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"De la arena, como ya era de noche, me llevaron con Jacobo, el de la televisión. Y a él también se le salieron las lágrimas; estaba, como muchos mexicanos, emocionado por esas dos medallas de oro".
México
  Felipe Muñoz Kapamas
Ricardo Delgado Nogales
  José Pedraza Zúñiga
Pilar Roldán Tapia
Alvaro Gaxiola Robles
  María Teresa Ramírez G.
Agustín Zaragoza Reyna Joaquín Rocha Herrera

Antonio Roldán Reyna

Oro en boxeo / De 54 a 57 kg

Antonio Roldán recibe la medalla de oro. A la izquierda, Alfred Robinson, de Estados Unidos, medallista de plata. A la derecha, Ivan Mikhailov, de Bulgaria. No aparece en la foto el otro medallista de bronce, Philip Waruinge, de Kenia.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Antonio Roldán Reyna
Boxeador
Medalla de oro
Juegos Olímpicos México, 1968.
Fecha de nacimiento: 15 de junio de 1946
Lugar de nacimiento: Estado de México
Categoría: de 54 a 57 kg.

» Veinte mil personas lo vieron ganar
» El rival, viejo conocido
» Primer round
» Problemas con las dietas
» El debut olímpico
» Segunda víctima, un irlandés
» Y después, un soviético
» El gran respeto por el rival

Ciudad de México
26 de octubre de 1968

Antonio Roldán Reyna: 15 años

No espera más.

Un día cualquiera se presenta él, chiquillo alto y flaco, en la oficina de un promotor de funciones a base de peleadores amateurs, en Tlalnepantla.

-Quiero pelear, señor. Soy peso mosca y estoy invicto en 14 combates.

-¿Ah, sí?... . A ver, muéstrame tus carteles.

-No los traigo, señor, pero qué importa. Usté nomás prográmeme y verá.

Toño Roldán:

“Así fue... Me inicié con una mentira. ¡Con una mentirota! ¿Cuáles carteles podía yo mostrar, si no había peleado nunca. Pero bien caro que me costó mentir, porque el promotor se la creyó y me programó para enfrentarme a Santos Arellano, un boxeador con buena experiencia como aficionado. Inclusive, había sido rival de Juan Fabila en una pelea eliminatoria para los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964...

“Total que el combate con Arellano se realizó a finales de ese año. Y tuve la gran suerte de ganarle por decisión. Yo pegaba y corría. Como se dice, me montaba en la bicicleta. Pero no le saqué a los cambios de golpes. Ya después pensé que había sido muy peligroso el aventarme así, sin más ni más. Ya no volví a echar mentiras de ese tipo”.

Veinte mil personas lo vieron ganar
Es el conjuro del nombre de Antonio Roldán el que hace vibrar los corazones de esta multitud, que ha llenado de tope en tope la Arena México, en esta jornada final -26 de octubre del torneo boxístico de los Juegos Olímpicos de 1968.

Dicen que afuera hay más, más de los 20 mil aficionados aquí reunidos, aquí estrujados, aquí impacientes...

Porque ya el peso mosca Ricardo Delgado ha dado al pugilismo mexicano su primera medalla de oro en un torneo olímpico, llevando al público al paroxismo... Y ya ha aparecido la figura de Antonio Roldán, nuestro peso pluma, allá, en lo alto del pasillo; Roldán y su mirada penetrante, su nariz aquilina, su pelo azabache cayendo en un fleco sobre la frente, su avanzar nervioso, su rostro tenso...

"¡Roldán!, ¡Roldán!, ¡Roldán! ¡México! ¡México!, ¡México! Banderas tricolores por doquier.
Expectación.

Roldán y sus problemas con el peso... Roldán y sus cejas de papel...

Roldán y su rudimentario estilo...

Pero... ¡Roldán y sus pantalonzotes, compadre!

Antonio Roldán:

“Fue increíble. Nunca he visto algo similar. Sí: afuera había más gente que adentro. Incluso, cuando llegamos no podíamos entrar porque el público nos rodeó, nos apretó. Quería hacernos sentir que nos apoyaba, que aunque perdiéramos estaría con nosotros; que ya teníamos seguras las medallas de plata...

“Y ya estaba yo ahí, en el centro del ring, sintiendo la presión. La gente gritaba mi nombre, enardecida. Minutos antes, Ricardo había ganado la medalla de oro en peso mosca, y eso me obligaba aún más. La afición quería vivir otra vez el momento de la victoria, de la premiación, del himno, de la bandera... Y yo también”.

El rival, viejo conocido
El rival sería Alfred Robinson, un fino boxeador de color, nacido en Estados Unidos. Ya había sido derrotado por Antonio Roldán meses antes, en un torneo celebrado en Las Vegas.
Roldán:

“Pero ahora se había preparado, y muy bien. Era un buen boxeador. Resistía y pegaba fuerte. Sin duda, el contrincante más peligroso que podía haber enfrentado en aquella final. En mi esquina, la roja, Enrique Nowara me dijo: "inicia con calma; lo más importante será que cierres bien. Este gringo no será nada fácil, pero tú estás preparado para ganar, y hasta puedes noquearlo".

Se escucha el sonido del gong.

Y el ronco rugido de la multitud.

Primer round.
Describe Roldán el combate:

“Ese primer asalto fue muy tranquilo. Yo no me empleé a fondo. Seguía al pie de la letra las indicaciones de mi esquina. Esperaba cerrar con todo el corazón por delante, confiado en mi buena condición física.

“En el segundo round, Robinson se me dejó venir con mucho coraje, y no tuve más remedio que rifármela. Lo paré con dos buenos ganchos al hígado. Pero él siguió, ahí, terco, forzando los cambios de golpes que eran coreados por el público. Entraba muy cerrado y me dio dos cabezazos que ameritaron que se le llamara la atención. Pero él ni caso hizo. Estaba ensimismado en vencer, como todo a que] que sube al ring, y seguía su plan de pelea. No lo niego: me dio buenos golpes a la cara; no muy fuertes, pero sí muy precisos.

“El combate era duro, de poder a poder. El trataba de golpear arriba, y yo abajo, recordando la teoría boxística aquella, de que los negritos no aguantan el golpeo al cuerpo... Y la verdad sí sentía que lo iba minando poco a poco.

“Faltaba como un minuto, quizá menos para que acabara ese round, cuando Robinson entró mal, tan mal que me dio un cabezazo más, sólo que éste me abrió la ceja y la sien. Fue una herida como de cuatro centímetros. De inmediato me empezó a brotar la sangre. fue impresionante.

“El doctor subió rapidísimo al ring. Me limpió con mucho cuidado y dijo que yo no podía continuar. El momento fue confuso. Robinson y los gringos pensaron que tenían la victoria. Pero los jueces lo descalificaron.

“Me dieron la decisión técnica. Yo, la verdad, no me sentí bien; no era posible que ganara o perdiera así... Quería seguir. Los doctores dijeron que de haber continuado el combate, hubiera estado en peligro de perder el ojo”.

De cualquier manera, todo estaba decidido.

Antonio Roldán era campeón olímpico.

Subió a lo alto del podio. Le fue colocada la medalla de oro. Y, bajo los acordes del Himno Nacional, fue izada nuestra bandera... ¡Por segunda ocasión en esa noche!

Problemas con las dietas
No serían, ni corazón ni báscula, los únicos obstáculos de Roldán para integrar el equipo olímpico de boxeo.

Un par de meses antes de los Juegos, los dirigentes de la Federación Mexicana de Boxeo Amateur tenían dudas, aún, de si debiera ser Roldán el peso pluma olímpico porque ahí estaba Benjamín Ibáñez, con méritos similares y, quizás, mejor peleador.

Así que decidieron que Roldán e Ibáñez disputaran, en dos combates, aquel privilegio.
Roldán:

“En la primera le gané una clara decisión. Y en la segunda, ya con mucho coraje porque él no quería pelear, me quité la careta protectora, que me aviento con todo y que lo noqueo. Le di tan duro, que después hasta me arrepentí. Porque el Benja era buen cuate, muy amigo... Pero esa es la esencia del boxeo: arriba del ring hay que olvidarse de todo; porque enfrente uno ve sólo un adversario.

Una promesa ya había sido cumplida”.

Pero Roldán tendría que redoblar esfuerzos porque, después de haber ganado a pulso su inclusión en el equipo, también se comprometió con su madre: ganaría, para ella, una medalla en los Juegos Olímpicos. Sería su forma de resarcirla por el mal momento que le hizo vivir aquel día en el que ella quiso festejarlo por su designación.

Roldán: “Ya a unos días de la inauguración de los Juegos, fui a mi casa. A mi madre le dio tanto gusto saber que había clasificado y que formaba parte del equipo, que me preparó una gran comida... ¡No lo podía creer... Una comida! A mí, que llevaba una dieta muy estricta; a mí, que comía menos que un niño de tres años y que, incluso, hasta pena me daba que me vieran devorar un trozo de carne que, de tan chiquito, de un bocado me lo engullía.

“Esa maldita dieta me ponía tan nervioso y tan malhumorado que, sin medir las consecuencias, sin siquiera tratar de entender a mi madre, le grité: ¡Cómo me sirves esto! ¿Que no sabes que estoy a dieta y no puedo comer nada?.

“Aventé el plato y me paré de la mesa. Mi pobre madre se soltó a llorar. Y yo, en esos momentos de ceguera, de gran tensión, no fui capaz de conmoverme. Mis hermanos trataron de intervenir, pero también les grité.

“Defendieron a mi madre. ¡Está bien! -les dije-. . . Ya, ya no se preocupen. No voy a pelear. . . Quería culpar a alguien de todos los demonios que traía en mi interior.

“Ese día, caminé por un buen rato antes de regresar al CDOM. Analicé todo cuidadosamente y comprendí que eran mis problemas con el peso, esa maldita dieta, lo que me tenía tan de mal humor. No vale la pena, pensé. Es mejor que esto acabe de una buena vez. Y fui a recoger mis cosas. Pero, como ya era tarde, decidí quedarme. a dormir. Al día siguiente informaría a mis entrenadores; nada más imaginaba la cara que iban a poner. También pensaba en mi madre y en el dolor que le había causado. Y ya se me hacía tarde para que amaneciera y así poner todo en orden”.

“Pero mi madre se sintió mal esa noche y al día siguiente, muy temprano, cuando apenas estaba arreglando mis cosas, mis hermanos fueron a verme, me hablaron de la salud de mi madre, de que ella se sentía culpable de que yo me saliera del equipo.

“Me pidieron que no lo hiciera, que recapacitara. Y yo allí, en la duda, hasta que de repente oí la voz de los entrenadores: ¡ya es hora de trabajar! Y, pues a trabajar. Les dije a mis hermanos que no se preocuparan, que yo continuaría en el equipo.

“Les pedí que, en mi nombre, ofrecieran una disculpa a mi madre, que le dijeran que competiría por ella, y que le prometía una medalla... Días después fui a la casa, pedí perdón a mi madre, regresé con su bendición... Y con el peso de recordar que una vez más había comprometido mi palabra ante un ser sagrado para mí. Así que no me quedaba de otra: ¡tenía que ganar una medalla!”


El debut olímpico

Martes 15 de octubre de 1968. Primera víctima: Hwad Abdel, de Sudán, peleador fuerte y rápido. Decisión de 5-0.

Y, entre el sabor dulzón del triunfo, la hiel de un comentario de Vicente Saldívar ?en ese entonces en un receso en su carrera? que irritó a Roldán:

“Vicente Saldívar era mi ídolo, pero me dieron mucho coraje unas declaraciones que hizo después de mi pelea, allí, en la propia arena dijo que yo no tenía mayor porvenir, que no ganaría una medalla, que era medio malito ¿Cómo era posible que dijera eso?

“Él había tenido la oportunidad de ir a unos Juegos Olímpicos (Roma, 1960) y no había tenido suerte ¡Por qué criticaba ahora a un compatriota! Desde ese momento, Vicente Saldívar se derrumbó del pedestal en que yo lo había colocado.


Segunda víctima, un irlandés

El jueves 17, segunda victoria: decisión sobre el irlandés Edward Tracey, por 4-1.
No obstante, Roldán:

“Pero yo estaba más preocupado en contestarle a Vicente que en hacer comentarios de esa pelea. Y en la conferencia de prensa, que me lanzo contra Saldívar, porque consideré que lo que había dicho era ofensivo... Incluso lo reté públicamente. Pero después habló conmigo y me aseguró que todo se había debido a la malinterpretación de un periodista; que realmente estaba muy apenado por lo sucedido, Y que se alegraba de que yo estuviera ganando.

“Total que, por la intervención de un reportero, amigo mutuo, todo quedó en un apretón de manos”.

Y después, un soviético
Martes 22, tercera víctima: Valery Plotnikov, de la URSS. Decisión de 4-1.

¡Había sido cumplida la promesa hecha a su madre! Roldán aseguraba, ya, cuando menos la medalla de bronce.

Jueves 24, semifinales. Cuarta víctima: el keniano Philip Waruingi, por 3-2, en gran combate.
Roldán:

“En esa pelea fui más valiente que en ninguna otra. Había que echarle todo el corazón, porque el negrito, aparte de que era un gran boxeador, también sabía cambiar golpes. Fue una decisión de 3-2, apretada, sí, pero justa”.

Asegurada, ya, cuando menos, la medalla de plata.

Antonio Roldán, en el umbral de la gloria.

Dentro de dos días subirá al ring a disputar el oro. En los diarios se habla de él y de Ricardo Delgado, el otro Finalista mexicano. De éste se destaca su técnica; de Roldán se dice: es un valiente del ring; un boxeador todo corazón.

El viernes fue un día de descanso. Un oasis en plena batalla. Roldán recibió la visita de sus familiares. Y buena parte de la tarde la invirtieron en leer los cientos de cartas escritas por gente que quería desearle suerte, que quería felicitarlo por lo ya logrado y alentarlo a dar el paso final.
Roldán:

“Por motivaciones no paraba, pero eso no era mi problema. Acaso, más que a Alfred Robinson, yo le tenía miedo a la báscula. Y es que aquello era desesperante, porque a pesar de que seguía al pie de la letra todas las instrucciones de mis entrenadores, inexplicablemente subía de peso.

“Así que tuve que echarme el último vaporazo para llegar a la final. Nuevamente tenía que secarme para poder pelear. Los médicos insistían en que dejarme subir al ring en esas condiciones era riesgoso. Querían suspender el combate. Tuve que suplicarles: déjenme, por lo que más quieran.... Tengo que ganar una medalla.

“Y lo decía porque me tenía una gran confianza. Conocía muy bien a mi rival, a quien poco antes había vencido en Las Vegas. Se había preparado mejor para los Olímpicos, pero yo sabía que no podría detenerme.

“Incluso, sus entrenadores iniciaron una guerra sicológica: Empezaron a insultarme, a decirme que esa medalla de oro se iba a ir a los Estados Unidos. Y yo, que necesitaba poco para picarme, pues que me enciendo. Y ya, ya se me hacía tarde porque llegara el momento de la pelea.

“Enrique Nowara y Casimiro Mazek -los experimentados entrenadores polacos al frente del equipo- se dieron cuenta de la treta y luego luego hablaron conmigo, muy tranquilos: "las peleas no se ganan hablando", me dijeron. Tú ganarás porque eres mejor que él y porque no puedes ni defraudarte a ti mismo ni a todo un país que espera tu victoria...”

El gran respeto por el rival
“Robinson fue descalificado y, no sé, no me gustó ganar así. Incluso, me sentí mal cuando le retuvieron la medalla de plata en la ceremonia oficial. Decían que un deportista que había cometido una agresión, en este caso aquel golpe con la cabeza, no merecía una medalla. Fue muy injusto aquello.

“El se agachaba porque le dolían los golpes que yo le daba a los bajos, no porque tuviera malas intenciones; por eso, para rendirle homenaje, Ricardo Delgado y yo viajamos a Las Vegas en 1969, y asistimos a una ceremonia especial en la que a Robinson le fue entregada aquella medalla... Qué buen peleador era. ¡Y qué fuerte, también! Era un pluma, pero fácil parecía un welter. Y lo increíble: en 1971, Alfred murió de anemia. Nunca lo comprendí. Y de verdad que me dolió su muerte”.

Pero sonríe Roldán:

“Y tanto les dolió esa derrota a los gringos provocadores, que en el libro de Life donde aparecen todos los campeones del boxeo olímpico, no incluyeron mi foto. Les dolió, vaya que si les dolió”.
Volvamos, volvamos a aquella noche del 26 de octubre de 1968.
Volvamos a la felicidad de Roldán.

“De la arena, como ya era de noche, me llevaron con Jacobo, el de la televisión. Y a él también se le salieron las lágrimas; estaba, como muchos mexicanos, emocionado por esas dos medallas de oro. Me entrevistó y hasta mis familiares salieron en el programa”.

Tenía, Roldán, apenas 19 años de edad.

Tan inexperto era, que puso en peligro su medalla.

Fue así:

“El día de la clausura me emocioné tanto que llevé la medalla al estadio de la Ciudad Universitaria. Y de pronto me espanté: la gente me identificó y me paseó a hombros por la pista y por la cancha... Y yo que no soltaba mi medalla. ¿Qué tal si la pierdo entre tanta gente que me abrazaba y me apretujaba?”

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
 

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