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Y él aquí, sobre una camioneta, pensando en que ya, ya quiere que acabe todo para regresar y conocer a su hija recién nacida... |
| Londres |
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Alberto Valdés
Ramos / Chihuahua |
Oro en Ecuestres/ Salto por Equipos |
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Alberto
Valdés Ramos, integrante del equipo
de salto que consiguió la medalla
de oro en los Juegos Olímpicos
de Londres 1948
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Ficha Técnica |
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Equipo de equitación
Prueba de Salto por Equipos
Medalla de oro
Juegos Olímpicos: Londres, 1948
Integrantes:
Humberto Mariles (montando a Arete)
Rubén Uriza Castro (montando a
Hatuey)
Alberto Valdez Ramos (montando a Chihuahua).
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Londres, Gran Bretaña
11 de agosto de 1948
Viaja el mensaje durante tres
días.
Ha sido depositado, en México, el 11 de agosto de 1948.
Lo recibe el capitán Alberto Valdés en la mañana
del día 14, cuando, después de saborear la conquista
de la medalla de bronce en los Tres Días, el equipo
ecuestre mexicano se apresta para hacer frente a la gran competencia:
el Premio de las Naciones.
Rasga el sobre la mano trémula del caballista. Es un
cablegrama.
Dice así: Mi mamá y yo estamos bien. Llegué
diez horas a este mundo. Besos.
María Elena.
Así que ya es papá.
Alberto Valdés: -Ya el resto del equipo esperaba en
la camioneta que habría de llevarnos de la Academia
Militar, en la villa de Aldershot, al estadio de Wembley.
“Les mostré el cablegrama. Todo mundo me felicitó”.
Le dijo Mariles: “Esta noche vamos a festejar por partida
doble: el nacimiento de mi sobrina y la medalla de oro...”
Subió Valdés al vehículo.
Había recaído en él la responsabilidad
de ser el primer jinete mexicano en saltar a la pista esa
tarde. Estaban ya a unas horas de hacer frente a aquella prueba
para la que un equipo había sido preparado durante
12 años.
Se sentía la presión.
Se produjo el silencio.
Y sería un largo viaje de hora y media hasta el estadio.
Tiempo para reflexionar.
Don Alberto: “No podía creer todo lo que me sucedía.
Estaba allí, en Londres, formando parte del equipo
ecuestre mexicano, a punto de competir en unos Juegos Olímpicos,
y ya era papá, por primera vez...
Y ni siquiera conocía a mi hija. Todo aquello parecía
un sueño.” En la foto: El Capitán Alberto
Valdés con Chihuahua y Jarocho.
Don Alberto: -Yo me puse a pensar. No podía creer todo
lo que me sucedía. Estaba allí, en Londres,
formando parte del equipo ecuestre mexicano, a punto de competir
en unos Juegos Olímpicos, y ya era papá, por
primera vez... Y ni siquiera conocía a mi hija. Todo
aquello parecía un sueño. Y me puse a pensar.
Recorrí mentalmente mi vida entera...
Alberto Valdés era cuñado de Humberto Mariles:
su hermana mayor, Alicia, se había casado -3 de diciembre
de 1939- con el subteniente aquel que tenía un encargo:
preparar al equipo ecuestre mexicano que competiría
en la siguiente Olimpiada. Mariles había formado la
Escuela de Equitación, que era parte de la Asociación
Nacional Ecuestre, reconocida por la Federación Internacional
de Equitación. En los primeros días de 1940,
Mariles solicitó que Valdés y otros militares
pasaran a formar parte del grupo de instructores, con miras,
por supuesto, a integrar a los mejores al equipo internacional
de salto.
Don Alberto: -A Mariles lo conocía desde cadete. Era
seis años mayor que yo. Se había casado muy
joven y después se divorció. Por eso hubo muchos
problemas para que mis padres lo aceptaran en mi familia.
Intervinieron muchas personas, pero quien resultó determinante
fue el general Manuel Ávila Camacho -secretario de
Guerra y Marina y próximo presidente del país-,
gran amigo de mis padres y quien simpatizaba mucho con Mariles.
Finalmente, la boda se llevó a cabo. Por cierto, Ávila
Camacho fue también mi padrino de bodas. Me casé
con Margarita Lacarra, el 3 de enero de 1946.
Aquella relación con Mariles, lejos de beneficiarme
poco me redituó como jinete. El no quería que
alguien le echara en cara que había favoritismo hacia
mí y por eso me cargaba la mano.
Caballo que nadie quería, me lo daba a montar. Siempre
fue muy exigente conmigo. Y nunca le fallé.
14 de agosto de 1948
Día final
de los juegos.
Antes de la clausura, el Premio de las Naciones.
Y él aquí, sobre una camioneta, pensando en
que ya, ya quiere que acabe todo para regresar y conocer a
su hija recién nacida... Y que una pequeña falla
suya puede significar, ni más ni menos, que el equipo
mexicano quede eliminado de la competencia...
Don Alberto: “Y ya estábamos ahí. Las
tribunas comenzaban a llenarse. El pasto estaba verde, impresionantemente
verde. Había llovido el día anterior y eso era
señal de peligro. La pista estaba húmeda y se
enfangaría conforme avanzara la prueba”. La pista...
Don Alberto: -La vimos ahí, como a una gran señora,
esperando por nosotros con trampas por todos lados y obstáculos
enormes. Era un difícil recorrido el que tendría
que cumplirse; lo comprendimos todos en cuanto la vimos. Nos
encontramos ahí con el equipo de Francia, que era uno
de los grandes favoritos y conversé un rato con mi
viejo amigo el capitán Maupeou. Estaba realmente preocupado.
Él, como yo, era el primer jinete de su equipo... Nos
quedamos un buen rato mirando a aquella gran señora,
estudiando sus curvas, sus maderos y sus muros de ladrillo.
La pista...
Hela aquí: Se extiende a lo largo de 832 metros y comprende
16 obstáculos -9 saltos- que varían entre 1.28
y 1.60 metros de altura.
Don Alberto: -Todos eran formidables. Su ancho y su alto no
sólo exigían un buen mando y un control preciso
del tiempo de recorrido, sino que, en virtud de su engañosa
colocación, también una gran habilidad en la
conducción del caballo.
16 obstáculos...
El primero, un tronco de 1.28. Parecía fácil,
pero había que llegar a él con mucho cuidado;
varios jinetes se confiaron, entraron a gran velocidad y lo
tiraron. Este, como el segundo -un doble oxer muy respetable-
estaban colocados a lo largo de la pista de atletismo, pero
dentro de la cancha, sobre el pasto... El recorrido daba la
vuelta por la cabecera poniente del campo y a lo largo de
la pista, para encontrar tres vallas en línea: el tercero
era una puerta vertical de jardín, de 1.45, sin llamada,
tan peligrosa que solamente seis jinetes la pasaron con limpieza.
Estaba muy cerca del cuarto, una doble barra.
El quinto era un doble obstáculo, de entrar y salir:
primero una reja rústica y a cinco y medio metros otra
reja similar seguida de una angosta fosa llena de agua. Resultó
fatídico. Los caballos se asustaban con el agua y de
brusca manera se rehusaban a saltar. Allí fue derribado
el capitán francés Maupeou, cuyos temores se
confirmaron.
No pudo continuar porque fue pateado por su caballo Nankin,
además de que el obstáculo cayó sobre
su pierna derecha. Murieron ahí, también, las
esperanzas del coronel estadounidense Frierson, quien hasta
ese momento iba sin falta. Con la testarudez de una mula,
su famoso caballo Rascal se negó a saltar en dos ocasiones.
En la tercera, Frierson lo condujo con gran determinación.
Rascal libró la primera reja, luego dio un paso y se
desvió violentamente. El coronel salió por la
cabeza del caballo y cayó sentado dentro de una maceta
que había al lado del obstáculo. Fueron necesarios
tres hombres para sacarlo de ahí. Dos de los equipos
considerados entre los favoritos para ganar la prueba, quedaron
sembrados al pie de aquellas rejas...
Terminada esa serie de tres obstáculos, el recorrido
continuaba por la cabecera oriente de la cancha, para iniciar
una diagonal de oriente a poniente que atravesaba la cancha
de norte a sur.
A la mitad de esa recta se encontraba el obstáculo
seis, un seto con barra, franco, sin dificultad.
Y sobre la misma trayectoria, el séptimo: una triple
barra.
El recorrido daba vuelta a la izquierda para encontrarse con
el octavo, un larguero Con agua a la salida, que provocó
un gran número de faltas pues tenía una triple
barra y un largo de 4.43 metros. La dificultad aquí
no era solamente la formidable longitud, sino el hecho de
que se tomaba a mucha velocidad, se corría el riesgo
de meterse al terreno del siguiente obstáculo, un muro
gris de 1.60 metros, que había que enfrentar después
de una curva en la que daba comienzo otra línea recta
a lo largo de la pista. El décimo era un triple muy
peligroso: dos puertas de jardín con 14 metros entre
una y otra y, en medio, un seto que hizo rehusar a muchos
caballos.
El undécimo era un muro y a continuación el
recorrido daba vuelta por la cabecera de oriente y al centro,
el doceavo: un -paso a nivel-. A continuación, una
diagonal de oriente a poniente y de sur a norte. A la mitad
de la cancha, el 13: un seto con barra; un oxer invertido
y muy cerca, el 14, peligrosísimo: una triple barra
muy alta -1.60- y muy ancha -3.60-; había que impulsar
rápidamente al caballo y a gran velocidad salvar la
valla. Era otra de las grandes trampas de la pista.
Después de otras dos curvas, ambas a la derecha, el
recorrido enfilaba hacia la recta final, en la que el camino
era interrumpido por una ría de 5.35 metros, sin valla,
instalada frente al palco real y finalmente, el obstáculo
16: una muralla de 1.60 metros. Los jinetes tenían
que calcular perfectamente la rapidez: había que atacar
aquella ría con velocidad, sí, muy controlada,
para que el caballo tuviese tiempo de prepararse y enfrentar
el muro.
LA COMPETENCIA
Se han inscrito
15 naciones, aunque a última hora se anuncia que sólo
competirán 44 jinetes.
Finlandia queda descartada de la lucha por equipos; el capitán
Vartianen y el teniente Rissanuen pelearán por las
medallas individuales. No tendrán suerte: el primero
es eliminado, y el segundo es sancionado con 56 faltas.
Cuánto hubiera gustado a Humberto Mariles encontrarse
aquí con los equitadores alemanes.
Pero no es posible. Por razones más que obvias.
No obstante, hay peligrosos contrincantes en esa lista: Suecia
-tres veces campeón olímpico en salto-, España,
Holanda, Francia, Italia y Estados Unidos... Y también
Inglaterra, cuyos jinetes están obligados a una buena
actuación; compiten en casa. España -monarca
olímpico en Amsterdam 1928-, corre con la peor suerte
en el torneo: le corresponde el número uno. Suecia
es tercero, Francia cuarto, Inglaterra quinto, Holanda sexto,
Italia séptimo, Estados Unidos octavo... México
saltará hasta el final.
PRIMERA VUELTA
Abre el comandante
español Ponce de León con 24.5 faltas. Le sigue
el comandante irlandés F.A.
Ahern, con 25.5. El capitán sueco Eric Soerensen es
líder con sólo 12. El teniente coronel inglés
H.M.V. Nicoll tiene un buen recorrido, con 16 puntos. El capitán
estadounidense Russell pone en aprietos a su equipo: 38.5
faltas. Y se producen las tres primeras grandes sorpresas:
Francia, Holanda e Italia quedan fuera del concurso por equipos
al ser eliminados el capitán Maupeou, el mayor De Brine
y el teniente coronel Conforti, respectivamente. El capitán
argentino R.C. Campos rescata el recorrido: 24 faltas. Y son
eliminados, en orden, Portugal, Brasil, Dinamarca y Turquía.
Así están las cosas cuando se anuncia que el
siguiente competidor será el capitán mexicano
Alberto Valdés.
Don Alberto: -Mariles no podía ocultar un gesto de
preocupación. Nomás cerraba los ojos cuando
veía caer a un jinete. Ya nos habían informado
que mi amigo Maupeou había sufrido la fractura de clavícula
derecha.
Y Mariles se ponía más nervioso. “Ten
mucho cuidado, Valdés”, me decía a cada
rato. Y yo le respondía: “No te preocupes; la
pista es dura, pero yo la paso”.
La verdad era que me sentía más nervioso por
el cablegrama del nacimiento de mi hija, que por la proximidad
de mi intervención. En esa primera ronda quedaban fuera
dos de los fuertes: Francia e Italia. Pero Suecia e Inglaterra
estaban bravos. Yo, tranquilo. Y Chihuahua también.
El turco Cakir fue derribado. Ya era mi turno... Mariles se
me acercó. “¡Tienes que terminar, Valdés!”,
me dijo. Yo no le contesté. Preparé al Chihuahua,
un alazán tostado, me fui a la línea de salida
y me dije: “¡Ahora es cuando!”.
El gesto de Mariles se contrajo en un gesto de desconsuelo:
su primer caballista no llegaba aún al peligrosísimo
quinto obstáculo y ya había cometido 12 faltas.
Valdés pasó limpiamente el primer tronco, pero
falló, sucesivamente, en el doble oxer, en la puerta
vertical y en la doble barra.
Don Alberto: -Comprendí que estaba cometiendo el error
de hacer muy apresurado el recorrido; me había presionado
a mí mismo: quería avanzar rápidamente,
que no se me fuera a acabar el tiempo.
Así que cuando nos aproximamos hacia la peligrosísima
doble reja, traté de serenarme. Y por fin entré
en la cadencia adecuada. Chihuahua saltó espléndidamente
a partir de entonces. Fallamos en el oxer invertido -obstáculo
13- tal vez por exceso de confianza y por unas pulgadas nos
castigaron en la ría: Chihuahua pisó el agua
con la pata derecha.
Finalicé con 20 puntos malos que en aquellas circunstancias
eran excelentes. El pasto, que era de jardín y no de
campo y que estaba muy mojado, impedía que los caballos
tuvieran más agarre.
Se sentía que las patas se hundían en ese terreno
fangoso. Cuando finalicé fui felicitado por mis compañeros.
Había dejado al equipo no sólo vivo, sino en
muy buena colocación: tercer lugar.
SEGUNDA VUELTA
El internacionalmente
conocido jinete español Morones Navarro, quien monta
al colorado Quorum, incurre en 20 faltas. Vive el equipo de
España. Y le sigue, muy de cerca, el irlandés:
el comandante Corry comete sólo 21 faltas y cuarto.
Cuidado con Suecia y su gran tradición: el teniente
J.G.K. Lewenhaupt tiene un recorrido de 20 faltas y tres cuartos
y su equipo se coloca en segundo lugar. Inglaterra pierde
posiciones cuando el mayor Carr es sancionado con 35 puntos.
Pero esta ronda ofrece tres soberbios recorridos.
Y se produce un triple empate en el primer lugar individual
con ocho puntos.
El primero es el del caballero francés Jean D’Orgeix,
quien capta la atención del público cuando se
presenta con su casaca roja y su gorra cazadora negra. Monta
a Sucre de Pomme, un pura sangre de bella estampa y mejores
aptitudes. Es elegante la conjunción de jinete y cabalgadura.
El recorrido es limpio hasta el décimo obstáculo,
el endiablado triple. Derriba el francés dos maderos:
8 faltas. Salva con pulcritud los demás. Y ya es líder
de la competencia.
Pronto, muy pronto, tendrá un compañero: El
coronel estadounidense Franklin Wing, sobre el famoso Democrat
-un auténtico trofeo de guerra, caballo alemán
pura sangre que los triunfantes estadounidenses llevaron a
su país cuando Alemania capituló-, sorprende
a los espectadores con un recorrido en el que sólo
derriba los maderos en la doble barra paralela y en la triple.
Con su actuación, no sólo se coloca entre los
aspirantes a una medalla, sino que hace renacer a su equipo,
que después de esa actuación alberga esperanzas...
Frágiles, pero esperanzas.
El tercero es el capitán mexicano Rubén Uriza.
Y cuando sale a la pista, Hatuey está empapado de sudor;
la espuma pinta de blanco el cuello y el pecho del alazán.
Mientras espera la orden de salida, Uriza domina a su nervioso
caballo. Parte. Pasa limpiamente los cuatro primeros obstáculos,
pero en el doble rústico con fosa incurre en su primera
falta. Un grito de angustia escapa de las tribunas. No vuelve
a tener problemas sino hasta el 14, la triple barra, anchísima
y muy alta: derriba la tercera. Pasa la ría sin dificultad
y salva con elegancia el muro final. Estalla una ovación
en su honor. Y es que no sólo ha empatado el liderato
individual, sino que ha colocado a México en el primer
lugar.
TERCERA VUELTA
La pista está
cada vez peor. Resiente el aguacero que cayó ayer.
El día ha sido soleado, pero las blancas y vaporosas
nubes tiñen de gris el cielo azul, mientras que el
sol se oculta por el oeste y arroja nuevas sombras sobre los
obstáculos. Malos augurios para estos 14 caballistas,
que son los mejores de cada equipo... Sólo cinco cumplirán
el recorrido; el último de ellos será el mejor
de los 44 en liza...
Abre el comandante español García Cruz. Monta
a Bizarro y tiene un magnífico recorrido: al llegar
al último obstáculo ha acumulado 8 faltas y
parece que habrá un nuevo jinete en el desempate, pero
Bizarro toca el muro final y se eleva la bandera blanca. García
Cruz tiene doce faltas, pero España es el primer equipo
que termina la prueba. Tiene 56 1/2 puntos. Y está
en la pelea.
Irlanda queda fuera, porque el teniente coronel J.J. Lewis
lleva a Lough Neagh por la pista equivocada en el duodécimo
obstáculo y es descalificado.
A continuación se estremecen los más de 80 mil
espectadores apretujados en las tribunas: el poderoso equipo
de Suecia es abruptamente descartado, porque el capitán
K.A. Hultberg, que realiza una buena monta a Ismed, es sin
embargo descalificado por excederse del tiempo límite.
Vibra el público inglés: han desaparecido dos
de las escuadras que superaban al equipo local. Y crece la
expectación: ya pronto aparecerá en la pista
el ídolo local Harry Lewellyn. El puede ser.
Sólo hay un breve paréntesis: la gente aplaude
cuando el capitán francés M.M. Fresson cumple
su recorrido, a bordo de Decametre, pero no porque haya cometido
apenas 16 faltas sino porque ya, ya termina... Y detrás
de él vendrá Lewellyn. Mientras tanto, suspiran
los franceses: 8 faltas de D’Orgeix, 16 de Fresson...
¡Si no se hubiera caído Maupeou!...
Aquí viene Lewellyn. A la sonora ovación sucede
un silencio casi total cuando, sobre los lomos de Fox Hunter,
caballo del que es dueño, arremete contra la pista.
Es un ahora o nunca para los anfitriones olímpicos...
Pero la presión es demasiada para Lewellyn: 4 faltas
en el doble oxer y 4 más en la puerta; salta con limpieza
las trampas usuales, pero inexplicablemente derriba el paso
a nivel y después el muro. Total: 16 faltas. Inglaterra
es apenas el segundo equipo que culmina la prueba y se coloca
en tercer lugar, con 67 puntos... Pero tendrá que esperar,
porque aún, falta la actuación del último
jinete de Estados Unidos y de México.
El primero no es problema. Porque Rascal se niega rotundamente
a saltar la doble reja y arroja por los aires no sólo
al teniente coronel Frierson, sino al orgullo de un país
que daba por segura una victoria en esa prueba. Qué
pena siente el público inglés por el rubio jinete.
Y qué alegría por el equipo local: Inglaterra
ha asegurado una medalla. Ya nada podrá arrebatársela.
La actuación del último competidor, un teniente
coronel mexicano llamado Humberto Mariles, determinará
de qué metal será la presea que quede en casa.
Han pasado ya 150 minutos de gran equitación en un
terreno que se encuentra en malas condiciones. La pista ya
está hundida y a pesar de que ha sido frecuentemente
recubierta de arena, presenta múltiples huellas causadas
por resistencias y caídas.
Los números permiten rápidas y sencillas conclusiones:
México tiene segura una medalla -prueba individual-.
Y otra -por equipos- parece más que decidida. Sólo
una muy improbable catástrofe podría evitar
que sea conquistada. El silencio es total cuando aparecen
Mariles y Arete por el túnel oriente, bajo el fuego
olímpico.
Rostro imperturbable el del jinete mexicano. Pasea al alazán
tostado, que camina parsimonioso por la cabecera oriente de
la cancha mientras los jueces ordenan arrancar.
Nadie pestañea cuando se escucha la campana y Mariles
coloca a Arete entre los dos postes de tiempo automáticos.
Y allá va...
Pasa con limpieza primero y segundo obstáculos. Aplaude
una parte del público, pero la mayoría impone
el peculiar siseo en demanda de silencio. Solo se escucha
el ruido de los cascos de Arete al galopar. Va con una cadencia
calculada entre 300 y 350 metros por minuto.
Ahora bordea la cabecera poniente y apunta hacia los tres
obstáculos en fila. Al suspiro de alivio de la multitud
prosigue una ovación que muere al nacer, cuando Mariles
y Arete libran con pulcritud la doble reja. Mantiene el ritmo
el alazán tostado y conquista sexto y séptimo
obstáculos; da la vuelta y pasa con donaire la peligrosa
ría, tumba de muchas ilusiones.
La ovación, ahora, se extiende por todo el graderío.
Va Mariles contra el muro y después arremete con supremo
control y medido impulso hacia el triple. Libra, con la misma
calma y facilidad, el undécimo. No acelera el jinete
el paso del corcel. Sabe que lo penarán por exceso
de tiempo, pero prefiere eso a arriesgar un derribe. Supera
el paso de nivel, luego el oxer invertido y con enorme velocidad
se lanza hacia la difícil triple barra, que no toca
ni con el aire desplazado. Recorrido limpio, hasta ahora.
La expectación va en aumento. Como los aplausos que
acompañan el elegante paso del binomio cuando éste
se apresta a entrar a la última curva; después
de ella esperan la ría y el muro final.
Mariles sabe la aversión de Arete por las rías,
así que tal vez por eso lo deja meterse en ella y salir
con calma para acometer aquel muro alto como una montaña.
Pero el público no sabe de tácticas y cuando
el alazán cae al agua se escucha un grito de angustia
al que suple al instante, uno de alegría: Mariles y
Arete salen de la fosa. Una bandera blanca es elevada: cuatro
puntos de penalización. Y ya se acaba el tiempo.
No se puede perder ni un instante. Mariles espolea y Arete
se impulsa vigorosamente para saltar el rojo muro final. Vuelan
jinete y cabalgadura. Les acompaña el aliento de la
multitud. Ya descienden Mariles y Arete. Ya se eleva la bandera
del tomador de tiempo.
El militar y el llamado Rey Tuerto se lanzan en veloz cierre
sobre la línea final. Ruge la multitud.
Aclama al nuevo campeón olímpico...
La voz imparcial del anunciador informa: -Dos y un cuarto
de puntos como sanción por exceso de tiempo.
Total: 6 faltas y cuarto.
Por equipos: 34 1/4.
Oro...
EL SEGUNDO CABLEGRAMA… Y EL
TERCERO
A la mañana siguiente,
ahora sí puntual, llegó un nuevo cablegrama
para el capitán Valdés.
Decía: Mamá y yo felicitámoste. Besos.
María Elena.
El equipo entero recibió otro que acabó con
la angustia.
Dirigido a Humberto Mariles, decía así el mensaje:
Felicito a usted por triunfo obtenido en unión de sus
compañeros en favor de México. Esperanzas se
tenían fincadas en ustedes están completamente
satisfechas.
Saludos cordiales. Presidente de la República Miguel
Alemán.
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado
por la Conade y EL UNIVERSAL.
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