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2004

 

 

Óscar salió de inmediato a buscar a su oponente. Concentrado, pero con una fiera determinación, atacó y, al término del primer round, apareció en el tablero electrónico la leyenda: Salazar 3, Mercedes 0.
Atenas
  Ana Gabriela Guevara E.
Belem Guerrero Méndez
  Iridia Salazar Blanco
   

Óscar Salazar Blanco

Plata en Taekwondo / Menos de 58 kg.

El segundo combate de Óscar (rojo), ante el ucraniano Oleksandr Shaposhnik.ACHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Óscar Francisco Salazar Blanco
Taekwondo
Medalla de plata
Juegos Olímpicos Atenas, 2004
Fecha de nacimiento: 11 de marzo de 1977
Lugar de nacimiento: México D.F.
Categoría: Menos de 58 kg.

» El grito de Iridia, su hermana
» El combate en palabras de Óscar
» El chino salió mañoso
» El primer combate
» Y en el segundo se alocó
» Sin problemas con el subcampeón mundial

Atenas, Grecia
26 de agosto de 2004

Últimos días de febrero de 2004...

El diagnóstico de los médicos no podía ser menos cruel:

“Óscar tiene roto el ligamento cruzado de la rodilla derecha. Lo aconsejable es una intervención quirúrgica, que se olvide del taekwondo este año”.

Pero... Óscar Salazar ya tenía en sus manos el boleto olímpico. Y en su mente había quedado la insatisfacción al perder su pase a los juegos de Sydney 2000. Sería ahora o, tal vez nunca, poder cumplir su sueño olímpico.

Recuerda el taekwondoín: “Me hicieron varios estudios y el diagnóstico final fue de los doctores Clemente Ibarra, director del Centro Nacional de Rehabilitación, y Susana González. Fue un comentario que hicieron tras sacarme una resonancia magnética y vieron que mi rodilla estaba destrozada.

“Sin embargo, hubo un comentario del doctor Ibarra que me cambió el panorama, ya de por sí dramático; dijo que la lesión que tenía era reciente, pero que tenía indicios de que había otra lesión. Eran varios ligamentos dañados, el cartílago de la rodilla, el cruzado posterior, y me dijo: “Tienes mínimo cinco años con la rodilla rota”. Y, en efecto, esa lesión la traía antes de Sydney, pero no sabía qué era.

“Me habían sacado una resonancia, pero nunca me dijeron que tenía rotos los ligamentos. Que estaban desgarrados, pero nunca rotos. Tuve varios exámenes para rehabilitar la pierna y eso fue lo que me ayudó a seguir con mi preparación olímpica, porque me dije: “Si tenía tanto tiempo con la lesión, una más no creo que pase nada”.

Por ello, pese al dictamen médico, no hubo más tiempo de reflexión: “¡No me opero”.

Óscar, pues, estaba decidido a correr el riesgo.

Estaba consciente de lo que significaba una decisión de esa naturaleza. Habló con sus padres, habló con su esposa...

“El dolor era intenso, muy fuerte. Mi rodilla estaba hecha nudos, pero fue más mi deseo de competir en un tatami olímpico que resignarme y esperar otros cuatro años para hacerlo” –relata Óscar, y destaca fue la ayuda de los médicos y fisiatras fue fundamental para mantenerlo en el mayor porcentaje de capacidad física para enfrentar los entrenamientos y los combates.

El grito de Iridia, su hermana
El grito pleno de Iridia hacia su hermano Óscar no fue, en ese momento, para pedirle ayuda; más bien, un dramático llamado de apoyo hacia él.

“¡Inspírame!”

Y es que Óscar estaba a unos cuantos segundos de ir al tatami azul para enfrentar, en el combate por el oro olímpico, al representante de China–Taipei, Yen Chu Mu –campeón mundial en Alemania 2003–, en la final de la división de taekwondo hasta 58 kilogramos del certamen de de los Juegos Olímpicos del año 2004 en Atenas, Grecia.

E Iridia todavía tendría unas horas más de espera para su debut olímpico.

Reynaldo, quien ahora fungía como entrenador de su hijo, se percató del hecho. Y, con una sola mirada, le dio a entender a su hija que, en efecto, Óscar estaba listo para el encuentro.

Y, de inmediato, ante el intenso ruido y aplausos de los chinos, enfrente las acostumbradas porras: ¡México! ¡México! ¡México! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede! Sería, pues, una lucha entre dos colosos.

Si Óscar Salazar había dejado en el camino al campeón panamericano, Gabriel Mercedes; al ucraniano Oleksandr Shaposhnyk, y al vietnamita Huan Nguyen Quoc –subcampeón mundial–, para instalarse en la gran final; frente a él, su rival Yen Chu Mu, no desmerecía: en su foja del día habían quedado atrás el griego campeón olímpico de Sydney, Michalis Mouroutsos, el español Juan Ramos y el egipcio Tamer Bayoumi.

El combate en palabras de Óscar
Y ya, el combate. Óscar recuerda lo vivido en la final olímpica:

“Hoy, después de ver los videos de la final, recuerdo todos esos momentos –advierte el taekwondoín, plenamente recuperado de su rodilla.

Y agrega: “En las otras tres peleas estaba tan concentrado en llegar a la final, que lo único que me preocupaba era no ir al repechaje. Tras salir con la victoria en la semifinal, regresé unos minutos a las tribunas y todos me empezaron a felicitar; empecé a oír el escándalo que había provocado mi triunfo en los cientos de mexicanos que estaban en el gimnasio y no fue hasta que vi que quedaban pocas personas en la zona de calentamiento cuando me cayó el veinte y me dije: “Estás en la final, estás donde tú querías estar”.

“Pero yo sólo quería descansar, pensar en lo que iba a venir, pero, en verdad que no se podía. Era tal la emoción del momento que es algo que no puedes dominar.

“Cuando llegué al vestuario, la fisiatra Emilia Lira y la doctora Susana me acostaron con bolsas de hielo para que pudiera aguantar. Pasé como una hora y media sin hacer nada, inmóvil; cuando reaccioné recuerdo a mi papá que me dijo: “¡Ya es hora de la final, párate a calentar!”.

“Y así lo hice, empecé a tirar patadas, pero no podía ni caminar, estaba entumido por el hielo. Incluso todo me dolía y la doctora me explicó que era porque ya estaba frío y los golpes salían. Era mucho el entumecimiento, tenía aún hinchados los empeines.

“Lo único que temía en esos momentos era no poder dar el cien por ciento de mi capacidad. No sentirme tan a gusto en la pelea. Pero entrando al área de combate todo se olvida...

“Ya tenía un plan de pelea para Yen Chu Mu. Sabía que él saltaba mucho, y que iba a buscar el primer punto para llevar la ventaja, y en una de las primeras acciones del primer round me hizo una patada saltando y yo, en el aire, le pegué con la pierna derecha y él se cayó. Me decía: “Así es como tengo que hacerle”.

“Chu Mu era muy delgado y mis patadas eran más fuertes, por lo que en cada acción me decía: “Así puedo hacer más daño”.

“Total, que en ese primer round, a nadie le dieron punto y el marcador quedó 0-0, pero siento que en ese round le pude haber ganado la iniciativa y la pelea, ya que tuve varios contactos y si alguno de los jueces los hubiera marcado con un punto, tal vez mi estrategia hubiera sido diferente.

El chino salió mañoso
“En el siguiente round, Chen fue muy hábil. Esperó a que lo presionara y en una de sus fintas, le tiré una patada, pero se me quitó; en ese momento sentí un tirón en la rodilla. Entonces lo que pensé fue: “Si no puedo en ese momento, tengo que acercarme y pegar con la otra pierna”, pero el muchacho nunca cayó en ese plan. Apenas me movía y él se hacía para atrás, y contraatacaba. Y al ver que no podía tocarlo rápidamente, me empecé a descontrolar. Sabía que él se emocionaba mucho; y más cuando la pelea está fácil, empieza a lucirse.

“Traté de tranquilizarme, pensar en lo que tenía que hacer. Cuando iba el primer minuto del segundo round él se me dejó venir con patadas saltando, buscando golpearme en la cara; yo no sé ni cómo las esquivé y me dije: “Este debe ser el momento”.

“E, incluso, en el tercer asalto le decía: “otro, otro” invitándolo a que entrara. Sabía que eso lo iba a prender, y, en efecto, se me lanzó y yo pensé recibirlo con una patada de giro, le tiré la patada y en el momento que saltó, él me pegó en la cadera y mi pierna ya no le alcancé, quedó mi pie muy lejos de su cabeza.

“Sabía que si le pegaba esa patada iba a ser lo mejor, que le iba a hacer más daño. Íbamos 3-0 y empecé a atacar, pero ya sin un estilo. Él se emocionó otra vez, pero ahora su ataque fue a velocidad, abajo, mientras que yo no pude hacer mucho y sólo pude jugar su juego para quedar 5-1 a su favor.

El primer combate
12:57 horas (04:57 tiempo de la Ciudad de México).

Óscar –peto azul– (México) contra Gabriel Mercedes (R. Dominicana).

Hay viejas cuentas que saldar, sí señor...

Hace un año, en la arena dominicana, los jueces se habían dejado impresionar por un pueblo enardecido en el coso isleño que reclamaba tener a un campeón en taekwondo; sin embargo, fue tan clara la victoria de Oscar sobre Mercedes, que pese a los abucheos de los miles de asistentes al coso panamericano, Salazar Blanco se impuso 4-3 en la semifinal. Sin embargo, minutos después, Óscar cedió ante el estadounidense Tim Takes lo que le impidió refrendar el título de Juegos Panamericanos conseguido en Winnipeg 1999.

Pero ahora, en el tatami olímpico, deberá ser una historia diferente. Y lo es.

Óscar salió de inmediato a buscar a su oponente. Concentrado, pero con una fiera determinación, atacó y, al término del primer round, apareció en el tablero electrónico la leyenda: Salazar 3, Mercedes 0.

Siempre agresivo, siempre al frente, conectando con precisión al menor indicio que ofrecía el rival, la historia de los otros dos rounds fue similar. Tres y cinco puntos más, con una amonestación que le restó un punto, dieron el marcador final: 10-1.
¡Ya no había la menor duda de quién era el mejor de América!.

Y en el segundo se alocó
Segundo combate, 13:27 horas: Óscar Salazar –peto rojo– contra Oleksandr Shaposhnik (Ucrania).
Una historia casi similar a su debut olímpico.

Óscar se dio cuenta, muy pronto, de que su rival estaba disminuido físicamente. Un encuentro de rodillas con su primer rival lo había dejado a merced de su nuevo oponente. El mexicano lo supo de inmediato y, a lo largo de los tres rounds de combate, aprovechó perfectamente la situación; atacó y midió los tiempos para imponerse con un claro 6-2.

“Al muchacho de Ucrania –señala Óscar– también lo había visto pelear, lo hacía muy en largo por su estatura, pero eso no me importaba mucho porque siempre se me habían facilitado los grandotes debido a que estaba acostumbrado a entrenar con más altos e incluso más fuertes.

“Cuando me tocó él, sentí cierta tranquilidad pues lo había visto en la zona de calentamiento y sabía que estaba lesionado de una rodilla.

“Así que cuando le tiré una primera patada, girando por atrás y saltando, le pegué directamente en la cintura y la nalga. Fue una patada tan fuerte que le durmió la pierna mala, la izquierda, y no pudo hacer el combate que él quería.

“Cuando uno se siente tan seguro se empieza a alocar, y sí, me sentía tan seguro que empecé a quererlo noquear. A tirarle todo tipo de patadas: arriba con chiro-chagui, descendentes, de giro atrás, pero no supe cómo en una de esas patadas le pegué a su codo izquierdo con mi pierna derecha lesionada.

“De inmeiato, el empeine se inflamó, así que me dije: “Ya está bien”. Había que dejar de hacer maravillas en el tatami buscando una patada de nocaut; empecé a marcar sólo lo necesario y dejé que se fuera la pelea así. No quise más.

“En el tercero sucedió lo mismo: él no me atacaba y yo tampoco lo hice porque no me quería lesionar. Mis empeines eran como dos sandías.

Sin problemas con el subcampeón mundial
Tercer combate: semifinal. 16:24 horas.

Óscar Salazar –peto rojo– contra Nguyen Quoc Huan (Vietnam).

Y Óscar no falló. Tras un fragoroso primer asalto, Oscar tuvo la ventaja de 4-1.

Sabía que había sido todo. Que su oponente, pese a ser subcampeón mundial, ya no presentaba mayor problema. Tres y dos puntos más, en los dos rounds siguientes, con una amonestación por bando, dieron el resultado final: 8-0 y, con ello, el pase a la final.

–Había terminado mi pelea con Shaposhnik y yo quería ir a descansar, que me pusieran hielo en el empeine, pero el personal operativo del torneo me dijo: “Ponte otras protecciones”. Es decir, apenas descansé 10 minutos, incluso sentado en las tribunas. Vi la otra pelea, ya que el ganador iba a ser mi siguiente rival en semifinales. Estaban en el área el vietnamita Quoc Huan en contra del inglés Paul Green, subcampeón mundial de la categoría fin. El de Inglaterra me había ganado en el preolímpico de París y creía que él iba a salir con la victoria de nueva cuenta, pero sucedió todo lo contrario. Green peleaba como de cojito, levantaba la pierna derecha y cuando se le ataca sólo la levanta. Todo parecía indicar que el inglés nunca había estudiado al vietnamita, pues en una de las acciones, Quoc Huan lo agarró con una de las combinaciones más bonitas que hubo en todo el torneo olímpico: una apal: patada de frente al estómago, repitió con patada a la cabeza y de nuevo hacer contacto saltando. Total, que le dieron tres puntos, y todos en el Pabellón empezaron a aplaudirle, ya que se oyó tan claro ese ¡pas!, ¡pas!, ¡pas!.

“Cuando terminó el combate semifinal, ambos nos dirigimos al vestuario y él se sentó y empezó a revisarse la rodilla izquierda. La tenía muy hinchada, como si fueran dos en una, y me dio pena; le dije: “lo siento”. Yo iba a la final, y él tenía que seguir en el repechaje. Incluso ya no vi los combates, sólo me dedique, por fin, a descansar y a velar por mi pierna”.

Sí, Óscar había asegurado, al menos, la medalla de plata. Era la tercera presea para México en los últimos tres días. Algo inimaginable.

Era ya el hombre del día en la delegación... y de todo México que festejaba, ya, otro metal.
Minutos después, podía ser de oro.

Por toda Atenas se propaló la noticia: “Hay un mexicano en la final de taekwondo”.

“¡Váaamonos al Faliro!” Todos querían estar presentes en el Pabellón de Deportes.

Todos los mexicanos... Y, sobre todo, los que siempre habían creído en él y en sus facultades… aquellos que le habían “rescatado” y dado la oportunidad de ingresar a la selección nacional, claro, por méritos propios, nada regalado.

Óscar: “Mi papá me decía: ‘Esto es lo que quisiste desde niño, tómalo como si fuera una fiesta de cumpleaños, gózala, no la sufras. Y, ante esto, sinceramente no me preocupaban los demás atletas, porque yo había ido a Atenas a mostrar que había trabajado varios años para ganar una medalla, pero sobre todo, a gozar mi participación olímpica”.

El grito pleno de Iridia hacia su hermano Óscar no fue, en ese momento, para pedirle ayuda; más bien, un dramático llamado de apoyo hacia él.
“¡Inspírame!”.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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