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Los caminos de Humberto Mariles y de Arete se unirían años más tarde...
E inscribirían sus nombres, juntos, en la historia del deporte.

Londres
  Rubén Uriza Castro
Alberto Valdés Ramos
  Joaquín Solano Chagoya
Raúl Campero Núñez
   

Humberto Mariles

Oro (2) y bronce en equitación | Salto y Prueba de los Tres Días

Humberto Mariles montando a Arete, un caballo tuerto que sabía volar.Archivo/El Universal

  Ficha Técnica
 

Humberto Mariles Cortés
Equitación.
Dos medallas de oro y una de bronce.
Juegos Olímpicos: Londres, 1948
Fecha de nacimiento: 13 de junio de 1913
Lugar de nacimiento: Parral, Chihuahua
Fecha de fallecimiento: 6 de diciembre de 1972, París, Francia
Especialidad: Prueba de salto individual, Salto por equipos y Prueba de los Tres Días.

» El presidente cancela el viaje
» El caballo tuerto
» Y, Arete sabe volar
» ¿Cómo llegó Arete con Mariles?
» ¿Y qué pasó con Resorte?
» Y al fin, los Juegos Olímpicos
» La pérdida de Arete
» Otro desacato al Presidente y el fin

El Presidente cancela el viaje
Finales de febrero de 1948...

Se apresta, el equipo mexicano de equitación, a partir hacia la última gira previa a los Juegos Olímpicos de Londres. Será por pistas europeas.

Pero, sorpresivamente, el teniente coronel Humberto Mariles -al frente del grupo- es requerido por el presidente Miguel Alemán.

Dice éste, con fría voz que hiela la sangre del militar:

-Sabe usted, teniente coronel, que el viaje se cancela”.

Sorprendido por la noticia, visiblemente molesto, pregunta Mariles:

-¿Puedo saber por qué, señor Presidente?”

Responde, lacónico, el mandatario:

-No pueden ganar...

Y se refiere entonces, despectivamente, al tan orgullo de Mariles:

-No pueden ganar con esas carretas de caballos, con ese tuerto...

Se irrita Mariles con el insulto a Arete. Intenta una protesta:

-Con todo respeto, señor Presidente, pero...

Interrumpe, terminante, el hombre del poder:

-¡Es todo, teniente coronel!

Se cuadra el militar y pide permiso para tirarse.

-Adelante.

Mariles ya tiene todo arreglado para el viaje. Ha cubierto los gastos. El equipo reeditado para cada competencia europea incluyendo, por supuesto, la olímpica. Los trailers ya están listos para salir hacia el puerto Galveston. Es, ni más ni menos, la culminación de 12 años de trabajo; el toque final de una larguisima preparación con miras a competir en unos Juegos Olímpicos.

Así que determinado a todo con tal de no fracasar en la empresa, Mariles recurre al expresidente Manuel Avila Camacho, quien le profesa especial afecto, y a quien solicita interceda por él. Telefónicamente, Avila Camacho y Alemán acuerdan encontrase ese fin de semana.

Pero apenas es martes e intuyendo que será muy difícil que el presidente Alemán acceda a la petición que le hará el hombre a quien sucede en el mando del país, toma Mariles una brava decisión: se va. No espera. Pone en orden sus cosas, se reúne con los demás miembros del equipo y les informa lo que ocurre. El grupo se solidariza con él: irán todos, pase lo que pase. Sólo pone Mariles una condición: la responsabilidad será totalmente suya. Si algo sucede, si algo va mal, será sólo él quien pague las consecuencias. El equipo ecuestre mexicano, considerado ya en el medio como una de las posibles sorpresas en Londres, parte a Nueva York y antes de embarcarse hacia Italia, compite en Toronto, gana cinco de seis pruebas y es campeón del concurso Cóndor.

Al llegar a Roma, Mariles es esperado por el embajador Antonio Armendáriz, quien ha reclamado su inmediata presencia. El se reporta al instante. Y entonces, el diplomático tiene que olvidar la vieja amistad que lo une al militar y le informa, con gran pesar:

-Perdóneme, don Humberto, pero mejor regrese a México. Tenemos una orden de aprehensión contra usted. Se le acusa de desacato a la autoridad, peculado, deserción y de otras cosas. Vuelva, se lo suplico.

Responde Mariles, enmarcando sus palabras en una dura sonrisa:

-No, señor embajador; lo siento, pero no regreso. Ya estoy aquí. ¿Cómo hacerlo? Mire, mejor hablamos mañana.

Al día siguiente está programada, en la capital italiana, la importante prueba de fuerza, dentro del tradicional Concorso Ippico Internazionale.

Federico El Pollo Franco, veterinario del equipo, trabaja con ahínco toda esa tarde, toda esa noche, y deja listos para la competencia a aquellos caballos casi muertos por el largo viaje.

Y son a partir de ese primero de mayo, cuatro jornadas de rotundo éxito del equipo mexicano que, finalmente, es recibido por su Santidad el papa Pío XII, el día diez. También él felicita al grupo de caballistas. Los teletipos hacen volar la noticia.

Miguel Alemán va olvidando su enojo.

Más victorias para el equipo, ahora en Suiza y finalmente, la lluvia de medallas en los Juegos Olímpicos londinenses...

Y una singular llamada telefónica para felicitar a Mariles y a su grupo: la que hace, desde México, el presidente Miguel Alemán Valdés.

Una serie de acusaciones ha sido ya retirada.

El caballo tuerto
Humberto Mariles recibió la encomienda de preparar a un equipo ecuestre mexicano con el objetivo de llegar a los Juegos Olímpicos.

Sabía que en en México, calidad suficiente como para competir en los más altos niveles mundiales de la equitación; lo que se requería era de un trabajo muy disciplinado, basado en un exacto programa de actividades y de competencias nacionales e internacionales y por supuesto, de un decidido apoyo financiero, que le fue ofrecido por el Presidente de la República, Lázaro Cárdenas.

Y Mariles se puso a trabajar.

Organizó, en 1938, el primer Gran Concurso Hípico Internacional de México disputado en el estadio Nacional. Y se alzó con la victoria, montando a Diablo.

Y mientras él iniciaba la pesada tarea de conformar un equipo olímpico de equitación, en ese mismo año y allá en un modesto rancho de los Altos de Jalisco, llamado Las Trancas, nacía un potrillo de fina estampa y de ilustres padres desconocidos. Era un alazán tostado que desde el primer día cautivó a sus criadores quienes de inmediato le llamaron Arete, por una hendedura natural en la oreja izquierda.

Los caminos de Humberto Mariles y de Arete se unirían años más tarde... E inscribirían sus nombres, juntos, en la historia del deporte.

En 1939 llegó para Mariles, la primera gran victoria: el equipo mexicano se presentó en el famoso y exigente circuito ecuestre del Madison Square Garden y ganó la copa Bowman, con un primer lugar y dos segundos sitios, compitiendo contra los mejores binomios de Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Francia. Mariles fue la estrella refulgente de ese concurso, a bordo de Lomigamito. James Williams, alcalde de Nueva York, llamó as de ases al militar mexicano.

Al año siguiente, entonces sobre Resorte, Mariles -cuyo compañero fue el teniente Ramiro Rodríguez Palafox- conquistó el triunfo en el importante concurso internacional en Chile.

Mariles y Resorte comenzaban a ganar fama.

Por ese entonces el coronel Rocha Ganbay, comandante del trigésimo regimiento destacado en los Altos de Jalisco, compraba en 400 pesos a aquel alazán tostado y para amansarlo designó a un caballerango de nombre Benito, quien posteriormente trabajó en el Hípico Francés. Arete empezó a ser montado por los oficiales del regimiento. Cuando el general Rocha fue trasladado a Ameca, se llevó con él a su alazán. Meses después, de vuelta en Guadalajara, lo regaló al general Enríquez Guzmán, comandante de la décimoquinta zona militar. Arete fue incorporado al equipo de saltos. Comenzaba a cumplir con su destino.

Las Olimpiadas XII y XIII, correspondientes a los años de 1940 y 1944, cumplen su ciclo sin ser disputadas por la Segunda Guerra Mundial.

Pero, dentro de lo posible, Humberto Mariles y el equipo ecuestre nacional continúan con su preparación.

Y, Arete sabe volar
Arete se vuelve un mito en Jalisco. Su jinete será ahora el capitán Salvador Villalobos quien, incansable, le dedica horas y horas de su tiempo.

Habrá que verlo en México.

Y a México van Arete y Villalobos a participar en 1945, en el campeonato nacional de potencia. Ni quien piense en ellos cuando de analizar posibles triunfadores se trata, porque los favoritos son: el teniente Vicente Mendoza, sobre Húsar; Pablo Jean, con Muchacho, y el teniente Joaquín Solano, quien monta a Valiente.

En los primeros saltos y al llegar la barrera a 1.60 metros, quedan eliminados Mendoza-Húsar y Solano-Valiente. Al 1.75 ya sólo sobreviven Jean-Muchacho y Villalobos-Arete. Los primeros tendrán que conformarse con la medalla de plata, porque no pueden librar el 1.80.

Villalobos y Arete, dueños ya de la de oro, se impulsan hasta saltar 1.85.

Era, el del alazán tostado, un estilo muy peculiar de saltar. Iniciaba con paso casi lento y hasta desgarbado. Pero cuando lo enfilaban hacia la valía, era su cuerpo una brillosa masa de músculos en poderosa acción. Impresionaba su fuerza en el arranque y su ligereza en el galope. Al aproximarse al obstáculo y en contra de toda ortodoxia, Arete frenaba su ritmo avasallador y entonces se elevaba con toda gracia y firmeza en cada uno de sus movimientos.

Doña Alicia Valdez, viuda de Mariles, relata: “Saltando, Arete era todo un poema... Sobre todo -sonríe la dama- cuando uno podía respirar después de verlo frenarse así. En broma le llamábamos El Elevador. Porque subía de repente y de la nada”.

¿Y cómo llegó Arete con Mariles?
En 1947 se desintegró el equipo de saltos de la decimoquinta zona militar. Entonces el general Enríquez vendió a Arete en ocho mil pesos al ingeniero Juan José Barragán, de Guadalajara, quien posteriormente, lo cedió a Casimiro Jean, presidente del Club Hípico Francés.

Mariles y Resorte cierran el año en forma impresionante: vuelven a imponerse en Nueva York y a continuación, ganan cinco de seis pruebas en el Gran Concurso Internacional en Toronto, Canadá.

Un día de enero, ya en 1948, año olímpico y atendiendo a una reiterada invitación hecha por Casimiro Jean, Mariles acude al club Hípico Francés a conocer un alazán tostado, tuerto -por una deficiencia orgánica fue perdiendo poco a poco la vista del ojo izquierdo-y castrado, al que llaman Arete y del que se cuentan grandes historias. Lo monta... y desde ya, comprende que comienza el fin de la carrera de Resorte.

¿Y qué pasó con Resorte?
Mariles, al día en todo lo relativo a su actividad, había jugado con sus adversarios una especie de ajedrez equino en los grandes circuitos: en las primeras competencias, en Nueva York y en México, presentó caballos que se caracterizaban por su precisión en el salto; traducción: caballos lentos; sacrificaba rapidez por seguridad. Los equitadores de otros países respondieron con corceles que cubrían en mucho menos tiempo los recorridos, lo que en ocasiones -sobre todo cuando había empate en faltas- resultaba decisivo. Mariles contratacó con Resorte, que era eso: arrancaba disparos como un resorte. Era, sin duda, uno de los caballos más veloces del mundo, pero había que tener muchísimo cuidado con él en cada salto. Y conforme evolucionaba todo, lo hacía también la equitación: cada día eran más altos los obstáculos. Resorte perdía, pues, mucho terreno. Así que Mariles se encontró de repente y emergida de la nada, con el arma ideal para contrarrestar las nuevas circunstancias: Arete era un caballo acaso no tan rápido como Resorte pero, a cambio, muy potente y gran saltador; un caballo, en síntesis, que ofrecía mucha seguridad en esos tiempos de cambio... Y siendo como era, hombre de rápidas decisiones, Mariles tomó una al instante: sería Arete su nueva cabalgadura.

Y a partir de ese mismo momento, está sobre él, corrigiendo sus defectos, mejorando sus aptitudes; haciendo de él, en síntesis, un caballo de competencia olímpica. A sólo siete meses...

Poco después el militar revela, en una charla informal con varios reporteros que

-¡oh, sorpresa!- Resorte no irá a Europa, que su lugar será ocupado por Arete y que será éste el corcel con el que participe en los Juegos Olímpicos.

Ya.

Dos destinos son unidos.

Sólo la muerte, como en el matrimonio, separará a Mariles y a Arete.

Y al fin, los Juegos Olímpicos
Todo comenzó el 8 de agosto. Mariles, Raúl Campero y Joaquín Solano Chagoya dieron la primera gran sorpresa de los Juegos al conquistar -por equipos- la medalla de bronce en la prueba de los Tres días.

Fueron superados únicamente por Estados Unidos y Suecia.

Primera gran emoción. Primer ascenso al podio. Primera gran felicidad. Nuestra bandera ondeando en cielo londinense.

Pero faltaba lo mejor. Eso vendría seis días después: el 14 de agosto.

Agonizan los Juegos. La gente acude, emocionada y ya nostálgica, al adiós. Verá la ceremonia de clausura pero más que nada, público amante de las competencias ecuestres, presenciará la prueba final de la Olimpiada: el tradicional Gran Premio de las Naciones.

Serán premiados los tres primeros equitadores.

Serán premiados, también, los tres primeros equipos.

Ya han hecho su recorrido 43 de los 44 competidores. Han terminado únicamente 20.

Aires de triunfo soplan en el campamento mexicano: Rubén Unza está empatado con el militar francés Jean F. D'Orgeix y con el estadunidense Franklin Wing, en primer lugar de la clasificación individual, con sólo 8 faltas. Pase lo que pase, tendrá que ir a una ronda de desempate. Pero nada arrebatará a México una medalla. Por equipos, la situación es mucho más cómoda: Alberto Valdés ha cometido 20 faltas, así que la escuadra nacional acumula apenas 28 y está al frente, con una amplia ventaja: ya los caballistas españoles han terminado su actuación y suman 56.5 puntos. Solamente una muy irregular actuación de ese jinete que tan bien luce sobre el alazán tostado y que se apresta ya a iniciar su recorrido, puede poner en peligro la medalla de oro...

Sólo que ese jinete, el deportista que pondrá fin a la primera epopeya olímpica de la posguerra, se llama Humberto Mariles. Y el alazán tuerto se llama Arete.

Y allá parten, envuelto el estadio todo en un silencio sepulcral. La expectación es grande.

Ochenta mil pares de ojos siguen, al detalle, cada uno de los movimientos de jinete y cabalgadura.

Es cadencioso el ritmo del binomio. Elegante el trote del caballo y firme su arremetida contra las barreras. Van quedando atrás, saltados limpiamente, cada uno de los obstáculos.

Y ya. Ya el hombre y la noble bestia se aproximan a la peligrosa ría, donde han muerto las esperanzas de muchos. Ría que parece un abismo. A ella sucede el salto final, que tendrá que ser un vuelo, si se quiere librar ese impresionante muro de ladrillos. Mariles llega sin haber cometido falta alguna.

El militar espolea a Arete, quien acelera poderosamente.

Narraría Bob Concidini, de la International New Service, en una crónica publicada al día siguiente en diferentes diarios mexicanos:

De pronto, un alarido de desencanto se escuchó a varias leguas de distancia, cuando Mariles y Arete no consiguieron salvar la traicionera ría y cayeron al agua justo en medio del foso de 4.5 metros de longitud. Pero Mariles no se inmutó, siguió adelante y materialmente, Arete voló sobre aquel muro... Al cruzarlo y correr hacia la recta final, otro grito de júbilo afloró de los pechos de esa muchedumbre.

¡Victoria!

Humberto Mariles: campeón olímpico con apenas 6 1/4 puntos: fue penalizado con 4 por aquella caída en la ría, y con 2.25 por excederse en el tiempo de recorrido.

El equipo mexicano: campeón olímpico, con 34 1/4 faltas, seguido de España con 56.5 y de Inglaterra, con 67.

Rubén Unza se impuso en la ronda de desempate y para él fue la medalla de plata. La de bronce, para el francés D'Orgeix.

¡Era para México la premiación entera!

La primera medalla olímpica de oro, para nuestro país, había llegado en pareja. Los colores verde, blanco y rojo se perfilaron nuevamente sobre el límpido cielo londinense: tres veces fue izada nuestra bandera nacional; dos de ellas, hasta lo más alto. Y las notas de nuestro Himno Nacional hendieron los aires en dos ocasiones.

Al concluir la prueba Mariles se apeó de Arete, le besó y fue al encuentro, jubiloso, con sus compañeros de equipo. Gritaba:

¡Nunca más volveré a vivir dos minutos como esos!... ¡Me parecieron todo un año!

La gente invadió el pasto sagrado de Wembley para vitorear al campeón, para estar cerca de él, para escucharlo hablar. Él decía a los reporteros:

-Me siento muy feliz, no tanto por mí mismo sino por mi patria. Sabía que la victoria individual y por equipos estaban hoy en juego.

La pérdida de Arete
Los restos de Arete reposan en uno de los jardines del Centro Deportivo Olímpico Mexicano

Doña Alicia:

“Para el general fue un golpe tremendo. Era enorme su cariño por Arete. Resintió su pérdida como se resiente la pérdida de un familiar cercano. Y si alguien me lo preguntase, diría que nunca pudo sobreponerse a ella...” Simplemente porque jamás encontró otro caballo como Arete. Y sin Arete afrontaría Mariles su siguiente compromiso olímpico.

Pero no hubo suerte. Una decisión controvertida lo dejó sin posibilidad de medalla en el último salto.

Otro desacato al Presidente y el fin
Mariles intentó el resurgimiento.

Pero no seria posible:

Atareado como estaba en aquella época de entrega del poder, Miguel Alemán Valdés no tenía tiempo para escuchar los nuevos proyectos del general Mariles. Habría que esperar, pues, al cambio de gobierno. Las esperanzas se cifraron entonces en la actitud del presidente entrante, Adolfo Ruiz Cortines, respecto a la equitación.

Virginia Mariles, hija del general, afirma que un problema entre su padre y Ruiz Cortines derivaría en una consigna para desacreditar al caballista y para acabar con la equitación en México.

Humberto Mariles fue el designado para entregar la Residencia Oficial de Los Pinos a quien sería su nuevo huésped tras Miguel Alemán.

En Los Pinos estaban Uruchurtu, Ruiz Cortines y López Mateos, con gente del Estado Mayor. Alguien comentó que faltaban varias cosas: desmantelaron todo. "Se llevaron hasta los candiles". Esto despertó la ira de Mariles quien de por si era un hombre violento. Humberto se volteó y les gritó: "¿Cómo, sinvergúenzas? ¡No!... ¿Por un candil? ¡Qué importancia tiene un candil!... El que muerde la mano al que le dio todo ¡ese sí que es un traidor! ¡Ese sí es un ser despreciable!..."

Uruchurtu se violentó e instó a Ruiz Cortines: ¡Señor Presidente, usted es jefe nato de las fuerzas armadas. "¡Consigne a este majadero!". López Mateos lo observó todo en silencio. El viejito Ruiz Cortines se concretó a esbozar una leve sonrisa taimada y dijo: "Esperemos, esperemos"... ¡Supo esperar! Pero escogió la peor forma de vengarse. Indiscutiblemente, el general Mariles cometió una falta de respeto al Presidente, que incluso se castiga en el Código Militar.

La sanción pudo ser de mil maneras pero Ruiz Cortines eligió destruir al mejor equipo ecuestre del mundo, a Mariles y a la institución que tanto prestigio dio y que tanto costó al país: la escuela ecuestre.

Aquella recordada escuela de equitación estaba ubicada en los terrenos que ahora ocupa el Centro Deportivo Olímpico Mexicano.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
 

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