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| 1984 |
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Medalla de plata, finalmente, para Daniel Aceves, peso gallo. Y primera para México, única hasta el momento, en lucha grecorromana de unos Juegos Olímpicos. |
| Los Angeles |
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| Daniel Aceves Villagrán
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| Plata en Lucha Grecorromana
| 52 kilogramos |
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Daniel
Aceves heredó la pasión
de su padre, un luchador profesional.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Daniel
Aceves Villagrán
Lucha Grecorromana
Medalla de plata
Juegos Olímpicos Los Ángeles
1984
Fecha de nacimiento: 18 de noviembre de
1964
Lugar de nacimiento: México D.F.
Categoría de 48 a 52 kg.
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Los
Ángeles, Estados Unidos
2 de agosto de 1984
Ser hijo de Bobby Bonales era
más, que sólo eso...
Era ser hijo de la fantasía. Ser hijo de la competencia
y de la victoria.
Era enardecerse con los gritos de aquella multitud delirante.
Era, a los 4 ó 5 años de edad, antes, mucho
antes de poner siquiera un pie en una escuela, saber nombres,
muchos nombres:
El Santo, Black Shadow, Blue Demon, Gori Guerrero, El Cavernario
Galindo, Tonina Jackson, El Médico Asesino...
Y amarlos... Y odiarlos... A ellos, inmersos en la caprichosa
rueda de la fortuna: hoy compañeros de su padre; mañana
enemigos. Era ser apenas un niño y, sin saberlo, ser
también parte integral de la mejor época del
apasionante espectáculo de la lucha libre en México.
Porque era sufrir y reír; recibir la cálida
sonrisa paternal en el momento victorioso, o mesarle los cabellos
en la derrota. Era sentir sobre la cara la caricia de aquella
mano tan suave.
Esa misma mano que era arma poderosa en cada batalla. Era
ser el malo o el bueno y echarse unas luchitas con los amigos
Y era, en fin, ser el rudo y ponerse el traje de luchador,
con máscara y capa, para ir a dormir. Y ahí.
en la cama. enfrentar al El Güero, aquel muñeco
de trapo obsequio de su madre y librar con él, cada
noche, los combates más feroces... Hasta vencerlo.
Eso era, para Daniel Aceves, ser el hijo de Roberto Bobby
Bonales.
EL PRIMER ROBO; DE LA MEDALLA DE ORO
Los Ángeles California,
1984. ¿Dieciséis, quince, catorce? años
después...
Acaba de ser proclamado vencedor; ahora va por la medalla
de oro.
Corre del tapiz hasta el teléfono más cercano.
Larga distancia a México.
Quiere hablar con su padre. Quiere hablar con su ídolo...
¿Bueno?...
¡Papá, papá!... ¡Gané, gané!
-Lo sé, hijo, ¡cómo no!.. Vimos por televisión
tu lucha.
-Siento que voy a llorar, papá...
-Hazlo, hijo... Desahógate. Y luego concéntrate
en la final, Ofrece tu mejor esfuerzo. Ya sabes que estamos
muy orgullosos de ti.
Horas más tarde Daniel Aceves levantó la vista.
Allá, al fondo, en el mástil central, ondeaba
la bandera japonesa. La de México a su derecha, centímetros
más abajo.
Y le embargó una leve frustración de impotencia.
Porque se sabía el auténtico vencedor.
Era su bandera la que tenía que estar en lo más
alto.
Daniel:
-La verdad es que yo había ganado esa intensa lucha
con el japonés Adsuji Miyahara.
-¿Qué pasó, entonces?
-Habían pasado algunos
minutos e íbamos 0-0, hasta que el juez marcó
4 puntos en mi contra, por pasividad de mi parte y ahí
comenzó de verdad la lucha final. Porque, en ese momento,
seguramente el japonés supuso que me había puesto
nervioso y me atacó de frente. Me levantó e
intentó el suplex, pero en el aire giré y él
cayó de espaldas. ¡Era su derrota! ¡Era
para mí la medalla de oro!... Pero los jueces no marcaron
el toque. Él, inteligentemente, se salió del
área y se salvó. El combate terminó 9-4
a su favor. Fue una lucha muy pareja y, aunque definitivamente
él es un gran competidor, yo gané ese combate.
Incluso, el resultado se registró bajo protesta ante
la Federación Internacional, porque no sólo
yo, sino entrenadores, técnicos y demás luchadores
que presenciaron la final, vieron el toque... Todos, menos
los jueces.
Medalla de plata, finalmente, para Daniel Aceves, peso gallo.
Y primera para México, única hasta el momento,
en lucha grecorromana de unos Juegos Olímpicos.
HIJO DE TIGRE…
No podía ser de otra manera.
Si era de hijo de Bobby Bonales, tendría que ser amante
del deporte
Recuerda el luchador profesional:
-A nuestros cuatro hijos -Roberto, Daniel, Norma y Cristina-
les inculcamos desde pequeños, el amor por el deporte.
Los llevábamos al balneario Bahía. A Daniel,
que ocasionalmente me acompañaba a las arenas, le gustaba
mucho el agua. Tenía como dos años de edad y
ya se aventaba del trampolín; también le gustaba
jugar frontón, futbol, o cualquier otro deporte, siempre
con la obsesión de ser el número uno.
A los 13 años, Daniel ingresó al deportivo Guelatao,
por la Lagunilla, para estudiar lucha grecorromana.
Daniel:
-Cuando entré al deportivo comprendí lo maravilloso
del deporte que había escogido y desde un principio
me dije a mí mismo que sí, que podría
practicarlo y llegar a destacar, máxime que ahí
tenía como entrenador a Roberto Vallejo, quien fuera
un gran luchador amateur en los años sesenta: logró
un sexto lugar mundial, un subcampeonato panamericano y varios
títulos centroamericanos. Su dirección fue acertada
desde un principio. Nos inculcó la tenacidad.
Daniel:
-Mi padre era mi inspiración, cada vez que me levantaban
la mano me acordaba de cuando el réferi hacía
lo mismo con él después de aquellas espectaculares
luchas contra los mejores.
LA LARGA JORNADA TRAS EL ORO
Daniel llegó a la Olimpiada por méritos propios,
con un caudal de importantes victorias.
La inasistencia de los luchadores del bloque de países
socialistas que se abstuvieron de participar en Los Ángeles,
le representaba un handicap importante.
En los inicios de 1984, Daniel se hizo una promesa: sería
competidor olímpico. Y ganador de una medalla.
El torneo se realizó en el gimnasio olímpico
de Anaheim, lejos de la Villa Olímpica y del centro
de Los Ángeles.
“Quedé en el grupo B de la categoría de
los 52 kilogramos. Sería muy difícil que alguien
pudiera vencerme en esa división. Pero ocurrió
algo que me hizo reaccionar y comprender que en un encuentro
deportivo todo puede suceder: en mi primera lucha del torneo
31 de julio, que es siempre la más difícil,
iba ganando al turco Erol Kemah por 5-4. Pero faltando como
30 segundos para el final, fui descalificado y perdí.
La derrota me dolió mucho, más operó
de distintas maneras en mi estado de ánimo: no mermó
mi seguridad de que podía ser medallista, pero, asimismo,
me obligó a darlo todo.
“Por la tarde, la segunda lucha: contra el ecuatoriano
Iván Garcés, quien estudiaba en Estados Unidos
y había sido campeón mundial juvenil. Sabía
que si perdía quedaría eliminado. Así
que me esforcé al máximo y logré derrotarlo
por 14-2 y superioridad técnica.
“Al día siguiente me tocó enfrentar al
chino Richa Hu, quien, un día antes había vencido
al turco. Así que tenía yo una nueva obligación:
ganar o quedar eliminado. Luché con toda mi alma y
me impuse al chino, por 14-8. Por otra parte, Taisto Halonea,
de Finlandia, derrotó al turco, con lo cual desaparecía
mi primera derrota... las cosas se me iban aclarando a las
mil maravillas. Al otro día tendría que enfrentarme
al finlandés en otra lucha crucial: si ganaba podía
aspirar a disputar la final y asegurar, cuando menos, la medalla
de plata, pero, si perdía, mis opciones eran terribles:
mi siguiente lucha podría ser por la medalla de bronce,
o por finalizar en el quinto lugar.
“Esa noche del 1 de agosto no pude dormir. Estaba muy
preocupado. Se trataba, ni más ni menos, de la lucha
más importante de mi vida. Era el éxito o el
fracaso en mi carrera. Había visto luchar al finlandés:
tenía más experiencia y era mucho más
alto que yo y era muy fuerte. A mí favor estaban su
escasa técnica y el hecho de que estiraba mucho los
brazos al competir; eso me representaba una gran oportunidad
de irme a la lucha por dentro. Esa noche me la pasé
pensando cómo ganar ese combate.
“Mi plan fructificó a las mil maravillas. O al
menos en el primer tiempo: me fui rápidamente al ataque,
me apunté los puntos y al finalizar esa primera fase
tenía ventaja de 9-0. pero... Todo cambió en
el segundo tiempo. El empezó a dominarme y en una lucha
no apta para cardiacos, me empató a 9 puntos, segundos
antes de que los jueces decretaran la finalización
del combate.
Y allí estábamos los dos, exhaustos, esperando
la decisión. No lo niego: dudé, sobre todo porque
él había dominado al final y eso suele impresionar
a muchos jueces. Pero, de pronto, se encendieron los focos
rojos. ¡Yo era el ganador, pues llevaba la botarga roja!
¡Ya estaba en la final... ! Después me explicaron
que me habían proclamado triunfador por una acción
de tres puntos y mejor técnica.
“Lo primero que hice fue pedir una conferencia a México.
Quería hablar a mi casa y decirle a mi padre que en
unas horas disputaría la medalla de oro. Pero en mi
casa ya lo sabían. Habían visto la lucha por
la televisión. Mi padre estaba feliz; también
mi madre y mis hermanos... Y yo, por supuesto.
“Ahora sólo faltaba esperar la tarde del 2 de
agosto y, con ella, el combate final. Mi rival, el japonés
Adsuji Miyahara, había logrado el campeonato mundial
en 1983 y era, en mi división, el enemigo a vencer.
Llegaba invicto al combate final. No obstante, yo sabía
que podía vencerlo; me encontraba al 100% de mis capacidades.
Mi táctica sería tratar de sorprenderlo; tendría
que actuar, por tanto, con gran rapidez. Así empecé
la lucha. Pero él logró contenerme. Y así
íbamos, 0-0, después mi penalización
y aquel toque de espaldas cuando él intentaba el suplex...
“Cuando acabó la lucha, mis sentimientos se mezclaban,
me confundían terriblemente. Por un lado, sabía
que, de cualquier forma, la medalla de plata era una gran
conquista; ni más ni menos, la primera que México
conquistaba en lucha grecorromana en unos Juegos Olímpicos...
Pero, por otro, sentía frustración y rabia.
Rabia, porque sólo el oro hace que pueda ser interpretado
el himno de tu país; frustración, porque hasta
el último momento esperé que, al ver el video
de la lucha y esa acción en la que el japonés
estuvo de espaldas sobre la lona, el jurado y la federación
revocarían el fallo, como ya lo habían hecho
en anteriores y controvertidas decisiones. Pero no fue así..
“Ese fue mi único sentimiento de fracaso porque,
como deportista y como ser humano, regresé con la satisfacción
de haberlo dado todo. Ese día salí de la arena
de Anaheim con la satisfacción, como lo estoy ahora,
consciente de que le gané a Miyahara.
“No obstante, todos aquellos sentimientos encontrados
desaparecieron en el momento de la premiación. Ahí,
en el podio, las cosas se ven diferentes. Ya puedes hacer
un análisis más frío, ya te serenaste;
ya ves que izan tu bandera y escuchas a tus compañeros
que te echan porras, y también oyes aquel grito inolvidable:
"¡México!, ¡México!, ¡México!..."
Los aplausos se meten por tu piel y te dan escalofríos.
Y te dan ganas de reír y de llorar. Experiencia que
jamás se borra...
Eso de obtener una medalla olímpica representa, sinceramente,
la satisfacción máxima de mi vida.
Es algo que
no se puede cambiar con nada.
EL SEGUNDO ROBO, MÁS DECENTE
Recuerda Daniel una dolorosa
anécdota pero con final feliz:
Eran los primeros meses de 1985 y con la medalla que gané
en Los Ángeles no es de plata, me recomendaron que
la llevara a una joyería para que le dieran una pulida
y le pusieran una capa de barniz para que se conservara pulcra
y bonita. Y así lo hice.
Cuando el trabajo fue hecho, guardé la medalla en
su estuche y la metí en la guantera de mi coche.
Seguí mis actividades cotidianas y, en cierto momento,
tuve que dejar estacionado mi coche en la calle. Al llegar
por él me sentí morir: ¡me lo habían
robado! No me preocupaba ni el coche ni nada de lo que iba
adentro, a excepción de mi medalla. Me sentía
vacío; como si me hubieran arrancado una parte muy
importante de mi propio ser.
Como es natural, levanté una acta. Hasta la fecha,
el coche -un Le Barón '81- no aparece... Pero, como
a los 12 días del robo, al llegar la noche se escuchó
un fuerte ruido en la calle: el clásico ruido de cuando
una piedra rompe un cristal. Era un bulto, envuelto en periódicos:
¡El estuche y la medalla! me la devolvieron. Y es que
en el auto tenía muchas fotos, recortes, documentos
en los que aparecían mi nombre y dirección.
Así que quien se robó el carro sabía
de quién era. No podía creer que otra vez tenía
la medalla entre mis manos. La besé y la guardé
en un lugar más que seguro.
Poco después de aquel incidente y como consecuencia
de una lesión, Daniel tuvo que retirarse del deporte
activo. Entonces prosiguió, ya normalmente, con sus
estudios de Derecho. Hasta que se graduó.
Fragmentos
de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos,
editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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