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"¿Yo?... ¡muriéndome de nervios! Fue la primera vez que temblé en mi vida. No me sucedió ni siquiera en aquella pelea con Rodolfo Martínez. Sentía que las piernas no me sostenían. No las podía controlar".
México
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Ricardo Delgado Nogales

Oro en Boxeo / 48 a 51 kg.

Ricardo Delgado (izq.) enfrenta al brasileño Santos Servilio de Oliveira en el camino a la medalla de oro olímpica.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Ricardo Delgado Nogales
Boxeador
Medalla de oro
Juegos Olímpicos México, 1968.
Fecha de nacimiento: 13 de julio de 1947.
Lugar de nacimiento: México DF
Categoría: de 48 a 51 kg.

» El debut, de espontáneo
» El camino al oro
» Todas las peleas, decisión unánime
» La noche de la pelea por el oro
» El estilista contra el fajador europeo
» Toda una mafia
» El entrenador, allá en Tepito

Ciudad de México
26 de octubre de 1968

Le vence la emoción.

Como hace 40 años.

La voz se le comprime.

Se le enrojecen los ojos.

Porque narra Ricardo Delgado:
“Estaba en el podio pero sentía que me iba para arriba, como que mi alma se me salía del cuerpo, como si estuviera flotando. Era increíble que estuviera allí, en lo alto y que miles de personas aplaudieran y lloraran de gusto por mí... Y cuando tocaron el himno nacional e izaron nuestra bandera... ¡Ay, qué emoción!... Ya no pude más. Se me salieron las lágrimas. Después bajé y me llevaron en hombros al vestidor, donde se encontraba mi madre y allí nos fundimos en un mar de lágrimas de alegría”.

Baja la vista el campeón olímpico.

Recarga la frente sobre la superficie de la mesa de madera.

Hunde la cara entre el brazo derecho, que está doblado.

Y solloza.

Le cuesta seguir. Pero lo hace:
“¡Ay!... ¡Qué tremendo es esto!”
Se recupera. Sonríe:
“Me pasa nomás cada vez que me acuerdo”.

Nada más...

El debut, de espontáneo
Enero de 1964...

Se junta, la palomilla del barrio de Atzcapotzalco. Es sábado en la noche. Irá a ver una función de boxeo en los baños del Carmen, allá, en Tepito, pero viste sus mejores galas porque después de las peleas habrá una fiesta.

Ya se espera, con expectación, el combate titular, en el que está anunciado Rodolfo Martínez, éste ya famoso boxeador aficionado que tan bien pinta para el profesionalismo -el destino le depararía un título mundial: el de la categoría de peso gallo, reconocido por el Consejo Mundial de Boxeo-.

Pero, un momento:
Con un gesto de pesar en el semblante, el anunciador informa al público que el rival de Rodolfo no llegó a tiempo y que la pelea se cancela, a menos que alguien suba al ring a hacer frente al tepiteño.

¡Orale, mi Picoso, usté mero!...

El Picoso se llama Ricardo Delgado. Apodado así por su facilidad para encenderse, no obstante su carácter apacible, su permanente sonrisa, su buen humor de siempre y conocido por su gran afición al boxeo; no es peleador callejero, sino que le agrada trepar al cuadrilátero y combatir bajo ciertas reglas. Pero jamás ha sostenido una pelea en forma y mucho menos, ha enfrentado a un adversario como Rodolfo Martínez.

Le advierte la palomilla:
- ¡No se nos vaya a rajar, mi Picoso!
Ricardo: “La gente me conocía porque en mi colonia me ponía los guantes y me movía bien en el ring. ¡Pero aquello era muy diferente!.. . Yo ya conocía a Rodolfo y sabía que era bastante bueno. Como que no, no le iba a entrar. Pero cuando ya en el vestidor me dijeron que si peleaba con él y lo vi sin camisa, así, muy flaquito, me dije a mí mismo: "cuando menos, éste no me mata". Y ora pues, sí me aviento. Venga de aí.

“Me quité el tacuche y me prestaron todo. Mario González subió como mi manager. Y se anunció la pelea”.

A tres rounds, como todas las de boxeo de aficionados. La gente estaba feliz; como que le agradaba que saliera un valiente al ring y sobre todo porque Rodolfo era casi invencible en ese entonces.

Empezó el combate. Yo sentía que me estaba moviendo bien, aunque lo hacía por puro instinto, porque jamás me habían enseñado cómo hacerlo. Y cuando hubo necesidad de intercambiar golpes con él, pues lo hice. En los dos primeros rounds nos metimos muy buenas trompadas, y en el tercero yo ya me estaba muriendo ¡pero de cansancio! Ya no podía ni moverme. Pero salí y otra vez nos dimos muy buenos moquetazos en esos tres últimos minutos. La gente estaba muy emocionada, en espera del veredicto... Y cuál sería mi sorpresa cuando me dieron la victoria... Sí, así gané mi primera pelea de a de veras, en un ring, con jueces y réferi y enfrentando a un extraordinario rival.

En el camerino, Mario González -quien entrenaba a un grupo de incipientes peleadores- se resistía a creerlo:
-No me estés vacilando... No me digas que nunca has ido a un gimnasio.

-No, señor, por mi madre se lo digo.

-Ni lo pienses... Ya, vente a trabajar conmigo. El lunes te espero en el gimnasio de los baños Gloria.

-Ahí nos vemos.

No sería pues, un bailarín, como se lo había propuesto esa noche.

Danzaría sobre un enlonado.

El camino al oro
Ricardo: “Logré un récord muy aceptable antes de los Juegos Olímpicos: 125 peleas ganadas y sólo cuatro perdidas. Estas fueron ante el cubano Luis Sessé, en la final de los Centroamericanos y del Caribe 1966, en San Juan; dos en 1967: aquella final del campeonato nacional, ante Roberto Cervantes y la otra frente al panameño Orlando Amores -quien llegaría a ser campeón mundial mosca en el boxeo de paga- y finalmente, una decisión muy apretada contra el polaco Olech en Varsovia, en 1968”.

No obstante los números, impresionantes, los entrenadores polacos -Enrique Nowara y Casimiro Mazek- del equipo olímpico de boxeo, insistían en que fuese Roberto Cervantes el peso mosca de nuestra escuadra. Para salir de dudas decidieron que Cervantes y Delgado se enfrentaran en un par de peleas eliminatorias. Ricardo ganó las dos. Y los europeos, pese a su escepticismo, tuvieron que aceptar que fuese él el peso mosca del equipo y que Cervantes peleara en gallo.

Ricardo:”Nowara y Mazek hicieron un gran trabajo. Se adaptaron a nosotros y de acuerdo con nuestras características, nos imbuyeron un boxeo rapidito, muy veloz y malicioso. Nosotros lo interpretamos y se formó un gran equipo que dio cuatro medallas olímpicas porque, además de todo lo ahora señalado, tuvimos mucho apoyo, un gran fogueo y por encima de todo, cada peleador tenía el compromiso, consigo mismo, de buscar una medalla a como diera lugar... Yo, por mi parte, tenía un sueño que se repetía a cada rato: me soñaba después de ganar la final, con el brazo en alto”.

Todas las peleas, decisión unánime
Aquellos amantes de la estadística investigarán si lo hecho por Ricardo constituye una marca olímpica. Pero, mientras tanto, consignemos aquí que el Picoso ganó todos sus combates por unánime decisión de los cinco jueces:
El 17 de octubre, al irlandés Arthur McCarthy; un día después, al japonés Tetsuaki Nakarnura y el 24 al brasileño Santos Servilio de Oliveira. Y ya. A la final. A la esperada final: la revancha con el polaco Arthur Olech, aquel que lo había vencido mediante controvertida decisión, en Varsovia.

Ricardo: “Cuando pasaron las semifinales y supe que mi último rival sería el polaco, no sé, como que me entró una gran confianza y me dije: "la medalla será mía". ¿Por qué?... Porque en el torneo de Varsovia lo derroté con toda claridad, pero los jueces me robaron la pelea. Por eso yo sentía que ahora, en México y con jueces olímpicos, no habría trampas y la victoria me correspondería.

26 de octubre. Noche sin mañana”.

Noche de futuro dorado... 0 gran amargura que, en ocasiones, una medalla de plata no aparta de un ser humano.

Noche de lleno total en la Arena México.

Tanta gente dentro de ella como fuera de ella.

La noche de la pelea por el oro
Ricardo: “Nunca en mi vida había visto tanto público en una arena. Era corno un mar de ente la que quería entrar a toda costa para ver las finales. Toño Roldán y yo estábamos en el cartel y representábamos la última oportunidad de que deportistas mexicanos alcanzaran medallas de oro en nuestros Juegos Olímpicos. La gente estaba excitada”.

-¿Y usted?

-¿Yo?... ¡muriéndome de nervios! Fue la primera vez que temblé en mi vida. No me sucedió ni siquiera en aquella pelea con Rodolfo Martínez. Sentía que las piernas no me sostenían. No las podía controlar. Nowara me tranquilizó: me dijo que me moviera, que brincara, que me calentara. Poco a poco me fui asentando y empecé a motivarme, a pensar en la medalla.

-¡Listos!- gritaron en la puerta del vestidor.

Ricardo avanzó lentamente hacia el cuadrilátero.

El estruendo saludó su presencia.

Gritos. Porras. Entusiasmo exacerbado.

-!Fight!-, ordenó el hombre de blanco sobre el ring.

La pelea fue una película que se repitió tres veces, durante tres minutos, con uno de descanso entre las dos últimas proyecciones:

El estilista contra el fajador europeo
Ricardo impuso su distancia desde el primer instante. Su jab de izquierda delineó las fronteras. Su juego de piernas le permitió estar en todo momento, lejos del alcance de los puños del peleador europeo quien, por otra parte, opuso la tradicional combatividad de los púgiles del Viejo Continente. Fue el clásico duelo de boxeador contra fajador. A las limpias y briosas ofensivas de Olech, Delgado respondió con una fina esgrima a base, sobre todo, de mano izquierda y de un preciso estilo de entrar y salir: golpear y abandonar la zona de fuego. No arriesgó en ningún momento. No había razón para ello.

Ricardo: “Empecé a moverme, a pelear en mi estilo: entrar y salir, manejando la izquierda. Olech intentaba ganar con su agresividad, con su combate en la distancia corta, tirando golpes desde todos los ángulos. El primer round no tuvo mucha acción; mejoró el segundo y fue superior el tercero. La pureza de] boxeo en su mejor forma: él atacando y yo defendiéndome y contratacando. La decisión de los jueces fue unánime: 5.0 a mi favor... ¡Los cinco me vieron ganador y con ello obtenía la medalla de oro!”
Al fin, el boxeo mexicano, perenne conquistador de preseas olímpicas, alcanzaba la que se destina al campeón.

Una descarga de emoción cimbró al público.

El alarido fue de veinte mil gargantas.

Y de muchos el llanto.

Como éste, de madre e hijo fundidos en un abrazo.

Ricardo: “Aquella noche no pude dormir. Nada más pensaba en lo que sería el resto de mi vida: el gran placer, el gran orgullo de haber representado dignamente a México en aquella Olimpiada tan importante para nosotros; saber que a partir de ese día yo era ya parte de la historia Olímpica”.

Toda una mafia
Pero, después de un par de peleas y en un desmedido afán por encumbrarlo rápidamente, fue llevado a un compromiso que acabó con muchas de sus posibilidades de escalar mejores posiciones.

Explica Ricardo: “De hecho yo estaba en etapa de aprendizaje, de adaptación al boxeo profesional, cuando me enfrentaron con el brasileño Heleno Ferreyra, un tipo muy rudo, muy difícil; era, como dicen por ahí, toda una chucha cuerera. Le gané, en la arena Coliseo, por decisión técnica pero, prácticamente, ahí me acabé. Físicamente ya no di más. El esfuerzo por vencer fue increíble. No sé ni cómo terminé esa pelea, pero, para mí fue el acabose. Jamás pude recuperarme del esfuerzo por vencer a ese tipo, marrullero, que pegaba con codos y cabeza, que abrazaba, que huía, que atropellaba... Un enemigo temible para cualquiera”.

-Se advierte, Ricardo, por el tono de su voz, por sus expresiones, que es ésta una etapa de su vida que no le gusta recordar.

-No tanto. No le guardo rencor. La veo igual que a otras profesiones, que a otros deportes. No porque me haya ido mal echaré pestes, pero sí digo convencido de que mientras el boxeo profesional es un espectáculo a base del dolor humano, el boxeo amateur es un arte.

Ricardo continuó avanzando en su carrera y de pronto, se instaló en la antesala del título mundial mosca.

Sucedió así:
“Se concertó una pelea contra Lorenzo Halimi Gutiérrez; combate eliminatorio en Los Ángeles, a doce rounds: quien ganara se enfrentaría con el campeón mundial, el japonés Masao Oliba. La pelea fue dura, muy dura, porque Lorenzo boxeaba muy bien y golpeaba fuerte, pero la gané. Fue entonces cuando descubrí que el boxeo profesional es toda una mafia, porque no obstante que el vencedor fui yo, nunca me dieron la oportunidad de pelear por el título.

Nadie obligó al promotor George Parnassus a cumplir su palabra y claro, porque el griego era muy amigo del Cuyo Hernández -manager del Halimi-, pero no del Negro Pérez... ¿Qué hubiera pasado si Halimi gana? Seguramente él sí hubiera recibido la oportunidad. Incluso, no vayamos más lejos: un día, el Cuyo me dijo: "¿ya lo ves?... Si te hubieras ido conmigo, como te lo pedí, yo te hubiera hecho campeón del mundo". Pues sí, señor, tal vez... Pero no me arrepiento", le respondí”.

Ricardo comprendió que aquella oportunidad prometida jamás llegaría y poco después optó por retirarse del boxeo de paga... Había sostenido, afirma, en unas 25 ó 26 peleas".

El robo, pero la medalla, intacta
En cierta ocasión y cumplido un compromiso social, Ricardo y su familia regresaron a casa ya en horas de la madrugada. Y descubrieron, con pesar, que habían sido robados.

Ricardo: “Me dio un vuelco el corazón: ¡mi medalla!... Se llevaron aquel Rolex que me regalaron en el 68, algunas joyitas de mi esposa y varias chucherías más. Pero ahí estaba ¡ahí estaba mi medalla! Los ladrones la vieron tan fea, que no se la llevaron. Y es que como la medalla no es de oro puro, sino que nomás tiene una bañadita, de cuando en cuando hay que llevarla al joyero para que vuelva a dejarla como nueva. Y los ladrones nos robaron justo un día antes de que le tocara baño. Era, en ese momento, un oro repelente a ladrones”.

Muestra la presea, dorada, flamante.

La ve con veneración.

La acaricia. La besa. La oprime contra su pecho. Y dice:
“Esta medalla es un pedazo de México; quizá microscópico, pero es de México... Para uno, es una pieza simbólica, la constancia de un triunfo. Por eso aquella vez que creí que me la habían robado, me puse a reflexionar sobre su verdadero significado' 'y entonces me di cuenta de que la verdadera medalla, no importa si es de oro, de plata o de bronce, va pegada a nuestra piel, la tenemos en el corazón; se Irá con nosotros a la tumba”.

El entrenador, allá en Tepito
Una tarde en el gimnasio de boxeo del deportivo Guelatao.

En pleno corazón de Tepito.

Afuera se produce la lucha cotidiana, a muerte, contra la miseria. Unos pelean con toda su alma; otros muestran, sin pudor, los efectos de la derrota. Pero aquí, en el interior del modesto recinto de amplios ventanales, muchos de los nuevos hijos del barrio bravío inician el largo camino en el deporte que desde pequeños, en las ardorosas callejuelas, es para ellos un medio de sobrevivencia.

Un grupo atiende las indicaciones de este instructor, no muy alto y tan delgado como su apellido, que abre el arcón de los conocimientos y los reparte generosamente entre quienes le miran mudos.

El perfila aquella su conocida guardia.

-Así, así -les dice. El compás de las piernas es el siguiente...

Luego va con otros.

-No, no, así no se tira el gancho. Fíjate bien...

El instructor se llama Ricardo Delgado.

Fue campeón olímpico.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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