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02 de octubre de 2004

 

Julio Verne y México

Por Philippe Valetoux

Joven estudiante de Derecho, Julio Verne descubrió el ambiente literario de París, donde tuvo oportunidad de conocer a quienes le abrieron las puertas al mundo de las letras. Cuando renunció al oficio de abogado se dedicó a la escritura y produjo pequeñas obras de teatro que llegaron a tener mucho éxito. Sin embargo, se le presentó la oportunidad de publicar varias narraciones que, tanto por su tema como por su estructura, anunciaban ya sus futuros Viajes extraordinarios. La obra que antecede a todos sus textos conocidos se titula Los primeros navíos de la marina mexicana. Julio Verne fue a buscar al Nuevo Mundo la inspiración de un género reciente: la novela científica que le daría tanta fama y fortuna.

Un joven obstinado
A los trece años, el joven Verne declaró ante sus estupefactos padres que quería ser un gran poeta. Esta afirmación fue rápidamente descartada por su padre, procurador de Nantes, que veía para su primogénito una sola dirección posible: el Derecho. “Serás abogado”, le dijo el padre, quien consideraba a Julio su sucesor en el despacho más importante de la ciudad. A diferencia de su hermano Pablo, Julio tuvo que renunciar a la inclinación que sentía por el mar. Los hermanos Verne asistieron a la escuela Saint Stanislas, y luego al pequeño seminario Saint Donatien, donde Julio destacó por sus aptitudes. Sobresalió, sobre todo, en materias como geografía, música, griego y latín. Ciertamente laureles modestos, pero prometedores. Durante las reuniones familiares, Julio componía pequeñas estrofas en verso que deleitaban a sus mayores por su encanto y por su humor. En el Colegio Real de Nantes obtuvo el bachillerato en letras, el 18 de septiembre de 1846. En abril de 1847 cursó en París el primer año de Derecho, y volvió a Nantes para cursar el segundo. Sus intereses marítimos, latentes en él desde que había aprendido a navegar en el río Loira, lo llevaron a aprovechar una oportunidad de libertad: Verne aceptó ir a París a fin de terminar sus estudios de Derecho. Consciente de que, lejos de la mirada paterna, podría vivir su vida, Verne también vio en París una oportunidad para explorar el mundo literario, la poesía y la música. En ese sentido, su proyecto más personal avanzaba.

La bohemia parisina
Instalado en la capital, a la vez que estudiaba Derecho, Verne llevaba una caótica vida estudiantil y una incipiente vida mundana. Frecuentaba el salón de Madame Barrère, amiga de su madre Sophie, e ironizaba constantemente las pretensiones de las personas con las que se codeaba en aquel sitio. Sin embargo, allí conoció a mucha gente, en particular al caballero d'Arpentigny que fue quien le presentó a Alejandro Dumas padre que, en ese momento, estaba en el pináculo de la fama. Verne tuvo la oportunidad de asistir a la representación de La juventud de los mosqueteros en un palco de honor. Dumas, cuya hospitalidad y generosidad eran legendarias, ejercería una enorme influencia literaria sobre Julio, quien rápidamente trabó amistad con Dumas hijo, que triunfaba con su novela La dama de las camelias. Ambos se llevaron de maravilla y escribieron “a cuatro manos” Las pajas rotas, una pequeña comedia en verso de un acto. Para protegerla, Dumas padre la llevó al escenario del “Teatro histórico” que había mandado construir para montar sus propias obras y que a la larga lo conduciría a la ruina. Este éxito parisino fue el primer paso de Julio Verne en el oficio de escritor.

A pesar de este periodo en que Verne fue a medias estudiante y bohemio, logró obtener la licenciatura en Derecho, el 6 de agosto de 1850. Convertido en todo un parisino, ahora podía mofarse de sus amigos provincianos. Sin embargo, asolado por dificultades financieras y problemas familiares, tuvo que considerar seriamente la posibilidad de ejercer la carrera de abogacía en el despacho de un amigo de la familia, de apellido Champonnière quien, por azares del destino, murió en ese momento. Verne vio en eso una señal del destino. Entonces, a pesar de las recriminaciones de su padre, abandonó el Derecho para siempre. “Puedo ser un buen hombre de letras pero sería un pésimo abogado, pues vería en todo sólo el lado cómico y las formas artísticas...”. Aunque su padre se mostraba molesto, en el fondo él mismo no podía olvidar sus épocas de estudiante en París cuando, en sus ratos libres, componía canciones y poesías. Con frecuencia Julio le pedía dinero a su padre, y para hacerlo recurría a la composición de versitos. Él, encantado, le respondía con más versos. De tal palo tal astilla. La decisión de Julio de abandonar la abogacía fue definitiva: “...elegí la literatura ante todo porque en ella tendré éxito y porque mi mente está siempre fija ese punto”. La suerte estaba echada. Deslumbrado por Víctor Hugo, Verne ambicionaba la misma fama literaria: “Quiero creerlo a toda costa: hay que reaccionar en el presente y tener fe en el porvenir...”

Un encuentro crucial
En 1851 la carrera literaria de Verne tomó un giro decisivo. Gracias a Dumas, frecuentaba el salón de Jacques Arago, personaje entonces célebre y preferido de los círculos parisinos. Hermano menor de François —el encumbrado astrónomo, director del Observatorio de París—, Jacques era una persona con una mente brillante, gran viajero y aventurero sin igual. En 1817, participó en la expedición científica de la corbeta Urania alrededor del mundo. Viajó en globo, en barco de vapor y vio los primeros ferrocarriles. Autor dramático y director de teatro, pese a una ceguera, intervenida en 1837, Jacques no dejó de viajar ni de escribir. El libro de Verne Viaje alrededor del mundo(1849) —cuyo subtítulo es Recuerdos de un ciego— fue todo un éxito. Atento a toda novedad y a todo descubrimiento, Julio estaba en contacto con inventores, sabios, profesores, científicos y literatos, pues quería escribir la novela de la ciencia. En París, el salón al que asistía constituyó un punto de encuentro donde convergían exploradores e intelectuales, entre muchas otras gentes. Esta mezcla resultó ser de una riqueza prodigiosa y, para el joven Verne fue, sin duda, un gran polo de atracción.

Además de Jacques y de François, la familia Arago estaba constituida por numerosos hermanos y hermanas, todos con vidas muy distintas. Jacques Arago hablaba del sorprendente destino de su hermano Jean, a pesar de la reticencia que sentía su familia por su compromiso con México. Habló también de su hermano Joseph, brillante militar que sirvió asimismo a México, donde murió en 1860. Huelga decir cuánto influyeron los relatos de Arago sobre las aventuras de sus hermanos al servicio de la libertad.
Además, el continente americano gozaba en aquellos años de cierta fama y los franceses seguían con interés todos los sucesos, como la conquista del Oeste o los milagros auríferos en California. Arago no sería el último en fundar su “Sociedad de Aragonautas”. Arrastraría consigo a numerosos ingenuos a Sacramento en busca de oro, odisea que acabó mal. California formó parte de Estados Unidos a partir de una guerra de dos años. En febrero de 1849 México firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo mediante el cual cedió California a los estadounidenses, que la convirtieron en un estado de la Unión en marzo de 1849. Luego del fracaso de la Revolución de 1848, en París, en 1850, el gobierno reaccionario no dudó en deportar a los agitadores políticos y a los funcionarios “rojos”: 160 exoficiales de la Guardia móvil republicana. Así, México ocupaba entonces buena parte de la actualidad internacional. El nuevo continente parecía el sitio donde se daba una nueva inspiración popular. Los franceses devoraban las gacetas donde seguían apasionadamente los combates por la libertad.

Un suceso periodístico: El museo de las familias
Esta publicación mensual creada en 1833 sobre el modelo de “revista” inglesa, pretendía ser una publicación educativa y recreativa como se indicaba en el envío: “Queremos resumir y sustituir para nuestros lectores las bibliotecas que no pueden leer, los viajes que no pueden hacer, las palabras de los maestros sabios que no pueden oír, el mundo físico y moral que no pueden estudiar, las obras maestras de arte que no pueden adquirir”. Lanzada un año después de la ley Guizot que organizaba la enseñanza primaria, El museo de las familias se impuso de inmediato como herramienta natural del nuevo ímpetu popular hacia la alfabetización. Esta revista de vocación enciclopédica de pronto se puso muy de moda y la colaboración de autores célebres (Dumas, Balzac, A. Karr, Scribe, etcétera.) no podía faltar. La novedad era que los textos iban sistemáticamente acompañados por ilustraciones de buena factura (Horace Vernet, Gavarni, Morel-Fatio, Cham, etcétera.), lo que lograba una atractiva y muy apreciada iconografía. En julio de 1845 Pierre Chevalier era el redactor en jefe, que aparecía bajo el seudónimo de Pitre-Chevalier. A los treinta y dos años ya había realizado una gran labor periodística, escrito algunas obras regionalistas sobre la Baja Loira y la Vendée, y se reveló como un director de ideas modernas. Inventó el principio del folletín y creó una nueva prensa destinada al gran público. Este nativo de Nantes no cesaba de ampliar su círculo de colaboradores, su “cuadra de plumas” para estar bien acorde con la actualidad y seducir a sus lectores.
En 1851 Pitre-Chevalier, que seguramente ha oído hablar de Julio Verne a través de los Dumas padre e hijo, se puso en contacto con él para pedirle que colaborara en El museo. Fiel a su costumbre, le dio plena libertad temática a su nuevo autor quien le confíó sus ideas sobre México y la navegación en globo. La influencia de François Arago se hizo sentir. Pitre-Chavalier aceptó ambos temas sin prometerle fecha de publicación y Verne quedó encantado: ¡Por fin podría vivir de su pluma! No obstante, en ese momento estaba íntegramente dedicado al teatro y, gracias al apoyo de Dumas hijo, se convirtió en secretario del Teatro Lírico, bajo la dirección del Monsieur Seveste. Era, sin embargo, una función meramente administrativa que lo absorbía más de lo que él hubiera deseado. Por eso, trabajaba en varias colaboraciones de manera simultánea, una de ellas con los Dumas, “que rieron a morir con la lectura de Quiridine... ¡me hicieron cumplidos sinceros por el ingenio y factura de los versos!”.
En la mente de Julio Verne, la colaboración con El museo, ¿no sería solamente “una fantasía alimentaria”?

La gestación
Verne escribió a sus padres con cierta prudencia: “Es posible que en unos meses, querido papá, haga un estudio sobre México para publicarlo en El museo de las
familias. Me lo ha pedido Pitre-Chevalier, a quien conocí”. El joven literato no cabía en su orgullo. Era su primera colaboración pedida oficialmente y uno puede imaginar con facilidad su entusiasmo. Además, desde marzo había ya acabado prácticamente su texto y le precisó a su padre: “Mi artículo es simplemente una aventura que sucede en el interior de México a la manera de Cooper. No está todavía impreso, los grabados necesitarán uno o dos meses para la litografía”. Finalmente, en junio el texto quedó terminado: “He corregido las dos pruebas de los artículos de El museo. Este mes saldrá el primer artículo, se titula Los primeros navíos de la marina mexicana; el segundo se llama Viaje en globo... Estoy preparando también una obra de teatro con Jacques Arago”. Verne se sentía tan en deuda con Arago que pide a su padre: “Me gustaría que le escribieras, sin que me entere, una carta de agradecimiento por todos los favores que me hace”.
El texto de esta narración sobre México se publica en el número de julio de 1851 de El museo de las familias bajo el título: América del Sur. Estudio histórico. Los primeros navíos de la marina mexicana, pero Verne no está conforme: el que en el directorio de autores hayan confundido su nombre y le hayan puesto Charles, pasa, pero el geógrafo profesional que él deseaba ser estaba furioso porque se había cometido un error sin que él lo supiera: “Pitre-Chevalier que siempre quiere ponerle título a los artículos, cometió a mi juicio una torpeza: resaltó América del Sur. ¡Hay que poner América del Norte!”. A pesar de ese error menor, a fin de cuentas, la narración tuvo cierto éxito y se integró perfectamente a la revista.

La brisa de alta mar
Julio Verne no olvidó sus aspiraciones adolescentes. Seguía soñando con el océano interminable, con viajes fantásticos y aventuras marinas. Aunque se vio obligado a renunciar profesionalmente a todo eso, seguía añorando secretamente el mar.
Ejemplo de ello es la canción Los gavieros que escribió en 1847 para Charles Battaille, un buen pianista. La pasión de Verne por la música nunca fue desmentida y su amistad con el músico Hignard, oriundo de Nantes y siete años mayor que él, fue constante. Convivieron de 1851 a 1855 y trabajaron juntos en cuatro óperas cómicas. Hignard, alumno de Halévy, compuso la música y Verne el libreto. Los gavieros marcó el inicio de la colaboración entre ambos y, gracias a la interpretación de Battaille en la ópera cómica, tuvo cierto éxito. De manera paradójica, su padre, que se reserva opinar sobre el intérprete, le contesta: “Estoy totalmente de acuerdo en cuanto a Battaille: toca mal y exagera su papel...”. ¿Tenía Julio Verne miedo al éxito o bien ocultaba tras su reticencia una formidable exigencia de calidad?
En 1848 escribió también Un paseo por el mar, una pequeña obra teatral. La escena tiene lugar en el puente del Saint Dunstan, yate de recreo de Lord Gray, que se topa con un navío contrabandista francés. La obra no se presentó en público, pero revelaba una buena técnica marítima, y rendía testimonio indirecto de la pasión del autor.
¿Qué hizo Verne cuando a fines de julio de 1851 enfrentaba serias dificultades financieras y un futuro literario incierto? “Aunque triste y molesto... utilicé mis últimos cinco francos para recorrer ochenta lugares; tomé un tren el sábado por la noche y fui a Dunkerque para ver a mi tío Auguste... pasé todo el día en Dunkerque, bello puerto de mar, totalmente holandés. Vi el mar del Norte”. Es en el mar donde uno se renueva, se recarga de energía. Además no deja de hacer poesía del elemento líquido en diversas formas.
Julio Verne apenas tenía veintitrés años cuando escribió su primera narración y sus líneas traicionaban los ímpetus de su juventud romántica. No es de sorprender que el tema estuviera unido a su pasión por la geografía —enfocada a México—, y la pasión del mar a través de la historia de dos navíos. Es decir, se notaba un cierto hastío por el mundo material.

Una narración con toque épico
Los primeros navíos de la marina mexicana tiene como punto de partida una anécdota histórica, con toda probabilidad narrada por Arago, que es la captura de dos barcos españoles en 1825, el Asia y el Constanzia, para regresarlos a la nueva República de México, de donde se desprende el subtítulo. La entrada en materia se logra siguiendo un proceso experimental: “El 18 de octubre de 1825, el Asia, buque español de alto bordo y el Constanzia, bricbarca de ocho cañones, hacen escala en la isla de Guajan, una de las Marianas...”. Aquí el lector es lanzado brutalmente a bordo de los navíos, participando en las maniobras gracias a un estilo claro y conciso con un lenguaje técnico marítimo intachable.
El capitán de la expedición es un hombre valeroso, justo, venerado por todos, en particular por dos jóvenes oficiales que lo quieren como hijos adoptivos. Sobreviene una revuelta de la tripulación que quiere adueñarse del navío para venderlo a los insurrectos mexicanos. Cuando es golpeado mortalmente por el palo mayor de la vela cangreja, cuya escota ha cortado el lugarteniente rebelde, uno espera que el capitán se salve, pero es asesinado y triunfa el motín. Los dos héroes del relato que sabemos que tienen afecto por su capitán, son entonces llevados a hacer causa común con los amotinados. Les ayudan a entregar las dos embarcaciones a México, que es el comprador. El lector comprende que se trata tan sólo de un ardid, ya que los dos jóvenes son de corazón puro...
Los amotinados deben ir a recoger el dinero a la ciudad. En tierra, la guerra continúa. El jefe rebelde y su guía parten a caballo por la campiña mexicana sin saber que son perseguidos. De pronto, surgen los remordimientos en el corazón del traidor que, “supersticioso y culpable”, está obsesionado por su crimen. Luego de escapar a una avalancha y escalar la pendiente del volcán Popocatépetl bajo una violenta tormenta, es presa de alucinaciones y mata a su cómplice, que le servía de guía. En una infernal escalada, se escabulle entonces en medio de la tempestad para finalmente aventurarse en un puente de lianas. Es ahí donde vuelven a aparecer los dos fieles marinos. Esperaban ese momento para vengar a su capitán y cortan las cuerdas del puente. El traidor es lanzado al vacío y desaparece en el precipicio hacia el infierno. Se hace justicia.

Un trampolín técnico
El escenario de esta breve obra de teatro es muy sencillo, pero no hay que olvidar que en aquella época El museo de las familias tenía objetivos educativos y buscaba predicar la buena moral: “Lo que bien empieza bien acaba”. Encontramos aquí también los ingredientes de la tragedia clásica. Verne, el alumno aplicado de Saint Stanislas no ha olvidado sus clases de literatura clásica. Da rienda suelta a los cuatro elementos: al agua, con lluvias torrenciales; al aire, con las tempestades; a la tierra, con sus desprendimientos, y al fuego, con tormentas y volcanes.

Hoy en día, el interés del texto radica en que seduce al lector mediante un relato que revela las cualidades del futuro escritor. Su nieto, Jean-Jules Verne resume a la perfección la fuerza del relato de su abuelo: “Es así como a partir de este primer ensayo encontramos el germen de los términos que años más tarde alcanzarán la plenitud en los Viajes extraordinarios. Se advierte ya la preocupación por la documentación, la atracción por los fenómenos volcánicos, las tempestades y tormentas; la vivacidad de los diálogos, el arte del director y ese estilo rápido cuya simplicidad facilita el contacto directo. No será sino tiempo después cuando estas cualidades sean reafirmadas y apreciadas por un sagaz editor que, siendo él mismo un escritor de talento, era el indicado para descubrirlas”.

Este texto es finalmente una oportunidad eficaz para describir México. Encontramos aquí a un Julio Verne que se siente feliz entre historias sobre el mar, exploraciones y descripciones de los países recorridos. Aprovecha para brindar detalles sobre la población, la economía y la fauna del lugar, que inserta en los diálogos siguiendo una técnica que experimentará y reforzará el sentimiento de añoranza.

De una manera más sutil, hay que destacar en Los primeros navíos... la cuestión del mestizaje y de las razas, así como una reflexión moralista sobre la búsqueda del oro, actividad que entonces estaba en pleno apogeo en California. Se advierte también la presencia de un volcán que inicia una larga serie de relatos. Todo esto constituye una muestra del carácter decidido del autor, que está preparado ya para alcanzar la fama y la fortuna, y que no duda en escribir: “...¿Me someto a todo para dominar algo que es sólo un juego?”.

Rumbo al éxito
Esta colaboración con Pitre-Chevalier será fructífera y diversa. En abril de 1851, Verne le anuncia a su madre: “Estoy trabajando en dos actos que elaboro con P. Chevalier; será una colaboración...”. Ambos se complementan de maravilla y la atmósfera de trabajo es inmejorable. El 29 de junio de 1851, Verne le escribe a su padre: “Los dos actos con Pitre-Chevalier avanzan. Él es un hombre muy profesional. Me motiva mucho. Me dijo que de los 400 o 500 jóvenes que le habían pedido consejo desde que estaba en posición de darlos, yo era de los tres o cuatro con quienes se había comprometido a perseverar.” Y el tenaz joven literato pronto ve los frutos de su labor. El 22 de marzo de 1852 escribe a su madre: “Mi artículo ha gustado mucho a uno de los principales redactores de la Revista de los dos mundos...”. Esta colaboración durará mucho tiempo y en La Revista de las familias se publican por lo menos diez artículos suyos.
En 1852 Julio Verne conoce en casa de Arago a un artista peruano, el dibujante Merino, quien ha realizado acuarelas de su país, pero esta vez le toca a Verne acompañar las imágenes con un texto suyo. El joven Verne, apasionado de América, saldrá airoso de este difícil ejercicio, que se traduce en su libro Martín Paz. El éxito es tal que pronto se habla de él para un premio de la Academia. La técnica de su escritura es buena, pero Verne empieza a frecuentar las salas de lectura y, en particular, la Biblioteca Nacional donde lee mucho sobre el extranjero y las ciencias. Se pone en marcha la maquinaria que produce Los viajes extraordinarios .

La censura de Hetzel
Encarrilado por el editor Hetzel, Verne —convertido ahora en un autor de éxito— vuelve a utilizar sus primeros textos, que serán reeditados para convertirse en grandes títulos. Así, Los primeros navíos... se publicará en 1876 luego del famoso Michel Strogoff. Sin embargo, el editor —a raíz de lo que entre ellos se volvió una costumbre— le impuso a Verne serias modificaciones. Con veinticinco años de intervalo, los dos textos difieren considerablemente, al punto de que el título cambia a Un drama en México. Aquí, el texto original está condensado, la deriva romántica suprimida y, presionado por Hetzel, Verne censura su texto en nombre de la moral y el rigor. En el capítulo V las modificaciones trastocan incluso los efectos románticos debido a que se suprimen las erupciones volcánicas. En conclusión, quien rindió homenaje a uno de sus autores preferidos, Fenimore Cooper, queda completamente suprimido. ¿Qué queda de aquel texto original, tan vivo y apasionado? A decir verdad, casi nada. La perla literaria fue triturada por la política editorial.

La pepita de oro
Los primeros navíos de la marina mexicana es una narración corta y un auténtico ensayo, porque en él descubrimos ciertas características que más tarde volveremos a encontrar en la obra del novelista. Sin jamás haber ido a California en busca de oro, hurgando en la historia del Nuevo Mundo, Julio Verne descubrió una pepita de oro más lucrativa: la novela científica que le daría la verdadera fortuna a su creador. El reconocimiento por parte del mundo literario llegó mas tarde. En 1866 Emile Zola apunta: “Dramatizar la ciencia es una excelente idea para hacerla más accesible a los profanos. No creo que se llegue a ser sabio leyendo tales libros, pero por lo menos abren la curiosidad del saber; luego despiertan el interés, tienen el gran mérito de ser sanos”.
Este primer texto, en su versión original, tiene un toque inflamado y neo romántico, incluso grandilocuente, y revela a un joven autor de veintitrés años que se pierde en viajes imaginarios y en ensoñaciones marítimas. Aproximadamente doce años antes de que Verne conociera a Hetzel, presenciamos en ese texto el nacimiento del “literato geógrafo” en que se convirtió.
Más tarde, Verne, ya convertido en “un autor importante” dentro de la literatura francesa, hará que uno de sus personajes murmure: “Amo la libertad, la música y el mar”. ¿Habrá homenaje más bello para México?

El Havre, 13 de septiembre de 2004.

Valetoux. Navegante y piloto de barco en el puerto de el Havre. Actualmente prepara una edición de las bitácoras de Julio Verne.

Traducción de Mina Salazar.



Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx