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“Solamente salí a intentar lo casi imposible. Sé que no soy un noqueador, pero tal vez hubiera podido ser.... Hoy era un boxeador de una sola mano”. |
| Seúl |
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| Mario González
Lugo |
| Bronce en Boxeo / 48 a 51
kg. |
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Seúl, Corea del Sur
29 de septiembre de 1988
Mañana del 2 de octubre
de 1988. Seúl: capital sudcoreana, capital olímpica.
Hoy morirá otro ciclo olímpico.
Muchos atletas deambulan sin expresión por la Villa
Olímpica. Sólo esperan el momento del adiós.
Otros se aprestan, nerviosos, a hacer frente al compromiso
final. Es Mario uno de ellos.
Mario:
“Ya había asimilado mi realidad: aquella lesión
en el hombro me había impedido llegar a más
y me encontraba satisfecho con mi medalla de bronce”.
A las 8:30 sube al autobús y parte rumbo a la arena.
A las 10:25, ya uniformado de blanco cruza el pequeño
pasillo que comunica los vestidores con el cuadrilátero
de la arena Chanishil. A las 10:26 sube al podio. A las 10:29
son izadas lentamente cuatro banderas. Debajo de la coreana,
la de Alemania Democrática después, a un mismo
nivel, la de México y la de la URSS.
Mario: “Ha sido el momento más emotivo de mi
vida.”
Con carencias, pero felices
Mario González Lugo nació en Puebla el 13 de
agosto de 1969. Es el segundo de ocho hermanos -Ulises, Martha,
Víctor, Francisco, Maximino, Xóchitl y Penélope-,
Sus padres Guillermo González y Zenaida Lugo.
El trabajo de don Guillermo, por supuesto, no satisfacía
completamente las necesidades su gran familia.
Mario: “No era sino obvio que enfrentásemos problemas
económicos que, sin embargo, no hacían mella
en nuestro ánimo. Dentro de nuestras carencias, éramos
muy felices”.
A pesar de eso, el boxeo nunca me atrajo como deporte. Me
gustaba el futbol. Pero...
Llegaron los guantes de vinil; aquellos combates con su hermano
y fueron más frecuentes los pleitos en la calle y acabó
la primaria. A los 11 años, ya en la secundaria, la
invitación de su padre:
“He notado que tienes facultades para el pugilismo,
hijo. . . ¿Por qué no lo aprendes? ¿Por
qué no vienes conmigo al gimnasio?”
Mario: “Y me decidí... Ya me tenían harto
los comentarios de mis amigos de que yo parecía boxeador.
"Ahora sí voy a serio”.
Eso sucedió en 1981. Todas las tardes, al salir de
la secundaria, se iba directo al gimnasio. Compitió
en varios torneos infantiles hasta que en 1984, su padre lo
inscribió en el torneo local de los Guantes de Oro.
Mario compitió en peso paja. Sostuvo cinco peleas,
las ganó todas y conquistó el primer lugar.
Mario: “Eso me animaba a seguir. Pero de repente llegaron
los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y cambiaron
mi perspectiva”.
Mario fue campeón de
los Guantes de Oro en Puebla, durante tres años consecutivos,
los dos últimos ya como peso mosca y esos triunfos
fueron su carta de presentación ante Raúl Ratón
Macías, en ese entonces presidente de la Federación
Mexicana de Boxeo Amateur, quien aceptó que el boxeador
poblano -de apenas 16 años de edad- ingresara al Centro
Deportivo Olímpico Mexicano. Eran los primeros meses
de 1985.
“Cinco meses después, fui seleccionado para participar
en el torneo Batalla de Carabobo, en Venezuela. Llegué
a la final de ese certamen en la que perdí ante el
experimentado venezolano David Grimann, segundo mosca en las
clasificaciones mundiales. Yo sangraba profusamente de la
nariz y el réferi detuvo el combate en el tercer round.
Es mi única derrota antes del límite.”
La carrera de González fue en ascenso. Y así,
en 1987 participó en el importante torneo Química
Halle, en la RDA; en el Centroamericano y del Caribe, en Costa
Rica; en el Batalla de Carabobo, en Venezuela; en el Internacional,
en Colombia; el Simón Bolívar, en Venezuela
y el Guantes de Oro, en Guatemala.
Llegó, por fin, 1988. El año olímpico.
El año de Seúl.
Recuerda: “Gané oro en el torneo MVR, plata en
Colombia, bronce en el Batalla de Carabobo y en el Simón
Bolívar y oro en un certamen en Cuba, después
de vencer a cinco peleadores locales. Este fue, en mi opinión,
el mejor”.
Cuando trepó al avión que lo conduciría
a Corea, su récord señalaba: 70 peleas, 61 victorias
-25 por nocaut- y 9 derrotas.
Por fin, un boxeador
Vicente Borrego Torres ?de profundas raíces en el boxeo
de paga- preparó a un espléndido equipo para
los Juegos Olímpicos de Seúl. Los peleadores
mexicanos integraban un grupo muy compacto de jóvenes
con similares características: buen boxeo, agresividad
y solidez en los puños, pero con una gran agravante:
de hecho, no practicaban el pugilismo de aficionados, sino
el profesional.
Lejos de la rapidez de brazos y piernas que
debe poseer un peleador aficionado, ellos preferían
atacar a base de pasos firmes y lanzar pocos golpes, buscando
más la contundencia que la cantidad.
Así a cambio de una espectacular victoria inicial -el
peso gallo José de Jesús García noqueó
en un round- que hizo concebir fugaces esperanzas, antes de
que Mario debutara en el torneo ya habían sido eliminados
tres peleadores mexicanos: el pluma Miguel Ángel González,
el ligero Guillermo Tamez y el medio Martín Amarillas.
No era extraño: habían sido superados por auténticos
boxeadores amateurs.
En tal virtud, la presencia de Mario fue un paliativo.
Y, al combate…
Al fin, sobre el ring,
pudo observarse en acción a un peleador mexicano que
conservaba el más puro estilo de aficionados.
El primero en comprenderlo fue Teboho Mathibeli, de Lesotho.
Esa noche del 21 de septiembre Mario dictó su primera
cátedra boxística. Sufrió serios, avisos,
como un violento cruzado de derecha, el primer asalto y un
gancho izquierdo en el segundo, pero fue todo. Manejó
admirablemente la distancia e hizo fallar a su rival una gran
cantidad de golpes para conectarlo limpiamente en el contraataque.
Pegar y salir, Mathibeli fue víctima de una pertinaz
llovizna de cuero sobre su rostro de ébano.
Ninguna duda: el triunfo del mexicano por puntuación
de 5-0.
No lo sabría Mario, pero la fecha de aquel, su segundo
combate olímpico -domingo 25- haría historia
en su vida: los resultados de las peleas de esa tarde le llevarían
a la conquista de la medalla de bronce y a la vez, le impedirían
colmar un anhelo más caro: llegar a la final del torneo.
La pelea que le dio la medalla
Historia de unas horas
y su gran trascendencia, que tendrá que ser contada
en breves capítulos.
“Nosotros -dice Mario- teníamos bien estudiado
al indio. Durante dos horas vimos el video tape de su pelea
anterior y decidimos cambiar de estilo; de otra manera no
hubiera habido pelea, porque los dos practicamos el boxeo
sobre piernas y a la expectativa”.
Y ahí radicó el éxito del poblano. De
ser un púgil que basa su accionar en el boxeo defensivo,
pasó a asumir una ofensiva total. Y entonces mostró
otra interesante faceta: su habilidad para el ataque.
En un
principio el cambio pareció afectarle. Fue con más
precipitación que inteligencia sobre el indio. Le cortó
todos los espacios. Se metió en su guardia, aunque
perdió muchos disparos por no manejar con serenidad
las distancias. Y Pingale, con el compás de las piernas
bien abierto, listo para golpear y salir, aprovechó
las embestidas del mexicano y conectó buenos impactos
al contragolpe. Especialmente con la izquierda: un opercot
y un gancho dieron de lleno en el rostro de González,
pero no hicieron efecto. El mexicano insistió en su
acoso y cuando el réferi Roderick Robertson, de Gran
Bretaña, lo amonestó por golpear -según
él- demasiado bajo, cambió el rumbo de sus disparos
e hizo blanco, espectacularmente, en la cabeza de su rival.
Lo hizo Mario. No obstante que mantuvo en todo momento la
ofensiva, logró un combate espléndido... Ahora
va al ataque, sí, pero finta la entrada, espera el
counter de Pingale y entonces contragolpea. La izquierda va
arriba y abajo. La derecha por fuera, corta la salida del
indio, que va de esquina a esquina y no sabe qué hacer:
sus golpes se pierden en el aire y los de su enemigo le laceran
el rostro. González redobla su ritmo de combate. Pingale
se estremece una y otra vez.
Parece que cae...
No sucede así. Llega de pie al final, pero no podrá
evitar la derrota.
-La medalla, Mario...
-Sí, caray.. . Siento que ya la tengo en la bolsa.
Ojalá...
De hecho la tiene.
Porque, mientras Mario conversa con los reporteros, el ghanés
Alfred Kotey -primo de aquel David Kotey que se coronó
campeón mundial pluma al vencer a lo que quedaba del
inolvidable Rubén Olivares- enfrenta a Benjamín
Nvangata, de Tanzania. Lo vence por puntos, pero baja del
ring con un parche que le cubre parte del pómulo izquierdo.
Y después, el hombro destrozado
Está herido. ¿Podrá
pelear?... Es el enemigo que separa a Mario de una medalla.
Pero surge otra pregunta que inquieta ¿podrá
pelear González? Pocos se han dado cuenta, pero Mario
mueve nerviosamente:el hombro izquierdo.
En el tercer asalto de aquel duelo contra Pingale, el mexicano
Y el indio fallaron al disparar simultáneos ganchos
derechos. Ambos se golpearon el hombro izquierdo. ¿Habrá
tenido alguna consecuencia el que recibió Pingale?
Sólo él lo sabrá. Lo que no supo jamás
fue el daño que su fallido golpe causó: Rafael
Ornelas, el doctor del equipo mexicano de boxeo, toma unas
radiografías del hombro izquierdo de Mario. Su diagnóstico:
-Esguince en las articulaciones, con ruptura total de ligamentos.
Lesión que tarda en sanar 30 días. Que nadie
lo sepa.
Martes 27 de septiembre.
Durante la ceremonia del pesaje, el esparadrapo permanecía
en el pómulo izquierdo de Kotey. Pero ahora escondía
una sutura. Por la tarde había aumentado la presión.
Cuando los dos grupos se encontraron en el pasillo rumbo a
los vestidores el rostro de Kotey era oculto por una toalla
y por el otro lado nadie hablaba de la lesión de Mario
en el hombro. Hasta que surgió lo inevitable: ya hacia
el cuadrilátero la cara del ghanés se abatió.
El rival es descalificado
Los africanos sabían perdida la causa, porque la sutura
estaba la vista y los reglamentos de la Asociación
Internacional de Boxeo Amateur impide que un peleador suba
al ring en esas condiciones. La delegación mexicana
protesta, la africana intenta lo imposible y la AIBA toma
una rápida decisión: Kotev es descalificado.
Mario desciende del ring con una tranquila sonrisa.
Jueves 29 de septiembre.
Pelea de semifinales: Mario González, de México,
contra Andreas Tews, de la República Democrática
Alemana.
Sube al ring con una sola mano
Todavía esta tarde,
a las 19 horas, hubo una última reunión en la
Villa Olímpica. El doctor Ortielas preguntó
a Mario González si quería pelear a pesar de
esa lesión en el hombro izquierdo.
El entrenador Vicente Borrego Torres le pidió que no
lo hiciera.
Pero Mario reflexionó: “Si he de perder, que
sea en el ring”.
Así fue. Así sucedió.
Dice Mario: “Solamente salí a intentar lo casi
imposible. Sé que no soy un noqueador, pero tal vez
hubiera podido ser.... Hoy era un boxeador de una sola mano”.
El rumbo de la pelea quedó claramente marcado desde
el primer instante: Tews, rubio y espigado se adueña
de la distancia, estableciéndola con un jab de izquierda
preciso y constante. Mario va al acoso, pero no puede entrar.
Quienes no sepan lo que sucede, verán en el peleador
mexicano a uno muy distinto de aquel que venció a Pingale:
va bien en sus movimientos de piernas, pero no tiene velocidad
ni puntería y mucho menos, fuerza en los puños.
Así que Tews maneja tranquilamente el combate, La pelea
será una copia en cada uno de los tres asaltos.
Al empezar el tercer round, escribe el cronista:
A tres minutos de un imposible. Lo fue.
En el vestidor suda el pequeño poblano, intensamente.
Una toalla le cubre la cabeza. Está compungido.
“Tengo el consuelo de que hice lo necesario”.
Llega el 2 de octubre. la premiación, el final; muere
otro ciclo olímpico.
Mario: “Tengo veinte años y dos objetivos: finalizar
mis estudios de secundaria, los que interrumpí por
seguir adelante en el boxeo y prepararme intensamente para
representar a mi país en Barcelona 1992. Sé
que puedo lograr una medalla más importante”.
Mario sólo pudo cumplir su primer objetivo.
Tuvo el apoyo económico para proseguir su carrera deportiva
como miembro de la Asociación Mexicana de Medallistas
Olímpicos, así como de Proexcelencia Deportiva
y la Comisión Nacional del Deporte; sin embargo, en
el ciclo olímpico hacia Barcelona se topó con
rivales de mayor pegada y quedó fuera de la justa catalana,
con lo cual prácticamente se retiró del boxeo.
Fragmentos
de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos,
editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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