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| 1932 |
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Me acuerdo que bajé llorando del ring. Me sentía apenado con todo el mundo. Sentía una rabia infinita y no sabía cómo expresarla; no era contra Enekes, el menos culpable de todo, sino contra aquellos jueces que me habían perjudicado |
| Los Ángeles |
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| Fancisco Cabañas
Pardo |
Plata en Boxeo | Menos de 50.8 kg. |
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Francisco
Cabañas en una foto de su corta
etapa profesional.
ARCHIVO EL UNIVERSAL |
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Ficha Técnica |
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Francisco
Cabañas Pardo
Boxeador
Medalla de plata
Juegos Olímpicos: Los Ángeles,
1932
Fecha de nacimiento: 22 de enero de 1912
Lugar de nacimiento: México, D.F.
Fecha de fallecimiento: 26 de enero de
2002
Categoría: menos de 50.8 kilogramos |
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COPERACHA PARA IR
A LOS JUEGOS
Era el verano de 1932...
Y en México empezaron los preparativos para integrar
al equipo que nos representaría en los ya inminentes
Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
El general Tirso Hernández, en aquel entonces presidente
del Comité Olímpico Mexicano, daba mayor apoyo
a la esgrima y el tiro.
No había, pues, muchos fondos para quienes practicaban
el atletismo, y menos para quienes, como yo, queríamos
ser boxeadores olímpicos.
Así que fue muy problemática la integración
del equipo pugilístico, ya que para reducir los costos
del envío de la escuadra, los directivos de nuestro deporte
habían pensado en que nuestro boxeo fuera representado
por varios pugilistas de ascendencia mexicana radicados en Los
Angeles, California. Alegaban que ellos tenían más
cualidades y mayor experiencia que nosotros.
Pero, en fin, organizaron un torneo clasificatorio para definir
al equipo nacional. El mayor problema sobrevino cuando se enfrentaron
Chucho Nájera y Miguel Araico. Chucho era uno de los
mejores boxeadores amateurs y gran favorito para ganar, pero
no pudo acomodarse al estilo zurdo de Araico y perdió
la decisión; muy dividida pero justa...
Se integró, pues, un equipo muy bueno. Estábamos:
yo, en peso mosca; Sabino Tirado, gallo; Araico, pluma; Miguel
Quintanar, ligero, y Manuel Ponce, peso completo. Pero a Quintanar
y a mí nos dijeron, a unos días de la salida,
que no iríamos porque no había dinero suficiente.
Que si podíamos reunir lo que se necesitaba para pagar
la Villa Olímpica y los gastos del viaje, lo hiciéramos,
porque esa sería la única forma de incluirnos
en el equipo.
Yo me descorazoné totalmente. Mi realidad era que tenía
que reunir más de 500 pesos... ¡Toda una fortuna
en aquellos tiempos!
Las cosas comenzaron a mejorar poco a poco...
Lo primero que sucedió fue que Chucho Nájera,
decepcionado por lo que había pasado, decidió
debutar de inmediato en el profesionalismo. Su mánager,
Félix Vega, que entre paréntesis era un tipo muy
astuto, me invitó a la función. Vega estaba enterado,
al ciento por ciento, de mi situación. Y fui a la arena
a ver pelear a mi amigo, que esa noche enfrentaría a
un rival de apellido Guerra. Chucho ganó la pelea y como
su estilo gustó tanto, la gente comenzó a arrojar
dinero al cuadrilátero. Se juntaron como 80 pesos y el
anunciador informó que ese dinero recabado era para el
vencedor.
Chucho dio las gracias y, de repente, pidió el micrófono
al anunciador y ahí, seriamente, en el centro del ring
y señalándome con el índice derecho, se
dirigió a los espectadores y les dijo: "Este dinero
no será para mí... Será para él,
que es un joven y brillante boxeador aficionado que necesita
juntar una cifra muy fuerte para poder ir a competir a los Juegos
Olímpicos de Los Angeles".
Entonces algo dijo al promotor, volvió a tomar el micrófono
y manifestó al público: "Este joven es campeón
nacional mosca, y les aseguro que puede ser ganador de una medalla
en los Juegos, así que mucho les agradeceré su
cooperación para que pueda cumplir su anhelo".
Esa noche salí de la arena con 120 pesos.
LOS 300 PESOS DE MAMÁ
Los días pasaban
inexorablemente y no lograba reunir más dinero. Me
faltaban aún ¡380 pesos! para pagar la Villa
y hacer el viaje. A duras penas había llegado a reunir,
ya, 200 pesos.
Hasta que, al verme así, mi madre decidió ayudarme.
Y me dio los 300 pesos, que eran todos sus ahorros.
Al día siguiente, a primera hora, ya estaba yo ante
el general Tirso Hernández. Entregué el dinero,
el señor Bracho firmó el vale, y quedé
formalmente inscrito como parte de la delegación mexicana
a los Juegos de la décima Olimpiada. Con los otros
200 pesos cubrí el pago del viaje, ida y vuelta, por
ferrocarril.
LA SEGUNDA MEDALLA TRICOLOR
Acción en los Juegos
Olímpicos.
Ya Francisco Cabañas ha ganado su pase a la final de
peso mosca del torneo pugilístico. Y, con eso, se ha
convertido? aunque en la misma tarde en que él dispute
el oro, al tirador Gustavo Huet le sea entregada la presea
de plata que conquistó en la prueba de 50 metros pequeño
calibre? es el primer deportista mexicano que conquista una
medalla en la todavía incipiente historia de las olimpiadas
modernas.
Cae la noche en este sábado del 13 de agosto de 1932.
Don Francisco es el relator: “Estaba repleto el Olympic
Auditorium. La gente gritaba, a toda garganta, "¡México!"
y repetía el grito una y otra vez. Eran, allí,
los auténticos representantes de mi país. Yo
era su esperanza de victoria. El reloj de la arena marcaba
exactamente 19:12 cuando al ring subió mi pelea, en
peso mosca. Gritó el anunciador: "En la esquina
roja, el húngaro Stephan Enekes; en la azul, el mexicano
Francisco Cabañas".
De aquella pelea, más que recordarla le voy a leer
la narración que hice para la revista El Ring: El encabezado
es "El robo a Cabañitas".
Dice así:
Arbitra un europeo. Posiblemente conoce muy poco de boxeo,
pues se auxilia continuamente de los delegados. Raúl
Talán está en mi esquina; Quintanar, mi compañero,
lo ayuda como second. Bert Colima no me entiende; yo no hablo
inglés y su español es precario.
-Primer round. El húngaro ataca, pero lo esquivo. Me
siento muy bien, muy valiente, y repelo el ataque con un cruzado
de izquierda. El se cierra. Siento que lo he dañado
pues veo que se estremece. Está dolido pero alcanza
a tirar varios ganchos, y asienta uno. Me doy cuenta de que
su boxeo es aparatoso y que debo tener más cuidado.
Es un valiente. Le he dado buenos golpes pero, aún
así, siempre va adelante. Siento que gano el episodio...
-Segundo round. El húngaro de inmediato empieza a tirar
golpes. Varios ganchos me llegan al cuerpo, pero no retrocedo.
Lo cruzo. Vuelvo a la carga y le doy una golpiza. Lo cruzo
en varias ocasiones. Siento que se cae, que se desmorona.
El se sujeta de las cuerdas. La multitud me aplaude. Enekes
se resiste a caer pese a estar muy dañado. Siento que
también he ganado este episodio y, con él, la
pelea...
-Tercer round. Salimos al último asalto. Los dos estábamos
muy cansados. Él, como en toda la pelea, tirando muchos
golpes pero que no llegan a su objetivo; un boxeo aparatoso,
finalmente. De pronto, en una de esas entradas, alocadas,
me pisa y ambos caemos. El réferi, de nueva cuenta,
lo protege. Al único que le cuenta es a mí...
¡Mentira, eso no fue caída! La campana suena.
La pelea ha terminado. Enekes, cabizbajo, se dirige a su esquina
mientras que el público me abruma con aplausos. En
la arena sólo se escucha ¡México!, ¡México!...
La fotografía, de la que se habla al principio y que
está montada en un precioso marco, perpetúa
aquel despojo. Muestra a Enekes casi colgado de las cuerdas,
mientras el réferi adopta una actitud pasiva y Cabañas
permanece expectante.
Es el recuerdo imperecedero de aquel instante en el que me
sentí campeón olímpico...
No lo fue. No fue monarca.
-De pronto, me invadieron el desencanto y la rabia. El réferi
se dirigió al húngaro y le levantó el
brazo en señal de triunfo.
Los diarios publicaron:
Los Ángeles, California, 12 de agosto de 1932.- El
mexicano Francisco Cabañas asegura la presea de plata
en la división de peso mosca de boxeo; mañana
peleará en la final por la de oro ante el húngaro
Stephan Enekes. Esta es la primera medalla olímpica
para México.
UNA NOCHE DIFERENTE
Los diarios estarían
muy pendientes del resultado de aquel combate a más
de tres mil kilómetros de distancia. Principalmente
Excélsior y EL UNIVERSAL distrajeron un poco la atención
del público y la desviaron hacia aquella pelea.
Pero había un problema:
La función sería en la noche californiana ?dos
horas más temprano en relación con el horario
de México? y en aquel entonces no había ediciones
especiales.
Excélsior concibió, entonces, una maniobra para
informar al público, cuando menos, del triunfo o del
fracaso. En una torre de su edificio sería encendida
una luz que anunciaría el resultado: verde en caso
de victoria; roja en caso de derrota.
Don Francisco, entre risas:
-Me contaron que había gente, ya muy noche, que estaba
ahí, frente al edificio, esperando que se prendiera
la luz en la torre. Y lo malo fue que me dieron en la torre...
Después me decían algunas personas: "Así
que fue usted quien nos desveló aquella noche olímpíca"...
EL BOXEO SIN REGLAS
El boxeo, que seria el
deporte de Cabañas, se practica sin reglas y sin límite
de rounds.
Primeros pininos
Era el año 26. Yo tenía 14 años y acudía
a la Escuela de Constructores, en lo que ahora sería
la Vocacional, allá por Tres Guerras. Quería
ser ingeniero mecánico. En el camino a la escuela,
cerca de La Ciudadela, se encontraba el gimnasio Fabriles,
que era manejado por José Medrano, a quien auxiliaba
Mike Febles. La estrella allí era Manuel Villa Me metí
ahí por curiosidad, nada más para ver; después
me inscribí sólo para hacer un poco de ejercicio...
Y de pronto descubrí que tenía facultades para
el boxeo, y que me encantaba practicar este deporte.
Sucedió que, a unos meses de haber entrado al gimnasio,
me inscribí en un torneo que allí se celebró.
Pesaba 39 kilogramos y combatí en una división
a la que llamábamos Gran Paja. Eramos como 12 chiquillos
en ese peso. Y gané. Y me gustó. Y decidí
seguir.
Él siguiente paso fue el Club Internacional, que se
encontraba en las calles de Tacuba y al que acudía
la flor y nata del boxeo mexicano, como Alfredo Gaona, Fidel
Ortiz y Carlos Orellana. El director era Rosendo Arnáiz,
un profesor muy bueno y muy querido. Hablé primero
con su ayudante, Jorge Costas, le dije que era boxeador y
que entrenaba en el Fabriles. No dudó de mis palabras
pero me dijo que, para ser admitido, tendría que pelear
cóntra Chucho Nájera; que si lo vencía
y causaba buena impresión, se me daría una oportunidad
en el equipo.
Acepté. Me enfrenté a Chucho Nájera.
El me venció en una buena pelea, muy cerrada. Pero
les gustó mi estilo y me dieron la oportunidad cuando
Chucho subió a peso pluma... Así entré
al Club Internacional. Hice una gran amistad con Nájera,
Gaonita y Fidel Ortiz, aunque todos eran mayores que yo y
por eso me llamaron Cabañitas. Me gané su cariño
y su confianza a base de un buen comportamiento y de un incontenible
deseo de superación. En el club todos nos apoyábamos.
Había una ejemplar unión. Yo, por mi parte,
desde aquella derrota ante Nájera, me mantuve invicto
durante cinco años.
Francisco Cabañas interrumpió sus estudios de
ingeniería mecánica dos años después
de haber tomado la decisión de ingresar al Club Internacional.
Y dividió así sus tiempos:
Por la mañana apoyaría a su madre en la tienda
de abarrotes; entrenaría por las tardes, y por las
noches estudiaría contabilidad.
LA PROMESA DE CABAÑITAS
1928: Juegos Olímpicos
de Amsterdam.
Cuatro miembros del Club Internacional forman parte del equipo
nacional de boxeo:
Raúl Talán, Fidel Ortiz, Alfredo Gaona y Carlos
Orellana.
En la estación Colonia, del ferrocarril, los despide
su amigo, Cabañitas. Antes de abordar el tren, le escuchan
decir:
-Les prometo que voy a estar en los próximos Juegos
Olímpicos.
-Los Juegos de la capital holandesa fueron inaugurados el
28 de julio.
Cuatro años después, Francisco Cabañas
se encontraba entre aquel centenar de jóvenes que,
metidos en el albo uniforme, esperaban con cierta impaciencia
la partida del tren.
30 de julio de 1932. Día inaugural de los X Juegos
Olímpicos de la era moderna.
El gran esfuerzo ha valido la pena:
El estadio Memorial Coliseum, construido específicamente
para este acontecimiento deportivo, está lleno, en
su totalidad: 105 mil espectadores colorean sus tribunas,
dan calidez al acto.
“La delegación mexicana fue una de las más
aplaudidas por un público respetuoso que, incluso,
aceptó de buena manera la solicitud hecha al través
de los altavoces para que permaneciera en sus asientos 10
ó 15 minutos después de que terminara la ceremonia,
para que los atletas pudiéramos salir con fluidez del
estadio y alcanzáramos, sin problema de tráfico,
la Villa Olímpica.
COMIENZAN LAS DERROTAS MEXICANAS
Dice Cabañas:
-Se encontraban 1,408 deportistas, representantes de 37 naciones.
Todo bien. Hasta que sucedió lo inevitable: las derrotas
comenzaron a llegar a la delegación mexicana.
Este era el panorama en el equipo de boxeo:
Finalmente, el general Tirso Hernández optó
por dejar fuera a los mexicano-californianos Manuel Martínez
y Raúl Ocampo, y sólo permitió participar
a Al Romero, un peso ligero de gran pegada y mucha calidad
quien, incluso, era señalado entre los grandes favoritos
para ganar una medalla.
Pero Al fue descalificado en un insólito veredicto
del réferi después de que, en realidad, Romero
había noqueado al inglés McLane con un fuerte
golpe al plexus. El resto de la escuadra siguió la
misma suerte: el peso completo Manuel Ponce perdió
ante el francés Gastón Mayer; Tirado -gallo-
y Quintanar -welter-: fuera en su primera pelea, lo mismo
que el pluma Araico, cuyo vencedor, el estadunidense Jim Haines,
tampoco pudo continuar por haber sufrido una herida en la
ceja izquierda.
Sólo quedaba Cabañitas.
-Yo resulté afortunado desde un principio, pues en
el sorteo pasé bye la primera ronda.
-¿Qué clase de peleador era ese Cabañitas,
última esperanza de México en aquellos Juegos?
Se ruboriza don Francisco cuando de autodefinirse se trata:
-Básicamente, yo era un boxeador muy técnico.
Nunca me cortaron las cejas ni tuve las llamadas orejas de
coliflor. En rara ocasión me conectaban un buen golpe.
Recuerdo que Fray Nano, quien era uno de los más conocidos
críticos de boxeo, decía que yo era el púgil
mexicano que disparaba el 1-2 más rápido. Pero,
sobre todo, tenía una buena izquierda que tiraba cruzada.
SEGUNDA RONDA DEL TORNEO
Se presenta el peso mosca
mexicano Francisco Cabañas, quien derrota al italiano
Paolo Bruzzi. En su siguiente actuación, se impone
al australiano Isaac Duke. Y ya está en la antesala.
Si triunfa en su siguiente combate, ante el inglés
Stanley Pardoe, habrá asegurado su pase a la final
y, con ello, cuando menos estará segura la medalla
de plata.
12 de agosto. Hoy. La pelea.
Don Francisco:
-Pardoe era un boxeador más alto que yo, delgado, rubio,
y de una gran técnica. La pelea fue muy pareja. De
preferencia, yo marcaba la distancia con el jab de izquierda
y, en cuanto podía, clavaba el 1-2. Fue un combate
de dos esgrimistas del boxeo técnico. Finalmente, me
impuse con toda claridad y me llevé la decisión
unánime: 3-0 ?en aquel entonces votaban sólo
dos jueces y también el réferi.
En 1952-56 y 60, aumentó a tres el número de
jueces y se eliminó la votación del réferi
a partir de Tokio 1964 se impuso el sistema de votación
de cinco jueces, que permanece hasta la actualidad, aunque
modernizado.
¡Ya!... ¡Francisco Cabañas es el primer
medallista olímpico mexicano!
Don Francisco:
-El sueño se había hecho realidad... ¡Imagínese
nada más cómo estaría todo aquello! Era
como un día de fiesta. Cuando fui a descansar en la
Villa Olímpica, me esperaban ya cientos de compatriotas
que festejaban esa nuestra primera medalla olímpica.
Y todos me cuidaban al máximo. No querían ni
que me diera el aire. Todo eso me emocionó muchísimo.
Al día siguiente, el Olympic Auditorium presentaba
un lleno total.
De por sí muy atractivo el boxeo en Los Ángeles,
aquella jornada final se engalanaba con la presencia de un
peleador mexicano.
Y acudieron cientos de compatriotas.
Y casi el pleno de nuestra delegación.
Miles de fanáticos, sin el anhelado pasaporte a la
emoción, se agolpaban ante las taquillas. Inútil.
Todo había sido vendido.
Francisco Cabañas subió al ring acompañado
ahora no sólo por Bert Colima, sino también
por don Raúl Talán, quien había sido
su compañero en el Club Internacional, uno de los cuatro
a los que despidió en 1928, cuando salieron hacia los
Juegos Olímpicos de Amsterdam, y que hacía una
escala en Los Ángeles, en su viaje rumbo a Japón,
donde expondría su cetro pluma de Oriente.
Don Francisco:
-Raúl me conocía bien, porque habíamos
compartido muchos días en el Club Internacional, y
finalmente su apoyo en la esquina resultó fantástico
para mí, porque a la mera hora a Bert ni le entendía
bien. Se ponía muy nervioso y gritaba mucho en inglés,
y a veces en un español muy malo. Su "espangles"
era una mezcla muy simpática, pero no muy oportuna
en el momento en que uno tiene que recibir instrucciones en
la esquina. Así que la presencia de Raúl me
cayó como anillo al dedo.
EL ROBO EN LA PELEA POR EL ORO
Momentos antes de que diera
comienzo la pelea contra Enekes, hasta la esquina de Cabañas
llegó el tirador Gustavo Huet, quien lucía ya
sobre el pecho la medalla de plata ganada ese mismo día.
Y le dijo:
- Mirala, es muy bonita... Pero son más bonitas las
de oro. ¡Gánala!
Respondió Cabañas, emocionado:
-¡Voy por ella!... Ese húngaro está muy
grandote, pero le voy a ganar.
Y sonó la campana...
Y pasaron nueve minutos de acción...
Y fue emitido un fallo controversial y muy protestado.
Don Francisco:
-Me acuerdo que bajé llorando del ring. Me sentía
apenado con todo el mundo. Sentía una rabia infinita
y no sabía cómo expresarla; no era contra Enekes,
el menos culpable de todo, sino contra aquellos jueces que
me habían perjudicado.
Hasta que llegó el momento...
Don Francisco:
-Fui llamado a la ceremonia de premiación. Y entonces,
como por encanto, desaparecieron toda mi frustración
y toda mi rabia... Cuando subí al podio me invadió
una sensación que jamás imaginé. Y eso
no fue nada al compararlo con lo que sentí cuando vi
que se elevaba nuestra bandera, y escuché el clamor
del público, y me miré el pecho y vi la medalla...
¡Todo lo que representaba! Y volví a llorar.
Pero ahora fue muy distinto. Fue entonces cuando comprendí
la gran valía de lo que había logrado.
Don Francisco:
-Al día siguiente, en los diarios aparecieron un par
de fotografías en las que los personajes centrales
éramos Gustavo y yo. Y nada más.
Y NO LE DEVOLVIERON LOS 300 PESOS
¿Premios? ¿Reconocimientos?
¿Homenajes?... Ninguno.
Don Francisco:
-Lo menos que esperaba yo era que me pagaran esos 300 pesos
que debía a mi madre y que usé para representar
a mi país en el extranjero. Pero nada. Por eso conservo
el vale. Como una muestra del apoyo que en aquel entonces
era ofrecido al deportista.
Nada hizo el gobierno por Francisco Cabañas.
Francisco Cabañas incursionó en el boxeo profesional,
en el que no sostuvo más de diez combates, y de inmediato
se retiró.
1934...
Y Cabañas es designado entrenador del equipo nacional
de boxeo que competirá en los Juegos Olímpicos
de Berlín, en 1936, en los que Fidel Ortiz, su ex compañero
y ahora discípulo, obtiene medalla de bronce en peso
gallo. Cabañas repite como técnico en los Juegos
Olímpicos de la posguerra: Londres, 1948. Sin grandes
logros.
Don Francisco:
A lo largo de esas experiencias comprobé mi teoría
de que a unos Juegos Olímpicos, o a cualquier torneo
de boxeo amateur, no deben ir fajadores. El boxeo es un deporte
científico, de elegancia, de estilo, y de inteligencia
sobre el ring. Sólo pugilistas con estas condiciones
podrán aspirar al triunfo, a las medallas...
Francisco Cabañas ve pasar el tiempo desde la placidez
de su retiro.
-Soy un jubilado. Un hombre en paz con la vida, satisfecho
de sí mismo.
Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos
Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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