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| 1984 |
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No había un asiento vacío. Poco más de sesenta mil espectadores presenciarían las semifinales de los cien metros y los 400 con vallas: iban a ver en acción a Carl Lewis y a Edwin Moses... Pero mexicanos y latinoamericanos aguardaban otra prueba: los 20 kilómetros de caminata.
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| Los Angeles |
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| Ernesto Canto Gudiño |
| Oro en Atletismo / Caminata
20 km. |
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Ernesto Canto en lo alto
del podio escucha el himno nacional mexicano
en el Memorial Coliseum de Los Ángeles.
Detrás suyo está Raúl
González, medalla de plata. El
otro competidor es Mauricio Damilano,
de Italia.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Ernesto
Canto Gudiño
Atletismo
Medalla de oro
Juegos Olímpicos Los Ángeles,
1984
Fecha de nacimiento: 18 de octubre de
1959
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Especialidad: Caminata 20 km.
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3 de agosto de 1984
Solamente un ídolo deportivo tendría Ernesto
Canto: Daniel Bautista.
Fue primero, su inspiración; después, su amigo
cercano; su compañero de habitación en largas
concentraciones.
Rieron y lloraron juntos.
Los dos fueron campeones olímpicos.
Los dos dejaron de serlo por decisiones arbitrales.
Y estuvieron allí, unidos, en aquellos momentos.
Bautista, siempre Bautista...
Canto: “Mi vida deportiva quedó marcada en tres
de los instantes en los que Daniel Bautista cruzó por
mi existencia”.
Diciembre de 1972.
Canto: “Yo era un chamaco de 13 años. Había
ocupado el segundo lugar en los juegos pre-nacionales, lo
que me permitió el derecho de representar al Distrito
Federal en el Campeonato Nacional que se disputaría
en Monterrey.
Cuando llegué a la pista no podía creer lo que
estaba viendo: ¡Daniel Bautista y Raúl González
serían los jueces...
!Este último era ya un atleta consumado; había
representado a México en los Juegos Olímpicos
de Munich apenas unos meses atrás. Pero fue Daniel
el que más me impresionó, acaso por su simpatía,
por su don de gente, por su sonrisa limpia y franca. Ellos
dos fueron mi gran estímulo en esa competencia y finalmente,
quedé en primer lugar en la categoría infantil
B, sobre 600 metros de marcha. Cuando Daniel me entregó
el premio, yo no me cambiaba por nadie...”
Cuando descalificaron a Bautista en
Moscú
Julio de 1976. Se
disputan, en Montreal, los XXI Juegos Olímpicos.
Canto: “En esa competencia de los 20 kilómetros
de caminata y sin saberlo él, Daniel Bautista me enseñó
que un deportista mexicano sí puede ser un ganador.
Con su gran actuación me infundió su mentalidad
de ir siempre adelante. Esa victoria de Daniel, lo digo sin
reservas, marcó para siempre mi vida deportiva”.
24 de julio de 1980. Prueba de 20 kilómetros de marcha
dentro de los XXII Juegos Olímpicos, en Moscú.
Canto: “Por una lesión durante los entrenamientos
en Puno, Perú, no pude competir en la capital soviética.
Pero las autoridades me permitieron viajar y acompañar
a la delegación. Ese día de la prueba estaba
ayudando a los muchachos en el circuito al lado del río
Moscú. La última vez que vi a Daniel en la pista
fue cuando le quedaban 300 metros para el retorno y dar la
última vuelta. Le faltaban como dos kilómetros
y tenía buena ventaja sobre el soviético Anatoly
Solomin y el italiano Maurizio Damilano que iba muy rezagado.
“¡Ándele mi negro, vamos, la medalla es
tuya!", le dije y me fui al estadio. Cuando llegué,
la gente de la delegación mexicana me preguntó
cómo venía Daniel. "Seguro gana",
respondí.
En la pantalla electrónica todavía lo vimos
como líder. Así que nos emocionamos cuando se
abrió la puerta del maratón.
Esperábamos verlo de un momento a otro. De pronto vi
aparecer a Damiano y la angustia se apoderó de mí.
"¡Ya lo descalificaron!", pensé y corrí
hacia el circuito. Allí encontré a Daniel. Había
llorado. Estaba solo. "¿Qué pasó,
Negro?". Su rostro era de desconcierto. Sólo pudo
extender las manos y decirme: "¡Me descalificaron!"
Lloramos los dos. Entonces le prometí, me prometí
a mí mismo que en Los Ángeles devolvería
a México esa medalla que ahora nos habían quitado.
Cuatro años después fui campeón olímpico”.
Su amigo, su ídolo, estuvo ahí, para abrazarlo.
Pero al morir el siguiente ciclo olímpico, en Seúl
88, fue Canto quien lloró en el hombro de Bautista
su propia descalificación.
- Volverás-, le dijo el ‘Negro’.
Impone récord mundial
1984: Ya, se acercan los Juegos Olímpicos...
Ernesto:
-La táctica sicológica diseñada por Hausleber,
el entrenador de los mexicanos, fue la de atacar records y
marcas mundiales... Presionar a quienes serían nuestros
rivales en Los Ángeles.
El 5 de mayo, sobre la franja sintética del estadio
Fanna, en Bergen, Ernesto impone el récord de la hora:
recorre 15,253 m. La marca anterior era del soviético
Valdas Kazlauskas, con 15,129 m. Y al día siguiente:
¡récord mundial en los 20 kilómetros:
1 h 18'38". El anterior pertenecía a Daniel Bautista:
1h.19'49". Al regresar a México, Raúl González
rompe la supremacía de Ernesto en la Semana Internacional
en Guadalajara lo relega al segundo lugar; Pribilinec finaliza
tercero.
Y ya.
Lo que pensó antes de la competencia
Ernesto: “Había sido excelente ese trabajo a
lo largo de cuatro años. El triunfo de Valencia en
1981, el de Helsinki en 1983 y los records en la primavera
de 1984, me daban la confianza necesaria para aspirar a la
victoria olímpica.
Estaba seguro, por fin, de poder cumplir con aquella promesa...
Estaba listo, para convertir en realidad mi sueño de
verme en el podio olímpico con la medalla de oro colgada
al pecho.
3 de agosto.
Prueba olímpica: 20 kilómetros de marcha.
Gran expectación... ¿Qué sucederá
hoy?
Cuatro años atrás, en Moscú, no había
dudas: llegarían las victorias.
Pero la realidad fue aplastante.
¿Y ahora?
Temprano comienza el día para los competidores.
Ernesto Canto: “Me desperté como a las 9 de la
mañana, Después de bañarme desayuné
un emparedado. Conversé con algunos atletas y fui a
recostarme, a tratar de relajar la tensión.
Entonces recordé toda mi vida en el deporte: el largo
camino que tuve que recorrer, desde la secundaria, para encontrarme
ya a unas cuantas horas de la competencia final. Ese era el
día más importante de mi vida.
Ya todo lo anterior era historia. Ahora estaba allí,
en los Juegos Olímpicos y sentía el apoyo de
mi familia, su presencia me dio gran confianza.
Quise pulir mi plan de competencia, pero sólo vino
a mí aquella simple táctica de Daniel: ir siempre
adelante, marcar el ritmo, no intimidarse, manejar la competencia...
Comí ligeramente y luego me fui al estadio. Quería
que empezara la prueba ya, lo más pronto posible. Tarde
radiante aquella.
La medalla de oro y el 1-2
Las tribunas multicolores del Memorial Coliseum estaban repletas.
No había un asiento vacío. Poco más de
sesenta mil espectadores presenciarían las semifinales
de los cien metros y los 400 con vallas: iban a ver en acción
a Carl Lewis y a Edwin Moses... Pero mexicanos y latinoamericanos
aguardaban otra prueba: los 20 kilómetros de caminata.
Había viejas cuentas que saldar...
Se alinean en la pista los andarines.
17:15 horas. Suena el disparo.
Y allá van...
Al frente, con la camiseta marcada con el número 632,
se instala Ernesto Canto. Le acompañaban sus compatriotas
Raúl González y Marcelino Colín, el estadounidense
Marco Evoniuk y el italiano Mauricio Damilano. Se cumplen
ya las cinco vueltas a la pista atlética de 400 metros
cuando el canadiense Guilleume Leblanc toma el mando de las
acciones. Es el primero en salir por la angosta puerta del
maratón rumbo al calor infernal del boulevard Exposition.
El termómetro sube hasta los 30 grados centígrados.
Ernesto: “No lo seguimos. Sabíamos que era una
locura caminar así. Efectivamente: a los pocos kilómetros
Leblanc comenzó a ceder y yo tomé la punta.
En el grupo íbamos Raúl, Marcelino, los italianos
Mattioli y Damilano y el australiano David Smith.
Canto es primero en los cinco kilómetros. Tiempo: 20'46".
Continúa a la cabeza en los diez kilómetros.
Tiempo: 40'33".
En el grupo puntero se encuentran: Raúl, Leblanc y
Damilano, quien quiere demostrar que es un auténtico
campeón olímpico.
Ernesto: “Al kilómetro 12 Damilano intentó
irse, pero lo contuvimos. Lo dejamos que caminara un rato
al frente, pero muy bien vigilado: íbamos como a 20
ó 30 metros de distancia de él.
Al llegar a los 15 kilómetros, LeBlanc se había
fundido por el calor. Cuando cruzamos el kilómetro
18, Damilano se empezó a quedar y Raúl con él.
Entonces me dije: "¡Es el momento!". Aceleré
y ya no volteé a verlos. Cuando entré al túnel
ya no escuché ruidos de respiración a mis espaldas.
Recorrí ansioso esos cien metros hasta que atisbé
una luz; era la luz de la pista, del estadio y apresuré
el paso... ¡Fue grandioso el momento!... La gente se
puso de pie y comenzó a gritar y a aplaudirme. Cientos
de banderitas mexicanas eran agitadas en las tribunas y me
reanimé totalmente. Ya no sentí el cansancio.
Lo que más deseaba era cruzar la meta, ganar... Cuando
lo hice me decía a mí mismo: "¡Aquí
estoy!... ¡Lo he logrado!...
¡He cumplido mi promesa!...
Ernesto detuvo los cronómetros en 1h 23'13": medalla
de oro.
Siete segundos después arribó Raúl González:
medalla de plata.
El 1-2 que se daba como un hecho en Moscú llegaba en
Los Ángeles,
Ernesto: “Fue el pago al gran esfuerzo. Habían
sido doce años los invertidos para ver cristalizado
ese sueño... Lo menos que quería era que terminara
esa fiesta en el estadio.
Minutos después, la premiación.
La realiza el catalán Juan Antonio Samaranch, presidente
del Comité Olímpico Internacional.
Y se escucha el Himno Nacional Mexicano.
Y, a un lado de la pista, dos banderas tricolores son izadas
hasta lo más alto.
Canto:
-Ese es el momento más sublime que pueda vivir un deportista...
La medalla es la constancia, es la realidad que ves y tocas.
Pero oír el himno y observar a tu bandera arriba de
todas las demás es indescriptible... En ese momento
yo recordaba aquella promesa hecha cuatro años atrás...
Ocho días después, Ernesto participaría
con Raúl González y Martín Bermúdez
en la prueba de los 50 kilómetros. Pero, muy agotado
por el esfuerzo anterior, finalizó en décimo
lugar, a seis minutos del ganador: Raúl González.
Bermúdez fue descalificado.
El temblor del 85, los escombros…
7:19 horas del 19 de septiembre
de 1985. Un sismo despierta violentamente a la ciudad.
Y no sólo la sacude en un estertor mortal: la derriba
en parte. La incomunica. Viste de dolor sus pequeñas
calles y sus grandes avenidas. Mata a su gente entre los escombros
de edificios que se desmoronan, que se queman.
Llora el pueblo que abre los ojos azorado. Pero ya está
en la lucha mientras la tragedia zigzaguea. Será más
fuerte que ella. Se une. Se solidariza...
Una bella lección arrancada al llanto.
Ernesto: “Nosotros nos preparábamos ya para salir
a Inglaterra, pero de inmediato cancelamos el viaje (irían
a participar en la Copa Lugano). Y nos quedamos a ayudar.
El profesor Hausleber y todo el equipo se dedicaron a auxiliar
a los más necesitados. Fuimos a trabajar bajo los escombros,
a jalar piedras, a hablar con la gente, a servir en lo que
podíamos...”
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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