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08 de enero de 2005

 

Pleroma
Por Mario González Suárez


¿Qué hay del otro lado del intangible muro de la soledad? ¿Qué se necesita para que lleguemos a sentirnos completos? Un encuentro en apariencia trivial entre el protagonista de este relato y Simone —tentadora, sofisticada, tangible—, lo conducen a una sucesión de callejones sin salida, a una serie de situaciones de una complejidad ilógica, a momentos de muda desesperación. Y es que, a pesar de nuestro libre albedrío, a veces los sucesos más trascendentales de nuestra vida nos dejan sumidos en un desamparo contra el que no podemos luchar.

Anduve perdido en el pueblo hasta que una señora me indicó por dónde llegar a la Quinta Margarita:
—Salga por el puente, y detrás de las colinas... —un numeroso rebaño de árboles desaliñados me permitió ubicarla desde lejos.

Simone y yo nos habíamos conocido en los seminarios de tesis en la Facultad Metropolitana. Yo no tomaba notas en las clases; las consumía repasando el cuerpo de Simone. Le miraba los pies y las pantorrillas. Las sandalias finas potenciaban el bronceado de su empeine. Servían al funcionamiento preciso del tobillo: con igual peso el talón que los dedos de uñas coralinas. Y tensaban los diferentes tonos de sus piernas casi comestibles. Seguro estoy de que ella más de una vez sintió las caricias de mis ojos porque me pagaba con su altivez. Es curioso: al principio no me despertaba fantasías eróticas sino una casta fascinación; quizá porque en mi interior la consideraba una mujer inaccesible, ajena a mi vida. Yo entonces salía con chicas que buscaban un remedio a la vacuidad mediante alcohol y besos rabiosos; luego evitábamos a toda costa encontrarnos en los pasillos de la Facultad o en las conferencias.

Simone no hablaba con nadie. Llegaba puntualmente a las clases y sin despedirse se marchaba en un lujoso automóvil. Una chica medio fea era casi su amiga; le pasaba los apuntes de los días en que faltaba, lo cual era frecuente. Cierta tarde la acompañé al museo con la intención de sonsacarle algún dato sobre Simone. Sus frases me dejaron inferir que la envidiaba y que por nada del mundo me serviría de celestina.
Durante el curso sólo dos veces pude cruzar algunas palabras con Simone. Una en la biblioteca. Llegó buscando una silla y como estábamos en temporada de exámenes, aquello estaba repleto. Le ofrecí sitio en mi mesa. Me dijo “gracias” y por compromiso me preguntó el tema de mi ponencia final. Quise impresionarla con un misterio filosófico y ella puso fin a la conversación con un “¡Ah, qué misterioso!”. La segunda vez fue en la fila de la fotocopiadora; le cedí mi lugar. Mientras esperábamos turno me atreví a preguntarle dónde vivía. Sin mirarme dijo que con sus padres, en un sitio lejano, al norte. Se hizo un interminable silencio y yo no supe hacer otra cosa que mirarla y dejar que su olor me invadiera. Sentí que le resultaba no sólo antipático sino indeseable.

Aminoré la velocidad al aproximarme al cruce de la carretera. Me detuve junto a un vehículo hacia el que miré distraídamente. Su conductor me hizo un saludo con la mano. Yo entendí que deseaba preguntarme algo. Me estiré para bajar la ventanilla del lado derecho.
—¿Qué se le ofrece, amigo? —la voz del hombre sonó muy fuerte y yo me sentí terriblemente solo, quizá también asustado. Si no me hubiera detenido...
Carraspeé llamando a las fuerzas de mi voz, y le dije:
—Voy para la Quinta Margarita.
En sus manos sostenía unos papeles menudos, recibos o boletos. Sin dejar de contarlos, respondió:
—Aquí a la derecha, amigo. Y luego hasta donde termina el camino.
—Gracias —contesté más rápido de lo que hubiera deseado.
—No tiene que darlas. Lo que se le ofrezca, amigo. Soy el jefe de la policía de aquí —y además me dio su nombre, como si significara un salvoconducto.
Yo a veces he pensado que soy solitario porque me da por llorar mucho, y no me gusta que me vean. Y desde el momento que dejé atrás al policía hasta que avisté la reja de la Quinta Margarita me entregué a pensamientos desolados. Se me llegó a ocurrir que Simone me había invitado a la quinta de su familia sólo por cortesía, porque yo estaba presente cuando lanzó la invitación a sus amigos.
—Pueden ir este verano, sólo tienen que avisarme.
El último día de revisión de exámenes me la encontré en el estacionamiento. Quizá por distracción, antes de despedirse me preguntó si pensaba visitarla.
—¿Lo dices en serio?
—Desde luego...
Y me dio su número personal. Cuando la llamé me pareció que no me creía o no le daba importancia a mi deseo de verla.
Avancé por un camino de hojas entre dos hileras de altísimos árboles sembrados con puntillosa simetría hacía quizá más de un siglo. Un buen herrero había escrito el nombre de la quinta en cada hoja de la puerta. Me abrió un señor de sombrero. No disimulaba su desconfianza. Con el ceño arrugado amarró el saludo, en espera de que yo hablara. Tiré del freno de mano, sin apagar el auto.
—Buenas tardes, señor —y le di mi nombre—. Busco a Simone.
De inmediato sonrió, complacido de corroborar que era a mí a quien esperaban.
—Deje el carro allí bajo el álamo, así no le pegará el sol.
Por el retrovisor lo miré cerrar la reja. Me puse de pronto muy serio y no me atreví a bajar del auto hasta que el hombre me alcanzara.
—¿Trae mucho equipaje? —su frase tuvo el oportuno efecto de alejar de mí todo recelo.
Él solo cargó mis tres maletas. Yo lo seguí con la chamarra bajo el brazo.
—¡Alicia! ¡Alicia! —gritó el hombre cuando nos acercamos a la arcada—. Atiende al señor. ¡Alicia!
Salió una muchacha. No pude determinar si la hija o la nieta del hombre.
—Buenas..., señor. ¿Ya comió? —entonces me fijé que bajo un galpón detrás de la cocina había dos autos.
—Ya... —mentí; además no tenía hambre.
—¿Qué gusta tomar? —con una seña graciosa, apuntando a los sillones del portal, agregó—: Puede dejar allí su gabán.
Yo no supe qué hacer a continuación. Pensé que si preguntaba por Simone parecería un necio. La chica no dejaba de mirarme, aguardando mi respuesta. Del pasmo vinieron a sacarme unas voces cantarinas, obviamente de mujeres, y con cierta autoridad le pedí a la muchacha un vaso de agua. No me atreví a volverme hacia el portal. Los hielos y el esfuerzo que hacía tratando de enterarme de la conversación de las mujeres me produjeron un ligero dolor en el cuello y la garganta. De pronto oí sus pasos apresurados y luego las sentí salir por el lado del galpón. Yo había entendido que una de ellas se iba, lo cual confirmó enseguida el rugido de un motor muy revolucionado. Entonces sentí pánico porque en breves instantes estaría yo solo frente a Simone.
—¡Ah, mi amiga Patsy! —pronunció mientras su pie derecho tocaba el escalón de la cocina. Llevaba un vestido a cuadros, de colores alegres, casi tornasolados. No imagino la expresión de mi rostro ante la silenciosa luz de su presencia. Me había intimidado su tono confianzudo. Como si yo supiera quién era su amiga, como si tuviera que recibir explicaciones, como si ya nos hubiéramos saludado desde hacía horas—: Me cayó de improviso. ¡Así es! Pero tenía que oírla... Otra vez en pleito con su galán —me puso las manos sobre los hombros, me miró a los ojos antes de decidir cuál de mis mejillas besaría primero—. ¿Estás tomando agua? ¿No prefieres unnn whisky? —sin darme oportunidad de responderle, me acorraló—. ¡Por lo menos una cerveeeza!
—Un whisky pero sin hielo —de un solo golpe dije lo que se me ocurrió en ese instante para no tartamudear.
Me hizo seguirla a los sillones. Por nuestra conversación Alicia entendió la orden y no tardó en acercarnos un servicio completo: los vasos servidos, la hielera, soda y cacahuates.
—¡Salud! Mmm... Aunque uno no le ponga hielo al whisky siempre da frío. Para mí que el whisky está relacionado con el mal humor ¿no crees? ¿Cuándo has visto un borracho inglés que no lance maldiciones?
—Nunca...

—Sí, pero cuando se limita a una sola copa, refresca y relaja —mientras bebía saltaba los ojos por encima de su vaso; sus miradas eran una sonrisa y una bienvenida—. ¿Quieres que te muestre la quinta? ¿O nos esperamos hasta mañana? Como tú quieras...
Yo sentía que bajaba por un río hacía una catarata. Ambas orillas me atemorizaban, no conseguía decidir en cuál de las dos detenerme. Por un lado, Simone me hablaba como si nos conociéramos de toda la vida, pero de otra vida porque ninguna referencia hacía a la universidad o las pocas cosas que sabíamos comunes; además me hablaba de sus amigos y sus padres como si fuéramos íntimos. Por otro lado, Simone aparecía ante mí como una absoluta desconocida, y sentí que su afabilidad trazaba tenazmente entre ambos una enorme distancia. Me previne de caer en la melancolía diciéndome que al menos de la visita a la quinta me resultarían unas vacaciones pagadas. Resolví pasármelo bien, descansar, no pensar en nada ni alentar fantasías.

Pero mi torpeza y mi impaciencia no tardaron en querer probar a Simone. Sin venir a cuento le pregunté cómo había salido en las evaluaciones finales. Calló de pronto. Lamenté haber desviado su fluida conversación. Entonces reconocí que sus anécdotas eran simpáticas e interesantes.
—Salí bien —y reelaboró su sonrisa—. Menos en una materia.
—¿Cuál? —dije estúpidamente.
—¿Sabes? No te lo había dicho. Precisamente para esa materia había yo pensado en consultarte, pero me daba pena interrumpirte cuando te encontraba leyendo en la biblioteca o en los jardines.
No supe qué decir y más estúpido me sentí.
—Pero ya no importa. Éste fue mi último curso. Nomás espero tener el diploma en mis manos. Yo odio ir a la escuelita ¿sabes?... —con enorme gracia pasó a detallar su aversión a la Facultad, a imitar a los profesores y al decano. Yo me solacé en pensar que había logrado comprobar que Simone era Simone. Como si esto significara un triunfo, me acomodé mejor en el diván. Había anochecido. Los guiños de las luciérnagas y la ausencia de viento me hicieron imaginar la temperatura de la oscuridad. Pensé que sería muy agradable sentir su cálido abrazo junto con las formas de Simone. Deseé que ambas apapacharan mi cuerpo desnudo—. ¿Te aburro? No, ¿verdad?
—Claro que no, por favor sigue.
—Mira nada más: ya se nos hizo de noche. Aunque, si quieres, podemos dar un paseo por el pasto. Ooo... supongo que la cena ya estará lista. ¿Quieres que veamos qué preparó Alicia?
—Yo estoy bien.
Entonces se levantó. No era alta. Supongo que se habría teñido el pelo porque le brillaba acariciantemente con tonos rojizos. Caminaba de puntas, lo cual acentuaba el volumen de sus nalgas a cada paso. Desapareció por la cocina y casi enseguida volvió con una botella en la mano. Abrió la primera puerta del corredor después de la de la cocina y desde el umbral me miró:
—¿Te gusta el rioja? —en la otra mano llevaba un tirabuzón—. ¿Me ayudas a abrirlo?
Coloqué junto a las copas la botella descorchada.
—Ven, mientras el vino respira te voy a decir cuál es tu habitación. Te escogí la más grande, con chimenea y dosel.
Al acompañarla en su recorrido por los portales del casco de la quinta me di cuenta de que había muchas recámaras; sin dificultad pude imaginar que estaba en un hotel secreto y casi lujoso. Frente a la puerta de mi habitación había una fuente desde cuyo brocal acechaban el agua varias ranas de barro, piedra o plomo, algunas ya muy despintadas. El cuarto, en efecto, me pareció amplio y agradable. La iluminación indirecta, la sobria elegancia de los muebles y la cama enorme me hicieron sentir como un duende en un castillo.
—Es bonita ¿verdad? —le respondí con un movimiento de cabeza—. Si te da frío, que no creo, allí en ese armario hay otro edredón. O si quieres le puedo pedir al señor Arturo que prenda la chimenea.
—Gracias, creo que no es necesario.
Me entregó una llave grande y fría a pesar de que la había traído en la mano todo el tiempo. De camino al comedor, sin detenerse, señaló una puerta:
—Y esa es mi habitación.
Creo que ella no esperaba una respuesta, pero mi silencio me sofocó al precipitarme a pensar que había una intención ambigua en las palabras de Simone. ¿Por qué tenía yo que saber dónde dormía? Tan concentrado estaba en mis especulaciones que no me percaté de que la mesa ya estaba puesta. Al cabo del primer brindis Simone se dirigió a un extremo del salón.
—¿Ponemos musiquita? —me obsequió una sonrisa arrobadora.
Una punzada en el pecho me hizo reconocer que ya estaba a su merced. Y esto me producía sentimientos contradictorios. Yo había venido por ella: ¿por qué me atemorizaba y encolerizaba sentir su disposición al acercamiento? Quizá temía que a final de cuentas me rechazara. Se me ocurrió también que yo la odiaba porque me aceptaría.

Llamó a Alicia sólo para que me hiciera saber que comeríamos chamberete de res en salsa de nueces. Simone comió con apetito y cierta prisa. A excepción de una frase elogiosa para Alicia, no dije nada más a lo largo de la cena. La hora, el cansancio, la comida y el vino me suspendieron en un dulce sopor que se alimentaba nada más que de la voz de Simone. Como si sus palabras fueran imágenes vine a enterarme de la extensión de la quinta, de las tierras cultivables, de quién la había fundado, de los viajes de sus padres y de que había tenido un novio. Cuando Alicia apareció para recoger la loza, y aunque no nos habíamos terminado la botella de vino, vi que Simone estaba achispada. El arco árabe de sus cejas brillaba un poco menos que sus pupilas exultantes. No sé por qué pensé en una ramera. Enseguida me sentí culpable y solo; y mezquino por no permitirme la dicha nada simple de estar junto a Simone.
—Mmm —Simone se había cruzado los labios con el índice derecho—. Y ahora ¿qué te parecería una copita de anís?

Nomás de olerlo me invadió tal paz que me hizo sentir inocente y bueno. Nunca me había detenido a degustar las potencias del anís. Con la segunda copa emergió algo parecido a la lujuria pero concentrada por el rayo del licor en una consciencia casi mística de mis sentidos. En algún punto cristalizado de mi cuerpo fulguraban la música, la calidez, el sabor y la vibrante figura de Simone. Cuando se me ocurrió servir otra copa, ella se me acercó:
—Creo que estoy siendo muy desconsiderada contigo... Las horas de viaje y lo que batallaste para dar con la quinta... Creo que ya quieres descansar ¿verdad? —la noté sinceramente afligida—. Ni siquiera te di tiempo de una ducha... ni nada.
—No te preocupes, yo estoy bien y... —entonces a mí me pareció imprudente no haberme ido a dormir antes—. Aunque... quizá quien quiere descansar eres tú... Perdona...
—No. Nada de eso.

Para romper esta situación desatinada resolví levantarme y darle las buenas noches. En parte por torpeza y en parte porque quería, le di un beso en el pómulo y me despedí.
La cama era más que confortable. Me metí desnudo a las cobijas; dejé encendida la lámpara del buró para no sentirme tan solo y contrarrestar esa sensación que a menudo me visita de ser una persona absurda. Inconscientemente comencé a manipular mi sexo. Tal vez por inseguridad no me atrevía a elaborar fantasías sexuales con Simone. Mientras escuchaba a los grillos roer la oscuridad pensé en una novia que tuve a los dieciocho; yo deseaba que nos casáramos. Un día, ya presintiéndolo, después de nuestro diario paseo me dio un sobre. No pude evitar emocionarme; acostumbrábamos intercambiar cartas para decirnos que nos queríamos y otras cosas a lo mejor sin importancia pero que no nos atrevíamos a comunicarnos oralmente.
—No lo abras hasta que llegues a tu casa —me dijo.

Yo le obedecí y me sentí doblemente humillado porque mi madre me sorprendió llorando. Con argumentos más líricos que inteligibles ella me decía que nuestra relación no podía continuar. A cambio me ofrecía que fuéramos amigos. Por algo más que orgullo rechacé su amistad y en secreto comencé a odiarla. Y este sentimiento me autorizó la alegría cuando supe que el hombre por el que me había cambiado ahora la abandonaba a ella y además la dejaba encinta. Un año más tarde conocí a otra mujer de la que me enamoré con igual arrebato. Y casi no podía creer que con ella me sucedió exactamente lo mismo que con la anterior, hasta en los detalles: la carta, el dolor, el embarazo y mi alegría.

Desde entonces no me había vuelto a enamorar. Interrumpió mis recuerdos una tos que sonó muy cerca de mi puerta. La fuerza del subsiguiente carraspeo me permitió inferir que aquel era el señor Arturo, quien además de jardinero era el velador de la quinta. Después de un rato se me ocurrió dar un paseo por el jardín, pero me abstuve de ello porque me pareció un acto injustificado y extravagante. Logré quedarme dormido cuando la temperatura había bajado sensiblemente.

Fresco y descansado salí de mi habitación a las once de la mañana. Me encontré a Simone leyendo en los portales. Echada sobre sus piernas encogidas, me miró acercarme: ya cuando me encontraba a unos pasos de ella saltó del sillón: sus pies descalzos rozaron de puntas las baldosas. Llevaba una minifalda blanca que resaltaba la aceitunada desnudez de sus piernas.
—En la cocina hay café y jugo de naranja —me dio un beso en la mejilla—. Y fruta, si quieres.
En cuanto me vio, Alicia me preguntó qué deseaba desayunar. Luego quiso saber si apetecía algún platillo en especial para el almuerzo.
—No, cualquier cosa que usted cocine será magnífica.
Cuando volví a los portales Simone me entregó un sombrero de jipijapa.

—Quiero llevarte a conocer los alrededores. Por aquí cerca hay una laguna de aguas mansas. Podemos nadar si quieres.
Llevaba un sombrero igual al mío pero pequeño. ¿Cómo contradecir a tan deliciosa criatura? En menos de treinta minutos su auto nos condujo al sitio prometido por ella. En su bolso llevaba una botella de vino blanco —que puso a enfriar en la corriente—, dos copas en un estuche y un par de toallas que extendió en una roca lisa donde nos sentamos descalzos a mirar cómo el agua acariciaba nuestros pies. Al cabo de un plácido silencio Simone se irguió. Echó los hombros y el pecho hacia delante mientras sus brazos aleteaban detrás de su cintura y sus nalgas. Bajé la mirada a las perfectas uñas de sus pies, recién pintadas de bermellón. En un instante se quitó la blusa y la minifalda y se tiró a la laguna. Se zambulló varios segundos y emergió como a diez metros de donde me encontraba. Me hizo señas con la mano de que la siguiera. Entonces me di cuenta de que yo no llevaba traje de baño o un pantaloncillo para nadar. Creo que si Simone no hubiera traído bikini yo hubiera accedido a nadar desnudo. Por tímido, por apocado, por qué sé yo, no me atreví a sacarme la ropa y saltar al agua. Ante mi indecisión, Simone se aproximó a la roca: Anda, el agua está muy buena.
—No vine preparado...
—No importa. Salta.
—Es que tengo frío —al escucharme decir estas palabras me sentí ridículo y vulnerable.
Simone me hizo el favor de no insistir y yo desvié la atención a la botella de vino.
—Ya ha de estar a punto. Ábrela mientras me doy otro chapuzón.
Completó el periplo y como una nereida salió del agua. Se sentó en la roca y se apresuró a acomodarse el sombrero.
—Este es el momento más peligroso para el cutis —le lancé una mirada de interrogación—. Cuando la piel está mojada no se sienten los rayos pero el agua actúa como una lupa y aumenta los malos efectos sobre las células dérmicas.
—Mmm...
—Lo digo en serio, no te burles.
—Claro que no me burlo.
—Perdona —me inundó con su franca sonrisa—. No hay nada que más me horrorice, además de las arrugas, que el cáncer de piel. Debe una asolearse sólo en seco y protegida por un buen bronceador.
Le alcancé la copa de vino. En silencio, aunque hombro con hombro, nos dedicamos a mirar los pasos de las sombras. Simone descubrió unos pajarillos ocultos bajo los árboles. Vio que cada uno se colocaba debajo de la sombra de una hoja y milimétricamente avanzaba con ella.
—Se mimetizan. Algo similar nos había contado el profesor Antón. ¿Te acuerdas?... No, tú no tomaste su curso ¿verdad?
—No... Ni siquiera lo conozco...
Terminaríamos en la quinta la animada conversación que suscitaron los pájaros. Cómo se disimula uno ante el mundo y ante sí mismo. Dijo que una vez había estado muy enamorada y que no se dio cuenta de ello hasta que aquel hombre se fue. No sabe si por orgullo evitó llamarlo; además era amigo de su familia. Sin perder la sonrisa, terminaría contándome que nunca lo hizo y que eso había sido lo más cerca que había estado del amor.
Cuando se levantó para buscar las llaves del auto me pidió que condujera de regreso. La delicia inesperada de maniobrar su coche apaciguó mis inseguridades. Apenas entramos a la quinta le acometió gran somnolencia. Ya en los portales, le pidió a Alicia que la despertara para la cena y se retiró sin despedirse. Alicia me ofreció un emparedado y una cerveza. Me fui a fumar debajo del colosal árbol que preside la quinta. Más tarde me senté al borde de la fuente de las ranas. Fui tirándolas al agua mientras pensaba que anoche durante un instante había sentido que era inminente que Simone abriera la puerta de mi cuarto. Y apenas en este momento me animé a imaginar que entraría graciosamente en mi cama y mientras yo paseara mi nariz y mis labios de su ingle a sus pezones ella pronunciaría mi nombre. Que luego acariciaría mi sexo, demorándose maliciosamente en mis testículos, lamiéndolos hasta oír su voz cantarina y ronca: “Los tienes muy redonditos”.
Me reí como un tonto al lanzar la última rana a la fuente: no se hundía, era de goma. Me volví hacia la recámara de Simone. Entonces advertí que había oscurecido: en vez de las molduras de la puerta se distinguía un resplandor que escapaba por el umbral. Me sorprendió el croar de las ranas. Caminé a la habitación de Simone casi convencido de tener algo importante que decirle. Apenas toqué ella gritó que pasara.
—¡Ay, qué sueño me dio! Fue por el sol. Ya lo sabía, a mí me hace mucho daño asolearme.
Vi sobre el sillón su ropa y el bikini, en el piso la toalla. Inferí que estaba desnuda bajo las cobijas. Hizo unos movimientos muy curiosos para levantarse porque trataba de salir de la cama envuelta en la sábana. Al darme cuenta de ello le ofrecí ir al pasillo mientras se vestía.
—Espera —me dijo—. Te voy a pedir un favor. ¿Mientras me ducho podrías traer un par de cervezas?
Alicia ya había puesto la mesa. Al verme pasar preguntó qué vino quería yo que se sirviera. Me atreví a responder que ninguno, que no cenaríamos. Encontré a Simone ya vestida; había tendido la cama y recogido la ropa. Al acercarme me cautivó su efluvio: gravitaba entre el aroma de un vino y el de una colonia. Me pareció una mujer que uno puede comerse y acariciar al mismo tiempo. Le alcancé la botella de cerveza. Encendió un cigarrillo. Abrió la ventana, y frente a ella nos acomodamos en unas butacas que yo no había visto.
Bajo su perfil distinguido, la mirada abierta y el cuello grácil alcancé a descubrirle, más por empeño que por azar, un airecillo de vulgaridad en la casi imperceptible violencia al pronunciar frases como “por supuesto” o “ya lo sabía”, emanada de un dolor no purgado aunque evidente al darle largas y embebidas pitadas al cigarrillo. Y sentí rabia e insignificancia por no poder ni saber resarcir de su pena a esta mujer. Como si adivinara mis pensamientos algo mencionó del novio que se había ido. Enseguida experimenté un regusto amargo que se regodeaba en la idea de que a pesar de ser muy hermosa y engreída, un hombre la había abandonado.
En ese momento centré mi atención en el fragmento de ella que más me seducía y me enamoraba. Aunque era más bien esbelta, me resultaba irresistible su vientre ligeramente abultado. Y había sentido un poderoso impulso de postrarme ante esa perfecta curva cuando estábamos sentados en los sillones de los portales la primera noche. Sí, ella era como un horno de pan. Un sitio en donde yo podría meterme y resguardarme de los fríos de la vida. Una caverna en penumbras, cálida y perfumada donde en algún recodo me encontraría con la verdadera silueta de su materia. Entonces, durante un largo abrazo fraguaríamos la creación de nuestro verdadero cuerpo. Y en ese mismo horno que era ella pondríamos a cocer la masa tierna con que se hacen las galletas que son todos los hombres. Y de pronunciar al mismo tiempo su nombre y el mío surgiría un silencio afinado, la palabra impronunciable que desde lejos parece la llama que se consume en las aguas del vacío.
—Simone: eres una cascada que se diluye en mi boca.
Mis palabras la contrariaron, y aún más porque me acerqué a ella. Se levantó de golpe y se sentó en la cama. La seguí sin titubear. Ya junto a ella nuestras narices casi se tocaban. A punto de besarla me tomó de las manos:
—Dime una cosa —en su mirada había urgencia—. En una pareja donde él es guapo y ella fea ¿qué sería preferible?: ¿tener un niño o una niña?
Cual si se tratara de una cuestión de lo más oportuna, me esforcé por dar una respuesta a Simone.
—Quizá una niña...
—¿Por qué? ¿Cómo vas a querer una niña fea?
—No sería fea: las mujeres heredan los genes del padre.
Mi respuesta pareció convencerla.
—Y si fuera al revés, que ella fuera hermosa y él feo, ¿qué preferirías?, ¿tener una niña o un niño?
Ahora me desconcertó la idea de que ella estuviera hablando de nosotros. ¿Por qué mencionaba lo de tener hijos? ¿Eso esperaba de mí?
—Pues una niña, también...
—No, eso no es lógico...
—Sólo en apariencia. Las mujeres muy guapas son la excepción: heredan la belleza a sus hijas. Toda mujer guapa tiene una madre guapa: las mujeres transmiten la belleza de la especie.
—¿Y los hombres...? No me vayas a decir que la inteligencia... —sofocó su risa con la mano—. Bueno, a ver, dime: ¿qué sería preferible dado el caso de que él fuera guapo y ella también? Muy guapos los dos...
Sólo porque me contuvo la reflexión de que mi broma le parecería de mal gusto, no le respondí que ése era nuestro caso. Me reí y dije que un niño.
—¿Estás loco? ¿También eres de los que creen que lo mejor es para los hombres?
Entonces sentí un nuevo impulso de besarla. Que nos acomodaríamos perfectamente, sin desesperación, como si no fuera ésta la primera vez. Imaginé que el final del beso sería también como el final de una ceremonia... Sin ofuscamiento me levanté de su lado...
Nos demoramos en una mirada de ternura, casi asexuada. Serenamente volví a mi recámara. Ya bajo las mantas, me concentré en reimaginar aquel beso; la forma de sus labios, la consistencia de su lengua, su aliento... Desde hacía mucho yo pensaba que los besos demuestran que el centro y raíz del ser material, la base y el manantial de la carne es la boca. Me quedé dormido. Y nada me pareció más voluptuoso que nos encerraran a los dos en un solo sarcófago, desnudos. Nos despierta la irrupción de una mano enorme que nos arrebata de la Tierra. Vamos volando envueltos por ella, suave y cálida. Veo que nos va a depositar en un vaso. Al tocar el fondo nos lastimamos y comienzo a llorar porque veo que estamos en una licuadora. La ingente mano nos rocía con alguna especia, algún sazonador que se adhiere a nuestra piel y nos despierta la lascivia. Y justo cuando voy a penetrar a Simone la mano enciende la licuadora. Sin perder la conciencia de mí mismo me siento un caldo de su sangre y la mía. Es grumoso, en la superficie flotan trozos no bien molidos. No tengo miedo, oscuramente sé que se erguirán de nuevo nuestros cuerpos, para entonces multiplicados. Estamos ella y yo, aturdidos; los otros cuerpos no son nuestros hijos; somos también nosotros, aturdidos...
Por la mañana el señor Arturo llamó a mi puerta.
—Oiga, que dice la señorita que ya está servido el desayuno.
Eso me alegró y me dio prisa por ver a Simone. Salí sin ducharme, encandilado con la posibilidad de volver a la laguna. Me saludó su mirada brillosa. Le di un beso en la mejilla que me produjo tristeza.
—¿Qué opinas de lo que te dije del whisky? —no pude evitar una expresión desconcertada—. ¿No tengo razón?
—¿De qué? —sentí que mi pregunta resultaba descortés pero en verdad no entendí a qué se refería.
—De lo que te dije... que pone de mal humor.
—Pero ayer no tomamos whisky...—mi espontánea respuesta me confundió al punto de tartamudear la última palabra.
Ella se rió de buena gana.
—¿Qué quieres que hagamos hoy? Yo había pensado en mostrarte la barranca... Los árboles que se ven desde aquí no dejan siquiera sospechar que hay un enorme abismo que por aquel lado aísla terriblemente a estas tierras.
—¿Las aísla de qué?
—Pues de nada... quiero decir que hacia allá no se puede ir muy lejos —comprendí que ya había tomado la decisión de que fuéramos—. Aunque no se ve, se oye la cascada que cae del otro lado...
No lograba imaginarme ese sitio. Borrosamente pensé que sería incómodo e incluso peligroso. Y aumentaron mis dudas cuando ella dijo que iríamos caminando. Sin embargo no tardé en sentir el apacible efecto de las flores silvestres, el viento suave, unas mariposas extraviadas. Nos sentamos en una roca manchada de líquenes. Simone empezó a descubrir formas:
—Mira: aquí hay una virgen... Y esto parece un halcón con las alas extendidas...
Súbitamente empecé a ver yo también figuras en la piedra.
—Aquí hay un hombre y una mujer, ¿los ves? —me concentré en la mancha que señalaba mas no lograba distinguir lo que ella veía; por un momento me pareció ver dos siluetas humanas, de pie, caminando una tras otra, pero antes de que yo hablara ella apuntó—: ¿Los ves? Están haciendo el amor...
Me perdí tratando de interpretar sus palabras. Me miró a los ojos, divertida:
—Eres un tonto...
Me sentí enojado, y como un estornudo se me salió decirle que amar me era imposible. Que yo no era un hombre, un ser humano.
—Lo supe desde que te vi en la Facultad —me respondió con franca sorna—. Pero yo puedo ser lo que tú quieras; marciana, si quieres —soltó una carcajada—. Perdona, pero es que te lo tomas muy en serio... tus ideas.
Aunque era claro que no había dicho aquello con la intención de molestarme, continué el paseo en hosco silencio. No pude evitar que me saliera una risa ahogada cuando se me acercó.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —sentí que le decía que sí con los ojos—. ¿Qué animal te gustaría ser?... A mí me gustaría ser vaca. Ser de esas vacas que logran envejecer, que han parido muchos novillos, toros negros y malos, de esas que han alimentado con su leche a todos los niños del pueblo...
Cuando regresamos dio órdenes de que prepararan su auto. La miré en espera de una explicación, que nunca llegaría. Una vez que el señor Arturo se retiró, Simone me dijo:
—Tú me gustas porque eres tierno.
Fingí que no me sorprendían sus palabras porque me sentí avergonzado. Entonces pensé que a mí me gustaría ser un perro, de esos grandes, bravos y leales que aúllan hasta morir cuando han perdido a su amo.
Esbocé una parca sonrisa cuando me pidió que la acompañara a llevar un baúl a su auto. Me pareció que estaba vacío y más de una vez lo moví con el pie durante el rato que estuvimos conversando antes de que se marchara. No sé cómo vino a cuento que le mencionara un recuerdo de mi infancia. Se refería a mis padres, que no se habían querido. Él era celoso y mi madre orgullosa. Mi hermana ya se había casado cuando ellos finalmente se divorciaron.

No supe a dónde había ido Simone. Me demoré en el jardín más allá de la hora del frío. Jamás la interrogaría al respecto. Desde mi insomnio en la cama la escuché llegar casi de madrugada. Llamó a mi puerta a las nueve; no parecía desvelada. Desayunamos en el fondo de un silencio de vidrio. Me había sido inevitable pensar en un amante y ahora creía que ella me buscaba temprano para que yo no sospechara. A causa del imaginario juego de fuerzas en que me desgastaba yo le había dicho a Simone en algún momento de la tarde anterior que tenía planeado irme mañana de la quinta, es decir hoy. Me quemé la lengua con el café, y eso me sirvió de pretexto para moldear un gesto de mal humor. Supuse que en cualquier momento soltaría una frase en alusión a mi partida, que estaba de acuerdo con ella. En auxilio de mí mismo me abstraje en saborear el pan dulce.

Simone cruzó los brazos sobre la mesa, y casi me volvió la alegría al mirar cómo la presión redondeaba aún más sus senos.

—Cómo tú quieras... —lo dijo de buen talante, aunque no dejaba de interrogarme con sus ojos. Por un momento creí que en su mirada había desolación, pero enseguida me pareció que me lanzaba un desdeñoso reproche por mis celos injustificados.
Cuando me fui de la Quinta Margarita comencé a llorar en el cruce de la carretera. Me aturullé tratando de secarme las lágrimas al descubrir en su sitio al policía. Oculté el rostro bajo el ala del sombrero de jipijapa que Simone me había regalado... Aceleré, consciente de que aún podía regresar, ella había dicho que estaría allí todo el verano.

González Suárez. Autor, entre otros de El libro de las pasiones y De la infancia, ambos publicados por Tusquets Editores.



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx