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"Tenía todo calculado, pero qué va: el alemán no falló y el soviético seguía ahí en la lucha. Estábamos los tres en franca pelea por la medalla de bronce. Una fallita y cualquiera iba a tronar."
Seúl
 

Mario González Lugo

     

Jesús Mena Campos

Bronce en Clavados / Plataforma de 10 metros

Jesús Mena en acción desde la plataforma de 10 metros
en Seúl ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Jesús Mena Campos
Clavadista
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos Seúl, 1988
Fecha de nacimiento: 28 de mayo de 1968
Lugar de nacimiento: Gómez Palacio, Durango
Especialidad: Plataforma de 10 metros

» ¡Nadar es aburrido!
» Y mamá que se vuelve ¡juez internacional!
» El terrorífico salto holandés
»1988: año olímpico
» Y después, el turno de la plataforma
» La final, en palabras de Jesús
» La premiación junto a Luganis

Seúl, Corea del Sur
27 de septiembre de 1988

Septiembre de 1976...
Jesús Mena Campos es un chiquillo de ocho años de edad que apenas el mes pasado ha decidido, a pesar del pavor que siente por la plataforma de diez metros, deja la natación e iniciarse en los clavados.
Ha tenido que vencer su propio miedo para continuar en el aprendizaje.
Casi no mira hacia el agua cuando ejecuta sus primeros saltos: saca un pie de la plataforma y se arroja en posición parado, con los ojos cerrados.
Ahora está allí, en lo alto de la fosa de clavados de la Unidad Cuauhtémoc, tirado boca abajo un la plataforma, absorto mientras contempla la perspectiva que aterra: la alberca se va haciendo cada vez más pequeña.
De repente, sus tobillos son sujetados por un par de manazas que lo levantan vilo y lo llevan al vacío.
Grita desesperado.
iBájame!, ¡Bájame!
Su única respuesta es la risa burlona de su entrenador, Gustavo Osorio, quien lo mece en e1 espacio...
- Te voy a soltar Jesús... Te voy a soltar.
Y el chiquillo, ya entre sollozos
Bájame por favor Gustavo! ¡Bájame!
Transcurren instantes que le parecen vidas para quien pende de aquellas fuertes muñecas
Por fin.
La broma de Osorio termina y ríe mientras se arroja al agua.
Se escucha aún el eco de su risotada cuando el pequeño, todavía impactado, hinca las rodillas sobre el concreto de la plataforma y llora hasta recuperar el control.
Desciende por la escalera, sobre piernas temblorosas, y ya al pie de la fosa mira hacia lo alto-, hacia aquel que segundos antes le pareció el altar de los sacrificio.
Y lo ve tan lejano, tan en las alturas y se siente él tan pequeño y allí donde nace zigzagueante la escalerilla, que se hace así mismo una promesa.
¡Nunca me voy a lanzar desde la plataforma!
El destino tenía otros planes para él.

¡Nadar es aburrido!
Eran, Jesús, Didier y Enevy Mena Campos, auténticos fanáticos de la alberca
Sufrían sus padres, el contador Jesús Mena López, y doña María Guadalupe Campos, para sacarlos de la piscina en épocas de vacaciones. Porque, además, ninguno de los tres pequeños sabía nadar.
Cumpliendo con una especie de rito familiar, los tres nacieron en Gómez Palacio, Durango, como todos sus ascendientes por parte de padre. Pero la familia vivía en el fraccionamiento Los Álamos, en el Estado de México, rumbo a la salida de Querétaro y los pequeños estudiaban en el Instituto Benjamín Franklin. Así que el señor Mena López, auditor de la SSA y su señora esposa, decidieron inscribirlos en la Unidad Cuauhtémoc para que aprendieran a nadar. Su maestro sería el profesor José Luis Bravo.
Corría el mes de julio de 1976.
Mena:
“Nadar, la verdad, no me gustaba mucho. Se -me hacía muy monótono. Tanto que me tardé mucho tiempo en aprender. Cuando terminaba los entrenamientos con el maestro Bravo, me iba al otro lado de la alberca para ver en acción a los clavadistas. Me llamó la atención que ellos no necesitaban nadar mucho. Se tiraban, y para salir de la fosa sólo requerían nadar unos metros: daban unas cuantas brazadas y ya estaban en la orilla. Y me dije: "aquí es donde yo debo estar". Y me decidí por el cambio”.
Cuando Jesús estuvo seguro de que sus padres no podrían ya evitar el cambio, se presentó ante el maestro Bravo y le dio las gracias por todo lo de él aprendido y después acudió ante Gustavo Osorio, quien era el entrenador de los clavadistas:
?Maestro, sabe, yo nado aquí, pero lo que más me gusta son los clavados... ¿puede usted enseñarme?
Osorio lo miró fijamente, y luego volvió la mirada hacia aquel grupo de niños, como de la misma edad de Jesús, que estaban en la plataforma de tres metros y quienes, pese a tener ya un par de meses entrenando, se resistían a arrojarse a la alberca. Y decidió utilizar al recién llegado:
-Sí te acepto, pero con una condición: si de verdad te gustan los clavados, súbete a aquella plataforma ¡y lánzate!
El recién llegado obedeció. Se subió a la plataforma y se lanzó en un paradito.
Osorio abrió desmesuradamente los ojos.
Luego gritó a sus alumnos:
-¿No les da pena?.El no ha tomado siquiera una clase y ya se tiró. ¡Vamos! ¡Qué esperan!
Después de un par de semanas de tomar clases de clavados, Jesús se decidió a revelar la verdad a sus padres.
Primero a doña Guadalupe:
-Mamá, no se vayan a enojar, pero fíjate, ya me cambié. Ya no tomo clases de natación, sino de clavados.
¿Clavados?... ¿Qué es eso?
Los que se tiran de cabeza desde el trampolín o la plataforma, mamá, como lo hacía Joaquín Capilla.
¡Dios mío!... ¿Y dónde está eso?
Allá, al fondo de la alberca mamá, hay una fosa especial.
-¿Una fosa? Eso debe ser muy peligroso.

Y mamá que se vuelve ¡juez internacional!
Doña Guadalupe tuvo que volver a asistir a diario a la Unidad Cuauhtémoc porque ya sus tres hijos habían optado por el cambio. Sería a partir de ese momento, su fiel compañera. Y no sólo eso...
Dice ella, sonriente:

-Su padre y yo nos pegábamos unas largas aburridas durante las maratónicas sesiones de clavados: que si infantiles "A" y que infantiles "B", y que niñas, y no sé qué tanto, y que duraban entre seis y siete horas. Yo acababa durmiéndome. Hasta que un día me presenté con el profesor Osorio:
- Por favor déjeme ayudarle... A lo que sea, pero ya no quiero estar aquí nada más aburriéndome.
-Muy bien señora, ¿sabe lo que se hace en la mesa?
-No...
Doña Guadalupe inició, entonces, una carrera de doce años ?los 12 años que su hijo Jesús invirtió para conseguir una medalla olímpica? realizando todas las labores de la mesa de puntuación hasta convertirse en juez, primero a nivel nacional y después internacional. Tomó un curso impartido por instructores de Odepa, pasó brillantemente el examen y fue juez en varios torneos en el extranjero, destacando los de Woodlands, de La Habana, y los Centroamericanos y del Caribe de clavados, en los que inclusive, calificó a sus hijos.
Doña Guadalupe:
- En ese momento, déjeme comentarle, era juez más que madre, aunque hubiera querido con toda mi alma que se invirtieran los papeles. Creo que la calificación más alta que di a alguno de mis hijos fue un 8 o un 8.5... ¿La más baja? Creo que un par de seises.

El terrorífico salto holandés
Mientras tanto, el grupo de pupilos de Osorio aumentaba cada día.
Mena: “Es que ejercía sobre nosotros una singular atracción: siempre nos ponía cosas nuevas; nos ayudaba en los saltos y platicaba con todos. Los problemas llegaban cuando aparecían los clavados difíciles. Por ejemplo, el holandés, en el que uno se para de frente, pero se tira hacia atrás. Prácticamente, quien pasa este salto está capacitado para seguir. Y son muchos los que abandonan...
“Yo tuve muchos problemas con este clavado, pero Gustavo me ayudó en todo momento. Para darme confianza, como lo hacía con los demás chicos a los que enseñaba; se tiraba conmigo tomado de la mano. Y era la mejor manera, para mí, de saber en qué momento debería de ejecutar una vuelta o un giro; de medir la distancia que me separaba del agua. Por otra parte, cuando nos enseñaba algún nuevo salto nos protegía con inmensos chalecos de color amarillo para que, ante la eventualidad de un error -de cálculo, no corriéramos peligro en una mala entrada.
“Los saltos que más me gustaban eran el de vuelta y media al frente, en bolita y el mortal adentro, que eran algo difíciles; pero a cambio, se me complicaban los más fáciles, los obligatorios, como el clavado al frente, hacia atrás y adentro con medio giro”.


1988: año olímpico

Ya a la vista las tierras orientales de Seúl, Mena se dedicó únicamente a afinar detalles.
“Estaba escarmentado de entrenar fuerte antes de viajar -relata-. Porque siempre antes de un viaje, o el día previo a la competencia, algo me sucedía, como en 1979, cuando me rompí la mano en Stuttgart; en otra ocasión, me volé una uña del pie derecho; en otra, me di un golpe con la tabla en la cabeza... No, ya no, pero para nada: en el día previo a cualquier competencia, ya ni me muevo; prefiero descansar para que no me pase nada”.
No obstante eso, fue amargo el viaje a Seúl: lo haría sin la compañía de Gustavo Osorio, su entrenador de siempre.
Recuerda Mena:
“Inclusive, Gustavo había firmado ya su carnet de acreditación, pero a último momento las autoridades deportivas no consideraron necesario que él fuera a Seúl. Me dolió más que nada, la actitud un poco obcecada de ciertos dirigentes; sin embargo, no podíamos quedarnos sin luchar: Gustavo me preparó una rutina especial para entrenar y la seguí fielmente; tanto, que sentía como si en realidad él me hubiera estado dirigiendo desde las tribunas”.
Abre Seúl sus Juegos, los de la XXIV Olimpiada con un cántico al sol y a la solidaridad humana.
Dos días después, el 18 de septiembre de 1988, Jesús Mena hace frente, airosamente, a su primera competencia olímpica: clasifica para la final de trampolín, acompañado por Jorge Mondragón. Sólo Estados Unidos, México y China colocan a sus dos clavadistas entre los doce mejores. Un par de días después, la final: Mena cumple con salida y evolución en el salto, pero tiene una falla constante: su entrada al agua. A pesar de esto, termina en séptimo lugar, un sitio detrás de Jorge Mondragón.
Mena: “Dije allá, que el solo hecho de haber clasificado a la final era muy honroso. Y alcanzar el séptimo sitio olímpico me parecía más que aceptable. Pero lo mejor había sido que competí sin presión. Me decía: "si tiras mal, muy mal, serás el doceavo mejor del mundo, pero si lo haces aceptablemente, puedes obtener el pase a los Juegos de la Amistad, que serán en Seattle en 1991.
“Así que debes echarle todas las ganas para estar dentro de los ocho mejores". Lo logré, aunque me quedó la sensación de que me faltó experiencia, saber competir y tener más confianza para mejorar mis saltos”.

Y después, el turno de la plataforma
Habría una segunda oportunidad: la plataforma de 10 metros.
Está aquí, en la fosa del complejo de Chamshil, a la vera del legendario río Han, de aguas tranquilas y resplandecientes; de cara al sol de todo el día.
El día 26, las eliminatorias.
Después de un comienzo apenas regular en los clavados obligatorios -que los situaron en los lugares 13 y 20-, Mena y Mondragón reaccionaron por la noche en los libres y volvieron a clasificar a una final.
Llegó el día: 27 de septiembre.

La final, en palabras de Jesús
Es de Mena la narración:
“Ese día me sentí muy bien, principal mente después -del octavo salto, de tres Y vueltas en holandés, que fue el que mejor me salió y que permitió que me acercara a los lugares de honor.
“Cuando me tiré el noveno, lo sentí bien. Me dio 70 puntos- y pensé: "el alemán siempre falla el de 3.5 atrás, así que hasta aquí llegó. Le sacaré 15 puntos y para el décimo, ambos nos tiraremos igual. El soviético, por su parte se tirará el más bajo de su tabla, un parado de manos, que aunque se lo eche muy bien, no tendrá gran puntuación, y su último será también de3.2 de grado de dificultad".. “Así que hasta ese momento recapacité que en verdad, opción a la medalla.
“Tenía todo calculado, pero qué va: el alemán no falló y el soviético seguía ahí en la lucha. Estábamos los tres en franca pelea por la medalla de bronce. Una fallita y cualquiera iba a tronar.
“Y ahora, ¿qué onda? Estaba en idéntica situación que en los Panamericanos de Indianápolis, luchando por el bronce. Y me decía tranquilo, tranquilo; ahora no te golpearás si lanzas como sabes hacerlo.
“Cuando llegué a la plataforma, estaba seguro de que me iba a ir bien; sin embargo, y pese a sentir que había ejecutado un buen clavado cuando vi que tenía calificación de 73.92 puntos, pensé: ¡ya se me fue la medalla!
“Estaba desconsolado y le decía a Chava Sobrino: ya me ganó el alemán!" Y él, que en todo monto me alentó, supo entonces tranquilizarme. Me dijo que lo había hecho muy bien y que esperara; que la competencia no había terminado
“Pero yo no la quise ver. Me metí al cuarto de clavadistas. "Si lo hace bien, pues que lo haga", me decía en silencio. Hempel se tiró y la gente comenzó a aplaudir. Las calificaciones en el tablero tardaron en salir hasta que, de repente, nomás brinqué! Hempel sólo tenía 63 puntos en el mismo clavado que yo había tirado.
“Tampoco vi el salto del soviético. Después supe que él había tenido una buena ejecución y que incluso sus calificaciones eran mejores que las del alemán, pero no que las mías. Allí estaba, solitario, diciéndome a mí mismo: "¿ya lo ves, ya lo ves ¡sí lo podías hacer!", cuando de repente llegó un estadounidense y me felicitó. Después llegó todo el mundo. Reíamos, nos abrazábamos, llorábamos.
Había pasado la gran excitación de la competencia”.
Ahora venía el gran momento: el de la premiación.
Ahí estaba Jesús Mena, entre los tres mejores del mundo. Y uno de ellos era nada menos que Greg Louganis.

La premiación junto a Luganis
Se escucharon las notas del himno nacional de Estados Unidos mientras tres banderas eran izadas.
Mena: “Y no sé por qué, ya que obviamente las tres banderas eran del mismo tamaño, pero yo veía grande, muy grande la nuestra. Resaltaba sobre las otras dos... Por mi mente pasaban, como en una película, las imágenes de todo lo que había tenido que hacer para poder estar ahí, y en lo que significaba para México que yo estuviera ahí. . Y le di gracias a Dios, a mi familia, a mi entrenador, a mis compañeros, a mis amigos, a todos...”
El recibimiento a los héroes deportivos lo vivió Jesús en carne propia, es muy distinto a la despedida que se otorga a quienes van en pos de un momento histórico.
Unas horas de intensa competencia en una pileta a más de 15 mil kilómetros de distancia, cambiaron totalmente su vida.
En el aeropuerto se encontró con la sonrisa del pueblo.
Con los abiertos brazos del pueblo.
Con el cariño del pueblo.
Porras, autógrafos, vivas, fotografías, entrevistas, homenajes.
Nuevos galardones:
Resplandece su imagen de triunfador.
Doña Guadalupe:
“Pero lo mejor de todo fue que a Seúl viajó un chamaco sencillo y regresó un hombre mas sencillo aún. La fama en él operó en sentido Inverso a lo que solemos conocer. lo volvió más humano; ahora comprende mucho mejor algunas cosas que antes de las Olimpiadas le parecían asuntos complicados. Maduró como hombre, como ser humano”.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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