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Una profunda tristeza se apoderó entonces de Héctor López, quien bajó con lentitud del cuadrilátero, conteniendo toda la rabia de lo que consideraba una injusticia. |
| Los Angeles |
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Héctor López
Colín
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Plata en Boxeo / De 51 a 54 kg |
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El
mexicano Héctor López conecta
al canadiense Dale Walters, al que derrotó
para meterse en la final.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Héctor
López Colín
Boxeador
Medalla de plata
Fecha de nacimiento: 1 de febrero de 1967
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Categoría: de 51 a 54 kg.
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Los Ángeles,
Estados Unidos
11 de agosto de 1984
Desde hace 10 años vive en Glendale, suburbio de Los
Ángeles, aquí, donde en tres meses se disputarán
los Juegos de la XXIII Olimpiada.
Es, sin duda, el mejor peso gallo en Estados Unidos. Este peleador,
a quien apodan ‘El Huracán’, se llama Héctor
López y es mexicano.
José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial
de Boxeo (CMB), es admirador del púgil. Es tanto su
fervor, que habla de él con Raúl Ratón
Macías, presidente de la Federación Mexicana
de Boxeo Amateur.
—Espera, espera un momento... ¿Héctor
López, dijiste?
—Así es...
Revisa El Ratón un calendario.
—¡Aquí está! A finales de mes tenemos
un dual meet contra una selección de California, en
Santa Ana. Y ese muchacho del que hablas va a pelear contra
Édgar García, nuestro preseleccionado olímpico
en peso gallo. ¿Qué mejor oportunidad para verlo
en acción?
Al día siguiente, Macías informa que Héctor
está dispuesto a representar a México en la
Olimpiada si vence a Édgar García, campeón
nacional gallo.
Con una sola pelea se ganó
su lugar
Santa Ana, California. Dual meet: preselección nacional
mexicana contra selección californiana.
Peso gallo: Édgar García, por México;
Héctor López, de California.
Nocaut en 45 segundos: Édgar García cae.
Al día siguiente, Raúl Macías informa
que Héctor López ha sido invitado a formar parte
de la preselección mexicana.
Pero la noticia causa controversia.
—¿Cómo es posible? —preguntan funcionarios
del deporte —que con sólo una pelea, Héctor
haya ganado la oportunidad por la que han luchado decenas
de boxeadores.
La controversia finaliza con un acuerdo: habrá revancha
entre García y López —porque, además,
Édgar alega que el réferi se precipitó
en Santa Ana—. El ganador será seleccionado.
Se programa la pelea y Héctor López vuelve a
ganar
El inicio del sueño olímpico
Ya en 1980 y ante la celebración
de los Juegos Olímpicos de Moscú, Héctor
empezó a pensar en llegar al máximo acontecimiento
deportivo y se trazó una meta: competir en la Olimpiada:
—Y muy dentro de mí sentía el anhelo de
pelear en Los Ángeles, pero representando a mi país:
México.
—Me había entusiasmado al ver pelear a Carlos
Zárate, a Sugar Ray Leonard y a Danny Coloradito López,
pero cuando vi a Salvador Sánchez me electricé.
Y es que era fantástico, lo tenía todo; estilo,
en especial. Y desde entonces me propuse tener el mío.
Héctor:
“Pero seguía molestándome la idea de que
no podría pelear en los Olímpicos. Y la verdad,
ya no quería esperar a Seúl. Ya pensaba en el
profesionalismo. Así que casi me desmayo cuando aquella
tarde de mayo, Gordon Wheeler nos avisó que íbamos
a sostener un dual meet contra México. La pelea fue
fácil: Édgar García sólo duró
45 segundos. Y yo saboreaba todavía la victoria, cuando
alguien llegó a mi camerino a preguntarme si me interesaba
formar parte del equipo mexicano. ¡Casi me muero! Por
supuesto que acepté”.
La guerra con el entrenador
“Aquella invitación no fue muy bien recibida
en el equipo”, admite Emeterio Villa, quien fuera olímpico
mexicano peso medio en Munich 1972; asistente del entrenador
nacional, el búlgaro Stavri Baclivarov.
El recién llegado, quien de inmediato captó
la simpatía del grupo tenía costumbres que rompían
con el modelo de disciplina del entrenador europeo.
Héctor:
“Bacharov no respetó nada de mis costumbres.
No supo adaptarse a las nuevas y especiales circunstancias.
Quiso que fuera yo el único que cediera. Se estableció
una guerrilla”.
Todavía antes de salir a Los Ángeles, hubo un
último problema: las autoridades del COM consideraron
que, a pesar de que Emeterio Villanueva había participado
en la preparación del equipo mexicano, no era necesaria
su presencia en la ciudad californiana.
Y roto el vínculo con el entrenador Bacharov, ¿quién
atendería a López?
Emeterio optó por costearse sus propios, gastos y hacer
el viaje.
Y ya en Los Ángeles su intervención fue decisiva.
Porque fue él quien se encargó de supervisar
el trabajo final de Héctor y de subir con él
al ring.
El primer combate
2 de agosto de 1984...
Noche de expectación en el Olympic Auditorium.
Elegante y preciso, Héctor desbarata al indonesio Johnny
Assadoma, a quien, en el tercer round, clava ganchos de izquierda
con tal fuerza que obliga a la intervención del réferi
Nowedine Aldalá, de Nueva Zelandia.
Primera gran ovación para el mexicano.
Tres días después, espléndida entrada.
Y Héctor no decepciona: es demasiado rival para el
nigeriano Joe Orewa, quien pierde por puntos de 4-1.
Esa tarde, el sudcoreano Moon Dung Kii da la gran sorpresa:
vence al estadounidense Robert Shannon, quien, de acuerdo
con la gráfica del torneo, podría haber llegado
a enfrentarse al mexicano, nada menos que en la final. Muertas
sus esperanzas en esa división, el público local
apoyará definitiva y exclusivamente a López.
El 8 de agosto se presenta la pelea más importante
de su carrera, ganar le representará haber asegurado,
cuando menos, bronce. Héctor ofrece su mejor actuación
del torneo. Ahora boxea sobre piernas... entra, golpea y sale
rápidamente de la zona de fuego. Ocasionalmente remata
con poderosos cruzados de derecha, que Ndaba Nube, de Zimbawe,
resiste a pie firme. Y así, a pie firme, logra llegar
al final de los nueve minutos de acción, pero no evita
la derrota por unánime decisión de 5.0.
Después, un canadiense
Apenas 24 horas después,
Héctor afronta el duro compromiso llamado Dale Walters,
un tozudo peleador canadiense obstinado en dar a su país
la medalla de oro que desde hace 32 años se le niega
en competencias olímpicas. Y se entrega sobre el ring.
El mexicano opta, al inicio del combate, por la pelea a la
distancia. Jab, mucho jab. Pero en el segundo se ve forzado
a aceptar el intercambio de golpes. Enardece la gente cuando,
después de un gancho izquierdo arriba, disparado por
fuera de la guardia del canadiense, éste recibe el
conteo de protección. Pasado el susto y con renovados
bríos vuelve Walters a acortar distancias y a forzar
el intercambio. Y así, así, hasta el final.
Otra decisión unánime para Héctor.
La pelea por el oro
El italiano Mauricio Stecca
es el último rival que separa a Héctor de la
medalla de oro.
Enviado por el diario unomásuno, el cronista Sergio
Guzmán escribió de aquella final celebrada el
11 de agosto:“Cuando concluyeron los tres minutos del
último asalto, Héctor López caminó
con paso seguro hacia su esquina. Se fundió en un abrazo
con sus ayudantes, agradeció la oración colectiva
y esperó el fallo con optimismo. Tenía la certeza
de haber ganado.
Pero instantes después, el anunciador oficial dijo
en inglés, francés y español, que Mauricio
Stecca era el dueño del oro... Que el italiano era
el monarca olímpico de peso gallo.
“El ganador, en la esquina azul y por decisión
de 4-1, el italiano Mauricio Stecca”... se escuchó.
¿Cómo le ganó
Stecca?
Una profunda tristeza se apoderó entonces de Héctor
López, quien bajó con lentitud del cuadrilátero,
conteniendo toda la rabia de lo que consideraba una injusticia.
Durante nueve minutos sobre el ring fue el más elegante,
el más preciso, quizá e indudablemente el más
fuerte. Conectó los golpes más sólidos
y en más de una ocasión sobre el italiano.
Pero esas no son armas suficientes para un adversario como
Stecca, de vasta experiencia en el boxeo de aficionados. El
italiano se mantuvo adelante en las puntuaciones, siempre
con base en una gran velocidad en sus ofensivas. Se hizo de
la iniciativa y con notable precisión en sus disparos,
golpeó a un ritmo muy superior al semilento de López,
quien además, cometió un grave error: boxeó
al más puro estilo profesional.
Ante el acoso de su rival, pretendió mantener la distancia
con base en un bailoteo de piernas y de brazos tan exagerado
como inútil. En fintas, en poses, perdió tiempo,
que en el boxeo amateur es precioso. Pugilismo en el que no
se puede desperdiciar ni uno solo de los 180 segundos de pelea.
Eso lo sabe Stecca, quien además de convertirse en
campeón olímpico, ostenta el título de
monarca mundial de la división. Fue a fondo en los
dos primeros asaltos, ante la parsimonia de su contrincante
y en ellos fincó la victoria. Tuvo la virtud, además,
de resistir los fuertes golpes que le conectó el mexicano
y reaccionar de inmediato para superar, con base en velocidad,
los malos momentos.
La rechifla y después, el podio
Una prolongada rechifla
acompañó al veredicto.
Y se escuchaba aún cuando el réferi Sukar levantaba
el brazo del triunfador.
En su esquina, López lloraba recostada su cabeza sobre
el hombro de Emeterio Villanueva.
Personalidades del boxeo como José Sulaimán,
Muhammad Alí y Marvin Hagler, se acercaron al mexicano
para confortarlo.
Héctor:
“Hasta la fecha sigo creyendo que se cometió
un despojo en esa pelea. Habrá que imaginar el dolor
que sentía en esos momentos. Me dolía por sobre
todas las cosas, como me sigue doliendo, el no haber sido
capaz de conquistar para México el oro”.
Y de repente, el momento...
Héctor:
“Subí al podio. La gente me ovacionaba como si
fuese yo el auténtico campeón olímpico.
Y ahí estaba, confundido en mis sentimientos, cuando
la vi brillaban sus colores, en bellos contrastes, curiosamente
los mismos de la bandera italiana, pero esa nuestra águila
al centro es como un símbolo de la hidalguía
de nuestro pueblo. Y me estremecí. Había aprendido
a amarla en el extranjero. Ahora la izaban delante de todos”.
Estaba majestuosa y comencé a llorar de emoción.
Nunca más he vuelto a sentir eso. Entonces vi mi medalla
de plata y como que ya no me importó el color. ¡Qué
alta y qué hermosa se veía nuestra bandera!
Eso era lo que realmente importaba...
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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