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05 de junio de 2004

 

Greene y su camino sin Dios


 
Las razones de que “México se le metiera en la sangre” al escritor inglés Graham Greene, de quien se celebra este año el centenario de su nacimiento, pueden estar relacionadas con la investigación previa a su visita a nuestro país, ya que “antes del viaje estudió la historia de México, el problema religioso, la vida del Padre Pro y la manera como fue fusilado, la sociedad que había construido la Revolución Mexicana”. Sin embargo, la pasión que rezuma Caminos sin ley (1940), su crónica del viaje, obedece a una búsqueda personal: “México fue para él un estado de ánimo”.

El hombre tiene tanta necesidad
de huida
como del alimento y del sueño
profundo.
—Auden.

I. “I hate Mexico”
La escritura de viaje que produjo Graham Greene (1904-1990) suele
considerarse como la mejor de toda su obra literaria. Se encuentra en un libro que parece clave, Caminos sin ley (1940), pero también en su autobiografía, que partió en dos mitades: en una describió su vida y sus actividades, sus frustraciones, desde la infancia hasta los 27 años de edad, y la llamó Una especie de vida (1971). La otra la reunió en el libro Vías de escape (1980), era una continuación y algo más: la certeza de que sus viajes eran las mismas vías de la escritura que empezó a practicar en sus inicios como novelista y reportero en The Times. Greene siempre consideró que escribir era una fuga, un encuentro que le permitía escapar del tedio; se preguntaba cómo podían soportarlo quienes no practicaban el oficio de escribir.

Greene dejó el testimonio de su viaje a México en 1938, en ese texto admirable y al mismo tiempo terrible que es Caminos sin ley. Escrito bajo el signo religioso, es un libro que asombra por su estilo depurado de una realidad en evidente fuga. En México descubrió algo más que la miseria, la violencia y la demagogia de los gobiernos revolucionarios: el significado de un mundo que ya ha sido narrado y vislumbrado, y que es preciso rescatar del olvido. Aquí encontró la llave de sus dudas y creencias, ya que la persecución religiosa le pareció una agresión a la libertad de los mexicanos. La ausencia de Dios, que para este viajero era un calvario, y uno de los asuntos de su obra anterior y posterior.

Hecho de artículos que Greene publicó en revistas y periódicos ingleses, Caminos sin ley relata con insistencia el carácter de frontera, una línea divisoria de su intimidad y su pasado, que tuvo el viaje para Greene; el libro “yuxtapone el mito de la niñez perdida con la peregrinación del adulto por México”, un país que sufría en carne propia los estragos de su propia Revolución. Vivía, como lo insinúa Greene, en un periodo desastrado, en el que las fuerzas de la esperanza sucumbían ante las fuerzas del odio, el desamor y la caída. El país despertó en él una sensación de angustia y franca hostilidad y lo llevó a ciertos extremos mentales. Walker puntualiza:
“La ocasión para el viaje —investigar la persecución de la Iglesia católica en el México revolucionario— ofrecía a Greene un beneficio adicional que probablemente no había previsto. México (y especialmente el ‘Estado sin Dios’ de Tabasco) imprimió en Greene, como África no pudo hacerlo, la centralidad de su propia fe religiosa en la experiencia entera que él llamaba ‘vida en una frontera’.” (Ronald G. Walker, Paraíso infernal.)

No era un mercenario a sueldo que vino a denigrar a México ni un espía. Pero tampoco un cruzado que desea a toda costa cambiar el punto de vista del “otro”. Era si acaso un observador estricto al que la realidad mexicana no le quitaba el sueño, ni siquiera el destino más codiciado en su agenda de periodista. Pero una vez que la conoció y pudo ir midiéndola en sus arrebatos morales e ideológicos, en las tradiciones y hábitos de los campesinos, Greene modificó el destino de su relato. Ya no escribió para contar sólo una experiencia de viaje, inclinando la pluma de manera objetiva hacia la geografía, el paisaje y el tiempo mexicanos, sino que la contaminó gradualmente de odio y de rechazo. Greene creyó descubrir en la historia de México un penoso reflejo de luchas que sólo habían producido frustración.

Hizo de su relato de viaje una metáfora de un país, México, que había expulsado a Dios de su geografía para colocar al Hombre. El terror y la melancolía lo impulsaron a iniciar un trabajo de exploración de la nueva realidad y de su psicología. La escritura había sido para él una tabla de salvación. “Empecé a escribir y entonces el pasado perdió algo de su fuerza: escribía para librarme de él”. Greene tenía la misión de escribir un libro sobre la persecución religiosa que había vivido el país en los últimos doce años. En México, había sabido, el Estado surgido de la Revolución mexicana persigue a los sacerdotes, ha cerrado las iglesias en varias ocasiones, y ha declarado una guerra abierta al cristianismo.

Entró por la frontera de Laredo, Texas, y a partir de ese momento inició un recorrido que lo llevó a San Luis Potosí, a la ciudad de México, a Orizaba y el puerto de Veracruz, donde se embarcó con destino a la “tierra sin Dios”: Tabasco. En el trayecto dejó una parte de sí mismo, que rescató en los capítulos de Caminos sin ley. Libro de viajes, memoria en la que el autor se desdobla y echa sus prejuicios sobre el paisaje mexicano, sobre los caminos incómodos y llenos de polvo, sobre las calles de la ciudad y sus indios pidiendo limosna. Este no es un libro de viajes en sentido estricto. Es narración de una desdicha, de la que el mismo Graham Greene se había contagiado en Inglaterra durante su adolescencia, y que aplicó a la nueva realidad que vieron sus ojos.

Son muchos los testimonios de viajeros que hicieron de su cuaderno de notas, en el que iban escribiendo la nueva realidad, glosas que convirtieron en un verdadero género literario. Fueron a otros lugares no como turistas de ocasión; querían narrar la vida de otros países y otras culturas, entrar a la realidad ajena. Practicando una escritura objetiva, escribieron crónicas, cartas, pequeñas notas periodísticas que dan continuidad a su obra tanto como sus cuentos, sus poemas, sus novelas. Greene es uno de ellos sin duda.

II. La verdad de Greene
Según Todorov existen viajes de descubrimiento y exploración de lo desconocido, viajes de retorno, de regreso al pasado. El viaje moderno se interesa en el lector que acompañará al narrador en su viaje de encuentro con otra realidad ajena a la suya, que fue común en el siglo XIX. Pero en el siglo XX, el relato de viaje es ya una empresa del colonialismo: se intenta dar una visión “verdadera”, inobjetable, sobre un tiempo y un espacio que la mirada europea debe domesticar. ¿Cómo definir este viaje “especial” que fue capaz de despertar en Greene un odio tan sólido hacia México y la gente, las costumbres, la política y el gobierno, el arte y los pueblos que conoció en su itinerario? Su hostilidad parece el resultado de una actitud marcadamente colonialista del europeo que cree tener la razón en sus manos y más cuando se trata de pueblos “inferiores” como México. Greene trajo su verdad, una ideología determinada por su estilo, su experiencia inglesa, y su conversión al cristianismo en 1927, once años antes de venir a México. Siempre quedará por resolver el problema de por qué escogió Greene este país. Él mismo lo planteó: “¿Realmente esperaba encontrar allá lo que no había encontrado aquí? ¡Cómo!, si éste es el infierno, y no estoy fuera de él, contestaba Mefistófeles a Fausto”.

El país que vio Greene tenía un gran futuro, pero le pareció absurdo que a los trabajadores les siguieran prometiendo la felicidad terrenal. La tarea que se impuso el cronista fue muy clara: explorar la realidad descubierta con la finalidad de condenarla, debido a la ausencia de Dios. La fe se impuso a la escritura del viaje. A través de su prosa el lector mexicano puede descubrir un espacio y un tiempo muy precisos, pero Greene le infunde a sus descripciones un perfil terrible. Nada se salva de la suciedad y el olvido.
Todorov distingue entre el viaje interior y el viaje exterior que “va de la complicidad a la hostilidad”. Y agrega que “en nuestra civilización, que privilegia lo espiritual en detrimento de lo material (pero no es la única que lo hace), el viaje real unas veces se ensalzará como encarnación o prefiguración del viaje espiritual, y otras se denigrará en la medida en que hay que preferir lo interior a lo exterior”. Greene hizo una combinación del viaje interior con la descripción de la realidad que fue repasando, una comparación del presente con su pasado en Inglaterra. Y “su” pasado es posible verlo como un conflicto entre sus deseos íntimos y el mundo de afuera que lo llevó al psicoanálisis en 1920, algo inusual para un joven de su edad. La experiencia psicoanalítica le pareció un periodo feliz porque le permitió inventar historias en cada sesión. Tal vez por eso consideraba que un novelista tiene mucho de espía: “vigila, escucha, busca motivaciones, analiza a los personajes y, en su afán de servir a la literatura, carece de escrúpulos”. En 1938 seguía en esa actitud de inspector que va a revisar la obra de un país; era un visitante que en nombre de la misión que le había sido encomendada, y de la literatura, podía dejar de lado los escrúpulos.

Greene dividió su texto en dos partes, el prólogo y la narración “objetiva”. Y está escrito esmeradamente, en un estilo directo que combina la descripción y el punto de vista en diferentes espacios; la trama, como dice Wayne Gunn “es la reacción de un hombre contra un país, en donde su religión (según siente) está siendo difamada”. En el prólogo Greene recuerda su infancia en Inglaterra, “cuando empezó a creer en el cielo” y a temer el infierno; allá sintió un llamado de los misterios del amor. De alguna manera justifica su conversión y la necesidad que sintió de emprender el vuelo hacia otros países. “El resto de la obra es un ejemplo de la fe católica de Greene y la curiosa maravilla del amor a través de sus experiencias mexicanas”, continúa Gunn. En pocas palabras, el libro narra la experiencia del viaje de Greene a México y algo más: su conflicto interior.

Impresionado por los mendigos que como sombras aparecían y desaparecían en las estaciones de la ruta del tren, consideró que esa miseria era México. Greene creía,
siguiendo a Cobbet, de quien leía Paseos rurales, que el paisaje no era como lo habían definido los románticos; que olfateaban a Dios en las regiones más áridas. Cobbet, en cambio, juzga un paisaje de acuerdo a su valor para los seres humanos. Y este valor lo impuso Greene a la realidad mexicana. A bordo del tren que lo lleva a la ciudad de México, sólo registra la aridez que va pasando por su ventanilla como un espejismo y la miseria que comprueba en las estaciones; los mendigos que se acercaban “por ambos lados de la vía, como sucios animales de un zoológico abandonado”.

En la ciudad de México visitó muchos sitios, pero principalmente fue a la Villa de Guadalupe, que era el santuario vital de México, el “centro de la devoción de toda una nación”. De casi todo el cronista hizo un juicio. El muralismo le pareció digno pero cargado de ideología; los frescos de Orozco y de Rivera revelan, explica, grandes hazañas ideológicas del hombre, la creación, la historia, pero en todo momento Dios ha sido sustituido por la ciencia, el progreso. El Hijo de la Creación de Rivera “¿qué es sino el progreso, la dignidad humana, grandes y vacíos conceptos victorianos que la vida niega a cada instante?”.
Dejó la Ciudad de México una mañana en la que pudo leer en los periódicos, ojeados en la estación de trenes, que el presidente Cárdenas había firmado el decreto de expropiación de las compañías petroleras. La medida le pareció una farsa más de las que había urdido la Revolución mexicana para ganarse la voluntad popular. El viaje puede tener la finalidad, explícita o inconsciente, de conocer otros lugares, conocer “el otro”, o el conocimiento de sí mismo. Explorando el mundo, “uno empieza a descubrirse a sí mismo”, dice Montaigne, ya que “Este vasto mundo es el espejo en que hemos de mirarnos para conocernos bien”. El descubrimiento que llevó a cabo Greene fue de sí mismo y de un tiempo y un espacio que le vio en una situación anárquica, un laberinto en el que su pensamiento se perdía y la imaginación del artista flotaba: “La vida parecía amontonarse como amontonan las latas viejas y los zapatos contra un rompeolas; uno formaba parte de la resaca”.

De alguna manera, Graham Greene violó muchas teorías del relato de viajes en la escritura de Caminos sin ley, un relato que mira de lejos la existencia del “otro”; pues “el yo no existe sin el tú”, dice Todorov, y agrega que “uno no puede acceder al fondo de sí mismo si se excluye a los demás”. Greene intentó precisamente llevar a cabo esa exclusión: borrar del espacio y del tiempo en que iba entrando a México al “otro”, llámese Juan, la Revolución Mexicana, Diego Rivera, la Avenida Juárez, Orizaba, Frontera o Villahermosa, Tabasco. Su odio al país que visitaba no se explica sin esa búsqueda de aliviar su alma y su mente, abrumadas en los años de trabajo periodístico y de disimulada felicidad viajando.

¿El libro de viaje de Greene es alegórico? ¿No es más bien impresionista? Si hablamos de impresionismo es preciso aceptar que el viajero se “contenta con darnos a conocer sus impresiones”, y no trata de enseñar otra cosa. El relato de viaje por América suele ser alegórico, sobre todo cuando lo llevan a cabo europeos. Subordina “las observaciones del viajero a un designio preconcebido”. Tal vez esto explicaría por qué casi todo lo que el viajero Greene describió de México era motivo de desprecio, pues desde antes de recorrer el país parecía predestinado a ver sólo un mundo en ruinas. Su idea de la “frontera” es muy importante para reconocer el tipo de escritura que Greene produciría a raíz de su visita a México. La definió como “algo más que una aduana”, una vez que han sellado el pasaporte, el “hombre que busca paisajes imagina extraños bosques y montañas inauditas”, piensa que todo será distinto allá. Pero el desdichado “se imagina por lo menos un infierno distinto”.

III. El Estado sin Dios
No es exagerado afirmar que el viaje a Tabasco representó para Greene una capitulación “ante un aislamiento casi total”. Rompe sus contactos con el mundo, con la Iglesia y sus sacramentos, entregándose por entero a un territorio inhóspito que él llamó “el Tabasco sin Dios” de Garrido Canabal. La fecha de 1938 parece inocente, aunque no lo es, ya que algo tuvo ese año para la literatura, aparte de los hechos políticos y sociales que presenció el país. Una parte de Bajo el volcán se desarrolla ese año exactamente el Día de Muertos, mientras el gobierno de Cárdenas vive en crisis creciente debido a las amenazas de ingleses y norteamericanos que estaban en contra de la Expropiación Petrolera. También Sherwood Anderson (1876-1941) viajó con destino a Acapulco , y Evelyn Waugh (1903-1966) recorrió Puebla, Cuernavaca, Taxco, Oaxaca, entre otras ciudades, para escribir un libro sobre la cuestión del petróleo. Lowry dijo que no era una gracia ser “gringo” en México esos días, “aunque uno no fuera un cónsul británico borracho”. Para ninguno de ellos el viaje a México fue tan accidentado como para Greene, que lo convirtió en martirio y en una rara penitencia, tal vez por su reciente conversión al catolicismo y por haber decidido llegar Tabasco.

Durante su estancia de cinco semanas en México, Greene hizo muchas cosas. Ante todo recorrió miles de kilómetros, desde Laredo hasta San Cristóbal las Casas. Presenció una pelea de gallos, entrevistó al general Cedillo, pulsó la realidad política y social del cardenismo. Comió mal y nunca estuvo a gusto, así es que llegó a detestar el país. A lo anterior hay que agregar el malestar constante que le producía no entender una sola palabra de español, las incomodidades del viaje, la lentitud de los trenes.

La crónica de viaje pretende ir explorando el espacio y su ambiente, en un tiempo breve; el punto de vista, alternado, es poco complaciente. Greene parecía convencido de que la gente debe tener algún motivo para vivir, “algo que no pertenezca a este estrecho mundo; ya sea la idea del progreso inevitable de la revolución proletaria o simplemente que un gato negro trae mala suerte si se cruza delante de uno”. Este pan espiritual, por llamarlo de alguna manera, se lo habían quitado a los mexicanos, según Greene, mediante un programa de gobierno que era en realidad una cruzada contra la Iglesia católica y sus sacerdotes, y el mejor ejemplo se hallaba en Tabasco.

En aquella “majestad caída” del trópico no había nada que hacer, nada que mirar ni visitar; sólo se sentía la presencia de los mosquitos como una plaga que le recordaban al hombre su triste condición. Y los zopilotes acurrucados en los techos. “Era como un pueblo sitiado por basureros: tiburones en el río y zopilotes en las calles”. En esta crónica sobre Tabasco, Greene se regodea en su propia visión de un espacio degradado. La imagen concluyente de Greene surge apenas comienza su viaje por el “estado sin Dios”.

“Esto era Tabasco, el estado puritano, pantanoso, aislado, de Garrido Canabal. Garrido —así decían— había destruido todas las iglesias; había organizado una milicia de Camisas Rojas, y hasta les había hecho cruzar la frontera de Chiapas, persiguiendo iglesias y sacerdotes. Allanaban las casas de los particulares, en busca de emblemas religiosos, y la cárcel era el castigo para los que los poseían.” (Baltazar Dromundo, Tomás Garrido: su vida y su leyenda.)
La población parecía sujeta a esa imagen descarnada del “hombre del sureste” que era Garrido Canabal y su lección implacable de anticlericalismo. Pero justo el 16 de marzo, cuando Greene iba hacia Tabasco, había llegado a Villahermosa Salvador Abascal, el hombre que lograría llevar a cabo la “reconquista espiritual de Tabasco”. En un pequeño hotel de Villahermosa, después del breve paseo por la plaza y las callecitas, pensó entonces en seguir la lectura del libro de Trollope, pero tuvo que interrumpirla porque la luz eléctrica se apagó. Recordó en ese instante, antes de la medianoche, la frase “una mala tierra”; pero su sentido común percibió algo más definitivo: un vacío interno, un lejano abandono. “Uno sentía que se acercaba al centro de algo, aunque sólo fuera el centro de la oscuridad y del abandono”.

Muchas cosas de Tabasco le molestan, inclusive la tos de la gente, la piel morena, la ropa de hombres y mujeres. Pero en una tregua del relato que ha establecido casi una guerra contra la realidad mexicana, se borra la insatisfacción. Perdido entre Yajalón y San Cristóbal de las Casas, en una travesía por la selva con un arriero y tres mulas como transporte, Greene encuentra la bondad humana en un viejo campesino que los recibe y les da posada una sola noche. El pobre hombre sólo tiene su choza, algo de maíz y una cama de tierra que pone a disposición del viajero. Era el momento en que al fin había traspasado una nueva frontera: la de Tabasco y su espectacular realidad desastrada y la de Chiapas, el estado donde las iglesias se hallaban abiertas.

Cuando subió al avión que lo llevaría a Salto y luego a Palenque, sintió un alivio, pero parecía convencido de haber perdido algo. Escribió: “Abajo, muy lejos, se extendía Tabasco, el estado sin Dios, el paisaje del terror y del cautiverio de un hombre perseguido; bosque y agua, sin caminos, y en el horizonte las montañas de Chiapas”. Pero la avioneta lo deja en mitad de la selva y no regresa por él. De nuevo renace la sensación de abandono total, como si lo hubieran aventado en una isla desde el principio de la historia, y fuera el primer hombre. Las imágenes de la Biblia fluían en cascada a la mente de este viajero inglés reducido a un punto en la selva inmensa, inexorable, en la que debía moverse.

¿Quiénes son los autores de los relatos de viaje? Sabios, investigadores, muchas veces ambiciosos aventureros para los que importan más las peripecias del viaje que las poblaciones que atraviesan. También los poetas, que escriben poesía y lo demás les importa poco en su viaje por la superficie de la tierra. Pero la tensión que crea el relato de viaje es necesaria; para conseguirla hace falta la posición del colonizador: “curioso por conocer al otro, y seguro de su propia superioridad”. En Greene se cumple esta categoría casi cabalmente.

Él traía la curiosidad del hombre de letras y del periodista que ha hecho ya una brillante carrera en su país, del viajero que ha recorrido el África, y al mismo tiempo su gesto y su palabra, su mirada y su texto, revelan al colonizador confiado de que siempre le asistirá la razón. En la persecución religiosa de los años veinte y treinta encontró Greene un motivo más que suficiente para mirar el país con encono y considerarlo enlodado. Y su viaje a México adquirió el sentido de una empresa apostólica, una misión y un destino. Pero lo miró con odio y en su prosa el narrador infunde desprecio a lo que va describiendo. Dice Greene que el “odio es, en el fondo, sólo un fracaso de la imaginación”, y en todo su relato de viaje reflexiona sobre el odio y la indiferencia de los mexicanos al haber sido privados de Dios.

IV. Síntesis del viaje
Libro de viajes y crónica de una búsqueda, Caminos sin ley es al mismo tiempo un testimonio y una aventura de la imaginación, una noticia y su opuesto: el relato, que va revelando en fragmentos una geografía como la entiende Guy Davenport. Su lenguaje es el resultado de un acercamiento hacia la realidad, pero también del poder imaginativo del autor que no vio sólo gente, calles, ríos, árboles, hombres de la política y del clero, iglesias, sino un paradigma de la historia desastrada del país. “La imaginación, es decir, el modo en que delineamos y usamos el mundo, el modo en que lo vemos, tiene contornos geográficos como las islas, los continentes y los países”. Después del viaje de 1938 a México, nada volvió a ser igual para Greene. Cuando le preguntaron, años después, por qué había desatado tanta ira contra México, respondió: “Tal vez por aquí encontré la verdadera fe”. (Guy Davenport, Historia de la imaginación.)
El resumen de su viaje a México fue excelente en cuanto a producción, ya que obtuvo material para el texto que hemos comentado, dos cuentos —“Al otro lado del puente”, de 1938, cuyo escenario es una ciudad fronteriza cortada por un río que la atraviesa, y “El billete de lotería”, relato del viaje de Greene de Veracruz a Frontera, es el testimonio de un peregrino que busca un santuario pero se arrepiente a medio camino y no le queda sino seguir adelante. El material recogido en este viaje, también fue utilizado por Greene en la elaboración de su mejor novela, El poder y la gloria. Publicada en 1940, dos años después de la estancia de Greene en Tabasco, el “Estado sin Dios” que le sirve de escenario para su historia, llevada al cine en dos ocasiones, fue y sigue siendo una obra polémica.

Novela escrita como la continuación —más bien fue la síntesis— de un viaje y de un proyecto narrativo, El poder y la gloria es la tragedia de un cura perseguido en una tierra que lo desconoce y lo hostiliza hasta el día de su muerte. Era el Tabasco posterior a Garrido Canabal. Pero la novela rebasa la historia, la explicación biográfica y documental. Sobre esa tierra Greene había decidido destazar como un carnicero la vida y la fe de los hombres, la idea de Dios, el paisaje de ríos y pantanos. Así, nada se salva, ni Dios ni su criatura. En sus distintos planos la novela muestra las variadas formas del dolor, y el odio como temperatura moral de una tierra de la que han sido suprimidos los valores religiosos del hombre. “La sensación que se supedita a las vidas de estos personajes es el dolor”. Atrapados en una selva oscura y misteriosa, el padre José, el teniente de policía, el cura, el señor Tench, la familia del capitán Fellows, son víctimas de un dolor intenso que los esclaviza.

Pero ninguno de éstos adquiere en el relato la dimensión teológica, filosófica, del teniente. Es el perseguidor de los cristianos y del último cura que ha burlado la justicia en todo el estado. Más que un funcionario de la burocracia política es un ideólogo, y una criatura expuesta al desamparo. Tuvo una niñez desdichada. Evoca su infancia como un periodo de dolor que no desea que se repita más en el mundo. Es un creyente a pesar de su declarado ateísmo, un ser religioso, no obstante el odio que le provocan la Iglesia y los sacerdotes. Su credo social no admite dudas: quiere hacer felices a los demás y en esta misión debe comenzar desde la raíz del problema que para él se encuentra en la infancia. Cuando atrapa al cura en mitad de la selva lo mira con lástima. Deben caminar juntos hasta la capital del estado, pero entre ambos se establece una rara comunión. Greene pone en labios del cura un discurso sobre el ser, Dios, la libertad, que recuerda mucho al Gran Inquisidor, en Los hermanos Karamazov, en el sentido de que en ambos casos la presencia de un desconocido altera la acción y el significado de la estructura narrativa.

En el trayecto, el teniente justifica y aclara su posición. Le dice al cura que predica entre los pobres una ficción. Luchamos, le explica, para que no haya más dinero para oraciones y templos. “En su lugar, daremos al pueblo alimentos, le enseñaremos a leer, le proporcionaremos libros. Procuraremos que no padezca”. En fin cada uno pertenece a una iglesia diferente. En esos dos personajes es posible ver la paradoja que creó Greene sobre la persecución religiosa de varios años en México. El teniente es la promesa de redención social, una utopía, para los desamparados y los campesinos del país. El cura encarna el sufrimiento y el dolor que exige el cristianismo para llegar a la vida eterna; es otra utopía, pero espiritual, que promete el cielo a los seguidores de Cristo. Piensa que se ha quedado en esa tierra inhóspita donde es proscrito porque sólo de él recibirá la gente un aliento de esperanza. “Representa el misterio de la gracia de Dios”. Junto a él el Teniente es un virtuoso, “recto moralmente”, ama
sinceramente al pueblo que quiere reivindicar, y “está convencido de que para ello debe librar al estado de las absurdas supersticiones que atan sus mentes y sus cuerpos, pero en su intensidad parece un sacerdote”.

Más allá del problema social y político que entraña la persecución religiosa, El poder y la gloria es un relato conmovedor que se desarrolla en la penumbra tal vez para dar la sensación más cruda e inmensa de abandono, de soledad. A través de esta obra Greene fue reconocido no sólo como el periodista que era sino como un escritor que podía crear almas en crisis con una intensidad comparable a la de Josep Conrad. Se le ha llamado no sin razón el escritor inglés más internacional después de Conrad. Fue un escritor itinerante, como Conrad, para quien lo exótico era más importante que la vida de Inglaterra. Dice Anthony Burgess que la “política inglesa le queda chica a Graham Greene”, por eso buscó más de una vez aquellas regiones en las que la violencia, el fracaso, el terror, eran protagonistas naturales de la historia. Y las encontró en México.

En su viaje por el país, Greene parecía imbuido de espíritu cristiano y repetía frases de la Biblia. Le estaba hablando a su conciencia; y el escritor a su imaginación. Una pregunta siempre latente es ¿qué sentido tuvo el viaje a México para Greene? Muchos, como hemos visto, pero es posible plantear la respuesta con esta idea de Bruce Chatwin:
“La palabra viajar (travel) es la misma que la francesa travail. Significa trabajo duro, penitencia y, finalmente, un viaje. Alguna vez existió la idea, especialmente durante la Edad Media, de que al salir en peregrinación —como hacen los peregrinos musulmanes— se restablecía la condición original del hombre. Se creía que el acto de caminar a través de la selva o el desierto nos acercaba a Dios. Esa es una idea presente en todas las religiones”. (Michael Ignatieff, “Una entrevista con Bruce Chatwin”, Biblioteca de México, núms. 15-16, mayo-agosto de 1993.)

El viaje de Greene, sin embargo, no lo acerca a Dios, sino a su capricho de lo que debería ser la religión en México. No tuvo pues esas resonancias del viajero y la divinidad. Más bien pensó encontrar cierta alegría profunda y resignada en los mexicanos que le permitiría regresar a su condición original. Sólo quería reconciliarse con su pasado marcado por la depresión y el hastío, y encontró una realidad en crisis en vez del paraíso buscado; reconcilió entonces su idea sobre el Bien y el Mal con un país, México, que creyó al borde del abismo.

México fue para Greene un estado de ánimo, “algo que no podía sacudirme de encima”, como dijo él
mismo. Su estancia breve parece una ficción, en la que se mezcla la realidad con la experiencia subjetiva, lo observado con los sueños y las frustraciones del autor. En su autobiografía se definió como un maniaco-depresivo; el temor al hastío fue una piedra que arrastraba su personalidad lejos de casa, en sus viajes. Lo dice con claridad: “El temor al aburrimiento me llevó a Tabasco durante la persecución religiosa, a una leprosería en el Congo, a la reservación Kikuyo durante la insurrección de los Mau-Mau, a la emergencia en Malasia y a la guerra francesa de Vietnam”. El crítico Gwen R. Boardman habla de la materialización del mapa como una metáfora de la búsqueda artística de Greene en el sentido de que cada viaje tenía el significado de exponer “nuevos niveles de conciencia artística y ofrecía metáforas para su
desarrollo”.

Greene solía llevar a cabo una exploración del terreno lejano sobre el que iba a escribir. Antes del viaje
estudió la historia de México, el problema religioso, la vida del Padre Pro y la manera como fue fusilado, la sociedad que había construido la Revolución Mexicana. El país se le metió en la sangre. Entonces lo concibió como una zona desastrada urgida de un juez, él mismo, que debía ser valorada para ponerla en la balanza del mundo “civilizado”.

Ruiz Abreu. Profesor de la UAM-X. Autor de Ciudad pintada en la ventana (Alfaguara, 1997).



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
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