Fraile nómada, aventurero, precursor de la Independencia,
escapista, víctima tardía de la Inquisición,
momia itinerante: la de Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827)
fue una vida digna de la más fértil imaginación.
Al interés que este personaje despertó en Manuel Payno,
Alfonso Reyes y Artemio de Valle Arizpe, entre otros, se suma en
el nuevo siglo la biografía realizada por el crítico
Christopher Domínguez Michael. Presentamos un fragmento de
Vida de Fray Servando, volumen acaso definitivo que Era-Conaculta
y el INAH lanzan al mercado en estos días.
Por
Christopher Domínguez Michael
¿Quién me
hará comprender el pecado de mi niñez, ya que delante
de ti nadie está sin pecado, aunque sea niño de un
solo día sobre la tierra?
San Agustín, Confesiones, I, 7
En todas edades somos
niños y somos viejos, mirando a lo antojadizo de las pasiones;
en todo tiempo vivimos con inclinación a las libertades y
a los deleites forajidos, y valen poco para detener su furia las
correcciones ni las advertencias. El palo y el azote tienen más
buena gente que los consejos y los agasajos; finalmente, en todas
edades somos locos, y el loco por la pena es cuerdo.
Diego de Torres Villarroel, Vida [1743]
Servando Teresa de Mier
fue un fraile novohispano. Imito, adrede, la primera frase de la
Historia de Inglaterra de Jules Michelet, “Inglaterra es una
isla”. Las obviedades son fundamentales para el conocimiento
histórico. Pero poco o nada sabemos de cómo Servando
se transformó en un fraile novohispano. Preso en 1819, Mier
escribió un puñado de textos que sólo hasta
1865 se conocieron como “recuerdos, aventuras y viajes”,
y tiempo después, como memorias. Esas memorias de Mier fueron
un recurso, cuya fortuna literaria el fraile ignoraba en su celda,
para defenderse del proceso que el Santo Oficio había abierto
en su contra. Servando no tiene ni tiempo ni interés retórico
en contarnos su infancia, ni los caminos que lo condujeron a la
Iglesia.
Al recordar que de niño deseó usurpar el lecho de
su padre para compartirlo con su madre, Stendhal, en La vida de
Henry Brulard (1835-1836), abrió el camino a la era presentida
por los románticos; así, infancia es destino. Hasta
la aparición de Las confesiones, de Jean-Jacques Rousseau,
en 1782, los hombres del siglo XVIII concedían escasa importancia
a los recuerdos infantiles. Giacomo Casanova, nacido en 1725, por
ejemplo, se atiene a la regla ciceroniana al iniciar sus Memorias:
“Como mi historia debe empezar por el hecho más lejano
que me pueda ofrecer mi memoria, se iniciará a la edad de
ocho años y cuatro meses. Antes de esa época, si es
cierto que vivere cogitere est (“Vivir es pensar”, Cicerón,
Tusculanas), no vivía aún: vegetaba”.
Otras visiones de la infancia, como la del polígrafo español
Diego de Torres Villarroel (1649-1770), apelaban a un caos barroco
común a todos los hijos de Dios:
Criéme, como todos
los niños, con teta y moco, lágrimas y caca, besos
y papilla. No tuvo mi madre, en mi preñado ni en mi nacimiento,
antojos, revelaciones, sueños ni señales de que yo
había de ser astrólogo o sastre, santo o diablo. Pasó
sus meses sin los asombros o las pataratas que nos cuentan de otros
nacidos, y yo salí del mismo modo, naturalmente, sin más
testimonios, más pronósticos ni más señales
y significaciones que las comunes porquerías en que todos
nacemos arrebujados y sumidos.
Juan Antonio Posse (1766-1822),
el cura liberal, quien como Mier estuvo en las Cortes de Cádiz
en 1812, manifestó, en sus Memorias, semejante igualitarismo
que derivado del Libro de Job (7:1), nos recuerda que todos los
días se pasan en la pena y en el trabajo. Un estricto contemporáneo
de Mier, antagonista suyo en cuestiones religiosas y compañero
político después, José Miguel Guiridi y Alcocer
(1763-1828), escribió a principios del siglo XIX unos Apuntes
autobiográficos, donde vemos una curiosa combinación
entre la confesión rousseauniana y la expiación del
pecado. Guiridi, cuya ludomanía estuvo a punto de arruinar
su carrera como sacerdote, reconstruye su infancia recordando que
el balero y el trompo, juegos infantiles mexicanos, lo indujeron
al vicio. En este caso, la memoria de la infancia es sólo
materia de confesionario.
Mier, como la mayoría de los clérigos de su generación,
se involucró en la política. Ajeno por temperamento
a la vida piadosa del fraile o al estado contemplativo del monje,
intuía que las anécdotas infantiles sólo sirven
para presentar, hagiográficamente, a santos y guerreros ante
la posteridad. El esfuerzo, más apologético que memorioso,
de Agustín de Hipona en las Confesiones estaba reservado
a los príncipes de la Iglesia y a los dueños del mundo.
Servando no fue un santo y aunque, a diferencia de Hidalgo y Morelos,
murió tranquilamente reconciliado con la Iglesia Católica,
ésta prefirió olvidarlo, junto con la aborrecible
época de cismas y revoluciones que encarnó. Pero los
escritores católicos fueron compasivos con Mier, a quien
perdonaron sus heterodoxias políticas, convirtiéndose,
desde Lucas Alamán hasta Artemio de Valle-Arizpe y Alfonso
Junco, pasando por José Eleuterio González, en sus
biógrafos. Algo quedó, por fortuna, de su mala fama,
y hoy son pocos quienes saben que, de alguna forma, Mier fue uno
de los primeros demócratacristianos de México.
Tampoco, otro golpe de suerte, gozó Servando de mucho predicamento
en las hagiografías patrias, pues aunque los liberales lo
recordaron con cariño, su supuesta oposición al federalismo,
en 1824, le cerró las ortodoxas puertas del Empíreo
republicano. Tan aventurera fue la vida de Servando que a nadie
se le ocurrió inventarle alguna milagrería laica para
aderezar su infancia. Es curioso que Mier, admirado por los liberales
y consecuentado por los conservadores, siga estando sujeto a esa
mezcla de indulgencia y desconfianza que suscita la figura del fraile.
Sobre todo desde el siglo XVIII los frailes, a menudo confundidos
con sus primos los monjes, son considerados, por católicos
y no católicos, como personajes bufos.
El cuadro bucólico, con todo lo que tiene de mediana tristeza,
fue la única manera que encontraron los primeros servandistas
para suplir la escasa documentación que rodeaba el nacimiento
de un héroe republicano más recordado por sus extravagancias
que por sus obras. Así, el Nuevo Reino de León, donde
nació Servando en 1763, es dibujado como un mundo de ensueño,
dividido entre la carabina y la parroquia, la solemnidad militar
del padre y la devota ternura materna. Más allá del
arquetipo, podemos decir que Servando creció entre la desolación
y la violencia, en una tierra ansiosa de riqueza y apenas recompensada
por la religión. En 1767, el pueblo vivió un penoso
episodio: el embargo judicial por fraude de la tienda de José
López, dueño del único expendio comercial de
la villa. En ese año, también, llegaron las noticias
de la expulsión de los jesuitas de la Nueva España.
La educación recibida por Servando debió ser la comúnmente
impartida por los religiosos franciscanos o los curas seculares:
alfabeto y latín. Los niños llegaban a la escuela
a las ocho de la mañana. Mientras el preceptor preparaba
las plumas, seleccionándolas y tajándolas con una
línea de plomo —habilidad manual indispensable para
el magisterio—, los alumnos se acomodaban en dos cuartos separados
según se tratase de lectura o escritura, considerados entonces
procesos pedagógicos diferentes y no necesariamente subsecuentes.
El preceptor vestía de negro. Privaban su violencia y su
incultura, salpimentada de latinajos, fábulas, oraciones,
y algún verso o alabanza. No había libros de texto
e inclusive el Catecismo de Ripalda, el Catecismo histórico
del abate Claude Ferry o las fábulas ilustradas de Samaniego
eran un lujo en provincia.
Al amanecer se cantaban las alabanzas y se repetían tras
la comida del mediodía. Por las tardes el cura daba alguna
charla moral o llamaba a los vecinos a obedecer las disposiciones
de las autoridades. La noche llegaba rápido y el sueño
era precedido por historias de comanches.
A mediados del siglo XVIII, Monterrey era poco más que una
gendarmería de frontera, gobernada por hombres sin escrúpulos,
enviados desde el centro para someter a la Nueva Santander, hoy
Tamaulipas, plagada de indios insumisos y expuesta tanto a los bucaneros
como a las naves inglesas y francesas. Pese a las eventuales corridas
de toros, Monterrey era sólo un punto de paso hacia la Nueva
Santander, cuya conquista era la única posibilidad de hacer
fortuna para los mercenarios. En 1752 se temió la despoblación
total de Monterrey, cuya guarnición llegó a tener
apenas veintitrés soldados. La atención de los regnícolas
se centró en las rapacerías del aventurero Antonio
Ladrón de Guevara, sargento mayor de las fronteras orientales
de la Nueva España. En 1757 se localizó una mina de
plata, La Iguana, pero su explotación fue un fiasco. Todavía
en 1843, un siglo después, Manuel Payno, tan dado a exaltar
las bellezas provincianas, lamentaba que Monterrey, pese a su belleza
de trazo, fuese visto, dada su lejanía, “con cierta
indiferencia, y puede decirse aversión y encono”.
Una inundación devastó la villa cuatro años
después. Los franciscanos imploraron el silencio del cielo.
Una mujer india vio caer la corriente fluvial desde la loma de Chepe
Vera (hoy cerro del Obispado) y detuvo las aguas con una imagen
de la Virgen. Al milagro siguió la fundación de una
venerada capilla. En las Cartas a Juan Bautista Muñoz, Mier
rememora esa milagrería provinciana como repulsiva, explicando
que desde entonces buscó en la historia y en la razón,
guiado por el tomismo, la verdadera fe católica. Sólo
en esa disertación crítico-teológica, Servando
se permite algún recuerdo de infancia, hablando de las narraciones
piadosas de su abuela materna, María Iglesias, y la tía
Matiana, “abogada de imposibles”.
Tampoco era fácil la vida institucional de la Iglesia en
el norte. Dependientes del obispo de Guadalajara, en el otro extremo
del país, curas y religiosos actuaban sin autorizaciones
cabales. De tarde en tarde aparecían visitantes del occidente
que anulaban sacramentos masivos de dudosa pertinencia canónica
o realizaban destituciones injustas. Sólo hasta 1777 se estableció
el obispado en la villa de Linares, contigua a Monterrey. Pero el
primer prelado murió enseguida y hacia 1800, en una maniobra
que preocupó a fray Servando entonces en Madrid, se pretendió
trasladar la sede a Saltillo.
En tiempos de la reina doña Urraca, pasado el año
1000, se establecieron unos caballeros en un sitio llamado Mier.
Vivieron en el sur de Asturias, en los pueblos de Tres Palacios,
Guerra, Alles y Buelna, donde no hubo iglesia parroquial hasta que
los Mier novohispanos la costearon. En el siglo XVII había
descendientes de ellos en La Habana y Cartagena de Indias. Los primeros
Mier llegaron a la América septentrional hasta principios
del siglo XVIII. Tres de ellos alcanzaron nombre en la Nueva España:
Cosme de Mier y Trespalacios, alcalde del crimen en la Real Audiencia
de México en 1776, caballero de la Orden de Carlos III en
1797 y protector fiscal de Indias; el padre Juan de Mier, canónigo
en las catedrales de Guadalajara y México, e inquisidor que
algo supo de los erráticos asuntos de su sobrino Servando
Teresa de Mier, el más célebre de una casa cuyas armas
son un escudo amartelado de oro, con una cruz de guales, parecida
a la de Calatrava, cargada de plata, otro de azur, con una espada
de plata y cinco estrellas.
La única relación de los Mier con la nobleza novohispana
fue el matrimonio de Cosme Antonio de Mier y Trespalacios (1747-1805)
con Juan María Práxedes, primogénita de los
condes de Santiago Calimaya, en 1786. En 1790, don Cosme, oidor
de la Audiencia desde 1785, fue “mecenas” de su “ahijado”
Servando de Mier en su graduación universitaria —acto
de borla— como doctor en sagrada teología. Más
allá de ello, ningún otro Mier, de esa rama, fue noble
en la Nueva España. La familia se expandió en el clero
y en la administración burocrática y militar del norte
de México. En 1710 fue nombrado gobernador y capitán
general del Nuevo Reino de León, Francisco de Mier y Torre,
bisabuelo paterno de Servando, a quien le tocó la rebelión
de los indígenas neoleoneses, defendidos por franciscanos,
contra la secularización de los curatos. En 1713 las insurrecciones
indias se extendían hasta Querétaro y en el lejano
norte se multiplicaban los ataques de los comanches.
El hijo del gobernador, Francisco, fue escribano público
del cabildo local y se casó con Margarita Buentello, quien
era descendiente de un conquistador llamado Juan Buentello Guerra,
dato que no pasó inadvertido para las ínfulas de su
nieto Servando. Joaquín, el hijo del matrimonio Mier y Buentello,
estudió en México y regresó a Monterrey en
1744 para ser alcalde, regidor y oficial de milicia hasta encumbrarse
políticamente en 1773 y 1787.
Joaquín, padre de Servando, se casó en primeras nupcias
con Joaquina de Sandi y Carrillo, quien probablemente murió
al parir. El 10 de diciembre de 1745, Joaquín contrajo segundas
nupcias con Antonia Francisca Guerra Iglesias y Santa Cruz, quien
murió en 1772, cuando su hijo Servando Teresa tenía
nueve años. Artemio de Valle-Arizpe se inventa un matrimonio
cristiano de fe firme y sencilla que sobrevive en la rudeza bucólica.
Pero don Joaquín se casó por tercera vez con María
Josefa de la Garza y Elizondo.
Fray Servando tuvo alrededor de catorce hermanos, nueve carnales
—cinco mujeres y cuatro hombres— y cinco medios hermanos.
Durante la vida del doctor Mier, sólo mencionó a su
sobrino franciscano Juan Rosillo de Mier, hijo de su hermana María
Josefa, y a su hermano José Froylán, nacido en 1760
y de quien recibió dinero en algunos episodios de su aventura
europea.
El 26 de octubre de 1763 fue bautizado nuestro personaje con los
nombres propios de José Servando de Santa Teresa y los apellidos
Mier, Noriega y Guerra. Su padre, al testarlo, sustituyó
el “Santa Teresa” por el de “Domingo”, atendiendo
al estado religioso que su hijo había tomado.
En 1763, año del nacimiento de Servando, Francia, España
e Inglaterra firmaron la Paz de París. Los británicos
se apoderaron de la Florida y del territorio de Belice, y los españoles
recibieron a cambio la Luisiana francesa, que acabarían por
vender a Napoleón en 1804. Era virrey de la Nueva España,
el número cuarenta y cuatro de esa sucesión, el marqués
de Cruillas, Joaquín de Montserrat (1700-1771), quien permaneció
en el cargo entre 1760 y 1766. Ese virrey hizo frente a las sublevaciones
indias de los seris, los pimas, los pápagos y la muy famosa
de Canek en Yucatán. Cayó en desgracia desde el principio,
en tanto que figura decorativa junto al visitador José de
Gálvez (1729-1787), quien llegó en 1761 a reformar
el reino: hizo y deshizo tribunales, dividió el país
en intendencias y comandancias, introdujo una contabilidad rigurosa
de las rentas reales, numeró las casas, creó el ahorro
público, estancó el tabaco y supervisó personalmente
la expulsión de los jesuitas. Gracias al estilo de Gálvez
la historia familiar de los Mier se entrelaza con la del Nuevo Reino
de León.
En 1773 las reformas borbónicas llegaron a Monterrey con
un hombre de Gálvez, el gobernador Melchor Vidal de Lorca
y Villena, teniente coronel de los ejércitos reales. Fue
él quien nombró a Joaquín Mier teniente general,
puesto equivalente a vicegobernador, durante cinco años que
concluyeron en 1777. Junto a Vidal de Lorca y Villena, Joaquín
Mier aprendió el estilo de los militares de la Ilustración:
reorganización del servicio de correo, promoción de
la higiene pública, profesionalización de las fuerzas
armadas y estipendios para los estudiantes de gramática latina.
Joaquín Mier, por encargo de su jefe, hizo censar Monterrey,
contando 258 vecinos: 120 españoles y 138 mestizos y otras
castas.
En esas tierras olvidadas, pendientes de las guerras contra los
indios, debieron sonar fantásticas las noticias de las revoluciones
en Norteamérica y en Francia. En 1795 se tomaron precauciones,
confiscando bienes de franceses y reforzando la milicia, pues se
temían agresiones extranjeras en el golfo de México.
En 1780, el padre de Servando volvió a gobernar el reino
a la espera del nuevo enviado del virrey. Siguió con esmero
la política de Vidal de Lorca y Villena, apegada a la modernización
de Carlos III. En la cumbre de su carrera pudo enviar a Servando,
como él lo había hecho cuarenta años atrás,
a estudiar a la ciudad de México. Sólo Artemio de
Valle-Arizpe sugiere que Joaquín acompañó a
Servando en su viaje a México. A menos que mediase alguna
diligencia indispensable para don Joaquín, es improbable
que lo hiciera. A principios de 1780 Servando ingresó al
noviciado del Colegio Grande de Santo Domingo de México.
Finalmente, en 1787, Joaquín de Mier y Noriega fue, con todos
los honores pero sólo por un año, gobernador y capitán
general del Nuevo Reino de León, justo premio a toda una
vida de servicio a la monarquía. Murió en 1791, seguramente
al tanto de los primeros éxitos (o escándalos) de
su hijo Servando como predicador dominico.
Hasta 1780, cuando Servando entra a sus diecisiete años con
los dominicos, su vida nos dice muy poco. Hijo de una familia de
lejanos orígenes nobiliarios en Asturias, Mier debió
su privilegiada educación, primero en Santo Domingo y luego
en la Real y Pontificia Universidad de México, a las reformas
borbónicas que permitieron que un hombre de clase media como
don Joaquín sirviera al virreinato como alto funcionario
público con competencia militar. Huérfano de madre,
Servando, anterior al siglo que exaltó a la familia burguesa,
jamás concedió importancia a sus primeros años.
Si vio en su padre una versión rústica del estilo
político de la Ilustración borbónica, no lo
sabemos.
Para Servando familia es ascendencia, es decir, honra. Aunque la
meritocracia se fue instalando con los Borbones, gobernantes desde
1700, en España y en los reinos de Ultramar, la honra no
estaba necesariamente relacionada con el dinero ni con el poder.
La honra provenía de la limpieza de sangre, que aunque en
el siglo XVIII tenía mucho de simbolismo burocrático,
era la vieja garantía que hacía del vasallo, fuese
noble o plebeyo, parte originaria y legítima del cuerpo de
la monarquía.
Mier sólo menciona a su familia en las numerosas ocasiones
en que, desesperado por las persecuciones, trataba de defenderse
apelando a su supuesto origen noble. En ese sentido, hasta el final
de su vida, incurrió en una contradicción típicamente
novohispana: sentirse orgulloso de sus orígenes nobles en
la vieja España, al mismo tiempo que se presentaba como el
criollo que había sido perseguido por un ingenio que, ganado
en las aulas universitarias, era insoportable para los peninsulares.
En 1822, llegó a presentarse como “descendiente del
último emperador de México Quatemoczin” lo cual
expresa, aunque se manera aparatosa, la orfandad en que vivían,
una vez ganada la Independencia, los mexicanos.
Si para Servando familia significaba linaje o alcurnia, ésta
no le sirvió de nada cuando buscó favores de los Mier
de España, sujetos más bien imaginarios, pues el memorialista
se cuida, en la mayoría de las ocasiones, de darnos sus nombres
completos. En 1803, preso en Madrid en una de las circunstancias
más angustiosas de su existencia, trató de impresionar
a sus carceleros reviviendo a su padre como gobernador vigente del
Nuevo Reino de León, su tierra nativa, misma que sólo
recordaba para pedir socorro de amigos y parientes, o cuando se
enteraba de mudanzas episcopales que podían serle útiles.
Al fin, los bandazos de la expedición de Mina en 1817 lo
hicieron desembarcar en la rada de Soto la Marina, en la Nueva Santander,
relativamente cerca de Monterrey, villa a la que al parecer nunca
volvió, aunque en el último periodo de su vida se
esforzó por representarla como parlamentario y político,
no sin sacar provecho, al fin, de su solar.
El verdadero linaje de Mier, así como el universo de sus
amores y odios, virtudes y fobias, estará ligado a la familia
de los frailes dominicos, la Orden de Predicadores. En esa renuncia
a los afectos temporales y a los nexos de sangre, Servando demostró
su condición de religioso y predicador.
Domínguez Michael. Crítico literario y ensayista.
Autor de Toda suerte de libros paganos (Conaculta, 2001).
 |
|
Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
| |
Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
|
|