Las razones de que “México
se le metiera en la sangre” al escritor inglés Graham
Greene, de quien se celebra este año el centenario de su nacimiento,
pueden estar relacionadas con la investigación previa a su
visita a nuestro país, ya que “antes del viaje estudió
la historia de México, el problema religioso, la vida del Padre
Pro y la manera como fue fusilado, la sociedad que había construido
la Revolución Mexicana”. Sin embargo, la pasión
que rezuma Caminos sin ley (1940), su crónica
del viaje, obedece a una búsqueda personal: “México
fue para él un estado de ánimo”.
El hombre tiene
tanta necesidad
de huida
como del alimento y del sueño
profundo.
—Auden.
I. “I
hate Mexico”
La escritura de viaje que produjo Graham Greene (1904-1990) suele
considerarse como la mejor de toda su obra literaria. Se encuentra
en un libro que parece clave, Caminos sin ley (1940), pero también
en su autobiografía, que partió en dos mitades: en
una describió su vida y sus actividades, sus frustraciones,
desde la infancia hasta los 27 años de edad, y la llamó
Una especie de vida (1971). La otra la reunió en el libro
Vías de escape (1980), era una continuación y algo
más: la certeza de que sus viajes eran las mismas vías
de la escritura que empezó a practicar en sus inicios como
novelista y reportero en The Times. Greene siempre consideró
que escribir era una fuga, un encuentro que le permitía escapar
del tedio; se preguntaba cómo podían soportarlo quienes
no practicaban el oficio de escribir.
Greene dejó el testimonio de su viaje a México en
1938, en ese texto admirable y al mismo tiempo terrible que es Caminos
sin ley. Escrito bajo el signo religioso, es un libro que asombra
por su estilo depurado de una realidad en evidente fuga. En México
descubrió algo más que la miseria, la violencia y
la demagogia de los gobiernos revolucionarios: el significado de
un mundo que ya ha sido narrado y vislumbrado, y que es preciso
rescatar del olvido. Aquí encontró la llave de sus
dudas y creencias, ya que la persecución religiosa le pareció
una agresión a la libertad de los mexicanos. La ausencia
de Dios, que para este viajero era un calvario, y uno de los asuntos
de su obra anterior y posterior.
Hecho de artículos que Greene publicó en revistas
y periódicos ingleses, Caminos sin ley relata con insistencia
el carácter de frontera, una línea divisoria de su
intimidad y su pasado, que tuvo el viaje para Greene; el libro “yuxtapone
el mito de la niñez perdida con la peregrinación del
adulto por México”, un país que sufría
en carne propia los estragos de su propia Revolución. Vivía,
como lo insinúa Greene, en un periodo desastrado, en el que
las fuerzas de la esperanza sucumbían ante las fuerzas del
odio, el desamor y la caída. El país despertó
en él una sensación de angustia y franca hostilidad
y lo llevó a ciertos extremos mentales. Walker puntualiza:
“La ocasión para el viaje —investigar la persecución
de la Iglesia católica en el México revolucionario—
ofrecía a Greene un beneficio adicional que probablemente
no había previsto. México (y especialmente el ‘Estado
sin Dios’ de Tabasco) imprimió en Greene, como África
no pudo hacerlo, la centralidad de su propia fe religiosa en la
experiencia entera que él llamaba ‘vida en una frontera’.”
(Ronald G. Walker, Paraíso infernal.)
No era un mercenario a sueldo que vino a denigrar a México
ni un espía. Pero tampoco un cruzado que desea a toda costa
cambiar el punto de vista del “otro”. Era si acaso un
observador estricto al que la realidad mexicana no le quitaba el
sueño, ni siquiera el destino más codiciado en su
agenda de periodista. Pero una vez que la conoció y pudo
ir midiéndola en sus arrebatos morales e ideológicos,
en las tradiciones y hábitos de los campesinos, Greene modificó
el destino de su relato. Ya no escribió para contar sólo
una experiencia de viaje, inclinando la pluma de manera objetiva
hacia la geografía, el paisaje y el tiempo mexicanos, sino
que la contaminó gradualmente de odio y de rechazo. Greene
creyó descubrir en la historia de México un penoso
reflejo de luchas que sólo habían producido frustración.
Hizo de su relato de viaje una metáfora de un país,
México, que había expulsado a Dios de su geografía
para colocar al Hombre. El terror y la melancolía lo impulsaron
a iniciar un trabajo de exploración de la nueva realidad
y de su psicología. La escritura había sido para él
una tabla de salvación. “Empecé a escribir y
entonces el pasado perdió algo de su fuerza: escribía
para librarme de él”. Greene tenía la misión
de escribir un libro sobre la persecución religiosa que había
vivido el país en los últimos doce años. En
México, había sabido, el Estado surgido de la Revolución
mexicana persigue a los sacerdotes, ha cerrado las iglesias en varias
ocasiones, y ha declarado una guerra abierta al cristianismo.
Entró por la frontera de Laredo, Texas, y a partir de ese
momento inició un recorrido que lo llevó a San Luis
Potosí, a la ciudad de México, a Orizaba y el puerto
de Veracruz, donde se embarcó con destino a la “tierra
sin Dios”: Tabasco. En el trayecto dejó una parte de
sí mismo, que rescató en los capítulos de Caminos
sin ley. Libro de viajes, memoria en la que el autor se desdobla
y echa sus prejuicios sobre el paisaje mexicano, sobre los caminos
incómodos y llenos de polvo, sobre las calles de la ciudad
y sus indios pidiendo limosna. Este no es un libro de viajes en
sentido estricto. Es narración de una desdicha, de la que
el mismo Graham Greene se había contagiado en Inglaterra
durante su adolescencia, y que aplicó a la nueva realidad
que vieron sus ojos.
Son muchos los testimonios de viajeros que hicieron de su cuaderno
de notas, en el que iban escribiendo la nueva realidad, glosas que
convirtieron en un verdadero género literario. Fueron a otros
lugares no como turistas de ocasión; querían narrar
la vida de otros países y otras culturas, entrar a la realidad
ajena. Practicando una escritura objetiva, escribieron crónicas,
cartas, pequeñas notas periodísticas que dan continuidad
a su obra tanto como sus cuentos, sus poemas, sus novelas. Greene
es uno de ellos sin duda.
II.
La verdad de Greene
Según Todorov existen viajes de descubrimiento y exploración
de lo desconocido, viajes de retorno, de regreso al pasado. El viaje
moderno se interesa en el lector que acompañará al
narrador en su viaje de encuentro con otra realidad ajena a la suya,
que fue común en el siglo XIX. Pero en el siglo XX, el relato
de viaje es ya una empresa del colonialismo: se intenta dar una
visión “verdadera”, inobjetable, sobre un tiempo
y un espacio que la mirada europea debe domesticar. ¿Cómo
definir este viaje “especial” que fue capaz de despertar
en Greene un odio tan sólido hacia México y la gente,
las costumbres, la política y el gobierno, el arte y los
pueblos que conoció en su itinerario? Su hostilidad parece
el resultado de una actitud marcadamente colonialista del europeo
que cree tener la razón en sus manos y más cuando
se trata de pueblos “inferiores” como México.
Greene trajo su verdad, una ideología determinada por su
estilo, su experiencia inglesa, y su conversión al cristianismo
en 1927, once años antes de venir a México. Siempre
quedará por resolver el problema de por qué escogió
Greene este país. Él mismo lo planteó: “¿Realmente
esperaba encontrar allá lo que no había encontrado
aquí? ¡Cómo!, si éste es el infierno,
y no estoy fuera de él, contestaba Mefistófeles a
Fausto”.
El país que vio Greene tenía un gran futuro, pero
le pareció absurdo que a los trabajadores les siguieran prometiendo
la felicidad terrenal. La tarea que se impuso el cronista fue muy
clara: explorar la realidad descubierta con la finalidad de condenarla,
debido a la ausencia de Dios. La fe se impuso a la escritura del
viaje. A través de su prosa el lector mexicano puede descubrir
un espacio y un tiempo muy precisos, pero Greene le infunde a sus
descripciones un perfil terrible. Nada se salva de la suciedad y
el olvido.
Todorov distingue entre el viaje interior y el viaje exterior que
“va de la complicidad a la hostilidad”. Y agrega que
“en nuestra civilización, que privilegia lo espiritual
en detrimento de lo material (pero no es la única que lo
hace), el viaje real unas veces se ensalzará como encarnación
o prefiguración del viaje espiritual, y otras se denigrará
en la medida en que hay que preferir lo interior a lo exterior”.
Greene hizo una combinación del viaje interior con la descripción
de la realidad que fue repasando, una comparación del presente
con su pasado en Inglaterra. Y “su” pasado es posible
verlo como un conflicto entre sus deseos íntimos y el mundo
de afuera que lo llevó al psicoanálisis en 1920, algo
inusual para un joven de su edad. La experiencia psicoanalítica
le pareció un periodo feliz porque le permitió inventar
historias en cada sesión. Tal vez por eso consideraba que
un novelista tiene mucho de espía: “vigila, escucha,
busca motivaciones, analiza a los personajes y, en su afán
de servir a la literatura, carece de escrúpulos”. En
1938 seguía en esa actitud de inspector que va a revisar
la obra de un país; era un visitante que en nombre de la
misión que le había sido encomendada, y de la literatura,
podía dejar de lado los escrúpulos.
Greene dividió su texto en dos partes, el prólogo
y la narración “objetiva”. Y está escrito
esmeradamente, en un estilo directo que combina la descripción
y el punto de vista en diferentes espacios; la trama, como dice
Wayne Gunn “es la reacción de un hombre contra un país,
en donde su religión (según siente) está siendo
difamada”. En el prólogo Greene recuerda su infancia
en Inglaterra, “cuando empezó a creer en el cielo”
y a temer el infierno; allá sintió un llamado de los
misterios del amor. De alguna manera justifica su conversión
y la necesidad que sintió de emprender el vuelo hacia otros
países. “El resto de la obra es un ejemplo de la fe
católica de Greene y la curiosa maravilla del amor a través
de sus experiencias mexicanas”, continúa Gunn. En pocas
palabras, el libro narra la experiencia del viaje de Greene a México
y algo más: su conflicto interior.
Impresionado por los mendigos que como sombras aparecían
y desaparecían en las estaciones de la ruta del tren, consideró
que esa miseria era México. Greene creía,
siguiendo a Cobbet, de quien leía Paseos rurales, que el
paisaje no era como lo habían definido los románticos;
que olfateaban a Dios en las regiones más áridas.
Cobbet, en cambio, juzga un paisaje de acuerdo a su valor para los
seres humanos. Y este valor lo impuso Greene a la realidad mexicana.
A bordo del tren que lo lleva a la ciudad de México, sólo
registra la aridez que va pasando por su ventanilla como un espejismo
y la miseria que comprueba en las estaciones; los mendigos que se
acercaban “por ambos lados de la vía, como sucios animales
de un zoológico abandonado”.
En la ciudad de México visitó muchos sitios, pero
principalmente fue a la Villa de Guadalupe, que era el santuario
vital de México, el “centro de la devoción de
toda una nación”. De casi todo el cronista hizo un
juicio. El muralismo le pareció digno pero cargado de ideología;
los frescos de Orozco y de Rivera revelan, explica, grandes hazañas
ideológicas del hombre, la creación, la historia,
pero en todo momento Dios ha sido sustituido por la ciencia, el
progreso. El Hijo de la Creación de Rivera “¿qué
es sino el progreso, la dignidad humana, grandes y vacíos
conceptos victorianos que la vida niega a cada instante?”.
Dejó la Ciudad de México una mañana en la que
pudo leer en los periódicos, ojeados en la estación
de trenes, que el presidente Cárdenas había firmado
el decreto de expropiación de las compañías
petroleras. La medida le pareció una farsa más de
las que había urdido la Revolución mexicana para ganarse
la voluntad popular. El viaje puede tener la finalidad, explícita
o inconsciente, de conocer otros lugares, conocer “el otro”,
o el conocimiento de sí mismo. Explorando el mundo, “uno
empieza a descubrirse a sí mismo”, dice Montaigne,
ya que “Este vasto mundo es el espejo en que hemos de mirarnos
para conocernos bien”. El descubrimiento que llevó
a cabo Greene fue de sí mismo y de un tiempo y un espacio
que le vio en una situación anárquica, un laberinto
en el que su pensamiento se perdía y la imaginación
del artista flotaba: “La vida parecía amontonarse como
amontonan las latas viejas y los zapatos contra un rompeolas; uno
formaba parte de la resaca”.
De alguna manera, Graham Greene violó muchas teorías
del relato de viajes en la escritura de Caminos sin ley, un relato
que mira de lejos la existencia del “otro”; pues “el
yo no existe sin el tú”, dice Todorov, y agrega que
“uno no puede acceder al fondo de sí mismo si se excluye
a los demás”. Greene intentó precisamente llevar
a cabo esa exclusión: borrar del espacio y del tiempo en
que iba entrando a México al “otro”, llámese
Juan, la Revolución Mexicana, Diego Rivera, la Avenida Juárez,
Orizaba, Frontera o Villahermosa, Tabasco. Su odio al país
que visitaba no se explica sin esa búsqueda de aliviar su
alma y su mente, abrumadas en los años de trabajo periodístico
y de disimulada felicidad viajando.
¿El libro de viaje de Greene es alegórico? ¿No
es más bien impresionista? Si hablamos de impresionismo es
preciso aceptar que el viajero se “contenta con darnos a conocer
sus impresiones”, y no trata de enseñar otra cosa.
El relato de viaje por América suele ser alegórico,
sobre todo cuando lo llevan a cabo europeos. Subordina “las
observaciones del viajero a un designio preconcebido”. Tal
vez esto explicaría por qué casi todo lo que el viajero
Greene describió de México era motivo de desprecio,
pues desde antes de recorrer el país parecía predestinado
a ver sólo un mundo en ruinas. Su idea de la “frontera”
es muy importante para reconocer el tipo de escritura que Greene
produciría a raíz de su visita a México. La
definió como “algo más que una aduana”,
una vez que han sellado el pasaporte, el “hombre que busca
paisajes imagina extraños bosques y montañas inauditas”,
piensa que todo será distinto allá. Pero el desdichado
“se imagina por lo menos un infierno distinto”.
III.
El Estado sin Dios
No es exagerado afirmar que el viaje a Tabasco representó
para Greene una capitulación “ante un aislamiento casi
total”. Rompe sus contactos con el mundo, con la Iglesia y
sus sacramentos, entregándose por entero a un territorio
inhóspito que él llamó “el Tabasco sin
Dios” de Garrido Canabal. La fecha de 1938 parece inocente,
aunque no lo es, ya que algo tuvo ese año para la literatura,
aparte de los hechos políticos y sociales que presenció
el país. Una parte de Bajo el volcán se desarrolla
ese año exactamente el Día de Muertos, mientras el
gobierno de Cárdenas vive en crisis creciente debido a las
amenazas de ingleses y norteamericanos que estaban en contra de
la Expropiación Petrolera. También Sherwood Anderson
(1876-1941) viajó con destino a Acapulco , y Evelyn Waugh
(1903-1966) recorrió Puebla, Cuernavaca, Taxco, Oaxaca, entre
otras ciudades, para escribir un libro sobre la cuestión
del petróleo. Lowry dijo que no era una gracia ser “gringo”
en México esos días, “aunque uno no fuera un
cónsul británico borracho”. Para ninguno de
ellos el viaje a México fue tan accidentado como para Greene,
que lo convirtió en martirio y en una rara penitencia, tal
vez por su reciente conversión al catolicismo y por haber
decidido llegar Tabasco.
Durante su estancia de cinco semanas en México, Greene hizo
muchas cosas. Ante todo recorrió miles de kilómetros,
desde Laredo hasta San Cristóbal las Casas. Presenció
una pelea de gallos, entrevistó al general Cedillo, pulsó
la realidad política y social del cardenismo. Comió
mal y nunca estuvo a gusto, así es que llegó a detestar
el país. A lo anterior hay que agregar el malestar constante
que le producía no entender una sola palabra de español,
las incomodidades del viaje, la lentitud de los trenes.
La crónica de viaje pretende ir explorando el espacio y su
ambiente, en un tiempo breve; el punto de vista, alternado, es poco
complaciente. Greene parecía convencido de que la gente debe
tener algún motivo para vivir, “algo que no pertenezca
a este estrecho mundo; ya sea la idea del progreso inevitable de
la revolución proletaria o simplemente que un gato negro
trae mala suerte si se cruza delante de uno”. Este pan espiritual,
por llamarlo de alguna manera, se lo habían quitado a los
mexicanos, según Greene, mediante un programa de gobierno
que era en realidad una cruzada contra la Iglesia católica
y sus sacerdotes, y el mejor ejemplo se hallaba en Tabasco.
En aquella “majestad caída” del trópico
no había nada que hacer, nada que mirar ni visitar; sólo
se sentía la presencia de los mosquitos como una plaga que
le recordaban al hombre su triste condición. Y los zopilotes
acurrucados en los techos. “Era como un pueblo sitiado por
basureros: tiburones en el río y zopilotes en las calles”.
En esta crónica sobre Tabasco, Greene se regodea en su propia
visión de un espacio degradado. La imagen concluyente de
Greene surge apenas comienza su viaje por el “estado sin Dios”.
“Esto era Tabasco, el estado puritano, pantanoso, aislado,
de Garrido Canabal. Garrido —así decían—
había destruido todas las iglesias; había organizado
una milicia de Camisas Rojas, y hasta les había hecho cruzar
la frontera de Chiapas, persiguiendo iglesias y sacerdotes. Allanaban
las casas de los particulares, en busca de emblemas religiosos,
y la cárcel era el castigo para los que los poseían.”
(Baltazar Dromundo, Tomás Garrido: su vida y su leyenda.)
La población parecía sujeta a esa imagen descarnada
del “hombre del sureste” que era Garrido Canabal y su
lección implacable de anticlericalismo. Pero justo el 16
de marzo, cuando Greene iba hacia Tabasco, había llegado
a Villahermosa Salvador Abascal, el hombre que lograría llevar
a cabo la “reconquista espiritual de Tabasco”. En un
pequeño hotel de Villahermosa, después del breve paseo
por la plaza y las callecitas, pensó entonces en seguir la
lectura del libro de Trollope, pero tuvo que interrumpirla porque
la luz eléctrica se apagó. Recordó en ese instante,
antes de la medianoche, la frase “una mala tierra”;
pero su sentido común percibió algo más definitivo:
un vacío interno, un lejano abandono. “Uno sentía
que se acercaba al centro de algo, aunque sólo fuera el centro
de la oscuridad y del abandono”.
Muchas cosas de Tabasco le molestan, inclusive la tos de la gente,
la piel morena, la ropa de hombres y mujeres. Pero en una tregua
del relato que ha establecido casi una guerra contra la realidad
mexicana, se borra la insatisfacción. Perdido entre Yajalón
y San Cristóbal de las Casas, en una travesía por
la selva con un arriero y tres mulas como transporte, Greene encuentra
la bondad humana en un viejo campesino que los recibe y les da posada
una sola noche. El pobre hombre sólo tiene su choza, algo
de maíz y una cama de tierra que pone a disposición
del viajero. Era el momento en que al fin había traspasado
una nueva frontera: la de Tabasco y su espectacular realidad desastrada
y la de Chiapas, el estado donde las iglesias se hallaban abiertas.
Cuando subió al avión que lo llevaría a Salto
y luego a Palenque, sintió un alivio, pero parecía
convencido de haber perdido algo. Escribió: “Abajo,
muy lejos, se extendía Tabasco, el estado sin Dios, el paisaje
del terror y del cautiverio de un hombre perseguido; bosque y agua,
sin caminos, y en el horizonte las montañas de Chiapas”.
Pero la avioneta lo deja en mitad de la selva y no regresa por él.
De nuevo renace la sensación de abandono total, como si lo
hubieran aventado en una isla desde el principio de la historia,
y fuera el primer hombre. Las imágenes de la Biblia fluían
en cascada a la mente de este viajero inglés reducido a un
punto en la selva inmensa, inexorable, en la que debía moverse.
¿Quiénes son los autores de los relatos de viaje?
Sabios, investigadores, muchas veces ambiciosos aventureros para
los que importan más las peripecias del viaje que las poblaciones
que atraviesan. También los poetas, que escriben poesía
y lo demás les importa poco en su viaje por la superficie
de la tierra. Pero la tensión que crea el relato de viaje
es necesaria; para conseguirla hace falta la posición del
colonizador: “curioso por conocer al otro, y seguro de su
propia superioridad”. En Greene se cumple esta categoría
casi cabalmente.
Él traía la curiosidad del hombre de letras y del
periodista que ha hecho ya una brillante carrera en su país,
del viajero que ha recorrido el África, y al mismo tiempo
su gesto y su palabra, su mirada y su texto, revelan al colonizador
confiado de que siempre le asistirá la razón. En la
persecución religiosa de los años veinte y treinta
encontró Greene un motivo más que suficiente para
mirar el país con encono y considerarlo enlodado. Y su viaje
a México adquirió el sentido de una empresa apostólica,
una misión y un destino. Pero lo miró con odio y en
su prosa el narrador infunde desprecio a lo que va describiendo.
Dice Greene que el “odio es, en el fondo, sólo un fracaso
de la imaginación”, y en todo su relato de viaje reflexiona
sobre el odio y la indiferencia de los mexicanos al haber sido privados
de Dios.
IV.
Síntesis del viaje
Libro de viajes y crónica de una búsqueda, Caminos
sin ley es al mismo tiempo un testimonio y una aventura de la imaginación,
una noticia y su opuesto: el relato, que va revelando en fragmentos
una geografía como la entiende Guy Davenport. Su lenguaje
es el resultado de un acercamiento hacia la realidad, pero también
del poder imaginativo del autor que no vio sólo gente, calles,
ríos, árboles, hombres de la política y del
clero, iglesias, sino un paradigma de la historia desastrada del
país. “La imaginación, es decir, el modo en
que delineamos y usamos el mundo, el modo en que lo vemos, tiene
contornos geográficos como las islas, los continentes y los
países”. Después del viaje de 1938 a México,
nada volvió a ser igual para Greene. Cuando le preguntaron,
años después, por qué había desatado
tanta ira contra México, respondió: “Tal vez
por aquí encontré la verdadera fe”. (Guy Davenport,
Historia de la imaginación.)
El resumen de su viaje a México fue excelente en cuanto a
producción, ya que obtuvo material para el texto que hemos
comentado, dos cuentos —“Al otro lado del puente”,
de 1938, cuyo escenario es una ciudad fronteriza cortada por un
río que la atraviesa, y “El billete de lotería”,
relato del viaje de Greene de Veracruz a Frontera, es el testimonio
de un peregrino que busca un santuario pero se arrepiente a medio
camino y no le queda sino seguir adelante. El material recogido
en este viaje, también fue utilizado por Greene en la elaboración
de su mejor novela, El poder y la gloria. Publicada en 1940, dos
años después de la estancia de Greene en Tabasco,
el “Estado sin Dios” que le sirve de escenario para
su historia, llevada al cine en dos ocasiones, fue y sigue siendo
una obra polémica.
Novela escrita como la continuación —más bien
fue la síntesis— de un viaje y de un proyecto narrativo,
El poder y la gloria es la tragedia de un cura perseguido en una
tierra que lo desconoce y lo hostiliza hasta el día de su
muerte. Era el Tabasco posterior a Garrido Canabal. Pero la novela
rebasa la historia, la explicación biográfica y documental.
Sobre esa tierra Greene había decidido destazar como un carnicero
la vida y la fe de los hombres, la idea de Dios, el paisaje de ríos
y pantanos. Así, nada se salva, ni Dios ni su criatura. En
sus distintos planos la novela muestra las variadas formas del dolor,
y el odio como temperatura moral de una tierra de la que han sido
suprimidos los valores religiosos del hombre. “La sensación
que se supedita a las vidas de estos personajes es el dolor”.
Atrapados en una selva oscura y misteriosa, el padre José,
el teniente de policía, el cura, el señor Tench, la
familia del capitán Fellows, son víctimas de un dolor
intenso que los esclaviza.
Pero ninguno de éstos adquiere en el relato la dimensión
teológica, filosófica, del teniente. Es el perseguidor
de los cristianos y del último cura que ha burlado la justicia
en todo el estado. Más que un funcionario de la burocracia
política es un ideólogo, y una criatura expuesta al
desamparo. Tuvo una niñez desdichada. Evoca su infancia como
un periodo de dolor que no desea que se repita más en el
mundo. Es un creyente a pesar de su declarado ateísmo, un
ser religioso, no obstante el odio que le provocan la Iglesia y
los sacerdotes. Su credo social no admite dudas: quiere hacer felices
a los demás y en esta misión debe comenzar desde la
raíz del problema que para él se encuentra en la infancia.
Cuando atrapa al cura en mitad de la selva lo mira con lástima.
Deben caminar juntos hasta la capital del estado, pero entre ambos
se establece una rara comunión. Greene pone en labios del
cura un discurso sobre el ser, Dios, la libertad, que recuerda mucho
al Gran Inquisidor, en Los hermanos Karamazov, en el sentido de
que en ambos casos la presencia de un desconocido altera la acción
y el significado de la estructura narrativa.
En el trayecto, el teniente justifica y aclara su posición.
Le dice al cura que predica entre los pobres una ficción.
Luchamos, le explica, para que no haya más dinero para oraciones
y templos. “En su lugar, daremos al pueblo alimentos, le enseñaremos
a leer, le proporcionaremos libros. Procuraremos que no padezca”.
En fin cada uno pertenece a una iglesia diferente. En esos dos personajes
es posible ver la paradoja que creó Greene sobre la persecución
religiosa de varios años en México. El teniente es
la promesa de redención social, una utopía, para los
desamparados y los campesinos del país. El cura encarna el
sufrimiento y el dolor que exige el cristianismo para llegar a la
vida eterna; es otra utopía, pero espiritual, que promete
el cielo a los seguidores de Cristo. Piensa que se ha quedado en
esa tierra inhóspita donde es proscrito porque sólo
de él recibirá la gente un aliento de esperanza. “Representa
el misterio de la gracia de Dios”. Junto a él el Teniente
es un virtuoso, “recto moralmente”, ama
sinceramente al pueblo que quiere reivindicar, y “está
convencido de que para ello debe librar al estado de las absurdas
supersticiones que atan sus mentes y sus cuerpos, pero en su intensidad
parece un sacerdote”.
Más allá del problema social y político que
entraña la persecución religiosa, El poder y la gloria
es un relato conmovedor que se desarrolla en la penumbra tal vez
para dar la sensación más cruda e inmensa de abandono,
de soledad. A través de esta obra Greene fue reconocido no
sólo como el periodista que era sino como un escritor que
podía crear almas en crisis con una intensidad comparable
a la de Josep Conrad. Se le ha llamado no sin razón el escritor
inglés más internacional después de Conrad.
Fue un escritor itinerante, como Conrad, para quien lo exótico
era más importante que la vida de Inglaterra. Dice Anthony
Burgess que la “política inglesa le queda chica a Graham
Greene”, por eso buscó más de una vez aquellas
regiones en las que la violencia, el fracaso, el terror, eran protagonistas
naturales de la historia. Y las encontró en México.
En su viaje por el país, Greene parecía imbuido de
espíritu cristiano y repetía frases de la Biblia.
Le estaba hablando a su conciencia; y el escritor a su imaginación.
Una pregunta siempre latente es ¿qué sentido tuvo
el viaje a México para Greene? Muchos, como hemos visto,
pero es posible plantear la respuesta con esta idea de Bruce Chatwin:
“La palabra viajar (travel) es la misma que la francesa travail.
Significa trabajo duro, penitencia y, finalmente, un viaje. Alguna
vez existió la idea, especialmente durante la Edad Media,
de que al salir en peregrinación —como hacen los peregrinos
musulmanes— se restablecía la condición original
del hombre. Se creía que el acto de caminar a través
de la selva o el desierto nos acercaba a Dios. Esa es una idea presente
en todas las religiones”. (Michael Ignatieff, “Una entrevista
con Bruce Chatwin”, Biblioteca de México, núms.
15-16, mayo-agosto de 1993.)
El viaje de Greene, sin embargo, no lo acerca a Dios, sino a su
capricho de lo que debería ser la religión en México.
No tuvo pues esas resonancias del viajero y la divinidad. Más
bien pensó encontrar cierta alegría profunda y resignada
en los mexicanos que le permitiría regresar a su condición
original. Sólo quería reconciliarse con su pasado
marcado por la depresión y el hastío, y encontró
una realidad en crisis en vez del paraíso buscado; reconcilió
entonces su idea sobre el Bien y el Mal con un país, México,
que creyó al borde del abismo.
México fue para Greene un estado de ánimo, “algo
que no podía sacudirme de encima”, como dijo él
mismo. Su estancia breve parece una ficción, en la que se
mezcla la realidad con la experiencia subjetiva, lo observado con
los sueños y las frustraciones del autor. En su autobiografía
se definió como un maniaco-depresivo; el temor al hastío
fue una piedra que arrastraba su personalidad lejos de casa, en
sus viajes. Lo dice con claridad: “El temor al aburrimiento
me llevó a Tabasco durante la persecución religiosa,
a una leprosería en el Congo, a la reservación Kikuyo
durante la insurrección de los Mau-Mau, a la emergencia en
Malasia y a la guerra francesa de Vietnam”. El crítico
Gwen R. Boardman habla de la materialización del mapa como
una metáfora de la búsqueda artística de Greene
en el sentido de que cada viaje tenía el significado de exponer
“nuevos niveles de conciencia artística y ofrecía
metáforas para su
desarrollo”.
Greene solía llevar a cabo una exploración del terreno
lejano sobre el que iba a escribir. Antes del viaje
estudió la historia de México, el problema religioso,
la vida del Padre Pro y la manera como fue fusilado, la sociedad
que había construido la Revolución Mexicana. El país
se le metió en la sangre. Entonces lo concibió como
una zona desastrada urgida de un juez, él mismo, que debía
ser valorada para ponerla en la balanza del mundo “civilizado”.
Ruiz Abreu.
Profesor de la UAM-X. Autor de Ciudad pintada en la ventana (Alfaguara,
1997).
 |
|
Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
| |
Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
|
|