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“Era yo el último representante del boxeo mexicano en la justa. En el equipo se palpaba la desilusión, como que nadie me tenía mucha confianza para llegar a más" .
Montreal
  Daniel Bautista Rocha        

Juan Paredes Miranda

Bronce en Boxeo / 54 a 57 kg

Juan Paredes (izq.) en la pelea por la medalla de bronce ante el coreano Chung-Ho Kil

  Ficha Técnica
 

Juan Paredes Miranda
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos Montreal, 1976
Fecha de nacimiento: 29 de febrero de 1953
Categoría: de 54 a 57 kg.

» La pelea por la medalla
» Y yo sintiendo tan bonito…
» Con el corazón inflamado
» Y luego, un cubano y un diente
» El box, para matar el hambre
» La ilusión como motor
» Y que siempre sí va a Montreal
» La medalla inesperada

Montreal, Canadá
26 de julio de 1976


Montreal, 26 de julio de 1976. No será una pelea más la de esta noche.

Ni será el coreano Chung-Ho Kil, el único adversario.

Él representará, en esta ocasión sin par, aquellos incontables rivales de toda la vida.

Pelear con él será pelear contra el hambre, contra la miseria, contra la marginación, contra el rencor propio, contra la amargura de una infancia infeliz, contra su mismo barrio, contra todos aquellos que lo retaron, contra todos aquellos que le llamaban muerto de hambre, contra la adversidad, contra la injusticia, contra la desigualdad...

Peleará Juan Paredes por la única y gran oportunidad de, por fin, ser alguien en la vida; por justificar, ante sí mismo, su propia existencia.

Pensaba en todo ello cuando vio aquellos ojos rasgados que lo miraban fijamente desde el otro lado del cuadrilátero.

Y renació en él la rebeldía de la infancia primera.

Ya ansiaba oír el teñido de la campana.

Porque esa sería su noche.

Lo fue.

La pelea por la medalla
Ya. El gong. Que la acción supla a los pensamientos.
Primer round.

Paredes: “De acuerdo con las instrucciones recibidas en mi esquina, empecé marcando la distancian con el jab de izquierda y con mi movimiento de piernas. Fue un típico round de estudio. Él trataba de entrar, pero yo lo contenía bien. Y se advertía que algo estaba sucediendo, más allá de todas las tácticas: él se venía frenando en sus deseos. Y yo, la verdad, pues también. Quería pelear con él. Enfrentarlo. Acabarlo. Eran como cien enemigos a la vez los que yo tenía ante mí y una sola la oportunidad de vencerlos. Si perdía, sería como la muerte. Mis impulsos, aquellos tan arrebatados, me pedían que fuera al frente; que combatiera hasta vencer”.

Segundo y tercer rounds...

Paredes: “No pudimos más. Había mucho en juego. Lo principal, yo creo, nuestros propios temperamentos. El combate, entonces, se convirtió en una pelea de verdad. A él ya no le importaron mis golpes al entrar y yo procuré dar muy pocos pasos hacia atrás. La acción se volvió frenética. Nos dimos a llenar.

“Era muy bravo el coreanito, incapaz de rajarse. Ahí estaba, sobre mí, a pesar de que cada vez que entraba, yo le recibía con poderosos cruzados de derecha y luego buscaba los ganchos de izquierda abajo. Él no sólo aguantaba, sino que tenía fuerza para responder, sobre todo con golpes volados.

“La gente nos aplaudió a rabiar. Y fue nuestra recompensa primera. Pero para uno de los dos sería la única. Y era extraño: yo sentía que había ganado, pero que igual le podían dar a él la decisión y estaba, a la vez, seguro de que por su mente pasaban los mismos pensamientos.

“Los dos teníamos razón, porque la pelea había sido muy cerrada. Prueba de ello es que tres jueces me vieron ganar a mí y dos a él”.

Se anuncia al vencedor de la pelea.

El réferi levanta el brazo del moreno combatiente.

Y yo sintiendo tan bonito…
Paredes: “Y yo allí, sintiendo tan bonito todo aquello... En esos momentos, como que uno se queda atónito. Mil recuerdos te vienen a la mente y sólo el ruido que hace la gente que te quiere, como fue el caso de mis compañeros y otros deportistas mexicanos que estaban en la arena, te devuelven a tu realidad. Yo como que quería que el réferi mantuviera por mucho tiempo mi brazo en alto.
Juan Paredes era ya, en ese instante, un medallista olímpico.

Había asegurado, cuando menos, la medalla de bronce en la división pluma del torneo boxístico de los Juegos Olímpicos de Montreal 1976.

Él, a quien hacía apenas un mes nadie concedía la menor oportunidad de competir en Montreal. Se había decidido que serían sólo tres los peleadores mexicanos en esa justa y eran Ernesto Ríos, Arturo Uruzquieta y Nicolás Arredondo los elegidos.

Con el corazón inflamado
Cuatro días después de aquella victoria, el 30 de julio, Juan Paredes subió al podio de vencedores.
Una medalla de bronce pendió de su pecho.

Y la bandera mexicana fue izada, junto con otras dos.

Paredes: “Nomás te digo que el corazón como que se me inflamaba de puro gusto. Y sentí un gran amor por mi país; algo que jamás había sentido yo, tan renegado, tan lleno de rencores. En ese momento, comprendí lo que significaba para mí ser mexicano y lo que era el orgullo de regresar con una medalla ganada en nombre de México. La verdad, creo que llegué muy alto; fue mucho para mí, ya que era un boxeador con muy poca experiencia internacional, no obstante mi edad (23 años)”.

Y luego, un cubano y un diente
¿Medalla de oro? ¿De plata?

La posibilidad de disputar la final había sido, de hecho, descartada. Un frío análisis de la realidad hizo comprender al grupo que representaba al boxeo mexicano que la medalla de bronce colmaba todas sus aspiraciones.

Porque no era sólo el rival lo que preocupaba. Y éste era nada menos que el cubano, el veteranísimo cubano Ángel Herrera, gran peleador que hizo buenos todos los vaticinios y alcanzó la medalla de oro. No, no era sólo él; había algo más.

Lo narra Paredes: “Desde que llegamos a Montreal empecé a sentir molestias en un diente, pero no le dI importancia. Conforme fue avanzando el torneo, el dolor se hizo más intenso. Y cuando le gané al coreano, no pude ni festejar el triunfo, por que ese diente era mi infierno personal.

Tenía un absceso que me impedía comer y como no me podían dar medicinas, porque corría el peligro de que me consideraran dopado, me tuve que aguantar a lo puro macho. Fue un médico alemán quien me curó así, a lo canijo, sin anestesia. Me dolió mucho, pero fue sin duda un gran trabajo, porque si no me cura, de plano no hubiera podido pelear. Tenía la boca hinchad. Lo único que hice fue dormir por la tarde, tras dos noches de insomnio por el dolor.

Aquel combate semifinal no representó un gran esfuerzo para el experimentado púgil antillano.

Paredes: “Subí muy débil, pero eso no es una excusa. Era mucho mi amor propio y quise intentar lo imposible: pelear así y buscar un golpe que inclinara el choque en mi favor. Pero Herrera supo evitarlo en todo momento. Me ganó bien, con toda claridad. Su experiencia era infinitamente superior a la mía. Mientras él tenía cerca de 100 combates internacionales, yo apenas andaba por los cinco.

El box, para matar el hambre
—¿Cómo, Juan, cómo llegó al boxeo?

—¿Le digo la verdad?... ¡para matar el hambre!

Y narra el medallista olímpico una larga historia que comienza en 1953 —nació el 29 de febrero— en el populoso barrio de Las Salinas, en Azcapotzalco.

Historia similar a la de muchísimos boxeadores:

Carencia hasta de lo elemental.

Privaciones.

Sufrimientos.

Hambre. Hambre de todo.

Mañanas y tardes que transcurrían entre ardorosos pleitos en las polvosas calles.

Paredes: “Allí en el barrio, a trompones, me desquitaba de la vida. Golpeando mostraba mi coraje por lo que se me negaba a diario”.

Es el mayor de una nutrida familia de 13 hermanos.

Paredes: “Ahora comprendo que en ese entonces yo era demasiado impulsivo. Pero es que no tenía nada. Y me rebelaba y la mejor forma de sacarme todo lo que traía adentro era peleando. Me decían El Chivo porque así, flaco y malcomido, me le dejaba ir a cualquiera sin abrirme jamás. La verdad era que pegaba muy duro. Nadie que me viera así, todo desgarbado, podía imaginar de lo que yo era capaz en una pelea. ¿Que por qué era así? La respuesta a esa pregunta, que me hice tantas veces, vino muchos años después: tenía un enorme deseo de sobresalir, de ser alguien... No quería ser señalado en el barrio como el muerto de hambre; quería que, a pesar de que no tenía nada, me respetaran y me admiraran; quería hacer sentir mi presencia, ser líder, el ídolo de la flota...

La ilusión como motor
Hasta que un día...

A finales de 1974 ingresó al Centro Deportivo Olímpico Mexicano como preseleccionado nacional en el equipo de boxeo. En las postrimerías de ese año fue escogido para pelear en el Campeonato Centroamericano y del Caribe —Guatemala—, donde ocupó el cuarto lugar.

Y ya estamos en los primeros meses de 1976, año olímpico, año de los Juegos en Montreal. Y, Paredes lo recuerda bien, en una calurosa mañana de marzo, el grupo de boxeo fue reunido en el gimnasio. Entonces, los entrenadores —el búlgaro Stavri Bachvarov y Salvador Moreno— les hicieron el anuncio que acabaría con muchas ilusiones:

“Las autoridades del Comité Olímpico Mexicano nos han hecho saber que sólo tres boxeadores serán seleccionados para competir en Montreal”. Todo mundo sabía los nombres: Ernesto Ríos, Arturo Uruzquieta y Nicolás Arredondo.

Paredes: “Cuando nos dijeron aquello, muchos del equipo se desanimaron. Varios desertaron, otros se retiraron del boxeo, algunos más ingresaron al profesionalismo... Pero otros, como yo, nos quedamos. Yo seguí, sostenido por dos razones: ir a unos Juegos Olímpicos se había convertido en mi máxima ilusión y por otra parte, me dí cuenta de que jamás en mi vida había estado tan bien como en el CDOM. Ya no tenía hambre, ya no tenía enemigos, sino puros cuates y sobre todo, ya no tenía rencores, sino ilusiones. Eso había hecho el deporte. Además, me daban una ayuda económica que, aunque pequeña, de mucho me servía. Así que tomé una determinación: “Se aquí no me voy... ¡Hasta que me corran!”.

Y que siempre sí va a Montreal
A mediados de abril, ya con los Juegos Olímpicos a la vista, Paredes fue seleccionado para competir en La Habana, en el prestigiado torneo Córdoba-Cardín. Su actuación fue breve, pero llamó poderosamente la atención: en su primer combate, disputado palmo a palmo, se impuso a un peleador local: nocaut en el tercer asalto. Y en el siguiente, enfrentó al soviético Alexander Petrov, que le aventajaba en experiencia. Pero el mexicano no se amilanó.. Impuso el duelo en corto, sin descanso, no obstante, los desesperados esfuerzos de europeo por boxear a la distancia. El choque parecía desigual: ¿qué podría hacer aquel morenito, flaco “aunque, eso sí, muy correoso” ante aquel rubio musculoso. Nada de eso importó a Paredes, quien se fajó abiertamente con su poderoso adversario. Jadeantes, ambos púgiles esperaron la decisión. Ésta fue para el soviético, por 3-2.

Paredes: “Cómo sería la cosa que hasta los propios cubanos la protestaron ruidosamente...

Mientras tanto, otro soviético arrollaba a Uruzquieta hasta dejarlo fuera de combate en el segundo asalto.

Pero ni así, Paredes sintió que los vientos de la esperanza refrescaban su panorama.

“Todos consideramos que aquella derrota de Arturo no iba a influir en la decisión final. Porque en el boxeo, siempre está uno expuesto a una mala actuación.

No obstante y ya a sólo unos 20 días de la inauguración de los Juegos, el grupo de boxeadores fue reunido en el gimnasio y entonces Bachvarov hizo un anuncio de lo más escueto: “Uruzquieta se queda; su lugar será ocupado por Paredes”.

Paredes: “Fue una gran sorpresa para mí ¿Como describirla?... Imposible. Siento, ahora que fue un premio a mi constancia: nunca falté a un entrenamiento. Si no tenía dinero para los camiones, me ponía a vender envases de refrescos o hacía mandados o me iba de aventones o de mosquita en la parte trasera de un camión y a veces hasta caminando... Pero siempre llegaba puntual al CDOM.

Ir a entrenar allí me hacía sentir que era una persona importante, sana; ya no me llamaba la atención vacilar o perder el tiempo en otras cosas. Ahora aspiraba a ser interno. a quedarme en el CDOM a dormir, a hacer allí las tres comidas. Yo sentía que esa era mi casa, mi segunda casa.

La medalla inesperada
Y se fue la delegación mexicana a Montreal, como siempre, entre risas y promesas.

La realidad fue incruenta. Las derrotas comenzaron a sucederse. También en boxeo.

Paredes: “Era yo el último representante del boxeo mexicano en la justa. En el equipo se palpaba la desilusión, como que nadie me tenía mucha confianza para llegar a más" .

Paredes estaba dispuesto a todo con tal de no defraudar a nadie.

El 23 de julio, el zurdo mexicano enfrentó al japonés Yukio Odagi. Lo manejó bien, a la distancia y se alzó con una clara victoria de 4-1.

“Yo andaba como perdido, obsesionado entre mi diente y mi responsabilidad —dice Paredes—. Así que cuando bajé del ring, realmente me sorprendió el grito de Salvador Moreno: “¡una victoria más y ya tienes en la bolsa la de bronce, Juanito!” “¿De verdad?” le pregunté.

Así era. Así fue. Victoria sobre Chung-Ho Kii. Medalla de bronce. Izamiento de bandera. Gritos. Celebraciones. Honor, honor, honor...

El regreso, los abrazos, las fotos.

Sólo Paredes y Daniel Bautista —medalla de oro en 20 kilómetros de marcha— regresaban triunfantes a México.

Paredes: “En el aeropuerto había mucha gente. Yo llegué con mi medalla colgada al cuello. Todos querían saludarme y allí estaban aquellos, mis viejos cuates de la infancia. Sobraban las felicitaciones. Foto tras foto. Que levantara los brazos, que enseñara la medalla, que vente para acá, Juanito, que me quiero retratar contigo, que si una sonrisa, campeón...

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
 

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