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"Él se me vino encima, en una acción más aparatosa que efectiva. No me hacía daño. Yo me cubría la cara, esperando el momento del contragolpe. Pero Nowara y Mazek aventaron la toalla. Yo la vi volar y me sorprendí. Podía seguir, quería seguir".
México
  Felipe Muñoz Kapamas
Ricardo Delgado Nogales Antonio Roldán Reyna
  José Pedraza Zúñiga
Pilar Roldán Tapia
  María Teresa Ramírez G.
Joaquín Rocha Herrera

Agustín Zaragoza Reyna

Plata en Boxeo | 71-75 kg.

El checo Jan Heiduk, campeón de Europa, prueba el poder del puño del mexicano Agustín Zaragoza en la pelea por la medalla de bronce.

  Ficha Técnica
 

Agustín Zaragoza
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos México, 1968
Fecha de nacimiento: 18 de agosto de 1954
Categoría de 71 a 75 kg.

»¡QUÉ MANERA DE PERDER!
» UN POCO DE REGGAE
» EL GIGANTE CHECO
» Parece demasiado...
» Y TIRARON LA TOALLA POR ÉL

Lo daría todo con tal de estar en aquella Olimpiada.

Era para él algo tan importante que, de hecho, justificaría ante sí mismo su propia existencia.
Se había preparado ya durante seis años. Y ahora estaba, nuevamente, fuera de toda posibilidad

La primera derrota de su carrera, cuando era todavía un púgil incipiente, le había impedido pelear en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964.

Así que se concentró en el siguiente compromiso: México 1968.

Durante cuatro años fue él peso welter número uno del país. Simplemente imbatible.
Pero llegó la segunda derrota en el momento más inesperado.

Y le faltaría vida a Agustín Zaragoza para recriminarse por aquél exceso de confianza que se tradujo en ese revés... Porque le había costado un lugar en el equipo mexicano de boxeo que competiría en la XIV Olimpiada.

Suplicó una segunda oportunidad. Imposible

Y ya casi resignado al ostracismo, vio encenderse una luz diminuta en el oscuro panorama.
- Ya sabemos que eres peso welter, pero no contamos con un buen peso medio. ¿Quieres intentarlo?

Él medía 1.82 metros, pero en su peso máximo alcanzaba únicamente 72 kilogramos. En plena forma para combatir, detenía la romana de la báscula., en 66.600 kilos. Si accedía, tendría que enfrentarse a rivales con registro mínimo de 75 kilogramos.

¡Acepto!-, exclamó. Ni siquiera lo meditó.

Un par de meses después, Agustín Zaragoza subía al podio olímpico.

Era dueño de una medalla de bronce.

Y de su paz interior.

¡QUÉ MANERA DE PERDER!
1968: Año olímpico. Y de intenso entrenamiento.

Agustín: “ En los primeros meses de ese año, yo me dediqué íntegramente a mejorar mi boxeo defensivo. Quería hacerlo más técnico para evitar los golpes en la nariz. Tenía que cuidarme mucho para llegar a los Juegos Olímpicos al ciento por ciento”.

Zaragoza participa en el selectivo. Y todo va bien, como siempre. Nadie puede con él. Y sonríe cuando llega a la final, pletórico de optimismo: su rival será José Cebreros, de Sinaloa, a quien ya ha vencido en tres ocasiones. Ahora aquí, en el CDOM, en casa, ¿una cuarta?... Pero cómo no.
Sólo que no hay nada escrito en el boxeo.

Agustín: “Me perdió el exceso de confianza. La verdad es que menosprecié a mi contrincante. Y él, que era un valiente del ring, poco a poco fue adueñándose de las acciones, peleando siempre por dentro. Se exponía, sí, pero también acertaba buenos golpes. Yo no forzaba el ritmo porque estaba seguro de que en cualquier momento podía acabar con él. ¡Gravísima estupidez! Cuando intenté atacar fue muy tarde. Cebreros ya estaba Incontenible. Me ganó limpiamente. Yo lo sabía desde que sonó el último campanillazo. Y empecé a lamentarme. Qué mala suerte. ¡Estaba eliminado de los Juegos! Me decía: "¡Eres un zonzo!, ¡un burro!. . . Cómo fuiste a perder hoy". Era apenas mi segunda derrota y mi segunda frustración. Porque las dos eran muy importantes”.

La ira de Agustín se acrecentó cuando burlonamente, Cebreros le dijo, camino a los vestidores:

- Esta fue la última pelea entre nosotros. La buena. Porque ahora yo voy a los Juegos Olímpicos. Y tú te quedas.

Todo parecía perdido.

Pero entonces se produjo una reunión entre los dirigentes Eduardo Hay y Josué Sáenz y los técnicos Nowara y Mazek. Estos informaron que hacía falta un buen peso medio en el equipo. Se dirigieron a Zaragoza. Y fue Josué Sáenz quien le habló. Así:

- Ya sabemos que eres peso welter, pero no contamos con un buen peso medio. ¿Quieres intentarlo?

- ¡Acepto!

- Entonces tendrás que pelear otra vez el selectivo. Tendrás que eliminarte. Si puedes con los que hay, no serás seleccionado.

Agustín: “Ni me preocupé por la diferencia de peso. Sabía que tendría que hacer frente a rivales más poderosos que yo, pero la lección vivida días antes había sido muy dolorosa. Quería estar en esos Juegos y ya nada me importaba. Así que ellos organizaron un selectivo en peso medio, yo me inscribí y gané todas las peleas. ¡Ya, ya era seleccionado! Me exigieron no fallar a ningún entrenamiento. Por otra parte, mi dieta causaba la envidia de todos mis compañeros de equipo: tenía que alimentarme muy bien para ganar peso. Comía mucha carne, verduras y fruta. Bebía litros de leche. Tenía que estar arriba de los límites de la división para después desechar los líquidos sin debilitarme. Aún así, mi peso máximo fue el de 72.5 kilogramos.

UN POCO DE REGGAE
17 de octubre. Arena México

Agustín, de 27 años, sube al ring para hacer por fin su presentación olímpica.

Hay expectación entre el público. No es común ver en acción a un peleador nacional en peso medio. Pero las perspectivas son interesantes: como en esta división se han registrado muy pocos competidores, con sólo dos victorias el mexicano puede llegar a obtener una medalla.

Ese musculoso jamaiquino, Dinsdale Wright, moreno de físico impresionante y dura mirada, que espera en la esquina roja, será el sinodal. El primer obstáculo.

Agustín: “Estaba bravo el negrito. No era muy agresivo, pero golpeaba muy fuerte. Prefería la técnica al combate abierto. Así que aquel fue un duelo de buen boxeo. Y ese era mi terreno. Yo me sentía muy confiado, peleando en casa y a base de jabs de izquierda que me mantuvieron a la distancia, gané con toda claridad: 5-0. El público, que me recibió escéptico, me aplaudió a rabiar”.

Faltaba ya sólo un paso...

EL GIGANTE CHECO
La noche del 22 de octubre, la gente colma las tribunas de la Arena México. El peso medio mexicano, ese, de buen estilo, puede afianzar hoy una medalla.

Pero, ¿podrá con el gigantesco checoslovaco Jan Heiduk? El eslavo mide 1.91 metros de estatura y es campeón de Europa.


PARECE DEMASIADO...
Agustín: “La verdad es que él estaba impresionante. Era tan grande que me hacía aparecer como un chiquillo. Daba duro, sobre todo con la derecha. Pero no era muy ágil.

“Y yo aproveché esa circunstancia para hacer una pelea en corto, que impidiera sus desplazamientos y el manejo de su distancia. En el segundo round se produjeron algunos buenos intercambios de golpes; sin embargo, al sonar la campana, automáticamente bajé los brazos y él lanzó el derechazo.

“Me sorprendió. Me derribó. Me había dado a la mala y fue amonestado. Yo sentía que todo me daba vueltas, pero no quise que él se diera cuenta y me levanté muy derechito.

“Durante el descanso, yo decía en mi banquillo: "me voy a desquitar, me voy a desquitar... Lo voy a tumbar".

“Pero Nowara (su entrenador) me calmó: "tú tienes ganada la pelea, no te expongas. Hay que boxearlo, ¿entiendes?-. Tuve que tragarme mi coraje y salí a boxear. Lo trabajé bien. Le di la vuelta, no le permití que se acomodara. Lo golpeaba con el jab de izquierda y luego salía. El se desesperó y comenzó a fallar casi grotescamente. Cuando anunciaron la decisión de 4-1 a mi favor, salté de puro gusto. ¡Ya era mía cuando menos una medalla de bronce!

Se produjo un enorme griterío en la arena. Ya el exigente público mexicano me aceptaba. Le había demostrado que mi boxeo era técnico, que yo no era un bulto.

Y TIRARON LA TOALLA POR ÉL
24 de octubre.

Noche de semifinales.

El rival en turno de Agustín Zaragoza es el soviético Alexei Kiselev.

El ganador irá directo a la final.

La algarabía se extiende por todos los ámbitos.

Pero pronto será apagada.

Agustín:

“Kiselev era un boxeador difícil, fuerte, que rehuía el combate abierto. Peleaba siempre en reversa. Y yo caí ingenuamente en el garlito: asumí la ofensiva. Pero jamás pude descifrar su estilo habilidoso. Para colmo, era zurdo. De repente me dio dos buenos cruzados con la izquierda; golpes que me cimbraron pero que no impidieron que siguiera atacando. Ya estaba adentro. Le clavé un buen derechazo y me entusiasmé porque sentí que le hice daño. Ataqué con más fuerza.

“Él, mucho más sereno, esperó una de esas entradas mías, tan abiertas y me barqueó: yo me descuidé y ¡pum!, clavó su izquierda, rápida y fuerte, sobre mi barbilla. Caí de rodillas a la lona, pero me levanté rápidamente. Él se me vino encima, en una acción más aparatosa que efectiva. No me hacía daño. Yo me cubría la cara, esperando el momento del contragolpe. Pero Nowara y Mazek aventaron la toalla. Yo la vi volar y me sorprendí. Podía seguir, quería seguir.

“Pero ya no me era posible. Lloraba de rabia cuando caminé hacia la esquina. Ya en los vestidores, Nowara me reconfortó: "has ganado una medalla, no te amargues. Hiciste todo muy bien, pero tuvimos que detener la pelea para no exponerte. Compréndelo: te falta peso. Y no obstante tu edad, puedes ir a otra Olimpiada". Traté de asimilar sus palabras, aunque realmente no supe si lo logré.”
Agustín Zaragoza regresó. Peleó por su lugar en los siguientes Juegos Olímpicos, pero fue relegado y en su lugar enviaron a un peleador que cayó en el primer combate. Se retiraría en 1975.
Nunca se hizo profesional, pero fue entrenador de boxeo y después réferi internacional.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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