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En las calles de Chimalhuacán, lugar de origen del atleta, los vecinos colocaron mantas con la leyenda: “El orgullo del barrio de Xochiaca se llama Noé Hernández”.
Sidney
  Soraya Jiménez Mendívil
  Fernando Platas Alvarez
Cristian Bejarano Benítez
  Joel Sánchez Guerrero
Víctor Estrada Garibay

Noé Hernández Valentín

Medalla de plata en Atletismo / Caminata 20 km

Los minutos de gloria, cuando México tenía el 1-3, con Bernardo Segura (izq.) y Noé Hernández dando la vuelta olímpica.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Noé Hernández Valentín
Atletismo
Medalla de plata
Juegos Olímpicos Sydney 2000
Fecha de nacimiento: 15 de marzo de 1979
Lugar de nacimiento: Chimalhuacán, Estado de México
Disciplina: Caminata de 20 km.

» Lo que dijo Noé
» Del anonimato a la gloria olímpica
» Los frijoles, los tenis usados
» La cita olímpica
» La vida como medallista

Sydney, Australia
21 de septiembre de 2000

Parecía un hermoso sueño olímpico, aquel 21 de septiembre: Durante 11 minutos, ésta fue la historia de la prueba final de los 20 kilómetros de marcha de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000: ¡Para México, el 1-3!: El mexicano Bernardo Segura se consagró campeón olímpico, este viernes, al tiempo que su compatriota Noé Hernández ganó la medalla de bronce. La presea de plata fue para el polaco Robert Korzeniowski.
Sí, parecía, parecía...

La escena: Bernardo, sonriente, feliz; Noé, gratamente sorprendido... Así los vieron los 110 mil espectadores en el Estadio Olímpico. Así los vieron millones de televidentes en el mundo. Sí, efectivamente, parecía un sueño...

Pero México pasó del delirio al simple contento en esos minutos que mediaron entre la llegada victoriosa de Bernardo Segura y la noticia de su descalificación, que otorgaba el oro al polaco Robert Korzeniowski. La marcha mexicana, pese al súbito disgusto, se quedaba sólo con la presea de plata de un joven valor de 21 años, Noé Hernández, que había llegado tercero a la meta al cabo de un duelo sin complejos con los mejores andarines del mundo. El bronce pasó a las manos del ruso Vladimir Andreyev. Y el campeón de Atlanta ‘96, el ecuatoriano Jefferson Pérez, se quedó en cuarto lugar.

La hipótesis se confirmó:

Segura pasó del júbilo a la desolación... Y todo un país, de la euforia a la decepción. Pero ahí, tímidamente, estaba Noé. Le habían trocado la medalla de bronce por la de plata. ¡Estupendo!
Se sinceró, minutos después, ante los medios informativos:

–No merezco la plata. Lo que gané fue el bronce...

Calificó de “injusta” la descalificación de Bernardo Segura e insinuó que había una “persecución” contra los marchistas de México.

Más tranquilo, al empezar a digerir su propia suerte, comentó al borde de las lágrimas:

“Dedico esta medalla a mi técnico y a mi familia, de la que estoy alejado desde hace un año. Todo lo que quiero es volver a estar con ellos”.

Desgraciadamente, la presea de Noé prácticamente pasó a segundo término en la jornada inaugural del atletismo de Sydney, ya que la atención se enfocó en Segura: primero por su triunfo y posteriormente por la descalificación, pero íntimamente Noé disfrutó en grande su triunfo personal.
Primero con el bronce, y finalmente con la medalla plateada ya en sus manos.

Y un sombrero de charro adornó su cabellera. Se paseó orgulloso por la pista.

¿O, no era así como debía festejar su debut olímpico, un joven de escasos 21 años de edad?; ¿y más cuando su figura no llamaba la atención como para ponerlo entre los candidatos a las medallas?

Lo que dijo Noé
Noé: “Este es un resultado muy grato con base en la experiencia que tiene mi entrenador Pedro Aroche, y al sacrificio de estar un año fuera de casa. Por eso, lo primero que quiero hacer es ver a mi familia, porque es la que más apoyo me ha dado, así como mi técnico y Hugo López”, expresó.

Hernández confesó, ya en la Zona Mixta, que desarrolló una competencia perfectamente planeada, con las instrucciones que recibió de su entrenador en el campamento en Bolivia, en la última etapa de su preparación olímpica. Allá, a las orillas del lago Titicaca, donde sólo fue para afinar detalles en la resistencia y técnica, que fueron la base de su éxito.

Noé reconoció que se apoyó mucho en Daniel García y Segura, porque “no es fácil vencer a unos campeones, ya que apenas empiezo y soy muy joven todavía. No creía estar entre los tres primeros lugares, pero me decía a mí mismo en el recorrido: “se vale soñar, Noé”.

Del anonimato a la gloria olímpica
Noé Hernández Valentín nació el 15 de marzo de 1979 en Chimalhuacán, Estado de México.
Extraído de una familia de escasos recursos, comenzó su carrera deportiva a los 14 años de edad, cuando fue invitado por su profesor de educación física a participar en pruebas atléticas, especialmente carreras. Y ya como atleta, de apenas 1.60 metros de estatura, determinó inclinarse por la marcha.

Hernández realizó su primera competición nacional de marcha en Apodaca (Nuevo León) en 1997.

Recuerda, con una tibia sonrisa:

–En un principio me daba risa ver a los atletas menearse de esa forma y me reía de mí mismo cuando comencé a dar los primeros pasos. Después me retiré un poco por problemas económicos, pero mi familia me apoyó y al poco tiempo regresé para quedarme en el deporte de una forma permanente.

Pero allá en los llanos de Chimalhuacán, los jóvenes de su edad hablaban de futbol. Y Noé tenía cualidades. Se distinguía entre la chamacada corriendo por el balón.

Noé: “Me gustaba mucho el futbol y pienso que pude llegar lejos. En seis meses gané la titularidad con el equipo infantil del Toros Neza, y me tomaban en cuenta para todo porque podía jugar de delantero o de medio. A los 12 años hay oportunidad de hacer un poco de todo, nada formal: jugar, estudiar, competir...

Ya jugaba con el Toros, pero mi maestro de educación física, José Jeremías Pío Luna, insistía que me dedicara a la caminata. Total, empecé para darle gusto, para mí era un juego...”
El profesor, Noé y otros alumnos –cerca de 100– acondicionaron una pista atlética en un callejón del Xochiaca, allá por Chimalhuacán.

Don José Hernández, padre de Noé: “El deporte los orillaba a olvidar la pobreza y los encaminaba para ser hombres de bien, lejos del alcohol y las drogas”.

Los padres del andarín emigraron de Hidalgo hace 28 años. Vivieron un tiempo en Nezahualcóyotl, luego se asentaron en el pueblo que, entonces, era de terrenos baldíos. Pagaron veinte mil pesos, en abonos, por un pedazo de tierra en la que han ido construyendo una casa, pero las obras parecen infinitas. Las carencias también.

Los frijoles, los tenis usados
Doña Felipa, madre del deportista, mujer morena de 62 años, ha ido perdiendo el sentido del oído. Las arrugas que surcan su rostro son producto de la edad, de las preocupaciones por no poder ofrecer a sus hijos todo lo que ella quisiera.

Recuerda doña Felipa: “Si no encontraba trabajo, entonces él tenía que exprimir los cinco o diez pesos que yo le daba. Mi muchacho tenía que comprarse, hasta seis meses antes de los juegos de Sydney, tenis de medio callito o esperar a que alguien se los regalara. Y todavía tenía que aprovechar cada plato de comida que le daban en el centro de entrenamiento, porque aquí en casa sólo había sopa y frijoles”.

Por la edad (12 años), Hernández Valentín tenía que ser inscrito en la categoría infantil, pero su estatura (casi 1.60 metros) lo apuntaron en la división juvenil.
Y el profesor José Jeremías fue el hombre más feliz.

Su pupilo quedó en sexto lugar. Excelente. Nada malo para una primera competencia oficial, ante juveniles. Luego, en la Ciudad Deportiva de la Magdalena Mixhuca, probó la miel del triunfo.
Noé cuenta:

–Pedro Aroche llevaba un grupo de chavos que se suponía eran los mejores... ¡Qué les saco dos vueltas a todos! Ni me acuerdo del tiempo que hice, pero me gustó la sorpresa que se llevaron.
El encuentro con el alto rendimiento era ya inaplazable.

Aroche se acercó a él para ofrecerle su asesoría, para invitarlo a entrenar en el Centro Deportivo
Olímpico Mexicano (CDOM). A Hernández Valentín no le emocionó la idea. Respondió: “Sí, un día de éstos...” El destino esperaba paciente. Travieso.

Y ahí empezó todo. Aroche lo recibió con agrado, pero firme fue en su primera orden:

–¡Nos vemos aquí mañana, a las seis!

Y, al otro día, ahí estaba el muchacho. Aprovechó el largo recorrido en camión para completar la jornada de sueño. Conoció en el grupo a otros marchistas que, como él, buscaban la gran oportunidad. Entre ellos, la mirada de Noé se clavó en los de Vianney Pedraza, nieta del sargento José Pedraza, medallista olímpico de plata en los Juegos de México 68. Hoy, su esposa.

La cita olímpica
20 kilómetros. 21 de septiembre de 2000. Sydney, Australia.

–Ya vienen los vencedores, –gritan algunos.

Bernardo Segura cruza la meta, con paso apresurado. Se ha convertido en doble medallista olímpico; al bronce de Atlanta 96, suma el oro de Sydney. Se cubre el rostro con las manos, eleva, al fin, los brazos victorioso. Camina lento el nuevo campeón agradeciendo, saludando al público reunido en el estadio de Sydney que le aplaude incesante.

Atrás ingresa el polaco Robert Korzeniowski, gran animador de la prueba; abraza emocionado a Segura. Esperan tras la meta a quienes les acompañará en el podio. Y allá viene el joven de espigada figura, alta, de tez blanca que porta uniforme del mismo color que Bernardo. Sí, es el
mexicano Noé Hernández. Y ya, ambos, festejan. Se abrazan, se felicitan. Olvidan, aparentemente, el incidente en Toluca. Lloran juntos después del esfuerzo de 1 hora y 20 minutos.

Los mexicanos se separan para festejar el 1-3 que han logrado en la ciudad olímpica que ha ofrecido, de verdad, los mejores Juegos de la historia. Se entrelazan por los hombros y caminan por la pista arropados con el lábaro patrio al encuentro con la gloria. Y dan la vuelta olímpica...
Bernardo no deja de saborear ese elíxir que ofrece el triunfo olímpico...

Noé: “Los quiero mucho a todos”.

De pronto la historia da un vuelco total. Un juez le informa a Bernardo Segura que ha sido descalificado. El llanto de placer se cambia por uno de coraje.

Según los jueces, Bernardo acumuló tres amonestaciones por flexionar las rodillas y no mantener contacto con el piso de acuerdo con las reglas de la caminata.

Así es el tiempo: cambia todo en un instante. No hay protesta que valga para cambiar la decisión de la Federación Internacional de Atletismo Amateur (IAFF por sus siglas en inglés).

La medalla de oro pasa a manos de Korzeniowski (que a la postre también ganará la prueba de 50 kilómetros también), la de plata es para Noé.

La decisión es favorable para el novato mexicano, pero no es algo que le agrade. Pero solamente así se sabrá que él hizo el trabajo para que su compatriota llegara primero a la meta.

La vida como medallista
Despertó un Noé Hernández Valentín muy diferente el 22 de septiembre del 2000, en un lujoso hotel de Sydney. Recuerda:

“Todavía no me caía el veinte. Pasaron varias horas de que gané la medalla y cuando me fui a dormir vino a mi mente cuando tuve que hacerle a la albañilería para tener algo de dinero”.

Tenía que levantarme a las cinco de la mañana para ir a hacer colados y terminaba con los pies hinchados, curtidos por el cemento.

En el taburete, al lado de la cama, lucía la medalla olímpica. Noé la veía, emocionado. No quería desprenderse de ese brillo tan especial. La contempló largamente.
Noé: “El teléfono sonaba y sonaba. Me solicitaban entrevistas de prensa, que posponía una y otra vez”.

En efecto. Ya no era un desconocido.

A su regreso a México la situación no varió mucho.

El marchista fue escoltado por efectivos de la Policía Federal de Caminos desde que bajó del avión –procedente de Los Ángeles– hasta el estacionamiento de la terminal aérea, para de ahí enfilar a u casa en Chimalhuacán.

En todo el trayecto, el andarín y sus familiares fueron custodiados por una centena de vecinos y amigos que fueron a recibirlo.

Los medios de comunicación querían conocer su historia. Algunos la exageraron, otros lo ubicaron como ejemplo de tenacidad y fortaleza. Para sus padres y hermanos, la hazaña de Noé merecía ser puesta a consideración de sus creencias.

En las calles de Chimalhuacán, lugar de origen del atleta, los vecinos colocaron mantas con la leyenda: “El orgullo del barrio de Xochiaca se llama Noé Hernández”. Corearon gritos: “se ve, se siente, Noé está presente” e hicieron suyo el ya tradicional grito de guerra “sí se pudo”…

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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