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01 de mayo de 2004

 

El otro siglo de Maugham

 

El autor de Liza de Lamberth, novela "desagradable y poco sana".
Foto tomada del libro de Robin Maugham, ED. Diana, 1966

A 130 años del nacimiento del escritor británico W. Somerset Maugham, vivimos una verdadera revaloración de su obra. La editorial Debate ha puesto en circulación sus dos novelas emblemáticas: Al filo de la navaja y Servidumbre humana. Tusquets publica por primera vez en español su único libro abiertamente ensayístico, Diez grandes novelas y sus autores. Este rescate, al que se suma la película Being Julia (Itsván Szabó, 2004), se completa con la reciente aparición de una biografía que ha causado revuelo en Estados Unidos.

Juan Manuel Gómez

Una de las aportaciones de la biografía más reciente del escritor británico W. Somerset Maugham a la gran cantidad de libros que existen al respecto es justamente mantenerse a prudente distancia de ese acervo y aproximarse a su objeto de estudio a través de una nueva mirada, con lo que logra descubrir a un personaje completamente nuevo. Su autor, Jeffrey Meyers, reconocido biógrafo de varias figuras de una zona en la que confluyen el cine y la literatura, la flema inglesa y los hombres de acción, ha elaborado un volumen que enfatiza los pasajes, si no inéditos, sí tratados hasta ahora demasiado a la ligera por Robert Calder, Ted Morgan, Bryan Connon, Karl G. Pfeiffer y Robin Maugham. Aunque en todos los casos se trata de áridas obras biográficas llenas de datos, algunos excesos de W. Somerset Maugham fueron matizados o excluidos por sus biógrafos por considerarse poco apropiados para un caballero inglés. Aquí, sin embargo, salen a flote en todo su escandaloso contexto sus primeros amores, con mujeres y hombres por igual, los pormenores de su corto matrimonio con Syrie Barnardo, su labor de espía del Servicio Secreto Británico en Rusia durante la Primera Guerra Mundial y, por supuesto, la relación puntual del deterioro de los últimos años en su residencia de Villa Marruesque. “Este tipo de cosas son las que uno quiere leer en una biografía”, dice Anthony Daniels (The New Criterium, 4 de febrero de 2004, en ‘How Good Was Maugham?’), “aunque podría saltarme la anécdota de la incontinencia fecal a los 91 años”.

En torno al esqueleto de un sólido aparato de investigación, las aventuras del conocido autor británico se dejan leer con fluidez y sin matizaciones innecesarias para la decencia de nuestros tiempos. Meyers ha hecho un libro la mitad de grueso que sus predecesores y ha sabido arrojar luz sobre un autor tan visible con bastante buen tino. Como afirma Merle Rubin (The Christian Science Monitor, 17 de febrero, en ‘The Troubled Popularity of Mr. Maugham’) “Jeffrey Meyers tiene muchas cosas frescas qué decir”, y según Frank Wilson (The Philadelphia Inquirer, 21 de marzo), las dice tan bien, que “leer esta biografía es como leer una de las novelas del propio Maugham”. Quizá esta última observación resulte un elogio desmedido, pero lo que salta a la vista, sin embargo, es que la vida de “Willie”, como prefería ser llamdo Maugham, ya que odiaba “William” su nombre de pila (por eso firmaba sus libros sólo con la inicial), alimentaría muy bien una novela de aventuras.

Cabría preguntarse qué puede hacer tan interesante la vida de un hombrecillo menudo con una permanente expresión de asco en la cara incapaz de terminar una frase debido a una ostensible y desesperante tartamudez, y que se conducía con los modales de un príncipe. Él mismo se describe de la siguiente manera: “Tuve muchas discapacidades. Era de corta estatura; tenía resistencia pero poca fuerza física; estaba aquejado por la tartamudez, era tímido y de salud frágil. No se me facilitaban los juegos”. Sin embargo fue un viajero incansable. Recorrió China, Borneo, Samoa y Tahití en largas travesías que nada tenían de turísticas. Se podría decir que W. Somerset Maugham era un verdadero aventurero con cierta inclinación a lo salvaje. En sus relatos, y especialmente en La luna y seis peniques (1919), su libro inspirado en la renuncia de Paul Gauguin a la civilización, al abordar algún aspecto brutal de la vida de los samoanos o los conceptos filosóficos sublimes de los hindúes, no lo hace desde el punto de vista del europeo civilizado que mira de reojo y con la boca fruncida el comportamiento bestial de los indios y sus ocurrencias estrambóticas, sino con profundo conocimiento de causa y cierta fascinación.

Por si esta faceta de hombre de acción no fuera suficientemente llamativa, hay mucho qué decir todavía con respecto a la sexualidad de Maugham, ya no en referencia a sus amores licenciosos con personajes como el vulgar y extrovertido Gerard Haxton, sino a sus amoríos con mujeres, los cuales comenzaron con verdadera pasión cuando tenía 18 años. No sólo se enamoró locamente de Sasha, hija del príncipe anarquista Peter Kropotkin, sino que en 1913 siguió a Sue Jones (hija del dramaturgo victoriano Henry Arthur Jones, con la que sostenía relaciones desde 1906) a Chicago para hacerle una propuesta de matrimonio que la actriz rechazó por encontrarse embarazada de otro hombre. Además, la corta pero intensa relación con su esposa Syrie, la madre de su hija Elizabeth Mary, no sólo era una tapadera de su homosexualismo, como tanto se ha dicho y como podía esperarse en aquel momento en Inglaterra. Oscar Wilde había sido lapidado recientemente por sus escarceos y era necesario cuidar las apariencias en un mundo que se despojaba lentamente de los velos victorianos.

Cuando W. Somerset Maugham publicó su primera novela, Liza de Lamberth (1897) el globo terráqueo giraba todavía sobre el rústico eje del siglo XIX. La sociedad, sobre todo la aristocrática en la que se desenvolvía el heredero de una dinastía de oficiales de la corona (de donde, por cierto, procede uno de sus nombres: Somerset) y de otra de eminentes abogados, sobre cuyos logros descansa el actual Derecho británico, se circunscribía a un círculo reducido que los modales de Willie no podían ni debían transgredir. Por el contrario, dentro de la ambivalencia que implica este linaje, que obliga a un hombre aquejado por dolorosos complejos a un trato social constante y refinado, Maugham dio rienda suelta a sus pasiones desde el escaparate de la sociedad con elegancia y buen gusto, apoyado en el bastón de su postura de escritor exitoso, al tiempo que ese papel le permitía huir de la sociedad. Gran admirador de Maugham, el novelista norteamericano Gore Vidal ha dicho que “sus viajes parecen escapatorias; sus lugares de trabajo o de descanso, escondites”. Hacia el final de sus días, Maugham se recluyó en la soledad de una mansión en la costa italiana, a la vez tan lejos y tan cerca de una alta sociedad detestable, pero deliciosa, y completamente imprescindible.

Brooke Allen (Sunday Books Review NYT, 14 de marzo, ‘The Old Parrot’) hace una dura crítica a la biografía de Meyers. Destaca, sin embargo, un acierto que quizás echa por tierra toda su diatriba: concede que Meyers muestra la forma en que Maugham, incluso en la cumbre de la fama, “nunca logra expulsar al niño nervioso de su psique”. Quizá ese niño nervioso que acompañó a Willie hasta el final era como Philip, el protagonista de la desgarradora Servidumbre humana (1915), que tiene que soportar que sus compañeros de escuela bailen en círculo alrededor de él haciéndole burla por su deformidad física. El sufrimiento de Philip por tener un pie equino está inspirado completamente en los años de escuela de Maugham, los más infelices de toda su vida, ya que cuando llegó a la King School de Canterbury (donde están depositadas sus cenizas), acababa de perder a sus padres y apenas hablaba inglés, pues había pasado su infancia en París rodeado de sirvientes franceses.

La adversidad sin duda templó el carácter del pequeño Willie, pero no fueron esas “aguas amargas”, como Jeffrey Meyers sugiere, las que lo llevaron a la literatura. Ese fuego interior que conduce a la vocación literaria a cualquier escritor nunca dejará de ser un misterio. Sin embargo, en este caso, Maugham nos da una pista: “En muchas ocasiones, en el hospital donde hice mis prácticas, los jóvenes médicos que aspiraban a ser escritores me preguntaban qué debían hacer para conseguirlo. Siempre les sugerí que se quedaran en la práctica médica unos años más hasta que se familiarizaran con todas las honduras y medianías del corazón humano. Consejo que nunca siguieron”. Según Anthony Daniels, Meyers no enfatiza lo suficiente la importancia que tuvieron para la obra de Maugham sus años de estudiante de medicina. “Para poder llevar a cabo su oficio, los doctores tienen que aprender rápidamente una especie de acercamiento objetivo a la vida de sus pacientes. Deben sentir empatía y simpatía por ellos, pero no al grado de ahogarse en su sufrimiento. Un doctor que falla en dominar sus emociones no puede ser muy útil para sus pacientes; por eso el aprendizaje y dominio de esta disciplina es tan importante para el entrenamiento médico como los estudios patológicos y terapéuticos. Puede aterrar a las personas sensibles, pero nada de lo que yo he visto como doctor en treinta años, de las epidemias de la guerra civil a un accidente, asesinato o suicidio, me ha provocado nunca insomnio, y un hombre se puede cortar la garganta enfrente de mí sin afectar en lo más mínimo mi apetito. Esto, sin embargo, no es simple dureza o falta de sentimientos, es un desprendimiento clínico necesario, y la escritura de Maugham lleva la marca de la sensibilidad de un doctor (como sucede con Chéjov). A pesar de que Maugham nunca practicó después de graduarse, su mirada es claramente la de un médico”.

En lo que Meyers sí pone especial énfasis es en otra de las frustraciones de Maugham, quizá la peor. A pesar de vender miles de ejemplares de sus libros, nunca se sintió a la altura de los grandes escritores y eso fue para él una maldición insoportable. Gore Vidal cuenta que Willie se paseaba con grandes zancadas, las manos entrelazadas a la espalda y la vista fija en el suelo, por los salones vacíos de un coctel al que asistirían escritores de la talla de Virginia Woolf, repitiendo: “Soy tan bueno como ellos, soy tan bueno como ellos”, una y otra vez.

Quizá durante la primera mitad del siglo XX no haya existido otro autor tan popular como W. Somerset Maugham. Llegó a tener simultáneamente en escena varias obras en Broadway y sobre sus historias se realizó un espectacular número de películas. Pero el eco del corrillo de niños que rodeaba a Philip nunca dejó de escucharse en su mente. Los críticos se limitaban a observar tímidamente, como lo hizo Cyrill Connoly, que “Al filo de la navaja (1944) era una pura delicia”, o arremetían con la voz engolada de Edmund Wilson: “De vez en cuando me he encontrado con alguna persona de buen gusto que me sugiere tomar con seriedad a W. Somerset Maugham; sin embargo nunca he podido sacudirme la idea de que se trata de un escritor de segunda clase”.

A pesar de que escribió su obra con un rigor y una aspiración literaria desiguales, Maugham siempre será un gran escritor. Se dice que había momentos en que, debido a la demanda de los productores, se tomaba sólo una semana para escribir cada uno de los acto de sus piezas teatrales, y una más para revisarlas. Una tras otra.

Gore Vidal no se atreve a desmentir la aseveración de que a la obra de Maugham le sobra la mitad, pero se apresura a sugerir: “Y por qué no hablar de la otra mitad”. Por qué no hurgar en el magma literario de Al filo de la navaja, impresionante viaje en busca del sentido del mundo, de uno mismo y de Dios. O en Servidumbre humana, cuya desgarradora historia está fincada en el más depurado estilo autobiográfico, al igual que Pasteles y cerveza (1930). O en los fabulosos cuentos, género para el que Maugham era deslumbrante.


Tan injusto sería decir que la mitad de los libros de un escritor son buenos y la otra mitad malos, como afirmar que cada una de las líneas que ha escrito son geniales. ¿En que pequeño detalle se sustenta la literatura, y hasta qué punto existe la obra perfecta? Sin embargo, hay historias estupendas y Maugham —nadie puede ponerlo en tela de juicio— tenía el don de contarlas deliciosamente.

Gómez. Poeta. Su Libro de las ballenas aparecerá este año en la colección Práctica Mortal.

 

Confabulario — título que rinde homenaje a Juan José Arreola
 
Héctor de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx