La narrativa de Haruki Murakami, escribe John Updike, habita
la zona de la ensoñación, “cerca del surrealismo
viciado de Kôbô Abe y del sobrecalentado pero generalmente
sólido realismo de Mishima y Tanizaki”. Murakami es,
sin lugar a dudas, el escritor vivo más prestigioso del Japón.
Presentamos aquí, inédito en español, un cuento
de este autor eminentemente contemporáneo, acompañado
por una nota en la que Mauricio Montiel, uno de sus lectores más
atentos, nos hace irrumpir de golpe en el fuego cruzado de su universo
cotidiano.
Me casé
con un hombre de hielo.
Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá
el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba
lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía
sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de
la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía,
la luz diáfana y fría de esa mañana de principios
de invierno parecía demorarse a su alrededor.
—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.
En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de
lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:
—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así.
—Dijo esto con una expresión grave, como si hablara
de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello
grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían
pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran
angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por
una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría.
Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común
y corriente. No era lo que se dice guapo aunque uno notaba que podía
ser muy atractivo, dependiendo del modo en que se le observara.
En cualquier caso, algo en él me conmovió hasta lo
más profundo, algo que sentí se localizaba en sus
ojos más que en ninguna otra parte. Silenciosa y transparente,
su mirada evocaba las astillas de luz que atraviesan los carámbanos
en una mañana invernal. Era como el único destello
de vida en un cuerpo artificial.
Me quedé inmóvil por un tiempo, espiando al hombre
de hielo a la distancia. No alzó la vista. Continuó
sentado sin inmutarse, enfrascado en su libro como si no hubiera
nadie en torno suyo.
A la mañana
siguiente el hombre de hielo se hallaba otra vez en el mismo lugar,
leyendo un libro de la misma manera. Cuando fui al comedor para
el almuerzo, y cuando regresé de esquiar con mis amigos al
atardecer, aún estaba ahí, fijando la misma mirada
en las páginas del mismo libro. Al día siguiente no
hubo cambios. Incluso al caer el sol, y mientras la oscuridad ganaba
terreno, permaneció en su butaca con la quietud de la escena
invernal al otro lado de la ventana.
La tarde del cuarto día inventé alguna excusa para
no salir a esquiar. Me quedé sola en el hotel y vagué
un rato por el lobby, desierto como un pueblo fantasma. El aire
era cálido y húmedo y la estancia tenía un
olor curiosamente abatido: el olor de la nieve adherida a la suela
de los zapatos que ahora se derretía frente a la chimenea.
Miré por los ventanales, hojeé uno o dos periódicos
y luego, armándome de valor, me dirigí al hombre de
hielo y le hablé.
Tiendo a ser tímida con extraños, y salvo que haya
una buena razón no acostumbro platicar con gente que no conozco.
Pero pese a todo me sentí impelida a hablar con el hombre
de hielo. Era mi última noche en el hotel, y temía
que si dejaba pasar la oportunidad nunca volvería a conversar
con alguien así.
—¿No esquías? —le pregunté del
modo más casual que pude.
Alzó el rostro con lentitud, como si hubiera oído
un ruido lejano, y me miró con esos ojos. Después
negó con la cabeza.
—No esquío —dijo—. Me gusta sentarme aquí
a leer y observar la nieve.
Encima de él las palabras formaron nubes blancas semejantes
a los globos de un cómic. De hecho pude ver las palabras
en la atmósfera, hasta que las borró con un dedo escarchado.
No supe qué decir a continuación. Me sonrojé
y me quedé inmóvil. El hombre de hielo me vio a los
ojos y pareció esbozar una sonrisa tenue.
—¿Quieres sentarte? —preguntó—.
Te intereso, ¿verdad? Quieres saber qué es un hombre
de hielo. —Rió—. Tranquila, no hay por qué
preocuparse. No vas a resfriarte sólo por hablar conmigo.
Nos sentamos juntos en un sofá en un rincón del lobby
y vimos danzar los copos de nieve a través de la ventana.
Pedí un chocolate caliente y lo bebí, pero él
no ordenó nada. Al parecer era tan torpe como yo a la hora
de entablar una conversación. No sólo eso, sino que
daba la impresión de que no teníamos ningún
tema en común. Al principio hablamos del clima. Luego, del
hotel.
—¿Estás solo? —le pregunté.
—Sí —contestó. Después preguntó
si me gustaba esquiar.
—No mucho —dije—. Vine únicamente porque
mis amigos insistieron. De hecho casi no esquío.
Había tantas cosas que quería saber. ¿Realmente
su cuerpo era de hielo? ¿Qué comía? ¿Dónde
pasaba los veranos? ¿Tenía familia? Cosas por el estilo.
Pero el hombre de hielo no habló de sí mismo, y yo
me abstuve de hacerle preguntas personales.
En lugar de eso, habló de mí. Sé que es difícil
creerlo, pero de alguna manera sabía todo sobre mí.
Sabía quiénes eran los miembros de mi familia; sabía
mi edad, mis preferencias y aversiones, mi estado de salud, a qué
escuela iba, qué amigos frecuentaba. Sabía incluso
cosas que me habían ocurrido hacía tanto tiempo que
hasta las había olvidado.
—No entiendo —dije, confundida. Me sentía como
si estuviera desnuda ante un extraño—. ¿Cómo
sabes tanto de mí? ¿Puedes leer la mente?
—No, no puedo leer la mente ni nada parecido. Sólo
sé —respondió—. Sólo sé.
Es como si mirara con fuerza dentro del hielo: cuando te miro así,
de pronto veo perfectamente cosas acerca de ti.
—¿Puedes ver mi futuro? —le pregunté.
—No puedo ver el futuro —dijo con calma—. El futuro
no me puede interesar para nada; para ser más preciso, no
sé qué significa. Eso es porque el hielo no tiene
futuro; todo lo que posee es el pasado que encierra. El hielo es
capaz de preservar las cosas de esa forma: limpia y clara y tan
vívidamente como si aún existieran. Ésa es
la esencia del hielo.
—Qué bonito —dije, y sonreí—. Me
alegra escucharlo. A fin de cuentas, lo cierto es que no me importa
averiguar mi futuro.
Nos volvimos
a encontrar en varias ocasiones, una vez que regresamos a la ciudad.
A la larga comenzamos a salir. No íbamos al cine, sin embargo,
ni a tomar café. Ni siquiera íbamos a restaurantes.
Era raro que el hombre de hielo comiera algo. En lugar de eso, solíamos
sentarnos en una banca en el parque a hablar de distintas cosas:
de todo salvo de él.
—¿Por qué? —le pregunté un día—.
¿Por qué no hablas de ti? Quiero conocerte mejor.
¿Dónde naciste? ¿Cómo son tus padres?
¿Cómo te convertiste en un hombre de hielo?
Me observó un rato y luego sacudió la cabeza.
—No lo sé —dijo nítida, serenamente, exhalando
una bocanada de palabras blancas—. Conozco la historia de
todo lo demás, pero yo carezco de pasado. No sé dónde
nací ni cómo eran mis padres; ni siquiera sé
si los tuve. Ignoro qué tan viejo soy; ignoro, aun más,
si tengo edad.
El hombre de hielo era tan solitario como un iceberg en la noche
oscura.
Me enamoré
perdidamente del hombre de hielo. Él me amaba tal como era:
en el presente, sin ningún futuro. Yo, por mi parte, lo amaba
tal como era: en el presente, sin ningún pasado. Incluso
empezamos a hablar de matrimonio.
Yo acababa de cumplir veinte años y él era mi primer
amor real. En aquella época ni siquiera podía imaginar
qué significaba amar a un hombre de hielo. Pero dudo que
haberme enamorado de un hombre común hubiera aclarado mi
noción del amor.
Mi madre y mi hermana mayor se oponían con firmeza a que
me casara con él.
—Estás muy joven para casarte —decían—.
Además, no sabes nada de su vida. Vaya, no sabes dónde
ni cuándo nació. ¿Cómo decirles a nuestros
parientes que te casarás con alguien así? Por si fuera
poco, hablamos de un hombre de hielo: ¿qué vas a hacer
si de pronto se derrite? Parece que ignoras que el matrimonio implica
un compromiso auténtico.
Sus preocupaciones, no obstante, eran infundadas. Al fin y al cabo,
un hombre de hielo no está hecho verdaderamente de hielo.
Por más calor que haga no se va a fundir. Se le llama así
porque su cuerpo es frío como el hielo pero su constitución
es distinta, y no es la clase de frialdad que roba la calidez de
la gente.
De modo que nos casamos. Nadie bendijo la unión, ningún
amigo o pariente compartió nuestra alegría. No hubo
ceremonia, y a la hora de anotar mi nombre en su registro familiar,
bueno, resultó que el hombre de hielo no tenía. Así
que simplemente decidimos que estábamos casados. Compramos
un pequeño pastel y lo comimos juntos: ésa fue nuestra
modesta boda.
Rentamos un departamento diminuto, y el hombre de hielo comenzó
a ganarse la vida en un depósito de carne congelada. Podía
soportar las más bajas temperaturas, y por mucho que trabajara
nunca se sentía exhausto. Le caía muy bien al patrón,
que le pagaba mejor que al resto de los empleados. Llevábamos
una rutina feliz, sin molestar y sin que nos molestaran.
Cuando él me hacía el amor, en mi mente aparecía
un trozo de hielo que estaba segura existía en algún
sitio en medio de una soledad imperturbable. Pensaba que quizá
él sabía dónde se hallaba. Era un pedazo de
hielo duro, tanto que yo imaginaba que nada podía igualar
su dureza. Era el trozo de hielo más grande del orbe. Se
encontraba en un lugar muy lejano, y el hombre de hielo transmitía
la memoria de esa gelidez tanto a mí como al mundo. Al principio
me sentía turbada cuando él me hacía el amor,
aunque al cabo de un tiempo me acostumbré. Incluso me empezó
a agradar el sexo con el hombre de hielo. De noche compartíamos
en silencio esa enorme mole congelada en la que cientos de millones
de años —todos los pasados del mundo— se almacenaban.
En nuestro matrimonio
no había problemas de consideración. Nos amábamos
profundamente, nada se interponía entre nosotros. Queríamos
tener un hijo, algo que se antojaba imposible tal vez porque los
genes humanos no se mezclan fácilmente con los de un hombre
de hielo. En cualquier caso, fue en parte debido a la ausencia de
hijos que de golpe me vi con tiempo de sobra. Terminaba con todas
las labores hogareñas por la mañana y después
no tenía nada qué hacer. No había amigos con
los que pudiera platicar o salir y tampoco congeniaba con los vecinos
del barrio. Mi madre y mi hermana aún estaban furiosas conmigo
por haberme casado con el hombre de hielo y no daban señales
de querer verme de nuevo. Y pese a que, con el paso de los meses,
la gente a nuestro alrededor empezó a platicar con él
de vez en cuando, en lo más hondo de sus corazones todavía
no aceptaban al hombre de hielo ni a mí, que lo había
desposado. Éramos distintos a ellos, y ni todo el tiempo
del mundo podría salvar el abismo que nos separaba.
Así que mientras el hombre de hielo trabajaba yo me quedaba
en el departamento, leyendo libros o escuchando música. Sea
como sea prefiero por lo general estar en casa, y no me importa
la soledad. Pero aún era joven, y hacer lo mismo día
tras día comenzó a incomodarme a la larga. Lo que
dolía no era el tedio sino la repetición.
Por eso un día le dije a mi marido:
—¿Qué tal si para variar viajamos a algún
lado?
—¿Un viaje? —contestó. Entrecerró
los ojos y me miró—. ¿Por qué se te ocurre
que debemos viajar? ¿No estás contenta aquí
conmigo?
—No es eso —dije—. Soy feliz. Pero estoy aburrida.
Tengo ganas de viajar a un sitio lejano para ver cosas que jamás
he visto. Quiero saber qué se siente respirar aire nuevo.
¿Comprendes? Además, aún no hemos tenido nuestra
luna de miel. Contamos con ahorros y tus días de vacaciones
se acercan. ¿No es hora de que huyamos de aquí para
descansar un poco?
El hombre de hielo lanzó un suspiro glacial y profundo que
se cristalizó en la atmósfera con un sonido tintineante.
Entrelazó sus largos dedos sobre las rodillas y dijo:
—Bueno, si en serio te mueres por viajar no tengo nada en
contra. Iré a donde sea si eso te hace feliz. Pero ¿sabes
a dónde quieres ir?
—¿Qué tal si vamos al Polo Sur? —dije.
Elegí el Polo Sur porque estaba segura de que al hombre de
hielo le interesaría visitar un lugar frío. Y, para
ser sincera, siempre había querido viajar ahí. Quería
vestir un abrigo de pieles con capucha, ver la aurora austral y
una bandada de pingüinos.
Al oír esto mi esposo me vio directamente a los ojos, sin
parpadear, y yo sentí como si una afilada estalactita me
taladrara hasta la parte trasera del cráneo. Permaneció
un rato en silencio y al fin dijo, con voz fulgurante:
—De acuerdo, si eso es lo que quieres, vamos al Polo Sur.
¿Estás absolutamente convencida de que es lo que deseas?
Fui incapaz de responder de inmediato. El hombre de hielo me había
clavado su mirada durante tanto tiempo que sentía adormecido
el interior de mi cabeza. Luego asentí.
Con el tiempo,
sin embargo, fui arrepintiéndome de haber propuesto la idea
de viajar al Polo Sur. Ignoro por qué, pero me dio la impresión
de que en cuanto mencioné las palabras “Polo Sur”
algo cambió dentro de mi marido. Sus ojos se aguzaron, su
aliento comenzó a salir más blanco, la escarcha de
sus dedos aumentó. Ya casi no hablaba conmigo, y dejó
de comer por completo. Todo ello me hizo sentir muy insegura.
Cinco días antes de nuestra partida, me armé de valor
y dije:
—Olvidémonos de visitar el Polo Sur. Ahora que lo pienso
me doy cuenta de que va a hacer mucho frío, lo que quizá
no es bueno para la salud. Empiezo a creer que tal vez sea mejor
ir a un lugar más ordinario. ¿Qué tal Europa?
Vámonos de vacaciones a España. Podemos beber vino,
comer paella y ver una corrida de toros o algo así.
Pero mi esposo no me prestó atención. Durante unos
minutos se quedó con la mirada perdida en el espacio. Después
dijo:
—No, España no me atrae particularmente: demasiado
calurosa para mí. Demasiado polvo, comida muy condimentada.
Además, ya compré los boletos para el Polo Sur y hay
un abrigo de pieles y botas especiales para ti. No podemos tirar
todo a la basura. Ahora que llegamos tan lejos no se puede dar marcha
atrás.
La verdad es que estaba asustada. Tenía la sospecha de que
si íbamos al Polo Sur nos sucedería algo que seríamos
incapaces de remediar. Sufría una pesadilla recurrente, siempre
la misma: daba un paseo y caía en una grieta insondable que
se había abierto a mis pies. Nadie me encontraría
y yo me congelaría. Encerrada en el hielo, escrutaría
la bóveda celeste. Estaría consciente pero no podría
mover ni un dedo. Descubriría que poco a poco me transformaba
en el pasado. Las personas que me observaban, que veían en
lo que me había convertido, miraban el pasado. Yo era una
escena que retrocedía, alejándose de ellas.
Y entonces despertaba para toparme con el hombre de hielo durmiendo
junto a mí. Acostumbraba dormir sin respirar, como un difunto.
Aunque lo amaba. Yo empezaba a llorar y mis lágrimas goteaban
en su mejilla y él se incorporaba para abrazarme.
—Tuve una pesadilla —le decía.
—Es sólo un sueño —me contestaba—.
Los sueños vienen del pasado y no del futuro. No estás
atada a ellos, tú eres quien los atas. ¿Lo entiendes?
—Sí —decía yo pese a no estar convencida.
No hallé
una buena razón para cancelar el viaje, de modo que al final
mi marido y yo abordamos un avión rumbo al Polo Sur. Todas
las aeromozas se veían taciturnas. Yo quería admirar
el paisaje por la ventanilla, pero las nubes eran tan espesas que
obstaculizaban la visibilidad. Al cabo de un rato la ventanilla
se cubrió con una capa de hielo. Mi esposo iba sentado en
silencio, absorto en un libro. Yo no sentía ni un gramo de
la excitación que implica salir de vacaciones. Actuaba como
autómata, haciendo cosas que ya estaban decididas.
Al bajar por la escalerilla y tocar el suelo del Polo Sur, noté
que el cuerpo de mi marido se cimbraba. Duró menos que un
parpadeo, apenas medio segundo, y su expresión no varió,
pero lo advertí con claridad. Algo dentro del hombre de hielo
se había agitado secreta, violentamente. Se detuvo y estudió
el cielo, después sus manos. Soltó un enorme suspiro.
Entonces me miró y sonrió. Dijo:
—¿Es éste el sitio que querías conocer?
—Sí —respondí—. Así es.
El desamparo del Polo Sur rebasó todas mis expectativas.
Casi nadie vivía ahí. Había únicamente
un pueblo pequeño, anodino, con un hotel que era también,
por supuesto, pequeño y anodino. El Polo Sur no era un destino
turístico. No había pingüinos. No se podía
ver la aurora austral. No había árboles, flores, ríos
ni estanques. A dondequiera que iba sólo había hielo.
El erial congelado se extendía por doquier, hasta donde alcanzaba
la vista.
Mi esposo, no obstante, caminaba con entusiasmo de un lado a otro
como si no tuviera suficiente. Aprendió pronto el idioma
local, y platicaba con los lugareños con una voz en la que
se detectaba el sordo rugido de una avalancha. Charlaba con ellos
durante horas con una expresión seria en el rostro, pero
yo no tenía manera de saber de qué hablaban. Sentía
como si mi marido me hubiera traicionado y dejado a que me cuidara
yo sola.
Ahí, en ese orbe sin palabras rodeado de hielo sólido,
perdí a la larga toda mi energía. Poco a poco, poco
a poco. Al final ya no tenía ni la fuerza necesaria para
enojarme. Era como si en algún punto hubiera extraviado la
brújula de mis emociones. Había perdido la noción
de a dónde me dirigía, la noción del tiempo,
la noción de mí misma. Ignoro en qué momento
esto comenzó o cuándo concluyó, pero al recobrar
la conciencia me encontraba en un mundo de hielo, un invierno eterno
drenado de color, cercada por mi soledad.
Aun al cabo de que me abandonaran casi todas mis sensaciones, no
se me escapaba lo siguiente: en el Polo Sur mi esposo no era el
mismo hombre de antes. Me atendía igual que siempre, me hablaba
con cariño. Sabía que en verdad profesaba las cosas
que me decía. Pero también sabía que ya no
era el hombre de hielo que yo había conocido en el hotel
para esquiadores.
Sin embargo, no había forma de comunicarle esto a nadie.
Toda la gente del Polo Sur lo quería, y sea como sea no podían
comprender ni media palabra de lo que yo expresaba. Exhalando su
aliento blanco, intercambiaban bromas y discutían y cantaban
canciones en su idioma mientras yo permanecía sentada en
nuestra habitación, mirando un cielo gris que no daba señales
de despejarse en los meses venideros. El avión que nos trajo
había desaparecido mucho tiempo atrás y la pista de
aterrizaje no tardó en ser cubierta por una firme capa de
hielo, al igual que mi corazón.
—Ha llegado el invierno —dijo mi marido—. Será
muy largo y no habrá más aviones ni barcos. Todo se
ha congelado. Parece que tendremos que quedarnos aquí hasta
la primavera.
Unos tres meses después de arribar al Polo Sur, caí
en la cuenta
de que estaba embarazada. El bebé, lo asumí desde
el inicio, sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero
se había congelado, mi líquido amniótico era
aguanieve. Sentía su frialdad dentro de mí. Mi hijo
sería idéntico a su padre, con ojos como carámbanos
y dedos escarchados. Y nuestra nueva familia jamás se mudaría
del Polo Sur. El pasado perpetuo, denso más allá de
todo juicio, nos tenía en su poder. Nunca nos libraríamos
de él.
Ahora ya casi no me queda corazón. Mi calor se ha ido muy
lejos; en ocasiones olvido que existió alguna vez. En este
sitio soy la persona más solitaria del mundo. Cuando lloro,
el hombre de hielo besa mi mejilla y mi llanto se endurece. Toma
las lágrimas congeladas y se las lleva a la lengua.
—¿Ves cuánto te amo? —murmura.
Dice la verdad. Pero un viento que sopla desde ninguna parte arrastra
sus palabras blancas hacia atrás, rumbo al pasado.
Murakami (Kyoto,
1949). Algunos de sus libros están editados por Tusquets.
Este cuento viene incluido en la antología Vintage Murakami
(Vintage Books, Nueva York, 2004).
Traducción de Mauricio
Montiel Figueiras.
***
Un típico
Día Murakami
Por Mauricio
Montiel Figueiras
Hay días
en que el mundo amanece siendo más extraño que de
costumbre. En días así suelo despertar con la sensación
de que mientras dormía algo, un algo que se alojará
en los extramuros de la conciencia para enviarme señales
equívocas a través de la jornada, ha alterado imperceptiblemente
el eje de rotación de las cosas. Ignoro si la sensación
tiene que ver con que la puerta de mi dormitorio se ha abierto durante
la noche para dejar pasar unos rasguños del sol que inunda
el cuarto ocupado por mi hija los fines de semana, o con la forma
en que los ruidos provenientes del edificio en construcción
cercano a mi departamento se esfuman unos segundos para permitir
que se instale una quietud casi campestre, o con los retazos de
un sueño que por más que me esfuerce no lograré
hilvanar y que flotarán ante mis ojos mientras emprendo mi
rutina ciclista en el parque situado a unas cuadras de donde vivo.
Días así me remiten a Haruki Murakami (Kyoto, 1949),
a su modo de accionar los interruptores secretos del orbe sin grandes
aspavientos: bastan unos ademanes veloces, en apariencia pueriles,
para que el prestidigitador japonés extraiga de su chistera
o más bien de su caja de Pandora el caos suficiente para
trastornar el orden habitual. Sedentarias por lo común, sus
criaturas aguardan apoltronadas en sus microcosmos a que el macrocosmos
irrumpa con toda su fuerza y las ponga a actuar, sea física
o psíquicamente o en ambos planos a la vez. Tooru Okada,
el joven desempleado que funge como narrador de Crónica del
pájaro que da cuerda al mundo (1994), obra maestra de título
envidiable, es el héroe murakamiano por excelencia: una mañana,
mientras cocina espagueti escuchando La gazza ladra de Rossini,
recibe la llamada de una mujer desconocida que le pide diez minutos
de su tiempo: “Con diez minutos tengo bastante, dame diez
minutos. Y así podremos entendernos bien.” (“Su
voz —acota el narrador— era suave y profunda, indefinible.”
Una voz, pienso yo, idéntica a la sensación que me
acompaña los días en que el mundo se perfila más
extraño que de costumbre.) A partir de ese evento que al
menos en un nivel subterráneo —no en balde el pozo
es figura recurrente en la obra murakamiana— redunda en el
súbito abandono de su esposa, Tooru se embarca en un viaje
sobre todo mental que lo lleva de las estepas de Mongolia en la
antesala de la Segunda Guerra Mundial a las simas metafísicas
de la desaparición, leitmotiv que surge en otros libros notables
como La caza del carnero salvaje (1982), El elefante desaparece
(1993), Al sur de la frontera, al oeste del sol (1998), Sputnik,
mi amor (1999) y Kafka en la playa (2002), cuyo protagonista adolescente
—Kafka Tamura, nombre por demás emblemático—
es el reverso ideal de Tooru Okada: el periplo interior de éste
halla su contraparte en la odisea de aquél, que se marcha
de Tokio acosado por una profecía edípica —los
oráculos son otra figura recurrente— para entregarse
a una errancia que lo hará explorar nuevos territorios fundados
por la desbocada imaginación de su creador. En esos territorios
uno se topa con momentos de horror absoluto —Roberto Bolaño
dixit— que dinamitan la cotidianeidad e instauran el horario
del Día Murakami: una jornada que en la superficie es igual
a cualquier otra pero que se nutrirá de misteriosas corrientes
hasta exhibir la red de correspondencias que sostiene al mundo.
Hace poco tuve un día así. Desperté, para empezar,
agitado por el recuerdo inasible de un sueño que estaba seguro
era digno de los personajes murakamianos, entrañables entre
otras razones por su intensa vida onírica. Mientras tendía
la cama, oí con irritación que alguien arrojaba piedras
a la ventana de mi dormitorio. (Mi departamento está en un
primer piso.) Me asomé a la calle y enfrenté a una
mujer desconocida que con una sola pregunta me desconcertó
como si hubiera pedido diez minutos de mi tiempo: “¿Tete?”
Aunque insistí que conmigo no vivía ni trabajaba nadie
con ese nombre —pensé en la mujer de la limpieza, pero
descarté la posibilidad porque el apócope o seudónimo
no encajaba—, la desconocida permaneció con la mirada
fija en mi ventana hasta que opté por decirle que el interfón
se había inventado justo para evitar las piedras en los cristales.
Un cuarto de hora después, listo para emprender mi rutina
ciclista, salí del departamento y me encontré con
la desconocida sentada en lo alto de las escaleras, junto a la puerta
de mis vecinos; no cruzamos palabra pero me molestó que alguien
—¿quién?— hubiera franqueado el acceso
a una persona ajena al edificio. Cuando volví al cabo de
una hora y media, la desconocida se había esfumado. Intranquilo
aún por el sueño que no lograba reconstruir, salí
nuevamente para comprar el periódico en un kiosco ubicado
a tres cuadras. Al regresar vi que alguien —¿quién?—
había pegado en la entrada de mi edificio el siguiente anuncio:
Amigos de los
Parques México y España, A. C.
Asamblea lunes 9 de mayo 2005 a las 7.30 pm
en el Colegio Aberdeen Nuevo León 134
Reseña homenaje
Anita Velázquez, nuestra vecina que murió asesinada
y
Don Chucho y su hijo, nuestros queridos conductores
del camioncito del Parque México que murieron en un incendio
Mi asombro fue
en aumento al descubrir que el cartel brillaba por su ausencia en
los edificios aledaños: daba la impresión de que el
mío había sido el único elegido para comunicar
el homenaje a los tres difuntos. Como se sabe que la imaginación
transita rápido por caminos imprevisibles, no tardé
en relacionar el nombre de Anita Velázquez con la desconocida
que había arrojado piedras a mi ventana; pensé en
un cuento protagonizado por una mujer que ignora haber sido asesinada
y que deambula por su barrio en pos de una vivienda que no consigue
identificar. La idea me acompañó a lo largo del baño
y el desayuno —no suelo comer espagueti por la mañana,
a diferencia del narrador de Crónica del pájaro que
da cuerda al mundo— y ganó nitidez cuando la encargada
de la limpieza me confirmó, con su seriedad característica,
que nadie la llamaba Tete.
Decidí entonces conectarme a internet para rastrear noticias
sobre los difuntos. Abrí en primer lugar mi correo electrónico
y leí el mensaje de un amigo que me recomendaba consultar
cierta dirección: “No te vayas a asustar —añadía—,
es algo raro.” Hice tal como indicaba, y la sorpresa fue un
golpe en el estómago. Se trataba de una página de
zoofilia en la que el título y un fragmento de un relato
mío, recién traducido al portugués, aparecían
en medio de una enorme piedra de Rosetta consagrada a sitios eróticos
de toda laya:
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anales maduras y casadas sado y fetiche fotos de uniformes el coleccionista
de nubes conto de mauricio montiel figueiras en el primero se hacinaban
postales y recortes de diarios y revistas su madre le regalo la
primera canon un fetiche fiel que lo acompano a lo o colecionador
de nuvens traduco de leonardo vieira de almeida no primeiro se amontoavam
postais e recortes de diarios e revistas sua me o presenteou com
a primeira canon um fetiche fiel que o acompanhou ao portfolio hay
muchas revistas que no pagan a los nuevos por hacer fotos de moda
e tu camara es una herramienta de trabajo o la ves como un fetiche
chicas atadas la mayor coleccion de fetiche sadismo y bondage en
brazos de la mujer fetiche fotos mujeres atadas
Comprendí,
claro, que alguien —¿quién?— había
localizado la palabra “fetiche” en mi texto e incorporado
la cita a la página porno, pero eso no contribuyó
en nada a mitigar mi estupefacción. Imaginé al personaje
de otro cuento —¿o podría compartir espacio
con la mujer que no asumía su muerte?—, un hombre refugiado
en el anonimato cibernético que se empeña en atravesar
los distintos umbrales de la realidad, una turbia figura similar
a Noboru Wataya, el economista vuelto político que asuela
los corredores de Crónica del pájaro...:
Siempre estaba
dentro de mi campo visual, con los brazos cruzados, mirándome
con aquellos ojos vidriosos y malignos como pantanos. Eso me irritaba
y hacía temblar violentamente la tierra bajo mis pies [...]
Cada vez que en cualquier lugar pongo los ojos en la pantalla del
televisor, aparece Noboru Wataya reflejado en ella declarando cualquier
cosa. Cada vez que, en una sala de espera cualquiera, cojo una revista
y la hojeo, aparece en ella una fotografía de Noboru Wataya
y un artículo suyo. Casi se podría pensar que Noboru
Wataya está agazapado en todas las esquinas del mundo. Esperándome.
Inquieto por
la noción de un ser ubicuo que controla los hilos ocultos
de la existencia, cerré el correo electrónico y me
dediqué a bucear en la red. No hallé información
sobre Anita Velázquez, pero la búsqueda rindió
frutos con los conductores del camioncito del Parque México:
una nota publicada en El Universal, titulada “En recuerdo
del ‘Señor de los carritos’” y fechada
el domingo 1º de mayo de 2005, en la que se leía: “Desde
la semana pasada, este columnista recibió una avalancha de
correos (114 en total) de estimados lectores de varias colonias
del Distrito Federal, quienes nos comunicaron [sic] el trágico
fallecimiento de don Chucho y de su hijo Juan Malváez Ávila,
ocurrido el pasado 19 de abril durante un incendio en su casa del
rumbo de Santa Fe.” Don Jesús Malváez Valencia,
concluía la nota, dejó instrucciones para que en caso
de un imprevisto su familia lo relevara en la labor de pasear niños:
“Su hija María Luisa cumplirá ese deseo todos
los fines de semana en el Parque México, siguiendo la misma
ruta que trazó su padre durante casi cinco décadas.”
Medio siglo de empujar un vehículo a escala por los senderos
que recorro a diario en bicicleta, medité, una tarea digna
de Sísifo que pocos advierten porque se diluye en el caos
de la gran ciudad.
¿Qué hacer, me dije al cabo de desconectarme de internet
y mientras oía una voz proveniente del pasillo afuera de
mi departamento en la que detectaba un timbre conocido, con estas
piezas: un sueño imposible de ensamblar, una mujer que arroja
piedras a una ventana equivocada, un anuncio con el nombre de tres
personas muertas en circunstancias brutales y una página
de zoofilia a la que se cuela un relato que nada tiene que ver con
la pornografía? ¿Cuál es el pegamento que las
une para que nos lancemos a un viaje a las entretelas cotidianas
sin salir de casa, sin apenas movernos de nuestra esfera? ¿No
son más que meras coincidencias? Quizá. Pero resulta
que las coincidencias tejen la urdimbre profunda de un típico
Día Murakami, esa clase de días en que el mundo amanece
siendo más extraño que de costumbre y todo, o prácticamente
todo, puede suceder.
Montiel Figueiras.
Autor de La piel insomne (Norma, 2002) y Larga vida a la nueva carne
(Filodecaballos, 2003).
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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