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| 1968 |
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Quedé a paso y medio de él, con una rabia infinita por no haber sido capaz de ganar... |
| México |
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| José Pedraza Zúñiga |
Medalla de plata en Atletismo / Caminata 20 km |
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José
Pedraza estrecha la mano de Nikolai Smaga,
medalla de plata. En lo alto del podio
VIadimir Golubnichy, ambos soviéticos.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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José Pedraza Zúñiga
Atletismo
Medalla de plata
Juegos Olímpicos México,
1968
Fecha de nacimiento: 17 de septiembre
de 1937
Lugar de nacimiento: Michoacán
Fecha de fallecimiento: 1 de junio de
1998.
Disciplina: Caminata de 20 km
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Ciudad de México
14 de octubre de 1968
José Pedraza era
un fanático del basquetbol y de las carreras. Y del
Ejército. Por eso, a los 15 años ingresó
a Transmisiones.
El equipo se deshizo —1955— y varios de sus integrantes,
entre ellos, Pablo Colín y yo, nos fuimos al Venados,
equipo de atletismo que manejaba el profesor Eutiquio del
Valle Alquicira, quien era muy admirado en el medio. A mí
me gustaba correr los mil 500; sentía que esa era mi
prueba.
Pasaron los años. Hasta que en una tarde de agosto
de 1964, la vida comenzaría a cambiar para Pedraza.
Se escuchó la voz de Eutiquio del Valle: ¡Caramba
soldadotes, veo que ya se van!
—Sí, maestro...
—Los felicito, hicieron una buena carrerota, pero me
gustaría que probaran en la caminata.
—No profesor, mejor nos vamos, dijo Pedraza.
—Nada de eso. A ver... ¡Fuera botas!
El profesor buscó a Esperanza Girón.
—A ver Esperanza, enséñales a estos soldadotes
qué es caminata.
Pedraza: “Ella dio unos pasos en la pista y que empieza
a caminar, a mover las caderas. La verdad nos dio risa, —pero
le entramos.
Cuatro años después, Alquicira era una entre
aquellas miles de personas que poblaron las tribunas del estadio
de Ciudad Universitaria y que, trepidantes, atestiguaban ese
inolvidable cierre de la prueba de los 20 kilómetros
de marcha en los Juegos de México 68.
Porque allí va el sargento Pedraza, con un ataque rabioso
en los 300 metros finales. Marcha en el tercer lugar. Se lanza
su figura morena sobre los rubios soviéticos VIadimir
Golubnichy y Nikolai Smaga.
Ya, ya, mírenlo, mírenlo... ¡Se acerca!
¡Se acerca ... !
El consentido de la abuela
Nació José
Pedraza —21 de marzo de 1937— en el rancho La
Mojonera, Michoacán.
Recuerda: “No hacía más que correr cuando
chiquillo. Era Pepito, sí, el consentido de la abuela,
doña Francisca Sánchez.
Como a las cuatro de la mañana llegaba la abuela hasta
su cama.
—Ándele muchacho, ya alevántese vamos
a visitar a su tía al rancho San Ciro.
Nomás a 17 kilómetros de distancia
Pedraza: “Y nos íbamos, caminando. A mí
me gustaba correr por tramos. Nosotros, chamacos de rancho,
no teníamos ni idea de qué era el atletismo,
pero desde chiquillos, mis hermanos y yo organizábamos
nuestras carreritas”.
Había aprendido a admirar a aquellos soldados que patrullaban
la zona, le infundían un gran respeto. Así que
un día, sin meditarlo mucho, dejó el pueblo
y se inscribió en Transmisiones, en el Campo Militar.
Y soñó con competir en los Juegos Olímpicos.
Primer éxito en caminata. los Centroamericanos de 1966
en Puerto Rico.
Pedraza: “Fue mi primer viaje fuera de México.
Y era también, la primera vez que en este tipo de Juegos
se disputaba la caminata. Los 10 kilómetros los gané”.
En los primeros meses de 1967, ya con Jerzey Hausleber al
frente, el equipo nacional de caminata hizo su debut en Europa.
No sin el cobijo de mi bandera...
Pedraza: “Llegamos
a una competencia en Postdam, Polonia, y en la ceremonia inaugural
ondeaban las banderas, menos la de México. Y protesté.
Mi actitud enardeció al público, que empezó
a gritarnos, pero cuando gané, todos me aplaudieron...
En la premiación, ondeaba en lo alto nuestro bello
lábaro patrio... ¿Cómo competir en el
extranjero sin mi bandera?
Del lugar 12 al podio olímpico
Y llegó el día
olímpico: 14 de octubre de 1968.
Esa tarde, el estadio México 68 lucía pletórico.
Pedraza: Nunca calculamos que, al salir del estadio, uno de
los andarines iba a pisarme y a safarme el zapato. Cuando
vi que el grupo se me adelantó como 40 metros perdí
la cabeza.
Competí tan a lo loco, que al llegar a los
primeros 5 kilómetros ya estaba en la punta, con el
grupo en el que se encontraban Golubnichy, Smaga, Reimann,
el japonés Saito y el estadunidense Rudy Haluza. Iba
al parejo de ellos, pero ni mi respiración ni mis pulsaciones
estaban bien y poco a poco fui perdiendo terreno.
A los 12 kilómetros marchaba en el décimosegundo
lugar, pero no me encontraba a mí mismo; parecía
que no sabía caminar. Un grito de Hausleber me hizo
reaccionar. Entonces apreté y paulatinamente empecé
a mejorar hasta que en el kilómetro 16, pasé
al tercer lugar, detrás de los soviéticos. En
esos momentos me sentí feliz: “Ya tengo una medalla...
Pero voy por más”. Estaba seguro de que los alcanzaría
antes de la subida al estadio, pero entonces surgió
otro problema: me tropecé antes de la subida y para
no cometer un faul, tuve que hincar la rodilla en el piso.
¡Qué mala suerte!. . . Otra vez, cuando ya los
tenía a unos cuantos metros, los soviéticos
volvían a escapárseme. Perdí como seis
metros, distancia que a esas alturas, es ya muy importante.
Cuando llegamos al estadio, ellos aprovecharon la bajada.
Sabían que yo nunca me había distinguido por
ser un buenazo para recorrer las pendientes, así que
me vi forzado a dar más y más.
La llegada de los soviéticos a la pista causó,
estupor. La de Pedraza, un alarido. La prueba se redujo, ya,
a esos 300 metros.
¿Flotó? ¡A quién
le importa!
Pedraza atacó con
rabia.
Hay quienes dicen que violó los reglamentos de la caminata
en esa violenta acometida final. Lo cierto es que, centímetro
a centímetro, Pedraza iba reduciendo la ventaja de
los soviéticos.
Es la primera curva. Smaga cede ante el brutal acoso. Es rebasado
por Pedraza. Pero va tras él. Y el mexicano tras Golubnichy.
Pedraza: “Cuando pasé a Smaga me dije: ‘Sí
puedo, sí puedo’ y concentré mi atención
en Golubnichy. Sentí que lo alcanzaba. Pude escuchar
su muy agitada respiración. Pero en los últimos
50 metros, él dio el resto; ese que yo había
perdido cuando me pisaron y ya no pude alcanzarlo.
Quedé
a paso y medio de él, con una rabia infinita por no
haber sido capaz de ganar...
Sólo dos segundos entre primero y segundo; tres entre
segundo y tercero.
Pedraza agradecía la ovación.
Pero lo hacía con un lamento interior: “Me había
preparado para ganar... Y comprendía que esa medalla
de plata era la consecuencia de mis propios yerros.
El error de los 50km
Tres días después,
los 50 kilómetros.
Una locura, dirá Pedraza: “Un gran error en la
programación. Otro error de mexicanos: el profesor
Molina Celis las colocó tan cerca una de la otra, porque
nunca entendió que la caminata podía dar varias
medallas a nuestro país.
“A los 22 kilómetros iba vomitando. Tenía
deshecho el hígado. Sentía que todo se me movía.
Cuando se me acercaban para darme indicaciones, ni las escuchaba.
A los 40, una vez que me recuperé, me encontraba en
el sitio 32; cuando entramos al estadio marchaba en décimo
y finalmente llegué en octavo, a 17 minutos del ganador,
el alemán oriental Christoph Hohne.
La medalla de plata de José Pedraza fue la única
que México ganó en el certamen atlético
de los Juegos.
Por los pantalones de un general
¿Y después?
Terminaron los Juegos y yo seguí en el deporte hasta
que mi director, José Suástegui Salgado, un
viejo general, me lo permitió. Debo decir que, si por
él hubiera sido, yo jamás hubiera llegado a
los Juegos. Mi general Marcelino García Barragán
era quien directamente me extendía los permisos. Él
sí entendía la posición que tenía
nuestro país como anfitrión de la Olimpiada.
Cuando después de mis vacaciones, me presenté
al cuartel a las 7:45 de la mañana del 22 de diciembre
de ese nuestro año olímpico, el general Suástegui
se me quedó mirando socarronamente y me dijo: “¡ah,
qué muchachito, mire nomás qué bonito
se ve! Vamos a ver si es cierto... ¡A ver, oficial de
guardia, que éste reciba la guardia! ¡A ver si
es tan bueno como dicen!”.
Recibí la guardia
el 22, y el 23 quedé arrestado. Salí hasta el
17 de abril, nada más por sus pantalones...
Pero estaba tan desanimado por todo lo que había sucedido
que, pese a haberme ganado un lugar, ya no quise Ir a los
Juegos Centroamericanos Y del Caribe. Luego murió mi
esposa y pues menos. Me negué a ir a los panamericanos
de Cali en 1971 y también a los Olímpicos de
Munich. No había entrenado lo suficiente.
“Al deporte le di todo. Me gustó desde que era
niño y jamás lo practiqué con desgano.
Primero fui corredor y luego marchista y en todos esos años
tuve satisfacciones y penurias”.
Fragmentos
de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos,
editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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