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Nadie me felicitó cuando gané la medalla; a cambio, todo mundo me recriminó cuando perdí ante el coreano. Y ahora estoy aquí, en el podio, tal vez sin merecerlo... |
| Tokio |
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Juan Fabila Mendoza |
Bronce en Boxeo / 51 a 54
kilogramos |
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Juan
Fabila (izq.) en acción ya en su
etapa de boxeador profesional |
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Ficha Técnica |
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Juan Fabila
Mendoza
Boxeador
Medalla de bronce en boxeo
Juegos Olímpicos: Tokio, 1964
Fecha de nacimiento: 5 de junio de 1944
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Categoría: de 51 a 54 kilogramos
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Tokio, Japón
18 de octubre de 1964
Porque corre la voz, aquí,
en Tlalpan, de que no hay quién pueda vencer a este
chiquillo de 11 años, tan flaco que pesa sólo
29 kilogramos..
Nadie sabe que ha endurecido los músculos de brazo
y pecho y también los nudillos, golpeando a diario
la pera y el costal con los que, al atardecer, su padre —quien
fue un buen prospecto del boxeo amateur— mata la nostalgia
por aquellos sus años mozos vividos en el gimnasio
Ya esperan al chiquillo los altivos retadores allí,
a las puertas de su casa, rumbo a la escuela
Y allá va él, a la primaria con deseos de que
nunca acaben las clases. Porque le han cansado los pleitos.
Ya no quiere más... Pero..
—¡Ora sí, méndigo Juan, a ver si
con éste puedes!..
—Mejor váyanse a sus casas. Yo ya no quiero pelear
—¡Se me hace que tienes miedo, güey!
—¡Yo no le saco a nadie!
—¡Pos éntrale!
Sigue el escupitajo. O el insulto. —¡Pus ya vas!
Nunca perdió una pelea callejera
Y los problemas continuaron en la secundaria, hasta que fue
expulsado
El padre del niño-peleador entendió perfectamente
la situación. Años más tarde, acudió
a despedir a su hijo a la terminal aérea. Porque el
chiquillo de ayer, hombre hoy, tenía nuevos sueños.
Quería ganar una medalla olímpica. Y partía
al lejano Japón en su búsqueda; al encuentro
con el reto. Era boxeador como su padre, don José.
Y era su hijo, quien don José Fabila hubiese querido
ser. Un par de semanas después volvió a abrazarlo,
ahora jubiloso
Y en el encuentro con él sintió, sobre su pecho,
la medalla de bronce que en el pecho de su hijo descansaba.
Las historias de papá
Cuando morían las
tardes solía reunir en torno suyo a sus tres hijos:
Guillermo, Antonio y Juan y les contaba las historias de sus
años en el ring
Era Juan, el menor, quien escuchaba con más atención
aquellos relatos. Y prometía: “Papá, yo
voy a ser campeón del mundo... Voy a ser famoso”
Juan: “Mi padre era mi ídolo. Nunca tuve uno
más grande que él. Me fascinaba oír sus
historias, saber todo lo que había hecho como boxeador
aficionado. Y yo le juraba que sería un buen peleador,
que saldría en los periódicos, que sería
famoso
“Mi mamá, doña Sara Mendoza, nomás
me regañaba por mis ideas. Decía que eso del
boxeo era muy peligroso... Tiempo después comprendí
que, en realidad, lo que yo quería era ser alguien...”
“¡En lo que fuera! Me gustaba el boxeo, pero cuando
mi hermano Guillermo era novillero, yo quería ser matador;
cuando mi hermano Antonio dijo por qué quería
estudiar Derecho, yo quería ser un gran abogado. Y
me decía a mí mismo: “Tú, Juan,
tienes que ser alguien... ¡Y lo serás!”
Y a entrenar con Pancho Rosales
Así que un día,
poco antes de cumplir los 16 años, Juan Fabila pide
permiso a su padre: quiere ser boxeador; quiere que le permita
intentarlo; quiere ir a los baños Avenida; quiere que
lo dirija Pancho Rosales
Su padre concede el permiso
Fabila: “Mucha gente me preguntó por qué
opté por los Avenida. Es que ahí estaba Pancho
Rosales quien, para mí, era el mejor de los mánagers
y el más famoso. El tenía, en ese tiempo, a
todos los campeones nacionales
En 1963 llegaron las eliminatorias para los Panamericanos
de Sao Paulo. El certamen se realizó en la arena Isabel,
en León, Guanajuato. En peso gallo, Fabila triunfó
en la final al vencer por puntos a Germán Bastidas
Ya en Sao Paulo, Fabila no tuvo fortuna, pues en la primera
ronda tuvo que enfrentarse al estadounidense Arthur Jones,
un negro muy fuerte y de técnica depurada
Fabila: “Nos dimos con todo. Fue una pelea dramática
y sigo creyendo que la gané. Incluso al final, cuando
el público nos premiaba con una gran ovación,
se sentía que me había escogido como el ganador.
Mucha gente se acercó al ring para felicitarme. Pero
los jueces vieron vencer a Jones y le dieron la decisión”
Y ya dentro del programa eliminatorio preolímpico,
descubrió un nuevo mundo.
El entrenador que no sabía
nada
Lo primero tendría
que trabajar bajo las órdenes del entrenador argentino
Bruno Alcalá, contratado para que adiestrara al equipo
mexicano de boxeo que competiría en Tokio
Dice de él Juan Fabila: “Era una buena persona,
ni qué dudarlo, pero también muy irritable y
sus maneras nunca nos gustaron
“Alcalá convenció a los dirigentes de
nuestro deporte, pero no a nosotros los boxeadores: no sabía
que el boxeador amateur debía pelear con camiseta,
que los combates eran nada más a tres rounds, que había
reglas de protección, que no se podía pelear
en las cuerdas, que un boxeador podía recibir cuenta
aun sin haber caído, que el réferi podía
parar una pelea cuando uno recibiera un golpe muy fuerte y
todo eso. Ni exámenes médicos ni nada. Simplemente
no sabía nada”
Ya a unos días de la salida a Tokio, los dirigentes
de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur concertaron
un dual meet entre la selección B de Estados Unidos
Después de ese dual meet se dieron a conocer las listas
de quienes viajarían a la capital nipona. Los escogidos
en boxeo fueron: Antonio Durán, Juan Fabila, Mariano
Serrano, Alfonso Ramírez y Eduardo Zazueta. Alcalá
eliminó al ‘Famoso’ Gómez. Dijo
de él: “boxea muy feo; con esa guardia y ese
estilo, mi prestigio como mánager caería por
los suelos”.
Lo dejaron ir sólo por la medalla
Historia de una medalla
menospreciada
Acude don José Fabila a despedir a su hijo. Le abraza
éste en el aeropuerto. Y le promete: “Papá,
voy a traer una medalla de Tokio. No sé cómo
le voy a hacer, pero se la prometo”
Y se trepó en el pájaro de acero que inició
su largo vuelo
Fabila debutó en la arena Korakuen el 11 de octubre
de 1964. Con todo éxito: derrotó por puntos
al iraní Sadek Aliakbar Wadenkhoi... Y mientras se
desmoronaba el resto del equipo mexicano de boxeo, él
seguía acumulando victorías: otro triunfo, ahora
sobre Pak Chaw, de Hong Kong, lo colocó en la antesala
de la medalla olímpica
Pero entonces surgió el pesimismo alrededor de él:
¿Y ahora contra quién te toca, manito?
—Parece que con el soviético Grygoriev..
—¿Quién?... ¡El campeón olímpico
de Roma!... Ni modo, manito, mejor vete olvidando de tu medalla
Fabila, apesadumbrado: “Nadie creía en mí.
Ese día, el 18 de octubre, mis compañeros de
equipo ni siquiera se tomaron la molestia de ir a la arena,
a pesar de que yo siempre fui a cada una de sus peleas, sin
importar que me tocara descansar. Creí que era muy
importante que todos sintiéramos el apoyo de todos”.
El combate ante el monstruo soviético
Grygoriev ofreció
lo mejor de sí mismo. Opuso su experiencia, su capacidad
combativa, todo su empuje. Pero jamás encontró
el blanco que perseguía. El boxeo sobre piernas realizado
por Fabila y fortalecido por la esplendidez de un exacto jab
de izquierda, hubieran sido suficientes para inclinar la puntuación
hacia el peleador mexicano. Pero Fabila sumó más
puntos al conectar precisos cruzados de derecha aprovechando
las francas entradas del soviético
La decisión de los jueces fue de 4-1
¡Juan Fabila había asegurado ya una medalla!
Y no lo sabía nadie de la nutrida delegación
mexicana en el llamado Imperio del Sol Naciente, pero sería
la única con la que volvería a nuestro país
el grupo entero
Fabila: “¡Creí morir de gusto! Ya estaba
ganada una medalla para México. Había vencido
nada menos que al campeón olímpico. Había
ofrecido una buena pelea y el público me aplaudía.
Pero nadie me felicitó en la arena
“Yo salí brincando de puro gusto. Alcalá
estaba serio. Y cuando llegué a la Villa Olímpica
ni siquiera tomé la acostumbrada bicicleta —porque
nuestro edificio quedaba muy lejos de la entrada—, sino
que me fui corriendo y cuando mis compañeros me abrieron
la puerta comencé a gritar: “¡Le gané
al ruso, le gané al ruso!”. Ni siquiera me hicieron
caso; siguieron jugando a las cartas
“Tomé mis cosas y me salí. Empecé
a caminar y a decirme: “Te lo mereces, esto te pasa
por loco, la culpa es tuya”
“En la noche, El Ché Alcalá estaba ya
contento. Se frotaba las manos y me decía: “Mirá,
pibe, el coreano ese es fácil; le vas a ganar”.
Ahora sí me decía pibe y no maricón...
Claro. Ya tenía asegurada la medalla de bronce, su
“prestigio” estaba a salvo”.
Y pierde ante un coreano correlón
La pelea semifinal contra
el coreano Shin Cho Chung fue el 21 de octubre
Fabila perdió inexplicablemente
Las crónicas de periodistas enviados a aquella Olimpiada
coinciden al señalar que en ese combate, a Fabila le
faltó brío, coraje; que tal vez si hubiera forzado
el ritmo de las acciones, si hubiera ido a una pelea más
directa, podría haber avanzado a la final, con lo que,
cuando menos, la medalla de plata estaría asegurada
Fabila: “Lo que sucedió fue que ese coreano jamás
presentó batalla. Al saber que yo había vencido
al soviético Grygoriev, como que se espantó,
porque se dedicó a correr todo el tiempo. Y cuando
lo tenía cerca, me abrazaba y me daba cabezazos. Yo
me indigné tanto, que me quité el protector
bucal y le pedí al réferi que lo amonestara.
Y lo peor fue que lo hice varias veces. Resultado: fue a mí
a quien amonestaron. Y seguramente me quitaron puntos
“La verdad fue que perdí el control. No supe
manejar a un adversario de esas características; nunca
pude alcanzarlo y perdí la pelea. Seguramente le dieron
la decisión más por los puntos que me quitaron
que por los que él ganó. Total, que fue una
decepción completa. Y si mis compañeros no se
entusiasmaron cuando gané la medalla de bronce, no
fue sino obvio que ni me saludaran cuando perdí. De
toda la delegación, los únicos que me felicitaron
fueron los basquetbolistas Rafael Caballo Heredia y Carlos
Aguja Quintanar”.
Y terminó golpeando al
entrenador
Tal vez por todo esto, aquella noche de la premiación
mientras era izada la bandera mexicana, por la mente de Juan
Fabila se cruzaron los pensamientos más encontrados.
Predominaba una inquietud que ahora revela: “Nadie me
felicitó cuando gané la medalla; a cambio, todo
mundo me recriminó cuando perdí ante el coreano.
Y ahora estoy aquí, en el podio, tal vez sin merecerlo...
¿Habré deshonrado a mi patria?
La situación se agravó cuando, al regresar de
la ceremonia, Alcalá vio la medalla de bronce y gritó
a Fabila:
“¡Eres un maricón!... ¡Esto es una
porquería! ¡Por tu culpa he perdido mi prestigio
como entrenador!
Fuera de sí, Fabila le dio un golpe en el pecho...
En el momento preciso en el que hacían su aparición
los reporteros que iban a entrevistar al peleador
Con lágrimas deslizándose por sus mejillas,
el boxeador explicó lo inexplicable
Fabila: “Quise hacerles entender que yo era un muchacho
de 20 años que lo había dado todo, con aciertos
y con errores, por representar dignamente a su país;
que había ganado una medalla y que no obstante, el
mundo se te venía encima, se frustraban sus ilusiones
y que no era posible que hubiera tenido adversarios más
fuertes fuera del ring, en su propia esquina, en su propia
habitación, que dentro del cuadrilátero...”
La ridícula culpa
“En el avión
comenzaron a repartir periódicos y para mi sorpresa,
todos hablaban de mí... Y yo que pensaba que había
deshonrado a mi país, que había fallado
“En algunas notas hasta me alababan. Fue entonces cuando
se me quitó ese complejo de culpa. Fue entonces cuando
realmente comencé a disfrutar de mi medalla. Y más
cuando sentí el recibimiento de la gente, que se volcó
en el aeropuerto y me hizo sentir su calidez. Eso fue muy
hermoso. Todos me felicitaban
“Era el único que regresaba con una medalla.
Aquí, en Tlalpan, hasta una valla hicieron a mi paso.
Y me homenajearon en la escuela en la que cursé la
primaria... El delegado ofreció una cena-baile en mi
honor”
Y así, no obstante todo eso, Juan Fabila había
tomado una determinación: el boxeo de aficionados había
muerto para él. Emprendería un nuevo camino.
Ahora cambiaría golpes por dinero.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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