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Cuando le gané a Lubers, todo mundo, me felicitó. Y es que pocos, muy pocos, habían imaginado que yo podía ganar una medalla |
| México |
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Joaquín Rocha Herrera |
Bronce
en Boxeo / Más de 81 kg. |
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Joaquín
Rocha enfrenta al ganes Adonis Ray, en
su primer combate rumbo al podio en los
Juegos Olímpicos de México
68.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Joaquín Rocha Herrera
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos México,
1968
Fecha de nacimiento: 16 de agosto de 1944
Categoría: de más de 81
kg.
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Ciudad de México
24 de octubre de 1968
Febrero de 1967 Se acerca el
gigantón, con toda timidez, hasta la recepcionista
del Centro Deportivo Olímpico Mexicano.
-Perdone, señorita. Ella le mira, curiosa.
-¿Dígame?
-Sabe, es que quiero representar a México en el boxeo
de las Olimpiadas del 68.
Sin reponerse de la sorpresa, la joven acerca al visitante
un documento en blanco.
- Está bien -dice. Llene esta forma. Ponga todos sus
datos personales y su currículum vitae en el deporte.
-¿Mi currículum?... No, señorita, yo
apenas voy a empezar.
Crece el asombro de la dama.
-Huy, joven... Aquí sólo aceptan al campeón
o al subcampeón nacional. Si acaso, al tercer lugar,
pero de ninguna manera a un principiante.
El mundo se le viene encima a Joaquín Rocha.
Pero, en ese momento, pasa por ahí el polaco Enrique
Nowara, nada menos que el entrenador del equipo nacional de
boxeo. La recepcionista advierte su presencia y lo llama a
la pequeña oficina.
-Profesor -se dirige a él, aquí está
este joven. Dice que quiere representar a México en
los Juegos Olímpicos, ¡pero que viene a aprender!
Nowara ve de arriba a abajo al mocetón.
-Estás fuerte... Vente a entrenar esta tarde. No dice
más.
Joaquín: “Seguramente el entrenador pensó:
"este muchacho no regresa", pero si lo hizo así,
se equivocó. Porque en una maleta yo traía un
pantalón blanco y mis tenis. Ya ni siquiera regresé
a mi casa. Me entretuve curioseando, viendo pasar a los deportistas
que iban a entrenar al CDOM y en especial, a aquellos que
tenían cara de boxeadores, así, con la nariz
chata. En la tarde me presenté en el entrenamiento”.
Las miradas de curiosidad fueron, ahora, de los boxeadores
para ese individuo, alto y fuerte, que se acercaba a Nowara.
-Aquí estoy, profesor.
Nowara no contestó. Empezó a dar indicaciones
al grupo de veteranos del equipo olímpico, entre quienes
destacaba Arturo Delgado, Ricardo Cervantes, Antonio Roldán,
Antonio Durán y Agustín Zaragoza.
-Venga para acá, muchacho -dijo al fin. Y cámbiese
porque va a subir al ring...
Joaquín: “Mientras los demás empezaban
a entrenarse, que me cambio a toda prisa. Me lo prestaron
todo: un calzón que me quedaba muy justo, guantes,
careta, vendas; todo, en fin, para poder boxear”.
Sin mediar pregunta alguna, Nowara indicó: - ¡Súbase
con éste!
Ese "éste" era Enrique Villarreal, nada menos
que el campeón nacional semicompleto en el pugilismo
de aficionados. Un peleador que, obviamente, sabía
mucho más que aquel rival inesperado, fuerte, pero
verde, muy verde.
Joaquín: “Yo ni lo pensé. Que me subo
pero pa' pronto. Y sucedió una de esas cosas que uno
nunca sabe, pero mientras más me hacía llegar
sus golpes, más me decía a mí mismo:
"a éste le voy a dar uno, le voy a dar uno que
ya verá".
“De repente, que me empieza a salir sangre de nariz
y boca. Eso me irritó. No me aguanté más
y me le fui encima. Lo arrinconé en una esquina y que
le empiezo a tundir. Hasta que se cayó. Y estaba yo
tan enojado que quería agarrarlo a patadas; tal vez
lo hubiera hecho si es que no sube Nowara y me dice: "coraje
no, coraje no". Yo le contesté: "pero si
me estaba dando muy duro". “Me dio una palmada
en la espalda y me sacó del ring”.
De inmediato, Joaquín Rocha fue rodeado por los demás
boxeadores que habían observado el improvisado combate.
Un peleador como él, de 1.92 metros de estatura y 85
kilogramos de peso, no podía pasar inadvertido. Todos
lo alentaron a seguir.
Joaquín: “El profesor Nowara me aceptó
en la preselección y desde ese momento el boxeo fue
una obsesión para mí. Tenía que asimilar
todo en el menor tiempo. Para mí, las 24 horas del
día eran de boxeo. Sólo así podría
llegar a los Juegos Olímpicos”.
Llegó. Con apenas 11 peleas, pero llegó.
Y no sólo eso: Joaquín Rocha conquistó
la medalla de bronce, en la división de peso completo.
De espontáneo,
al boxeo
Joaquín: “Como yo vivía en la colonia
Roma, no era sino obligado que perteneciera al deportivo Hacienda.
Un día, por pura curiosidad, fui a ver la final de
un torneo de aficionados llamado Cinturón de Diamantes.
“Sucedió entonces algo muy curioso: en peso completo
se habían inscrito sólo dos boxeadores, de los
cuales nada más se presentó uno. Alguien, al
verme grande y fuerte, me invitó a que peleara con
el que estaba allí. Y le entré. Jamás
me había calzado unos guantes.
“Me había peleado varias veces en la Prepa 5,
cómo no, para defender a mis amigos, a quienes les
pegaban los grandotes o los maloras, pero hasta ahí.
Me prestaron las cosas y venga, pues, a pelear...”
El nombre de aquel adversario se pierde en la bruma del tiempo
transcurrido. De él sol recuerda Rocha que era un hombre
más bajo de estatura, regordete y con una vasta experiencia.
El combate no duró ni un round.
Joaquín: “El pensó que me iba a agarrar
por sorpresa y me tiró una izquierda volada que me
pasó muy cerca de la cabeza. Me hice a un lado, lancé
el derechazo y lo acabé en ese primer asalto”.
Tenía 22 años y estaba en plenitud física.
Impresionaban su cuerpo, atlético y su elevada estatura.
Ya no era el chiquillo aquel que, tomado de la mano de su
padre, luchador profesional en la época de El Santo,
lo acompañaba a las arenas. Al verlo nuevamente, el
promotor Chavo Lutteroth le propuso que iniciara una carrera
como luchador profesional. Le dijo que si le apenaba que lo
vieran en público, podía con convertirlo en
una nueva y sensacional maravilla enmascarada.
Rocha desechó toda proposición respecto de la
lucha.
Había probado ya, el sabor del triunfo en el boxeo
Y quería más.
Así que, después de ese fortuito campeonato
en el deportivo Hacienda, se armó de valor y con toda
candidez se presentó en el CDOM.
“Tenía que asimilarlo todo. Incluso, servía
de spaning a Delgado, a Cervantes, a todos. Como que creían
que era un buen costal. -Pero cuando se les empezaba a pasar
la mano, con un golpecito los ponía quietos. Ya lo
sabían: me gustaba boxear con ellos porque les aprendía
todo lo que podía, nomás que no se mandaran”.
A él
sí le daban de comer
Allí iba, el gigantón, rumbo a los Juegos Olímpicos.
Aunque, más que un peso completo, Joaquín Rocha
parecía un semipesado. Lo máximo que podía
dar en la báscula eran 85 kilogramos.
¿Por qué no descender una división? Rocha:
“Eso me lo propusieron, pero no acepté”.
“Les dije: "a mí déjenme comer como
yo sé comer y olvídense de lo demás".
Por una parte, era la envidia de mis compañeros, que
veían azorados cómo comía carne y tomaba
mucha leche. Eso me mantenía contento. Inclusive, los
cocineros me preparaban un buen lunch nocturno: pan, leche,
fruta y una torta, por si me daba hambre en la madrugada...
“Pero, por otra parte, esa envidia de mis compañeros
se convertía en ocasional regocijo, sobre todo en aquellos
que tenían una dieta rígida, como Roldán,
Delgado y Cervantes. Porque, como de vez en cuando sí
me daba hambre, iba a mi locker a buscar mis guardaditos y
¡oh sorpresa!, ya habían desaparecido. Ni les
preguntaba al día siguiente.
“Con sólo verlos y poner cara de enojado, cualquiera
de ellos se delataba. Les daba un coscorrón y olvidábamos
el asunto”.
Durante 1968, Joaquín sostuvo varios combates en Texas,
en California y en la ciudad de México. Se impuso en
todas. Pero, no obstante, su historial era uno de los más
breves de cualquier púgil inscrito en el torneo boxístico
de las olimpiadas de México 1968: 11 peleas, 10 victorias
y una derrota.
Tendría, a cambio, una ventaja: En virtud de que hubo
muy pocos registros en peso completo y de que en México
68 se instituyó que se entregara medalla de bronce
a los perdedores de los combates de cuartos de final sin que
éstos tuvieran que ir a una pelea extra para dilucidar
tercero y cuarto sitios, Joaquín necesitaría
de solamente dos victorias para asegurar, cuando menos, una
presea de bronce.
Pero, sólo dos victorias suelen ser demasiadas en Juegos
Olímpicos y sobre todo para quien llega a ellos después
de haber sostenido apenas 11 combates.
Rocha no era, pues, una esperanza boxística. Ni siquiera
una leve esperanza.
Joaquín: “Nadie confiaba en mí. Todo mundo
creía que me iban a eliminar en la primera pelea. Pero...”
Ya, a pelear
Acción.
18 de octubre de 1968.
Noche de gran expectación en la Arena México.
Se presenta el peso completo mexicano..
Ya no acude Joaquín a acompañar a su padre.
Será a él a quien vea la gente.
A él, quien viste el uniforme nacional.
A él, quien saluda marcial y ve subir al ring a su
adversario: el ghanés Adonis Ray, un hombre de negra
piel, tosca mirada y poderosa, musculatura.
Joaquín: “Me llevaba mucha ventaja en el peso
y era difícil por sus conocimientos. Pero logré
descifrar su defensiva y le clavé muy buenos golpes.
Con uno de ellos, me acuerdo muy bien, un derechazo a la mandíbula,
casi lo saco del ring. Y ya no quiso más. La pelea
no fue muy emotiva, porque la dominé con toda claridad.
La decisión fue a mi favor por 4-1”.
Había dado ya, el primer paso.
Faltaba el segundo; el importante.
Así que, sin saberlo, aquel rubio holandés,
Rudolfue Lubera, de impresionante físico, aunque no
tan alto como Joaquín-, se convertía en el enemigo
más peligroso del todavía incipiente boxeador
mexicano.
Joaquín: “La gente pensó: "este güerito
lo va a matar", pero se llevó una sorpresa. La
pelea fue en corto y nos dimos muy buenos golpe Los dos. Yo
tenía instrucciones de soltar más las manos;
de sacrificar fortaleza a cambio de velocidad y precisión.
Así lo intenté y por fortuna salió todo
bien.
“La decisión fue muy apretada: 3-2 a mi favor
y yo creo que se la gané por la serie interminable
de cruzados de derecha que le conecté al rostro siempre
que entró a la pelea en corto”.
¡Medallista sorpresa! ¿Cómo, en México,
donde no abundan lo pesos completos? ¿Cómo,
con apenas 13 peleas y 24 años de edad? Ahí
estaba él, con el brazo izquierdo en alto, anticipando,
desde ya, el momento de sentir una medalla descansar en su
pecho.
Joaquín: “Cuando le gané a Lubers, todo
mundo, me felicitó. Y es que pocos, muy pocos, habían
imaginado que yo podía ganar una medalla. Ya no digamos
porque yo no era un dechado de técnica, sino, simplemente,
porque no tenía experiencia alguna. Así que
después de eso, cualquier cosa que sucediera ante el
soviético sería ganancia”.
En semifinales, un gigante
Jueves 24 de octubre.
Noche de semifinales.
En peso completo: el estadounidense George Foreman contra
el italiano Giorgio Bambini, y Joaquín Rocha contra
Ionis Chepulis, de la URSS.
Joaquín: “El sí que era un gigante. Era
un poco más bajito que yo: medía 1.90 metros
pero, a . cambio, me aventajaba como con 30 kilos, no obstante
que ese día me presenté con mi peso máximo:
85 kilogramos.
“Nunca me había enfrentado a un rival de su fortaleza,
de su peso, de su experiencia. Y yo entraba y entraba y nomás
salía rebotado. Era evidente que sus golpes me hacían
daño.
“Fue así que, en una de esas, me pegó
un opercot que me hizo trastabillar. Y en virtud de mi inexperiencia,
me recargué en las cuerdas; el réferi supuso
que ya estaba muy dañado y paró la pelea en
el segundo round. Creo que si hubiera tenido más fogueo,
más instrucción, hubiera podido llegar más
lejos en esa semifinal”.
Aquella final de peso completo presentó, pues, el duelo
clásico: Estados Unidos-URSS. Pero Chepulis no fue
rival para Foreman, quien lo noqueó en dos asaltos.
Años después, el negro estadounidense llegaría
invicto, al campeonato mundial de peso completo, al noquear
espectacularmente a Joe Frasier en Kingston, Jamaica.
La nueva meta: Munich 72
Se había escrito el punto final en un apasionante capítulo
de su vida.
Joaquín Rocha comenzaba a escribir otro, que según
sus proyectos terminaría cuatro años después,
en Munich 1972.
Comenzó a entrenar para los Juegos Olímpicos.
Pensaba: - Si aquí, sin experiencia alguna, gané
medalla de bronce, con cuatro años de aprendizaje puedo
superar mi actuación.
Apagada la euforia de los juegos de México 68, Rocha
siguió trabajando por las mañanas y entrenando
por las tardes en el CDOM.
Intervino en cuanto torneo fue posible.
En los Juegos Centroamericanos y del Caribe -1970, Panamá-,
obtuvo la medalla de plata; en la final fue vencido por el
cubano José Luis Cabrera, quien también había
sido campeón cuatro años antes.
Sucedió lo mismo en los Juegos Panamericanos de 1971,
en Cali, Colombia: llegó a la final, pero ahí
fue derrotado por un estadounidense que posteriormente sería
muy destacado en el boxeo profesional, en el que se le consideró
como la nueva esperanza blanca: el rubio Duane Bobick. Otra
medalla de plata para Rocha.
Él daba como un hecho su participación en el torneo
boxístico de Munich 72.
Joaquín: - Pero de pronto, así como así,
días antes de viajar a Alemania, el presidente en turno
del boxeo amateur, el profesor Moisés Saldívar,
informó que ningún peso completo iría
a Munich. A nuestros dirigentes no les importó que
yo hubiera ganado medallas tanto en Olímpicos como
en Centroamericanos y en Panamericanos. Tampoco les importó
acabar, de un plumazo, con ilusiones que me forjé durante
casi cuatro años y el trabajo que desarrollé
durante todo ese tiempo para ser tomado en cuenta. Esta situación
me molestó mucho, me deprimió y decidí
retirarme del boxeo.
No al boxeo profesional
De inmediato, las tentadoras ofertas de la promoción
pugilística profesional le acariciaron la barbilla.
Rocha las rechazó: “unque me ofrecían
muy buen dinero, jamás acepté ingresar al boxeo
profesional. Siempre pensé que el ser humano pierde
su personalidad cuando ingresa a este deporte. La gente, principalmente
los managers y los promotores, lo ven a uno más como
un signo de pesos que como una persona”
Por otra parte, Joaquín tenía un empleo seguro
-el ya mencionado, como contador en la SARH- y además
era entrenador de boxeo en el Ejército, equipo con
el que tuve, ciertos éxitos. Uno de sus discípulos,
Elías Equihua, ganó el tercer lugar en el campeonato
mundial militar -1974- en Carolina del Norte, Estados Unidos.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la
Conade y EL UNIVERSAL.
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