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Y no había nada imposible para él, cuando de arrojarse en un clavado se trataba.
Melbourne

Joaquín Capilla Pérez

Oro, plata y Bronce en Clavados / Plataforma 10m. Trampolín 3m.
Londres, Helsinki, Melbourne
1948, 1952 y 1956

Joaquín Capilla, el mexicano que más medallas olímpicas ha ganado. Es, de hecho, el único que lo ha conseguido en más de unos juegos.

  Ficha Técnica
 

Joaquín Capilla
Clavadista
Medalla de oro, plata y bronce (2) en clavados
Juegos Olímpicos: Londres, 1948, Helsinki, 1952 y Melbourne, 1956
Fecha de nacimiento: 23 de diciembre de 1928
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Especialidad: Trampolín de 3 metros y Plataforma de 10 metros

» 1956: El último clavado
» El primer salto
» El brazo roto en dos partes
» Las tres vueltas y media
» El debut olímpico
» Helsinki: la mano rota
» El error del campeón
» Cuatro días para la reflexión

1956: El Último Clavado
Agoniza la prueba olímpica de plataforma. Han pasado ya los tres primeros clavados libres. Sólo falta uno. Será el último. Y también el decisivo.

Porque, entre primero y segundo lugar, hay sólo un punto y 53 centésimas de diferencia. Y entre éste y el tercero la separación es de únicamente 33 centésimas.

Ha querido el destino que quienes por la medalla de oro luchan, hayan elegido, de entre la amplia gama de posibilidades que la tabla ofrece, el mismo salto para su ejecución final: Vuelta y media al frente con doble giro. Grado de dificultad: 2.5. El más alto.

Vistosidad: máxima.

El propio sorteo que determina el orden con el que los clavadistas han de lanzarse al agua, da a esta final un más intenso tono de dramatismo. Porque los tres primeros en puntos serán los últimos en saltar. Primero Connor; seguirá Tobian. Capilla cerrará la competencia.
Vuela Connor desde las alturas de la fosa de clavados en la alberca olímpica de Melbourne.
¡Gran clavado! Limpia ejecución: llueven ochos y nueves. Total: 19 puntos. ¡La más alta calificación hasta el momento! Connor acumula 149.79.

Qué paquete para Tobian. Un error, por pequeño que sea y...

Se concentra el espigado clavadista.

Y se lanza al espacio.

Y desde que con las manos hace contacto con el agua, estalla la ovación. Impecable salto.

Aparecen varios nueves y uno que otro diez. Total: ¡19.76 puntos! Se adueña Gary del primer lugar.
Suma 152.41 puntos. Ya, ya siente como suya la medalla de oro.

Silencio total cuando en lo alto aparece Joaquín Capilla.

Intentará lo imposible: necesita de una calificación superior a los 20 puntos para alcanzar el oro.

Pero es ahora. O ya no lo será nunca.

Porque ya no es, Joaquín, aquel chiquillo de 19 años que en Londres 1948 hizo su presentación olímpica y ganó una medalla de bronce en plataforma. Es algo más: seis veces campeón centroamericano, cuatro veces campeón panamericano; tres veces campeón de los Estados Unidos; en la Olimpiada de Helsinki, en 1952, la medalla en plataforma fue de plata. Y hace unos días, por fin subió al podio en la prueba de trampolín, en la que alcanzó medalla de bronce. Y es el año de 1956: Joaquín está a tres semanas de cumplir ya 28 años.

Tendrá que ser ahora. O no lo será nunca.

Se vuelve de piedra el rostro del clavadista mexicano.

Es una estatua de pálido mármol al pie de la plataforma.

De repente emprende la pequeña carrera. Y se arroja al vacío.

Las respiraciones se cortan. Es, Joaquín, poesía en movimiento. Parece flotar en el espacio. Vuelta y media al frente... Perfecta. Plástica. Dos giros completos... Limpios. Se extiende el cuerpo atlético.

Y es una raya, de pies a cabeza, cuando entra al agua.

La exclamación es de asombro.

El público se pone de pie. Aplaude. Grita. Celebra.

Aparecen los dieces... Y un nueve y medio.

Total: ¡21.32 puntos! Joaquín Capilla suma 152.44.

Y es campeón olímpico por tres centésimas de punto.

Ha hecho lo imposible.

Al fin...

Fue el último clavado. De la prueba. De la competencia toda. De la vida de Joaquín...


El primer salto

Acaso obedeciendo a instintos que después se le desarrollarán, este Joaquín que apenas camina se lanza de cabeza al lago de Chapultepec, en lo profundo, mientras Carmina, su madre, -ya espera a quien será Antonio, el tercero de sus cinco hijos-, se sienta sobre el césped a descansar.
Gritos de angustia. Varios jóvenes ayudan de inmediato. Rescatan al pequeño...

Ya, ya ha nacido Antonio.

Y ya son tres las calamidades.

Porque en casa se practican todo tipo de saltos. Primero desde una silla; después, de una mesa.
Y luego desde el ropero. Y las camas se vuelven cunas; cada seis o siete meses hay que mandar estirar los tambores, porque el ejercicio de -vuelta en el aire y sentón en la cama- desde lo alto del ropero, es el predilecto de los tres diablillos.

Joaquín: -En otras ocasiones, cuando iba a casa de mis tíos, me aventaba desde el balcón a un sofá. Nunca me dio miedo. Les demostraba a mis parientes que si uno salta sin miedo, si lo hace bien, nada va a suceder.

Doña Carmina tenía que sonreír. Y decir así, dulcemente: -No hay duda... Vuestro porvenir será un circo.

Joaquín: “La verdad es que parecía un gato, porque trepaba con facilidad por donde quiera que me lo propusiese. Desde chiquito aprendí a subirme por la fachada de la casa y entrar a ella por la azotea. Tenía apenas como seis años. También me gustaba subirme a los árboles, andar por las ramas. Tenía una gran elasticidad y podía evitar las caídas; cuando éstas eran irremediables, sabía cómo colocar manos y pies para evitar los golpes fuertes...

El brazo roto en dos partes
En una ocasión, Joaquín trepó a un árbol de copa muy elevada. Pero fue descubierto por su madre, quien le gritó que bajara. El se negó a hacerlo por temor a ser castigado y se quedó en lo alto hasta que, horas después, llegaron los bomberos y lo bajaron... En otra, ya como de siete años, se rompió la rama por la que caminaba. Cayó desde una altura como de tres metros. El golpe le dobló el brazo.

Joaquín: -Como no estaba mi mamá, fui con una vecina y le mostré el brazo: -¡Mire lo que me pasó!-...

Tenía los dos huesos salidos, aquello era horrible. La señora se desmayó. A mí me tuvieron que llevar a la Cruz Roja y ahí me curaron.

Experto en caídas, este pequeño Manino -Como le llamó Alberto, cuando, a la edad de dos años, se enteró de que iba a tener un hermanito.

No pudo pronunciar la palabra -hermano-. Preguntó por Manino.

Ya estaba Joaquín en segundo de primaria y en el patio de su casa se mecía en un trapecio, cuando se le ocurrió colgarse de las corvas.

Todo iba bien, pero impensadamente estiró las piernas, cayó de cabeza y se hizo una herida. Su padre lo curó, vendándole la testa. -Ten cuidado, hijo, porque los golpes así pueden producirte meningitis-, le previno.

En cuanto se sintió bien salió a reunirse nuevamente con sus amigos, quienes, al verlo vendado, prorrumpieron en carcajadas.

Les dijo Joaquín, tan seriamente como pudo: -No se rían muchachos, porque dice mi papá que de otro golpe como éstos puede darme una pendigitis...

Las tres vueltas y media
Joaquín: -Un buen día me avisaron que había sido seleccionado para competir en los Juegos Olímpicos de Londres, en 1948. Casi no lo creía. Cierto que lo esperaba, pero para un joven de 19 años era demasiado llegar a esas alturas. Así, casi sin sentirlo, había conocido ya parte de Centroamérica y de Estados Unidos, y ahora me disponía a viajar nada menos que a la capital británica... ¡Y a competir en una Olimpiada! Yo no me cambiaba por nadie. Mi vida había dado un cambio radical.

Su popularidad iba en ascenso.

Cuenta el clavadista: -En una ocasión fui a sacar mi licencia de manejo y, al ver mis datos, el perito me miró extrañado: -¿Usted es Joaquín Capilla, el clavadista campeón centroamericano?... ¡No lo creo!-. Tuve que dar un giro, una maroma en el aire, para que me creyera. De inmediato me dio la licencia.

Y no había nada imposible para él, cuando de arrojarse en un clavado se trataba.
Ante la posibilidad de que Joaquín fuera seleccionado para competir en Londres, Mario Tovar le sugirió que practicara, pero ya, clavados de mayor grado de dificultad que los que hasta entonces dominaba.

Le dijo: -Ahora sí que tendrás que ir pensando en poner las tres vueltas y media.

En aquel tiempo, sólo Sammy Lee y Gustavo Samohano podían ejecutarlas.

-Por mi parte -respondió Joaquín-, podemos empezar los ensayos cuando usted quiera.

Y Tovar, sarcástico: -¡Sí, cómo no!... Eso es tan fácil para ti, como para mí debe ser el dejar de fumar, lo que nunca he podido hacer.

-¿Si yo me tiro ese clavado deja usted de fumar?, -lo retó Joaquín.

-¡Trato hecho! Joaquín subió a la plataforma, se detuvo unos instantes en la orilla, repasó mentalmente las características de aquel salto y se lanzó al aire. Y por primera vez en su vida dibujó en el espacio un clavado de tres vueltas y media.

Mario dejó de fumar. (Al menos por un tiempo).

El debut olímpico
1948: Se presenta Joaquín Capilla en Juegos Olímpicos.

Y por una diferencia de tres puntos y medio pierde la medalla de bronce en trampolín, ante su amigo Sammy Lee, quien se corona en plataforma.

Cuando Lee se disponía a ejecutar su último salto, se encontraba en cuarto lugar; Anderson estaba en segundo y Joaquín en tercero. Entonces, con una sonrisa amistosa, Sammy se dirigió a Capilla: -Cuidado, Joaquín, que si me lanzo bien, te puedo pasar-.

Lo hizo. Pero en esa prueba Joaquín ingresa a la historia: finaliza en tercer lugar y se convierte en el primer clavadista latinoamericano en ubicarse entre los tres primeros en una Olimpiada.

Emocionado, el clavadista argentino Hugo Dardano se acercó a Joaquín; de una cadena de su pantalón desprendió una medallita con la bandera de su país, y le dijo: -Mirá, ché.. Esta fue la primera medalla que gané en un concurso de natación y nunca me he separado de ella. Quiero que de ahora en adelante seas tú quien la conserve. No tengo otra cosa que ofrecerte...
Joaquín: “Ese fue uno de los más sentidos homenajes que me hayan brindado en la vida”.

En esos Juegos Olímpicos, el equipo ecuestre mexicano, encabezado por Humberto Mariles, tuvo una extraordinaria competencia, arrasó con las medallas y se convirtió en la gran atracción de la Olimpiada. ¿Mi medallita de bronce?... Ni quien la viera. Pero para mí fue muy bonito que el general, que era mi compañero de cuarto en Londres, me alentara en todo momento.

Supo Mariles del temple de Capilla: Un día, al regresar el entonces teniente coronel de una sesión de entrenamientos, encontró al clavadista en cama, con el tórax vendado y el afilado rostro descompuesto por una mueca de dolor.

-¿Qué pasa muchacho?

-Nada, teniente coronel, que me pasó la de malas: me desgarré el costado derecho en la práctica de hoy.

-¿Nada?... Pero muchacho, ¿podrás competir?

-Nada me lo podría impedir, señor...

Joaquín: “Hice un esfuerzo mental muy fuerte para olvidarme del dolor, para hacerlo a un lado durante las competencias. El día de la final, curiosamente, sólo me acordé de él cuando, estando en el podio, alcé el brazo derecho para ponerlo en mi pecho y saludar el izamiento de nuestra bandera. Pero era tanta mi felicidad en esos momentos y tantos los pensamientos que se arremolinaban en mi mente, que dije: -¡al demonio!”.


Helsinki: la mano rota
Todo estaba listo, pues, para el arribo de la XV Olimpiada, que se disputaría en Helsinki, la capital finlandesa, del 19 de julio al 3 de agosto.

Malas noticias para Joaquín: durante los entrenamientos se fractura la mano izquierda y hay que improvisar un guante de plástico para que pueda practicar. Pero el guante no podrá ser usado -lo prohíbe el reglamento- en las pruebas.

En los saltos de trampolín, Capilla finaliza en cuarto lugar, superado por tres estadounidenses: David Skippy Browning -oro-, Michael Anderson -plata- y Robert Clotworthy -bronce-.

Joaquín: “Yo esperaba, con cierta inquietud que llegara la plataforma. En ella me sentía más seguro, más cómodo. Pero la mano no estaba bien todavía. Así que me persigné y me propuse dar mi mejor esfuerzo, a sabiendas de que físicamente no estaba al ciento por ciento.

Capilla compitió con toda dignidad y finalizó en segundo lugar. Su amigo y gran rival de siempre, Sammy Lee, había cumplido con aquella advertencia hecha un año antes en Buenos Aires. Se erigió con la medalla de oro: 156.28 puntos contra 145.21. Alberto Capilla y Rodolfo Perea finalizaron, respectivamente, en quinto y sexto sitios.

Lee y Joaquín no volverían a enfrentarse nunca más.

En tierras nórdicas fenecía su rivalidad.

Joaquín: “Ahí estaba, otra vez en el podio, sintiéndome tan bien y tan mal... Tan cerca y tan lejos de la gloria deportiva. Recibir la medalla de plata me emocionó, era lo máximo que me había sucedido.

“Pero cuando vi la de oro en el pecho de mi gran amigo, me dio gusto por él, pero también me nació la convicción de que no podría retirarme del deporte sin vivir la sensación de ser un campeón olímpico”.

Fue, la de Joaquín, la única medalla que lograra el equipo mexicano en aquella competencia olímpica. La figura del clavadista comenzaba ya a ser legendaria.

El pueblo se volcó en el aeropuerto y le brindó una cálida recepción de héroe deportivo.
Bronce para abrir boca...

Joaquín: “Llegué, pues, a mi tercera Olimpiada. Nadie tenía mi experiencia. Con excepción de mi amigo Clotworthy, tanto sus compatriotas como mis demás adversarios empezaban apenas el camino olímpico. Además, ya les había ganado en Estados Unidos y ante sus propios jueces. Venía en ascenso paulatino de cada cuatro años: bronce en Londres, plata en Helsinki...

Tenía que ser oro en Melbourne. Yo era, válgase la expresión, como el gran boxeador, el enemigo a vencer; no era aquel que tiene que noquear para ganar. Pensaba que lo único que tenía que hacer era llegar a la final para llevarme el triunfo, pues nadie tenía aquellos cinco clavados en los que yo me había especializado. Y me decía a mí mismo: -Sólo que te caigas no ganas; las medallas de oro son tuyas-.

Ya. Hoy es 30 de noviembre de 1956.

Vayamos directo a la fosa de clavados en la olímpica ciudad de Melbourne.

Hoy se cumple la eliminatoria de la prueba de trampolín. Y se cumplen, también, todas las expectativas: Joaquín Capilla clasifica en primer lugar a la ronda final, mañana. Le acompañarán en la aventura su hermano Alberto y el prometedor jovencito Juan Botella.

El error del campeón
1 de diciembre. Final de trampolín, Joaquín: “¡Qué barbaridad!... Imagínate: sucedió justamente lo que me decía antes de la prueba: ya en la final, y apenas en el primer clavado libre, ¡pácatelas!... Joaquín Capilla, con todas sus medallas, con todos sus títulos y blasones, ¡cae de espaldas! ¡Qué bruto! Me daba de golpes”.

Había cometido un error infantil; mi vanidad de campeón me había cambiado: cuando estaba en el trampolín me dije: “mira, Joaquín, tienes que subir más el clavado, hay que impresionar a los jueces; la entrada tiene que ser perfecta. Ese día hice lo que nunca debe hacer un clavadista: me cambié de salto. De plano fui un bárbaro...

“Me pegaba en la cabeza y me recriminaba: -ya no sólo no podrás ser campeón olímpico, sino que ni siquiera podrás estar entre los tres primeros-. Robert, que era mi amigo de muchos años, se me acercó y me dijo: I’m sorry, Joaquín. “Entonces decidí dejar de lamentarme y volver a pelear”.

Capilla se recuperó a grandes pasos. No volvió a fallar. Y en sólo tres saltos, del noveno lugar ascendió hasta el tercero. Finalizó a únicamente nueve puntos de Clotworthy, quien se proclamó campeón. El segundo lugar fue para Harper. Alberto Capilla terminó en noveno y le siguió Juanito Botella.

Joaquín: “Cuando estaba en el podio pensaba en mil cosas. Me decía a mí mismo que debería de estar contento, pues era la primera vez, en tres oportunidades, que alcanzaba una medalla en la prueba olímpica de trampolín, pero no dejaba de recriminarme: por una torpeza había trocado la de oro por esa de bronce”.

Cuatro días para la reflexión
Tendría cuatro días para la reflexión.

Los cuatro días que lo separaban de su gran prueba: la de plataforma.

Joaquín: “Yo seguía enfurecido conmigo mismo, lo que fue muy positivo, porque me exigía cada vez más en todo momento. Mis entrenamientos eran intensos, dentro de lo posible y por las tardes y las noches conversaba con Mario: perfeccionábamos nuestro programa de competencia. Y ya cuando me iba a la cama leía aquellas palabras que él escribió y que enmarcó para instalarlas a la entrada del vestidor del Deportivo Chapultepec”.

Así vertió el maestro su filosofía: “Ser campeón quiere decir: haber sido perseverante, haber trabajado empeñosamente, haber luchado con tesón, haber aguzado la inteligencia , haberse conformado con los reveses, haber aceptado las derrotas como nuevas enseñanzas, haber perdido con altura, haber atribuido la derrota a la propia insuficiencia, haber buscado el error para corregirlo, haber procurado mejorar y haber trabajado para conseguirlo, haber sacrificado el amor propio para aceptar las ideas de otros a quienes se consideran más capacitados; haber insistido una, dos, tres veces en determinada práctica, todas las que sean necesarias, para convencerse de su ineficacia o de su inutilidad; haber sufrido privaciones, sacrificado paseos, fiestas, agasajos, distinciones, placeres, haber reunido, haber condenado, haber practicado ese cúmulo de condiciones morales que fortalecen el carácter, es lo que significa ser campeón.

Ser campeón significa ser idealista, soñador acaso, trabajar y luchar por lograr la realización de ese sueño”.

Se hizo Joaquín una promesa: -Todo será diferente en la plataforma. Voy a ser campeón. Y cumplió.


Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.


 

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