Este sábado, el mundo celebra el bicentenario de Hans
Christian Andersen, autor que pobló las noches de varias
generaciones y a la fecha ilumina nuestro imaginario con cuentos
inolvidables como La sirenita,
El traje nuevo del emperador, El soldadito de plomo y El patito
feo, entre otros. Como parte de esta celebración,
el gran crítico Harold Bloom ha decidido aproximarse a este
escritor cuya vida personal suele quedar del lado del misterio.
Con este ensayo, exclusivo para México, presentamos un texto
de Rafael Muñoz Saldaña, que explora la otra literatura
de Andersen.
Muchos estadounidenses
todavía leen los cuentos de hadas de Hans Christian Andersen
—ya sea cuando son niños o bien cuando se los leen
a sus hijos—, pero tienden a confundirlo con el soñador
afable interpretado por Danny Kaye en una película biográfica
no muy precisa. El verdadero Andersen compuso una gama extraordinaria
de historias, tanto dirigidas a lectores adultos como a niños.
Andersen nació el 2 de abril de 1805 en Odense, un pueblo
pobre cerca de Copenhague. Su familia era muy humilde. Su padre
putativo era zapatero. Las duras circunstancias obligaron a su madre,
que lavaba ropa ajena, a ejercer algo parecido a la prostitución.
Aunque en sus cuentos era un gran original, Andersen acogía
con estoica vehemencia la aceptación que el folclor hace
del destino. Nietzche afirmaba que, por el bien de la vida, origen
y finalidad deben apartarse. Andersen no tenía ningún
deseo de separarlos. Esto le costó mucha satisfacción
en la vida: nunca tuvo una casa propia ni un amor duradero, pero
alcanzó un extraordinario arte literario.
Al igual que Walt Whitman, la verdadera orientación sexual
de Andersen fue el homoerotismo. De manera pragmática, estos
dos grandes escritores lo eran, aunque en Andersen su deseo por
las mujeres era más intenso que los gestos casi completamente
literarios que Whitman tuvo hacia la heterosexualidad. Pero Whitman
era un poeta-profeta que ofrecía una salvación a la
que difícilmente puede llamarse cristiana. Andersen profesaba
una devoción algo sentimental hacia el Niño Jesús,
pero la naturaleza de su arte es pagana.
Kierkegaard, su contemporáneo danés, con gran sagacidad
lo advirtió muy al inicio. Desde la perspectiva del siglo
XXI, Andersen y Kierkegaard se dividieron de manera extraña
la eminencia estética de la literatura danesa. ¿Qué
hace imperecederos a los cuentos de Andersen? Kierkegaard analizó
con precisión su propio proyecto que consistía en
demostrar cuán difícil es ser cristiano en una sociedad
manifiestamente cristiana. En secreto, el proyecto de Andersen era
por entero distinto: cómo seguir siendo niño en un
mundo manifiestamente adulto.
Yo no veo diferencia alguna entre la literatura para niños
y la buena o magnífica escritura para niños extremadamente
inteligentes de todas edades. J. K. Rowling y Stepehn King escriben
igual de mal; son titanes apropiados para nuestra nueva Edad Oscura
de las Pantallas: computadora, cine, televisión. Una y otra
vez uno exhorta a los niños de todas edades a que lean y
relean a Andersen y a Dickens; a Lewis Carroll y a Edward Lear,
en vez de a Rowling y a King.
En ocasiones, cuando digo esto en público, me preguntan:
¿no es mejor leer a Rowling y a King, y después avanzar
a Andersen, Dickens, Carroll y Lear? La respuesta es pragmática:
nuestro tiempo aquí es limitado. Necesariamente uno lee y
relee a expensas de otros libros. Si viviéramos varios siglos,
quizá tendríamos vida y tiempo suficientes para hacerlo,
pero el principio de realidad nos obliga a elegir.
Andersen tituló a una de sus autobiografías El cuento
de mi vida. Ahí se ve claramente lo doloroso que fue para
él emerger de la clase obrera danesa de principios del siglo
XIX. La fuerza que impulsó su carrera fue la necesidad de
ganar fama y adquirir honor, pero sin olvidar nunca lo difícil
que fue para él ascender en la vida. Entre todos sus recuerdos
el más poderoso era el de su padre quien solía leerle
pasajes de Las mil y una noches.
Absorber las biografías de Andersen constituye un proceso
curioso: cuando tomo distancia de lo que he aprendido, me queda
la impresión de un adolescente de asombrosa franqueza, marchándose
a Copenhague y cediendo ante la amabilidad de los extraños.
Esa sinceridad lo acompañó su vida entera: recorrió
toda Europa presentándose ante Heine, Victor Hugo, Lamartine,
Vigny, Mendelsohn, Schumann, Dickens, los Browning y muchos otros.
Cazador de nombres importantes, por encima de todo, él mismo
deseaba convertirse en uno, y lo logró a través de
sus cuentos.
Andersen fue un autor de una fertilidad escandalosa en todos los
géneros: novela, libros de viajes, poesía, teatro,
pero su importancia radica enteramente en sus cuentos de hadas que
son únicos y que él convirtió en una creación
propia, fusionando lo sobrenatural con lo cotidiano en formas que
no dejan de asombrarme, incluso más que los cuentos de Hoffmann,
Gogol y Kleist, sin contar al sublimemente terrible, pero inescapable,
Poe.
Personificada en brujas, en reinas de las nieves y en príncipes
andróginos, la frustración sexual fue la obsesión
central, aunque oculta, de Andersen. D. H. Lawrence, uno de los
más grandes escritores de cuento corto del siglo veinte,
nos legó un lema majestuoso: “Confía en el cuento,
no en el cuentista”. Andersen nos dijo que sus cuentos eran
la historia de su vida y casi todos sus críticos y biógrafos
le creyeron, pero yo tengo mis dudas. Al igual que la obra de Walt
Whitman —su gran contemporáneo estadounidense—,
la de Andersen parece fácil pero demuestra ser todo lo contrario.
Que Whitman y Andersen fueran en esencia homoeróticos difícilmente
establece un nexo entre ellos, en vista de que tantos grandes escritores
comparten esa misma orientación sexual. Lo que sí
une a Whitman con Andersen es la mutua evasión de sus propios
proyectos aparentes. Whitman se proclamó el poeta de la democracia
y, sin embargo, su poesía es hermética y elitista.
Andersen inventó lo que en los últimos doscientos
años se ha llamado “literatura infantil”, pero
después de unas cuantas historias tempranas, lo que escribe
ya no sólo es para niños, como no lo son tampoco Kafka
y Gogol. Más bien, Andersen escribió para niños
extraordinariamente inteligentes de todas las edades, de 9 a 90
años .
A veces me parece, aunque sólo sea por un instante, que de
entre todos los cuentos que Andersen escribió, el que más
me gusta es “El cuello de camisa”. Al principio parece
una bagatela de dos paginas, pero esas dos páginas están
tan llenas de vida y de sentimiento, como el fragmento de una parábola
de Kakfa, como “El cubo de carbón” o “El
cazador Gracchus”. Escrito en 1848 después de un viaje
a Inglaterra, “El cuello de camisa” satiriza tanto al
propio Andersen —un autopromotor obsesivo— como a los
periódicos daneses, tan molestos ante el espectáculo
que este hombre-espectáculo desplegaba en el extranjero.
Uno de los atributos más extraños y admirables de
Andersen es que sus historias viven en un cosmos animista, en el
que los meros objetos no existen. Cada árbol, planta, animal,
artefacto, pieza de ropa, terrón de arcilla posee un alma
ansiosa, una voz, deseos sexuales, necesidad de reconocimiento y
terror ante el prospecto de la aniquilación. La bipolaridad
de Andersen —episodios histéricos que alternaban grandiosidad
y depresión—, en gran medida discrepan de ese mundo
creado por él donde sirenas y doncellas de hielo, cisnes
y cigüeñas, patitos y abetos, zapatos y casas, cuellos
de camisa y tirantes, campanas y viento, hombres de nieve y ninfas
del bosque, brujas y dolor de dientes, poseen todos una conciencia
tan espaciosa, cruel y desesperada por sobrevivir como la nuestra.
Manifiestamente cristiano, desde el inicio Andersen fue un narcisista
pagano que le rindió culto al Destino, que para él
era una diosa sádica a la que nosotros podríamos nombrar
con precisión: Némesis. El genio de Andersen está
profundamente enraizado en un animismo antiguo, más antiguo
aun que Las mil y una noches. Shakespeare, el más universal
de los genios, sin duda influyó a Andersen con El sueño
de una noche de verano, donde hadas encantadoras se convierten en
guardianas de Bottom. Este maravilloso cuarteto de hadas —Mustardseed,
Moth, Cobweb y Peaseblossom—, está conformado por personajes
tan andersenianos que podríamos pensar que —si fuéramos
capaces de volver el tiempo atrás— Shakespeare los
habría tomado del escritor danés, sólo que
el contador de cuentos de Odense los hizo seres más oscuros.
El de Andersen es un universo completamente vitalista, pero con
una tendencia más pronunciada hacia lo maligno.
Andersen era, al igual que William Blake y Walt Whitman, habitante
de una realidad donde no existen los objetos inanimados, sólo
sensibilidad en cada canto y en cada planta, en cada postilla de
cada piedra. Ellos eran profetas del Apocalipsis, que exhortaban
a todas las cosas a retomar las formas de lo humano. Andersen, al
igual que el príncipe Hamlet, su compatriota dinamarqués,
es un profeta de la aniquilación. Una historia diminuta como
“El cuello de camisa” es en igual medida un estudio
de Andersen mismo como un soliloquio de Hamlet.
Igual que Andersen, una y otra vez el cuello propone matrimonio,
pero es rechazado por el tirante, la plancha, las tijeras y el peine.
No deben considerarse alegorías de Riborg Voigt, Louise Collin
y Jenny Lind, sino de Henrik Stampe y Harald Shcarff. Todo transcurre
alegremente hasta que el cuello de camisa termina en el cesto de
trapos de un molino de papel, y dice: “Ya era hora de que
me convirtieran en papel blanco”. A estas alturas ya me encariñé
con el cuello de camisa, de modo que me impresiona mucho el párrafo
final de la historia: “Y eso fue lo que ocurrió. Y
el cuello fue convertido en papel blanco con todos los demás
trapos. Y el cuello es precisamente la hoja que aquí vemos,
en la cual está impresa su historia. Y está bien empleado,
por haberse jactado de cosas que no eran verdad. Hay que tenerlo
en cuenta, para no comportarnos como él, pues en verdad no
podemos saber si también nosotros iremos a dar algún
día al canasto de los trapos viejos para que nos conviertan
en papel, y toda nuestra historia, aun lo más íntimo
y secreto de ella, se imprima y andemos por esos mundos contándola,
igual que el cuello de camisa.”
Entre sus contemporáneos, el Andersen contador de cuentos
puede situarse entre Dickens (que se alejó del danés
después de que éste abusó de una visita, inicialmente
breve, que se extendió a cinco semanas) y Tolstoi, que adoraba
la simplicidad y la claridad de su estilo narrativo. Ubicar a alguien
entre Dickens y Tolstoi bastaría para destruir a cualquier
compositor de cuentos breves, pero Andersen sobrevive, con la misma
preocupación indiferente del indestructible soldado de “La
caja de yesca”.
Y, sin embargo, ni Dickens ni Tolstoi son crueles, excepto en la
medida en que la naturaleza y la historia lo son. Las ensoñaciones
anderseneanas —en esencia liberadas de la historia o la naturaleza—,
a menudo son crueles, incluso sádicas, quizá debido
al impulso andrógino de su autor. El proyecto de Freud consistía
en librar al pensamiento de su pasado sexual, o de la curiosidad
sexual de los niños. El proyecto de Andersen —seguir
siendo niño— se derivó de la energía
del pasado sexual, y recibió el vigor y el ritmo de su arte.
Todos sus biógrafos subrayan la presencia de dos Andersen
distintos: el danés de Dinamarca, vulnerable y obsesionado
por una supuesta demeritación, y el hombre-espectáculo
en el extranjero, el wunderkind de Weimar y de Londres, el danés
siempre errante que se embarca rumbo a Bizancio. Infantil en Dinamarca,
Andersen era aniñado en el extranjero, donde vivía
sus ensoñaciones. Era una celebridad internacional de la
talla de Lord Byron antes que él, y de Hemingway, después
que él.
Sabemos que Byron y Hemingway eran tan andróginos como Andersen,
aunque mucho más activos sexualmente que el reacio danés,
quien pagaba por ver a las prostitutas en los burdeles, sin jamás
tocarlas. El verdadero análogo de Andersen fue su contemporáneo
Walt Whitman, cuya carrera sexual —salvo uno o dos encuentros
homosexuales—, estaba completamente volcada hacia él
mismo.
Andersen coqueteaba, en su país y en el extranjero, con ambos
géneros y, al igual que Kierkegaard, era un teórico
de la seducción. A pesar de esto era, de hecho, un monumento
de narcisismo. Los dos principales escritores daneses de la Época
Dorada de ese país eran monomaníacos obsesionados
consigo mismos: el Capital Ahab que perseguía a una ballena
blanca pero, a diferencia del protagonista estadounidense de Moby
Dick, ambos daneses eran demasiado astutos para tratar de arponear
lo que cada uno comprendía como su propia visión solipsista.
Esto es para alabar a los daneses gemelos: el sutil intelectualismo
de Kierkegaard rivaliza con los discernimientos de Schopenhauer,
Nietzche y Freud, en tanto que un antigua sabiduría emanada
de lo popular permanece en Andersen, quien dice e imagina cualquier
cosa, mientras evade o desvanece las consecuencias pragmáticas
de sus propias narraciones.
Harold
Bloom recibe hoy el premio Hans Christian Andersen,
en Odense, Dinamarca.
Traducción de Laura Emilia Pacheco.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor de Mauleón,
Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Manuel Gómez,Editores.
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