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¡Victoria! ¡Victoria mexicana!: 34-17 sobre Italia. Y a semifinales.
Berlín
  Equipo de Polo
Fidel Ortíz Tovar
       

Equipo de basquetbol varonil

Medalla de BRonce

Esta imagen es el partido que perdieron ante Filipinas por pelearse entre ‘chilangos’ y chihuahuenses.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Integrantes:
Rodolfo Choperena Irizarri
Paul Fernández Robert
Silvio Hernández del Valle
Francisco Martínez Cordero
Jesús Olmos Moreno
José Pamplona Lecuona
Hugo Borja Morca
Carlos Borja Morca
Ignacio de la Vega Leija
Greer Skaussen Spilsbury

» 1936: Año olímpico.
» ¿Y cómo era el basquetbol?
» El día que conocieron a Hitler

» La medalla mexicana parael inventor del basquet

» A Jesse Owens le gustaba Cielito Lindo
» De cómo se pelearon y perdieron la plata
» Otra vez Hitler. Ahora, la premiación
» ¿Y qué fue de ellos?

Es 12 de agosto de 1936:
El equipo nacional está en la lucha por las medallas. Si gana mañana habrá llegado a la final del primer torneo olímpico de básquetbol.

Sólo hay un problema: el rival será Estados Unidos.

El invicto equipo de Estados Unidos.

El de las estrellas universitarias.

El que tiene tres jugadores que rebasan los 2 metros de estatura.

El que ha anotado más de 30 puntos en cada juego.

El que es favorito unánime para ganar la medalla de oro...

Así que medita solitario el coach Alfonso Rojo de la Vega. Su asistente principal, Leoncio Colorado Ochoa, se quedó en México:
“¿Qué hacer-... Es demasiado poderío”, se pregunta.

Y se responde: “Defendernos lo mejor posible y tratar de sorprender...”
Toma lápiz y papel. Trabaja toda la noche. Traza tácticas, diseña
técnicas... El plan de juego queda plasmado en unas hojas. Cada línea significa un movimiento especial. Cada basquetbolista tiene una misión específica.

13 de agosto:
No hay mucho tiempo. Así que muy temprano, el llamado Equipo del Rojo y el Colorado se va a entrenar a un gimnasio privado. Y practica hasta extenuarse. Pero los jugadores asimilan el sistema. Horas más tarde ya se encuentran en la cancha de arcilla. Quienes harán frente a los estadounidenses han sido anunciados: los defensas Jesús Olmos y Raúl Fernández; el centro Carlos Borja, y los delanteros Víctor Hugo Borja y Greer Skaussen. Reservas: el zaguero Francisco Martínez y el atacante Ignacio de la Vega.

La tarde es plomiza. Amenaza lluvia.

¡Juego!
Se eleva el balón en el centro del terreno de juego...

Ataca Estados Unidos. Lo hará en todo momento. Pero la de enfrente es una compleja barrera: los jugadores mexicanos se mueven con rapidez y acuden a un doble marcaje personal. Se agrupan en su medio campo y de repente, parte uno de ellos en veloz contraataque. El pase es largo y va al lugar. Hombre y esférico se encuentran rumbo a la canasta estadounidense. La jugada sorprende, una y otra vez, a un cuadro obsesionado en descifrar el crucigrama defensivo que le ha sido planteado. Y no hay más remedio: faul o canasta.

La lucha se plantea bajo esas condiciones.

Y así se sostiene. Al final, no hay remedio, se impone la superioridad estadounidense.

El marcador es de 25-10. Pero se han producido dos hechos que marcarán para siempre este duelo:
1.- Por vez primera en el torneo, el poderoso ataque de nuestros vecinos del norte ha sido frenado en menos de 30 puntos.

2.- Su sólida defensiva, pillada en varias ocasiones, tuvo que recurrir al la falta en diez de ellas. México, pues, no anotó una sola canasta; sus diez puntos fueron producto de tiros libres.

Se abrazan los jugadores al escucharse el silbatazo final.

Y se acerca James Nedless, coach del equipo ganador, al maestro Rojo de la Vega, que es nueve años menor. Le felicita:
- Casi indescifrable su táctica defensiva, coach.

Rojo de la Vega sonríe, complacido.

-¿Cómo se llama-, -pregunta Nedless.

-Rompimiento rápido, -responde el entrenador mexicano.

-¿Puedo mirar?...

Entonces Rojo de la Vega toma papel y lápiz. Vuelve a dibujar trazos complicados. Y los entrega a Nedless. Se aleja, sonriente, el entrenador estadounidense.

Nació en Berlín y gracias al ingenio de un par de técnicos mexicanos, el que será famoso sistema Fast Breake, tan popular en los Estados Unidos...

Al día siguiente, los encuentros por las medallas.

En el juego preliminar, disputado bajo una tenue llovizna, México derrota a Polonia por 26-12 y conquista la medalla de bronce.

En el estelar, que se juega bajo un torrencial aguacero, Estados Unidos se impone a Canadá por 19-8 e inicia así un largo reinado olímpico que se extiende a 64 victorias consecutivas y siete títulos, hasta que el encanto se rompe en Munich ‘72, donde la Unión Soviética se corona con una controversial victoria por 51-50; la canasta de la victoria es anotada en el instante final...

1936: Año olímpico.
Rojo de la Vega lo festeja llevando al Mascarones a un nuevo título nacional. Poco después -30 de abril-, cumple con el ritual: en las oficinas de la Confederación Deportiva Mexicana reúne a la prensa especializada y anuncia a los jugadores que ha escogido para competir en Berlín. Son estos: defensas: Rodolfo Choperena y Raúl Foch Fernández, del Distrito Federal; Jesús Tuto Olmos, de Chihuahua; Ignacio de la Vega, de San Luís y Silvio Hernández, de Veracruz. Centro: Carlos Borja (DF). Delanteros: Andrés ‘Calavera’ Gómez y Víctor Hugo Borja, del Distrito; Francisco Quico Martínez y Greer Skaussen, de Chihuahua y José Pamplona, de San Luís Potosí. Esa misma noche y en virtud de que apenas había llegado a su fin el torneo nacional, los jugadores convocados acudieron a entrenar.

Don Andrés: “Practicábamos en la YMCA de Balderas, en el mismo edificio que ahora ocupa el diario Novedades. Entrenábamos dos horas al mediodía y como la mayoría de nosotros trabajaba, en la noche teníamos otra sesión de dos horas. El maestro Rojo de la Vega insistía en un gran acondicionamiento físico, así que gran parte del tiempo lo dedicamos a correr y a hacer gimnasia.

El maestro Rojo de la Vega impuso una férrea disciplina en ese grupo.

Y los reporteros se le fueron encima cuando, cansado de las interrupciones durante las prácticas, ordenó que éstas se realizaran a puertas cerradas. Se ganó, con ello, la antipatía de la prensa que dio inicio a una velada campaña de descrédito contra el maestro. El punto de partida para la ofensiva periodística era el propio equipo. Fueron escritos muchos artículos en los que se expresaban serias dudas sobre si los jugadores seleccionados eran los mejores.

Decían, además, que aún para el maestro Rojo de la Vega sería difícil controlar las marcadas diferencias entre los jugadores de la capital y los de Chihuahua; que era muy fuerte la rivalidad entre ellos.

¿Y cómo era el basquetbol?
A un mes de la partida hacia la capital alemana, el equipo mexicano recibió una grata sorpresa; fueron adquiridas nuevas pelotas, de fabricación estadounidense, que ya estaban cosidas por dentro. Y aunque al principio se notó un desconcierto colectivo, poco a poco los jugadores fueron dominando el bote.

Don Andrés: “Con la llegada de esos balones se acabaron los dedos raspados y chuecos, aunque las tácticas seguían siendo muy defensivas”.

Los reglamentos así lo propiciaban. Por ejemplo: en aquellas épocas el tablero estaba apenas a 61 centímetros de la raya final, lo que impedía el juego bajo el tablero; el tamaño del área era de 1.80 metros y no había límite para que un jugador permaneciera en ella; se podía interferir la pelota aún sobre el aro; la doble falta acreditaba un tiro libre; se decretaba la expulsión de un jugador al acumular cuatro faltas personales y sólo podían hacer dos cambios; no existía la regla de los 30 segundos; el tiempo de posesión de la pelota era ilimitado; los jugadores podían regresar a su propio campo; cuando se producía un choque, el juego se reanudaba, en ese mismo sitio, con un dos...

Por todo eso se producían aquellos marcadores en los que 40 puntos eran una barbaridad de puntos. Las reglas del básquetbol han evolucionado al paso de los años y han contribuido para hacer de este deporte, uno de los más espectaculares; un duelo de estrategias diseñadas para atacar mejor.


El día que conocieron a Hitler
Primero de agosto de 1936.

Día de inauguración de los XI Juegos Olímpicos.

Don Andrés:
-Hasta se enchinaba la piel nomás de oír el rugido de la gente y ver las tribunas repletas. ¡Híjole...!
Ahí íbamos, desfilando entre aplausos y gritos. Y que llegamos frente al palco de honor y conforme a lo que estábamos acostumbrados, hicimos el saludo olímpico: levantamos el brazo derecho.

La gente dio un alarido y nos ovacionó. ¡Pensaban que estábamos haciendo
el saludo nazi...! Ese detalle fue muy comentado y la prensa de México nos criticó durísimo. Que cómo era posible que nosotros hubiésemos hecho eso... Después bajó Hitler a la cancha para saludar personalmente a todas las delegaciones.

Y eso también fue impresionante. Vestía el uniforme de gala, gris.

Detrás de él caminaban los miembros del Comité Olímpico Internacional, ataviados con túnicas negras y largos collares. Y detrás, formando un abanico que nomás de verlo sentía uno temor, los segundos de Hitler. Todos vestían el uniforme negro. Altos, rubios y con miradas siniestras.

Hitler impactaba, su voz no era muy ronca y de sus ojos, muy azules, escapaban miradas que congelaban. Caminaba con pasos muy firmes y sus rígidos movimientos eran los de un hombre muy fuerte. Jamás sonreía o al menos, no lo hizo aquella tarde. Se acercó, nos dijo algunas palabras en alemán y después se fue. Su fuerte personalidad nos había dejado impresionados.

Entre la inauguración y el primer día de competencias hubo gran actividad para el básquetbol. En la FIBA se produjeron largas discusiones porque los organizadores del torneo olímpico pretendían fijar un límite de estatura, lo que ponía en un predicamento al equipo de Estados Unidos, en el que alineaban tres jugadores de más de dos metros. La moción, finalmente rechazada.


La medalla mexicana para el inventor del basquet
Se rindió homenaje al doctor James Naismith (1861-1939) el clérigo canadiense que, dedicado a la enseñanza en Estados Unidos, durante diciembre de 1891, inventó el básquetbol dentro de la escuela de entrenamiento de la YMCA Internacional en Springfield, Massachusetts. Para costear los gastos del doctor Naismith, se organizó una colecta en la Unión Americana: cada ciudadano cooperó con un centavo. Y así, a los 75 años de edad, Naismith atestiguó la investidura del básquetbol como deporte olímpico. Podría morir tranquilo... y con una medalla de bronce olímpica en sus manos.


¿Medalla olímpica?

Sí, la de México. La que correspondía al doceavo jugador, que no viajó porque no hubo presupuesto.

-Para México será un honor si el doctor Naismith la recibe -dijo el maestro Rojo de la Vega cuando se le consultó si accedía a que, esa medalla sin dueño -el equipo mexicano estaba integrado por sólo 11 jugadores-, fuera a parar a las manos del inventor del básquetbol.

Éxito total en esa primera aventura: 22 naciones se inscribieron en el torneo. Curiosamente, es el mayor número de equipos que ha participado en una Olimpiada porque posteriormente, se implantó el sistema de eliminatorias. Se diseñó, improvisadamente, una desorganizada competencia basada en cuatro grupos de los que emergerían 16 equipos para jugar, a eliminatoria directa, los octavos de final. Y así, en orden, hasta llegar al encuentro por el título. Se celebraron varios juegos de práctica. En uno de ellos, México se impuso a Canadá -a la postre subcampeón olímpico- por 19-12.

A Jesse Owens le gustaba Cielito Lindo
Don Andrés: “Mientras tanto, los días pasaban rápidamente. Nosotros entrenábamos a morir, por las mañanas y por las tardes. Un día se nos permitió visitar Berlín, que quedaba como a diez kilómetros del que fue llamado Pueblo Olímpico, donde fuimos alojados todos los atletas, y que era una villa hermosa, rodeada de verdes campos. Abundaban los prados y las flores. Había calor y color en esa villa. Temprano, en las noches, sacábamos las guitarras y nostálgicos, nos poníamos a cantar.

“Eso atrajo a muchos deportistas de varios países: de China, de Italia, Francia, Japón, Estados Unidos; en fin, de un chorro de delegaciones. Todos se acercaban a nosotros. Un día, a Silvio Hernández se le ocurrió ofrecerle un taco con un chilito a un japonesito. El japonesito mordió la tortilla y después el chile verde. ¡Y se estaba quemando!... ¡Agua, agua para el japonesito! Pobrecito... Nomás abría chicos ojotes. Al día siguiente, éste regresó con un chile japonés. Y se quedó asombrado al ver que Silvio se lo comía tranquilamente...

“Otro visitante distinguido era Jesse Owens, a quien le gustaba mucho la música mexicana. Sus canciones predilectas eran Cielito Lindo y La borrachita. Se hizo muy amigo de Pascual Gutiérrez -saltador de longitud-, quien vivía en Tamaulipas y hablaba muy bien el inglés. El era nuestro traductor. Owens era un negro muy alto y muy amable, sencillo en todo momento. Nosotros festejamos sus medallas como si hubiesen sido nuestras”.

De cómo se pelearon y perdieron la plata
7 de agosto. A la cancha.

La sede del torneo olímpico era un viejo club de tenis, cuyas dos mesas, de fina arcilla, fueron improvisadas como rectángulos basquetboleros. Las tribunas eran de madera y tenían capacidad para dos mil espectadores. Nunca se llenaron. Acaso porque la escuadra local perdió todos sus partidos.

Se presenta El equipo del Rojo y el Colorado. Viste, ¿cómo, si no-, de rojo. Vivos blancos. Y arrasa con el rival. Bélgica pierde 32-8. Andrés Gómez hace su debut olímpico. Juega como delantero...

9 de agosto. ¿Cómo olvidarlo?
Fue el día en que sobre la cancha, afloró aquella vieja rivalidad entre capitalinos y chihuahuenses. Y Filipinas se impuso por 32-30.

Don Andrés: “Nunca supimos explicarlo. No podríamos porque jamás lo entendimos. Pero esa mañana se rompió nuestra armonía de siempre. Quizás todo comenzó desde la noche anterior, cuando el maestro Rojo de la Vega inscribió a sus seis jugadores: Rodolfo Choperena y Tuto Olmos, defensas; Carlos Borja, centro; Quico Martínez y Greer Skaussen, delanteros. Reserva: Hugo Borja. Tres de Chihuahua y tres del Distrito Federal.

Cada quien se fue por su lado. Y jamás hubo un equipo mexicano sobre la cancha. Las diferencias comenzaron entre Carlos Borja y Quico Martínez y después se extendieron. Los del Distrito no les pasaban el balón a los de Chihuahua y viceversa.

Todos querían anotar, nadie defendía; nada más escuchaban las groserías de uno y otro bando. Y los filipinos se nos fueron arriba por seis puntos.

El maestro Rojo de la Vega enfureció. Les gritaba, les insultaba... ¡Echaba lumbre! Lo peor fue que el general Tirso Hernández acudió a ese partido y al terminar el primer medio nos puso una regañiza fenomenal.

Nos gritaba: “¿Cómo es posible que hagan eso...- ¡Aquí está jugando México, no Chihuahua o el Distrito Federal, así que cuando acabe el partido, ganen o pierdan, agarran sus cosas y se me regresan a México!”.

En el tercer período el equipo reaccionó y borró una desventaja de 8 puntos e, inclusive, se fue arriba en el marcador. Pero de repente volvieron los problemas. Carlos Borja le dijo a Quico: “¿Ya lo ves, hijo de tal por cual...- Eso es gracias al Distrito”. Y el equipo se cayó otra vez. La reacción final sólo nos acercó en el marcador, pero no pudo evitar la derrota. Todos estábamos furiosos. Silvio, ‘El Foch’ y yo queríamos golpearnos con quienes habían jugado. Rojo de la Vega tuvo que olvidarse de su propia rabia para separarnos.

El general Tirso Hernández también intervino. Finalmente nos calmaron y fuimos perdonados. La calma y la armonía volvieron con el paso de los días, pero en realidad nunca olvidamos que Filipinas no había ganado ese encuentro, sino que nosotros mismos lo habíamos perdido.

Después vendría la derrota ante Estados Unidos. Y el triunfo sobre Polonia.

La medalla de bronce.

La premiación.

Y la medalla de México a Naismith...

Don Andrés: “Ese día se mezclaron nuestros sentimientos. Por un lado estábamos felices, orgullosos de lo que habíamos logrado; la emoción fue inmensa cuando nuestra bandera fue izada en tierras alemanas... Pero, por el otro, nos sentíamos frustrados, molestos con nosotros mismos, porque sabíamos que bien pudimos haber ocupado el lugar de Canadá al que vencimos en los juegos de práctica en aquella final contra los Estados Unidos. Nos lo había impedido aquella torpe derrota ante Filipinas”.

Otra vez Hitler. Ahora, la premiación
En la ceremonia de premiación, Hitler entregó las medallas al capitán de cada equipo. Por México la recibió el ‘Tuto’ Olmos; posteriormente nos entregó a cada uno la nuestra. Hubiera sido muy curioso que en vez del ‘Tuto’, nuestro capitán hubiese sido el Quico Martínez, quien era ingeniero químico y después de los Juegos Olímpicos se fue a vivir a Estados Unidos y formó parte del grupo de científicos que creó la bomba atómica...

El doctor Naismith, no podía ser de otra manera, estuvo presente en la ceremonia. Y como en ella se ofrendaba una corona de laureles a cada uno de los integrantes de los equipos premiados, se encontró de repente con que le sobraba una: la escuadra mexicana había competido con sólo 11 jugadores. Dicen que Hitler quitó el sombrero al clérigo canadiense y colocó sobre su frente aquella corona de laureles. Naismith se conmovió hasta las lágrimas y durante tres días paseó por todo Berlín con su corona en la frente y con su medalla en la bolsa.

Decía: “¡Esto es lo máximo que me ha sucedido en la vida!”
El equipo del Rojo y el Colorado no tendría revancha. No volvería a una Olimpiada.

Porque durante nueve años -que comprendieron dos ciclos olímpicos- el mundo entero volvió a vivir los horrores de la guerra: aquel anfitrión de los Juegos de 1936, el hombrecillo del palco de honor y de la ceremonia de premiación, el del gris uniforme de gala y los ojos azules, de fría mirada, sacó tanques y aviones de sus escondites como chozas con cubiertas de paja, cambió las ropas de su pueblo por el traje militar y lo lanzó a combate en un vano intento por cobrar venganza de aquella I Guerra Mundial. 36 millones de personas murieron mientras se desvanecían los sueños de conquista de Adolfo Hitler. Cuando todo terminó, Alemania sangraba nuevamente de heridas que cicatrizaban apenas...

¿Y qué fue de ellos?
El jueves 11 de mayo de 1967, falleció el maestro Rojo de la Vega.

Don Andrés: “Cuando en broma le reclamábamos que presumía mucho de que el coach Nedlees le había felicitado por aquella defensiva contra Estados Unidos, él nos preguntaba: “¿Ustedes saben por qué, si muchos animales ponen huevos, nada más se venden los de gallina-”.

“Nosotros nos quedábamos mudos. No sabíamos responder. Entonces él decía: “Porque es la única que los cacarea, señores... Y así hay que hacer. Hay que cacarear lo que uno hace bien, para que la gente se entere”.

Y va, el Calavera, recordando uno a uno a aquellos sus diez compañeros en la epopeya olímpica:
Rodolfo Choperena: Nació el 11 de febrero de 1905, en el D.F. Era el pie veterano del equipo. Tranquilo, generoso. Cuando se retiró, se dedicó a su negocio: una casa de artículos deportivos. Finado.

Raúl Fernández, “El Foch”: Nació el 17 de septiembre de 1905, en el D.F. Muy buen jugador debajo de los tableros. Gran animador del equipo; gritaba todo tipo de maldiciones. Tenía un genio terrible. Antes de cada juego se encerraba en un cuarto y se ponía a gritar y a golpear la pared. Se enfurecía. Y así salía a disputar el encuentro. Fue general del Ejército, administrador de la aduana de Ciudad Juárez y posteriormente director de Narcóticos de la Secretaría de Salubridad y Asistencia. Finado.

Silvio Hernández: Nació el 31 de diciembre de 1908, en el puerto de Veracruz. Jarocho alegre y muy extraño: a pesar de que le gustaban las buenas bromas, cantaba y tocaba el piano de manera espléndida, prefería la soledad. Era una especie de ermitaño. Muy bravo bajo el tablero; un gran artista que dominaba el boxeo y la lucha libre. Vestía en forma muy elegante. Le decían “El Marqués”. Finado.

Francisco Martínez, “El Quico”: Nació el 20 de junio de 1910, en Ciudad Juárez, Chihuahua. Un delantero que ganaba muchas pelotas en el rebote. Ingeniero químico que trabajó en la elaboración de la bomba atómica. Radicó en California.

Jesús Olmos, “El Tuto”: Nació el 20 de julio de 1910, en Chihuahua, Chihuahua. Era un extraordinario defensa, impasable en los tableros. Estudió medicina en la UNAM, fue director del IMSS en Chihuahua. Posteriormente, presidente municipal de esa ciudad. Finado.

José Pamplona: Nació el 6 de febrero de 1911, en San Luís Potosí. Hombre sencillo, gran compañero. Jamás tuvo dificultades con nadie. Era de los mejores canasteros del país. Residió en Guadalajara.

Hugo Borja: Nació el 18 de julio de 1912, en Guadalajara. Jugador callado y muy disciplinado. Sin lugar a dudas, el mejor delantero del equipo. Al retirarse del deporte se dedicó a su negocio farmacéutico. Tuvo un trágico fin: tenía una hija que era clavadista y que murió a consecuencia de una herida causada por un clavo infectado. Hugo Borja no resistió el golpe moral y se suicidó.

Carlos Borja: Nació el 23 de mayo de 1913, en Guadalajara. Acaso el mejor conductor que ha tenido el básquetbol mexicano. Fue fundador del equipo Mascarones, campeón estudiantil. Después fue entrenador del Jalisco en los campeonatos nacionales y de la Selección Mexicana que compitió en los Juegos Centroamericanos de 1938, en Panamá. Posteriormente se dedicó a
atender sus farmacias en el Distrito Federal y en Guadalajara. Finado
Ignacio de la Vega, “El Tallarín”: Nació el 23 de junio de 1914, en San Luís Potosí. Jugador de gran elasticidad, de resorte insuperable. Bromista incorregible y también muy bravo en la cancha: en una ocasión lo castigaron severamente por golpear a un árbitro. Trabajó en Guanos y Fertilizantes y comandaba un grupo de buzos que, en nuestras islas, recogía las deyecciones de las aves para convertirlas en fertilizantes. Trabajó en la fábrica de cemento del general José de Jesús Clark Flores y después fue administrador del fraccionamiento Chapultepec -también del ex presidente del COM- uno de los más exclusivos de Tijuana. Finado.

Greer Skaussen: Nació el 24 de septiembre de 1916, en Casas Grandes, Chihuahua. Se destacaba como pasador y buen canastero. Era el más joven del equipo. Hombre muy callado. Mormón. Al finalizar su carrera como deportista, ocupó la dirección de una secundaria en El Paso, Texas, donde vivió.

Don Andrés: “Los más altos eran Carlos, Silvio y el Foch, quienes medían como 1.98 metros. Los demás apenas sobrepasamos el 1.80. Nuestro promedio era de 1.83 metros. Más de medio siglo después de Berlín 1936. Reposa, sobre la superficie de la mesa del centro, de madera, la medalla de bronce.

Está guardada en su estuche original, de terciopelo azul que ha maltratado el correr del tiempo. Hojea el ‘Calavera’ Gómez aquel viejo álbum de fotografías que el Comité Organizador de aquellos XI Juegos Olímpicos obsequió a cada competidor... Irradia esplendidez la vieja capital del imperio.

Miran hacia el infinito los azules ojos del Führer, ataviado con el uniforme militar, en la primera plana. Debajo de la gráfica, la rúbrica del dictador.

Don Andrés: “¡Ah, qué tiempos aquellos...! Tiempos en los que siempre se le ganaba a Cuba, a Panamá, a Puerto Rico y se podía competir dignamente en una Olimpiada. Habla, este hombre de piel morena y ya escaso cabello, canoso, de tiempos... De aquellos tiempos...

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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