La precisión de su escritura, y su llaneza, son algunos de los rasgos con que, en 1941, el cuentista Efrén Hernández deslumbró a los lectores de su tiempo. Bajo esa prosa clara, ensimismada, resplandeciente, se escondía, sin embargo, uno de los autores más misteriosos de las letras mexicanas: leerlo, escribió Xavier Villaurrutia, equivalía a acompañarlo sobre la más delgada de las cuerdas flojas. El texto que presentamos a continuación, inédito hasta hoy, forma parte de las Obras Completas de Hernández, que el Fondo de Cultura Económica publicará a finales del año próximo, con edición y prólogo de Alejandro Toledo.
Este era un rincón a aquel lado del cerro, después de subir, bajando. Como quien fuera al mar; pero el mar queda lejos.
Y este era un risueño pueblecito que, pues vendría a quedar de este otro lado, sobre poco más o menos aquí mismo, donde se encuentra ahora éste en el que estoy pensando.
De aquel rincón al pueblo éste podría ser que se tardara uno en venir algunas horas, sin apurarle mucho.
Pero por un casual acá había gente, había ranchos, por de contado el pueblo, y movimiento y vida. Mientras que tramontando todo eran soledades, no contando unos viejos —viejo y vieja— que habían ido a parar a un rincón del monte, y a tener una hija ya a deshora. Lo cual debe ser dicho para que se comprenda cómo, al llegar ella a muchacha, ya ellos eran punto menos que ancianos.
Y tanto porque en las lentas horas de sus esperanzas la habían deseado mucho, como porque les había venido a salir muy agraciada y muy bonita, y aparte era muy dócil y muy dulce y muy traviesa con ellos, la querían muchísimo.
Y no la habrían cambiado, con todo y ser algo menuda, ni por un elefante.
Así es que, como digo, por un lado la amaban tiernamente y la obsequiaban y complacían en todo lo poco que en su humildad y situación podían y no les parecía imprudente, y, por otro, en cierto modo y sin alcanzar a darse bien a bien cuenta de ello, habían aprovechado el aislamiento en que vivían, y aun habían contribuido a él. De modo que a pesar de que ella era ya, como dicen, toda una mujer, todavía no había llegado a conocer, así de cerca, a ningún otro hombre que su propio padre.
Pero ahí el tiempo se iba ya marchando muy de prisa y, visto esto, el viejo llamó un día aparte a la vieja y, como por aproximación, así le dijo:
—¿Ves tú el tiempo?
—Cual por ninguna parte —le contestó la vieja—. ¿Y por qué lo preguntas? ¿Lo ves tú?
—¡Cual por ninguna parte! Quién sabe qué se ha hecho.
Y quedaron pasmados uno y otro enfrente de aquel portento.
Pero el escurridizo no por eso paraba. De manera que el viejo acabó por juzgar más conveniente dejar para más tarde aquel asombro, y prosiguió diciendo:
—No es porque yo me queje, Perengana, ni tampoco porque quiera ofenderte; pero, mira, hoy me he puesto a pensar y he comprendido que ya no somos jóvenes. Ya ahora no podemos esperar vivir mucho. Nadie tiene la vida asegurada, ni siquiera los que están por nacer. Y siendo esto así, tú misma dime: ¿qué seguridades de vivir ni por un día, sin duda, digo, podemos tener nosotros los ya viejos? Que alargue Dios la hora, es claro, es lo que yo quisiera. Pero saber, saber, lo que se dice saber, acerca de esto, te confieso, no sé nada. Y en la que sí tenemos que no dejar de pensar es en Mangana. No la artista de cine. Nuestra hija. Pues qué va a ser de ella si a nosotros, el día menos pensado, se nos llega el momento de irnos.
—De todo esto que dices lo que yo saco —contestó la vieja— es que busquemos cómo colocarla. Pero, dime, y entre estas soledades, ¿al amparo de qué hemos de ponerla, de algún roble, de un peñasco, de una nube? Porque lo que es por estas soledades hay que estar a la disposición de lo que venga. No hay que meter las manos. No hay salida, no hay caminos, no hay nada.
—Ese es curiosamente el caso: estar a la disposición de lo que venga. Y si tal es efectivamente tu criterio, bien puedo empezar a creer que no harías despropósitos si algo viniera a presentársenos mañana. Pon tú, o pasado. La fecha, se comprende, es lo de menos.
¿Tendría su cola el palabrear del viejo? Viejo zorro. Y ella tan sin rodeos, tan bemba, tan pazguata.
Parecía él estar dando por conseguido de ella un consentimiento. Y a la que había hecho alusión era a Mangana. ¿Qué se traería este viejo?
—Mira, viejo, háblame claro. Bien ya ves que soy algo maniada. Y tú no quieras nunca dejar ni una ventaja. ¿Algo va a presentársenos mañana con efecto, o se trata nada más de un puro por supuesto?
—Lo dicho, dicho. Nunca me ha acomodado aquello del hablar no más que por hablar. Todo está en que se ha hecho necesario empezar a pensar en la muchacha y en que, consecuentemente, se ha llegado la hora de hacer caso omiso en los viejos. En estas soledades, ni qué meter las manos. No hay salidas, no hay caminos, no hay nada. Cabalmente por esto, y tú lo has dicho y tienes más que razón, hay que mandarla cuanto antes a donde no, de repente, se quede de deveras sin salidas, ni siquiera con esta que ahora la trae a donde por lo menos se ampara debajo de la sombra de estos viejos.
—No me enredes, no me enredes. Malamente iría yo a quedar contigo en algo de lo que ni por sus noticias me pones al alcance. Cuanto más, que está latiéndome que va a ser en mi mal.
—Y también en el mío. Tenlo por cierto que va a ser harto duro para ti y para mí que lleguen a salir con cabo estos manejos. Pídeselo mucho a Dios. Y alégale eso, que no deje de hacérnoslo siquiera por la consideración de que para ti y para mí va a haber sufrimiento.
—¡Ave María, Mateo! ¿No será eso una herejía? Mejor te pusieras a explicarme por todo lo derecho qué pitas son, en plata, las que hay, y cómo es como has ido torciendo la madeja.
—Fuera largo explicarte —dijo el viejo—, pero no ahondando, y sin que me interrumpas llevará poco espacio. Yo traería a alguien del pueblo. Ahí en el pueblo hay alguien en quien estoy pensando. Porque mira, entre los que me compran uno hay, te contaré, que al pagarme a veces me da más. El primer día yo se lo dije: "Me está usted dando de más". Y él me contestó: "Ya lo sé, llévese todo eso, no crea que ha sido por equivocación".
Y por si más adelante salían peras, o si salían manzanas, poco a poco se le había ido metiendo y consiguiendo írselo ganando. Por tal camino que para ahora, y para conseguir su intento de llevarlo a su casa, ya sólo le faltaba venir por él un día. Y eso era, precisamente, lo que hoy estaba haciendo.
El viejo se levantó aún de noche, con todas las estrellas todavía. Y tras de sacar un bulto que entregó a la vieja y preguntarle si se lo había entendido todo y no olvidaría nada, se fue urgido prometiendo volver cuando más tarde, un poco después de mediodía.
La vieja entre las sombras quedó en silencio un rato. Después abrió el paquete. Luego fue de puntillas al rincón donde dormía Mangana. Salió y cogió un pollo y le torció el pescuezo y finalmente empezó a hacer lumbre en el fogón con vistas a poner a hervir un poco de agua.
Cuando Mangana, toda bostezos y estirándose, buscó a tientas su ropa sobre el banco, algo halló de raro; pero no hizo aprecio —así tenía de sueño— y se la puso todavía más bien dormida que despierta. Lo malo es que lo raro lo siguió sintiendo. De modo que por fin se resolvió a hacer todo el esfuerzo que fuera necesario para abrir los ojos, y por poco se escapa, huyéndose a sí misma, según fue el azoro que se causó separándose metida en unas ropas que no eran las de anoche y que nunca había visto.
Largo sería contar las que pasaron madre e hija para acabar por entenderse. Sin embargo, la vieja consiguió con maña, según se le encargara, ser discreta.
El viejo había ganado allá en el pueblo unos centavos. Le daba para ella aquel vestido. Comer pollo era un antojo que sus dos viejos tenían, y no había más.
—Por cierto que te ves lo más bonita con el vestido este, azul, azul, sin una sola nube. Sería bueno que ora no te entremetieras en trabajos que pudieran mancharte.
Hasta quiénsabe si no sería una buena idea que se metiera al río, y etcétera, etcétera.
Por lo que mira al viejo, llegó temprano al pueblo. Ahí tenía él, bien lo sabía, un buen amigo que se había encontrado en sus pequeños tratos, y a quien se había ido acostumbrando a querer.
Un día había encontrado que al pagarle le había dado de más, y el viejo se lo dijo. Y el tipo raro sólo se había dignado a apuntar con el dedo y decir: “Mire usted esas letras”. Y las letras decían: “Salido el dinero y efectos de esta casa no se admite
reclamación”.
Para la vez siguiente, el viejo había sido un poco más porfiado y había conseguido una respuesta: “Ya lo sé. No se le ocurra a usted hacerme la ofensa de pensar que haya sido con equivocación. Ande con Dios, y que le vaya bien. Que a mí nada me falta. Hasta diría que todo lo que tengo a mí me sobra. No tiene para qué saber por qué; pero es verdad, me sobra”.
Y se quedó callado un rato. Y luego le empezó a contar.
—¿No ha visto que soy feo? ¿Que aparte de la gente que me sirve, no hay quien esté conmigo? No comprendo qué suerte me ha tocado. No hay nadie que me quiera. De las jóvenes a quienes he tratado de acercarme, unas me ven con lástima, otras con desprecio. Y otras hasta se han puesto a divertirse a mis costillas, usándome sólo para divertirse y complaciéndome en ponerme en ridículo. Así que usted verá si tengo o no razón cuando le digo que todo lo que tengo está de más.
—Pues yo no lo veo a usted así, de esa manera. ¿Qué es lo que tiene usted, algo anchas las narices, los huesos de debajo de los ojos abultados? Nada más.
—También soy algo cojo.
—¿Y eso qué? Yo no veo que sea tanto.
—No, no es tanto; pero todo se junta. Eso es tal vez. Y también que este pueblo, al que he venido a dar, es un pueblo de gente más que bien parecida. ¿No lo ha visto? Y yo salgo
perdiendo.
Pues, pensando en Mangana, en este amigo era en el que el viejo había ido pensando también para más adelante, y por si resultaban ya peras ya manzanas se lo había ido ganando poco a poco.
A la hora en que llegaron, Mangana estaba adentro de la choza. Inocente de todo, un poco incómoda de aquella ociosidad que se le había encargado, y su vestido nuevo, sentada ahí en su catre, y mirando las nubes, las ramas de los árboles, la ventana y las moscas. Y al ver a aquel desemejante que su padre traía lo vio como a otra mosca, de pronto, pero luego salió de su modorra y entró en no comprendía qué timidez y asombro. Y también
sobresalto.
Y lo que es el instinto traidor de la feminidad, inevitable y duro. Se miró su vestido, se lo arregló un poquito.
Mas el astuto viejo habló antes a la vieja:
—Perengana, el señor es mi amigo, ¿sabes? Lo he traído del pueblo. A ver cómo nos tratas. Y esta es nuestra muchacha. A ver, ven para acá. Levántate, saluda.
El mundo se le vino, toda la enorme vida con su sorpresa y la luz y oscuridad encima. No olvidar que de cerca, así de cerca, este era el primer compadre que había visto en su vida.
De manera que antes de que la tierra fuera a hundirse debajo de sus pies, y a tragársela, saltó como un resorte y escapó por la ventana que le estaba más cerca, en busca de terrenos más seguros y sólidos, y el viejo y el compadre y la vieja se quedaron parados como en cuento de encantos.
—Voy por ella —dijo por fin la vieja, y fue a calmarla y el viejo empezó a explicarle a su invitado:
—Es que le falta trato. No se apure. Fuera de mí no ha visto nunca a ningún hombre aquí en la casa. Quién sabe si ni afuera... Y se ha espantado.
—Eso es lo que yo digo, se ha espantado... de verme a mí. Esa es mi suerte. Mejor es que me vaya.
Se le veía tan triste, tan triste, que daba compasión.
Se habían burlado de él, lo habían despreciado francamente; pero pegar carrera y huir casi llorando de terror por causa de él, jamás se lo habían hecho.
Con todo, él no sabía. Además ya se iba...
Volvió en esto la vieja lamentándose de que no podía hallarla.
—No se vaya. No es lo que usted se piensa. Es lo que yo le digo. Por feo que esté usted... Yo nunca fui buen mozo y ya de viejo creo sacarle ventaja. Fuera de mí no tiene a nadie con quien pudiera compararlo. Son estas soledades, y que ella en el fondo no es más todavía que una mocosa. No es preciso tomarla tan en serio. Ya verá.
Y lo dejó sentado. Y ni él ni la vieja pudieron dar con ella.
Y en esto el viejo paró en seco a la vieja. Y la vieja que lo vio que miraba al techo de la choza, quiso ver qué veía. Y quién fuera a pensar. Allá estaba Mangana, y no escondida, mirando por el hoyo fascinada que parecía sólo ojos según se los tenía abiertos el Adán número uno que se exponía a sus ojos.
—Es mujer —dijo el viejo—, y es lo de la mujer lo que la está mandando. Déjala ahí. Que al mirarnos comer, y lo de la mujer ya la harán a su tiempo irse acercando.
Y tomaron un trago, y otro más. Y sólo por no abusar no se tomaron otro.
El invitado estaba, a pesar de todo, los dos traguitos y el olor del mole, más bien callado, ausente, taciturno.
A él lo habían burlado, lo habían visto con marcado desprecio, lo habían visto con lástima, le habían tenido pánico. Con razón no sentía, a pesar de la hora, gana de otra comida que suspiros. El vestidito azul, los ojitos medrosos... ¡Ay, qué triste era el mundo, qué amargo, qué vacío! Y de repente, al viejo:
—¿Y qué, no va a comer?
—Eso hemos de decirle a usted, nosotros.
—Es que pienso en su niña. Aunque no por mi culpa a causa mía, estará pasando hambre.
Y por la mente de la vieja pasó una idea no diré que diabólica; pero ahora va a verse.
Se puso a hacer un taco. Dos tortillas calientes, una untada de mole, frijolitos refritos, pedacitos de pollo, cebollita... que olía más que las flores.
—Sería bueno llevárselo, ¿no crees? —le dijo al viejo.
—Sería bueno.
—Sí sería —volvió a decir la vieja—, pero he cambiado de idea. Mejor es castigarla. Que no pruebe este mole por huraña. Yo al menos, no, no, no se lo llevo.
—Te desconozco vieja.
—Bien, llévaselo tú.
—Bien sabes que a mis años, no subiría a ese techo.
Breve silencio...
—¿Cuál techo? —se atrevió al fin a decir el invitado.
—Este; pero yo no lo llevo. También podría caerme.
—En cambio usted no está tan viejo. ¿Quiere llevarlo usted?
—No sé, no sé; pero si vuelve a echar carrera...
—Ya será cosa de ella. No será tanta su hambre.
—Bueno, pues —y agarró el taco. Y sintió una alegría. Una alegría. Pero un temor inmenso también. Y estuvo a punto de saber por qué a veces uno corre sin que nadie llegue a saber por qué. Quizá hubiera corrido. Con todo, se contuvo. Al treparse a la barda sintió que estaba temblando. Y la verdad era que la barda era gruesa, y no hubiera temblado con esto ni con cien veces más.
Resultado.
Allá arriba la niña quedaba acorralada. No había a dónde correr. Juzgó mejor coger el taco y seguir a aquel ser que ya estaba bajando, y parecía moverse donde estaban sus padres.
Y dio una tal comida y con tal ansia que contagió a los otros, y los viejos casi volvieron a comer, y el hombre se olvidó que era feo, que se sentía muy triste. Y comió, comió algo. No tanto como ellos pero comió también. Y también olvidó que entregarse a la dicha, así nomás a ciegas, suele costar muy caro.
Inclusive se atrevió a decir:
—Si no fuera molestia demasiada. La verdad, yo, con gusto, tomaría otro traguito.
Y dio en venir tan seguido, trayendo siempre tantas viandas, y dulces y espejitos, que el viejo creyó bueno hablarle claro.
—No hace falta que traiga tantas cosas. Venga, eso sí; pero no traiga cosas. Va a malearme a la niña. Y nosotros... No diga que es retobo, pero también quisiéramos no parecer gorrones. Tenemos fe en usted. Que no hará mal a nadie y menos a la niña. Aunque se la llevara. Ya ella lo va queriendo; pero es bueno, deveras, que no siga trayendo tantas cosas.
El día que se casaron, fue el primero que Mangana supo lo que era un pueblo.
Sería largo meterse en su alma [tal vez esto se haga en versión posterior menos ligera]. No fueron cien, fueron millares de novedades las que vivió en su alma. Pero lo que hace más al caso es que el mirar a los buenos mozos del pueblo le despertó sentimientos, es cierto parecidos a los que le había despertado la aparición del no tan buen mozo que iba a ser su marido; pero mucho más fuertes. Y viéndolo a él y viéndolos a ellos, digo, en especial a alguno de ellos, habría querido cambiarlos.
Algo así, como el que adquiere una cosa que encuentra necesaria, no conociendo más, entra y la compra; pero luego ve otras, sin proporción más lindas y mejores. Y entonces lo sobrecoge una sensación de envidia, de fracaso. Hubiera yo sabido. Y la que tiene le confiere una envidia, una pena, quién sabe qué desaliento, qué rencor...
Y Danilo, pasados los primeros alborozos, dio en nota que no hallaba en Mangana la atención de ternura que él buscaba. Volvió a pensar en que era feo, en que era un poco cojo. En que su mujer se había casado con él sin que se le hubiera proporcionado la oportunidad de escoger. En que lo había tomado sin saber que había más. Y sí, él mismo miraba a los charritos, a los catrines. Y encontraba que de ser él mujer no cabían dudas sobre cuál tomaría. Este, el otro, cualquiera de ellos menos él.
Y se sentía dan débil, tan indigno, que llegó a dar por hecho que un día u otro perdería a su mujer. Como al avaro, rodeado de gentes más fuertes, más listas, se encontraría indefenso y del todo incapaz de defender y merecer la posesión de un tesoro.
Se pasaba las noches suspirando de miedo. Suspirando de angustia y de tristeza. Ya se asomaba a la ventana a ver si no había por ahí merodeadores. Venía a asegurarse de que su esposa se hallaba aún en su casa. Salía a rodear la manzana a ver qué era lo que había en la calle. Y durante todo el día y toda la noche buscaba y ponía en acto humildemente cuantas maneras pensaba que pudieran complacerla. Y en todas sin decírselo, le quería decir: “No quisiera perderte”.
Y, al fin, lo que era harto difícil que no llegara a ser.
La mujer instintiva, natural, no formada ni deformada. ¡Y muy linda!
El marido sin lustre, pocacosa, traumatizado, y sin ningunas artes.
El mundo en primavera. Y los brillosos diablos que no faltan, codiciosos y astutos, que por no perderse de un solo bocado nunca duermen.
Y los diablos menores, los pobretes, los reptantes y solapados, verdinosos de rencor y amarillos de envidia. Los únicos verdaderamente miserables. Esto es: el anónimo.
Estaba él abriendo cartas. Ahora leía una, la leía, la aplanaba contra otras, letra abajo, echaba mano de un pisapapeles. Ahora rompía un rollo y desenrollaba un calendario. Ahora arrugaba una hoja y la arrojaba con todo y sobre al cesto. Ahora le decía a un mozuelo (doce años) atento a lo que se le ordenaba, ésta ponla en el gancho. Ahora... Válgame Dios. Ahora... Esta carta está mala. Mala. Muy mala. Pudiera ser que hasta estuviera envenenada. Qué cara hace el patrón. Tan tranquilo que estaba; pero esta carta. No irán a salírsele los ojos. Patrón, patrón. No me contesta. Ah, qué fuerte veneno. Qué será, qué veneno tan bárbaro. Menos mal ya empezaron a mojarse sus ojos. Ya ha podido cerrarlos. Y esa agüita que exprimen no es como la carta. Es una agüita buena. Una agüita que nunca ha dejado de hacer bien. Esa agüita sale casi siempre sólo de los corazones que no son enteramente malos. Los corazones malos, los verdaderamente malos están, eso es lo malo, enteramente duros, totalmente resecos...
¿Y ora?
¿De qué se ríe?
¿Se habrá vuelto loco?
Pero no. No se está riendo. Esa risa no es risa. Es otra cosa.
Parece irse calmando.
Se ha calmado, calmado, calmado como nunca. Hasta se abrocha el saco. Tiembla ligeramente. ¿Tendrá frío?
De pronto ha dado tal puñetazo en el escritorio que ha crujido como si fuera a quebrarse y varias cosas han saltado hasta el suelo.
Ora con la otra mano.
Ora se aprieta el rostro.
Hace un esfuerzo grande. Muy grande. Se alisa los cabellos que se le han descompuesto.
Busca en torno del cuarto.
Ha descubierto algo en el rincón.
En el rincón está un machete.
Lo ha cogido. ¿Para qué lo querrá?
¿A dónde va, patrón? ¿A dónde, con el machete ese? Van a creer que está loco. ¡Loco! Porque así va corriendo, como un loco.
Se ha ido. La carta la dejó en el suelo.
¿Y qué dirá esa carta?
Danilo.
Gran idiota:
¿Con qué fin te fuiste al cerro? ¿Qué pensaste al ir por esa cabra habiendo aquí tantos chivatos y siendo tú nomás ridículo espantajo? ¿No sabes ya que hay quien anda por ahí contando que la señora Gámez tiene una mordida, como de coyote, atrás de la cadera izquierda?
El mocito se quedó espantado. Y luego, comprendiéndolo todo, metió aprisa la carta adentro de su blusa, se subió en un caballejo que ahí afuera aguardaba y lo obligó a varazos y talonazos a correr lo más aprisa que el pobre animal podía. De modo que logró llegar a casa de su amo, que a pesar de haber dado vuelta para no ser de él visto y decir a su ama:
—Patroncita, ¿es eso cierto, eso de que usted tiene una mordida más o menos aquí? Si es cierto ahí viene el amo. ¿Quién sabe quién se lo mandó decir? A toda prisa con su machete. Córrale. Ande, córrale. ¿O qué es lo que ahora hacemos? Mire, ahí viene.
Y el mocito corrió.
Y Mangana se quedó hecha una estatua mirando hacia Danilo que en efecto, muy descompuesto y rápido, hacia ella venía.
Por suerte en vez de verla se fue por la escalera. Sus pisadas de cojo faltas de todo orden se estuvieron oyendo. Se veía que entraba, iba, venía y salía buscando en todas partes. Finalmente ya volvía a bajar por la misma escalera por donde había subido. Y entre tanto gritaba:
—Mangana, Mangana. Óyeme, Mangana, a ti te hablo. ¿No oyes? ¿Dónde diablos estás?
—Aquí —dijo Mangana—. Ya voy.
Y con ojos tristes espantados y a pasitos muy tímidos fue acortando el camino. Al encontrar el descompuesto semblante de su esposo, su terror hizo crisis, y cuando él alzó el brazo con el alma para descargar el golpe en vez de tratar de defenderse o de huir se le quedó mirando con mirada que en el fondo expresaba inocencia. La inocencia de una animalita.
Danilo, al mirarla así entregada y hermosa, si porque se veía hermosa fue siendo dominado en su furor. Bajó el brazo. Soltó el arma y rompiendo en sollozos se echó en tierra, abrazó sus pies y los bañó de lágrimas y besos.
Ella que se daba ya por muerta, al ver tal actitud sintió dentro de ella despertar un sentimiento. Era esa ternura que despierta la comprensión del amor verdadero. Que cuando nos penetra es aún más fuerte que el del espanto, y que el que despierta inclusive el maravilloso espectáculo de la hermosura. De modo que a ella también se le razaron de lágrimas los ojos y con una compasión infinita y su vida más grande aún que el poder de los sentimientos de la especie lo levantó del suelo, lo abrazó, en forma que quedando entrelazados, apoyados los rostros, recíprocamente, encima de los hombros se entendieron llorando uno en el otro y entraron hondamente en el sagrado, más fuerte que el infierno y que la muerte, misterio del amor.
Hernández (1904-1958). Autor de la novela La paloma, el sótano y la torre .
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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