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| 1948 |
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"Hatuey me respondió como nunca, a pesar de que la presión era muy fuerte. Y logré una pista limpia. ¡La única que se dio en eso Juegos!" |
| Londres |
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| Rubén Uriza Castro/
Hatuey |
Oro en Equitación / Premio de las Naciones |
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Rubén
Uriza con Hatuey, pareja en la competencia
de salto y Premio de las Naciones, en
Londres 1948
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Ficha Técnica |
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Rubén Uriza Castro
Equitación
Medalla de plata (montando a Hatuey) y
medalla de oro por equipos
Juegos Olímpicos: Londres, 1948
Fecha de nacimiento: 27 de mayo de 1919
Lugar de nacimiento: Huitzuco, Guerrero
Fecha de fallecimiento: 30 de agosto de
1992, México, D.F.
Especialidad: Prueba de salto individual
y Premio de las Naciones
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Él, el hombre, desciende de
revolucionarios.
Es sobrino de Abraham Castro y de Rosendo V. Castro.
Sobrino, pues, de caballistas. Hombres de campo. Agraristas.
Zapatistas. De aquellos que el 25 de noviembre de 1911 cabalgan
al lado del Caudillo del Sur y se alzan en armas contra el
gobierno del presidente Madero. Enarbolan el Plan de Ayala,
que demanda justicia para el campesino. Debe ser suya la tierra
que cultiva.
El será, también, hombre de a caballo.
Porque el caballo lo es todo, allí, en la abrupta sierra
guerrerense.
Allí, donde Rubén Uriza Castro ha nacido. A
él, el noble bruto, le fluye la historia por las venas.
Es un alazán tostado, con un lucero en la frente, hijo
de padre árabe y madre pura sangre.
Nace en Chihuahua y es todavía un potrillo cuando se
marca su destino: será caballo de salto.
Sólo mide 1.52 metros de alzada, pero es largo y fuerte.
Y también valiente y de indómito temperamento.
Como aquel cacique cubano que en 1515 pagó con la vida
su rebeldía ante los españoles.
Por eso, quizás, le han llamado Hatuey. Cuando hombre
y caballo se encuentran, a finales de 1947, emprenden una
veloz carrera hacia la inmortalidad.
La alcanzan poco después y en tierras muy lejanas:
El día de la verdad
Sábado 14 de agosto
de 1948.
Estadio Wembley, en Londres.
Día final de los XIV Juegos Olímpicos.
Ochenta mil espectadores colman las gradas porque hoy no presenciarán
únicamente la ceremonia de clausura, sino también
la última prueba de los Juegos: el Premio de las Naciones.
Ya Alberto Valdés, capitán del Ejército
Mexicano, ha cubierto su recorrido. Montando a Chihuahua,
cometió 20 faltas.
El turno, de acuerdo con el sorteo, corresponde al vigésimo
séptimo binomio que también viene de México:
sobre el lomo de Hatuey, el también capitán
Rubén Unza se lanza contra la pista.
Capitán entonces, general brigadier retirado cuando
se le entrevistó, recuerda el caballista lo que aconteció
aquel día:
“Valdés tuvo una buena monta, sobre todo si se
compara con la de muchos competidores que fueron eliminados
al caerse del caballo en ese difícil recorrido. El
terreno, de pasto flojo, era el principal enemigo de todo
corcel”.
Él aseguró el oro
“Al revisar
la tabla de posiciones, me di cuenta de que podíamos
luchar por la medalla de oro por equipos. Así que traté
de asegurar ese resultado. Hatuey me respondió muy
bien y sólo derribé dos barras para ocho faltas,
lo que me colocó en muy buena posición: empatado
en primer lugar individual con el francés D'Orgeix
y el estadounidense Wing”.
Cuando terminé mi recorrido me sentía doblemente
feliz: estaba en la pelea y de hecho, la medalla de oro por
equipos era nuestra. Íbamos en primer lugar con 28
faltas, faltándonos sólo el recorrido de un
jinete. Nuestros más cercanos adversarios eran el equipo
español, con 56.5 faltas y el inglés, con 67.
Y ya habían competido sus tres integrantes. Así
que todo esta dispuesto para que ganáramos ese primer
lugar. Sólo podría evitarlo una actuación
catastrófica de Mariles, pues como teníamos
ventaja de 28.5 faltas, Humberto y Arete hubieran podido darse
el lujo de derribar siete barras y aún así seriamos
campeones. Pero sabíamos que Mariles y Arete eran uno
de los mejores binomios del mundo.
Tarde gloriosa para México
Ya cae la tarde
en el estadio Wembley.
El estruendo ha terminado.
La prueba tiene un jinete campeón: Humberto Mariles.
Tiene un país campeón: México.
Pero todavía hay dos medallas en el estuche. Una de
plata. Una de bronce.
Nadie sabe a quien pertenecerán.
Tres caballistas a ellas aspiran:
El capitán mexicano Rubén Uriza, el caballero
francés Jean F. D'Orgeix y Franklin R. Wing, coronel
del Ejército de Estados Unidos.
Ronda de desempate entre ellos.
Los ayudantes de pista se mueven rápidamente y modifican
el circuito. Ya no serán 16 obstáculos sino
nueve, pero su altura se eleva de 1.30 a 1.80 metros. La ría
conserva los 2.20 metros de longitud.
Contarán las faltas. Y también el tiempo realizado.
Y
para él, la plata individual
La gente vuelve a tomar
asiento. Y a guardar un silencio absoluto, que rompe sólo
cuando los jinetes salen a la pista. Entonces les ovaciona
calurosamente.
El primero es D'Orgeix. Enfila a Sucre de Pomme y emprende
la carrera. Cinco obstáculos son salvados limpiamente.
Pero cae una valía del sexto. Cuatro puntos de penalizacion...
Le sigue Franklin Wing -previamente señalado como favorito
para ganar la competencia-. El militar estadounidense espolea
a Democrat. Y allá va... Falla, como D'Orgeix, so.
lamente en el sexto obstáculo. Empata, pues, en faltas.
Pero ha invertido más tiempo que el francés.
Y entra en acción, ahora, sí, el último
de los 4 mil 500 deportistas que han competido en la justa
olímpica: Rubén Uriza.
En la línea de salida, el militar acaricia el poderoso
cuello del corcel.
Arrancan...
Y son uno jinete y cabalgadura.
Uriza:
- Hatuey me respondió como nunca, a pesar de que la
presión era muy fuerte. Y logré una pista limpia.
¡La única que se dio en eso Juegos!
Un solo grito, un solo nombre se escucha en todo Wembley:
¡MÉXICO!...
Dos medallas de oro. Una de plata.
La gloria.
El mundo entero conoce, ese día, a Mariles-Arete.
Y no olvida a Uriza-Hatuey.
Un jinete desde la cuna
No sabe qué
sucedió primero:
Aprender a caminar o aprender a montar.
Uriza: “Yo creo que ha de haber sido al mismo tiempo”.
Había nacido -27 de mayo de 1919- en una amplia casona
en Huitzuco, Guerrero. Su padre era Manuel Uriza, agricultor
y ganadero; su madre, doña Tayde Castro, maestra de
la escuela rural -a la que el pequeño Rubén
acudió para cursar la primaria- .
Uriza: “En casa siempre hubo caballos, porque allá
en la sierra el caballo es el único medio de transporte
y además, elemento indispensable en la vida del campo.
Lo es todo, pues...”
Años primeros, los del futuro medallista, plenos de
sol, de aire puro, vegetación, agrestes montañas,
arroyos, animales salvajes y domésticos, árboles
frutales, amor paternal... Y caballos.
Tardes calurosas que morían bajo la sombra protectora
de uno de tantos árboles en la huerta, mientras Rubén
mordizqueaba una manzana y escuchaba a sus padres narrar aquellas
historias de sus tíos revolucionarios y las anécdotas
de su propia infancia.
Uriza: “Siempre me hablaban de mi pasión por
los caballos. Decían que todavía no caminaba
y ya me gustaba estar sentado en una silla de montar, o en
los lomos de un cuaco. Que nomás veía a un caballo
amarrado y me iba a sentar junto a él y que cuando
me subían podía sostenerme firmemente con las
manos... Para mí, el caballo significó una especie
de juguete, una distracción, el mejor elemento para
hacer ejercicio y sobre todo, un gran compañero. Noble,
fuerte, bello...”
Su primer potro fue el alegre Rabucas. En él lo aprendió
todo sobre el caballo. Del peligro de montarlo, inclusive.
Uriza: “En una ocasión, tal vez tendría
yo 14 años, fuimos a traer ganado. Al regreso, mi padre
me pidió que me adelantara y abriera el zaguán
del rancho y así lo hice. Pero cuando me iba a bajar
del caballo me atoré con la reata y quedé colgado
de la montura. El Rabucas, que era muy nervioso, se espantó
y salió a galope tendido. Me arrastró por lo
menos por unos 150 metros. Y no fueron más porque mi
padre lo alcanzó. Cuando el Rabucas detuvo su loca
carrera, yo estaba en el suelo, desmayado, todavía
con el pie enredado en la reata. Cuando volví en mí,
mi padre me dijo: "No se apure, m'ijo, trépese
en ancas. Lo voy a llevar a la casa". Le respondí:
"a poco cree que nomás por esto no lo volveré
a montar..."
Fragmentos de textos tomados
del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade
y EL UNIVERSAL. |