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“Solamente salí a intentar lo casi imposible. Sé que no soy un noqueador, pero tal vez hubiera podido ser.... Hoy era un boxeador de una sola mano”.
Seúl
 

Jesús Mena Campos

     

Mario González Lugo

Bronce en Boxeo / 48 a 51 kg.

El coreano Kim Kwang-Sun, en lo alto del podio. El alemán Andreas Tews (izq.), el mexicano Mario González (der), junto al soviético Timofey Skryabin.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
  Ficha Técnica
 

Mario González Lugo
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos Seúl, 1988
Fecha de nacimiento: 15 de agosto de 1969
Lugar de nacimiento: México D.F.
Categoría de 48 a 51 kg.

» Con carencias, pero felices
» Por fin, un boxeador
» Y, al combate…
» La pelea que le dio la medalla
» Y después, el hombro destrozado
» El rival es descalificado
» Sube al ring con una sola mano

Seúl, Corea del Sur
29 de septiembre de 1988

Mañana del 2 de octubre de 1988. Seúl: capital sudcoreana, capital olímpica. Hoy morirá otro ciclo olímpico.

Muchos atletas deambulan sin expresión por la Villa Olímpica. Sólo esperan el momento del adiós. Otros se aprestan, nerviosos, a hacer frente al compromiso final. Es Mario uno de ellos.

Mario:

“Ya había asimilado mi realidad: aquella lesión en el hombro me había impedido llegar a más y me encontraba satisfecho con mi medalla de bronce”.

A las 8:30 sube al autobús y parte rumbo a la arena. A las 10:25, ya uniformado de blanco cruza el pequeño pasillo que comunica los vestidores con el cuadrilátero de la arena Chanishil. A las 10:26 sube al podio. A las 10:29 son izadas lentamente cuatro banderas. Debajo de la coreana, la de Alemania Democrática después, a un mismo nivel, la de México y la de la URSS.

Mario: “Ha sido el momento más emotivo de mi vida.”

Con carencias, pero felices
Mario González Lugo nació en Puebla el 13 de agosto de 1969. Es el segundo de ocho hermanos -Ulises, Martha, Víctor, Francisco, Maximino, Xóchitl y Penélope-, Sus padres Guillermo González y Zenaida Lugo.

El trabajo de don Guillermo, por supuesto, no satisfacía completamente las necesidades su gran familia.

Mario: “No era sino obvio que enfrentásemos problemas económicos que, sin embargo, no hacían mella en nuestro ánimo. Dentro de nuestras carencias, éramos muy felices”.

A pesar de eso, el boxeo nunca me atrajo como deporte. Me gustaba el futbol. Pero...

Llegaron los guantes de vinil; aquellos combates con su hermano y fueron más frecuentes los pleitos en la calle y acabó la primaria. A los 11 años, ya en la secundaria, la invitación de su padre:

“He notado que tienes facultades para el pugilismo, hijo. . . ¿Por qué no lo aprendes? ¿Por qué no vienes conmigo al gimnasio?”

Mario: “Y me decidí... Ya me tenían harto los comentarios de mis amigos de que yo parecía boxeador. "Ahora sí voy a serio”.

Eso sucedió en 1981. Todas las tardes, al salir de la secundaria, se iba directo al gimnasio. Compitió en varios torneos infantiles hasta que en 1984, su padre lo inscribió en el torneo local de los Guantes de Oro. Mario compitió en peso paja. Sostuvo cinco peleas, las ganó todas y conquistó el primer lugar.

Mario: “Eso me animaba a seguir. Pero de repente llegaron los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y cambiaron mi perspectiva”.

Mario fue campeón de los Guantes de Oro en Puebla, durante tres años consecutivos, los dos últimos ya como peso mosca y esos triunfos fueron su carta de presentación ante Raúl Ratón Macías, en ese entonces presidente de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur, quien aceptó que el boxeador poblano -de apenas 16 años de edad- ingresara al Centro Deportivo Olímpico Mexicano. Eran los primeros meses de 1985.

“Cinco meses después, fui seleccionado para participar en el torneo Batalla de Carabobo, en Venezuela. Llegué a la final de ese certamen en la que perdí ante el experimentado venezolano David Grimann, segundo mosca en las clasificaciones mundiales. Yo sangraba profusamente de la nariz y el réferi detuvo el combate en el tercer round. Es mi única derrota antes del límite.”

La carrera de González fue en ascenso. Y así, en 1987 participó en el importante torneo Química Halle, en la RDA; en el Centroamericano y del Caribe, en Costa Rica; en el Batalla de Carabobo, en Venezuela; en el Internacional, en Colombia; el Simón Bolívar, en Venezuela y el Guantes de Oro, en Guatemala.

Llegó, por fin, 1988. El año olímpico. El año de Seúl.

Recuerda: “Gané oro en el torneo MVR, plata en Colombia, bronce en el Batalla de Carabobo y en el Simón Bolívar y oro en un certamen en Cuba, después de vencer a cinco peleadores locales. Este fue, en mi opinión, el mejor”.

Cuando trepó al avión que lo conduciría a Corea, su récord señalaba: 70 peleas, 61 victorias ­-25 por nocaut- y 9 derrotas.

Por fin, un boxeador
Vicente Borrego Torres ?de profundas raíces en el boxeo de paga- preparó a un espléndido equipo para los Juegos Olímpicos de Seúl. Los peleadores mexicanos integraban un grupo muy compacto de jóvenes con similares características: buen boxeo, agresividad y solidez en los puños, pero con una gran agravante: de hecho, no practicaban el pugilismo de aficionados, sino el profesional.

Lejos de la rapidez de brazos y piernas que debe poseer un peleador aficionado, ellos preferían atacar a base de pasos firmes y lanzar pocos golpes, buscando más la contundencia que la cantidad.

Así a cambio de una espectacular victoria inicial -el peso gallo José de Jesús García noqueó en un round- que hizo concebir fugaces esperanzas, antes de que Mario debutara en el torneo ya habían sido eliminados tres peleadores mexicanos: el pluma Miguel Ángel González, el ligero Guillermo Tamez y el medio Martín Amarillas. No era extraño: habían sido superados por auténticos boxeadores amateurs.

En tal virtud, la presencia de Mario fue un paliativo.

Y, al combate…
Al fin, sobre el ring, pudo observarse en acción a un peleador mexicano que conservaba el más puro estilo de aficionados.

El primero en comprenderlo fue Teboho Mathibeli, de Lesotho.

Esa noche del 21 de septiembre Mario dictó su primera cátedra boxística. Sufrió serios, avisos, como un violento cruzado de derecha, el primer asalto y un gancho izquierdo en el segundo, pero fue todo. Manejó admirablemente la distancia e hizo fallar a su rival una gran cantidad de golpes para conectarlo limpiamente en el contraataque. Pegar y salir, Mathibeli fue víctima de una pertinaz llovizna de cuero sobre su rostro de ébano.

Ninguna duda: el triunfo del mexicano por puntuación de 5-0.

No lo sabría Mario, pero la fecha de aquel, su segundo combate olímpico -domingo 25- haría historia en su vida: los resultados de las peleas de esa tarde le llevarían a la conquista de la medalla de bronce y a la vez, le impedirían colmar un anhelo más caro: llegar a la final del torneo.

La pelea que le dio la medalla
Historia de unas horas y su gran trascendencia, que tendrá que ser contada en breves capítulos.
“Nosotros -dice Mario- teníamos bien estudiado al indio. Durante dos horas vimos el video tape de su pelea anterior y decidimos cambiar de estilo; de otra manera no hubiera habido pelea, porque los dos practicamos el boxeo sobre piernas y a la expectativa”.

Y ahí radicó el éxito del poblano. De ser un púgil que basa su accionar en el boxeo defensivo, pasó a asumir una ofensiva total. Y entonces mostró otra interesante faceta: su habilidad para el ataque.
En un principio el cambio pareció afectarle. Fue con más precipitación que inteligencia sobre el indio. Le cortó todos los espacios. Se metió en su guardia, aunque perdió muchos disparos por no manejar con serenidad las distancias. Y Pingale, con el compás de las piernas bien abierto, listo para golpear y salir, aprovechó las embestidas del mexicano y conectó buenos impactos al contragolpe. Especialmente con la izquierda: un opercot y un gancho dieron de lleno en el rostro de González, pero no hicieron efecto. El mexicano insistió en su acoso y cuando el réferi Roderick Robertson, de Gran Bretaña, lo amonestó por golpear -según él- demasiado bajo, cambió el rumbo de sus disparos e hizo blanco, espectacularmente, en la cabeza de su rival.

Lo hizo Mario. No obstante que mantuvo en todo momento la ofensiva, logró un combate espléndido... Ahora va al ataque, sí, pero finta la entrada, espera el counter de Pingale y entonces contragolpea. La izquierda va arriba y abajo. La derecha por fuera, corta la salida del indio, que va de esquina a esquina y no sabe qué hacer: sus golpes se pierden en el aire y los de su enemigo le laceran el rostro. González redobla su ritmo de combate. Pingale se estremece una y otra vez.

Parece que cae...

No sucede así. Llega de pie al final, pero no podrá evitar la derrota.

-La medalla, Mario...

-Sí, caray.. . Siento que ya la tengo en la bolsa. Ojalá...

De hecho la tiene.

Porque, mientras Mario conversa con los reporteros, el ghanés Alfred Kotey -primo de aquel David Kotey que se coronó campeón mundial pluma al vencer a lo que quedaba del inolvidable Rubén Olivares- enfrenta a Benjamín Nvangata, de Tanzania. Lo vence por puntos, pero baja del ring con un parche que le cubre parte del pómulo izquierdo.

Y después, el hombro destrozado
Está herido. ¿Podrá pelear?... Es el enemigo que separa a Mario de una medalla.
Pero surge otra pregunta que inquieta ¿podrá pelear González? Pocos se han dado cuenta, pero Mario mueve nerviosamente:el hombro izquierdo.

En el tercer asalto de aquel duelo contra Pingale, el mexicano Y el indio fallaron al disparar simultáneos ganchos derechos. Ambos se golpearon el hombro izquierdo. ¿Habrá tenido alguna consecuencia el que recibió Pingale? Sólo él lo sabrá. Lo que no supo jamás fue el daño que su fallido golpe causó: Rafael Ornelas, el doctor del equipo mexicano de boxeo, toma unas radiografías del hombro izquierdo de Mario. Su diagnóstico:

-Esguince en las articulaciones, con ruptura total de ligamentos. Lesión que tarda en sanar 30 días. Que nadie lo sepa.

Martes 27 de septiembre.

Durante la ceremonia del pesaje, el esparadrapo permanecía en el pómulo izquierdo de Kotey. Pero ahora escondía una sutura. Por la tarde había aumentado la presión.

Cuando los dos grupos se encontraron en el pasillo rumbo a los vestidores el rostro de Kotey era oculto por una toalla y por el otro lado nadie hablaba de la lesión de Mario en el hombro. Hasta que surgió lo inevitable: ya hacia el cuadrilátero la cara del ghanés se abatió.

El rival es descalificado
Los africanos sabían perdida la causa, porque la sutura estaba la vista y los reglamentos de la Asociación Internacional de Boxeo Amateur impide que un peleador suba al ring en esas condiciones. La delegación mexicana protesta, la africana intenta lo imposible y la AIBA toma una rápida decisión: Kotev es descalificado.

Mario desciende del ring con una tranquila sonrisa.

Jueves 29 de septiembre.

Pelea de semifinales: Mario González, de México, contra Andreas Tews, de la República Democrática Alemana.

Sube al ring con una sola mano
Todavía esta tarde, a las 19 horas, hubo una última reunión en la Villa Olímpica. El doctor Ortielas preguntó a Mario González si quería pelear a pesar de esa lesión en el hombro izquierdo.
El entrenador Vicente Borrego Torres le pidió que no lo hiciera.

Pero Mario reflexionó: “Si he de perder, que sea en el ring”.

Así fue. Así sucedió.

Dice Mario: “Solamente salí a intentar lo casi imposible. Sé que no soy un noqueador, pero tal vez hubiera podido ser.... Hoy era un boxeador de una sola mano”.

El rumbo de la pelea quedó claramente marcado desde el primer instante: Tews, rubio y espigado se adueña de la distancia, estableciéndola con un jab de izquierda preciso y constante. Mario va al acoso, pero no puede entrar.

Quienes no sepan lo que sucede, verán en el peleador mexicano a uno muy distinto de aquel que venció a Pingale: va bien en sus movimientos de piernas, pero no tiene velocidad ni puntería y mucho menos, fuerza en los puños. Así que Tews maneja tranquilamente el combate, La pelea será una copia en cada uno de los tres asaltos.

Al empezar el tercer round, escribe el cronista:

A tres minutos de un imposible. Lo fue.

En el vestidor suda el pequeño poblano, intensamente. Una toalla le cubre la cabeza. Está compungido.

“Tengo el consuelo de que hice lo necesario”.

Llega el 2 de octubre. la premiación, el final; muere otro ciclo olímpico.

Mario: “Tengo veinte años y dos objetivos: finalizar mis estudios de secundaria, los que interrumpí por seguir adelante en el boxeo y prepararme intensamente para representar a mi país en Barcelona 1992. Sé que puedo lograr una medalla más importante”.

Mario sólo pudo cumplir su primer objetivo.

Tuvo el apoyo económico para proseguir su carrera deportiva como miembro de la Asociación Mexicana de Medallistas Olímpicos, así como de Proexcelencia Deportiva y la Comisión Nacional del Deporte; sin embargo, en el ciclo olímpico hacia Barcelona se topó con rivales de mayor pegada y quedó fuera de la justa catalana, con lo cual prácticamente se retiró del boxeo.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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