|
 |
• |
1932 |
|
| • |
1936 |
| • |
1948
|
| • |
1952 |
| • |
1956 |
| • |
1960 |
| • |
1964 |
| • |
1968 |
| • |
1972 |
| • |
1976 |
| • |
1980 |
| • |
1984 |
| • |
1988 |
| • |
1992 |
| • |
1996 |
| • |
2000 |
| • |
2004 |
|
|
 |
| 2000 |
|
En las calles de Chimalhuacán, lugar de origen del atleta, los vecinos colocaron mantas con la leyenda: “El orgullo del barrio de Xochiaca se llama Noé Hernández”. |
| Sidney |
|
|
|
 |
|
Noé Hernández
Valentín |
| Medalla de plata en Atletismo
/ Caminata 20 km |
|
 |
 |
|
|
Los
minutos de gloria, cuando México
tenía el 1-3, con Bernardo Segura
(izq.) y Noé Hernández dando
la vuelta olímpica.
ARCHIVO EL UNIVERSAL
|
| |
Ficha Técnica |
| |
Noé
Hernández Valentín
Atletismo
Medalla de plata
Juegos Olímpicos Sydney 2000
Fecha de nacimiento: 15 de marzo de 1979
Lugar de nacimiento: Chimalhuacán,
Estado de México
Disciplina: Caminata de 20 km.
|
|
 |
|
|
|
Sydney, Australia
21 de septiembre de 2000
Parecía un hermoso sueño
olímpico, aquel 21 de septiembre: Durante 11 minutos,
ésta fue la historia de la prueba final de los 20 kilómetros
de marcha de los Juegos Olímpicos de Sydney 2000: ¡Para
México, el 1-3!: El mexicano Bernardo Segura se consagró
campeón olímpico, este viernes, al tiempo que
su compatriota Noé Hernández ganó la
medalla de bronce. La presea de plata fue para el polaco Robert
Korzeniowski.
Sí, parecía, parecía...
La escena: Bernardo, sonriente, feliz; Noé, gratamente
sorprendido... Así los vieron los 110 mil espectadores
en el Estadio Olímpico. Así los vieron millones
de televidentes en el mundo. Sí, efectivamente, parecía
un sueño...
Pero México pasó del delirio al simple contento
en esos minutos que mediaron entre la llegada victoriosa de
Bernardo Segura y la noticia de su descalificación,
que otorgaba el oro al polaco Robert Korzeniowski. La marcha
mexicana, pese al súbito disgusto, se quedaba sólo
con la presea de plata de un joven valor de 21 años,
Noé Hernández, que había llegado tercero
a la meta al cabo de un duelo sin complejos con los mejores
andarines del mundo. El bronce pasó a las manos del
ruso Vladimir Andreyev. Y el campeón de Atlanta ‘96,
el ecuatoriano Jefferson Pérez, se quedó en
cuarto lugar.
La hipótesis se confirmó:
Segura pasó del júbilo a la desolación...
Y todo un país, de la euforia a la decepción.
Pero ahí, tímidamente, estaba Noé. Le
habían trocado la medalla de bronce por la de plata.
¡Estupendo!
Se sinceró, minutos después, ante los medios
informativos:
–No merezco la plata. Lo que gané fue el bronce...
Calificó de “injusta” la descalificación
de Bernardo Segura e insinuó que había una “persecución”
contra los marchistas de México.
Más tranquilo, al empezar a digerir su propia suerte,
comentó al borde de las lágrimas:
“Dedico esta medalla a mi técnico y a mi familia,
de la que estoy alejado desde hace un año. Todo lo
que quiero es volver a estar con ellos”.
Desgraciadamente, la presea de Noé prácticamente
pasó a segundo término en la jornada inaugural
del atletismo de Sydney, ya que la atención se enfocó
en Segura: primero por su triunfo y posteriormente por la
descalificación, pero íntimamente Noé
disfrutó en grande su triunfo personal.
Primero con
el bronce, y finalmente con la medalla plateada ya en sus
manos.
Y un sombrero de charro adornó su cabellera. Se paseó
orgulloso por la pista.
¿O, no era así como debía festejar su
debut olímpico, un joven de escasos 21 años
de edad?; ¿y más cuando su figura no llamaba
la atención como para ponerlo entre los candidatos
a las medallas?
Lo que dijo Noé
Noé: “Este es un resultado muy grato con base
en la experiencia que tiene mi entrenador Pedro Aroche, y
al sacrificio de estar un año fuera de casa. Por eso,
lo primero que quiero hacer es ver a mi familia, porque es
la que más apoyo me ha dado, así como mi técnico
y Hugo López”, expresó.
Hernández confesó, ya en la Zona Mixta, que
desarrolló una competencia perfectamente planeada,
con las instrucciones que recibió de su entrenador
en el campamento en Bolivia, en la última etapa de
su preparación olímpica. Allá, a las
orillas del lago Titicaca, donde sólo fue para afinar
detalles en la resistencia y técnica, que fueron la
base de su éxito.
Noé reconoció que se apoyó mucho en Daniel
García y Segura, porque “no es fácil vencer
a unos campeones, ya que apenas empiezo y soy muy joven todavía.
No creía estar entre los tres primeros lugares, pero
me decía a mí mismo en el recorrido: “se
vale soñar, Noé”.
Del anonimato a la gloria olímpica
Noé Hernández Valentín nació el
15 de marzo de 1979 en Chimalhuacán, Estado de México.
Extraído de una familia de escasos recursos, comenzó
su carrera deportiva a los 14 años de edad, cuando
fue invitado por su profesor de educación física
a participar en pruebas atléticas, especialmente carreras.
Y ya como atleta, de apenas 1.60 metros de estatura, determinó
inclinarse por la marcha.
Hernández realizó su primera competición
nacional de marcha en Apodaca (Nuevo León) en 1997.
Recuerda, con una tibia sonrisa:
–En un principio me daba risa ver a los atletas menearse
de esa forma y me reía de mí mismo cuando comencé
a dar los primeros pasos. Después me retiré
un poco por problemas económicos, pero mi familia me apoyó y al poco tiempo regresé
para quedarme en el deporte de una forma permanente.
Pero allá en los llanos de Chimalhuacán, los
jóvenes de su edad hablaban de futbol. Y Noé
tenía cualidades. Se distinguía entre la chamacada
corriendo por el balón.
Noé: “Me gustaba mucho el futbol y pienso que
pude llegar lejos. En seis meses gané la titularidad
con el equipo infantil del Toros Neza, y me tomaban en cuenta
para todo porque podía jugar de delantero o de medio.
A los 12 años hay oportunidad de hacer un poco de todo,
nada formal: jugar, estudiar, competir...
Ya jugaba con el Toros, pero mi maestro de educación
física, José Jeremías Pío Luna,
insistía que me dedicara a la caminata. Total, empecé
para darle gusto, para mí era un juego...”
El profesor, Noé y otros alumnos –cerca de 100–
acondicionaron una pista atlética en un callejón
del Xochiaca, allá por Chimalhuacán.
Don José Hernández, padre de Noé: “El
deporte los orillaba a olvidar la pobreza y los encaminaba
para ser hombres de bien, lejos del alcohol y las drogas”.
Los padres del andarín emigraron de Hidalgo hace 28
años. Vivieron un tiempo en Nezahualcóyotl,
luego se asentaron en el pueblo que, entonces, era de terrenos
baldíos. Pagaron veinte mil pesos, en abonos, por un
pedazo de tierra en la que han ido construyendo una casa,
pero las obras parecen infinitas. Las carencias también.
Los frijoles, los tenis usados
Doña Felipa, madre del deportista, mujer morena de
62 años, ha ido perdiendo el sentido del oído.
Las arrugas que surcan su rostro son producto de la edad,
de las preocupaciones por no poder ofrecer a sus hijos todo
lo que ella quisiera.
Recuerda doña Felipa: “Si no encontraba trabajo,
entonces él tenía que exprimir los cinco o diez
pesos que yo le daba. Mi muchacho tenía que comprarse,
hasta seis meses antes de los juegos de Sydney, tenis de medio
callito o esperar a que alguien se los regalara. Y todavía
tenía que aprovechar cada plato de comida que le daban
en el centro de entrenamiento, porque aquí en casa
sólo había sopa y frijoles”.
Por la edad (12 años), Hernández Valentín
tenía que ser inscrito en la categoría infantil,
pero su estatura (casi 1.60 metros) lo apuntaron en la división
juvenil.
Y el profesor José Jeremías fue el hombre más
feliz.
Su pupilo quedó en sexto lugar. Excelente. Nada malo
para una primera competencia oficial, ante juveniles. Luego,
en la Ciudad Deportiva de la Magdalena Mixhuca, probó
la miel del triunfo.
Noé cuenta:
–Pedro Aroche llevaba un grupo de chavos que se suponía
eran los mejores... ¡Qué les saco dos vueltas
a todos! Ni me acuerdo del tiempo que hice, pero me gustó
la sorpresa que se llevaron.
El encuentro con el alto rendimiento era ya inaplazable.
Aroche se acercó a él para ofrecerle su asesoría,
para invitarlo a entrenar en el Centro Deportivo
Olímpico Mexicano (CDOM). A Hernández Valentín
no le emocionó la idea. Respondió: “Sí,
un día de éstos...” El destino esperaba
paciente. Travieso.
Y ahí empezó todo. Aroche lo recibió
con agrado, pero firme fue en su primera orden:
–¡Nos vemos aquí mañana, a las seis!
Y, al otro día, ahí estaba el muchacho. Aprovechó
el largo recorrido en camión para completar la jornada
de sueño. Conoció en el grupo a otros marchistas
que, como él, buscaban la gran oportunidad. Entre ellos,
la mirada de Noé se clavó en los de Vianney
Pedraza, nieta del sargento José Pedraza, medallista
olímpico de plata en los Juegos de México 68.
Hoy, su esposa.
La cita olímpica
20 kilómetros. 21 de septiembre de 2000. Sydney, Australia.
–Ya vienen los vencedores, –gritan algunos.
Bernardo Segura cruza la meta, con paso apresurado. Se ha
convertido en doble medallista olímpico; al bronce
de Atlanta 96, suma el oro de Sydney. Se cubre el rostro con
las manos, eleva, al fin, los brazos victorioso. Camina lento
el nuevo campeón agradeciendo, saludando al público
reunido en el estadio de Sydney que le aplaude incesante.
Atrás ingresa el polaco Robert Korzeniowski, gran animador
de la prueba; abraza emocionado a Segura. Esperan tras la
meta a quienes les acompañará en el podio. Y
allá viene el joven de espigada figura, alta, de tez
blanca que porta uniforme del mismo color que Bernardo. Sí,
es el
mexicano Noé Hernández. Y ya, ambos, festejan.
Se abrazan, se felicitan. Olvidan, aparentemente, el incidente
en Toluca. Lloran juntos después del esfuerzo de 1
hora y 20 minutos.
Los mexicanos se separan para festejar el 1-3 que han logrado
en la ciudad olímpica que ha ofrecido, de verdad, los
mejores Juegos de la historia. Se entrelazan por los hombros
y caminan por la pista arropados con el lábaro patrio
al encuentro con la gloria. Y dan la vuelta olímpica...
Bernardo no deja de saborear ese elíxir que ofrece
el triunfo olímpico...
Noé: “Los quiero mucho a todos”.
De pronto la historia da un vuelco total. Un juez le informa
a Bernardo Segura que ha sido descalificado. El llanto de
placer se cambia por uno de coraje.
Según los jueces, Bernardo acumuló tres amonestaciones
por flexionar las rodillas y no mantener contacto con el piso
de acuerdo con las reglas de la caminata.
Así es el tiempo: cambia todo en un instante. No hay
protesta que valga para cambiar la decisión de la Federación
Internacional de Atletismo Amateur (IAFF por sus siglas en
inglés).
La medalla de oro pasa a manos de Korzeniowski (que a la postre
también ganará la prueba de 50 kilómetros
también), la de plata es para Noé.
La decisión es favorable para el novato mexicano, pero
no es algo que le agrade. Pero solamente así se sabrá
que él hizo el trabajo para que su compatriota llegara
primero a la meta.
La vida como medallista
Despertó un Noé
Hernández Valentín muy diferente el 22 de septiembre
del 2000, en un lujoso hotel de Sydney. Recuerda:
“Todavía no me caía el veinte. Pasaron
varias horas de que gané la medalla y cuando me fui
a dormir vino a mi mente cuando tuve que hacerle a la albañilería
para tener algo de dinero”.
Tenía que levantarme a las cinco de la mañana
para ir a hacer colados y terminaba con los pies hinchados,
curtidos por el cemento.
En el taburete, al lado de la cama, lucía la medalla
olímpica. Noé la veía, emocionado. No
quería desprenderse de ese brillo tan especial. La
contempló largamente.
Noé: “El teléfono sonaba y sonaba. Me
solicitaban entrevistas de prensa, que posponía una
y otra vez”.
En efecto. Ya no era un desconocido.
A su regreso a México la situación no varió
mucho.
El marchista fue escoltado por efectivos de la Policía
Federal de Caminos desde que bajó del avión
–procedente de Los Ángeles– hasta el estacionamiento
de la terminal aérea, para de ahí enfilar a
u casa en Chimalhuacán.
En todo el trayecto, el andarín y sus familiares fueron
custodiados por una centena de vecinos y amigos que fueron
a recibirlo.
Los medios de comunicación querían conocer su
historia. Algunos la exageraron, otros lo ubicaron como ejemplo
de tenacidad y fortaleza. Para sus padres y hermanos, la hazaña
de Noé merecía ser puesta a consideración
de sus creencias.
En las calles de Chimalhuacán, lugar de origen del
atleta, los vecinos colocaron mantas con la leyenda: “El
orgullo del barrio de Xochiaca se llama Noé Hernández”.
Corearon gritos: “se ve, se siente, Noé está
presente” e hicieron suyo el ya tradicional grito de
guerra “sí se pudo”…
Fragmentos
de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos,
editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
|