La relación que existe entre la literatura y el alcohol
tiende a superar a sus comentaristas. ¿Por qué escriben
los borrachos? ¿Es la literatura un síntoma más
del alcoholismo? Estas páginas recorren, en todo caso, momentos
culminantes entre los escritores aficionados a beber fuerte y los
destellos de las frases con que describieron su fascinación.
Levante su copa el lector.
El vino, el
licor, el trago, o sea todos esos fermentos de frutos y cereales
que alteran la percepción, son parte de una amplia farmacopea
que el hombre ha utilizado —desde que vive en sociedad—,
para celebrar sus alegrías o calmar sus ansiedades. Por lo
menos así lo registran los vestigios de vida cotidiana que
reposan en los museos del mundo. Copas del más variado diseño,
botellas y alambiques testimonian que desde hace miles de años
la humanidad se emborracha con lo que puede. En Dinamarca se encontró
un recipiente de la Edad de Bronce, que contenía los restos
de una bebida hecha de la fermentación de cereales. “Para
obtener una tosca cerveza —dice Antonio Escohotado—
basta masticar algún fruto y luego escupirlo; la fermentación
espontánea de la saliva y el vegetal producirá alcohol
de baja graduación”.
Las leyendas orales, los primeros versos conocidos, la Biblia y
otros libros de origen sagrado y ritual mencionan una y otra vez
la presencia de productos embriagantes en la dieta cultural de la
humanidad. “Ay de vosotros, los que os levantáis de
mañana a beber vino y llegáis a la noche ebrios de
vino” (Isaías, 5.11). Un cronista de América,
Waman Poma de Ayala, recuerda en el siglo XVI: “De como avía
borracheras y taquíes [danzas ceremoniales] y no se matavan
ni reñían; todo era holganza y hazer fiesta”.
El alcohol como uso ritual, como diversión o como recurso
de autoflagelación, tiene una larga lista de usos y costumbres.
Hacia el año 1000, Snorri Sturlusson, en su Saga de los jefes
del valle del Lago, se queja de que “los jóvenes desean
quedarse en casa, sentados junto al fuego, llenándose la
panza de hidromiel y cerveza. Por ello la valentía y el ardor
se hallan en plena decadencia...”. La religión católica,
pese a condenar el consumo del alcohol, incluye el vino en su ceremonia
principal para hacer a sus feligreses sangre y carne con su redentor.
La tradición griega tiene a Dionisio, que en la latina pasa
a llamarse Baco. Dos caras para la misma deidad de la borrachera.
El licor como rito sagrado de transformación personal tiene
una larga relación con la literatura. Malcolm Lowry, uno
de los autores fulminados por el alcohol, considera que “la
agonía del ebrio encuentra su más exacta analogía
poética en la agonía del místico que ha abusado
de sus poderes”.
En todo caso, sea como combustible de trabajo para algunos escritores
o ingrediente químico para memorables personajes de novela,
la lista de libros escritos bajo los vapores del alcohol o de ilustres
escritores beodos es tan larga como la propia literatura. Aunque
no cabe decir que literatura sea sinónimo de borrachera,
sí puede creerse que sin el vino y sus celebraciones tal
vez se habría perdido una buena parte del patrimonio literario
de la humanidad.
No todos los escritores son borrachos y muchos han llegado a cuestionar
moralmente el licor. Catulo, poeta y borracho declarado, cantaba
las glorias del vino pero también se burlaba del alcoholismo
de sus contemporáneos, y de sí mismo, en el siglo
I de nuestra Era. Boccaccio describió con palabras precisas
—“No hay nada que sea tan deshonesto que no pueda ser
contado con palabras honestas”— los placeres de la cama
y de la mesa así como la picaresca del siglo XIV en los cuentos
de su Decamerón, antes de sufrir una transformación
espiritual que lo llevó a renegar de esta obra. Tolstoi y
Chéjov despreciaron a los bebedores. Sin embargo, el proyecto
de libelo antialcohólico más célebre puede
ser el de Fedor Dostoievski (tahúr e hijo de alcohólico),
quien se propuso redactar un pequeño folleto en contra del
alcoholismo titulado Los borrachos y terminó escribiendo
Crimen y castigo, una de las novelas esenciales de la literatura
rusa del siglo XIX.
Cada literatura tiene su propia tradición alcohólica.
El vino fue compañía inseparable del dramaturgo Lope
de Vega, del poeta Francisco de Quevedo y, en general, de los escritores
del Siglo de Oro español. En su reciente saga sobre el capitán
Alatriste, Arturo Pérez-Reverte rinde homenaje al insigne
poeta bizco, espadachín, burlón, borracho y mujeriego
al dibujarlo en su ambiente natural de oscuros mesones y duelos
a muerte con acero desnudo. Del mismo modo, la poesía francesa
del XIX estaría incompleta sin Baudelaire y sin el licor
de ajenjo. Sin el whisky habría sido imposible la obra de
Malcolm Lowry, de cuyo relato “Cruzando el canal de Panamá”
son las palabras que dan título a este escrito. El irlandés
James Joyce también era adicto al whisky (“Mi reino
por un trago”, masculla Stephen Dedalus en alguna página
de Ulises) y Samuel Beckett, quien fue su secretario por un tiempo,
heredó su gusto por las altas aguas escocesas. Sin el ron,
a la obra de Ernest Hemingway le faltaría octanaje, y Robinson
Crusoe habría sufrido mucho de no haber sido por los tres
barriles de ron que Daniel Defoe le hizo salvar del naufragio.
El alcohol acompaña las cuitas de los personajes de la literatura
más a menudo de lo que sus autores deciden. Por eso, hasta
los escritores más insensibles ante la botella han abierto
sus páginas a algún borracho, en algún momento
de su carrera, para incluirlo en sus obras como personaje.
El
bar de los escritores
Resulta obvio que el vino sea la bebida más relacionada con
la literatura, porque después de la cerveza es una de las
más antiguas formas de la ebriedad conocida por la humanidad.
Lo probó Homero en el siglo VIII (a.C.), bajo la forma de
la retsina griega que también emborrachó a los amigos
de Lawrence Durrell en Corfú, antes de la Segunda Guerra
Mundial, según lo contó su hermano Gerald, biólogo
y humorista, quien hizo un amplio retrato de la familia Durrell
en varios de sus libros. Se sirvió con abundancia bajo la
forma de champaña en las fiestas en las cuales dilapidó
su fortuna Alejandro Dumas y con moderación en las escasas
visitas que recibió Marcel Proust, un autor que vivió
de noche y durmió de día.
La mayoría de escritores ha dejado una pequeña receta
para el gran catálogo universal de la ebriedad. Raymond Chandler,
el maestro de la novela negra y borracho profesional, dejó
la receta del gimlet en su más acabada novela: El largo adiós.
Escribió Chandler: “El verdadero gimlet está
hecho mitad de gin y mitad de jugo de lima de Rose y nada más.
Deja chiquito al martini”. A su vez Hemingway, en Islas en
el golfo, incluyó su propia receta del daiquirí, que
esencialmente consistía en eliminarle el azúcar. El
maestro Faulkner, cuya afición a la botella se materializó
en casi todos sus libros plagados de humo de tabaco y violencia,
nunca dejó de alabar, entre párrafo y párrafo,
el buen whisky de centeno, característico del sur de los
Estados Unidos. Claro que la mayor parte de las menciones corresponden
al whisky destilado ilegalmente; como denota su relato “Cuestión
de leyes”: “... no estaba dispuesto a permitir que ni
George Wilkins ni nadie viniera a la región en la que él
había vivido durante 45 años y se pusiera a hacerle
la competencia en un negocio que, desde sus comienzos, venía
trabajando cuidadosa y discretamente por espacio de 20 años;
desde que montó su primer alambique [...] No tenía
miedo de que George lograra robarle parte de su clientela de siempre
con aquella especie de bazofia para cerdos que había empezado
a fabricar hacía tres meses y a la que llamaba whisky”.
El ron, bebida de recios hombres de mar, pertenece con propiedad
a la literatura del Caribe, aunque en el siglo XIX emborrachó
a los piratas que acompañaron al Tigre de la Malasia en su
aventura libertadora narrada en muchas novelas de Emilio Salgari.
También a los marineros de Robert Louis Stevenson y a los
aventureros de Jack London. Hemingway, en El viejo y el mar, equipó
al viejo Santiago que luchó durante tres días con
el gigantesco pez devorado por los tiburones, con una pequeña
dosis de buen ron cubano. Esta maravilla isleña también
está presente, de manera discreta, en algunos pasajes de
Alejo Carpentier y bajo la forma de daiquirís y mojitos en
Tres tristes tigres, de Cabrera Infante. Una novela escrita a ritmo
de guarachas y boleros, y aceitada con muchas copas de variado grado
alcohólico. Lo cual no deja de ser una paradoja pues en la
época en que está ambientada, su autor era más
o menos abstemio. Por último cabe mencionar que el ron fue
cantado en la poesía de Nicolás Guillén y bebido
por los jóvenes juerguistas de las últimas páginas
de Cien años de soledad.
Existen bebidas regionales, que delimitan territorios literarios.
Tal el caso del pisco. Un buen ejemplo de su presencia es Conversación
en la catedral, de Mario Vargas Llosa, que es una de las más
largas bebetas de la novela latinoamericana, pues está situada
de principio a fin en un bar de Lima llamado La Catedral. “¿Cuándo
se jodió el Perú, Zabalita?”. El pisco está
presente en la obra de otros escritores peruanos como José
María Arguedas y en muchos cuentos de Julio Ramón
Ribeyro. Aunque el cuento alcohólico esencial para este último,
también bebedor y empedernido fumador (tanto que escribió
un libro titulado Sólo para fumadores), es Las botellas y
los hombres, un encuentro entre un hijo arribista y su padre calavera
durante el cual viven una larga borrachera de patético final
que empieza con cerveza, sigue con pisco y termina con “champán”.
Otra bebida andina, la chicha, está presente en la obra de
Jorge Icaza, de Arguedas y de Manuel Scorza. También acompañó
las noches de bohemia pueblerina de Julio Flórez, el Jetón
Ferro y otros poetas que escamparon de la guerra de los Mil Días
en las chicherías donde se reunía la Gruta Simbólica
a declamar los chispazos y versos festivos que caracterizaron la
literatura bogotana de comienzos del siglo XX: literatura de borrachos
pueblerinos. En el caso del ecuatoriano Icaza, la chicha, el aguardiente
y la cerveza son un recurso dramático para hundir a sus personajes,
como el chulla Romero y Flórez, en el fondo de la desesperanza
social donde habitan. A diferencia de Lowry, que considera la saga
alcohólica una elección individual, Icaza recurre
al alcohol como a un látigo para fustigar la miseria de la
cultura andina.
Horacio, en Rayuela, ofrece vino francés “de la casa”
a los clochards junto a los puentes del Sena. Y con sus amigos del
“club de la serpiente” lo consume con generosidad. Luego,
en Buenos Aires, con Traveler y Talita, sigue bebiendo vino argentino
para matizar tanto mate. Más al sur de los Andes, en El lugar
sin límites, de José Donoso, la Japonesita y la Manuela
le sirven vino chileno a don Alejo en un prostíbulo perdido
en medio de los viñedos de la región vinatera austral.
O más exacto sería decir en medio del infierno, el
lugar sin límites.
Cerca de este sitio, entre la tierra y el cielo, está Jorge
Luis Borges, un autor cuya obra está llena de personajes
que beben y sin embargo dejan la sensación de que para el
autor no es un elemento de interés sino sólo un recurso
más de su juego literario. Son cuentos habitados por cuchilleros
y borrachos que beben “copas”, beben “ginebras”,
toman “cañas”. Como los hermanos Nilsen, de “La
intrusa”, borrachos, pendencieros y asesinos pasionales, que
matan a la mujer que comparten para no dañar su relación
filial.
Es que en el amplio bar de los escritores todo cabe, todo vale.
Otras
voces, otros tragos
De las bebidas de otras latitudes podemos mencionar el vodka, que
inspiró a Dostoievski y produjo repulsa al médico
y cuentista Antón Chejov: “El ruso es un cerdo —escribió
éste mientras viajaba a la isla de Sajalin, en 1890—:
si le preguntan por qué no come carne ni pescado, lo achaca
a la ausencia de transporte. Sin embargo se encuentra vodka hasta
en los pueblos más apartados de Rusia, y en la cantidad que
a usted le plazca...”.
La cerveza, la bebida alcohólica más antigua del mundo,
tiene un amplio listado de escritores adictos a ella. Empezando
por los japoneses, quienes beben una variante de la cerveza que
no tiene gas ni hace burbujas: el sake. Mishima, Oe, Tanizaki o
el medio británico Kazuo Ishiguro hacen brindar una y otra
vez a sus personajes con este fermento del arroz. Obviamente entre
los autores cerveceros hay que citar a Günter Grass, aunque
en sus libros éste parece más inclinado al aguardiente
alemán. Baudelaire la odiaba: “Se trata de una bebida
extraída de los excrementos de la ciudad”, pero en
cambio a Ernst Jünger (alemán también) le gustaba
recordar el lema de una embotelladora: “La cerveza vuelve
la sed agradable”. Y Rousseau en su Emilio le acreditó
diversos beneficios para la salud: “Ese hombre nunca ha bebido
otra cosa que cerveza corriente; siempre se ha alimentado con verduras
y nunca ha comido carne, salvo en ciertos banquetes que ofrecía
la familia. Al presente tiene 113 años, oye perfectamente,
tiene buen aspecto y camina sin bastón”. En la literatura
contemporánea la cerveza aparece en abundancia (y enlatada)
en esos moteles baratos y bares de mala muerte frecuentados por
los personajes de Raymond Carver y Richard Ford, los más
destacados autores de la reciente “literatura de garaje”.
Entre la larga lista de tragos regionales cabe mencionar el aguardiente
colombiano, cuyo más destacado proveedor literario es el
antioqueño Manuel Mejía Vallejo. Sus personajes lo
consumen con el mismo entusiasmo con que su creador solía
hacerlo. Jairo, en Aire de tango, bebía un trago de aguardiente
antes de lanzar sus certeros cuchillos directo al pecho del enemigo.
Las puntas ecuatorianas, un destilado de caña (alcohol al
56%) fermentado con cadáveres de gallinas y patas de vaca,
aparecen, junto con la chicha, en Baldomera, de Alfredo Pareja Diezcanseco
y otras novelas ecuatorianas. El tequila tiene un amplio catálogo
bibliográfico, que va desde Los de abajo de Mariano Azuela
hasta Bajo el volcán, aunque, como recuerda Vicente Quirarte:
“La Revolución no bastó para que el tequila
se impusiera como bebida nacional. Los amigos de Ramón López
Velarde bautizaron el estreno del vate como cronista con una botella
de coñac. En su novela Las batallas en el desierto, ubicada
en pleno despliegue alemanista, José Emilio Pacheco subraya
la urgencia de la clase media por acudir a bebidas extranjeras y
“blanquear el gusto de los mexicanos”.
Cada país, cada literatura moja su pluma en botellas de licor
marcadas por aromas distintos, pero todas regidas por el mismo principio:
el de explorar el alma del individuo.
Combustible
literario
Cada escritor tiene el trago que se merece. El vaso que acompaña
sus cuitas de amor, sus momentos de depresión ante la incapacidad
de iniciar una nueva novela, la celebración de un nuevo contrato
o algún premio literario. El licor, en una u otra forma,
siempre está junto a los escritores: como inspiración,
como evasión o como diversión.
Entre aquellos con vocación para escribir bajo los vapores
del alcohol se destaca John O’Brien, autor de Leaving Las
Vegas, novela sobre un borracho que decide morir desocupando botella
tras botella. O’Brien, en la vida real, ayudó al alcohol
a cumplir su mortífera labor pegándose un tiro. Pero
el más destacado, sin duda, es Malcolm Lowry, quien no sólo
llevó a cabo su obra borracho sino que elevó a categoría
estética, en Bajo el volcán, su novela más
conocida, la larga borrachera del cónsul de Cuernavaca. Algún
acucioso investigador literario hizo una relación de la diversidad
y el número de tragos consumidos en esta novela, que es una
obra de culto entre lectores y escritores del mundo entero. En ella
se consumen todos los tragos occidentales, vodka, gin y whisky.
Abundantes cantidades de tequila —“sabe a agua oxigenada
o gasolina”, dice alguno de los personajes que dialoga con
el cónsul mientras lo beben acompañado de sal con
chile anaranjado— y diversas variedades de mezcal, la brava
bebida mexicana que puede producir entre bebedores poco expertos
alucinaciones y otras variantes psicodélicas. “El mezcal
de México es una bebida infernal —dice Lowry en carta
a su editor—, pero es, no obstante, una bebida que usted puede
adquirir en cualquier cantina, más fácilmente, me
atrevería a decir, que el whisky en esos días en nuestra
vieja y querida Horseshoe.”
Aunque la embriaguez, el equívoco y la vida maldita fueron
expresión del romanticismo de Shelley, Byron y demás
colegas de fines del siglo XVIII, en realidad el protagonismo de
los escritores borrachos, alcohólicos y perdidos vino a darse
con el proceso de industrialización del siglo XIX. Un ejemplo
típico es el de Edgar Allan Poe, quien murió víctima
del delirium tremens en la puerta de una taberna. Charles Dickens,
el cronista de la miseria urbana, hizo un retrato más bien
patético de esos desalmados personajes abusadores de niños
en Oliver Twist. Emile Zola, a su turno, presentó la brutalidad
del proletariado víctima del vino y la explotación
patronal en Germinal.
Resulta curioso mencionar que la palabra “anarquía”,
que algunos comentaristas de libros relacionan con la vida de los
escritores bohemios y borrachos, no tiene nada que ver con la realidad.
Como nos recuerda Hans Magnus Enzensberger en El corto verano de
la anarquía, los anarquistas eran personas de hábitos
muy regulares, con compañeras o compañeros fijos y
casi cero alcohol en su vida, el vino sólo era para cenar
y poco más. Así que entre el anarquismo y la dipsomanía
no existe relación alguna.
Otra cosa es ir contra la corriente, o lo que hace unas décadas
se llamó contracultura. El ajenjo, un licor que caracterizó
la contracultura del siglo XIX, fue adoptado por poetas como Baudelaire,
considerados malditos por la academia, que veía en las aberrantes
costumbres del poeta un delito contra la tradición cultural
francesa: “Nada puede igualar, oh botella profunda,/ el penetrante
bálsamo que tu panza fecunda/ guarda para el poeta de las
piadosas voces”. A esta generación de “flores
del mal” pertenecen poetas como Verlaine y por supuesto el
más maldito de todos, el joven Rimbaud que escribió
(bebiendo y mucho) su obra completa de un tirón y después
se fue a traficar armas, marfil y toda clase de mercancías
ilegales al África.
Otra generación bañada en el alcohol industrial fue
la que Gertrude Stein bautizó como la Generación Perdida.
El grupo de Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Ford Maddox Ford
y muchos otros que utilizaron el París de entreguerra para
vivir de las ventajas del cambio de moneda y absorber el bagaje
cultural que no existía en el provinciano Estados Unidos
de la primera mitad del siglo XX. En uno de los cuentos de París
era una fiesta, Hemingway refiere que cuando trabajaba en su hotel
de Montmartre “guardaba una botella de kirsch que trajimos
de la montaña y echaba un trago cuando se acercaba el fin
de un cuento o el final de una jornada de trabajo”. Sin embargo,
fue Scott Fitzgerald el más destacado borracho de este grupo.
Murió a los 46 años, víctima de un paro cardiaco,
en Hollywood, mientras trataba de reanudar su fallida carrera de
guionista cinematográfico. Estaba borracho al momento de
morir.
Después de este grupo siguió la generación
Beat de la posguerra. Escritores que comenzaron a probar toda clase
de embriagantes y estimulantes. Allen Ginsberg, Jack Kerouac o William
Burroughs abrieron otra dimensión a la embriaguez y los estímulos
a la percepción. Si bien se iniciaron con estimulantes bélicos
como la benzedrina o la anfetamina, y fueron de los primeros experimentadores
con el ácido lisérgico, siempre y sobre todas las
cosas, se distinguieron por ser un grupo de ebrios militantes del
alcohol en todas su variedades.
El patrón supremo, Jack Kerouac, el más destacado
narrador de la generación Beat, hizo una abundante obra literaria
de tumbo en tumbo. Fue tan prolífico que escribió
una novela, Del campo y la ciudad, en un largo rollo de papel para
no perder tiempo con el cambio de hoja. Cuando mecanografiaron el
rollo de manera normal dio una extensión de casi mil cuartillas.
Su vida fue una larga borrachera ambientada por los sonidos originales
de una música que influiría en todas las generaciones
posteriores: el jazz interpretado por otro famoso borracho: Charlie
Parker, sobre el cual —para completar la simetría—,
Cortázar escribió su conocido relato “El perseguidor”.
Jack Kerouac falleció de una manera típica para un
alcohólico: una hemorragia interna producto de la ruptura
de las venas del esófago que no pudo ser controlada pese
a las 17 transfusiones que le hicieron.
Muerte parecida tuvo el irlandés Dylan Thomas, uno de los
grandes poetas irlandeses de este siglo y conocido borracho. Murió
en Nueva York, en el legendario Chelsea Hotel (habitación
206), antes de un recital, víctima de un ataque cardiaco.
En este mismo hotel trabajó (borracho) O’Henry y murió
(bebiendo)
el poeta irlandés Brendan Behan. También bebieron
(y escribieron) durante diversas épocas Tennessee Williams
y Vladimir Nabokov. Por contradicción, el único que
no se mató ni se drogó y casi ni bebió en él
fue el padre de todos los vicios: don William Burroughs, quien opinaba
que el Chelsea Hotel “Parecía haberse especializado
en muertes de escritores célebres... [sin embargo] era un
hotel sin problemas, aunque pasaban montones de cosas... asesinatos,
suicidios, sobredosis...”.
Los hoteles son lugar favorito de los escritores para vivir, para
beber y para escribir. La lista es muy amplia y no caben sino unos
pocos ejemplos. En hoteles vivió Jean Genet y por supuesto
un impenitente borracho llamado Charles Bukowski. Hemingway escribió
en el Dos Mundos, de La Habana, y en el Crillon, de París.
En moteles pasó mucho tiempo Raymond Carver y en moteles
se desarrolló gran parte de la obra de Kerouac.
Después de este autor y de la generación Beat, se
desencadenó una frenética utilización de fármacos,
licores y productos para machacarse el coco que no encuentra fin
ni límite alguno. Desde los años sesenta hasta el
presente, la humanidad conoció más variedad de formas
químicas para disfrutar de la alteración de los sentidos,
que todas las culturas humanas anteriores. Por eso hoy la perdición
no tiene ese toque de genialidad que se le atribuyó en el
pasado. Ahora ser cocainómano o borracho no garantiza la
genialidad ni nada parecido.
Servir
a dos señores
Para escribir bajo los efectos de la ebriedad se necesitan condiciones
culturales específicas. Tal vez una de las muchas diferencias
entre el sistema de trabajo de los escritores anglosajones y los
hispanoamericanos es que mientras los primeros escriben en medio
de la resaca o en la turbulencia de la borrachera, los segundos
parecen necesitar que la ebriedad y el trabajo estén separados.
Lawrence Durrell, autor del Cuarteto de Alejandría, por ejemplo,
pese a su conocida capacidad para absorber alcohol, era capaz de
componer y dejar lista para imprenta una novela en siete semanas
de trabajo.
La energía para el trabajo, en condiciones alcohólicas,
es muy común en los escritores anglosajones, pues su educación
calvinista les impulsa a cumplir responsablemente con su cuota diaria
de palabras escritas sin importar el alto grado de alcohol que circule
por su sangre. William Faulkner tenía una habitación
pagada en un hospital de Memphis para recuperarse de sus periódicas
crisis de alcohol y de esta manera no interrumpir su trabajo, que
se hacía manteniendo la caldera a todo vapor mediante amplias
dosis de whisky de centeno.
Graham Greene es otro autor que podía recoger información
para sus documentadas novelas sin apearse de la botella. Y por supuesto
sus personajes eran proclives a beber sin descanso. “El alcohol
es como el amor —le hace decir Raymond Chandler a Terry Lennox
en El largo adiós—: el primer beso es magia; el segundo,
intimidad; el tercero, rutina. Después de eso lo único
que hacemos es desvestir a la muchacha”. Sin embargo, Chandler
mezclaba largas horas dedicado a desvestir a la muchacha con disciplinadas
jornadas para cumplir sus obligaciones editoriales y cinematográficas.
En Hispanoamérica la situación es más bien
inversa. En los años fundacionales del famoso boom era conocida
la decisión de Mario Vargas Llosa, que hasta el cigarrillo
dejó con el argumento de que no podía servirse al
mismo tiempo a dos señores: la molicie y el trabajo. Gabriel
García Márquez también cambió su estilo
de vida, entre borrachos, putas y chulos, como cuenta Dasso Saldívar
en la excelente biografía que le dedicó, para poder
desarrollar su obra en la sobriedad de la vida familiar.
Curiosa actitud ésta frente a un oficio como el de la literatura,
una de cuyas características es que necesita cierta holgazanería
para realizarse. Holgazanería que permite evadirse en los
altos tropos de la nada y así crear un mundo paralelo al
aburrido mundo cotidiano.
Por eso, a lo largo de la historia de la literatura, la ebriedad
ha estado presente en personajes patéticos o derrotados,
“místicos que han abusado de sus poderes”. Ha
dibujado escenas de diverso registro social. Pero sobre todo, el
alcohol tal vez es una de esas herramientas de caprichosa utilización
que mantiene al escritor entre el sueño y la realidad. Entre
la mentira y la verdad. Lo mantiene cautivo en el oficio del encantamiento
a través de la palabra.
Rubiano Vargas
(Bogotá, 1952). Autor de los libros Gentecita del montón
(1981) y El informe de Galves y otros thrillers (Premio Nacional
para Libro de Cuentos Ciudad de Bogotá, 1992).
_____________________________________________________________
Los
borrachos, cíclopes
Por Guillermo Fadanelli
El dilema de
ser escritor radica en que uno debe estar borracho casi todos los
días. Esta obligación no tiene orígenes gremiales,
sino que es de naturaleza metafísica. Se encuentra en el
ser mismo del escritor, aun cuando cabe la posibilidad de que éste
se comporte como un desobligado y renuncie a beber alcohol. En este
caso no hay nada qué hacer sino compadecerlo: jamás
admirarlo. ¿O alguien admiraría a un ave incapaz de
emprender el vuelo? Si uno es escritor tiene que hacerse de una
buena condición física; esto con el fin de no causar
lástima a nadie. Si no se tiene un cuerpo que destruir, entonces
la caída suele ser impostada: ¿Qué sentido
tiene destruirse si se está enfermo? La idea que anima el
arte es la destrucción, pero qué hacer si habitamos
un cuerpo destruido: terrible paradoja. Un escritor que balbucea
después de beberse una botella es una vergüenza para
todos los que presencian su caída. Puede armar camorra o
insultar a su propia madre, pero no arrastrar la lengua como caracol
en el paladar. Es una cuestión de elegancia. Un borracho
sin elegancia es una de las peores calamidades con las que se encuentra
uno a lo largo de la vida.
El escritor polaco Jerzy Pilch define bien el pudor del alcohólico
frente al acto de la bebida cuando escribe: “Al borracho le
da vergüenza beber, pero le da más vergüenza no
beber”. Si hubiera sabido que ser escritor implicaba reunirme
con otros escritores para beber durante doce horas seguidas me habría
dedicado a un oficio más saludable. ¿Acaso de esto
se trata la literatura? ¿Beber hasta que el estómago
se convierta en una bola de fuego y el corazón en un alambique?
En París era una fiesta, Hemingway acentúa el compromiso
que tienen los escritores de beber todos los días. Estar
de fiesta es tan importante como escribir un par de cuartillas diariamente.
Si un escritor deja de escribir por dedicar más tiempo a
su alcoholismo, entonces no ha comprendido en qué consiste
el juego: es un novato. Hemingway cuenta en este libro que Zelda,
la mujer de F. Scott Fitzgerald, inducía a su marido a la
bebida porque de esta manera él dejaba de escribir. Ella
le tenía envidia y le acercaba la botella. Me parece grandioso:
ojalá todos los escritores tuviéramos una mujer así
a nuestro lado: una mujer hermosa, rica, envidiosa que nos ofrece
una botella de whisky cada mañana.
Jerzy Pilch ha escrito una de las novelas más perspicaces
sobre el alcohol de las que se tenga memoria: Casa del ángel
fuerte. Sin ánimos de glosarla diré que al concluir
su lectura me he sentido fortalecido en todos los aspectos. El personaje
de esta obra asegura que las filosofías o preceptos morales
que rodean al acto de beber carecen de importancia. Para un bebedor
lo que es valioso no es la filosofía del beber sino la técnica
del beber. Saber cómo mantenerse en pie con dignidad es imprescindible,
mientras que explicar por qué o para qué bebemos es
sólo literatura. Tener un conocimiento preciso acerca de
las bebidas o las mezclas que nos son inhóspitas es un acto
de mínima sobrevivencia. No se trata de suicidarse, sino
de destruirse poco a poco hasta encontrar resguardo. “En mi
modesta, borrachina opinión —escribe un personaje de
Pilch—, mientras no haya un ordenador que pueda beber más
que un hombre, la humanidad no debería considerarse amenazada
en sus principios”. La tecnología no trascenderá
al hombre mientras el hombre pueda disfrutar de una botella de vino.
Después de todo, el borracho es antes que nada un humanista.
Quiero decir que su borrachera puede ser una manera de conocerse
a sí mismo, de ampliar el horizonte de su saber.
El título de la novela de Pilch es una referencia a un párrafo
del apocalipsis: “Y vi a otro, el ángel fuerte, bajando
de los cielos, ataviado con una nube...”. Pareciera que los
escritores ven en el borracho a un santo, a una vestal que preside
la noche más obscura del alma. Los santos bebedores son cíclopes
desde cuyo ojo se mira a un dios despiadado que hace de nuestros
placeres la experiencia más dolorosa. Un santo que además
es lúcido en cuanto se ha desembarazado de los prejuicios
que asuelan a los hombres sobrios. Después de todo, la verdad
es una aventura, no la consecuencia de un saber ordenado.
De Joseph Roth, el santo bebedor de coñac, escribió
Stefan Zweig que no era un bebedor alegre sino uno amargo, alguien
que deseaba destruirse a sí mismo y que no podía echar
fuera al ruso que llevaba dentro. El beber de Roth era, según
Zweig, “un beber maligno, tenebroso y hostil”. Sería
absurdo pensar que el alcohol hace mejores a los hombres. Absurdo
porque el hombre será siempre un ser envilecido por sus ambiciones,
por sus temores. Lo que sí puede hacer el vino, dicho de
la manera más romántica posible —si no cuál
sería el sentido de escribir acerca de este tema— es
ofrecer a los hombres, aun sea por unos momentos, la reveladora
visión de un condenado a muerte. Nada más cercano
a la santidad.
Fadanelli. Es
autor de Lodo (Debate, 2002) y La otra cara de Rock Hudson (Anagrama,
2004).
___________________________________________________
Noche
en la Tierra
Juan Manuel Gómez
Para Voilá,
cualquiera que hoy sea tu nombre
Recuerdo apenas
Cubierto el mundo
rápido
por un velo traslúcido
ahora lento
Mis ojos miraban
fuera de foco
cosas a medias
Tu corazón me latía fuerte
filtrando delgadas sustancias
guinda
acelerados y torpes riachuelos
golpeteando
la punta de mis dedos
La luna era tal
sin embargo
entera y blanca
iluminando intermitente
una silueta
Ahora te veo
Ahora no te veo
Ahora estás aquí
Estás aquí
Ahora
Atorada
en mi voz
abriéndote paso
con las navajas de tus labios
Gómez.
Poeta y editor.
 |
|
Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
| |
Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
|
|