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Los jueces ignoraron la posibilidad de una ronda extra y sorpresivamente, dictaminaron que las medallas de plata y de bronce fuesen otorgadas a los representantes de Hungría y Polonia.
Los Ángeles
  Francisco Cabañas        

Gustavo Huet Bobadilla

Plata en tiro/Rifle a 50 metros

Gustavo Huet en acción en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932

  Ficha Técnica
 

Gustavo Huet Bobadilla
Tirador
Medalla de plata
Juegos Olímpicos: Los Ángeles, 1932
Fecha de nacimiento: 22 de noviembre de 1912
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Fecha de fallecimiento: 20 de noviembre de 1951
Especialidad: rifle de aire a 50 metros de distancia (60 tiros)

» Jálele pa' la delegación
» Los Ángeles 1932
» Hacía sus propias balas
» Abanderado en Londres 1948
» En cumplimiento de su deber
» El legado de Huet

Jálele pa' la delegación

Era 1932. Por los coloridos pasillos de la feria caminan tomados de la mano.

Él es Gustavo Huet Bobadilla, 20 años, deportista, medalla de plata en la competencia de tiro con rifle a 50 metros, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

Ella es Luz Núñez, 15 años, novia, enamorada.

Pasan por el stand de tiro.

Bromea él:

¿Quieres la exhibición gratuita de un campeón?

¡Vamos!-, dice ella encantada.

Cinco centavos por 12 tiros.

De pie los pequeños blancos, sobre plataformas de madera, a no más de 5 metros de distancia.

El arma es un destartalado rifle que dispara municiones.

¡Tírale a los difíciles, a los clavitos!-, reta ella.

Dispara él. Una y otra vez. Caen algunos clavitos; otros siguen de pie.

Se molesta él. Frunce el seño.

¡Otra carga!-, exige.

Pero se repite la historia: siguen erguidos, desafiantes, algunos clavitos.

De pronto, unos policías que rondan el lugar, se acercan y preguntan:

Oiga usté, ¿por qué trae esa gorra? ¿Dónde la compró?... Esa gorra nomás la pueden llevar los deportistas olímpicos y está penado que otros la traigan...

Precisamente, oficial, yo soy deportista olímpico...

¿Usté? ¡No me diga! A ver, ¿cómo se llama?

Soy Gustavo Huet. Gané medalla de plata en tiro con rifle.

¡No me haga reír! Se me hace que usté se robó la gorra. Ande, jálele pa' la delegación. A ver si ante el juez nos cuenta la misma historia.

Ella se angustia.

Él trata de tranquilizarla:

No te preocupes. Espérame aquí. Esto se arregla en un dos por tres.

Efectivamente, minutos más tarde, los avergonzados policías acompañan a Gustavo Huet en su regreso a la feria.

¿Ya lo ven? ?les dice él, ante su novia, en suave tono recriminatorio... Les dije que era Gustavo Huet, el que ganó medalla de plata en tiro con rifle en Los Ángeles.

Pos sí, mi jefe, pero, pos, ¿cómo íbamos a creerle si ya llevábamos un buen rato observándolo y usté nomás no tiraba los clavitos?

Ya estaba acostumbrado, Gustavo Huet, a trocar incredulidad por admiración.

Los Ángeles 1932
Lo había hecho apenas un par de semanas antes -el 13 de agosto-, en un stand de tiro muy diferente a aquel de la feria: el stand de tiro de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

Fue así:

La competencia de tiro, en esa Olimpiada, constó de únicamente dos pruebas: la de tiro con pistola -en la que el coronel mexicano Arturo Villanueva obtuvo el cuarto lugar- y la de tiro con rifle de pequeño calibre .22 cuerpo a tierra.

Hasta ella llegó Gustavo Huet.

Narran las crónicas de aquella época que la de tiro era la más elitista de todas las pruebas olímpicas. Los tiradores ?sobre todo los europeos? pertenecían a ricas familias de abolengo y algunos de ellos se presentaban a la competencia vestidos de frac, cubiertas las manos con blancos guantes; en los labios la inseparable pipa y a su lado un mozo de ayudantía.

Huet portaba una vetusta carabina que contrastaba con sus modernas armas de competencia, y sus adversarios dejaron escapar algunas sonrisillas burlonas.

Pronto tuvieron que mudar la expresión de su rostro.

Porque aquel mozalbete de apenas 20 años acertaba disparo tras disparo.

Con su vieja carabina firmemente pulsada, Gustavo Huet acumuló 294 aciertos. Y estaba ya en el primer lugar.

¿Medalla de oro?...

Los jueces revisaron minuciosamente cada tarjeta, cada blanco.

Y se produjo un largo debate porque los jueces, que al parecer no encontraban la perforación en un disparo del sueco Bertil Ronnmark, decidieron otorgarle, también, 294 blancos. ¡Empate en primer lugar! Medalla de bronce al húngaro Zoltan Hradetsky-Soos, quien logró 293 puntos.

A ronda de desempate, pues.

Dramática, intensamente dramática.

Porque Huet llegó nuevamente empatado con Ronnmark al último disparo, el 25. El sueco lo hizo bueno. ¡Huet lo falló!

Logró, no obstante, el honor de una medalla de plata y por sobre todas las cosas, el honor de hacer escuchar por primera vez en la todavía incipiente historia de los Juegos Oímpicos de la era moderna, el Himno Nacional Mexicano. Porque, oficialmente, tanto Ronnmark como Huet habían finalizado en primer lugar y así se registró en la puntuación.

Pero el oro se lo llevó el rubio Ronnmark, quien, al revisar aquella vieja carabina del mexicano exclamó:

Si yo hubiera tirado con este rifle, no hubiera hecho nada.

Gustavo Huet, el menor de una extensa familia de 18 hermanos, nació en la ciudad de México el 22 de noviembre de 1911. Gustavo Huet murió trágicamente el 20 de noviembre de 1951... Apenas a dos días de su cumpleaños número 40.

Le sobrevive doña Luz Núñez, aquella damita que era su novia. Con ella casó y procrearon tres hijos: Gustavo, Marcelo Humberto y Roberto Octavio.

Hacía sus propias balas
Gustavo era, en ese tiempo, también el mejor armero de México. Era muy hábil con las manos. Compraba armas usadas en La Lagunilla, las arreglaba y después las vendía. Una vez compró dos pistolas y extrayendo y uniendo las mejores partes de cada una de ellas, hizo una sola, a la que quería mucho porque con ella ganó varios torneos en México.

En aquellos años, practicar un deporte no era fácil y menos el tiro, muy costoso cuando no se recibía el apoyo del sector militar. Gustavo tenía que hacer su propio parque. Así aprendió a hacer balas. Era todo un proceso que Gustavo lograba muy bien, porque de lo contrario no tendría con qué entrenar. Las balas buenas, las de fábrica, sólo las usaba en las competencias, cuando se las daban. De otro modo era imposible adquirirlas; no tenía dinero para ello.

A principios de 1936 Gustavo entró a la Policía Federal de Caminos. Y nadie pensó en favorecerlo con ese trabajo. Entró como cualquier hijo de vecino. Traía su motocicleta y salía a la carretera, como todos los demás. Era muy feliz en su trabajo, no obstante que no tenía tiempo para entrenar. O mejor dicho, no obstante que, como una consecuencia de esas ilógicas envidias, sus superiores no le daban facilidades para entrenar. Lo terrible era que uno de esos envidiosos era precisamente su comandante, Miguel Aranda Díaz, quien se sentía terriblemente celoso de él. Le ponía los peores turnos para que Gustavo no tuviese tiempo de practicar. Quería evitar, a como diera lugar, que Gustavo destacase. Pero, aún así y a pesar de que a muchas competencias llegaba sin una adecuada preparación, ganaba siempre.

Además, como eran civiles, tanto Gustavo como su hermano Guillermo tuvieron que enfrentar varios problemas con los militares que recibían, ellos sí, todo el apoyo económico y quienes querían que fueran sus representantes los que participaran en los torneos importantes. Y así, no obstante que en los certámenes eliminatorios Gustavo y Guillermo conquistaban a pulso su lugar en los equipos nacionales, la milicia encontraba la manera de poner piedritas en el camino. Una de ellas estuvo a punto de causar que Gustavo no acudiera a los Juegos Olímpicos de Berlin, 1936.

Su hijo Roberto explica el incidente:

Mi tío Guillermo, quien tiraba con pistola, me contó que él había ganado la eliminatoria, pero que no fue seleccionado. Que en su lugar había sido designado un militar. Que mi padre se indignó y declaró que si no corregían esa arbitrariedad él no iría a Berlín. Y como mi padre había sido medallista cuatro años antes, respetaron los resultados del torneo selectivo y, así, los dos fueron a Berlín.

La competencia de tiro de la Olimpiada tuvo lugar el 9 de agosto de 1936, en la capital alemana. En rifle, además de Gustavo Huet, el teniente coronel Álvaro García Taboada y el teniente Antonio García Almanza representaron a México.

Roberto Huet:

Los europeos habían avanzado notoriamente. Sus armas eran magnificas y aunque en aquella época el gobierno del general Lázaro Cárdenas apoyó mucho al tiro, el armamento de la escuadra mexicana no se comparaba con el de los europeos sobre todo porque en esos tiempos de preparación para la guerra, la tecnología al respecto había avanzado mucho. Y en el tiro esto es básico.

No obstante, desde los primeros disparos Gustavo Huet se colocó en el grupo principal encabezado por el noruego Willy Rogeberg, quien finalizó con un perfecto 300 y conquistó la medalla de oro. Seis tiradores empataron en segundo lugar con 294 aciertos -extraña coincidencia: los mismos que don Gustavo alcanzara cuatro años antes-: Gustavo Huet, el húngaro Ralph Berszenyi, el polonés Wladyslaw Karas, el filipino Gison, el brasileño Trindale y el francés Mazoyer.

Todo mundo, pues, esperaba el desempate, como había sucedido en Los Angeles 1932.

Pero los jueces ignoraron la posibilidad de una ronda extra y sorpresivamente, dictaminaron que las medallas de plata y de bronce fuesen otorgadas a los representantes de Hungría y Polonia. La maniobra política había sido clara: eran países que podían jugar un papel muy importante para Alemania, en la inminente conflagración mundial.

Gustavo Huet fue relegado hasta el séptimo sitio.

Abanderado en Londres 1948
Por sus méritos deportivos, Gustavo Huet fue elegido como abanderado de la delegación mexicana a los Juegos Olímpicos de Londres, en 1948. El primero de julio de ese año, el presidente Miguel Alemán le entregó el lábaro patrio en una sencilla .Y así, Huet encabezó al representativo mexicano en el desfile inaugural de la justa, el 29 de julio, en el estadio de Wembley, ante el rey Jorge VI y poco más de 80 mil espectadores que cálidamente recibían a los deportistas de 59 países en aquellos llamados "Juegos de la austeridad", en tiempos de posguerra.

En cumplimiento de su deber
Doña Luz, la viuda, recuerda:

En la Policía Federal de Caminos continuaba la labor del comandante en contra de mi marido. La guerra contra él fue abierta. Nomás no le daban tiempo para entrenar. Y mucho menos para competir. Lo peor fue que, sin comprender que el daño se lo hacían al país y no a Gustavo, le negaron el permiso para participar en los primeros Juegos Panamericanos celebrados en Buenos Aires, en el verano de 1951.

Poco después de aquella amarga experiencia falleció mi marido. Fue a la una de la mañana del 20 de noviembre, cuando ya nos preparábamos para festejar su cumpleaños número 40. Fue así:

Ese día a él no le tocaba el turno de la noche, pues había cumplido con el de la mañana. Estaba cansado pero como no había personal suficiente e iba a celebrarse la carrera automovilística Panamericana, le llamaron para que con otro compañero, se trasladara a la carretera de Puebla. Su misión era revisar la documentación de todos los transportes que salían de la ciudad y que llegaban a ella.

Su compañero le dijo que tenía mucho sueño y le pidió el favor de cubrir el primer turno mientras él dormía un rato. Mi marido accedió no obstante su cansancio... Ya era tarde cuando pasó un camión que iba a Puebla. Gustavo lo detuvo y revisó la documentación. Al concluir, observó que de Puebla venía otro camión a la ciudad y se dispuso a revisarlo. Pidió al chofer sus documentos. De repente, ¡Dios mío!, fue arrollado por un automóvil Packard que circulaba a gran velocidad conducido, en completo estado de ebriedad, por Abraham Kuri Zaiter, a quien acompañaba también perdido de borracho, Luis Aguilar Zavaleta. Mi marido murió instantáneamente, prensado entre el Packard y el camión.

El legado de Huet
Narra, doña Luz, una última anécdota de su marido.

La llama "el legado de Huet".

Dice:

Mis nietas, Odelie y Paola Huet Bello, se presentaron un día en el CDOM. Querían aprender esgrima, pero les dijeron que no había lugar y les pidieron que dejaran sus datos por escrito. Cuando vieron que su apellido era Huet, les preguntaron si tenían algún parentesco con mi esposo. "Sí, fue nuestro abuelo; ganó una medalla de plata en tiro en Los Angeles", dijeron las niñas. Y todo cambió de inmediato: "entonces, por supuesto que hay lugar para ustedes".

Actualmente ellas viven en Guadalajara. Odelie continúa con la esgrima; Paola prefirió la equitación.

Gustavo Huet Bobadilla es el único tirador mexicano que ha ganado una medalla olímpica. Su nombre aparece en las placas alusivas a esta especialidad, en el Salón de la Fama del deporte mexicano.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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