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| 1936 |
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¡Victoria!
¡Victoria mexicana!: 34-17 sobre Italia. Y
a semifinales. |
| Berlín |
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| Equipo de basquetbol
varonil |
Medalla de BRonce |
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Esta
imagen es el partido que perdieron ante
Filipinas por pelearse entre ‘chilangos’
y chihuahuenses.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
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Ficha Técnica |
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Integrantes:
Rodolfo Choperena Irizarri
Paul Fernández Robert
Silvio Hernández del Valle
Francisco Martínez Cordero
Jesús Olmos Moreno
José Pamplona Lecuona
Hugo Borja Morca
Carlos Borja Morca
Ignacio de la Vega Leija
Greer Skaussen Spilsbury
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Es 12 de agosto de 1936:
El equipo nacional está en la lucha por las medallas.
Si gana mañana habrá llegado a la final del primer
torneo olímpico de básquetbol.
Sólo hay un problema: el rival será Estados Unidos.
El invicto equipo de Estados Unidos.
El de las estrellas universitarias.
El que tiene tres jugadores que rebasan los 2 metros de estatura.
El que ha anotado más de 30 puntos en cada juego.
El que es favorito unánime para ganar la medalla de oro...
Así que medita solitario el coach Alfonso Rojo de la
Vega. Su asistente principal, Leoncio Colorado Ochoa, se quedó
en México:
“¿Qué hacer-... Es demasiado poderío”,
se pregunta.
Y se responde: “Defendernos lo mejor posible y tratar
de sorprender...”
Toma lápiz y papel. Trabaja toda la noche. Traza tácticas,
diseña
técnicas... El plan de juego queda plasmado en unas hojas.
Cada línea significa un movimiento especial. Cada basquetbolista
tiene una misión específica.
13 de agosto:
No hay mucho tiempo. Así que muy temprano, el llamado
Equipo del Rojo y el Colorado se va a entrenar a un gimnasio
privado. Y practica hasta extenuarse. Pero los jugadores asimilan
el sistema. Horas más tarde ya se encuentran en la cancha
de arcilla. Quienes harán frente a los estadounidenses
han sido anunciados: los defensas Jesús Olmos y Raúl
Fernández; el centro Carlos Borja, y los delanteros Víctor
Hugo Borja y Greer Skaussen. Reservas: el zaguero Francisco
Martínez y el atacante Ignacio de la Vega.
La tarde es plomiza. Amenaza lluvia.
¡Juego!
Se eleva el balón en el centro del terreno de juego...
Ataca Estados Unidos. Lo hará en todo momento. Pero la
de enfrente es una compleja barrera: los jugadores mexicanos
se mueven con rapidez y acuden a un doble marcaje personal.
Se agrupan en su medio campo y de repente, parte uno de ellos
en veloz contraataque. El pase es largo y va al lugar. Hombre
y esférico se encuentran rumbo a la canasta estadounidense.
La jugada sorprende, una y otra vez, a un cuadro obsesionado
en descifrar el crucigrama defensivo que le ha sido planteado.
Y no hay más remedio: faul o canasta.
La lucha se plantea bajo esas condiciones.
Y así se sostiene. Al final, no hay remedio, se impone
la superioridad estadounidense.
El marcador es de 25-10. Pero se han producido dos hechos que
marcarán para siempre este duelo:
1.- Por vez primera en el torneo, el poderoso ataque de nuestros
vecinos del norte ha sido frenado en menos de 30 puntos.
2.- Su sólida defensiva, pillada en varias ocasiones,
tuvo que recurrir al la falta en diez de ellas. México,
pues, no anotó una sola canasta; sus diez puntos fueron
producto de tiros libres.
Se abrazan los jugadores al escucharse el silbatazo final.
Y se acerca James Nedless, coach del equipo ganador, al maestro
Rojo de la Vega, que es nueve años menor. Le felicita:
- Casi indescifrable su táctica defensiva, coach.
Rojo de la Vega sonríe, complacido.
-¿Cómo se llama-, -pregunta Nedless.
-Rompimiento rápido, -responde el entrenador mexicano.
-¿Puedo mirar?...
Entonces Rojo de la Vega toma papel y lápiz. Vuelve a
dibujar trazos complicados. Y los entrega a Nedless. Se aleja,
sonriente, el entrenador estadounidense.
Nació en Berlín y gracias al ingenio de un par
de técnicos mexicanos, el que será famoso sistema
Fast Breake, tan popular en los Estados Unidos...
Al día siguiente, los encuentros por las medallas.
En el juego preliminar, disputado bajo una tenue llovizna, México
derrota a Polonia por 26-12 y conquista la medalla de bronce.
En el estelar, que se juega bajo un torrencial aguacero, Estados
Unidos se impone a Canadá por 19-8 e inicia así
un largo reinado olímpico que se extiende a 64 victorias
consecutivas y siete títulos, hasta que el encanto se
rompe en Munich ‘72, donde la Unión Soviética
se corona con una controversial victoria por 51-50; la canasta
de la victoria es anotada en el instante final...
1936: Año olímpico.
Rojo de la Vega lo festeja
llevando al Mascarones a un nuevo título nacional.
Poco después -30 de abril-, cumple con el ritual: en
las oficinas de la Confederación Deportiva Mexicana
reúne a la prensa especializada y anuncia a los jugadores
que ha escogido para competir en Berlín. Son estos:
defensas: Rodolfo Choperena y Raúl Foch Fernández,
del Distrito Federal; Jesús Tuto Olmos, de Chihuahua;
Ignacio de la Vega, de San Luís y Silvio Hernández,
de Veracruz. Centro: Carlos Borja (DF). Delanteros: Andrés
‘Calavera’ Gómez y Víctor Hugo Borja,
del Distrito; Francisco Quico Martínez y Greer Skaussen,
de Chihuahua y José Pamplona, de San Luís Potosí.
Esa misma noche y en virtud de que apenas había llegado
a su fin el torneo nacional, los jugadores convocados acudieron
a entrenar.
Don Andrés: “Practicábamos en la YMCA
de Balderas, en el mismo edificio que ahora ocupa el diario
Novedades. Entrenábamos dos horas al mediodía
y como la mayoría de nosotros trabajaba, en la noche
teníamos otra sesión de dos horas. El maestro
Rojo de la Vega insistía en un gran acondicionamiento
físico, así que gran parte del tiempo lo dedicamos
a correr y a hacer gimnasia.
El maestro Rojo de la Vega impuso una férrea disciplina
en ese grupo.
Y los reporteros se le fueron encima cuando, cansado de las
interrupciones durante las prácticas, ordenó
que éstas se realizaran a puertas cerradas. Se ganó,
con ello, la antipatía de la prensa que dio inicio
a una velada campaña de descrédito contra el
maestro. El punto de partida para la ofensiva periodística
era el propio equipo. Fueron escritos muchos artículos
en los que se expresaban serias dudas sobre si los jugadores
seleccionados eran los mejores.
Decían, además, que aún para el maestro
Rojo de la Vega sería difícil controlar las
marcadas diferencias entre los jugadores de la capital y los
de Chihuahua; que era muy fuerte la rivalidad entre ellos.
¿Y cómo era el basquetbol?
A un mes de la partida
hacia la capital alemana, el equipo mexicano recibió
una grata sorpresa; fueron adquiridas nuevas pelotas, de fabricación
estadounidense, que ya estaban cosidas por dentro. Y aunque
al principio se notó un desconcierto colectivo, poco
a poco los jugadores fueron dominando el bote.
Don Andrés: “Con la llegada de esos balones se
acabaron los dedos raspados y chuecos, aunque las tácticas
seguían siendo muy defensivas”.
Los reglamentos así lo propiciaban. Por ejemplo: en
aquellas épocas el tablero estaba apenas a 61 centímetros
de la raya final, lo que impedía el juego bajo el tablero;
el tamaño del área era de 1.80 metros y no había
límite para que un jugador permaneciera en ella; se
podía interferir la pelota aún sobre el aro;
la doble falta acreditaba un tiro libre; se decretaba la expulsión
de un jugador al acumular cuatro faltas personales y sólo
podían hacer dos cambios; no existía la regla
de los 30 segundos; el tiempo de posesión de la pelota
era ilimitado; los jugadores podían regresar a su propio
campo; cuando se producía un choque, el juego se reanudaba,
en ese mismo sitio, con un dos...
Por todo eso se producían aquellos marcadores en los
que 40 puntos eran una barbaridad de puntos. Las reglas del
básquetbol han evolucionado al paso de los años
y han contribuido para hacer de este deporte, uno de los más
espectaculares; un duelo de estrategias diseñadas para
atacar mejor.
El día que conocieron a Hitler
Primero de agosto
de 1936.
Día de inauguración de los XI Juegos Olímpicos.
Don Andrés:
-Hasta se enchinaba la piel nomás de oír el
rugido de la gente y ver las tribunas repletas. ¡Híjole...!
Ahí íbamos, desfilando entre aplausos y gritos.
Y que llegamos frente al palco de honor y conforme a lo que
estábamos acostumbrados, hicimos el saludo olímpico:
levantamos el brazo derecho.
La gente dio un alarido y nos ovacionó. ¡Pensaban
que estábamos haciendo
el saludo nazi...! Ese detalle fue muy comentado y la prensa
de México nos criticó durísimo. Que cómo
era posible que nosotros hubiésemos hecho eso... Después
bajó Hitler a la cancha para saludar personalmente
a todas las delegaciones.
Y eso también fue impresionante. Vestía el uniforme
de gala, gris.
Detrás de él caminaban los miembros del Comité
Olímpico Internacional, ataviados con túnicas
negras y largos collares. Y detrás, formando un abanico
que nomás de verlo sentía uno temor, los segundos
de Hitler. Todos vestían el uniforme negro. Altos,
rubios y con miradas siniestras.
Hitler impactaba, su voz no era muy ronca y de sus ojos, muy
azules, escapaban miradas que congelaban. Caminaba con pasos
muy firmes y sus rígidos movimientos eran los de un
hombre muy fuerte. Jamás sonreía o al menos,
no lo hizo aquella tarde. Se acercó, nos dijo algunas
palabras en alemán y después se fue. Su fuerte
personalidad nos había dejado impresionados.
Entre la inauguración y el primer día de competencias
hubo gran actividad para el básquetbol. En la FIBA
se produjeron largas discusiones porque los organizadores
del torneo olímpico pretendían fijar un límite
de estatura, lo que ponía en un predicamento al equipo
de Estados Unidos, en el que alineaban tres jugadores de más
de dos metros. La moción, finalmente rechazada.
La medalla mexicana para el inventor
del basquet
Se rindió
homenaje al doctor James Naismith (1861-1939) el clérigo
canadiense que, dedicado a la enseñanza en Estados
Unidos, durante diciembre de 1891, inventó el básquetbol
dentro de la escuela de entrenamiento de la YMCA Internacional
en Springfield, Massachusetts. Para costear los gastos del
doctor Naismith, se organizó una colecta en la Unión
Americana: cada ciudadano cooperó con un centavo. Y
así, a los 75 años de edad, Naismith atestiguó
la investidura del básquetbol como deporte olímpico.
Podría morir tranquilo... y con una medalla de bronce
olímpica en sus manos.
¿Medalla olímpica?
Sí, la de México.
La que correspondía al doceavo jugador, que no viajó
porque no hubo presupuesto.
-Para México será un honor si el doctor Naismith
la recibe -dijo el maestro Rojo de la Vega cuando se le consultó
si accedía a que, esa medalla sin dueño -el
equipo mexicano estaba integrado por sólo 11 jugadores-,
fuera a parar a las manos del inventor del básquetbol.
Éxito total en esa primera aventura: 22 naciones se
inscribieron en el torneo. Curiosamente, es el mayor número
de equipos que ha participado en una Olimpiada porque posteriormente,
se implantó el sistema de eliminatorias. Se diseñó,
improvisadamente, una desorganizada competencia basada en
cuatro grupos de los que emergerían 16 equipos para
jugar, a eliminatoria directa, los octavos de final. Y así,
en orden, hasta llegar al encuentro por el título.
Se celebraron varios juegos de práctica. En uno de
ellos, México se impuso a Canadá -a la postre
subcampeón olímpico- por 19-12.
A Jesse Owens le gustaba Cielito Lindo
Don Andrés: “Mientras
tanto, los días pasaban rápidamente. Nosotros
entrenábamos a morir, por las mañanas y por
las tardes. Un día se nos permitió visitar Berlín,
que quedaba como a diez kilómetros del que fue llamado
Pueblo Olímpico, donde fuimos alojados todos los atletas,
y que era una villa hermosa, rodeada de verdes campos. Abundaban
los prados y las flores. Había calor y color en esa
villa. Temprano, en las noches, sacábamos las guitarras
y nostálgicos, nos poníamos a cantar.
“Eso atrajo a muchos deportistas de varios países:
de China, de Italia, Francia, Japón, Estados Unidos;
en fin, de un chorro de delegaciones. Todos se acercaban a
nosotros. Un día, a Silvio Hernández se le ocurrió
ofrecerle un taco con un chilito a un japonesito. El japonesito
mordió la tortilla y después el chile verde.
¡Y se estaba quemando!... ¡Agua, agua para el
japonesito! Pobrecito... Nomás abría chicos
ojotes. Al día siguiente, éste regresó
con un chile japonés. Y se quedó asombrado al
ver que Silvio se lo comía tranquilamente...
“Otro visitante distinguido era Jesse Owens, a quien
le gustaba mucho la música mexicana. Sus canciones
predilectas eran Cielito Lindo y La borrachita. Se hizo muy
amigo de Pascual Gutiérrez -saltador de longitud-,
quien vivía en Tamaulipas y hablaba muy bien el inglés.
El era nuestro traductor. Owens era un negro muy alto y muy
amable, sencillo en todo momento. Nosotros festejamos sus
medallas como si hubiesen sido nuestras”.
De cómo se pelearon y perdieron
la plata
7 de agosto. A la
cancha.
La sede del torneo olímpico era un viejo club de tenis,
cuyas dos mesas, de fina arcilla, fueron improvisadas como
rectángulos basquetboleros. Las tribunas eran de madera
y tenían capacidad para dos mil espectadores. Nunca
se llenaron. Acaso porque la escuadra local perdió
todos sus partidos.
Se presenta El equipo del Rojo y el Colorado. Viste, ¿cómo,
si no-, de rojo. Vivos blancos. Y arrasa con el rival. Bélgica
pierde 32-8. Andrés Gómez hace su debut olímpico.
Juega como delantero...
9 de agosto. ¿Cómo olvidarlo?
Fue el día en que sobre la cancha, afloró aquella
vieja rivalidad entre capitalinos y chihuahuenses. Y Filipinas
se impuso por 32-30.
Don Andrés: “Nunca supimos explicarlo. No podríamos
porque jamás lo entendimos. Pero esa mañana
se rompió nuestra armonía de siempre. Quizás
todo comenzó desde la noche anterior, cuando el maestro
Rojo de la Vega inscribió a sus seis jugadores: Rodolfo
Choperena y Tuto Olmos, defensas; Carlos Borja, centro; Quico
Martínez y Greer Skaussen, delanteros. Reserva: Hugo
Borja. Tres de Chihuahua y tres del Distrito Federal.
Cada quien se fue por su lado. Y jamás hubo un equipo
mexicano sobre la cancha. Las diferencias comenzaron entre
Carlos Borja y Quico Martínez y después se extendieron.
Los del Distrito no les pasaban el balón a los de Chihuahua
y viceversa.
Todos querían anotar, nadie defendía; nada más
escuchaban las groserías de uno y otro bando. Y los
filipinos se nos fueron arriba por seis puntos.
El maestro Rojo de la Vega enfureció. Les gritaba,
les insultaba... ¡Echaba lumbre! Lo peor fue que el
general Tirso Hernández acudió a ese partido
y al terminar el primer medio nos puso una regañiza
fenomenal.
Nos gritaba: “¿Cómo es posible que hagan
eso...- ¡Aquí está jugando México,
no Chihuahua o el Distrito Federal, así que cuando
acabe el partido, ganen o pierdan, agarran sus cosas y se
me regresan a México!”.
En el tercer período el equipo reaccionó y borró
una desventaja de 8 puntos e, inclusive, se fue arriba en
el marcador. Pero de repente volvieron los problemas. Carlos
Borja le dijo a Quico: “¿Ya lo ves, hijo de tal
por cual...- Eso es gracias al Distrito”. Y el equipo
se cayó otra vez. La reacción final sólo
nos acercó en el marcador, pero no pudo evitar la derrota.
Todos estábamos furiosos. Silvio, ‘El Foch’
y yo queríamos golpearnos con quienes habían
jugado. Rojo de la Vega tuvo que olvidarse de su propia rabia
para separarnos.
El general Tirso Hernández también intervino.
Finalmente nos calmaron y fuimos perdonados. La calma y la
armonía volvieron con el paso de los días, pero
en realidad nunca olvidamos que Filipinas no había
ganado ese encuentro, sino que nosotros mismos lo habíamos
perdido.
Después vendría la derrota ante Estados Unidos.
Y el triunfo sobre Polonia.
La medalla de bronce.
La premiación.
Y la medalla de México a Naismith...
Don Andrés: “Ese día se mezclaron nuestros
sentimientos. Por un lado estábamos felices, orgullosos
de lo que habíamos logrado; la emoción fue inmensa
cuando nuestra bandera fue izada en tierras alemanas... Pero,
por el otro, nos sentíamos frustrados, molestos con
nosotros mismos, porque sabíamos que bien pudimos haber
ocupado el lugar de Canadá al que vencimos en los juegos
de práctica en aquella final contra los Estados Unidos.
Nos lo había impedido aquella torpe derrota ante Filipinas”.
Otra
vez Hitler. Ahora, la premiación
En la ceremonia de premiación, Hitler entregó
las medallas al capitán de cada equipo. Por México
la recibió el ‘Tuto’ Olmos; posteriormente
nos entregó a cada uno la nuestra. Hubiera sido muy
curioso que en vez del ‘Tuto’, nuestro capitán
hubiese sido el Quico Martínez, quien era ingeniero
químico y después de los Juegos Olímpicos
se fue a vivir a Estados Unidos y formó parte del grupo
de científicos que creó la bomba atómica...
El doctor Naismith, no podía ser de otra manera, estuvo
presente en la ceremonia. Y como en ella se ofrendaba una
corona de laureles a cada uno de los integrantes de los equipos
premiados, se encontró de repente con que le sobraba
una: la escuadra mexicana había competido con sólo
11 jugadores. Dicen que Hitler quitó el sombrero al
clérigo canadiense y colocó sobre su frente
aquella corona de laureles. Naismith se conmovió hasta
las lágrimas y durante tres días paseó
por todo Berlín con su corona en la frente y con su
medalla en la bolsa.
Decía: “¡Esto es lo máximo que me
ha sucedido en la vida!”
El equipo del Rojo y el Colorado no tendría revancha.
No volvería a una Olimpiada.
Porque durante nueve años -que comprendieron dos ciclos
olímpicos- el mundo entero volvió a vivir los
horrores de la guerra: aquel anfitrión de los Juegos
de 1936, el hombrecillo del palco de honor y de la ceremonia
de premiación, el del gris uniforme de gala y los ojos
azules, de fría mirada, sacó tanques y aviones
de sus escondites como chozas con cubiertas de paja, cambió
las ropas de su pueblo por el traje militar y lo lanzó
a combate en un vano intento por cobrar venganza de aquella
I Guerra Mundial. 36 millones de personas murieron mientras
se desvanecían los sueños de conquista de Adolfo
Hitler. Cuando todo terminó, Alemania sangraba nuevamente
de heridas que cicatrizaban apenas...
¿Y qué fue de ellos?
El jueves 11 de
mayo de 1967, falleció el maestro Rojo de la Vega.
Don Andrés: “Cuando en broma le reclamábamos
que presumía mucho de que el coach Nedlees le había
felicitado por aquella defensiva contra Estados Unidos, él
nos preguntaba: “¿Ustedes saben por qué,
si muchos animales ponen huevos, nada más se venden
los de gallina-”.
“Nosotros nos quedábamos mudos. No sabíamos
responder. Entonces él decía: “Porque
es la única que los cacarea, señores... Y así
hay que hacer. Hay que cacarear lo que uno hace bien, para
que la gente se entere”.
Y va, el Calavera, recordando uno a uno a aquellos sus diez
compañeros en la epopeya olímpica:
Rodolfo Choperena: Nació el 11 de febrero de 1905,
en el D.F. Era el pie veterano del equipo. Tranquilo, generoso.
Cuando se retiró, se dedicó a su negocio: una
casa de artículos deportivos. Finado.
Raúl Fernández, “El Foch”: Nació
el 17 de septiembre de 1905, en el D.F. Muy buen jugador debajo
de los tableros. Gran animador del equipo; gritaba todo tipo
de maldiciones. Tenía un genio terrible. Antes de cada
juego se encerraba en un cuarto y se ponía a gritar
y a golpear la pared. Se enfurecía. Y así salía
a disputar el encuentro. Fue general del Ejército,
administrador de la aduana de Ciudad Juárez y posteriormente
director de Narcóticos de la Secretaría de Salubridad
y Asistencia. Finado.
Silvio Hernández: Nació el 31 de diciembre de
1908, en el puerto de Veracruz. Jarocho alegre y muy extraño:
a pesar de que le gustaban las buenas bromas, cantaba y tocaba
el piano de manera espléndida, prefería la soledad.
Era una especie de ermitaño. Muy bravo bajo el tablero;
un gran artista que dominaba el boxeo y la lucha libre. Vestía
en forma muy elegante. Le decían “El Marqués”.
Finado.
Francisco Martínez, “El Quico”: Nació
el 20 de junio de 1910, en Ciudad Juárez, Chihuahua.
Un delantero que ganaba muchas pelotas en el rebote. Ingeniero
químico que trabajó en la elaboración
de la bomba atómica. Radicó en California.
Jesús Olmos, “El Tuto”: Nació el
20 de julio de 1910, en Chihuahua, Chihuahua. Era un extraordinario
defensa, impasable en los tableros. Estudió medicina
en la UNAM, fue director del IMSS en Chihuahua. Posteriormente,
presidente municipal de esa ciudad. Finado.
José Pamplona: Nació el 6 de febrero de 1911,
en San Luís Potosí. Hombre sencillo, gran compañero.
Jamás tuvo dificultades con nadie. Era de los mejores
canasteros del país. Residió en Guadalajara.
Hugo Borja: Nació el 18 de julio de 1912, en Guadalajara.
Jugador callado y muy disciplinado. Sin lugar a dudas, el
mejor delantero del equipo. Al retirarse del deporte se dedicó
a su negocio farmacéutico. Tuvo un trágico fin:
tenía una hija que era clavadista y que murió
a consecuencia de una herida causada por un clavo infectado.
Hugo Borja no resistió el golpe moral y se suicidó.
Carlos Borja: Nació el 23 de mayo de 1913, en Guadalajara.
Acaso el mejor conductor que ha tenido el básquetbol
mexicano. Fue fundador del equipo Mascarones, campeón
estudiantil. Después fue entrenador del Jalisco en
los campeonatos nacionales y de la Selección Mexicana
que compitió en los Juegos Centroamericanos de 1938,
en Panamá. Posteriormente se dedicó a
atender sus farmacias en el Distrito Federal y en Guadalajara.
Finado
Ignacio de la Vega, “El Tallarín”: Nació
el 23 de junio de 1914, en San Luís Potosí.
Jugador de gran elasticidad, de resorte insuperable. Bromista
incorregible y también muy bravo en la cancha: en una
ocasión lo castigaron severamente por golpear a un
árbitro. Trabajó en Guanos y Fertilizantes y
comandaba un grupo de buzos que, en nuestras islas, recogía
las deyecciones de las aves para convertirlas en fertilizantes.
Trabajó en la fábrica de cemento del general
José de Jesús Clark Flores y después
fue administrador del fraccionamiento Chapultepec -también
del ex presidente del COM- uno de los más exclusivos
de Tijuana. Finado.
Greer Skaussen: Nació el 24 de septiembre de 1916,
en Casas Grandes, Chihuahua. Se destacaba como pasador y buen
canastero. Era el más joven del equipo. Hombre muy
callado. Mormón. Al finalizar su carrera como deportista,
ocupó la dirección de una secundaria en El Paso,
Texas, donde vivió.
Don Andrés: “Los más altos eran Carlos,
Silvio y el Foch, quienes medían como 1.98 metros.
Los demás apenas sobrepasamos el 1.80. Nuestro promedio
era de 1.83 metros. Más de medio siglo después
de Berlín 1936. Reposa, sobre la superficie de la mesa
del centro, de madera, la medalla de bronce.
Está guardada en su estuche original, de terciopelo
azul que ha maltratado el correr del tiempo. Hojea el ‘Calavera’
Gómez aquel viejo álbum de fotografías
que el Comité Organizador de aquellos XI Juegos Olímpicos
obsequió a cada competidor... Irradia esplendidez la
vieja capital del imperio.
Miran hacia el infinito los azules ojos del Führer, ataviado
con el uniforme militar, en la primera plana. Debajo de la
gráfica, la rúbrica del dictador.
Don Andrés: “¡Ah, qué tiempos aquellos...!
Tiempos en los que siempre se le ganaba a Cuba, a Panamá,
a Puerto Rico y se podía competir dignamente en una
Olimpiada. Habla, este hombre de piel morena y ya escaso cabello,
canoso, de tiempos... De aquellos tiempos...
Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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