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El
autor de Liza de Lamberth, novela "desagradable y poco
sana".
Foto tomada del libro de Robin Maugham, ED. Diana, 1966 |
A
130 años del nacimiento del escritor británico W.
Somerset Maugham, vivimos una verdadera revaloración de su
obra. La editorial Debate ha puesto en circulación sus dos
novelas emblemáticas: Al filo de la navaja y Servidumbre
humana. Tusquets publica por primera vez en español su único
libro abiertamente ensayístico, Diez grandes novelas y sus
autores. Este rescate, al que se suma la película Being Julia
(Itsván Szabó, 2004), se completa con la reciente
aparición de una biografía que ha causado revuelo
en Estados Unidos.
Juan Manuel Gómez
Una de las aportaciones
de la biografía más reciente del escritor británico
W. Somerset Maugham a la gran cantidad de libros que existen al
respecto es justamente mantenerse a prudente distancia de ese acervo
y aproximarse a su objeto de estudio a través de una nueva
mirada, con lo que logra descubrir a un personaje completamente
nuevo. Su autor, Jeffrey Meyers, reconocido biógrafo de varias
figuras de una zona en la que confluyen el cine y la literatura,
la flema inglesa y los hombres de acción, ha elaborado un
volumen que enfatiza los pasajes, si no inéditos, sí
tratados hasta ahora demasiado a la ligera por Robert Calder, Ted
Morgan, Bryan Connon, Karl G. Pfeiffer y Robin Maugham. Aunque en
todos los casos se trata de áridas obras biográficas
llenas de datos, algunos excesos de W. Somerset Maugham fueron matizados
o excluidos por sus biógrafos por considerarse poco apropiados
para un caballero inglés. Aquí, sin embargo, salen
a flote en todo su escandaloso contexto sus primeros amores, con
mujeres y hombres por igual, los pormenores de su corto matrimonio
con Syrie Barnardo, su labor de espía del Servicio Secreto
Británico en Rusia durante la Primera Guerra Mundial y, por
supuesto, la relación puntual del deterioro de los últimos
años en su residencia de Villa Marruesque. “Este tipo
de cosas son las que uno quiere leer en una biografía”,
dice Anthony Daniels (The New Criterium, 4 de febrero de 2004, en
‘How Good Was Maugham?’), “aunque podría
saltarme la anécdota de la incontinencia fecal a los 91 años”.
En torno al esqueleto de un sólido aparato de investigación,
las aventuras del conocido autor británico se dejan leer
con fluidez y sin matizaciones innecesarias para la decencia de
nuestros tiempos. Meyers ha hecho un libro la mitad de grueso que
sus predecesores y ha sabido arrojar luz sobre un autor tan visible
con bastante buen tino. Como afirma Merle Rubin (The Christian Science
Monitor, 17 de febrero, en ‘The Troubled Popularity of Mr.
Maugham’) “Jeffrey Meyers tiene muchas cosas frescas
qué decir”, y según Frank Wilson (The Philadelphia
Inquirer, 21 de marzo), las dice tan bien, que “leer esta
biografía es como leer una de las novelas del propio Maugham”.
Quizá esta última observación resulte un elogio
desmedido, pero lo que salta a la vista, sin embargo, es que la
vida de “Willie”, como prefería ser llamdo Maugham,
ya que odiaba “William” su nombre de pila (por eso firmaba
sus libros sólo con la inicial), alimentaría muy bien
una novela de aventuras.
Cabría preguntarse qué puede hacer tan interesante
la vida de un hombrecillo menudo con una permanente expresión
de asco en la cara incapaz de terminar una frase debido a una ostensible
y desesperante tartamudez, y que se conducía con los modales
de un príncipe. Él mismo se describe de la siguiente
manera: “Tuve muchas discapacidades. Era de corta estatura;
tenía resistencia pero poca fuerza física; estaba
aquejado por la tartamudez, era tímido y de salud frágil.
No se me facilitaban los juegos”. Sin embargo fue un viajero
incansable. Recorrió China, Borneo, Samoa y Tahití
en largas travesías que nada tenían de turísticas.
Se podría decir que W. Somerset Maugham era un verdadero
aventurero con cierta inclinación a lo salvaje. En sus relatos,
y especialmente en La luna y seis peniques (1919), su libro inspirado
en la renuncia de Paul Gauguin a la civilización, al abordar
algún aspecto brutal de la vida de los samoanos o los conceptos
filosóficos sublimes de los hindúes, no lo hace desde
el punto de vista del europeo civilizado que mira de reojo y con
la boca fruncida el comportamiento bestial de los indios y sus ocurrencias
estrambóticas, sino con profundo conocimiento de causa y
cierta fascinación.
Por si esta faceta de hombre de acción no fuera suficientemente
llamativa, hay mucho qué decir todavía con respecto
a la sexualidad de Maugham, ya no en referencia a sus amores licenciosos
con personajes como el vulgar y extrovertido Gerard Haxton, sino
a sus amoríos con mujeres, los cuales comenzaron con verdadera
pasión cuando tenía 18 años. No sólo
se enamoró locamente de Sasha, hija del príncipe anarquista
Peter Kropotkin, sino que en 1913 siguió a Sue Jones (hija
del dramaturgo victoriano Henry Arthur Jones, con la que sostenía
relaciones desde 1906) a Chicago para hacerle una propuesta de matrimonio
que la actriz rechazó por encontrarse embarazada de otro
hombre. Además, la corta pero intensa relación con
su esposa Syrie, la madre de su hija Elizabeth Mary, no sólo
era una tapadera de su homosexualismo, como tanto se ha dicho y
como podía esperarse en aquel momento en Inglaterra. Oscar
Wilde había sido lapidado recientemente por sus escarceos
y era necesario cuidar las apariencias en un mundo que se despojaba
lentamente de los velos victorianos.
Cuando W. Somerset Maugham publicó su primera novela, Liza
de Lamberth (1897) el globo terráqueo giraba todavía
sobre el rústico eje del siglo XIX. La sociedad, sobre todo
la aristocrática en la que se desenvolvía el heredero
de una dinastía de oficiales de la corona (de donde, por
cierto, procede uno de sus nombres: Somerset) y de otra de eminentes
abogados, sobre cuyos logros descansa el actual Derecho británico,
se circunscribía a un círculo reducido que los modales
de Willie no podían ni debían transgredir. Por el
contrario, dentro de la ambivalencia que implica este linaje, que
obliga a un hombre aquejado por dolorosos complejos a un trato social
constante y refinado, Maugham dio rienda suelta a sus pasiones desde
el escaparate de la sociedad con elegancia y buen gusto, apoyado
en el bastón de su postura de escritor exitoso, al tiempo
que ese papel le permitía huir de la sociedad. Gran admirador
de Maugham, el novelista norteamericano Gore Vidal ha dicho que
“sus viajes parecen escapatorias; sus lugares de trabajo o
de descanso, escondites”. Hacia el final de sus días,
Maugham se recluyó en la soledad de una mansión en
la costa italiana, a la vez tan lejos y tan cerca de una alta sociedad
detestable, pero deliciosa, y completamente imprescindible.
Brooke Allen (Sunday Books Review NYT, 14 de marzo, ‘The Old
Parrot’) hace una dura crítica a la biografía
de Meyers. Destaca, sin embargo, un acierto que quizás echa
por tierra toda su diatriba: concede que Meyers muestra la forma
en que Maugham, incluso en la cumbre de la fama, “nunca logra
expulsar al niño nervioso de su psique”. Quizá
ese niño nervioso que acompañó a Willie hasta
el final era como Philip, el protagonista de la desgarradora Servidumbre
humana (1915), que tiene que soportar que sus compañeros
de escuela bailen en círculo alrededor de él haciéndole
burla por su deformidad física. El sufrimiento de Philip
por tener un pie equino está inspirado completamente en los
años de escuela de Maugham, los más infelices de toda
su vida, ya que cuando llegó a la King School de Canterbury
(donde están depositadas sus cenizas), acababa de perder
a sus padres y apenas hablaba inglés, pues había pasado
su infancia en París rodeado de sirvientes franceses.
La adversidad sin duda templó el carácter del pequeño
Willie, pero no fueron esas “aguas amargas”, como Jeffrey
Meyers sugiere, las que lo llevaron a la literatura. Ese fuego interior
que conduce a la vocación literaria a cualquier escritor
nunca dejará de ser un misterio. Sin embargo, en este caso,
Maugham nos da una pista: “En muchas ocasiones, en el hospital
donde hice mis prácticas, los jóvenes médicos
que aspiraban a ser escritores me preguntaban qué debían
hacer para conseguirlo. Siempre les sugerí que se quedaran
en la práctica médica unos años más
hasta que se familiarizaran con todas las honduras y medianías
del corazón humano. Consejo que nunca siguieron”. Según
Anthony Daniels, Meyers no enfatiza lo suficiente la importancia
que tuvieron para la obra de Maugham sus años de estudiante
de medicina. “Para poder llevar a cabo su oficio, los doctores
tienen que aprender rápidamente una especie de acercamiento
objetivo a la vida de sus pacientes. Deben sentir empatía
y simpatía por ellos, pero no al grado de ahogarse en su
sufrimiento. Un doctor que falla en dominar sus emociones no puede
ser muy útil para sus pacientes; por eso el aprendizaje y
dominio de esta disciplina es tan importante para el entrenamiento
médico como los estudios patológicos y terapéuticos.
Puede aterrar a las personas sensibles, pero nada de lo que yo he
visto como doctor en treinta años, de las epidemias de la
guerra civil a un accidente, asesinato o suicidio, me ha provocado
nunca insomnio, y un hombre se puede cortar la garganta enfrente
de mí sin afectar en lo más mínimo mi apetito.
Esto, sin embargo, no es simple dureza o falta de sentimientos,
es un desprendimiento clínico necesario, y la escritura de
Maugham lleva la marca de la sensibilidad de un doctor (como sucede
con Chéjov). A pesar de que Maugham nunca practicó
después de graduarse, su mirada es claramente la de un médico”.
En lo que Meyers sí pone especial énfasis es en otra
de las frustraciones de Maugham, quizá la peor. A pesar de
vender miles de ejemplares de sus libros, nunca se sintió
a la altura de los grandes escritores y eso fue para él una
maldición insoportable. Gore Vidal cuenta que Willie se paseaba
con grandes zancadas, las manos entrelazadas a la espalda y la vista
fija en el suelo, por los salones vacíos de un coctel al
que asistirían escritores de la talla de Virginia Woolf,
repitiendo: “Soy tan bueno como ellos, soy tan bueno como
ellos”, una y otra vez.
Quizá durante la primera mitad del siglo XX no haya existido
otro autor tan popular como W. Somerset Maugham. Llegó a
tener simultáneamente en escena varias obras en Broadway
y sobre sus historias se realizó un espectacular número
de películas. Pero el eco del corrillo de niños que
rodeaba a Philip nunca dejó de escucharse en su mente. Los
críticos se limitaban a observar tímidamente, como
lo hizo Cyrill Connoly, que “Al filo de la navaja (1944) era
una pura delicia”, o arremetían con la voz engolada
de Edmund Wilson: “De vez en cuando me he encontrado con alguna
persona de buen gusto que me sugiere tomar con seriedad a W. Somerset
Maugham; sin embargo nunca he podido sacudirme la idea de que se
trata de un escritor de segunda clase”.
A pesar de que escribió su obra con un rigor y una aspiración
literaria desiguales, Maugham siempre será un gran escritor.
Se dice que había momentos en que, debido a la demanda de
los productores, se tomaba sólo una semana para escribir
cada uno de los acto de sus piezas teatrales, y una más para
revisarlas. Una tras otra.
Gore Vidal no se atreve a desmentir la aseveración de que
a la obra de Maugham le sobra la mitad, pero se apresura a sugerir:
“Y por qué no hablar de la otra mitad”. Por qué
no hurgar en el magma literario de Al filo de la navaja, impresionante
viaje en busca del sentido del mundo, de uno mismo y de Dios. O
en Servidumbre humana, cuya desgarradora historia está fincada
en el más depurado estilo autobiográfico, al igual
que Pasteles y cerveza (1930). O en los fabulosos cuentos, género
para el que Maugham era deslumbrante.
Tan injusto sería decir que la mitad de los libros de un
escritor son buenos y la otra mitad malos, como afirmar que cada
una de las líneas que ha escrito son geniales. ¿En
que pequeño detalle se sustenta la literatura, y hasta qué
punto existe la obra perfecta? Sin embargo, hay historias estupendas
y Maugham —nadie puede ponerlo en tela de juicio— tenía
el don de contarlas deliciosamente.
Gómez. Poeta.
Su Libro de las ballenas aparecerá este año en la
colección Práctica Mortal.
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Confabulario — título que rinde homenaje
a Juan José Arreola |
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Héctor
de Mauleón, Director / Laura Emilia Pacheco y Juan
Gómez,Editores. Correo electrónico: confabulario@eluniversal.com.mx |
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