HASTA AHORA, SERGIO PITOL CREÍA QUE TRES CUENTOS
ESCRITOS EN TEPOZTLÁN EN 1957 HABÍAN MARCADO EL INICIO
DE SU CARRERA LITERARIA. UNA ESTANCIA EN UNA CLÍNICA DE LA
HABANA LE REVELÓ, SIN EMBARGO, QUE EL VIAJE HABÍA COMENZADO
MUCHO ANTES, 52 AÑOS ATRÁS, A BORDO DEL FRANCESCO MOROSSINI.
PRESENTAMOS AL LECTOR UN TEXTO DESTINADO A RECORDARSE: EN EL MÁS
PURO ESTILO DE EL ARTE DE LA FUGA, ESTAS PÁGINAS NOS ENTREGAN
A UN PITOL ENTERAMENTE NUEVO Y EN PLENO GOCE DE SUS PODERES NARRATIVOS.
POR
SERGIO PITOL
Para Julieta
Campos
12 de mayo 2004, martes:
Ayer al mediodía me interné en el Centro Internacional
de Salud , a media hora de La Habana; por la tarde exámenes
y visita a los doctores. Hablaron del tratamiento al que me someteré:
todas las mañanas me extraerán sangre, la enriquecerán
con ozono en un recipiente al alto vacío y la devolverán
al organismo por la misma vena. Esa operación no demorará
más de una hora. Tendré pues todo el día para
descansar, leer, hacer ejercicio en un inmenso jardín, y
recapacitar sobre mis males y sus posibles remedios. Estoy atrasado
en todos mis trabajos; procuraré escribir y leer con entera
tranquilidad.
17 de mayo:
Llevo cinco días instalado. Los jardines y palmares cubren
una superficie de varias hectáreas. Los pacientes son extranjeros,
la mayoría venezolanos. Hay un amplísimo hotel, varios
restaurantes, en uno pequeño, El Rocío, comemos algunos
mexicanos, canadienses, una señora panameña. Paz Cervantes
ha venido a curarse de un enfisema, llegamos por instrucciones del
doctor Jorge Suárez, nuestro homeópata en Xalapa,
para terminar un tratamiento de ozono que iniciamos con él;
por lo que nos han dicho la clínica de ozono de “La
Pradera” es uno de los pocos lugares del mundo en que esa
técnica se aplica. Todas las mañanas, inclusive el
sábado y el domingo, vamos a la clínica. La enfermera
es notable, pero hay días que la curación se vuelve
ardua y toma mucho tiempo. Mis venas desaparecen paulatinamente,
la extracción de la sangre y sobre todo la reincorporación
de ella al organismo tiene sus dificultades. Además de asistir
a la clínica, Paz y yo vamos juntos a comer y luego hacemos
un paseo de media hora o una hora en el jardín. El tiempo
restante lo dedico a leer, a escribir estas notas y a descansar.
En los primeros momentos en “La Pradera” me sentí
Hans Castorp llevando una vida de exámenes médicos
y curaciones en un lugar aislado del mundo. Al instante me desdigo,
nuestras circunstancias son totalmente diferentes: su hospital se
hallaba en una montaña ceñida eternamente por la nieve;
aquí, en mi spa caribeño estoy rodeado de toda clase
de palmas, de bugambilias y plantas tropicales, y el calor es abrumador.
Pero lo que radicalmente nos separa es una educación distinta,
el idioma, la cultura, los mitos antagónicos. Castorp llegaba
a su montaña mágica algo así como a los veinte
años, y yo me matriculé en “La Pradera”
a los setenta y uno. A Hans Castorp le interesa todo, tiene la vida
por delante, o así lo cree, hace amistades con facilidad,
le entusiasma escuchar las polémicas entre Nafta y Settembrini
y ha conocido por primera vez el amor con una mujer fascinante,
y yo aquí a las orillas de La Habana sólo saludo a
uno que otro paciente, eso sí muy correctamente, pero eludo
las charlas con que casi todos tratan de matar un tiempo que para
ellos les parece vacío y que yo disfruto intensamente en
mi habitación. Esta anchura de tiempo me permite hacer ejercicios,
descansar voluptuosamente en mi cuarto donde leo horas y horas y
horas como hacía tiempo que no había podido hacerlo.
Cuando viajo llevo más de una docena de libros para tener
varias opciones de lectura. Llegué a “La Pradera”
con varios clásicos españoles: Cervantes, Tirso de
Molina y Lope de Vega, algunas novelas de jóvenes mexicanos
que conozco poco: Toscana, Fadanelli, Montiel y González
Suárez, dos novelas de Sandor Marai, el último libro
de Tito Monterroso: Literatura y vida, los diarios de Gombrowicz,
una novela policial del suizo Friedrich Glauser: El reino de Matto,
la única suya que me falta leer, y un excelente e incisivo
libro de ensayos de Gianni Celati: Finzioni occidentali.
Me he propuesto visitar La Habana sólo los sábados
y domingos, después de salir de la clínica. Anteayer
fue nuestro primer sábado, fui con Paz al Museo de Bellas
Artes a ver la soberbia colección de Wifrido Lam, pasamos
al hotel Meliá a comprar El País, recorrimos el corazón
de La Habana, y en los puestos de libros encontré algunas
maravillas: la poesía completa de Gastón Baquero y
la de Emilio Ballagas, la obra narrativa casi completa de Lino Novás
Calvo, que me entusiasmó en mi juventud y una edición
mexicana, que en las librerías de México nunca vi,
de ese libro considerado maldito durante muchos años, Hombres
sin mujer, de Carlos Montenegro, que César Aira compara con
el más provocativo Genet en su Diccionario de autores latinoamericanos.
La Habana vieja es un prodigio, añade al cosmopolitismo turístico
la fuerza popular del Caribe. Pululan los músicos por todas
partes. Cuando conocí La Habana por primera vez los turistas
llegaban de Estados Unidos; hoy los que hablan inglés en
las plazas y en los restaurantes son canadienses; pero también
se oye el francés, el italiano, el alemán, y en abundancia
el español de España. El lenguaje de los negros y
mulatos me resulta casi ininteligible, un papiamento extraordinariamente
melodioso, como extraído de poemas del primer Guillén,
de Ballagas y los cuentos de Lydia Cabrera. Podría ser que
en mis primeras visitas a Cuba, antes de la revolución, los
mulatos no circulaban por las calles de La Habana vieja en tal cantidad,
o que en esos tiempos se esforzaran por hablar con un español
regular de acento cubano, para no ser despreciados por los blancos,
o tal vez que mi memoria retuviera otros aspectos para mí
más atractivos que la manera del habla popular.
De pronto me vi frente al Floridita, el bar donde Hemingway, ya
se sabe, pasaba a tomar sus daikirís al llegar a La Habana;
a su lado está La Zaragozana, el mejor restaurante de Cuba
y uno de los más antiguos de la ciudad, abierto a mediados
del XIX. Entré allí como convocado a descifrar una
parte de mi pasado, a jugar al acusado, al fiscal y al juez en una
misma persona. La decoración de La Zaragozana a la que entré
el sábado me era desconocida. Me parece que en la primera
vez su arquitectura interior era igual al estilo de los años
treinta o cuarenta, con un eco de Alvar Aalto, el finlandés,
o aun de Adolf Loos, el austriaco. Pero no confío en mi memoria,
por eso estoy encerrado en “La Pradera”. Ahora, las
paredes del restaurante están pintadas con fachadas de viejas
fondas españolas y eso me desconcertó; en cambio,
los muebles, los uniformes y el estilo de servir de los meseros
tenían todo el gusto del pasado, como en las mejores películas
de Lubitsch. La cocina de La Zaragozana mantiene el nivel altísimo
de siempre. “¿Cuándo viniste aquí la
primera vez?”, me preguntó Paz. Hice la cuenta y me
quedé petrificado: ¡cincuenta y dos años! Debió
de ser en los finales de febrero o los primeros días de marzo
de 1952. Era yo un joven que estaba por cumplir los dieciocho años,
lo recuerdo bien porque tuve que salir de México con la aprobación
de un tutor.
Un grupo de compañeros de la universidad habíamos
planeado un viaje suramericano para las vacaciones. Nuestro proyecto
era cruzar horizontalmente los países andinos. No sé
si por emular un viaje notable, tal vez el de Orellana. Saldríamos
de Veracruz, en un barco de la línea marítima italiana.
Llegaríamos a La Guaira, de inmediato subiríamos a
Caracas y de allí atravesaríamos aceleradamente Colombia,
Ecuador y Perú, de donde navegaríamos por el Pacífico
hasta llegar a Manzanillo. Conseguí el dinero con mis familiares;
sólo obtener el pasaporte tuvo complicaciones; la mayoría
de edad se lograba entonces hasta los veintiún años.
Yo era huérfano, de manera que mi tutor tendría que
otorgarme el permiso para salir al extranjero, pero mi tío
vivía en Córdoba y no podía viajar a la capital;
tuve que hacer trámites bastante complicados para que mi
tía Elena Pitol se convirtiera en mi tutora y se presentara
conmigo en Relaciones Exteriores. Cuando estuvimos ante un funcionario
ella contó anécdotas absurdas de mis enfermedades
y mis caprichos de niño, lo que me sacó de quicio.
Ya en el último mes, uno por uno los compañeros fueron
desistiendo del viaje, algunos por falta de dinero, otros por enfermedad
y accidentes repentinos, otros más decían que ese
viaje sería un desastre, era la época de las peores
tormentas en el Atlántico y viajar en barco significaría
internarse a un infierno. Alguien propuso que mejor fuéramos
unos días a Guatemala, otro a San Antonio, Texas, otro más
a Pachuca, donde las barbacoas eran de primera. En fin, sólo
yo emprendí el viaje. Había perdido varios días
debido a los trámites de la tutoría y el pasaporte.
Al llegar a la aduana de Veracruz, entre un chubasco y un ventarrón
terribles, me dieron una noticia fatal: el Francesco Morossini había
partido unas cuantas horas antes. El representante de la línea
italiana en Veracruz me dijo que la tormenta estaba ya entrando
y el barco corría peligro anclado en el muelle, por eso tuvo
que salir rumbo a Nueva Orleáns, la primera escala del viaje.
No pudieron esperarse por las únicas dos personas que faltaban.
Yo y un italiano anciano con tipo de enfermo fuimos los pasajeros
que se quedaron en tierra, pero cuando el representante vio mi boleto
y se enteró que iba a Venezuela, me dijo que habría
posibilidad de alcanzar al Francesco Morossini en La Habana. Otro
empleado añadió que al día siguiente salía
un barco de carga brasileño que la empresa manejaba, saldría
al día siguiente hacia Cuba. “Si se atreve a viajar
en ese carguero que no tiene ningunas comodidades podría
alcanzar al Morossini. El pasaje corre por la empresa. ¿Le
conviene?”, me preguntó. “Claro que me conviene”,
exclamé con entusiasmo. En cambio el anciano no aceptó.
Gritó que iba a enjuiciar a la empresa naviera y a los aduaneros
y luego comenzó a llorar.
¡Qué laberinto tan complicado para llegar a La Zaragozana
de 1952! Me pasma el joven que he sido. Me resulta difícil
creer que aquel joven fuese el anciano que con esfuerzo recuerda
un capítulo tan lejano de su vida. Me es más fácil
establecer una distancia para contar sus hazañas en La Habana;
escribiré como si no fuera el otro. El carguero brasileño
llegó a La Habana dos días después, al anochecer;
la aduana y los servicios del puerto ya habían cerrado. Aquel
joven ve la ciudad desde lejos fascinado ante ese panorama prodigioso;
permanece un rato más en la cubierta contemplando cómo
el crepúsculo arropaba a la ciudad. De repente, casi instantáneamente,
cae la noche y en ese mismo momento un repentino manto de luces
surge del suelo. La ciudad se ha iluminado violentamente y su belleza
se potencia. De pronto llega un bote de motor y se acerca al casco
del barco; de la cubierta alguien tira una escalera de cuerdas por
donde inmediatamente suben los representantes en Cuba de la compañía
marítima a la que pertenecía el Francesco Morossini,
suben algunos empleados de sanidad y aduana. Alguien vocea su nombre
y él se presenta ante los oficiales. Le dicen que suba al
bote y que vuelva mañana muy temprano a la aduana para recoger
su maleta. La empresa se ocupará de su alojamiento hasta
que llegue el barco. Le entrega su pasaporte a un funcionario, se
lo devolverían al día siguiente. Un marinero italiano
le hizo bromas por haber perdido el barco, y le sugirió burlonamente
que estuviera alerta para no quedarse de nuevo en tierra cuando
el Francesco Morossini saliera de Cuba.
Ahora, cincuenta y dos años después, paseando por
las calles de esta ciudad voy encontrando algunas huellas de esa
estadía, algunos jirones de memoria comienzan a activarse,
pero otros se resisten a salir a flote. No recordaba por ejemplo
dónde durmió durante esos días, pero sí
que de día y de noche recorría la ciudad, tanto las
partes más reposadas como las más estrepitosas, y
en esas andanzas comparaba la ciudad de México con aquella
que estaba descubriendo, y entonces la suya le parecía un
inmenso monasterio habitado por una multitud de monjes trapenses,
un desierto, un silencio infinito, una correcta grisura; en cambio
en la otra encontraba un vértigo, una borrasca, un edén,
la apoteosis del cuerpo, la gloria total.
La primera noche el marinero italiano y dos jóvenes cubanos,
empleados de la empresa, lo invitaron a pasear por La Habana. Recorrieron
toda clase de bares, llegaron al barrio chino, entraron a un trepidante
cabaret con espectáculos de una procacidad tan desmesurada
que jamás hubiera concebido: El Shangai. El marinero comenzó
a condolerse de que no podía hacer nada de lo que se debía
allí, se había quedado una semana en La Habana porque
le habían pegado una asquerosa purgación y brotado
unas burbujas rojizas bastante sospechosas en el pecho; el doctor
le curó con pomadas esas ronchas y le aseguró que
no eran demasiado peligrosas y que también la purgación
que al principio fue torrencial estaba comenzando a secar; maldecía
a una pasajera, una compatriota suya de mierda con quien se acostó
varias veces en el viaje, también frecuentada por otros marineros
y algunos pasajeros porque tenía una furia en el mono que
no la colmaba nadie; tenía que ser cauteloso, decía,
para no reincidir, porque eso sí podría ser peligroso.
Declaraba a toda voz que era un martirio recorrer esos lugares que
eran los que más le gustaban, y saludaba a todo el mundo,
dándole noticias a quien lo quisiera oír de que su
pene comenzaba a reponerse, por lo menos ya se le paraba, pero debía
ser cuidadoso, repetía, extremadamente cuidadoso para evitar
que esa porquería se le volviera crónica. Decía
también que durante siete años había hecho
la misma ruta y que de todos los puertos su preferido era La Habana,
especialmente por poder recorrer el barrio de los chinos y oír
a los músicos y singar con las mulatas. Acababa de cumplir
veintiocho años y maldecía al diablo por darle ese
golpe en la verga como regalo. Al joven mexicano tanta oratoria
y reiteración de los males venéreos del marino, los
gestos extremados, los ademanes victoriosos, le parecían
demasiado teatrales, una ostentosa celebración de virilidad,
una presentación al mundo de medallas y trofeos. El marino
como los jóvenes empleados de la empresa conocían
y saludaban a mucha gente. Algunos peatones se acercaban para conversar
con el enfermo, le preguntaban cómo iba su caso, ¿se
estaba aliviando?, ¿todavía le seguía saliendo
la pus del caso?, a lo que el marino corregía: “¡Qué
caso ni qué caso, lo que tengo en las verijas es un cazzo,
en italiano se pronuncia catzo, ¿se les antoja verlo?”;
algunos le recomendaban un remedio casero mejor que el otro: ungüentos,
infusiones, semillas molidas, humo de hojas de tabaco, vinagres,
pedos de una santera, baba de sapo; las mujeres le hacían
bromas pesadas: “¡Lástima del nené que
no volverá a levantarse!”, y sonreían malignamente.
Las cortinas que cubrían las puertas de los alrededores del
Shangai estaban hechas con hilos compactos de caracoles minúsculos
y bisutería barata; uno las hacía de lado con la mano
y en el interior aparecían salones de juego o fumadores de
opio. La música lo cubría todo, cantantes de ambos
sexos, de todas las edades, mulatos vestidos de colores brillantes
intensísimos, al igual que los instrumentistas que los rodeaban
tanto en los bares como en la calle.
El joven estaba feliz, jamás había sentido tan intensa
comunicación con sus sentidos, con su piel, sobre todo su
cuerpo. Estaba extasiado, vivía como en un sueño del
que jamás quería desprenderse.
Al día siguiente, hacia el mediodía, sin haberse bañado,
ni cambiado de ropa, maloliente, con una jaqueca atroz, sin saber
bien a bien dónde había dormido, sólo que era
un edificio de varios pisos no muy lejos del barrio chino; caminó
hasta la avenida central y al ver a la luz del sol los lugares frecuentados
la noche anterior concluyó que en efecto había soñado
todo. La calle era absolutamente otra, llena de lavanderías
y pequeños comercios de comida oriental para llevar a domicilio.
Llegó al Shangai, que desde luego estaba cerrado, y le preguntó
a un transeúnte a qué hora abría ese local;
el otro quiso saber de dónde llegaba y el joven contestó,
claro, que de México, y añadió que acababa
de llegar a La Habana. El cubano se echó una carcajada: “¿Así
que el mexicanito quiere conocer el Shangai eh? Apenas llegaste
y ya preguntas por el lugar, ¿no es cierto? Esto se abre
en la noche hacia las diez, pero las horas buenas comienzan después
de la medianoche y se cierra hasta la salida del sol. Mira, lo que
sí no vengas solo y trae poco dinero, porque en estos rumbos
hay gente muy peligrosa, muy, pero muy peligrosa. Así que
ya sabes...” El joven se alarmó, bajó la vista
y advirtió que llevaba unos zapatos que no eran los suyos,
y se quedó estupefacto. Se metió la mano al bolsillo
derecho del pantalón, palpó la cartera, pero no quiso
sacarla en la calle, se acercó a un policía y preguntó
por dónde podía llegar al puerto, la compañía
marítima estaba frente a él, echó a correr,
fue preguntando a la gente, estaba seguro de que le habían
robado el dinero, la cartera la tenía, pero alguien podía
haberla sacado, retirar los dólares y los cheques de viajero,
y meterla de nuevo al bolsillo; tenía ganas de vomitar, le
dolía el estómago, tenía la camisa empapada
de sudor, corría con la mano derecha asida de la cartera,
ni siquiera se atrevió entrar en un W.C. de algún
café. El dolor de cabeza era enloquecedor. Durante la carrera
intentaba saber qué había pasado en la noche, desde
luego recordó el despertar y la rápida despedida de
la mañana, pero no lograba saber a qué hora se perdieron
sus compañeros. De pronto extraía jirones confusos
de bares, mujeres cantando, y entradas y salidas de taxis, a veces
se veía solo, otras hablando con grupos que lo abrazaban
y lo hacían reír a carcajadas, en todos los lugares
estaban los músicos, las cantantes, la rumba, el bolero...
En la oficina se fue directamente a los servicios sanitarios, cerró
la puerta, contó el dinero, estaba completo. Juró
no repetir una correría nocturna como la de ayer, tendría
que ser responsable, ¿a quién podría recurrir
si se le acabara el dinero o si lo perdiera en el camino? Uno de
los empleados con quien había recorrido los bajos fondos,
le estaba esperando en su oficina; lo trató con sequedad,
más bien con grosería. Le entregó el pasaporte,
que había dejado en custodia en la oficina, le increpó
por llegar tan tarde, lo había citado a las nueve para hacer
los trámites en la aduana y recoger su maleta, y ya eran
más de las doce. Cuando llegó a la aduana un oficial
de mal talante también lo reprendió; le recordó
que por un favor especial a la empresa habían permitido que
saliera del barco la noche de ayer con la condición de que
se presentara allí a la primera hora de la mañana
para sellar su pasaporte y pasar aduana. El joven que anoche había
sido tan amable repitió sus insultos, esa vez frente a los
aduaneros y otros empleados con una violencia desmedida. Después
de eso ya no se volvieron a ver sino hasta la llegada del Francesco
Morossini, y allí en el momento del embarque declaró
ante los oficiales italianos que ese chiquillo era un anárquico,
un sinvergüenza, un irresponsable, un comemierda, y otros dos
adjetivos más violentos, que ruborizaron al joven mexicano.
“Ya verán, decía, los meterá en apuros
durante la travesía como a nosotros, la noche misma que llegó
se nos perdió mientras lo paseábamos por la ciudad.”
19 de mayo:
El joven llegó a su cuarto. Se bañó largamente,
se afeitó, se vistió con un ligero y elegante traje
de algodón, se volvió a calzar los zapatos ajenos,
que eran espléndidos. Una comedia de equivocaciones, se dijo,
el dueño debió pensar que se los había robado.
El agua fresca, y la limpieza del cuerpo lo relajaron. Puso el despertador,
se tiró a la cama y durmió profundamente un par de
horas. Luego, con un hambre de perro entró a La Zaragozana
y comió una langosta muy superior a las pocas que había
comido en su vida. Allí leyó el periódico y
se enteró que la compañía teatral de Catalina
Bárcena hacía una gira por Cuba y presentaría
esta tarde Pygmalion de Bernard Shaw, y que por la noche en un lugar
llamado Lyceum Lawn-Tennis Club se le haría un homenaje a
Mariano Brull, el autor de la jitanjáforas de las que con
tanto entusiasmo había escrito Alfonso Reyes. Anotó
en un papel las direcciones del teatro y el club, y asistió
a los dos lugares. La comedia de Shaw estaba bien dirigida y actuada,
pero le fastidió bastante que en el primer acto los dos personajes
que hablaban en cockney, Eliza Doolittle y su padre, manejaran un
español aborrecible. La Bárcena era una mujer encantadora,
de movimientos leves y graciosos; pero cuando abría la boca
arruinaba todo, hablaba en una germanía intraducible, como
una chulapona de los peores barrios de Madrid. Si no hubiera leído
la comedia en inglés y visto la película de Anthony
Asquith, donde Wendy Hiller era la Eliza original, no habría
entendido nada. A punto estuvo de salir en el primer entreacto,
pero se quedó, y fue afortunado. En los siguientes actos,
cuando Liza aprende y mejora su lenguaje y sus maneras, la Bárcena
estaba estupenda, al grado que todas las Lizas de los varios Pygmaliones
que vio después en Inglaterra, Italia y Polonia le parecieron
sosas en relación con la actriz española. Voló
después en un taxi al Vedado al homenaje del poeta Brull;
le pidieron la invitación, que, claro, él no tenía.
Dijo que era mexicano, que había leído en el periódico
el anuncio de esa sesión literaria y mencionó a Alfonso
Reyes, amigo y admirador de Brull, y lo pasaron a una sala sorprendentemente
elegante, con señoras vestidas y enjoyadas de manera espléndida,
caballeros demasiado estirados y solemnes, y en las últimas
filas unos pocos jóvenes, junto a quienes lo sentaron; apenas
sentarse se dio cuenta de que estaba exhausto por las pocas horas
dormidas, la larga marcha de la mañana, la cruda imponente,
la riña en la aduana, el teatro, y no lograba concentrarse,
ni siquiera la siesta lo había repuesto, aplaudía
cuando todos aplaudían; lo que más le interesaba era
el público, su refinamiento, y una sensualidad latente y
oscura que se conectaba oblicuamente con el barrio chino; al final
hubo un vino y se despejó, habló primero con los jóvenes
cercanos y luego con medio mundo como si hubiera vivido siempre
en esa ciudad. A la salida, una señora y su hijo lo llevaron
en un lujoso automóvil al lugar donde estaba alojado.
La última mañana que pasó en La Habana recorrió
las librerías y consiguió algunos libros, entre otros,
los editados por Manuel Altolaguirre en su imprenta La Verónica,
y consiguió uno de piezas teatrales breves de Pushkin, que
leyó con deleite en el tramo de La Habana a La Guaira. Conversando
con un librero, le indicó una librería al lado de
la Universidad donde podría encontrar lo mejor de la literatura
cubana. Caminó por esa avenida que desemboca en la monumental
escalera de la universidad. Al acercarse, vio las escaleras cubiertas
por decenas de millares de personas, estudiantes sobre todo, con
banderas de luto y pancartas, seguramente de protesta. Estaba ya
casi en la última calle, pero no la atravesó; grupos
numerosos de jóvenes se dirigían en la misma dirección,
y empujaban con fuerza a los de adelante para cruzar la calle y
llegar a las escaleras; de repente se presentó un pelotón
de policías armados y comenzaron a detener a quienes intentaban
pasar la calle y a subirlos en carros militares. El joven logró
retroceder varios metros, una estudiante le dijo que estaban velando
el cadáver de un dirigente universitario asesinado por la
policía el día anterior. La universidad estaba alterada.
La multitud que cubría la escalera se movió lenta,
imponentemente y bajó algunos escalones, en el centro descendía
el féretro sobre los hombros de seis estudiantes. Estallaron
los himnos revolucionarios, el himno nacional, tal vez la Internacional.
En ese momento se convirtieron en las escaleras de Odesa. Se oyó
una balacera, los soldados comenzaron a hacer redadas y a irrumpir
brutalmente en las escaleras. Una avalancha de cuerpos se movían
hacia todas partes, algunos rodaban por las gradas. El joven inició
el retiro, no fue detenido por suerte. Varias líneas de policías
armadas se movían por la calle donde él se escurría.
Poco después, en un café supo que el asesinado se
llamaba Rubén Batista, el tirano de Cuba se apellidaba así
pero no había ningún lazo familiar entre ellos. Fue
el primer acto público al que el joven se acercó.
Después participó en muchos más y en diferentes
lugares.
23 de mayo:
Y así, en una mesa de La Zaragozana, me fue dado asistir
a esas antiguas imágenes de mi vida, encapsuladas en los
desvanes del subconsciente, algunas, pocas, muy claras; otras borrosas
o truncas que sólo dejaban percibir mínimos detalles,
ecos de ecos de algo informe que aún no puede desprenderse
de las sombras. Mi mayor asombro fue recordar que durante esos días
de La Habana y los siguientes en la travesía hacia Venezuela,
comencé a escribir. Varias veces he insistido por escrito
y oralmente que el inicio de mi obra tuvo lugar en Tepoztlán
unos cinco años después de ese primer viaje al Caribe.
Y descubro que no es verdad. La primera vez fue en la cubierta del
Francesco Morossini cuando tratando de escribir una carta probablemente
a uno de los amigos que desistieron del viaje, empecé un
poema. Había estado viendo el mar, de pronto surgieron unas
líneas que aspiraban a describir las cualidades del océano,
su música, sus colores y el contraste de su magnitud con
el diminuto, grisáceo y átono destino del hombre.
¡Quedé arrobado! En la noche volví a leerlo
y me pareció pasable pero un tanto pomposo. No quería
ser Valery sino Tristan Tzara, el primer poeta dadaísta de
México, un salvaje sofisticado, de manera que en los tres
o cuatro días que faltaron para llegar a La Guaira, en la
cubierta, en mi camarote o en el bar, deformé, desconstruí
y rehabilité varias veces todos los versos del poema.
En Caracas, una carta de presentación de Alfonso Reyes para
Mariano Picón Salas, uno de los más eminentes intelectuales
de Venezuela, me abrió todas las puertas. Don Mariano me
invitó un par de veces a comer en su casa, donde conocí
a algunos escritores, historiadores y periodistas interesantes.
Una de ellas fue la poeta Ida Gramko, quien me invitó a participar
en unas reuniones celebradas todos los sábados en su casa.
Hice amistad entonces con jóvenes que el tiempo transformó
en grandes figuras de la literatura venezolana. Poco después,
una familia mexicana muy conservadora, elegante y ampliamente hospitalaria,
la de don Ángel Altamira, cuya hija, Malú, había
yo conocido en México, me invitó a pasar unos días
en una inmensa casa de campo en Los Chorros, un mundo edénico
de residencias y espléndidos jardines a las orillas de Caracas,
donde pasé más de un mes leyendo poesía, novelas
policiales del Séptimo Círculo, la colección
dirigida por Borges y Bioy Casares, y otros libros de los que sólo
recuerdo con entusiasmo El reino de este mundo, de Alejo Carpentier,
acabado de editar en México.
Paseaba frecuentemente por Caracas con Malú Altamira, hacíamos
visitas a diplomáticos extranjeros y a amigos de los Altamira,
veíamos exposiciones, hablábamos de literatura, de
pintura y de los amigos comunes de México, pero sobre todo
incontinente y desenfrenadamente de mi poesía; los sábados
por la tarde no faltábamos a las reuniones de Ida Gramko,
a conversar con ella y también con Antonia Palacios, Oswaldo
Trejo, Salvador Garmendia y con Picón Salas que con frecuencia
se asomaba por allí. Cuando me preguntaban si escribía
respondía afirmativamente, comenzaba, decía, a escribir
poesía, poesía dadaísta. Mis amplias lecturas
literarias me permitían insinuar cierta veracidad. Nunca
en mi vida había conocido una existencia tan de niño
fresa como en Los Chorros. Tal vez estuviera haciendo penitencia
por el ritmo orgiástico de La Habana. Sólo en el desayuno
podía presentarme sin corbata; en las otras dos comidas era
indispensable comer con traje y corbata. Me sentía tan a
gusto que renuncié a viajar por las otras repúblicas
andinas. La pasión por la poesía me ancló en
Los Chorros. Después del desayuno me sentaba en una de las
prodigiosas terrazas de los Altamira, solo con mis cuadernos. Entonces
era Rilke en el castillo de Duino, un intenso poeta que mantiene
comercio en todo momento con las musas, a la sombra de una familia
de mecenas. Escribía y desescribía versos. Estaba
convencido de que mi poesía era absolutamente insólita;
yo la consideraba como una suma de estridencia, elegancia y lejanía;
en eso me diferenciaba de Tzara y los poetas suizos. A decir verdad,
mis poemas eran unos bodrios insulsos y sentimentaloides, pero eso
lo descubrí mucho más tarde.
Durante cincuenta y dos años mantuve clausurados mis días
de La Habana; sabía, desde luego, que había estado
de paso en esa ciudad fascinante pero no recordaba qué había
hecho, o visto en ella, ni siquiera dónde dormía;
en cambio recordaba la estancia en Venezuela con una claridad cristalina,
salvo todo lo concerniente a la creación. La poesía
no aparecía para nada en mi memoria. Es extraño, ahora
me parece que el principal objetivo de quedarme tanto tiempo en
Los Chorros fue perfeccionar mi lírica. Vivía para
eso. Aun en el regreso a México en el Andrea Gritti, insistí
darle los toques finales, lo que para mí significó
hacerlos más salvajes y a la vez aún más refinados.
No eran muchos, tal vez ni siquiera llegaban a quince.
Pocos episodios me han consternado más que el de la resurrección
de esos poemas y su rapidísima eliminación treinta
años después. Cuando me han entrevistado sobre los
inicios de mi obra siempre respondo, ya lo he dicho, que en mi primera
juventud no pensaba ser escritor. Siempre lo he sostenido, y estaba
seguro de que era cierto, que mis primeros trabajos fueron aquellos
tres cuentos nacidos en Tepoztlán en 1957. Cuando regresé
a México le entregué copias a mis amigos más
cercanos, por lo menos a los que sabían leer poesía
y de ninguno recibí el menor elogio, algunos me hacían
comentarios tan absurdos que estuve a punto de romper la amistad.
Había soñado en Caracas hacer una plaquette sobria
y elegante como las de los poemas de Villaurrutia y Novo. Un día
me aconsejó Luis Prieto: “Yo te recomendaría
guardar tus poemas en una caja de seguridad, como lo proponía
Horacio, y después de unos siete meses o quizás de
siete años, no me acuerdo si hablaba de meses o años,
volverlos a leer con una autocrítica cáustica. Si
una línea no se ajusta en el poema elimínala o rehaz
entero todo el poema, y si ninguno de ellos te parece soberbio tíralos
a la basura y comienza a escribir otros, a lo mejor te saldrán
menos malos, y no te arrugues, estás aún muy chamaco
para esto”. Guardé mis papeles y pasados unos cuantos
meses ni siquiera sabía dónde los había puesto.
En 1982 terminé de ser agregado cultural en Moscú,
y volví a México para incorporarme a la Secretaría
de Relaciones. Unas de mis primeras visitas al llegar al país
fue a Siglo XXI, donde tenía que recoger ejemplares de un
libro reciente: Nocturno de Bujara, y a entregarle a don Arnaldo
Orfila el manuscrito de una novela: Juegos florales, que también
publicaría la editorial. Encontré allí a Eugenia
Huerta que tenía un puesto importante. Me comentó
que Mireya, su madre había muerto y que al ordenar los papeles
de ella encontró un sobre que con toda seguridad me interesaría.
Le insistí qué era, y sólo me dijo: “Ya
verás”. Don Arnaldo estaba ausente y no llegaría
sino hasta una semana después; tal vez me había confundido
de fecha. “Ven la semana próxima, entonces te entregaré
el sobre”, me dijo Eugenia. Pensé que serían
cartas mías de juventud a Mireya, una amiga muy querida,
enviadas desde lugares lejanos, quizás de China, país
que adoraba.
A la semana siguiente regresé a Siglo XXI a saludar a don
Arnaldo. Eugenia me dio el sobre; lo abrí, eran unas páginas
con poemas escritos a máquina. No los leí en la editorial,
supuse que serían poemas de Efraín Huerta, su padre.
En el taxi de regreso al hotel, los fui leyendo uno por uno. Fueron
los momentos más abominables de mi vida. Llegué a
mi cuarto, los releí y me fue difícil concebir que
hubiera sido capaz de escribir esa basura. Tenía en las manos
los horrendos poemas dizque dadaístas que había perpetrado
en Venezuela y entregué a mis mejores amigos al llegar de
aquel viaje. Quemé de inmediato el sobre y su contenido en
el baño para que no quedara huella de ese fruto de auténtica
imbecilidad. Hay algo de asombroso en que poco después ese
nuevo episodio “poético” volviera también
a sumergirse. Para entonces, cuando Eugenia Huerta me obsequió
el sobre con los poemas, yo había escrito todos mis libros
de cuentos y dos novelas. Veía en el hotel con temor los
primeros ejemplares de Nocturno de Bujara que recogí en la
editorial; había escrito esos cuentos en Moscú, con
un placer inmenso; estaba convencido de que era lo mejor que había
escrito, y me preguntaba con pánico si podría leer
esos cuentos veinte años después con el mismo asco
que me produjeron los poemas que acababa de incinerar.
Así fue cómo una visita a un restaurante de La Habana
me acercó a mis verdaderos orígenes de escritor. Si
hubiera publicado esos engendros seguramente me habría cerrado
todas las puertas; poco a poco hubiera descubierto mi total incapacidad.
Esos poemas hubiesen sido, cuando mucho, material de mofas, y jamás
me habría aventurado a volver a escribir; tal vez también
dejaría de leer, arrastraría una vida triste, feroz
y frustrada, y en su momento moriría de un acceso agudo de
melancolía en un desolado cuarto de azotea.
27 de mayo:
La cura ha dado resultados sorprendentes. La semana pasada estuve
todas las tardes en la clínica neurológica, especialmente
en la sección de logopedia y foniatría donde me hicieron
una revisión logofoniátrica. En mi expediente leo
que me fue aplicado el test neuropsicológico de Luria y el
test de Denominación de Boston, de los que no tenía
ningún conocimiento; estudiaron también con cuidado
los resultados de unas resonancias magnéticas y corroboraron
que el cerebro estaba bien, como también me lo habían
dicho los especialistas de México; el problema del lenguaje,
dicen, puede ser resultado de fatiga o de temor a las vicisitudes
de la vejez. Me han sugerido varios ejercicios de prosodia y articulación
vocal para hacerlos al llegar a Xalapa.
Hoy es el último día en Cuba, mañana por la
madrugada volaremos a México. Hoy en la noche iremos a despedirnos
de La Habana. Hacía muchos meses que no lograba escribir,
desde enero, me parece. Se me escapaban las palabras, se me quedaban
a medias, me confundía con las conjugaciones, con el uso
de las preposiciones, se me paralizaba la lengua. Al tratar de leer
lo que perpetraba en mis cuadernos durante los últimos meses
encontraba fragmentos de algo parecido a un Finnigan’s Wake
del paleolítico inferior grabados en piedra por un aturdido
Trucutú.
Pitol (Puebla,
1933). Escritor y traductor.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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