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Primer caso de dopaje en JO
LA MARATON, LONDRES 1908, DORANDO PIETRI
Dorando Pietri.
Archivo EL UNIVERSAL

Es la historia de Dorando Pietri. Una historia que ocurre en los Juegos de Londres. Año 1908.

Un día más y acaba la fiesta que ha iniciado el 13 de julio ante el rey Eduardo VII y la reina Alejandra, con 2,059 atletas (sólo 26 mujeres) de 22 países para competir en 21 especialidades deportivas.

Frente al castillo de Windsor está por comenzar la maratón. La reina Alejandra funge como testigo de honor. Los jueces llevan trajes oscuros, y altavoces cónicos. Sombreros o cachuchas casi todos. Las mujeres, elegantes vestidos de calle. Los atletas se pierden en pantalones que sólo eufemísticamente pueden llamarse cortos. Zapatos tenis, además, sin calcetas: el pie desnudo, pues.

Es un mediodía esplendoroso. Los atletas olímpicos comienzan a ser considerados como héroes, nuevos dioses de un siglo que habrá de sufrir dos batallas mundiales y muchas guerras civiles.

Entre los 56 competidores que deciden correr la maratón -hubo abandono masivo antes de iniciar, por el calor agobiante- están el italiano Dorando Pietri, el sudafricano Charles Hefferson y el estadounidense Johnny Hayes...

Un disparo que apunta hacia las nubes de la señal de arranque. Las casi tres horas que dura la prueba son seguidas por los londinenses: la ilusión es que gane uno de ellos. Lo que les causaría malestar en el espíritu sería que un americano, un estadounidense, cruzara la meta en primer lugar. La rivalidad trasatlántica es feroz.

En la maratón los de casa nada pueden hacer: va en la punta el sudafricano Charles Hefferson. ¿Tendrá él la medalla de oro? Faltan seis kilómetros cuando Hefferson se derrumba. ¿Quién viene atrás de él? Es el italiano Dorando Pietri, un hombre de 23 años, un metro 59 de estatura y una sonrisa seductora que le alarga el mostacho. Va metido en pantalones rojos que parecen flotar en sus piernas, y una playera clara un poco oscurecida por el sudor.

Dorando entra como primero en un estadio de White City que ha recibido a 90,000 espectadores, los cuales sueltan el alarido al confirmar que el puntero no es americano.

Los sentimientos se le confunden a Dorando, el pequeño hombre. "El sol, el calor, y esos malditos gritos en las tribunas".

Su entrada al estadio es equívoca: toma rumbo incorrecto. Por fortuna lo corrigen a tiempo. Va ya bien por la pista y a los pocos segundos se desploma. Sufre de convulsiones. Se recupera. Vuelve a caer. Así en cinco ocasiones. Como Cristo.

-¡Levántese, Dorando, levántese -le grita un doctor de apellido Bugler, que a partir de ese momento no se despegará del corredor.

Llega Dorando a la meta con el apoyo del doctor y otro oficial olímpico.

-¡La camilla, este hombre está muy mal!- ordena e informa Bugler.

Del estadio lo llevan al hospital donde gana la carrera entre la vida y la muerte. El doctor Bugler le da masaje en el corazón, y Dorando sigue en el mundo. Al recuperarse, al recobrar el reconocimiento, Doranto Pietri no deja de llorar: la delegación estadounidense había presentado una protesta pues el "bambino llegó a la meta sostenido por dos hombres, y eso no se valía. La medala ya no era suya sino de quien entró en segundo lugar: Johnny Hayes.

Algo más. Lo que también se descubrió en el hospital es que Dorando había ingerido sustancias que entonces no estaban prohibidas pero que podrían ser las causantes de su hazaña y de su derrumbe físico: atropina y estricnina. La descalificación no tomó en cuenta ese detalle. El Comité Olímpico internacional no se ponía aún de acuerdo en tales cuestiones, y no existía la famosa definición de "doping" dada en 1963 en un coloquio celebrado en Uriage, Francia: "Se considera doping la utilización de sustancias o todo medio destinado a aumentar artificialmente el rendimiento, en vista o en ocasión de la competición, y que puede perjudicar a la ética deportiva y a la integridad física del deportista". Nada de esto se discutía entonces. Eran otros tiempos.

Entonces para desdicha de los anfitriones el americano Johnny Hayes fue declarado vencedor. Crónometro 2 horas, 55 minutos, 18 segundos y 4 décimas.

La bandera italiana, que ya ondeaba en el estadio, tuvo que ser arriada. al día siguiente, último de los juegos, la multitud ovacionó a Dorando Pietri. La reina Alejandra le otorgó una inmensa copa dorada en reconocimiento de su valentía:

-No tengo ni diploma ni medalla ni laurel que entregar, señor Dorando -le dijo-, pero he aquí una copa de oro para premiar su esfuerzo. Espero que no se llevará sólo malos recuerdos de nuestro país.

El 25 de noviembre de 1908, cuatro meses después de los Juegos de Olímpicos de Londres, en el Madison Square Garden de Nueva York, ocurrió el desquite entre Pietri y Hayes en una pista cubierta: Petri recorrió 48,182 km en dos horas 44:40; el americano lo hizo en 45 segundos más. La fama de Dorando Petri no acabó ni con su muerte. Alguien que se hacía pasar por el maratonista iba de país celebrando la gesta olímpica, y obteniendo beneficios.

Esta es la historia de Dorando Pietri. Una historia de dopaje, sí, quizá el primer caso registrado en los Juegos Olímpicos modernos, pero con final feliz.

 
 
 
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