrecía
que fuéramos amigos. Por algo más que orgullo rechacé
su amistad y en secreto comencé a odiarla. Y este sentimiento
me autorizó la alegría cuando supe que el hombre por
el que me había cambiado ahora la abandonaba a ella y además
la dejaba encinta. Un año más tarde conocí
a otra mujer de la que me enamoré con igual arrebato. Y casi
no podía creer que con ella me sucedió exactamente
lo mismo que con la anterior, hasta en los detalles: la carta, el
dolor, el embarazo y mi alegría.
Desde entonces no me había vuelto a enamorar. Interrumpió
mis recuerdos una tos que sonó muy cerca de mi puerta. La
fuerza del subsiguiente carraspeo me permitió inferir que
aquel era el señor Arturo, quien además de jardinero
era el velador de la quinta. Después de un rato se me ocurrió
dar un paseo por el jardín, pero me abstuve de ello porque
me pareció un acto injustificado y extravagante. Logré
quedarme dormido cuando la temperatura había bajado sensiblemente.
Fresco y descansado salí de mi habitación a las once
de la mañana. Me encontré a Simone leyendo en los
portales. Echada sobre sus piernas encogidas, me miró acercarme:
ya cuando me encontraba a unos pasos de ella saltó del sillón:
sus pies descalzos rozaron de puntas las baldosas. Llevaba una minifalda
blanca que resaltaba la aceitunada desnudez de sus piernas.
—En la cocina hay café y jugo de naranja —me
dio un beso en la mejilla—. Y fruta, si quieres.
En cuanto me vio, Alicia me preguntó qué deseaba desayunar.
Luego quiso saber si apetecía algún platillo en especial
para el almuerzo.
—No, cualquier cosa que usted cocine será magnífica.
Cuando volví a los portales Simone me entregó un sombrero
de jipijapa.
—Quiero llevarte a conocer los alrededores. Por aquí
cerca hay una laguna de aguas mansas. Podemos nadar si quieres.
Llevaba un sombrero igual al mío pero pequeño. ¿Cómo
contradecir a tan deliciosa criatura? En menos de treinta minutos
su auto nos condujo al sitio prometido por ella. En su bolso llevaba
una botella de vino blanco —que puso a enfriar en la corriente—,
dos copas en un estuche y un par de toallas que extendió
en una roca lisa donde nos sentamos descalzos a mirar cómo
el agua acariciaba nuestros pies. Al cabo de un plácido silencio
Simone se irguió. Echó los hombros y el pecho hacia
delante mientras sus brazos aleteaban detrás de su cintura
y sus nalgas. Bajé la mirada a las perfectas uñas
de sus pies, recién pintadas de bermellón. En un instante
se quitó la blusa y la minifalda y se tiró a la laguna.
Se zambulló varios segundos y emergió como a diez
metros de donde me encontraba. Me hizo señas con la mano
de que la siguiera. Entonces me di cuenta de que yo no llevaba traje
de baño o un pantaloncillo para nadar. Creo que si Simone
no hubiera traído bikini yo hubiera accedido a nadar desnudo.
Por tímido, por apocado, por qué sé yo, no
me atreví a sacarme la ropa y saltar al agua. Ante mi indecisión,
Simone se aproximó a la roca: Anda, el agua está muy
buena.
—No vine preparado...
—No importa. Salta.
—Es que tengo frío —al escucharme decir estas
palabras me sentí ridículo y vulnerable.
Simone me hizo el favor de no insistir y yo desvié la atención
a la botella de vino.
—Ya ha de estar a punto. Ábrela mientras me doy otro
chapuzón.
Completó el periplo y como una nereida salió del agua.
Se sentó en la roca y se apresuró a acomodarse el
sombrero.
—Este es el momento más peligroso para el cutis —le
lancé una mirada de interrogación—. Cuando la
piel está mojada no se sienten los rayos pero el agua actúa
como una lupa y aumenta los malos efectos sobre las células
dérmicas.
—Mmm...
—Lo digo en serio, no te burles.
—Claro que no me burlo.
—Perdona —me inundó con su franca sonrisa—.
No hay nada que más me horrorice, además de las arrugas,
que el cáncer de piel. Debe una asolearse sólo en
seco y protegida por un buen bronceador.
Le alcancé la copa de vino. En silencio, aunque hombro con
hombro, nos dedicamos a mirar los pasos de las sombras. Simone descubrió
unos pajarillos ocultos bajo los árboles. Vio que cada uno
se colocaba debajo de la sombra de una hoja y milimétricamente
avanzaba con ella.
—Se mimetizan. Algo similar nos había contado el profesor
Antón. ¿Te acuerdas?... No, tú no tomaste su
curso ¿verdad?
—No... Ni siquiera lo conozco...
Terminaríamos en la quinta la animada conversación
que suscitaron los pájaros. Cómo se disimula uno ante
el mundo y ante sí mismo. Dijo que una vez había estado
muy enamorada y que no se dio cuenta de ello hasta que aquel hombre
se fue. No sabe si por orgullo evitó llamarlo; además
era amigo de su familia. Sin perder la sonrisa, terminaría
contándome que nunca lo hizo y que eso había sido
lo más cerca que había estado del amor.
Cuando se levantó para buscar las llaves del auto me pidió
que condujera de regreso. La delicia inesperada de maniobrar su
coche apaciguó mis inseguridades. Apenas entramos a la quinta
le acometió gran somnolencia. Ya en los portales, le pidió
a Alicia que la despertara para la cena y se retiró sin despedirse.
Alicia me ofreció un emparedado y una cerveza. Me fui a fumar
debajo del colosal árbol que preside la quinta. Más
tarde me senté al borde de la fuente de las ranas. Fui tirándolas
al agua mientras pensaba que anoche durante un instante había
sentido que era inminente que Simone abriera la puerta de mi cuarto.
Y apenas en este momento me animé a imaginar que entraría
graciosamente en mi cama y mientras yo paseara mi nariz y mis labios
de su ingle a sus pezones ella pronunciaría mi nombre. Que
luego acariciaría mi sexo, demorándose maliciosamente
en mis testículos, lamiéndolos hasta oír su
voz cantarina y ronca: “Los tienes muy redonditos”.
Me reí como un tonto al lanzar la última rana a la
fuente: no se hundía, era de goma. Me volví hacia
la recámara de Simone. Entonces advertí que había
oscurecido: en vez de las molduras de la puerta se distinguía
un resplandor que escapaba por el umbral. Me sorprendió el
croar de las ranas. Caminé a la habitación de Simone
casi convencido de tener algo importante que decirle. Apenas toqué
ella gritó que pasara.
—¡Ay, qué sueño me dio! Fue por el sol.
Ya lo sabía, a mí me hace mucho daño asolearme.
Vi sobre el sillón su ropa y el bikini, en el piso la toalla.
Inferí que estaba desnuda bajo las cobijas. Hizo unos movimientos
muy curiosos para levantarse porque trataba de salir de la cama
envuelta en la sábana. Al darme cuenta de ello le ofrecí
ir al pasillo mientras se vestía.
—Espera —me dijo—. Te voy a pedir un favor. ¿Mientras
me ducho podrías traer un par de cervezas?
Alicia ya había puesto la mesa. Al verme pasar preguntó
qué vino quería yo que se sirviera. Me atreví
a responder que ninguno, que no cenaríamos. Encontré
a Simone ya vestida; había tendido la cama y recogido la
ropa. Al acercarme me cautivó su efluvio: gravitaba entre
el aroma de un vino y el de una colonia. Me pareció una mujer
que uno puede comerse y acariciar al mismo tiempo. Le alcancé
la botella de cerveza. Encendió un cigarrillo. Abrió
la ventana, y frente a ella nos acomodamos en unas butacas que yo
no había visto.
Bajo su perfil distinguido, la mirada abierta y el cuello grácil
alcancé a descubrirle, más por empeño que por
azar, un airecillo de vulgaridad en la casi imperceptible violencia
al pronunciar frases como “por supuesto” o “ya
lo sabía”, emanada de un dolor no purgado aunque evidente
al darle largas y embebidas pitadas al cigarrillo. Y sentí
rabia e insignificancia por no poder ni saber resarcir de su pena
a esta mujer. Como si adivinara mis pensamientos algo mencionó
del novio que se había ido. Enseguida experimenté
un regusto amargo que se regodeaba en la idea de que a pesar de
ser muy hermosa y engreída, un hombre la había abandonado.
En ese momento centré mi atención en el fragmento
de ella que más me seducía y me enamoraba. Aunque
era más bien esbelta, me resultaba irresistible su vientre
ligeramente abultado. Y había sentido un poderoso impulso
de postrarme ante esa perfecta curva cuando estábamos sentados
en los sillones de los portales la primera noche. Sí, ella
era como un horno de pan. Un sitio en donde yo podría meterme
y resguardarme de los fríos de la vida. Una caverna en penumbras,
cálida y perfumada donde en algún recodo me encontraría
con la verdadera silueta de su materia. Entonces, durante un largo
abrazo fraguaríamos la creación de nuestro verdadero
cuerpo. Y en ese mismo horno que era ella pondríamos a cocer
la masa tierna con que se hacen las galletas que son todos los hombres.
Y de pronunciar al mismo tiempo su nombre y el mío surgiría
un silencio afinado, la palabra impronunciable que desde lejos parece
la llama que se consume en las aguas del vacío.
—Simone: eres una cascada que se diluye en mi boca.
Mis palabras la contrariaron, y aún más porque me
acerqué a ella. Se levantó de golpe y se sentó
en la cama. La seguí sin titubear. Ya junto a ella nuestras
narices casi se tocaban. A punto de besarla me tomó de las
manos:
—Dime una cosa —en su mirada había urgencia—.
En una pareja donde él es guapo y ella fea ¿qué
sería preferible?: ¿tener un niño o una niña?
Cual si se tratara de una cuestión de lo más oportuna,
me esforcé por dar una respuesta a Simone.
—Quizá una niña...
—¿Por qué? ¿Cómo vas a querer
una niña fea?
—No sería fea: las mujeres heredan los genes del padre.
Mi respuesta pareció convencerla.
—Y si fuera al revés, que ella fuera hermosa y él
feo, ¿qué preferirías?, ¿tener una niña
o un niño?
Ahora me desconcertó la idea de que ella estuviera hablando
de nosotros. ¿Por qué mencionaba lo de tener hijos?
¿Eso esperaba de mí?
—Pues una niña, también...
—No, eso no es lógico...
—Sólo en apariencia. Las mujeres muy guapas son la
excepción: heredan la belleza a sus hijas. Toda mujer guapa
tiene una madre guapa: las mujeres transmiten la belleza de la especie.
—¿Y los hombres...? No me vayas a decir que la inteligencia...
—sofocó su risa con la mano—. Bueno, a ver, dime:
¿qué sería preferible dado el caso de que él
fuera guapo y ella también? Muy guapos los dos...
Sólo porque me contuvo la reflexión de que mi broma
le parecería de mal gusto, no le respondí que ése
era nuestro caso. Me reí y dije que un niño.
—¿Estás loco? ¿También eres de
los que creen que lo mejor es para los hombres?
Entonces sentí un nuevo impulso de besarla. Que nos acomodaríamos
perfectamente, sin desesperación, como si no fuera ésta
la primera vez. Imaginé que el final del beso sería
también como el final de una ceremonia... Sin ofuscamiento
me levanté de su lado...
Nos demoramos en una mirada de ternura, casi asexuada. Serenamente
volví a mi recámara. Ya bajo las mantas, me concentré
en reimaginar aquel beso; la forma de sus labios, la consistencia
de su lengua, su aliento... Desde hacía mucho yo pensaba
que los besos demuestran que el centro y raíz del ser material,
la base y el manantial de la carne es la boca. Me quedé dormido.
Y nada me pareció más voluptuoso que nos encerraran
a los dos en un solo sarcófago, desnudos. Nos despierta la
irrupción de una mano enorme que nos arrebata de la Tierra.
Vamos volando envueltos por ella, suave y cálida. Veo que
nos va a depositar en un vaso. Al tocar el fondo nos lastimamos
y comienzo a llorar porque veo que estamos en una licuadora. La
ingente mano nos rocía con alguna especia, algún sazonador
que se adhiere a nuestra piel y nos despierta la lascivia. Y justo
cuando voy a penetrar a Simone la mano enciende la licuadora. Sin
perder la conciencia de mí mismo me siento un caldo de su
sangre y la mía. Es grumoso, en la superficie flotan trozos
no bien molidos. No tengo miedo, oscuramente sé que se erguirán
de nuevo nuestros cuerpos, para entonces multiplicados. Estamos
ella y yo, aturdidos; los otros cuerpos no son nuestros hijos; somos
también nosotros, aturdidos...
Por la mañana el señor Arturo llamó a mi puerta.
—Oiga, que dice la señorita que ya está servido
el desayuno.
Eso me alegró y me dio prisa por ver a Simone. Salí
sin ducharme, encandilado con la posibilidad de volver a la laguna.
Me saludó su mirada brillosa. Le di un beso en la mejilla
que me produjo tristeza.
—¿Qué opinas de lo que te dije del whisky? —no
pude evitar una expresión desconcertada—. ¿No
tengo razón?
—¿De qué? —sentí que mi pregunta
resultaba descortés pero en verdad no entendí a qué
se refería.
—De lo que te dije... que pone de mal humor.
—Pero ayer no tomamos whisky...—mi espontánea
respuesta me confundió al punto de tartamudear la última
palabra.
Ella se rió de buena gana.
—¿Qué quieres que hagamos hoy? Yo había
pensado en mostrarte la barranca... Los árboles que se ven
desde aquí no dejan siquiera sospechar que hay un enorme
abismo que por aquel lado aísla terriblemente a estas tierras.
—¿Las aísla de qué?
—Pues de nada... quiero decir que hacia allá no se
puede ir muy lejos —comprendí que ya había tomado
la decisión de que fuéramos—. Aunque no se ve,
se oye la cascada que cae del otro lado...
No lograba imaginarme ese sitio. Borrosamente pensé que sería
incómodo e incluso peligroso. Y aumentaron mis dudas cuando
ella dijo que iríamos caminando. Sin embargo no tardé
en sentir el apacible efecto de las flores silvestres, el viento
suave, unas mariposas extraviadas. Nos sentamos en una roca manchada
de líquenes. Simone empezó a descubrir formas:
—Mira: aquí hay una virgen... Y esto parece un halcón
con las alas extendidas...
Súbitamente empecé a ver yo también figuras
en la piedra.
—Aquí hay un hombre y una mujer, ¿los ves? —me
concentré en la mancha que señalaba mas no lograba
distinguir lo que ella veía; por un momento me pareció
ver dos siluetas humanas, de pie, caminando una tras otra, pero
antes de que yo hablara ella apuntó—: ¿Los ves?
Están haciendo el amor...
Me perdí tratando de interpretar sus palabras. Me miró
a los ojos, divertida:
—Eres un tonto...
Me sentí enojado, y como un estornudo se me salió
decirle que amar me era imposible. Que yo no era un hombre, un ser
humano.
—Lo supe desde que te vi en la Facultad —me respondió
con franca sorna—. Pero yo puedo ser lo que tú quieras;
marciana, si quieres —soltó una carcajada—. Perdona,
pero es que te lo tomas muy en serio... tus ideas.
Aunque era claro que no había dicho aquello con la intención
de molestarme, continué el paseo en hosco silencio. No pude
evitar que me saliera una risa ahogada cuando se me acercó.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —sentí
que le decía que sí con los ojos—. ¿Qué
animal te gustaría ser?... A mí me gustaría
ser vaca. Ser de esas vacas que logran envejecer, que han parido
muchos novillos, toros negros y malos, de esas que han alimentado
con su leche a todos los niños del pueblo...
Cuando regresamos dio órdenes de que prepararan su auto.
La miré en espera de una explicación, que nunca llegaría.
Una vez que el señor Arturo se retiró, Simone me dijo:
—Tú me gustas porque eres tierno.
Fingí que no me sorprendían sus palabras porque me
sentí avergonzado. Entonces pensé que a mí
me gustaría ser un perro, de esos grandes, bravos y leales
que aúllan hasta morir cuando han perdido a su amo.
Esbocé una parca sonrisa cuando me pidió que la acompañara
a llevar un baúl a su auto. Me pareció que estaba
vacío y más de una vez lo moví con el pie durante
el rato que estuvimos conversando antes de que se marchara. No sé
cómo vino a cuento que le mencionara un recuerdo de mi infancia.
Se refería a mis padres, que no se habían querido.
Él era celoso y mi madre orgullosa. Mi hermana ya se había
casado cuando ellos finalmente se divorciaron.
No supe a dónde había ido Simone. Me demoré
en el jardín más allá de la hora del frío.
Jamás la interrogaría al respecto. Desde mi insomnio
en la cama la escuché llegar casi de madrugada. Llamó
a mi puerta a las nueve; no parecía desvelada. Desayunamos
en el fondo de un silencio de vidrio. Me había sido inevitable
pensar en un amante y ahora creía que ella me buscaba temprano
para que yo no sospechara. A causa del imaginario juego de fuerzas
en que me desgastaba yo le había dicho a Simone en algún
momento de la tarde anterior que tenía planeado irme mañana
de la quinta, es decir hoy. Me quemé la lengua con el café,
y eso me sirvió de pretexto para moldear un gesto de mal
humor. Supuse que en cualquier momento soltaría una frase
en alusión a mi partida, que estaba de acuerdo con ella.
En auxilio de mí mismo me abstraje en saborear el pan dulce.
Simone cruzó los brazos sobre la mesa, y casi me volvió
la alegría al mirar cómo la presión redondeaba
aún más sus senos.
—Cómo tú quieras... —lo dijo de buen talante,
aunque no dejaba de interrogarme con sus ojos. Por un momento creí
que en su mirada había desolación, pero enseguida
me pareció que me lanzaba un desdeñoso reproche por
mis celos injustificados.
Cuando me fui de la Quinta Margarita comencé a llorar en
el cruce de la carretera. Me aturullé tratando de secarme
las lágrimas al descubrir en su sitio al policía.
Oculté el rostro bajo el ala del sombrero de jipijapa que
Simone me había regalado... Aceleré, consciente de
que aún podía regresar, ella había dicho que
estaría allí todo el verano.
González Suárez.
Autor, entre otros de El libro de las pasiones y De la infancia,
ambos publicados por Tusquets Editores.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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