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06 de diciembre de 2004

 

Vida de Fray Servando


Fraile nómada, aventurero, precursor de la Independencia, escapista, víctima tardía de la Inquisición, momia itinerante: la de Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827) fue una vida digna de la más fértil imaginación. Al interés que este personaje despertó en Manuel Payno, Alfonso Reyes y Artemio de Valle Arizpe, entre otros, se suma en el nuevo siglo la biografía realizada por el crítico Christopher Domínguez Michael. Presentamos un fragmento de Vida de Fray Servando, volumen acaso definitivo que Era-Conaculta y el INAH lanzan al mercado en estos días.

Por Christopher Domínguez Michael

¿Quién me hará comprender el pecado de mi niñez, ya que delante de ti nadie está sin pecado, aunque sea niño de un solo día sobre la tierra?
San Agustín, Confesiones, I, 7

En todas edades somos niños y somos viejos, mirando a lo antojadizo de las pasiones; en todo tiempo vivimos con inclinación a las libertades y a los deleites forajidos, y valen poco para detener su furia las correcciones ni las advertencias. El palo y el azote tienen más buena gente que los consejos y los agasajos; finalmente, en todas edades somos locos, y el loco por la pena es cuerdo.
Diego de Torres Villarroel, Vida [1743]

Servando Teresa de Mier fue un fraile novohispano. Imito, adrede, la primera frase de la Historia de Inglaterra de Jules Michelet, “Inglaterra es una isla”. Las obviedades son fundamentales para el conocimiento histórico. Pero poco o nada sabemos de cómo Servando se transformó en un fraile novohispano. Preso en 1819, Mier escribió un puñado de textos que sólo hasta 1865 se conocieron como “recuerdos, aventuras y viajes”, y tiempo después, como memorias. Esas memorias de Mier fueron un recurso, cuya fortuna literaria el fraile ignoraba en su celda, para defenderse del proceso que el Santo Oficio había abierto en su contra. Servando no tiene ni tiempo ni interés retórico en contarnos su infancia, ni los caminos que lo condujeron a la Iglesia.
Al recordar que de niño deseó usurpar el lecho de su padre para compartirlo con su madre, Stendhal, en La vida de Henry Brulard (1835-1836), abrió el camino a la era presentida por los románticos; así, infancia es destino. Hasta la aparición de Las confesiones, de Jean-Jacques Rousseau, en 1782, los hombres del siglo XVIII concedían escasa importancia a los recuerdos infantiles. Giacomo Casanova, nacido en 1725, por ejemplo, se atiene a la regla ciceroniana al iniciar sus Memorias: “Como mi historia debe empezar por el hecho más lejano que me pueda ofrecer mi memoria, se iniciará a la edad de ocho años y cuatro meses. Antes de esa época, si es cierto que vivere cogitere est (“Vivir es pensar”, Cicerón, Tusculanas), no vivía aún: vegetaba”.
Otras visiones de la infancia, como la del polígrafo español Diego de Torres Villarroel (1649-1770), apelaban a un caos barroco común a todos los hijos de Dios:

Criéme, como todos los niños, con teta y moco, lágrimas y caca, besos y papilla. No tuvo mi madre, en mi preñado ni en mi nacimiento, antojos, revelaciones, sueños ni señales de que yo había de ser astrólogo o sastre, santo o diablo. Pasó sus meses sin los asombros o las pataratas que nos cuentan de otros nacidos, y yo salí del mismo modo, naturalmente, sin más testimonios, más pronósticos ni más señales y significaciones que las comunes porquerías en que todos nacemos arrebujados y sumidos.

Juan Antonio Posse (1766-1822), el cura liberal, quien como Mier estuvo en las Cortes de Cádiz en 1812, manifestó, en sus Memorias, semejante igualitarismo que derivado del Libro de Job (7:1), nos recuerda que todos los días se pasan en la pena y en el trabajo. Un estricto contemporáneo de Mier, antagonista suyo en cuestiones religiosas y compañero político después, José Miguel Guiridi y Alcocer (1763-1828), escribió a principios del siglo XIX unos Apuntes autobiográficos, donde vemos una curiosa combinación entre la confesión rousseauniana y la expiación del pecado. Guiridi, cuya ludomanía estuvo a punto de arruinar su carrera como sacerdote, reconstruye su infancia recordando que el balero y el trompo, juegos infantiles mexicanos, lo indujeron al vicio. En este caso, la memoria de la infancia es sólo materia de confesionario.
Mier, como la mayoría de los clérigos de su generación, se involucró en la política. Ajeno por temperamento a la vida piadosa del fraile o al estado contemplativo del monje, intuía que las anécdotas infantiles sólo sirven para presentar, hagiográficamente, a santos y guerreros ante la posteridad. El esfuerzo, más apologético que memorioso, de Agustín de Hipona en las Confesiones estaba reservado a los príncipes de la Iglesia y a los dueños del mundo.
Servando no fue un santo y aunque, a diferencia de Hidalgo y Morelos, murió tranquilamente reconciliado con la Iglesia Católica, ésta prefirió olvidarlo, junto con la aborrecible época de cismas y revoluciones que encarnó. Pero los escritores católicos fueron compasivos con Mier, a quien perdonaron sus heterodoxias políticas, convirtiéndose, desde Lucas Alamán hasta Artemio de Valle-Arizpe y Alfonso Junco, pasando por José Eleuterio González, en sus biógrafos. Algo quedó, por fortuna, de su mala fama, y hoy son pocos quienes saben que, de alguna forma, Mier fue uno de los primeros demócratacristianos de México.
Tampoco, otro golpe de suerte, gozó Servando de mucho predicamento en las hagiografías patrias, pues aunque los liberales lo recordaron con cariño, su supuesta oposición al federalismo, en 1824, le cerró las ortodoxas puertas del Empíreo republicano. Tan aventurera fue la vida de Servando que a nadie se le ocurrió inventarle alguna milagrería laica para aderezar su infancia. Es curioso que Mier, admirado por los liberales y consecuentado por los conservadores, siga estando sujeto a esa mezcla de indulgencia y desconfianza que suscita la figura del fraile. Sobre todo desde el siglo XVIII los frailes, a menudo confundidos con sus primos los monjes, son considerados, por católicos y no católicos, como personajes bufos.
El cuadro bucólico, con todo lo que tiene de mediana tristeza, fue la única manera que encontraron los primeros servandistas para suplir la escasa documentación que rodeaba el nacimiento de un héroe republicano más recordado por sus extravagancias que por sus obras. Así, el Nuevo Reino de León, donde nació Servando en 1763, es dibujado como un mundo de ensueño, dividido entre la carabina y la parroquia, la solemnidad militar del padre y la devota ternura materna. Más allá del arquetipo, podemos decir que Servando creció entre la desolación y la violencia, en una tierra ansiosa de riqueza y apenas recompensada por la religión. En 1767, el pueblo vivió un penoso episodio: el embargo judicial por fraude de la tienda de José López, dueño del único expendio comercial de la villa. En ese año, también, llegaron las noticias de la expulsión de los jesuitas de la Nueva España.
La educación recibida por Servando debió ser la comúnmente impartida por los religiosos franciscanos o los curas seculares: alfabeto y latín. Los niños llegaban a la escuela a las ocho de la mañana. Mientras el preceptor preparaba las plumas, seleccionándolas y tajándolas con una línea de plomo —habilidad manual indispensable para el magisterio—, los alumnos se acomodaban en dos cuartos separados según se tratase de lectura o escritura, considerados entonces procesos pedagógicos diferentes y no necesariamente subsecuentes. El preceptor vestía de negro. Privaban su violencia y su incultura, salpimentada de latinajos, fábulas, oraciones, y algún verso o alabanza. No había libros de texto e inclusive el Catecismo de Ripalda, el Catecismo histórico del abate Claude Ferry o las fábulas ilustradas de Samaniego eran un lujo en provincia.
Al amanecer se cantaban las alabanzas y se repetían tras la comida del mediodía. Por las tardes el cura daba alguna charla moral o llamaba a los vecinos a obedecer las disposiciones de las autoridades. La noche llegaba rápido y el sueño era precedido por historias de comanches.
A mediados del siglo XVIII, Monterrey era poco más que una gendarmería de frontera, gobernada por hombres sin escrúpulos, enviados desde el centro para someter a la Nueva Santander, hoy Tamaulipas, plagada de indios insumisos y expuesta tanto a los bucaneros como a las naves inglesas y francesas. Pese a las eventuales corridas de toros, Monterrey era sólo un punto de paso hacia la Nueva Santander, cuya conquista era la única posibilidad de hacer fortuna para los mercenarios. En 1752 se temió la despoblación total de Monterrey, cuya guarnición llegó a tener apenas veintitrés soldados. La atención de los regnícolas se centró en las rapacerías del aventurero Antonio Ladrón de Guevara, sargento mayor de las fronteras orientales de la Nueva España. En 1757 se localizó una mina de plata, La Iguana, pero su explotación fue un fiasco. Todavía en 1843, un siglo después, Manuel Payno, tan dado a exaltar las bellezas provincianas, lamentaba que Monterrey, pese a su belleza de trazo, fuese visto, dada su lejanía, “con cierta indiferencia, y puede decirse aversión y encono”.
Una inundación devastó la villa cuatro años después. Los franciscanos imploraron el silencio del cielo. Una mujer india vio caer la corriente fluvial desde la loma de Chepe Vera (hoy cerro del Obispado) y detuvo las aguas con una imagen de la Virgen. Al milagro siguió la fundación de una venerada capilla. En las Cartas a Juan Bautista Muñoz, Mier rememora esa milagrería provinciana como repulsiva, explicando que desde entonces buscó en la historia y en la razón, guiado por el tomismo, la verdadera fe católica. Sólo en esa disertación crítico-teológica, Servando se permite algún recuerdo de infancia, hablando de las narraciones piadosas de su abuela materna, María Iglesias, y la tía Matiana, “abogada de imposibles”.
Tampoco era fácil la vida institucional de la Iglesia en el norte. Dependientes del obispo de Guadalajara, en el otro extremo del país, curas y religiosos actuaban sin autorizaciones cabales. De tarde en tarde aparecían visitantes del occidente que anulaban sacramentos masivos de dudosa pertinencia canónica o realizaban destituciones injustas. Sólo hasta 1777 se estableció el obispado en la villa de Linares, contigua a Monterrey. Pero el primer prelado murió enseguida y hacia 1800, en una maniobra que preocupó a fray Servando entonces en Madrid, se pretendió trasladar la sede a Saltillo.
En tiempos de la reina doña Urraca, pasado el año 1000, se establecieron unos caballeros en un sitio llamado Mier. Vivieron en el sur de Asturias, en los pueblos de Tres Palacios, Guerra, Alles y Buelna, donde no hubo iglesia parroquial hasta que los Mier novohispanos la costearon. En el siglo XVII había descendientes de ellos en La Habana y Cartagena de Indias. Los primeros Mier llegaron a la América septentrional hasta principios del siglo XVIII. Tres de ellos alcanzaron nombre en la Nueva España: Cosme de Mier y Trespalacios, alcalde del crimen en la Real Audiencia de México en 1776, caballero de la Orden de Carlos III en 1797 y protector fiscal de Indias; el padre Juan de Mier, canónigo en las catedrales de Guadalajara y México, e inquisidor que algo supo de los erráticos asuntos de su sobrino Servando Teresa de Mier, el más célebre de una casa cuyas armas son un escudo amartelado de oro, con una cruz de guales, parecida a la de Calatrava, cargada de plata, otro de azur, con una espada de plata y cinco estrellas.
La única relación de los Mier con la nobleza novohispana fue el matrimonio de Cosme Antonio de Mier y Trespalacios (1747-1805) con Juan María Práxedes, primogénita de los condes de Santiago Calimaya, en 1786. En 1790, don Cosme, oidor de la Audiencia desde 1785, fue “mecenas” de su “ahijado” Servando de Mier en su graduación universitaria —acto de borla— como doctor en sagrada teología. Más allá de ello, ningún otro Mier, de esa rama, fue noble en la Nueva España. La familia se expandió en el clero y en la administración burocrática y militar del norte de México. En 1710 fue nombrado gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León, Francisco de Mier y Torre, bisabuelo paterno de Servando, a quien le tocó la rebelión de los indígenas neoleoneses, defendidos por franciscanos, contra la secularización de los curatos. En 1713 las insurrecciones indias se extendían hasta Querétaro y en el lejano norte se multiplicaban los ataques de los comanches.
El hijo del gobernador, Francisco, fue escribano público del cabildo local y se casó con Margarita Buentello, quien era descendiente de un conquistador llamado Juan Buentello Guerra, dato que no pasó inadvertido para las ínfulas de su nieto Servando. Joaquín, el hijo del matrimonio Mier y Buentello, estudió en México y regresó a Monterrey en 1744 para ser alcalde, regidor y oficial de milicia hasta encumbrarse políticamente en 1773 y 1787.
Joaquín, padre de Servando, se casó en primeras nupcias con Joaquina de Sandi y Carrillo, quien probablemente murió al parir. El 10 de diciembre de 1745, Joaquín contrajo segundas nupcias con Antonia Francisca Guerra Iglesias y Santa Cruz, quien murió en 1772, cuando su hijo Servando Teresa tenía nueve años. Artemio de Valle-Arizpe se inventa un matrimonio cristiano de fe firme y sencilla que sobrevive en la rudeza bucólica. Pero don Joaquín se casó por tercera vez con María Josefa de la Garza y Elizondo.
Fray Servando tuvo alrededor de catorce hermanos, nueve carnales —cinco mujeres y cuatro hombres— y cinco medios hermanos. Durante la vida del doctor Mier, sólo mencionó a su sobrino franciscano Juan Rosillo de Mier, hijo de su hermana María Josefa, y a su hermano José Froylán, nacido en 1760 y de quien recibió dinero en algunos episodios de su aventura europea.
El 26 de octubre de 1763 fue bautizado nuestro personaje con los nombres propios de José Servando de Santa Teresa y los apellidos Mier, Noriega y Guerra. Su padre, al testarlo, sustituyó el “Santa Teresa” por el de “Domingo”, atendiendo al estado religioso que su hijo había tomado.
En 1763, año del nacimiento de Servando, Francia, España e Inglaterra firmaron la Paz de París. Los británicos se apoderaron de la Florida y del territorio de Belice, y los españoles recibieron a cambio la Luisiana francesa, que acabarían por vender a Napoleón en 1804. Era virrey de la Nueva España, el número cuarenta y cuatro de esa sucesión, el marqués de Cruillas, Joaquín de Montserrat (1700-1771), quien permaneció en el cargo entre 1760 y 1766. Ese virrey hizo frente a las sublevaciones indias de los seris, los pimas, los pápagos y la muy famosa de Canek en Yucatán. Cayó en desgracia desde el principio, en tanto que figura decorativa junto al visitador José de Gálvez (1729-1787), quien llegó en 1761 a reformar el reino: hizo y deshizo tribunales, dividió el país en intendencias y comandancias, introdujo una contabilidad rigurosa de las rentas reales, numeró las casas, creó el ahorro público, estancó el tabaco y supervisó personalmente la expulsión de los jesuitas. Gracias al estilo de Gálvez la historia familiar de los Mier se entrelaza con la del Nuevo Reino de León.
En 1773 las reformas borbónicas llegaron a Monterrey con un hombre de Gálvez, el gobernador Melchor Vidal de Lorca y Villena, teniente coronel de los ejércitos reales. Fue él quien nombró a Joaquín Mier teniente general, puesto equivalente a vicegobernador, durante cinco años que concluyeron en 1777. Junto a Vidal de Lorca y Villena, Joaquín Mier aprendió el estilo de los militares de la Ilustración: reorganización del servicio de correo, promoción de la higiene pública, profesionalización de las fuerzas armadas y estipendios para los estudiantes de gramática latina. Joaquín Mier, por encargo de su jefe, hizo censar Monterrey, contando 258 vecinos: 120 españoles y 138 mestizos y otras castas.
En esas tierras olvidadas, pendientes de las guerras contra los indios, debieron sonar fantásticas las noticias de las revoluciones en Norteamérica y en Francia. En 1795 se tomaron precauciones, confiscando bienes de franceses y reforzando la milicia, pues se temían agresiones extranjeras en el golfo de México.
En 1780, el padre de Servando volvió a gobernar el reino a la espera del nuevo enviado del virrey. Siguió con esmero la política de Vidal de Lorca y Villena, apegada a la modernización de Carlos III. En la cumbre de su carrera pudo enviar a Servando, como él lo había hecho cuarenta años atrás, a estudiar a la ciudad de México. Sólo Artemio de Valle-Arizpe sugiere que Joaquín acompañó a Servando en su viaje a México. A menos que mediase alguna diligencia indispensable para don Joaquín, es improbable que lo hiciera. A principios de 1780 Servando ingresó al noviciado del Colegio Grande de Santo Domingo de México. Finalmente, en 1787, Joaquín de Mier y Noriega fue, con todos los honores pero sólo por un año, gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León, justo premio a toda una vida de servicio a la monarquía. Murió en 1791, seguramente al tanto de los primeros éxitos (o escándalos) de su hijo Servando como predicador dominico.
Hasta 1780, cuando Servando entra a sus diecisiete años con los dominicos, su vida nos dice muy poco. Hijo de una familia de lejanos orígenes nobiliarios en Asturias, Mier debió su privilegiada educación, primero en Santo Domingo y luego en la Real y Pontificia Universidad de México, a las reformas borbónicas que permitieron que un hombre de clase media como don Joaquín sirviera al virreinato como alto funcionario público con competencia militar. Huérfano de madre, Servando, anterior al siglo que exaltó a la familia burguesa, jamás concedió importancia a sus primeros años. Si vio en su padre una versión rústica del estilo político de la Ilustración borbónica, no lo sabemos.
Para Servando familia es ascendencia, es decir, honra. Aunque la meritocracia se fue instalando con los Borbones, gobernantes desde 1700, en España y en los reinos de Ultramar, la honra no estaba necesariamente relacionada con el dinero ni con el poder. La honra provenía de la limpieza de sangre, que aunque en el siglo XVIII tenía mucho de simbolismo burocrático, era la vieja garantía que hacía del vasallo, fuese noble o plebeyo, parte originaria y legítima del cuerpo de la monarquía.
Mier sólo menciona a su familia en las numerosas ocasiones en que, desesperado por las persecuciones, trataba de defenderse apelando a su supuesto origen noble. En ese sentido, hasta el final de su vida, incurrió en una contradicción típicamente novohispana: sentirse orgulloso de sus orígenes nobles en la vieja España, al mismo tiempo que se presentaba como el criollo que había sido perseguido por un ingenio que, ganado en las aulas universitarias, era insoportable para los peninsulares. En 1822, llegó a presentarse como “descendiente del último emperador de México Quatemoczin” lo cual expresa, aunque se manera aparatosa, la orfandad en que vivían, una vez ganada la Independencia, los mexicanos.
Si para Servando familia significaba linaje o alcurnia, ésta no le sirvió de nada cuando buscó favores de los Mier de España, sujetos más bien imaginarios, pues el memorialista se cuida, en la mayoría de las ocasiones, de darnos sus nombres completos. En 1803, preso en Madrid en una de las circunstancias más angustiosas de su existencia, trató de impresionar a sus carceleros reviviendo a su padre como gobernador vigente del Nuevo Reino de León, su tierra nativa, misma que sólo recordaba para pedir socorro de amigos y parientes, o cuando se enteraba de mudanzas episcopales que podían serle útiles. Al fin, los bandazos de la expedición de Mina en 1817 lo hicieron desembarcar en la rada de Soto la Marina, en la Nueva Santander, relativamente cerca de Monterrey, villa a la que al parecer nunca volvió, aunque en el último periodo de su vida se esforzó por representarla como parlamentario y político, no sin sacar provecho, al fin, de su solar.
El verdadero linaje de Mier, así como el universo de sus amores y odios, virtudes y fobias, estará ligado a la familia de los frailes dominicos, la Orden de Predicadores. En esa renuncia a los afectos temporales y a los nexos de sangre, Servando demostró su condición de religioso y predicador.
Domínguez Michael. Crítico literario y ensayista. Autor de Toda suerte de libros paganos (Conaculta, 2001).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx