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Por
Philippe Valetoux
Joven estudiante de Derecho, Julio Verne descubrió el
ambiente literario de París, donde tuvo oportunidad de conocer
a quienes le abrieron las puertas al mundo de las letras. Cuando
renunció al oficio de abogado se dedicó a la escritura
y produjo pequeñas obras de teatro que llegaron a tener mucho
éxito. Sin embargo, se le presentó la oportunidad
de publicar varias narraciones que, tanto por su tema como por su
estructura, anunciaban ya sus futuros Viajes extraordinarios. La
obra que antecede a todos sus textos conocidos se titula Los primeros
navíos de la marina mexicana. Julio Verne fue a buscar al
Nuevo Mundo la inspiración de un género reciente:
la novela científica que le daría tanta fama y fortuna.
Un joven
obstinado
A los trece años, el joven Verne declaró ante sus
estupefactos padres que quería ser un gran poeta. Esta afirmación
fue rápidamente descartada por su padre, procurador de Nantes,
que veía para su primogénito una sola dirección
posible: el Derecho. “Serás abogado”, le dijo
el padre, quien consideraba a Julio su sucesor en el despacho más
importante de la ciudad. A diferencia de su hermano Pablo, Julio
tuvo que renunciar a la inclinación que sentía por
el mar. Los hermanos Verne asistieron a la escuela Saint Stanislas,
y luego al pequeño seminario Saint Donatien, donde Julio
destacó por sus aptitudes. Sobresalió, sobre todo,
en materias como geografía, música, griego y latín.
Ciertamente laureles modestos, pero prometedores. Durante las reuniones
familiares, Julio componía pequeñas estrofas en verso
que deleitaban a sus mayores por su encanto y por su humor. En el
Colegio Real de Nantes obtuvo el bachillerato en letras, el 18 de
septiembre de 1846. En abril de 1847 cursó en París
el primer año de Derecho, y volvió a Nantes para cursar
el segundo. Sus intereses marítimos, latentes en él
desde que había aprendido a navegar en el río Loira,
lo llevaron a aprovechar una oportunidad de libertad: Verne aceptó
ir a París a fin de terminar sus estudios de Derecho. Consciente
de que, lejos de la mirada paterna, podría vivir su vida,
Verne también vio en París una oportunidad para explorar
el mundo literario, la poesía y la música. En ese
sentido, su proyecto más personal avanzaba.
La bohemia
parisina
Instalado en la capital, a la vez que estudiaba Derecho, Verne llevaba
una caótica vida estudiantil y una incipiente vida mundana.
Frecuentaba el salón de Madame Barrère, amiga de su
madre Sophie, e ironizaba constantemente las pretensiones de las
personas con las que se codeaba en aquel sitio. Sin embargo, allí
conoció a mucha gente, en particular al caballero d'Arpentigny
que fue quien le presentó a Alejandro Dumas padre que, en
ese momento, estaba en el pináculo de la fama. Verne tuvo
la oportunidad de asistir a la representación de La juventud
de los mosqueteros en un palco de honor. Dumas, cuya hospitalidad
y generosidad eran legendarias, ejercería una enorme influencia
literaria sobre Julio, quien rápidamente trabó amistad
con Dumas hijo, que triunfaba con su novela La dama de las camelias.
Ambos se llevaron de maravilla y escribieron “a cuatro manos”
Las pajas rotas, una pequeña comedia en verso de un acto.
Para protegerla, Dumas padre la llevó al escenario del “Teatro
histórico” que había mandado construir para
montar sus propias obras y que a la larga lo conduciría a
la ruina. Este éxito parisino fue el primer paso de Julio
Verne en el oficio de escritor.
A pesar de este
periodo en que Verne fue a medias estudiante y bohemio, logró
obtener la licenciatura en Derecho, el 6 de agosto de 1850. Convertido
en todo un parisino, ahora podía mofarse de sus amigos provincianos.
Sin embargo, asolado por dificultades financieras y problemas familiares,
tuvo que considerar seriamente la posibilidad de ejercer la carrera
de abogacía en el despacho de un amigo de la familia, de
apellido Champonnière quien, por azares del destino, murió
en ese momento. Verne vio en eso una señal del destino. Entonces,
a pesar de las recriminaciones de su padre, abandonó el Derecho
para siempre. “Puedo ser un buen hombre de letras pero sería
un pésimo abogado, pues vería en todo sólo
el lado cómico y las formas artísticas...”.
Aunque su padre se mostraba molesto, en el fondo él mismo
no podía olvidar sus épocas de estudiante en París
cuando, en sus ratos libres, componía canciones y poesías.
Con frecuencia Julio le pedía dinero a su padre, y para hacerlo
recurría a la composición de versitos. Él,
encantado, le respondía con más versos. De tal palo
tal astilla. La decisión de Julio de abandonar la abogacía
fue definitiva: “...elegí la literatura ante todo porque
en ella tendré éxito y porque mi mente está
siempre fija ese punto”. La suerte estaba echada. Deslumbrado
por Víctor Hugo, Verne ambicionaba la misma fama literaria:
“Quiero creerlo a toda costa: hay que reaccionar en el presente
y tener fe en el porvenir...”
Un encuentro
crucial
En 1851 la carrera literaria de Verne tomó un giro decisivo.
Gracias a Dumas, frecuentaba el salón de Jacques Arago, personaje
entonces célebre y preferido de los círculos parisinos.
Hermano menor de François —el encumbrado astrónomo,
director del Observatorio de París—, Jacques era una
persona con una mente brillante, gran viajero y aventurero sin igual.
En 1817, participó en la expedición científica
de la corbeta Urania alrededor del mundo. Viajó en globo,
en barco de vapor y vio los primeros ferrocarriles. Autor dramático
y director de teatro, pese a una ceguera, intervenida en 1837, Jacques
no dejó de viajar ni de escribir. El libro de Verne Viaje
alrededor del mundo(1849) —cuyo subtítulo es Recuerdos
de un ciego— fue todo un éxito. Atento a toda novedad
y a todo descubrimiento, Julio estaba en contacto con inventores,
sabios, profesores, científicos y literatos, pues quería
escribir la novela de la ciencia. En París, el salón
al que asistía constituyó un punto de encuentro donde
convergían exploradores e intelectuales, entre muchas otras
gentes. Esta mezcla resultó ser de una riqueza prodigiosa
y, para el joven Verne fue, sin duda, un gran polo de atracción.
Además
de Jacques y de François, la familia Arago estaba constituida
por numerosos hermanos y hermanas, todos con vidas muy distintas.
Jacques Arago hablaba del sorprendente destino de su hermano Jean,
a pesar de la reticencia que sentía su familia por su compromiso
con México. Habló también de su hermano Joseph,
brillante militar que sirvió asimismo a México, donde
murió en 1860. Huelga decir cuánto influyeron los
relatos de Arago sobre las aventuras de sus hermanos al servicio
de la libertad.
Además, el continente americano gozaba en aquellos años
de cierta fama y los franceses seguían con interés
todos los sucesos, como la conquista del Oeste o los milagros auríferos
en California. Arago no sería el último en fundar
su “Sociedad de Aragonautas”. Arrastraría consigo
a numerosos ingenuos a Sacramento en busca de oro, odisea que acabó
mal. California formó parte de Estados Unidos a partir de
una guerra de dos años. En febrero de 1849 México
firmó el Tratado de Guadalupe Hidalgo mediante el cual cedió
California a los estadounidenses, que la convirtieron en un estado
de la Unión en marzo de 1849. Luego del fracaso de la Revolución
de 1848, en París, en 1850, el gobierno reaccionario no dudó
en deportar a los agitadores políticos y a los funcionarios
“rojos”: 160 exoficiales de la Guardia móvil
republicana. Así, México ocupaba entonces buena parte
de la actualidad internacional. El nuevo continente parecía
el sitio donde se daba una nueva inspiración popular. Los
franceses devoraban las gacetas donde seguían apasionadamente
los combates por la libertad.
Un suceso
periodístico: El museo de las familias
Esta publicación mensual creada en 1833 sobre el modelo de
“revista” inglesa, pretendía ser una publicación
educativa y recreativa como se indicaba en el envío: “Queremos
resumir y sustituir para nuestros lectores las bibliotecas que no
pueden leer, los viajes que no pueden hacer, las palabras de los
maestros sabios que no pueden oír, el mundo físico
y moral que no pueden estudiar, las obras maestras de arte que no
pueden adquirir”. Lanzada un año después de
la ley Guizot que organizaba la enseñanza primaria, El museo
de las familias se impuso de inmediato como herramienta natural
del nuevo ímpetu popular hacia la alfabetización.
Esta revista de vocación enciclopédica de pronto se
puso muy de moda y la colaboración de autores célebres
(Dumas, Balzac, A. Karr, Scribe, etcétera.) no podía
faltar. La novedad era que los textos iban sistemáticamente
acompañados por ilustraciones de buena factura (Horace Vernet,
Gavarni, Morel-Fatio, Cham, etcétera.), lo que lograba una
atractiva y muy apreciada iconografía. En julio de 1845 Pierre
Chevalier era el redactor en jefe, que aparecía bajo el seudónimo
de Pitre-Chevalier. A los treinta y dos años ya había
realizado una gran labor periodística, escrito algunas obras
regionalistas sobre la Baja Loira y la Vendée, y se reveló
como un director de ideas modernas. Inventó el principio
del folletín y creó una nueva prensa destinada al
gran público. Este nativo de Nantes no cesaba de ampliar
su círculo de colaboradores, su “cuadra de plumas”
para estar bien acorde con la actualidad y seducir a sus lectores.
En 1851 Pitre-Chevalier, que seguramente ha oído hablar de
Julio Verne a través de los Dumas padre e hijo, se puso en
contacto con él para pedirle que colaborara en El museo.
Fiel a su costumbre, le dio plena libertad temática a su
nuevo autor quien le confíó sus ideas sobre México
y la navegación en globo. La influencia de François
Arago se hizo sentir. Pitre-Chavalier aceptó ambos temas
sin prometerle fecha de publicación y Verne quedó
encantado: ¡Por fin podría vivir de su pluma! No obstante,
en ese momento estaba íntegramente dedicado al teatro y,
gracias al apoyo de Dumas hijo, se convirtió en secretario
del Teatro Lírico, bajo la dirección del Monsieur
Seveste. Era, sin embargo, una función meramente administrativa
que lo absorbía más de lo que él hubiera deseado.
Por eso, trabajaba en varias colaboraciones de manera simultánea,
una de ellas con los Dumas, “que rieron a morir con la lectura
de Quiridine... ¡me hicieron cumplidos sinceros por el ingenio
y factura de los versos!”.
En la mente de Julio Verne, la colaboración con El museo,
¿no sería solamente “una fantasía alimentaria”?
La gestación
Verne escribió a sus padres con cierta prudencia: “Es
posible que en unos meses, querido papá, haga un estudio
sobre México para publicarlo en El museo de las
familias. Me lo ha pedido Pitre-Chevalier, a quien conocí”.
El joven literato no cabía en su orgullo. Era su primera
colaboración pedida oficialmente y uno puede imaginar con
facilidad su entusiasmo. Además, desde marzo había
ya acabado prácticamente su texto y le precisó a su
padre: “Mi artículo es simplemente una aventura que
sucede en el interior de México a la manera de Cooper. No
está todavía impreso, los grabados necesitarán
uno o dos meses para la litografía”. Finalmente, en
junio el texto quedó terminado: “He corregido las dos
pruebas de los artículos de El museo. Este mes saldrá
el primer artículo, se titula Los primeros navíos
de la marina mexicana; el segundo se llama Viaje en globo... Estoy
preparando también una obra de teatro con Jacques Arago”.
Verne se sentía tan en deuda con Arago que pide a su padre:
“Me gustaría que le escribieras, sin que me entere,
una carta de agradecimiento por todos los favores que me hace”.
El texto de esta narración sobre México se publica
en el número de julio de 1851 de El museo de las familias
bajo el título: América del Sur. Estudio histórico.
Los primeros navíos de la marina mexicana, pero Verne no
está conforme: el que en el directorio de autores hayan confundido
su nombre y le hayan puesto Charles, pasa, pero el geógrafo
profesional que él deseaba ser estaba furioso porque se había
cometido un error sin que él lo supiera: “Pitre-Chevalier
que siempre quiere ponerle título a los artículos,
cometió a mi juicio una torpeza: resaltó América
del Sur. ¡Hay que poner América del Norte!”.
A pesar de ese error menor, a fin de cuentas, la narración
tuvo cierto éxito y se integró perfectamente a la
revista.
La brisa
de alta mar
Julio Verne no olvidó sus aspiraciones adolescentes. Seguía
soñando con el océano interminable, con viajes fantásticos
y aventuras marinas. Aunque se vio obligado a renunciar profesionalmente
a todo eso, seguía añorando secretamente el mar.
Ejemplo de ello es la canción Los gavieros que escribió
en 1847 para Charles Battaille, un buen pianista. La pasión
de Verne por la música nunca fue desmentida y su amistad
con el músico Hignard, oriundo de Nantes y siete años
mayor que él, fue constante. Convivieron de 1851 a 1855 y
trabajaron juntos en cuatro óperas cómicas. Hignard,
alumno de Halévy, compuso la música y Verne el libreto.
Los gavieros marcó el inicio de la colaboración entre
ambos y, gracias a la interpretación de Battaille en la ópera
cómica, tuvo cierto éxito. De manera paradójica,
su padre, que se reserva opinar sobre el intérprete, le contesta:
“Estoy totalmente de acuerdo en cuanto a Battaille: toca mal
y exagera su papel...”. ¿Tenía Julio Verne miedo
al éxito o bien ocultaba tras su reticencia una formidable
exigencia de calidad?
En 1848 escribió también Un paseo por el mar, una
pequeña obra teatral. La escena tiene lugar en el puente
del Saint Dunstan, yate de recreo de Lord Gray, que se topa con
un navío contrabandista francés. La obra no se presentó
en público, pero revelaba una buena técnica marítima,
y rendía testimonio indirecto de la pasión del autor.
¿Qué hizo Verne cuando a fines de julio de 1851 enfrentaba
serias dificultades financieras y un futuro literario incierto?
“Aunque triste y molesto... utilicé mis últimos
cinco francos para recorrer ochenta lugares; tomé un tren
el sábado por la noche y fui a Dunkerque para ver a mi tío
Auguste... pasé todo el día en Dunkerque, bello puerto
de mar, totalmente holandés. Vi el mar del Norte”.
Es en el mar donde uno se renueva, se recarga de energía.
Además no deja de hacer poesía del elemento líquido
en diversas formas.
Julio Verne apenas tenía veintitrés años cuando
escribió su primera narración y sus líneas
traicionaban los ímpetus de su juventud romántica.
No es de sorprender que el tema estuviera unido a su pasión
por la geografía —enfocada a México—,
y la pasión del mar a través de la historia de dos
navíos. Es decir, se notaba un cierto hastío por el
mundo material.
Una
narración con toque épico
Los primeros navíos de la marina mexicana tiene como punto
de partida una anécdota histórica, con toda probabilidad
narrada por Arago, que es la captura de dos barcos españoles
en 1825, el Asia y el Constanzia, para regresarlos a la nueva República
de México, de donde se desprende el subtítulo. La
entrada en materia se logra siguiendo un proceso experimental: “El
18 de octubre de 1825, el Asia, buque español de alto bordo
y el Constanzia, bricbarca de ocho cañones, hacen escala
en la isla de Guajan, una de las Marianas...”. Aquí
el lector es lanzado brutalmente a bordo de los navíos, participando
en las maniobras gracias a un estilo claro y conciso con un lenguaje
técnico marítimo intachable.
El capitán de la expedición es un hombre valeroso,
justo, venerado por todos, en particular por dos jóvenes
oficiales que lo quieren como hijos adoptivos. Sobreviene una revuelta
de la tripulación que quiere adueñarse del navío
para venderlo a los insurrectos mexicanos. Cuando es golpeado mortalmente
por el palo mayor de la vela cangreja, cuya escota ha cortado el
lugarteniente rebelde, uno espera que el capitán se salve,
pero es asesinado y triunfa el motín. Los dos héroes
del relato que sabemos que tienen afecto por su capitán,
son entonces llevados a hacer causa común con los amotinados.
Les ayudan a entregar las dos embarcaciones a México, que
es el comprador. El lector comprende que se trata tan sólo
de un ardid, ya que los dos jóvenes son de corazón
puro...
Los amotinados deben ir a recoger el dinero a la ciudad. En tierra,
la guerra continúa. El jefe rebelde y su guía parten
a caballo por la campiña mexicana sin saber que son perseguidos.
De pronto, surgen los remordimientos en el corazón del traidor
que, “supersticioso y culpable”, está obsesionado
por su crimen. Luego de escapar a una avalancha y escalar la pendiente
del volcán Popocatépetl bajo una violenta tormenta,
es presa de alucinaciones y mata a su cómplice, que le servía
de guía. En una infernal escalada, se escabulle entonces
en medio de la tempestad para finalmente aventurarse en un puente
de lianas. Es ahí donde vuelven a aparecer los dos fieles
marinos. Esperaban ese momento para vengar a su capitán y
cortan las cuerdas del puente. El traidor es lanzado al vacío
y desaparece en el precipicio hacia el infierno. Se hace justicia.
Un trampolín
técnico
El escenario de esta breve obra de teatro es muy sencillo, pero
no hay que olvidar que en aquella época El museo de las familias
tenía objetivos educativos y buscaba predicar la buena moral:
“Lo que bien empieza bien acaba”. Encontramos aquí
también los ingredientes de la tragedia clásica. Verne,
el alumno aplicado de Saint Stanislas no ha olvidado sus clases
de literatura clásica. Da rienda suelta a los cuatro elementos:
al agua, con lluvias torrenciales; al aire, con las tempestades;
a la tierra, con sus desprendimientos, y al fuego, con tormentas
y volcanes.
Hoy en día, el interés del texto radica en que seduce
al lector mediante un relato que revela las cualidades del futuro
escritor. Su nieto, Jean-Jules Verne resume a la perfección
la fuerza del relato de su abuelo: “Es así como a partir
de este primer ensayo encontramos el germen de los términos
que años más tarde alcanzarán la plenitud en
los Viajes extraordinarios. Se advierte ya la preocupación
por la documentación, la atracción por los fenómenos
volcánicos, las tempestades y tormentas; la vivacidad de
los diálogos, el arte del director y ese estilo rápido
cuya simplicidad facilita el contacto directo. No será sino
tiempo después cuando estas cualidades sean reafirmadas y
apreciadas por un sagaz editor que, siendo él mismo un escritor
de talento, era el indicado para descubrirlas”.
Este texto es finalmente una oportunidad eficaz para describir México.
Encontramos aquí a un Julio Verne que se siente feliz entre
historias sobre el mar, exploraciones y descripciones de los países
recorridos. Aprovecha para brindar detalles sobre la población,
la economía y la fauna del lugar, que inserta en los diálogos
siguiendo una técnica que experimentará y reforzará
el sentimiento de añoranza.
De una manera más sutil, hay que destacar en Los primeros
navíos... la cuestión del mestizaje y de las razas,
así como una reflexión moralista sobre la búsqueda
del oro, actividad que entonces estaba en pleno apogeo en California.
Se advierte también la presencia de un volcán que
inicia una larga serie de relatos. Todo esto constituye una muestra
del carácter decidido del autor, que está preparado
ya para alcanzar la fama y la fortuna, y que no duda en escribir:
“...¿Me someto a todo para dominar algo que es sólo
un juego?”.
Rumbo
al éxito
Esta colaboración con Pitre-Chevalier será fructífera
y diversa. En abril de 1851, Verne le anuncia a su madre: “Estoy
trabajando en dos actos que elaboro con P. Chevalier; será
una colaboración...”. Ambos se complementan de maravilla
y la atmósfera de trabajo es inmejorable. El 29 de junio
de 1851, Verne le escribe a su padre: “Los dos actos con Pitre-Chevalier
avanzan. Él es un hombre muy profesional. Me motiva mucho.
Me dijo que de los 400 o 500 jóvenes que le habían
pedido consejo desde que estaba en posición de darlos, yo
era de los tres o cuatro con quienes se había comprometido
a perseverar.” Y el tenaz joven literato pronto ve los frutos
de su labor. El 22 de marzo de 1852 escribe a su madre: “Mi
artículo ha gustado mucho a uno de los principales redactores
de la Revista de los dos mundos...”. Esta colaboración
durará mucho tiempo y en La Revista de las familias se publican
por lo menos diez artículos suyos.
En 1852 Julio Verne conoce en casa de Arago a un artista peruano,
el dibujante Merino, quien ha realizado acuarelas de su país,
pero esta vez le toca a Verne acompañar las imágenes
con un texto suyo. El joven Verne, apasionado de América,
saldrá airoso de este difícil ejercicio, que se traduce
en su libro Martín Paz. El éxito es tal que pronto
se habla de él para un premio de la Academia. La técnica
de su escritura es buena, pero Verne empieza a frecuentar las salas
de lectura y, en particular, la Biblioteca Nacional donde lee mucho
sobre el extranjero y las ciencias. Se pone en marcha la maquinaria
que produce Los viajes extraordinarios .
La censura
de Hetzel
Encarrilado por el editor Hetzel, Verne —convertido ahora
en un autor de éxito— vuelve a utilizar sus primeros
textos, que serán reeditados para convertirse en grandes
títulos. Así, Los primeros navíos... se publicará
en 1876 luego del famoso Michel Strogoff. Sin embargo, el editor
—a raíz de lo que entre ellos se volvió una
costumbre— le impuso a Verne serias modificaciones. Con veinticinco
años de intervalo, los dos textos difieren considerablemente,
al punto de que el título cambia a Un drama en México.
Aquí, el texto original está condensado, la deriva
romántica suprimida y, presionado por Hetzel, Verne censura
su texto en nombre de la moral y el rigor. En el capítulo
V las modificaciones trastocan incluso los efectos románticos
debido a que se suprimen las erupciones volcánicas. En conclusión,
quien rindió homenaje a uno de sus autores preferidos, Fenimore
Cooper, queda completamente suprimido. ¿Qué queda
de aquel texto original, tan vivo y apasionado? A decir verdad,
casi nada. La perla literaria fue triturada por la política
editorial.
La pepita
de oro
Los primeros navíos de la marina mexicana es una narración
corta y un auténtico ensayo, porque en él descubrimos
ciertas características que más tarde volveremos a
encontrar en la obra del novelista. Sin jamás haber ido a
California en busca de oro, hurgando en la historia del Nuevo Mundo,
Julio Verne descubrió una pepita de oro más lucrativa:
la novela científica que le daría la verdadera fortuna
a su creador. El reconocimiento por parte del mundo literario llegó
mas tarde. En 1866 Emile Zola apunta: “Dramatizar la ciencia
es una excelente idea para hacerla más accesible a los profanos.
No creo que se llegue a ser sabio leyendo tales libros, pero por
lo menos abren la curiosidad del saber; luego despiertan el interés,
tienen el gran mérito de ser sanos”.
Este primer texto, en su versión original, tiene un toque
inflamado y neo romántico, incluso grandilocuente, y revela
a un joven autor de veintitrés años que se pierde
en viajes imaginarios y en ensoñaciones marítimas.
Aproximadamente doce años antes de que Verne conociera a
Hetzel, presenciamos en ese texto el nacimiento del “literato
geógrafo” en que se convirtió.
Más tarde, Verne, ya convertido en “un autor importante”
dentro de la literatura francesa, hará que uno de sus personajes
murmure: “Amo la libertad, la música y el mar”.
¿Habrá homenaje más bello para México?
El Havre, 13
de septiembre de 2004.
Valetoux. Navegante
y piloto de barco en el puerto de el Havre. Actualmente prepara
una edición de las bitácoras de Julio Verne.
Traducción
de Mina Salazar.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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