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"Él se me vino encima, en una acción más aparatosa que efectiva. No me hacía daño. Yo me cubría la cara, esperando el momento del contragolpe. Pero Nowara y Mazek aventaron la toalla. Yo la vi volar y me sorprendí. Podía seguir, quería seguir". |
| México |
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Agustín Zaragoza
Reyna |
Plata en Boxeo | 71-75 kg. |
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El
checo Jan Heiduk, campeón de Europa,
prueba el poder del puño del mexicano
Agustín Zaragoza en la pelea por
la medalla de bronce.
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Ficha Técnica |
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Agustín Zaragoza
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos México,
1968
Fecha de nacimiento: 18 de agosto de 1954
Categoría de 71 a 75 kg.
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Lo daría todo con tal
de estar en aquella Olimpiada.
Era para él algo tan importante que, de hecho, justificaría
ante sí mismo su propia existencia.
Se había preparado ya durante seis años. Y ahora
estaba, nuevamente, fuera de toda posibilidad
La primera derrota de su carrera, cuando era todavía
un púgil incipiente, le había impedido pelear
en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964.
Así que se concentró en el siguiente compromiso:
México 1968.
Durante cuatro años fue él peso welter número
uno del país. Simplemente imbatible.
Pero llegó la segunda derrota en el momento más
inesperado.
Y le faltaría vida a Agustín Zaragoza para recriminarse
por aquél exceso de confianza que se tradujo en ese
revés... Porque le había costado un lugar en
el equipo mexicano de boxeo que competiría en la XIV
Olimpiada.
Suplicó una segunda oportunidad. Imposible
Y ya casi resignado al ostracismo, vio encenderse una luz
diminuta en el oscuro panorama.
- Ya sabemos que eres peso welter, pero no contamos con un
buen peso medio. ¿Quieres intentarlo?
Él medía 1.82 metros, pero en su peso máximo
alcanzaba únicamente 72 kilogramos. En plena forma
para combatir, detenía la romana de la báscula.,
en 66.600 kilos. Si accedía, tendría que enfrentarse
a rivales con registro mínimo de 75 kilogramos.
¡Acepto!-, exclamó. Ni siquiera lo meditó.
Un par de meses después, Agustín Zaragoza subía
al podio olímpico.
Era dueño de una medalla de bronce.
Y de su paz interior.
¡QUÉ MANERA DE PERDER!
1968: Año olímpico.
Y de intenso entrenamiento.
Agustín: “ En los primeros meses de ese año,
yo me dediqué íntegramente a mejorar mi boxeo
defensivo. Quería hacerlo más técnico
para evitar los golpes en la nariz. Tenía que cuidarme
mucho para llegar a los Juegos Olímpicos al ciento
por ciento”.
Zaragoza participa en el selectivo. Y todo va bien, como siempre.
Nadie puede con él. Y sonríe cuando llega a
la final, pletórico de optimismo: su rival será
José Cebreros, de Sinaloa, a quien ya ha vencido en
tres ocasiones. Ahora aquí, en el CDOM, en casa, ¿una
cuarta?... Pero cómo no.
Sólo que no hay nada escrito en el boxeo.
Agustín: “Me perdió el exceso de confianza.
La verdad es que menosprecié a mi contrincante. Y él,
que era un valiente del ring, poco a poco fue adueñándose
de las acciones, peleando siempre por dentro. Se exponía,
sí, pero también acertaba buenos golpes. Yo
no forzaba el ritmo porque estaba seguro de que en cualquier
momento podía acabar con él. ¡Gravísima
estupidez! Cuando intenté atacar fue muy tarde. Cebreros
ya estaba Incontenible. Me ganó limpiamente. Yo lo
sabía desde que sonó el último campanillazo.
Y empecé a lamentarme. Qué mala suerte. ¡Estaba
eliminado de los Juegos! Me decía: "¡Eres
un zonzo!, ¡un burro!. . . Cómo fuiste a perder
hoy". Era apenas mi segunda derrota y mi segunda frustración.
Porque las dos eran muy importantes”.
La ira de Agustín se acrecentó cuando burlonamente,
Cebreros le dijo, camino a los vestidores:
- Esta fue la última pelea entre nosotros. La buena.
Porque ahora yo voy a los Juegos Olímpicos. Y tú
te quedas.
Todo parecía perdido.
Pero entonces se produjo una reunión entre los dirigentes
Eduardo Hay y Josué Sáenz y los técnicos
Nowara y Mazek. Estos informaron que hacía falta un
buen peso medio en el equipo. Se dirigieron a Zaragoza. Y
fue Josué Sáenz quien le habló. Así:
- Ya sabemos que eres peso welter, pero no contamos con un
buen peso medio. ¿Quieres intentarlo?
- ¡Acepto!
- Entonces tendrás que pelear otra vez el selectivo.
Tendrás que eliminarte. Si puedes con los que hay,
no serás seleccionado.
Agustín: “Ni me preocupé por la diferencia
de peso. Sabía que tendría que hacer frente
a rivales más poderosos que yo, pero la lección
vivida días antes había sido muy dolorosa. Quería
estar en esos Juegos y ya nada me importaba. Así que
ellos organizaron un selectivo en peso medio, yo me inscribí
y gané todas las peleas. ¡Ya, ya era seleccionado!
Me exigieron no fallar a ningún entrenamiento. Por
otra parte, mi dieta causaba la envidia de todos mis compañeros
de equipo: tenía que alimentarme muy bien para ganar
peso. Comía mucha carne, verduras y fruta. Bebía
litros de leche. Tenía que estar arriba de los límites
de la división para después desechar los líquidos
sin debilitarme. Aún así, mi peso máximo
fue el de 72.5 kilogramos.
UN POCO DE REGGAE
17 de octubre. Arena México
Agustín, de 27 años, sube al ring para hacer
por fin su presentación olímpica.
Hay expectación entre el público. No es común
ver en acción a un peleador nacional en peso medio.
Pero las perspectivas son interesantes: como en esta división
se han registrado muy pocos competidores, con sólo
dos victorias el mexicano puede llegar a obtener una medalla.
Ese musculoso jamaiquino, Dinsdale Wright, moreno de físico
impresionante y dura mirada, que espera en la esquina roja,
será el sinodal. El primer obstáculo.
Agustín: “Estaba bravo el negrito. No era muy
agresivo, pero golpeaba muy fuerte. Prefería la técnica
al combate abierto. Así que aquel fue un duelo de buen
boxeo. Y ese era mi terreno. Yo me sentía muy confiado,
peleando en casa y a base de jabs de izquierda que me mantuvieron
a la distancia, gané con toda claridad: 5-0. El público,
que me recibió escéptico, me aplaudió
a rabiar”.
Faltaba ya sólo un paso...
EL GIGANTE CHECO
La noche del 22 de octubre, la gente colma las tribunas de
la Arena México. El peso medio mexicano, ese, de buen
estilo, puede afianzar hoy una medalla.
Pero, ¿podrá con el gigantesco checoslovaco
Jan Heiduk? El eslavo mide 1.91 metros de estatura y es campeón
de Europa.
PARECE DEMASIADO...
Agustín: “La verdad es que él estaba impresionante.
Era tan grande que me hacía aparecer como un chiquillo.
Daba duro, sobre todo con la derecha. Pero no era muy ágil.
“Y yo aproveché esa circunstancia para hacer
una pelea en corto, que impidiera sus desplazamientos y el
manejo de su distancia. En el segundo round se produjeron
algunos buenos intercambios de golpes; sin embargo, al sonar
la campana, automáticamente bajé los brazos
y él lanzó el derechazo.
“Me sorprendió. Me derribó. Me había
dado a la mala y fue amonestado. Yo sentía que todo
me daba vueltas, pero no quise que él se diera cuenta
y me levanté muy derechito.
“Durante el descanso, yo decía en mi banquillo:
"me voy a desquitar, me voy a desquitar... Lo voy a tumbar".
“Pero Nowara (su entrenador) me calmó: "tú
tienes ganada la pelea, no te expongas. Hay que boxearlo,
¿entiendes?-. Tuve que tragarme mi coraje y salí
a boxear. Lo trabajé bien. Le di la vuelta, no le permití
que se acomodara. Lo golpeaba con el jab de izquierda y luego
salía. El se desesperó y comenzó a fallar
casi grotescamente. Cuando anunciaron la decisión de
4-1 a mi favor, salté de puro gusto. ¡Ya era
mía cuando menos una medalla de bronce!
Se produjo un enorme griterío en la arena. Ya el exigente
público mexicano me aceptaba. Le había demostrado
que mi boxeo era técnico, que yo no era un bulto.
Y TIRARON LA TOALLA POR ÉL
24 de octubre.
Noche de semifinales.
El rival en turno de Agustín Zaragoza es el soviético
Alexei Kiselev.
El ganador irá directo a la final.
La algarabía se extiende por todos los ámbitos.
Pero pronto será apagada.
Agustín:
“Kiselev era un boxeador difícil, fuerte, que
rehuía el combate abierto. Peleaba siempre en reversa.
Y yo caí ingenuamente en el garlito: asumí la
ofensiva. Pero jamás pude descifrar su estilo habilidoso.
Para colmo, era zurdo. De repente me dio dos buenos cruzados
con la izquierda; golpes que me cimbraron pero que no impidieron
que siguiera atacando. Ya estaba adentro. Le clavé
un buen derechazo y me entusiasmé porque sentí
que le hice daño. Ataqué con más fuerza.
“Él, mucho más sereno, esperó una de esas
entradas mías, tan abiertas y me barqueó: yo
me descuidé y ¡pum!, clavó su izquierda,
rápida y fuerte, sobre mi barbilla. Caí de rodillas
a la lona, pero me levanté rápidamente. Él se
me vino encima, en una acción más aparatosa
que efectiva. No me hacía daño. Yo me cubría
la cara, esperando el momento del contragolpe. Pero Nowara
y Mazek aventaron la toalla. Yo la vi volar y me sorprendí.
Podía seguir, quería seguir.
“Pero ya no me era posible. Lloraba de rabia cuando
caminé hacia la esquina. Ya en los vestidores, Nowara
me reconfortó: "has ganado una medalla, no te
amargues. Hiciste todo muy bien, pero tuvimos que detener
la pelea para no exponerte. Compréndelo: te falta peso.
Y no obstante tu edad, puedes ir a otra Olimpiada". Traté
de asimilar sus palabras, aunque realmente no supe si lo logré.”
Agustín Zaragoza regresó. Peleó por su
lugar en los siguientes Juegos Olímpicos, pero fue
relegado y en su lugar enviaron a un peleador que cayó
en el primer combate. Se retiraría en 1975.
Nunca se
hizo profesional, pero fue entrenador de boxeo y después
réferi internacional.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade
y EL UNIVERSAL. |