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Así subió Alfonso Zamora al ring. Descendió de él seis minutos después: había noqueado en dos asaltos a Rodríguez. |
| Munich |
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Alfonso Zamora Quiroz |
Plata en Boxeo | 51-54 kg. |
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El
cubano Orlando Martínez (der.)
hizo valer toda su experiencia contra
el mexicano Alfonso Zamora en la pelea
por la medalla de oro en Munich. ARCHIVO/EL
UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Alfonso Zamora
Boxeador
Medalla de Plata
Juegos Olímpicos Munich 1972
Fecha de nacimiento: 9 de febrero de 1954
Categoría: de 51 a 54 kg.
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Munich, Alemania.
11 de septiembre de 1972. Entre
el desánimo iniciaron los Juegos
Munich, Alemania Federal. Juegos de la XX Olimpiada.
4:29 del 5 de septiembre de 1972.
Duermen los atletas en la Villa Olímpica.
En unas horas despertará el boxeador mexicano Alfonso
Zamora Quiroz, se vestirá para acudir a la ceremonia
del pesaje, ese rito mortal que representa triunfo o derrota
ante el que es, en ocasiones, el rival más poderoso
al que enfrenta un púgil: su propio organismo... Y
por la noche volverá al ensogado a disputar la pelea
más importante de su todavía corta vida deportiva.
Enfrentará al español Francisco Rodríguez.
El ganador asegurará, cuando menos, una medalla de
bronce.
Duerme plácidamente Alfonso, a pesar del serio compromiso.
Nada le aparta de sus sueños.
¿Nada?...
4:30 horas:
Son sombras sigilosas las que se mueven, protegidas por la
oscuridad de la noche, hasta arribar al pabellón 31
de la Villa, ocupado por la delegación israelí.
Las sombras son ya cuerpos violentos, en tensión, que
irrumpen en un departamento. Es un comando palestino de la
organización extremista Septiembre Negro; lo integran
ocho fanáticos adiestrados para ofrendar sus vidas,
si es necesario, con tal de lograr sus objetivos. Capturan
a varios atletas israelitas. El mensaje letal de las armas
de fuego rasga la cortina del silencio imperturbable.
Alfonso: “Empezó el traca-traca, y todo mundo
al suelo. Mi papá y el doctor Horacio Ramírez
Mercado me agarraron de la cabeza y casi me clavaron en el
piso. "Tú aquí te quedas", me dijeron,
y me pusieron atrasito de un muro de cemento. Estábamos
sorprendidos, aterrorizados. Me decía mi padre: "Sea
lo que sea, trata de dormir, porque al rato peleas".
Pero, ¿cómo iba a dormir? Los fedayines estaban
agresivos de más, y el edificio de la delegación
mexicana realmente se encontraba muy cerca de aquel de la
tragedia. Se escuchaban disparos y una gritería infernal
en todos los idiomas. En los pasillos todo mundo andaba como
loco. ¿Cómo podía dormir?... Lo que sí
hice fue no moverme de donde estaba. El barullo siguió,
aunque ya no hubo más disparos. Allí amanecimos...
A nosotros nadie nos dijo nada. Nadie sabía, a ciencia
cierta, qué era lo que ocurría.
Así que
a las ocho de la mañana fuimos a la ceremonia del pesaje,
pero no hubo tal. La función se había suspendido.
Todo se había suspendido.
Porque en el pabellón 31 de la Villa Olímpica,
aquellos terroristas encapuchados que en el balcón
agitaban la bandera palestina, anunciaban que habían
dado muerte ya, a dos de los deportistas israelitas, y exigían
la liberación de más de 200 prisioneros árabes
retenidos en cárceles judías.
Oficialmente, las autoridades alemanas y los palestinos iniciaron
negociaciones en las primeras horas de la mañana. Poco
después se anunciaba un acuerdo: terroristas y rehenes
serían transportados hasta El Cairo, donde se liberaría
a los deportistas en cuanto se hiciera lo mismo con los árabes
presos en Israel. A las cuatro de la tarde fueron suspendidas
todas las competencias. Y a las 10 de la noche, cumpliendo
con lo establecido, tres helicópteros recogieron a
extremistas y atletas y los llevaron hasta la terminal aérea,
donde aparentemente, esperaba el avión en el que se
haría el viaje hasta la capital egipcia. Pero, anticipando
la posibilidad de que los deportistas fuesen sacrificados
en tierras árabes, las fuerzas de seguridad germanas
idearon un plan de rescate que falló en el último
momento, cuando uno de los terroristas lo descubrió.
Se produjo entonces, la terrible masacre. En el impresionante
tiroteo murieron cinco de los ocho palestinos, un policía,
y los nueve deportistas israelíes.
La fiesta de la juventud mundial se había teñido
de rojo-sangre y se vestía ahora, con el negro del
luto.
El 6 de septiembre tampoco habría combates. Ese día
se ofició una misa en memoria de los deportistas caídos.
Poco más tarde -10:30 horas-, y entre el desánimo
colectivo se reiniciaron los Juegos.
AL FIN, EL COMBATE
El 7 de septiembre, a las
8 horas, por fin se celebró el pesaje para reanudar
el torneo boxístico.
Por la noche...
Zamora: “Allá iba yo, hacia el ring, cansado
por la tensión propia cuando un combate tan importante
es suspendido por dos días; impresionado aún
por lo sucedido y con la presión de ganar, porque es
nada menos que una medalla la que está en disputa.
Traté de concentrarme, y entonces descubrí que
sicológicamente no estaba afectado. Podía pelear
esa noche, seguir mis instintos sin temor alguno. Me dolía,
como a todos, lo que había sucedido, pero ahora volvía
a lo mío. Y tenía que seguir adelante...
Así subió Alfonso Zamora al ring. Descendió
de él seis minutos después: había noqueado
en dos asaltos a Rodríguez.
Nada podría arrebatarle ya una medalla. Pero faltaba
un obstáculo, sólo uno, para llegar a la final.
Y él lo sabía todo alrededor de las finales
Porque jamás había perdido una.
No sólo eso: jamás había perdido un combate.
Y nada más tres de sus 48 peleas había llegado
al límite.
Era un noqueador.
SOBREVIVIR A GOLPES EN EL BARRIO
Alfonso Zamora nació
el 9 de febrero de 1954.
Sus padres vivían en una vecindad cerca de Garibaldi,
donde el futuro medallista olímpico pasó sus
primeros años.
Alfonso: “Y las primeras palabras que escuché
fueron: box, boxeo, boxeador, fajador, estilista peleador,
ring, round, guantes, nocaut, decisión, réferi,
jueces... Porque mi padre, creció dentro de ese ambiente,
era un fanático del pugilismo. De lo único que
se hablaba en casa era de los combates. Y el sábado
en noche era intocable: todo mundo estaba frente al televisor
para ver la función”.
No obstante todo eso, Alfonso -que por mi corta estatura,
porque siempre parrón, yo era un niño algo cobardón
y retraído mis compañeros de la escuela siempre
me agarraban de puerquito " -nunca sintió los
impulsos de abrirse camino a puñetazos en el difícil
sendero de la vida.
Pero conforme sus padres mudaban de casa, defenderse iba siendo
un mal cada día necesario.
Sucesivamente la familia Zamora Quiroz vivió en la
colonia Santa Julia, y en la bravísima colonia Guerrero.
Y el cerco se fue cerrando...
Alfonso: “En el barrio, había que salir avante
en la mayoría de las ocasiones con los puños.
Yo estaba sano y fuerte, pero desde luego mi estatura no me
ayudaba para nada. Todos mis amigos y mis enemigos también,
eran más grandes que yo, y así era difícil
que me defendiera; muchos me agarraron de su puerquito, porque
no les hacía frente”.
Pero un día todo cambió.
En cuarto grado de la escuela primaria Belisario Domínguez
-en pleno corazón de la Guerrero-, Alfonso sufrió
la enésima agresión: uno de los fortachones
lo golpeó en el propio salón de clases, y la
sangre comenzó a brotarle borbotones de la nariz.
Al verlo, la maestra preguntó alarmada:
- ¿Qué pasó, Zamora?
- Nada, maestra... Yo creo que por el calor me está
saliendo sangre-, contestó el chiquillo, de unos 10
años.
Pues ve al baño y límpiate la cara.
Alfonso: “Salí del salón seguido de las
miradas de todos mis compañeros que, cuando menos,
vieron que yo no era un rajón. Fui al baño y
me lavé la cara. Tenía la nariz hinchada. Cuando
me vi en el espejo me pregunté: "¿por qué
te dejas?... ¡Mira nomás cómo te dejaron!"...
“El estaba fuerte y también chaparrón.
Me puse un pañuelo con agua fría en la cara
y me limpié. Cuando regresé al salón,
así de reojo, veía al que me había pegado.
Se estaba riendo. Eso me encendió aún más,
y le hice una seña de que me la iba a pagar.
“Cuando salimos de la escuela, ya en la calle, que lo
veo y le digo: "ahora sí, ¡ya estuvo bueno!
Ahora nos vamos a dar tú y yo". Empecé
a mover los brazos con estilo y puse mi mirada más
fiera.¡Y que se raja! Se echó a correr.
“Eso fue lo que más coraje me dio, porque no
tuve la oportunidad de desquitarme, pero por otra parte gané
confianza en mí mismo. Y se podría decir que
ese día se acabó el chavo cobardón al
que los más grandes agarraban de puerquito, porque
en cuanto presentía que iba a haber bronca, yo me le
adelantaba a todo el mundo y comenzaba a soltar las manos.
Y solitos se iban cayendo...”
Y LO CORRIERON DEL CEDOM
Alfonso Zamora padre se
entrevistó con Moisés Zaldívar, presidente
de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur, y le pidió
que permitiera a Alfonso entrenar en el Centro Deportivo Olímpico
Mexicano. Zaldívar aceptó.
Pero el aspirante tendría que pasar, primero, un examen.
Alfonso: “Al otro día me presenté en el
CDOM, y en verdad que me probaron. Me subieron con Federico
Flores, un peso gallo con mucha experiencia. Nos dimos una
buena tranquiza. Me dio y le di. Fue sólo un round,
pero les gustó a todos. Y como me vieron con tantas
ganas, pues me aceptaron. Eran los primeros meses de 1971,
y los últimos días del polaco Enrique Nowara
en México. Después llegaría el profesor
búlgaro Stavri Bachvarov a hacerse cargo del equipo
nacional de boxeo olímpico”.
Pero Alfonso no se adaptó a las rígidas normas
de disciplina que imperaban en el CDOM, y que a cada momento
perdían la escasa flexibilidad que les quedaba, porque
se acercaba, a pasos agigantados, el compromiso de los Juegos
Olímpicos de Munich de 1972.
En marzo de ese año, Zamora fue despedido del CDOM.
Alfonso: “Me corrieron por mis faltas al entrenamiento.
La mera verdad es que yo iba al CDOM cuando tenía ganas
de comer mucho, porque ahí podía estar todo
el día en el comedor; pero, para ir a entrenar, nomás
no... Lo que pasaba era que a mí no me gustaba la técnica
del boxeo amateur: eso del golpecito rápido, del movimiento
de piernas y ya. A mí me gustaba pegar, ir al frente
con todo, no ese boxeo chiquito de ir acumulando puntos.
“Por eso mejor me iba a entrenar al Jordán, y
cuando me presentaba en el CDOM, Bachvarov me agarraba por
su cuenta. Un día, muy molesto, me dijo muchas cosas,
mitad en español y mitad en búlgaro, o no sé
en qué idioma. Y ya desesperado, que me jala las orejas.
Me quité bruscamente, agarré mis cosas y me
fui.
“Al otro día regresé y me dijeron en la
entrada: "No puede pasar; usted ha sido corrido del CDOM
¡Zúmbale!... Ni modo. Volví a casa con
la cabeza gacha. Mi papá me preguntó lo que
me pasaba, y le dije todo. El, por supuesto, me regañó,
y después se fue volado al CDOM para abogar por mí.
Finalmente convenció al búlgaro y las puertas
del CDOM me fueron abiertas nuevamente”.
A MUNICH, PUES
Llega Zamora a su cita
olímpica con un récord que impresiona: invicto
en 45 Peleas, de las cuales ha ganado 42 por nocaut.
No es, el suyo, un estilo netamente amateur.
Todo lo contrario: es el de un profesional, ciento por ciento:
pasos firmes, guardia alta, ritmo acompasado. Peleador de
pocos golpes: no necesita de muchos para ganar. Y con feroz
instinto; el instinto feroz de un noqueador.
Y esa letal combinación de ganchos izquierdos abajo
y arriba y derechazo cruzado...
El mismo se había sorprendido de su propio cambio.
Alfonso: “Cuando llegamos a Munich yo era otro. Sólo
pensaba en el torneo. No tenía ninguna distracción,
Yo no fui a ligar alemanas ni a cambiar escuditos. Iba directamente
a lo mío. Llegué con una mentalidad de triunfador,
convencido de que nadie me podía parar”.
El 30 de agosto de 1972 marcó su debut olímpico.
Primer rival, primer nocaut: las ilusiones del filipino Ricardo
Fortaleza murieron en dos asaltos.
Segundo rival, segundo nocaut, segundo round... El alemán
federal Stephan Foersted se despidió, el 3 de septiembre,
de los Juegos Olímpicos de su país.
Tercer rival, tercer nocaut, segundo round: el adiós
ahora fue para el español Juan Francisco Rodríguez...
Aquella pelea del 7 de septiembre, cuando se reanudó
el torneo boxístico.
Una medalla había sido asegurada ya, para México.
Alfonso: “Yo sabía que era el único en
la delegación que había conquistado una medalla,
y que las posibilidades de que alguien más hiciera
lo mismo eran muy remotas. Me invadió una especie de
placer mezclado con nostalgia y con el deseo de seguir, con
las ganas de seguir. Estaba a una victoria de llegar a la
final.
“Pero ya desde entonces, como sucedería a lo
largo de mi carrera profesional, enfrentaba un diario enemigo:
mi propio peso. Seguía embarneciendo. Cada día
me era más difícil detener la aguja de la báscula
en los 54 kilogramos”.
Al día siguiente, Alfonso noqueó en el tercero
al estadounidense Ricardo Carrera, mientras que el veteranísimo
cubano Orlando Martínez hacía lo propio con
el inglés George Turpin.
Y SE LE ATRAVIESAN UNAS CERVEZAS…
Fueron 48 horas cruciales.
De angustia, de tensión; de un desquicio total que
llevó a Zamora a un esfuerzo extraordinario para, finalmente,
enmendar a medias un grave error.
El doctor Horacio Ramírez Mercado, que estuvo a cargo
de los cuidados médicos de aquel equipo de boxeo, las
recuerda con toda claridad:
"Después de aquella pelea vino un día de
descanso. Era domingo. Estábamos ya a unas horas de
la clausura. Alfonso fue a la báscula esa mañana
y pesó 53.400 kilogramos. Todo bien. Así que
cuando nos pidió permiso para ir a recorrer la ciudad,
no pudimos negárselo. El no había salido para
nada; no había querido descuidar ningún aspecto.
Entrenaba, descansaba y peleaba. Y esa era una rutina tremenda.
Tenía casi diez días de hacer lo mismo y, sobre
todo, de pesarse cada mañana, de sufrir ese momento
en la báscula.
“Le dijimos que sí, que se distrajera, pero que
tuviera mucho cuidado. Lo acompañaban Emeterio Villanueva,
también boxeador, y otros atletas que ya habían
terminado de competir y que sólo esperaban la clausura.
Regresaron como a las cuatro de la tarde. Estaban felices.
Pero Alfonso tenía que entrenar para su gran compromiso
del día siguiente; nada menos que la final, contra
el muy peligroso cubano. Lo subimos a la báscula, y
¡qué bárbaro!...Registró 56.800
kilos”.
Gritó Alfonso Zamora padre: ¡Pues qué
hiciste!...
-Nada -dijo el peleador.
- Pero, ante la obviedad, aceptó:
- Bueno... Es que cuando andábamos conociendo el centro
de la ciudad, pues que nos da hambre, y nos aventamos una
salchicha y una cerveza.
Se irritó el padre del boxeador:
- Una y una... Tú sabes que eso no es cierto. ¡Eres
muy bruto!
Y Zamora, también alterado:
- Pues sí, pero ya está hecho.¡Ahora.
háganle como quieran!
Luego se dirigió al doctor:
- No voy a dar el peso doc, mejor ái muere. No peleo.
Volvía su padre a la carga:
- ¡Cómo de que no peleas!... ¡Primero te
mueres!
- Está bien, está bien... Sí peleo...
¡Háganle como quieran!
Ramírez Mercado: “Aunque en ese momento la recriminábamos,
yo trataba de entender a Alfonso, y su difícil situación:
era una agotadora lucha diaria para conservarse en peso. Su
anterior pelea se había suspendido dos días,
lo que le había significado un esfuerzo extra.
“Por otro lado, había ganado, por fin, una medalla
y todo el mundo, toda la delegación estaba encima de
él, pues tenía la posibilidad de conquistar
el título olímpico. Por último, no dejaba
de ser un chiquillo de 18 años, que nunca se caracterizó
por su responsabilidad. Estaba demasiado presionado. Lo que
hizo fue, quitarse un poco de ese gran peso que tenía
encima”.
Pasado el momento de ofuscación, nos dimos a la dura
tarea de volverlo al peso. Lo primero fue arroparlo, vestirlo
para que sudara mucho durante el entrenamiento. Después
de dos rounds de sombra subió a la báscula y
apenas había perdido 300 gramos. Luego buscamos un
baño sauna o un vapor en la Villa Olímpica,
pero no encontramos nada. Más tarde lo metimos a la
regadera con agua caliente, envuelto con toallas, y lo mismo:
apenas bajó unos cuantos gramos, porque, en realidad,
Alfonso no tenía mucha grasa, ni líquidos en
exceso. Era de pequeña estatura, pero su complexión
física correspondía a la de un hombre muy fuerte.
Ya fastidiado, Alfonso me decía: "anda doc, mejor
déme uno de esos chochitos para ir al baño y
ai muere". Tras varias horas de intensa lucha apenas
habíamos ganado unos 800 gramos. Como último
recurso le di diuréticos, pero pasaron los minutos
y no hacían efecto. Finalmente, Alfonso tomó
los chochitos y se durmió a las diez de la noche. Se
despertó como a las cinco de la mañana y se
metió al baño. Ahí se la pasó
un buen rato. Poco después, y para nuestra sorpresa,
en el pesaje dio 53.300 kilogramos. ¡Estaba abajo 700
gramos! Ahora teníamos que actuar en sentido inverso:
darle muchos líquidos para que no se deshidratara.
A la hora de la pelea más o menos se había recuperado
pero, de cualquier manera, estaba muy debilitado por aquella
desgastante lucha contra sí mismo.
EL JOVENCITO A LA FINAL
Ya. La final.
Por un lado, un jovencito de 18 años, que esa noche
sostendría apenas su quincuagésima pelea.
Por
el otro, un hombre de 27 años con poco más de
180 combates.
Esos eran, respectivamente, Alfonso Zamora y Orlando Martínez.
La capacidad combativa del primero, que era su gran arma en
el cuadrilátero, estaba notablemente reducida.
La experiencia, la habilidad, el boxeo sobre piernas, principales
argumentos del segundo, se encontraban al ciento por ciento.
Martínez no tuvo problemas para llevarse la victoria
por unanimidad de los jueces: 5-0.
Manejó a su adversario a la distancia, sin presentarle
jamás un blanco fijo. Zamora, por otra parte, y en
virtud de su debilitamiento, no tenía la potencia para
seguirlo, para acorralarlo... Ni la resistencia para soportar
los contraataques de Martínez, cuyos golpes, en mayor
cantidad que potencia, le rociaban ese su rostro de finas
facciones. En el segundo round, Zamora cayó a la lona
por vez primera en su carrera, sorprendido por un cruzado
de derecha. No obstante eso, y en un gesto que mostró
el respeto que sentía por su adversario, Martínez
optó por no buscar el nocaut. Era demasiado riesgoso.
Alfonso: “Ese negrito horroroso parecía chango,
y como tal se movía sobre el ring, con sus largos brazos
y sus largas piernas. ¡No le pude pegar! Siempre me
mantuvo a distancia. Me ganó bien, indiscutiblemente;
su experiencia fue demasiado para mí. Me controló
a su gusto. Ni una sola vez pude clavarle un buen izquierdazo”.
Sería pues, de plata su medalla.
La única con la que regresó de Munich la delegación
mexicana entera.
Vio Alfonso, con ambigüedad en sus sentimientos, cómo
era izada la bandera tricolor en tierras teutonas: por un
lado, la alegría de que así fuera, por otro,
la rabia de haber sido incapaz de que no llegara hasta lo
más alto.
Pese a todo era el personaje del día.
Se suscitaron todo tipo de homenajes para aquel que había
sido sucesivamente niño cobardón, líder
adolescente, y peleador incontenible.
El entonces presidente Luis Echeverría le obsequió
50 mil pesos -con lo que adquirió un automóvil
deportivo, cuatro años viejo- y además le dio
facilidades para que, a plazos, pagara el costo de un taxi
para su padre.
Alfonso: “Y ya libre de tensiones, de apuros, dejé
que me mareara la fama. Se me olvidó el gimnasio. Para
mí era más importante andar con los cuates y
con las amiguitas. Habían sido meses de intenso trabajo
y entonces, ya famoso, quería disfrutarlo todo”.
EL PROFESIONAL Y EL RETIRO PREMATURO
Se le abría, por otra parte, un esplendente panorama
en el boxeo profesional. Era una potencial figura, y todos
los managers estaban interesados por dirigirlo. El escogió
a Arturo Cuyo Hernández, quien lo hizo debutar de inmediato:
el 16 de abril de 1973, en Ciudad Valles, San Luis Potosí,
Alfonso noqueó en dos rounds a Eraclio Amaya, y de
ahí partió a una fulgurante carrera que hizo
historia en la división de peso gallo: hasta la fecha,
Alfonso Zamora es el único campeón mundial que
ha obtenido el título no sólo invicto, sino
habiendo ganado todas sus peleas -27- por nocaut. Conquistó
la corona reconocida por la WBA al noquear en cuatro rounds
al sudcoreano Soo Hwan Hoo, en El Forum de Los Angeles, el
14 de marzo de 1975.
Sostuvo seis combates más, los ganó todos antes
del límite, y entonces protagonizó una de las
más apasionantes y estrujantes peleas en la historia
del boxeo: el 23 de abril de 1977 enfrentó, en duelo
de campeones mundiales invictos de peso gallo, a su gran amigo
y ex compañero de equipo de trabajo, Carlos Zárate,
monarca reconocido por el CMB. El gran show que -pactado a
10 rounds- se llevó a cabo en El Forum que había
sido, también, escenario de la coronación de
Zárate -apabullante nocaut sobre Rodolfo Martínez-.
Perdió en una pelea de gladiadores. Y esa derrota marco
el inicio del final de su carrera.
Atrás quedó la alocada juventud.
Del boxeo que fue mí vida una sola huella: un tanto
achatada la nariz.
Fresco el rostro.
Conserva Zamora la apostura.
Su cuerpo es atlético.
Vive con comodidad.
Es dueño de un restaurante y de varios autos de alquiler.
Sus mejores recuerdos, más allá de la conquista
de un título mundial, son los de su paso por el boxeo
de aficionados.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la
Conade y EL UNIVERSAL.
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