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"Me concentré en Karen, quien nadaba a mi lado. Entonces ya no pude pensar. Lo único que hice fue bracear casi con desesperación... " |
| México |
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| María Teresa Ramírez
Gómez |
Medalla de bronce en Natación / 800 metros libres |
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Ciudad de México
24 de octubre de 1968
¿La natación o el piano?...
¿Las competencias o los conciertos?...
Maritere Ramírez tenía que tomar esa difícil
decisión.
¡Apenas a los siete años de edad!
No dudó:
¡Mejor la natación!
Ocho años después, todavía sorprendida,
con una olímpica medalla de bronce pendiendo de su
fino cuello, aquella chiquilla vio venir hacia sí a
una figura conocida que atropellaba a gente en su prisa; todo
mundo le abría paso... Hasta que el presidente Gustavo
Díaz Ordaz entró al vestidor de la alberca “Francisco
Márquez”, se acercó a la nadadora y le
dijo, también él turbado por la emoción:
“¡Conmoviste a 9 millones de mexicanos!... ¿Y
quién, realmente, puede hacer eso?
Maritere bajó la mirada, ruborizada.
Continuó el Presidente:
“Lo tuyo fue realmente una cosa muy bonita... ¡Te
felicito!”
Ella pudo apenas balbucear su agradecimiento.
No quería que nada le distrajera de aquel, su goce
interior. Había vencido a la australiana Karen Moras,
después de más de nueve segundos y medio de
cerrada lucha en los 800 metros de nado libre.
Ya las estadounidenses Debbie Meyer y Pam Krause se habían
apoderado, respectivamente, de las medallas de oro y plata.
¿Para quién sería la de bronce?
Son 500 metros de competencia...
Ya Debbie Meyer va muy adelante. Y Maritere sólo alcanza
a ver la lejana patada de Pam Krause, quien era su punto de
referencia. Pero, entre ella y la nadadora estadounidense,
entre ella y la tercera medalla de la prueba, no hay más
que una sombra, una molesta sombra: Karen Moras.
Maritere: “Me di cuenta de que estábamos luchando
metro a metro por una medalla. Cuando dábamos la vuelta,
Karen se adelantaba, pero, ya en el curso, siempre volvía
a darle alcance. Íbamos muy juntas. Yo escuchaba el
griterío y ese era mi mejor aliciente. Hasta que llegó
el cierre: los últimos 50 metros. Llegué a ellos
en cuarto lugar hasta que alcancé a Karen y nadamos,
al parejo, los metros finales. Cuando faltaba como media alberca,
sentí que había llegado a mí ese famoso
segundo aire. Respiré profundo y lo di todo. No volví
a respirar sino hasta tocar el muro. Fue una llegada con el
corazón por delante, con mucho coraje. Materialmente
me aventé para tocar y sentí que lo había
hecho primero que la australiana.
“Karen y yo volteamos a vernos. Un juez se me acercó
y me dijo que yo había tocado primero, que había
vencido a Karen, pero no le creí. No estaba segura.
Pasaron los minutos hasta que, de pronto, observé que
sacaban dos banderas de Estados Unidos, ¡y la de México!
Esa era la señal de que había ganado la medalla
de bronce. Segundos después apareció el resultado
oficial en el tablero”.
El cronómetro electrónico marcaba las 20:30
horas de ese 24 de octubre de 1968. Y cedía a la historia
los resultados de aquella prueba olímpica.
1.- D. Meyer, Estados Unidos, 9:24,0
2.- P. Krause, Estados Unidos, 9:35,7
3.- M.T. Ramírez, MEXICO, 9:38,5
¡Al fin! Apenas la segunda medallista mexicana en la
historia de los Juegos Olímpicos.
El camino hacia el éxito
En 1966, Maritere fue seleccionada para representar a nuestro
país en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, a
celebrarse en San Juan, Puerto Rico. Maritere regresó
con tres preseas de bronce: una en nado libre individual y
dos en relevos.
Maritere: “En ese entonces ya tenía como entrenador
a Rubén Coronado, en el Country Club. Nos preparamos
muy bien, pero el equipo de Puerto Rico fue mejor; el mejor
que ha tenido en los últimos tiempos.
En febrero de 1968 —a ocho meses de los Juegos Olímpicos—
tomaría una decisión que resultaría trascendental
en su carrera deportiva: competiría en las pruebas
de fondo.
“No me gustaba nadar tanto. Me aburría. Prefería
la excitación de las pruebas cortas. Pero don Manuel,
el papá de Memo Echeverría, era muy insistente:
“Pásate al fondo; tienes grandes cualidades para
ello”. Yo no hacía caso.
Hasta que, un día, en el entrenamiento del equipo mexicano
se presentó la sueca Lisa Lungren, quien fuera campeona
europea de los 800 metros libres y a quien Maritere admiraba
mucho. Lisa se había casado con un mexicano, tenía
apenas 22 años y quería entrenar aquí.
Ronald Johnson, al frente de la natación mexicana,
lo permitió. Ver nadar a Lisa fue, de hecho, el primer
paso en el cambio de Maritere.
Una meta que había que cumplir
Había que entrenar a las 5 de la mañana, después
ir a la escuela y volver a la piscina.
¿Qué no te da flojera?
¿Qué no te
da flojera? le preguntaban otras jovencitas.
Maritere: “Esa pregunta me inquietó. Y es que
ves que eres una persona normal, común, como ellas.
Pero de repente te preguntas si eso es cierto. Porque en algunas
ocasiones te sientes cansada, aburrida, sin ganas de seguir.
Y entonces recordaba que me había fijado una meta y
que tenía que cumplirla: me había propuesto
representar a mi país en unos Juegos Olímpicos
y sabía que eso no sería fácil
Así que María Teresa Ramírez fue seleccionada
para competir en cinco pruebas olímpicas: 200, 400
y 800 metros libres y combinado y libre de relevos. Para muchos
—dice la nadadora—, el estar seleccionado y ser
integrante de la delegación mexicana en nuestros Juegos,
ya representaba mucho.
Maritere: “Los nadadores y el resto del equipo nos fuimos
a la Villa Olímpica 15 días antes de la ceremonia
de inauguración. Era un buen ambiente. Nos recomendaron
que no leyéramos los periódicos, pues nos podíamos
poner más nerviosos; que hiciéramos nuestra
vida normal. El 12 de octubre, día de la inauguración,
también entrenamos e hice un excelente tiempo de 9:34
minutos en uno de los tres 800 metros que nadé. Me
sentí muy bien.
Primero compitió en 200m
Ya. Los Juegos. La competencia.
El sonido de la pistola. El agua.
Maritere debutó en una Olimpiada en la prueba de 200
metros libres. No pasó a las finales. Hizo un tiempo
de 2:17 minutos; un segundo más que su mejor marca.
Pero se había cumplido el primer objetivo en los planes
de Ronald Johnson, su entrenador: que, en esa prueba, Maritere
descargara todo el nerviosismo, que aflojara los músculos,
que se acostumbrara a la rudeza de la competencia.
Un par de días después, el 22 de octubre, llegó
el triunfo de Felipe Tibio Muñoz, que, además
de ser algo que fue recibido con gran alegría, dio
confianza y serenidad al grupo.
Llegó el momento
23 de octubre: heats eliminatorios para los 800 metros libres,
femenil.
Maritere: “En mi eliminatoria estaba Paty Caretto. Y
nos fuimos nadando juntas, en un ligero pique. Lo importante
era pasar en buen lugar, con un tiempo aceptable. Lo hice,
aunque me sentí un poco pesada. El público que
asistió a esa jornada matutina salió muy contento,
porque gané el heat y clasifiqué bien. Regresé
a mi casa y me tranquilicé. Ronald me dijo que no era
sino natural que me sintiera muy dura, pesada, pero que al
nadar en la noche todo cambiaría. Comí algo
y descansé. Estaba convencida de que había tenido
una buena preparación y de que horas después
tendría que dar el resto.
Existía, en Maritere, un no oculto deseo de encontrarse
en la alberca con la australiana Karen Moras. De alguna manera,
comprendía que sería muy difícil vencer
a las estadounidenses Debbie Meyer —quien ya había
ganado las medallas de oro de 200 y 400 metros libres y Pam
Krause. Las posibilidades de llegar al podio estaban cifradas,
por tanto, en imponerse a la también estadounidense
Paty Caretto, a la canadiense Ann Coughlaw y sobre todo, a
Karen Moras.
24 de octubre de 1968. Era el momento de la verdad. La final
de los 800 metros libres para damas.
Las miradas expectantes de los miles de aficionados reunidos
en la Alberca Olímpica caían sobre la chiquilla
del carril 3. Los conocedores observaban a la espigada Debbie
Meyer, quien ocupó el carril 5. Moras competiría
en el 4. y Pam Krause en el 2.
20:15 horas. Suena un disparo. Ocho esbeltos cuerpos femeninos
se lanzan al agua.
Así fue la prueba
“Karen salió muy rápido. Tomó la
delantera y la sostuvo en los primeros 300 metros hasta que
Debbie, a la que seguíamos Pam y yo comenzó
a atacarla. Y detrás de ella nos fuimos nosotras dos.
La gritería era tremenda. A los 500 metros, ya Debbie
era líder inalcanzable y de Pam sólo veía
la patada. Así que me concentré en Karen, quien
nadaba a mi lado. Entonces ya no pude pensar. Lo único
que hice fue bracear casi con desesperación... Hasta
que toqué el muro.
“Sentí un escalofrío intenso que recorrió
cada parte de mi cuerpo. Veía las tribunas y me parecía
que sólo había en ellas tres colores: verde.
blanco y rojo. Todo mundo agitaba banderas mexicanas había
porras y mi nombre se escuchaba a gritos por todos los ámbitos.
Sencillamente, indescriptible. Fue increíble.
“Y de repente, ya, estás en el podio, y ves que
tu bandera es izada, y te dan ganas de llorar... Ves que tus
sueños se han vuelto realidad; que valieron la pena
el esfuerzo y los sacrificios tuyos, los de tu familia...
“Y entonces, recuerdas con cariño esas levantadas
a horas tan tempranas, esas largas sesiones de entrenamiento,
esas privaciones... Porque sólo piensas en que ya tienes
tu recompensa: haber dado a tu país, a tus padres,
a tus familiares todos, a tus entrenadores y, en fin, a tí
misma, una bellísima satisfacción. Fue una medalla
de bronce, pero para mí era como de superplatino.
“Esa noche fui a la Villa Olímpica a cenar con
unos compañeros, mis entrenadores y algunos amigos.
Unos amigos de mis hermanos pensaron que estaba en casa y
me llevaron serenata. Fue una pena. Yo no estaba ahí.
Mis padres tuvieron que prender la luz de mi recámara
y darles las gracias. Porque yo estaba allá, en la
Villa Olímpica, festejando, pero en serio. Me llevaron
a hombros, con mi medalla en el cuello.
“Esa noche no dormí; no quise dormir; quería
recordarlo todo: desde que empecé a nadar en el Italiano,
hasta el momento aquel, tan hermoso, en que vi el nombre de
mi país en lo alto”.
Y después ¿qué
pasó?
Dos calles llevan su nombre
Maritere continuó en el deporte.
Estaba muy joven y podría buscar otro ciclo olímpico.
Lo hizo.
En 1970, durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe,
en Panamá, Maritere ganó ocho medallas de oro,
una de plata y dos de bronce y fue declarada la reina de la
natación en esos juegos.
Pero no fue todo:
Se realizó una encuesta
entre los periodistas destacados a cubrir la información
de esas competencias, Maritere y un basquetbolista panameño
fueron elegidos como los mejores deportistas de esos Juegos.
Para homenajearlos, el gobierno panameño dio sus nombres
a un par de calles adyacentes al complejo deportivo.
El propio Omar Torrijos, el legendario hombre fuerte de Panamá,
en aquel entonces presidente del país, la felicitó
por su actuación.
Aquí también se perpetuó su hazaña:
Una calle del complejo habitacional Izcalli, en el estado
de México, asimismo lleva su nombre. Otras, los de
varios de los ganadores de medallas en aquellos inolvidables
Juegos del 68.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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