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La mayoría de conocedores de la caminata mundial coincidían: con el espectro de la descalificación de Segura, Joel Sánchez prefirió asegurar una medalla y cuidó mucho su marcha para no recibir una tercera advertencia. De ello se aprovecharon el polaco y el letón Aigars Fadejevs, quien superó al mexicano a pocos kilómetros del final.
Sidney
  Soraya Jiménez Mendívil Noé Hernández Valentín
  Fernando Platas Alvarez
Cristian Bejarano Benítez
  Víctor Estrada Garibay

Joel Sánchez Guerrero

Bronce en Atletismo | Caminata 50 km

Inmensa, la alegría de Joel Sánchez, con la medalla de bronce con la que cerró tres ciclos olímpicos.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Joel Sánchez Guerrero
Atletismo
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos Sydney 2000
Fecha de nacimiento: 15 septiembre de 1966.
Lugar: Ciudad de México.
Disciplina: Caminata 50 km.

» Los últimos kilómetros
» A asegurar el bronce…
» Y cuando rebasó la meta…
» La hazaña de Korzeniowski

Sydney, Australia
29 de septiembre de 2000

Joel Sánchez no tiene mayor compromiso con nadie...

¡Sólo con él mismo! Ya está en Sydney, sede de los Juegos Olímpicos del 2000. Y cumple su tercera cita olímpica: anteriormente participó en Seúl ‘88 y Barcelona ’92.

Pero ahora, él lo sabe, ¡tendrá que ser diferente!
¿Favorito para estar en el podio? ¡No!. Su foja deportiva no parece inquietar mucho a sus rivales y pocos saben de su capacidad en la marcha. En ocasiones, es invencible; en la mayoría de las veces, su actuar es inexplicable, pues calidad la ha mostrado, aun a cuenta gotas.

Tal vez por ello, despreocupadamente, deambula por la villa de atletas...

Más en su interior, la seguridad en sí mismo es a toda prueba. No tiene muchas alternativas; su objetivo es luchar por una medalla, aun cuando pocos hablen de él y, los menos, esperan que resurja en patio australiano.

Mas Joel no se inmuta. Nada parece preocuparlo.

Que otros sean los favoritos.

Que otros sientan la presión.

Que otros tengan el compromiso...

En su mente sólo cabe una preocupación: el fantasma de la descalificación, que en caminata ha sido casi mortal para México, en los Juegos Olímpicos.
Le sucedió a Domingo Colín en Montreal 1976.

A Daniel Bautista en Moscú 1980.

A Ernesto Canto en Seúl 1988.

También a Miguel Ángel Rodríguez en 1996.

E, incluso, a Bernardo Segura lo sacrificaron los jueces minutos después de haber cruzado en primer lugar la meta. Tardía fue la notificación; pero igualmente decepcionante para todos los mexicanos.

Sin embargo, para Joel, la experiencia es su mejor aliado.

Evoca aquellos momentos en la moderna urbe australiana:

“Ya había visto que el jueceo estaba bastante estricto. Habían descalificado no sólo a Bernardo sino a una australiana que iba en primer lugar y que estaba a punto de ingresar al estadio. Ahí pensé: si eso sucede con ella que es local, ¡qué pueden esperar otros como yo! Sin embargo, no todo estaba perdido. Había que intentarlo”.

Antes de irse a dormir, Joel acudió al área de entretenimiento reservada para los atletas en la Villa Olímpica, dotada con lo último en juegos de vídeo y con Internet.

Recuerda: “Le envié un e-mail a mi esposa. Le dije que las cosas estaban muy difíciles con el jueceo por lo que iba a cambiar la estrategia. Si antes estaba acostumbrado a ir adelante, ahora marcharía atrás. Sólo ella y el doctor Granados sabían cómo iba a competir y eso fue lo que hice”.

Y advierte, con una pícara sonrisa: “Ese correo todavía lo tiene mi esposa Hortensia en la papelera de reciclaje de la computadora”.

Para Joel no había mucho tiempo. Tenía que dar el paso a la acción; sería, a la postre, su día olímpico...

Ya, el momento olímpico

El momento olímpico esperado por Joel ha llegado.

Bullen en su mente sus dos incursiones olímpicas: Seúl y Barcelona. Pero cruzan rápidamente.

Los malos recuerdos quedan atrás.

Porque hoy es 29 de septiembre.

Y, seguramente, no habrá otro día olímpico.

–La tercera es la vencida, –se dice a sí mismo, todo el tiempo, convencido.
Joel se despierta ese día a las 5:30 en un momento de confusión, pensando que eran las 7.30 horas... y ya no puede conciliar el sueño. Se baña. Y acude al comedor de la villa. Su desayuno es ligero: jugo, un huevo y pan. Tras un breve descanso se va al estadio acompañado por el entrenador de fondo, el polaco Tadeuz Kempka.

Joel hace una ligera pausa. Hay pasión en sus palabras: “No tenía miedo de nada, porque ya sabía que si me iba mal, el mismo deporte me iba a dar de patadas. Y que esas personas, que la hacían de dirigentes sin saber de deporte, me iban a juzgar severamente si me iba mal. Que sólo ganando cambiarían las cosas”.

Entre pensamiento y pensamiento, ha llegado ya la hora de la agotadora prueba de los 50 kilómetros de caminata. En el estadio se forma el pelotón multicolor de salida.

Y ya, la salida...

El polaco Roberto Korzeniowski, ganador del oro en los 20 kilómetros, ha decidido buscar ese metal también en 50. Y, de inmediato se va a la punta... ¿Joel? Está atrás, en algún lugar entre el grupo, tal como lo había planeado silenciosamente...

Joel: “Yo sabía que ese era el día. Mi preparación había sido concienzuda. Dicen que el evento se convierte en un monstruo, pero yo me había preparado para vencerlo. A esas alturas, en realidad, ya no me importaba nada. Voy a competir sin esperanza para muchos, pero no para mí”.
Son 50 kilómetros. Muchos pasos, muchos minutos de lucha.

Pero el andar es pausado. Las estrategias apenas y se distinguen... los segundos transcurren lentamente. Hoy recuerda aquella su estrategia inicial, muy al estilo de la que implantaba Daniel Bautista: ir siempre adelante...

“Siempre salía en los primeros lugares para imponer mi ritmo. Si los demás lo aguantan, qué bueno; de lo contrario se iban quedando. Pero en los Juegos Olímpicos era algo distinto y opté por ser cauto para mantenerme lejos de la vista de los jueces”.

Joel sigue oculto entre los otros competidores. Su caminar es seguro...

Dice, con cierto rencor: “En la televisión se dijeron muchas cosas, que si iba hasta atrás, que no tenía chance alguno. ¡Qué ignorancia! Sabía lo que estaba haciendo y a medida que pasaban los kilómetros yo seguía dentro del pelotón. A los 20 kilómetros marchábamos unos nueve andarines en ese grupo y, en verdad, se me hizo extraño que fuéramos tan pocos.

Sánchez no lo sabe, pero a esas alturas, el otro mexicano en la lid, Germán Sánchez, que había punteado al grupo hasta el kilómetro 18 ha sido descalificado.

Fue bueno ignorarlo, porque al menos, no tuvo esa presión de saber que el jueceo se ha ensañado de nuevo con un marchista mexicano.

“Para el kilómetro 35 –recuerda–, ya íbamos sólo cinco o seis marchistas y eso aumentaba mis posibilidades de estar en la lucha por las medallas. Aunque en la televisión se dijera otra cosa, la realidad era esa: estaba en el grupo y podía pelear por estar en las medallas”.

Y de pronto, Joel muestra una gran sensación de fortaleza. La misma que experimentó en el Mundial de Francia y, posteriormente, en Wellington, Nueva Zelanda, y que no le es totalmente desconocida. Esa forma de ir rápido, de exigirse al máximo y no sentir cansancio.

Dice: “A lo largo de la competencia nunca vi el tiempo. Hasta ese momento, cerca ya de los 40 kilómetros, jamás miré el reloj. Me concentré en hacer mi trabajo, en mantenerme en el pelotón, pero de pronto empecé a sentirme extraño: ¡no estaba cansado!, a pesar de haber obligado al cuerpo a su máximo esfuerzo. Me sentía rápido, muy ligero...”

La competencia era desgastante. Varios atletas habían sido descalificados, otros habían abandonado. El pelotón se había fraccionado. Korzeniowski iba en punta...

Los últimos kilómetros
Que sea el mismo Joel quien narre los últimos kilómetros: “Pasado el kilómetro 40, ya estábamos sólo en punta el polaco Robert Korzeniowski y yo. Sabía que la meta estaba a sólo 10 kilómetros y que ya tenía una medalla asegurada. Ignoraba de qué color sería. Incluso, llegué a acariciar por momentos la idea de que podría ser de oro porque por mucho que fuera el campeón de los 20, no le temía a Robert”.

Sin embargo, un hecho cambió sus planes. En esos momentos recibió una primera amonestación de los jueces que cambió sus perspectivas.

Y explica: “No quise arriesgarme. Vi cómo se me escapaba Korzeniowski y con él, la medalla de oro, pero aún tenía la posibilidad de asegurar la medalla de plata o la de bronce, porque en realidad no sabía quién venía detrás de mí y a qué distancia”.

En el marchista mexiquense prevaleció la prudencia. Ir por el polaco hubiera sido un sacrificio estéril. Había que caminar con mayor inteligencia...

Recuerda hoy lo que sintió aquel día, cómo la adrenalina corría por sus venas, sobre todo, cuando el lituano Aigars Fadejevs se enfrascó con él en la lucha por la medalla de plata que finalmente fue suya.

Dice Joel: “Me sentía fuerte y estaba decidido a que no me rebasara; sin embargo, en plena lucha, oí voces de alerta de algunos compatriotas que me avisaron de una segunda amonestación. Eso me hizo dudar, sabía lo que implicaba tener una tercera tarjeta: ¡la descalificación!... Ahora tenía que inclinarme una vez más para no arriesgar lo que ya tenía seguro: la medalla de bronce”.

A asegurar el bronce…
A partir del kilómetro 45, no tiene otra posibilidad que defender el tercer sitio y la presea de bronce.
Para él son momentos que transcurren rápidamente, pero también que le dan la oportunidad de recordar lo sufrido...

“Sé cómo funciona esto del deporte en nuestro país. En 1993 quedé desprotegido. Sé en carne propia lo cruel que era el deporte en México. Y pensé: si me descalifican, adiós a todo. Por eso decidí: no vale la pena arriesgarme más. Estoy a escasos kilómetros de la meta, ya hice todo mi trabajo, la medalla es segura, ya sé que es de bronce. Es una más para México”.

También supo, a esas alturas, que su más cercano seguidor estaba a dos minutos...

“A esa distancia, asumí mi realidad: no hay quien me alcance, por mucho que un andarín acorte las distancias, dos minutos son muchos. Si acaso hay alguien, no tiene posibilidad, tendría que jalar al ritmo de un veintero en los últimos 5 kilómetros. No, no hay posibilidad de que me alcancen. La medalla era mía”.

En las inmediaciones del estadio, por su mente cruzan los recuerdos; aquellos que lo han atormentado desde 1993...

“Me decía: “no puedo perder todo, no puedo echar a la basura 18 años de trabajo, no ahora”. Y con la certeza de que el bronce es suyo, Joel Sánchez opta por relajarse... Caminar seguro, cada paso, cada tranco, hasta llegar a la meta y cruzar la línea imaginaria”.

Enfatiza: “Cansado no estaba. Hubiera podido exigir a mi cuerpo llegar hasta los límites físicos y recuperarme, ya que llevaba una excelente preparación, como nunca, pero estaba consciente de que podría arriesgar, así que me dedique a disfrutar los últimos kilómetros.
Un rugido saluda el ingreso del polaco Robert Korzeniowski al estadio olímpico.

Cuando el sonido local anuncia que se trata del polaco, hay aplausos a granel a su paso.
Es el primer hombre en la historia en lograr el doblete: oro en 20 y 50 kilómetros de caminata.
Atrás de él, llega el lituano Fadejevs. Para él es la plata.

Vuelve Joel a narrar la competencia: “Ya estaba cerca de la meta y esos últimos metros los fui gozando al máximo. No se me viene a la mente nada. Lo único que quiero es llegar a meta y asegurar el bronce porque estoy plenamente consciente de que en caminata cualquier cosa puede pasar. Que me pueden descalificar antes, como le sucedió a Daniel García en un Campeonato Mundial o como a Segura, en Sydney, que ya había cruzado la línea final y que hasta había terminado de celebrar. Ese era mi pensamiento...

“Y cuando por fin llegué, lo único que pensé fue: ¡ya! ¡Ya lo hice! Estoy entre los tres mejores de los 50 kilómetros de marcha de los Juegos Olímpicos”.

Joel Sánchez ya es medallista. Por fin.

Y cuando rebasó la meta…
“Cuando rebasé la meta, entonces sí se agolparon los recuerdos, los sacrificios, el esfuerzo... y los sinsabores, pero de inmediato los justifique y me dije: “sí, valió la pena”, y como dice el tango: veinte años no es nada...”

La prueba más larga, extenuante y agotadora del calendario atlético recibe una inusual importancia en estos Juegos, ya que el polaco Robert Korzeniowski logró un hito histórico al convertirse en el primer atleta en ganar los 20 y 50 kilómetros en la justa olímpica.

Y, en ella, fue partícipe el mexicano Joel Sánchez, de 34 años, campeón de los Juegos Panamericanos en Winnipeg ‘99. Korzeniowski había ganado el 22 de septiembre la medalla de oro de los 20 kilómetros después de entrar en segunda posición y una controvertida descalificación del ganador, el mexicano Bernardo Segura, once minutos después de terminada la prueba.

La hazaña de Korzeniowski
Las agencias informativas internacionales se desbordaron en elogios para Korzeniowski y todos los participantes en esta prueba: –Fue estupendo ganar sin ninguna controversia esta vez, –afirmó un colmado de felicidad Korzeniowski a la agencia francesa AFP.Korzeniowski, que vive en Francia, rindió tributo a su ídolo en marcha, Ronald Weigel, el alemán oriental, que obtuvo las medallas de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 en 20 y 50 kilómetros.

“El haber superado el logro de Weigel me hace sentirme muy orgulloso”, dijo.

La mayoría de conocedores de la caminata mundial coincidían: con el espectro de la descalificación de Segura, Joel Sánchez prefirió asegurar una medalla y cuidó mucho su marcha para no recibir una tercera advertencia. De ello se aprovecharon el polaco y el letón Aigars Fadejevs, quien superó al mexicano a pocos kilómetros del final.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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