Olimpedia/mexicanos
 
 

 

1932
Los Ángeles
1936
Berlín
1948
Londres
1952
Helsinki
1956
Melbourne
1960
Roma
1964
Tokio
1968
México
1972
Munich
1976
Montreal
1980
Moscú
1984
Los Ángeles
1988
Seúl
1992
Barcelona
1996
Atlanta
2000
Sidney
2004
Atenas
1984

 

 

Una profunda tristeza se apoderó entonces de Héctor López, quien bajó con lentitud del cuadrilátero, conteniendo toda la rabia de lo que consideraba una injusticia.
Los Angeles
  Raúl González R.
Ernesto Canto Gudiño
  Daniel Aceves Villagrán
Manuel Youshimatz S.
   

Héctor López Colín

Plata en Boxeo / De 51 a 54 kg

El mexicano Héctor López conecta al canadiense Dale Walters, al que derrotó para meterse en la final.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Héctor López Colín
Boxeador
Medalla de plata
Fecha de nacimiento: 1 de febrero de 1967
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Categoría: de 51 a 54 kg.

» Con una sola pelea se ganó su lugar
» El inicio del sueño olímpico
» La guerra con el entrenador
» El primer combate
» Después, un canadiense
» La pelea por el oro
» ¿Cómo le ganó Stecca?
» La rechifla y después, el podio

Los Ángeles, Estados Unidos
11 de agosto de 1984

Desde hace 10 años vive en Glendale, suburbio de Los Ángeles, aquí, donde en tres meses se disputarán los Juegos de la XXIII Olimpiada.

Es, sin duda, el mejor peso gallo en Estados Unidos. Este peleador, a quien apodan ‘El Huracán’, se llama Héctor López y es mexicano.
José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), es admirador del púgil. Es tanto su fervor, que habla de él con Raúl Ratón Macías, presidente de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur.

—Espera, espera un momento... ¿Héctor López, dijiste?

—Así es...
Revisa El Ratón un calendario.

—¡Aquí está! A finales de mes tenemos un dual meet contra una selección de California, en Santa Ana. Y ese muchacho del que hablas va a pelear contra Édgar García, nuestro preseleccionado olímpico en peso gallo. ¿Qué mejor oportunidad para verlo en acción?

Al día siguiente, Macías informa que Héctor está dispuesto a representar a México en la Olimpiada si vence a Édgar García, campeón nacional gallo.

Con una sola pelea se ganó su lugar
Santa Ana, California. Dual meet: preselección nacional mexicana contra selección californiana.

Peso gallo: Édgar García, por México; Héctor López, de California.

Nocaut en 45 segundos: Édgar García cae.

Al día siguiente, Raúl Macías informa que Héctor López ha sido invitado a formar parte de la preselección mexicana.

Pero la noticia causa controversia.

—¿Cómo es posible? —preguntan funcionarios del deporte —que con sólo una pelea, Héctor haya ganado la oportunidad por la que han luchado decenas de boxeadores.

La controversia finaliza con un acuerdo: habrá revancha entre García y López —porque, además, Édgar alega que el réferi se precipitó en Santa Ana—. El ganador será seleccionado.

Se programa la pelea y Héctor López vuelve a ganar

El inicio del sueño olímpico
Ya en 1980 y ante la celebración de los Juegos Olímpicos de Moscú, Héctor empezó a pensar en llegar al máximo acontecimiento deportivo y se trazó una meta: competir en la Olimpiada:

—Y muy dentro de mí sentía el anhelo de pelear en Los Ángeles, pero representando a mi país: México.

—Me había entusiasmado al ver pelear a Carlos Zárate, a Sugar Ray Leonard y a Danny Coloradito López, pero cuando vi a Salvador Sánchez me electricé. Y es que era fantástico, lo tenía todo; estilo, en especial. Y desde entonces me propuse tener el mío.

Héctor:

“Pero seguía molestándome la idea de que no podría pelear en los Olímpicos. Y la verdad, ya no quería esperar a Seúl. Ya pensaba en el profesionalismo. Así que casi me desmayo cuando aquella tarde de mayo, Gordon Wheeler nos avisó que íbamos a sostener un dual meet contra México. La pelea fue fácil: Édgar García sólo duró 45 segundos. Y yo saboreaba todavía la victoria, cuando alguien llegó a mi camerino a preguntarme si me interesaba formar parte del equipo mexicano. ¡Casi me muero! Por supuesto que acepté”.

La guerra con el entrenador
“Aquella invitación no fue muy bien recibida en el equipo”, admite Emeterio Villa, quien fuera olímpico mexicano peso medio en Munich 1972; asistente del entrenador nacional, el búlgaro Stavri Baclivarov.

El recién llegado, quien de inmediato captó la simpatía del grupo tenía costumbres que rompían con el modelo de disciplina del entrenador europeo.

Héctor:

“Bacharov no respetó nada de mis costumbres. No supo adaptarse a las nuevas y especiales circunstancias. Quiso que fuera yo el único que cediera. Se estableció una guerrilla”.
Todavía antes de salir a Los Ángeles, hubo un último problema: las autoridades del COM consideraron que, a pesar de que Emeterio Villanueva había participado en la preparación del equipo mexicano, no era necesaria su presencia en la ciudad californiana.

Y roto el vínculo con el entrenador Bacharov, ¿quién atendería a López?

Emeterio optó por costearse sus propios, gastos y hacer el viaje.

Y ya en Los Ángeles su intervención fue decisiva. Porque fue él quien se encargó de supervisar el trabajo final de Héctor y de subir con él al ring.

El primer combate
2 de agosto de 1984... Noche de expectación en el Olympic Auditorium.

Elegante y preciso, Héctor desbarata al indonesio Johnny Assadoma, a quien, en el tercer round, clava ganchos de izquierda con tal fuerza que obliga a la intervención del réferi Nowedine Aldalá, de Nueva Zelandia.

Primera gran ovación para el mexicano.

Tres días después, espléndida entrada. Y Héctor no decepciona: es demasiado rival para el nigeriano Joe Orewa, quien pierde por puntos de 4-1.

Esa tarde, el sudcoreano Moon Dung Kii da la gran sorpresa: vence al estadounidense Robert Shannon, quien, de acuerdo con la gráfica del torneo, podría haber llegado a enfrentarse al mexicano, nada menos que en la final. Muertas sus esperanzas en esa división, el público local apoyará definitiva y exclusivamente a López.

El 8 de agosto se presenta la pelea más importante de su carrera, ganar le representará haber asegurado, cuando menos, bronce. Héctor ofrece su mejor actuación del torneo. Ahora boxea sobre piernas... entra, golpea y sale rápidamente de la zona de fuego. Ocasionalmente remata con poderosos cruzados de derecha, que Ndaba Nube, de Zimbawe, resiste a pie firme. Y así, a pie firme, logra llegar al final de los nueve minutos de acción, pero no evita la derrota por unánime decisión de 5.0.

Después, un canadiense
Apenas 24 horas después, Héctor afronta el duro compromiso llamado Dale Walters, un tozudo peleador canadiense obstinado en dar a su país la medalla de oro que desde hace 32 años se le niega en competencias olímpicas. Y se entrega sobre el ring.

El mexicano opta, al inicio del combate, por la pelea a la distancia. Jab, mucho jab. Pero en el segundo se ve forzado a aceptar el intercambio de golpes. Enardece la gente cuando, después de un gancho izquierdo arriba, disparado por fuera de la guardia del canadiense, éste recibe el conteo de protección. Pasado el susto y con renovados bríos vuelve Walters a acortar distancias y a forzar el intercambio. Y así, así, hasta el final.

Otra decisión unánime para Héctor.

La pelea por el oro
El italiano Mauricio Stecca es el último rival que separa a Héctor de la medalla de oro.

Enviado por el diario unomásuno, el cronista Sergio Guzmán escribió de aquella final celebrada el 11 de agosto:“Cuando concluyeron los tres minutos del último asalto, Héctor López caminó con paso seguro hacia su esquina. Se fundió en un abrazo con sus ayudantes, agradeció la oración colectiva y esperó el fallo con optimismo. Tenía la certeza de haber ganado.

Pero instantes después, el anunciador oficial dijo en inglés, francés y español, que Mauricio Stecca era el dueño del oro... Que el italiano era el monarca olímpico de peso gallo.

“El ganador, en la esquina azul y por decisión de 4-1, el italiano Mauricio Stecca”... se escuchó.

¿Cómo le ganó Stecca?
Una profunda tristeza se apoderó entonces de Héctor López, quien bajó con lentitud del cuadrilátero, conteniendo toda la rabia de lo que consideraba una injusticia.

Durante nueve minutos sobre el ring fue el más elegante, el más preciso, quizá e indudablemente el más fuerte. Conectó los golpes más sólidos y en más de una ocasión sobre el italiano.

Pero esas no son armas suficientes para un adversario como Stecca, de vasta experiencia en el boxeo de aficionados. El italiano se mantuvo adelante en las puntuaciones, siempre con base en una gran velocidad en sus ofensivas. Se hizo de la iniciativa y con notable precisión en sus disparos, golpeó a un ritmo muy superior al semilento de López, quien además, cometió un grave error: boxeó al más puro estilo profesional.

Ante el acoso de su rival, pretendió mantener la distancia con base en un bailoteo de piernas y de brazos tan exagerado como inútil. En fintas, en poses, perdió tiempo, que en el boxeo amateur es precioso. Pugilismo en el que no se puede desperdiciar ni uno solo de los 180 segundos de pelea.

Eso lo sabe Stecca, quien además de convertirse en campeón olímpico, ostenta el título de monarca mundial de la división. Fue a fondo en los dos primeros asaltos, ante la parsimonia de su contrincante y en ellos fincó la victoria. Tuvo la virtud, además, de resistir los fuertes golpes que le conectó el mexicano y reaccionar de inmediato para superar, con base en velocidad, los malos momentos.

La rechifla y después, el podio
Una prolongada rechifla acompañó al veredicto.

Y se escuchaba aún cuando el réferi Sukar levantaba el brazo del triunfador.

En su esquina, López lloraba recostada su cabeza sobre el hombro de Emeterio Villanueva.
Personalidades del boxeo como José Sulaimán, Muhammad Alí y Marvin Hagler, se acercaron al mexicano para confortarlo.

Héctor:

“Hasta la fecha sigo creyendo que se cometió un despojo en esa pelea. Habrá que imaginar el dolor que sentía en esos momentos. Me dolía por sobre todas las cosas, como me sigue doliendo, el no haber sido capaz de conquistar para México el oro”.

Y de repente, el momento...

Héctor:

“Subí al podio. La gente me ovacionaba como si fuese yo el auténtico campeón olímpico. Y ahí estaba, confundido en mis sentimientos, cuando la vi brillaban sus colores, en bellos contrastes, curiosamente los mismos de la bandera italiana, pero esa nuestra águila al centro es como un símbolo de la hidalguía de nuestro pueblo. Y me estremecí. Había aprendido a amarla en el extranjero. Ahora la izaban delante de todos”.

Estaba majestuosa y comencé a llorar de emoción. Nunca más he vuelto a sentir eso. Entonces vi mi medalla de plata y como que ya no me importó el color. ¡Qué alta y qué hermosa se veía nuestra bandera! Eso era lo que realmente importaba...

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL