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El momento es histórico: por primera vez en la larga vida de los Juegos Olímpicos el levantamiento de pesas ha sido abierto a las mujeres, y ha querido el destino que la primera campeona en la categoría de los 58 kilos sea una mexicana
Sidney
  Noé Hernández Valentín
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Cristian Bejarano Benítez
  Joel Sánchez Guerrero
Víctor Estrada Garibay

Soraya Jiménez Mendívil

Oro en Halterofilia / menos de 58 kg.

Soraya Jiménez en el momento de terminar la ejecución del último levantamiento: la medalla de oro era suya.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Soraya Jiménez Mendívil
Halterofilia
Medalla de oro
Juegos Olímpicos Sydney 2000
Fecha de nacimiento: 5 de agosto de 1977
Lugar de nacimiento: Naucalpan, Estado de México
Especialidad: Menos de 58 kg.

» El error que le dio el oro
» Y entonces, ¡a aprovechar!
» Allá en el rancho
» La primera mexicana medallista de oro
» Soraya, la entrevista

Sydney, Australia
18 de septiembre del 2000

Juegos de la vigésimo séptima Olimpiada.
Auditorio pleno de escándalo y algarabía.
Tiene destinatario el par de besos que anteceden a cada levantamiento de Soraya Jiménez: Tomás Mendívil, el querido abuelo –fallecido año y medio antes- a quien le hizo la promesa de ganar una medalla olímpica… Ya. De espaldas a la barra, Soraya contiene el aliento. Piensa en él, en el abuelo. En sus humildes manos de labriego, en sus consejos. Resopla ante auditorio casi lleno.
Callan ahora, las que toda la noche ruidosas voces fueron.
Se juega todo en un solo movimiento, incluso la integridad de sus rodillas y tobillo que estaban vendados y que podían quebrarse en cualquier momento: será por la medalla de oro. No piensa en esto.
Nunca antes una mujer mexicana ha tenido la posibilidad de escalar la parte más alta del podio.
Han pasado 32 años desde que la esgrimista Pilar Roldán ganó plata. Han pasado las épocas en que las pesistas competían contra los hombres. Hoy, la halterofilia femenil es también deporte olímpico. Y ella, una de sus mejores exponentes.

El error que le dio el oro
Ha tenido la coreana Hui Ri Song un error que la despoja del escaño que da más alegría en el podio. Siempre adelante, falla, en su segundo intento, en la modalidad de envión, cuando va por los 127.5 kilogramos. Esta coreana de 53 kilogramos de peso, parece un pequeño montacargas.
Nada la hace titubear. Los músculos se ensanchan. Y es también la favorita: en Osaka impuso el récord mundial con 131.5 kilogramos, aunque apenas llegue a pesar los 53.90 kilogramos, lo que la convierte en la más liviana de las 17 competidoras.
Y es tal su confianza -o el error de sus entrenadores- que en el segundo levantamiento del envión, cometen el mayúsculo error de la prueba: no logran acordar cuántos kilos más colocar en la barra.
–¡125! –grita uno de ellos, en el vestidor, sin darse cuenta de que los dos minutos de preparación para el levantamiento se terminan.
–¡No, que sean 122.5! –contradice otro de sus asistentes y pide a los jueces la modificación.
No calculan. Se confunden. Y Ri Song Hui utiliza sus 30 últimos segundos. Se acerca a la pesa, quedan doce. Encadena los dedos... Ocho, siete, seis, cinco segundos...
Sus entrenadores discuten en voz baja.
Se va el tiempo.
Se va la segunda oportunidad...
Soraya, quien acaba de levantar 122.5 y se ha colocado a menos de dos kilogramos de Ri Song Hui, tiene entonces más franca posibilidad de ser la ganadora. Los números finales de la asiática: 97.5, 122.5, total: 220.0 Atrás ha quedado la tailandesa Khassaraporn Suta. 92.5, 117.5, total: 210.0.

Y entonces, ¡a aprovechar!
Ya. Quedan atrás aplausos, porras, y los levantamientos que durante más de dos horas ha tenido que enfrentar. Soraya trastabilló en un par de ellos, pero nunca titubeó. Acomodaba la barra, daba un paso al frente, terminaba en diagonal, pero en cada ocasión esperaba hasta el sonido de los jueces y estallaba la euforia, la sensación de bienestar.
Soraya: “Jamás me di cuenta de lo que estaba sucediendo. Me dicen que la coreana perdió en su segundo intento la oportunidad de levantar el peso porque se pasó de tiempo, pero allá adentro nada supe. Era parte de la estrategia de mi entrenador: "tú dedícate a tu competencia".
Y a competir se dedica Soraya.
Allá va... El envión es perfecto. La barra y los discos multicolor –127,5 kilos– ya están a la altura de los muslos, con las piernas flexionadas. La pausa es de tres segundos. Se concentra Soraya, busca el equilibrio exacto. Porque sigue el momento de la verdad: el arranque.
Y de repente inhala poderosamente. Se tensan los brazos... y las manos son un par de garras sobre el tubo. Ya. Es un solo movimiento. Vertiginoso, pero parece transcurrir una eternidad. Va hacia arriba el peso, hacia lo más alto del pequeño cuerpo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Ya se vencen los 10 segundos de rigor. Ya se libera Soraya del peso. Ya festeja. Porque ya ha hecho historia: ya es campeona olímpica.
Hasta lo alto de su pequeño cuerpo eleva Soraya Jiménez un peso total de 222.5 kilogramos...
Y entonces el júbilo se vuelve un alarido...Se impone a la coreana Hui Ri Song y a la tailandesa Kasharaporn Suta, y se convierte en la primera mexicana que conquista una medalla de oro olímpica.
Todo, en el Centro de Convenciones de Sydney, en Darling Harbour, se vuelve tricolor. Se agitan las banderas, se escuchan las porras interminables. Una tras otra...
Suenan ahora las que por un momento calladas voces fueron.
El momento es histórico: por primera vez en la larga vida de los Juegos Olímpicos el levantamiento de pesas ha sido abierto a las mujeres, y ha querido el destino que la primera campeona en la categoría de los 58 kilos sea una mexicana.
Mas esa medalla tiene un destinatario...
–Es para mi abuelo, don Tomás, a quien debo tantas cosas. Él me enseñó a montar; él nos salvó un día, cuando Magali y yo éramos niñas, de morir ahogadas en un río. Me enseñó, con su humildad, la tenacidad que se debe tener. Sus consejos me hacían sentir tan bien. Porque en los inicios, por ser éste un deporte de hombres, todo el mundo me criticaba. "Si el caballo te tira, súbete otra vez", siempre me aconsejó.

Allá en el rancho
Antes de todo el torbellino de la medalla olímpica y previo a su salida a Bulgaria, lugar de entrenamiento y concentración en el que meses antes a aquel 18 de septiembre, Soraya soñó junto con Koev en algo que parecía inimaginable, la pequeña pesista visitó Sonora, su objetivo: visitar el rancho de su abuelo, reafirmar aquella promesa hecha a la persona que marcó su vida, la de su familia, quienes siempre recuerdan a ese hombre fuerte, íntegro, capaz de manejar el dolor del cáncer, de que le amputaran una pierna y aún así seguir siendo el tierno y abuelo de roble para la familia Mendívil.
Escenas que culminan, escenas que se suceden esta tarde: Dos besos, como cuando don Tomás llamaba a los caballos.
Dos, tras persignarse, son la señal de que está a punto de empezar.
Dos, así lo acostumbra desde los días de rancho. Así se lo enseñó él. De esta manera lo evoca. En el amoroso ritual radica parte de la fuerza.
Fue el 9 de febrero de 1999: Murió don Tomás, viejo labriego, dejando como herencia esa, su tenacidad. No lo supo Soraya de inmediato, estaba en Grecia, en la Copa Thesalonkini, que iniciaba al día siguiente. Fue al regresar a México que se enteró.
Soraya: “Por eso le dedico esta medalla. Porque la última vez que hablé con él, como lo recuerdo, me dio su bendición. Por eso son para ellos –mi abuela murió un año antes–, todos los triunfos que consigo y que conseguiré de ahora en adelante”.

La primera mexicana medallista de oro
Tiene ya el oro en sus manos. Se envuelve en una bandera tricolor que le mandaron con especial cariño desde México. Se escucha el himno, se canta a muchas voces. Estremece, hace temblar, tener escalofríos. Muchas lágrimas no dejan de brotar.
Nuevamente el Himno Mexicano en un escenario olímpico, que no se escucha desde 1984, cuando Raúl González cruzó la meta en el estadio de Los Ángeles...
Ya la acosan reporteros, organizadores se la han llevado para practicar el examen antidopaje.
Suena el teléfono celular en manos de su madre. Y que ironía: ella y Soraya no se han visto de cerca, no todavía. No ha sido posible.
En el escenario olímpico estaban Doña Lolita, su gemela Magali, su amiga Karla –mejor conocida como "El Pollo" y quien se había volado días de trabajo para estar con su mejor amiga?, también estaba su tía Vecky, alguien que para Soraya es muy especial, sin omitir a su tío Manuel Mendivil, el primer medallista olímpico de la familia tras su hazaña en equitación y quien fue una figura de verdadera inspiración para Soraya en los meses más difíciles, en los momentos de flaqueza durante los meses de concentración en Bulgaria.
–A veces se llega a sentir soledad, llegan momentos en que, sobre todo con el cansancio y la presión, sí, te dan ganas de claudicar, pero siempre tuve apoyo de esa gente, la de Bulgaria, mis amigos, mi fisiatra y su familia. Nunca tuve la necesidad de decir: ya me voy, ya no aguanto, estoy muy sola...
–¿Nunca se encontró con eso que les pasa a los atletas, que alguien, alguna vez, dijera: "A qué vas a los Juegos Olímpicos. ¡Vas a perder!"
–Nunca. Nunca me pasó. De hecho, la gente que estuvo conmigo, cuando viví en Bulgaria estuvieron en contacto. Me hablaban amigos con los que yo empecé en el gimnasio, o en el club, que conocí después y que se convirtieron en mis confidentes, quienes me tenían al tanto de lo que sucedía aquí; "sabemos que puedes, no te presiones", me animaron, siempre recibí el apoyo de todos.
Bulgaria. Bulgaria.
“Estoy agradecida con ese país que me recibe siempre con los brazos abiertos y como si estuviera en mi propia casa”.

Soraya, la entrevista
De una entrevista ofrecida a El Universal, en su hotel –un departamento que rentó su familia-, frente a la bahía de Sydney señala.
–Inmortal. ¿Usted ya sabe que es inmortal?...
Soraya cierra los ojos con modestia. Se vuelve tímida la voz:
–Sí.
–Y usted alguna vez se ha puesto a pensar lo que significa eso. Ya va a aparecer en la historia de la humanidad. Su nombre ahí va a estar. ¿Qué le significa eso?
–Es algo muy importante, aunque es una responsabilidad muy grande y que pienso llevar muy bien, con los pies en la tierra. Sobre todo porque estoy pensando ya en un ciclo nuevo, el 2004, y bueno, debo tener una mejor preparación que para Sydney. Y los errores que hubo, corregirlos.
“Ahorita ya: a darle muy fuerte. Como dicen: es difícil llegar pero más aún mantenerse. Ahora el rival a vencer soy yo. Me tengo que preparar muy fuerte”.
–¿Qué es ganar una medalla? ¿Cómo se vive?
–Es una emoción muy fuerte, sobre todo al ver el escenario y pensar que está uno muy lejos de su casa, de sus papás, y aún así tienes a muchísima gente en ese escenario, gente que te apoya.
“Yo no sé de dónde llegaron pero ese día había muchísimos mexicanos, vaya, yo salí a la presentación y no vi a tantos. Pero cuando hice mi primer levantamiento yo escuchaba las porras y volteaba a las gradas y veía banderas de México por todos lados. Y entonces decía: es muy bonito, es muy especial el estar tan lejos y que sea uno apoyado así.
Y ya uno estando en el podio y cantar el Himno Nacional y ver la bandera y el escuchar a tu gente cantándolo... yo creo que había alrededor de 100, 200 mexicanos. No sé de donde salieron tantos, porque yo nada más traje a cinco, pero fue increíble de verdad”.
–Qué pasa con su vida, sigue siendo la misma, ¿ya cambió?
–Como persona sigo siendo la misma. Obviamente todo esto tiene que cambiar un poco, no se puede ser igual porque todo el mundo ya me conoce. Salgo a la calle a caminar con mi familia y es muy bonito que te paren y te digan: "Oye, una foto... ¡felicidades!, Fírmame aquí".
–Y qué otro deporte le gusta a la campeona.
–El básquetbol. Pero mi entrenador me lo tiene prohibido. Quisiera practicarlo un ratito. Por las lesiones.
–Dónde está la verdadera fuerza, ¿es mental, es física, es espiritual, la que la lleva a lograr estas hazañas?
–Es una combinación. Porque como dice muchas veces mi entrenador: antes que nada se tiene que levantar con la cabeza. No puedes llegar así nada más y hacerlo. Hay que pensarlo y mentalizarse para eso, y obviamente prepararse físicamente, pero casi el 50 y el 50, se levanta física y mentalmente.
–Y el espíritu, ¿qué parte juega? Ese también entra, dentro de lo mental. No puede quedar fuera.
–¿Hay un momento en el que se siente que flaquea. Que flaquean las piernas, el espíritu, qué es...?
–Bueno, a veces sí llega a flaquear ya lo físico, de que, por mucha fuerza mental que uno le dé, pues sí, obviamente todos llegamos a un límite y llega a vencer lo físico. Pero si la mente sigue fuerte, no hay problema. Se puede lograr.
–¿Y en esta gran competición, Sydney, sintió en algún momento la flaqueza?
–No, la verdad, nunca. Y me sentía muy bien en la competencia, bastante bien: metida. Tanto así que yo no me enteraba de lo que estaban haciendo. Nada de lo que hacían en la tarima. De hecho supe que la coreana había perdido un levantamiento, cuando ya estábamos esperando la premiación y cuando empezaron a decir que había una protesta de parte de Corea.
–¿Es concentración?
–Sí, eso es concentración. Y bueno, mi entrenador y yo estamos felices de haber podido lograr ese grado de concentración.
–¿De dónde viene esa concentración, de los largos años de entrenamiento, de un don que Dios le concedió, de dónde...?
–Bueno, es la preparación, también. Que se va llevando con condición física, también la sicológica.
“Y es que sabemos que en este tipo de competencias el que tiene mayor preparación sicológica es el que puede llegar a hacer más cosas. Porque a veces aunque uno esté muy fuerte, si se cae uno en la competencia sicológicamente, no puede hacer nada. Mi entrenador me decía desde un principio, "gorda hay que hacer cinco levantamientos. Con menos no podemos lograr nada". Y yo me acuerdo que le contesté: "¿y por qué no los seis?". Bueno, aunque hagas cinco, me dijo. Y afortunadamente salieron los seis levantamientos. Pero repito: fue la concentración que teníamos.
“Mi entrenador se quedó a hacer la táctica y yo me dediqué al calentamiento”.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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