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1968 |
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1984 |
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| 1956 |
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Y no había nada imposible para él, cuando de arrojarse en un clavado se trataba. |
| Melbourne |
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| Joaquín Capilla
Pérez |
Oro, plata y Bronce en Clavados
/ Plataforma 10m. Trampolín 3m.
Londres, Helsinki, Melbourne
1948, 1952 y 1956
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Joaquín
Capilla, el mexicano que más medallas
olímpicas ha ganado. Es, de hecho,
el único que lo ha conseguido en
más de unos juegos. |
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Ficha Técnica |
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Joaquín
Capilla
Clavadista
Medalla de oro, plata y bronce (2) en
clavados
Juegos Olímpicos: Londres, 1948,
Helsinki, 1952 y Melbourne, 1956
Fecha de nacimiento: 23 de diciembre de
1928
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Especialidad: Trampolín de 3 metros
y Plataforma de 10 metros
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1956:
El Último Clavado
Agoniza la prueba olímpica de plataforma. Han pasado
ya los tres primeros clavados libres. Sólo falta uno.
Será el último. Y también el decisivo.
Porque, entre primero y segundo lugar, hay sólo un
punto y 53 centésimas de diferencia. Y entre éste
y el tercero la separación es de únicamente
33 centésimas.
Ha querido el destino que quienes por la medalla de oro luchan,
hayan elegido, de entre la amplia gama de posibilidades que
la tabla ofrece, el mismo salto para su ejecución final:
Vuelta y media al frente con doble giro. Grado de dificultad:
2.5. El más alto.
Vistosidad: máxima.
El propio sorteo que determina el orden con el que los clavadistas
han de lanzarse al agua, da a esta final un más intenso
tono de dramatismo. Porque los tres primeros en puntos serán
los últimos en saltar. Primero Connor; seguirá
Tobian. Capilla cerrará la competencia.
Vuela Connor desde las alturas de la fosa de clavados en la
alberca olímpica de Melbourne.
¡Gran clavado! Limpia ejecución: llueven ochos
y nueves. Total: 19 puntos. ¡La más alta calificación
hasta el momento! Connor acumula 149.79.
Qué paquete para Tobian. Un error, por pequeño
que sea y...
Se concentra el espigado clavadista.
Y se lanza al espacio.
Y desde que con las manos hace contacto con el agua, estalla
la ovación. Impecable salto.
Aparecen varios nueves y uno que otro diez. Total: ¡19.76
puntos! Se adueña Gary del primer lugar.
Suma 152.41
puntos. Ya, ya siente como suya la medalla de oro.
Silencio total cuando en lo alto aparece Joaquín Capilla.
Intentará lo imposible: necesita de una calificación
superior a los 20 puntos para alcanzar el oro.
Pero es ahora. O ya no lo será nunca.
Porque ya no es, Joaquín, aquel chiquillo de 19 años
que en Londres 1948 hizo su presentación olímpica
y ganó una medalla de bronce en plataforma. Es algo
más: seis veces campeón centroamericano, cuatro
veces campeón panamericano; tres veces campeón
de los Estados Unidos; en la Olimpiada de Helsinki, en 1952,
la medalla en plataforma fue de plata. Y hace unos días,
por fin subió al podio en la prueba de trampolín,
en la que alcanzó medalla de bronce. Y es el año
de 1956: Joaquín está a tres semanas de cumplir
ya 28 años.
Tendrá que ser ahora. O no lo será nunca.
Se vuelve de piedra el rostro del clavadista mexicano.
Es una estatua de pálido mármol al pie de la
plataforma.
De repente emprende la pequeña carrera. Y se arroja
al vacío.
Las respiraciones se cortan. Es, Joaquín, poesía
en movimiento. Parece flotar en el espacio. Vuelta y media
al frente... Perfecta. Plástica. Dos giros completos...
Limpios. Se extiende el cuerpo atlético.
Y es una raya, de pies a cabeza, cuando entra al agua.
La exclamación es de asombro.
El público se pone de pie. Aplaude. Grita. Celebra.
Aparecen los dieces... Y un nueve y medio.
Total: ¡21.32 puntos! Joaquín Capilla suma 152.44.
Y es campeón olímpico por tres centésimas
de punto.
Ha hecho lo imposible.
Al fin...
Fue el último clavado. De la prueba. De la competencia
toda. De la vida de Joaquín...
El primer salto
Acaso obedeciendo a instintos
que después se le desarrollarán, este Joaquín
que apenas camina se lanza de cabeza al lago de Chapultepec,
en lo profundo, mientras Carmina, su madre, -ya espera a quien
será Antonio, el tercero de sus cinco hijos-, se sienta
sobre el césped a descansar.
Gritos de angustia. Varios jóvenes ayudan de inmediato.
Rescatan al pequeño...
Ya, ya ha nacido Antonio.
Y ya son tres las calamidades.
Porque en casa se practican todo tipo de saltos. Primero desde
una silla; después, de una mesa.
Y luego desde el ropero. Y las camas se vuelven cunas; cada
seis o siete meses hay que mandar estirar los tambores, porque
el ejercicio de -vuelta en el aire y sentón en la cama-
desde lo alto del ropero, es el predilecto de los tres diablillos.
Joaquín: -En otras ocasiones, cuando iba a casa de
mis tíos, me aventaba desde el balcón a un sofá.
Nunca me dio miedo. Les demostraba a mis parientes que si
uno salta sin miedo, si lo hace bien, nada va a suceder.
Doña Carmina tenía que sonreír. Y decir
así, dulcemente: -No hay duda... Vuestro porvenir será
un circo.
Joaquín: “La verdad es que parecía un
gato, porque trepaba con facilidad por donde quiera que me
lo propusiese. Desde chiquito aprendí a subirme por
la fachada de la casa y entrar a ella por la azotea. Tenía
apenas como seis años. También me gustaba subirme
a los árboles, andar por las ramas. Tenía una
gran elasticidad y podía evitar las caídas;
cuando éstas eran irremediables, sabía cómo
colocar manos y pies para evitar los golpes fuertes...
El brazo roto en dos partes
En una ocasión, Joaquín trepó a un árbol
de copa muy elevada. Pero fue descubierto por su madre, quien
le gritó que bajara. El se negó a hacerlo por
temor a ser castigado y se quedó en lo alto hasta que,
horas después, llegaron los bomberos y lo bajaron...
En otra, ya como de siete años, se rompió la
rama por la que caminaba. Cayó desde una altura como
de tres metros. El golpe le dobló el brazo.
Joaquín: -Como no estaba mi mamá, fui con una
vecina y le mostré el brazo: -¡Mire lo que me
pasó!-...
Tenía los dos huesos salidos, aquello era horrible.
La señora se desmayó. A mí me tuvieron
que llevar a la Cruz Roja y ahí me curaron.
Experto en caídas, este pequeño Manino -Como
le llamó Alberto, cuando, a la edad de dos años,
se enteró de que iba a tener un hermanito.
No pudo pronunciar la palabra -hermano-. Preguntó por
Manino.
Ya estaba Joaquín en segundo de primaria y en el patio
de su casa se mecía en un trapecio, cuando se le ocurrió
colgarse de las corvas.
Todo iba bien, pero impensadamente estiró las piernas,
cayó de cabeza y se hizo una herida. Su padre lo curó,
vendándole la testa. -Ten cuidado, hijo, porque los
golpes así pueden producirte meningitis-, le previno.
En cuanto se sintió bien salió a reunirse nuevamente
con sus amigos, quienes, al verlo vendado, prorrumpieron en
carcajadas.
Les dijo Joaquín, tan seriamente como pudo: -No se
rían muchachos, porque dice mi papá que de otro
golpe como éstos puede darme una pendigitis...
Las tres vueltas y media
Joaquín: -Un buen
día me avisaron que había sido seleccionado
para competir en los Juegos Olímpicos de Londres, en
1948. Casi no lo creía. Cierto que lo esperaba, pero
para un joven de 19 años era demasiado llegar a esas
alturas. Así, casi sin sentirlo, había conocido
ya parte de Centroamérica y de Estados Unidos, y ahora
me disponía a viajar nada menos que a la capital británica...
¡Y a competir en una Olimpiada! Yo no me cambiaba por
nadie. Mi vida había dado un cambio radical.
Su popularidad iba en ascenso.
Cuenta el clavadista: -En una ocasión fui a sacar mi
licencia de manejo y, al ver mis datos, el perito me miró
extrañado: -¿Usted es Joaquín Capilla,
el clavadista campeón centroamericano?... ¡No
lo creo!-. Tuve que dar un giro, una maroma en el aire, para
que me creyera. De inmediato me dio la licencia.
Y no había nada imposible para él, cuando de
arrojarse en un clavado se trataba.
Ante la posibilidad de que Joaquín fuera seleccionado
para competir en Londres, Mario Tovar le sugirió que
practicara, pero ya, clavados de mayor grado de dificultad
que los que hasta entonces dominaba.
Le dijo: -Ahora sí que tendrás que ir pensando
en poner las tres vueltas y media.
En aquel tiempo, sólo Sammy Lee y Gustavo Samohano
podían ejecutarlas.
-Por mi parte -respondió Joaquín-, podemos empezar
los ensayos cuando usted quiera.
Y Tovar, sarcástico: -¡Sí, cómo
no!... Eso es tan fácil para ti, como para mí
debe ser el dejar de fumar, lo que nunca he podido hacer.
-¿Si yo me tiro ese clavado deja usted de fumar?, -lo
retó Joaquín.
-¡Trato hecho! Joaquín subió a la plataforma,
se detuvo unos instantes en la orilla, repasó mentalmente
las características de aquel salto y se lanzó
al aire. Y por primera vez en su vida dibujó en el
espacio un clavado de tres vueltas y media.
Mario dejó de fumar. (Al menos por un tiempo).
El debut
olímpico
1948: Se presenta Joaquín Capilla en Juegos Olímpicos.
Y por una diferencia de tres puntos y medio pierde la medalla
de bronce en trampolín, ante su amigo Sammy Lee, quien
se corona en plataforma.
Cuando Lee se disponía a ejecutar su último
salto, se encontraba en cuarto lugar; Anderson estaba en segundo
y Joaquín en tercero. Entonces, con una sonrisa amistosa,
Sammy se dirigió a Capilla: -Cuidado, Joaquín,
que si me lanzo bien, te puedo pasar-.
Lo hizo. Pero en esa prueba Joaquín ingresa a la historia:
finaliza en tercer lugar y se convierte en el primer clavadista
latinoamericano en ubicarse entre los tres primeros en una
Olimpiada.
Emocionado, el clavadista argentino Hugo Dardano se acercó
a Joaquín; de una cadena de su pantalón desprendió
una medallita con la bandera de su país, y le dijo:
-Mirá, ché.. Esta fue la primera medalla que
gané en un concurso de natación y nunca me he
separado de ella. Quiero que de ahora en adelante seas tú
quien la conserve. No tengo otra cosa que ofrecerte...
Joaquín: “Ese fue uno de los más sentidos
homenajes que me hayan brindado en la vida”.
En esos Juegos Olímpicos, el equipo ecuestre mexicano,
encabezado por Humberto Mariles, tuvo una extraordinaria competencia,
arrasó con las medallas y se convirtió en la
gran atracción de la Olimpiada. ¿Mi medallita
de bronce?... Ni quien la viera. Pero para mí fue muy
bonito que el general, que era mi compañero de cuarto
en Londres, me alentara en todo momento.
Supo Mariles del temple de Capilla:
Un día, al regresar el entonces teniente coronel de
una sesión de entrenamientos, encontró al clavadista
en cama, con el tórax vendado y el afilado rostro descompuesto
por una mueca de dolor.
-¿Qué pasa muchacho?
-Nada, teniente coronel, que me pasó la de malas: me
desgarré el costado derecho en la práctica de
hoy.
-¿Nada?... Pero muchacho, ¿podrás competir?
-Nada me lo podría impedir, señor...
Joaquín: “Hice un esfuerzo mental muy fuerte
para olvidarme del dolor, para hacerlo a un lado durante las
competencias. El día de la final, curiosamente, sólo
me acordé de él cuando, estando en el podio,
alcé el brazo derecho para ponerlo en mi pecho y saludar
el izamiento de nuestra bandera. Pero era tanta mi felicidad
en esos momentos y tantos los pensamientos que se arremolinaban
en mi mente, que dije: -¡al demonio!”.
Helsinki: la mano rota
Todo estaba listo, pues, para el arribo de la XV Olimpiada,
que se disputaría en Helsinki, la capital finlandesa,
del 19 de julio al 3 de agosto.
Malas noticias para Joaquín: durante los entrenamientos
se fractura la mano izquierda y hay que improvisar un guante
de plástico para que pueda practicar. Pero el guante
no podrá ser usado -lo prohíbe el reglamento-
en las pruebas.
En los saltos de trampolín, Capilla finaliza en cuarto
lugar, superado por tres estadounidenses: David Skippy Browning
-oro-, Michael Anderson -plata- y Robert Clotworthy -bronce-.
Joaquín: “Yo esperaba, con cierta inquietud que
llegara la plataforma. En ella me sentía más
seguro, más cómodo. Pero la mano no estaba bien
todavía. Así que me persigné y me propuse
dar mi mejor esfuerzo, a sabiendas de que físicamente
no estaba al ciento por ciento.
Capilla compitió con toda dignidad y finalizó
en segundo lugar. Su amigo y gran rival de siempre, Sammy
Lee, había cumplido con aquella advertencia hecha un
año antes en Buenos Aires. Se erigió con la
medalla de oro: 156.28 puntos contra 145.21. Alberto Capilla
y Rodolfo Perea finalizaron, respectivamente, en quinto y
sexto sitios.
Lee y Joaquín no volverían a enfrentarse nunca
más.
En tierras nórdicas fenecía su rivalidad.
Joaquín: “Ahí estaba, otra vez en el podio,
sintiéndome tan bien y tan mal... Tan cerca y tan lejos
de la gloria deportiva. Recibir la medalla de plata me emocionó,
era lo máximo que me había sucedido.
“Pero cuando vi la de oro en el pecho de mi gran amigo,
me dio gusto por él, pero también me nació
la convicción de que no podría retirarme del
deporte sin vivir la sensación de ser un campeón
olímpico”.
Fue, la de Joaquín, la única medalla que lograra
el equipo mexicano en aquella competencia olímpica.
La figura del clavadista comenzaba ya a ser legendaria.
El pueblo se volcó en el aeropuerto y le brindó
una cálida recepción de héroe deportivo.
Bronce para abrir boca...
Joaquín: “Llegué, pues, a mi tercera Olimpiada.
Nadie tenía mi experiencia. Con excepción de
mi amigo Clotworthy, tanto sus compatriotas como mis demás
adversarios empezaban apenas el camino olímpico. Además,
ya les había ganado en Estados Unidos y ante sus propios
jueces. Venía en ascenso paulatino de cada cuatro años:
bronce en Londres, plata en Helsinki...
Tenía que ser oro en Melbourne. Yo era, válgase
la expresión, como el gran boxeador, el enemigo a vencer;
no era aquel que tiene que noquear para ganar. Pensaba que
lo único que tenía que hacer era llegar a la
final para llevarme el triunfo, pues nadie tenía aquellos
cinco clavados en los que yo me había especializado.
Y me decía a mí mismo: -Sólo que te caigas
no ganas; las medallas de oro son tuyas-.
Ya. Hoy es 30 de noviembre de 1956.
Vayamos directo a la fosa de clavados en la olímpica
ciudad de Melbourne.
Hoy se cumple la eliminatoria de la prueba de trampolín.
Y se cumplen, también, todas las expectativas: Joaquín
Capilla clasifica en primer lugar a la ronda final, mañana.
Le acompañarán en la aventura su hermano Alberto
y el prometedor jovencito Juan Botella.
El error del campeón
1 de diciembre. Final de trampolín, Joaquín:
“¡Qué barbaridad!... Imagínate:
sucedió justamente lo que me decía antes de
la prueba: ya en la final, y apenas en el primer clavado libre,
¡pácatelas!... Joaquín Capilla, con todas
sus medallas, con todos sus títulos y blasones, ¡cae
de espaldas! ¡Qué bruto! Me daba de golpes”.
Había cometido un error infantil; mi vanidad de campeón
me había cambiado: cuando estaba en el trampolín
me dije: “mira, Joaquín, tienes que subir más
el clavado, hay que impresionar a los jueces; la entrada tiene
que ser perfecta. Ese día hice lo que nunca debe hacer
un clavadista: me cambié de salto. De plano fui un
bárbaro...
“Me pegaba en la cabeza y me recriminaba: -ya no sólo
no podrás ser campeón olímpico, sino
que ni siquiera podrás estar entre los tres primeros-.
Robert, que era mi amigo de muchos años, se me acercó
y me dijo: I’m sorry, Joaquín. “Entonces
decidí dejar de lamentarme y volver a pelear”.
Capilla se recuperó a grandes pasos. No volvió
a fallar. Y en sólo tres saltos, del noveno lugar ascendió
hasta el tercero. Finalizó a únicamente nueve
puntos de Clotworthy, quien se proclamó campeón.
El segundo lugar fue para Harper. Alberto Capilla terminó
en noveno y le siguió Juanito Botella.
Joaquín: “Cuando estaba en el podio pensaba en
mil cosas. Me decía a mí mismo que debería
de estar contento, pues era la primera vez, en tres oportunidades,
que alcanzaba una medalla en la prueba olímpica de
trampolín, pero no dejaba de recriminarme: por una
torpeza había trocado la de oro por esa de bronce”.
Cuatro días para la reflexión
Tendría cuatro días
para la reflexión.
Los cuatro días que lo separaban de su gran prueba:
la de plataforma.
Joaquín: “Yo seguía enfurecido conmigo
mismo, lo que fue muy positivo, porque me exigía cada
vez más en todo momento. Mis entrenamientos eran intensos,
dentro de lo posible y por las tardes y las noches conversaba
con Mario: perfeccionábamos nuestro programa de competencia.
Y ya cuando me iba a la cama leía aquellas palabras
que él escribió y que enmarcó para instalarlas
a la entrada del vestidor del Deportivo Chapultepec”.
Así vertió el maestro su filosofía: “Ser
campeón quiere decir: haber sido perseverante, haber
trabajado empeñosamente, haber luchado con tesón,
haber aguzado la inteligencia , haberse conformado con los
reveses, haber aceptado las derrotas como nuevas enseñanzas,
haber perdido con altura, haber atribuido la derrota a la
propia insuficiencia, haber buscado el error para corregirlo,
haber procurado mejorar y haber trabajado para conseguirlo,
haber sacrificado el amor propio para aceptar las ideas de
otros a quienes se consideran más capacitados; haber
insistido una, dos, tres veces en determinada práctica,
todas las que sean necesarias, para convencerse de su ineficacia
o de su inutilidad; haber sufrido privaciones, sacrificado
paseos, fiestas, agasajos, distinciones, placeres, haber reunido,
haber condenado, haber practicado ese cúmulo de condiciones
morales que fortalecen el carácter, es lo que significa
ser campeón.
Ser campeón significa ser idealista, soñador
acaso, trabajar y luchar por lograr la realización
de ese sueño”.
Se hizo Joaquín una promesa: -Todo será diferente
en la plataforma. Voy a ser campeón. Y cumplió.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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