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Acarició Fernando el oro... Sí. Quedó muy cerca. A escasas décimas de punto de la gloria olímpica, en la final de salto desde el trampolín de tres metros. |
| Sidney |
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| Fernando Platas |
| Plata en Clavados | Trampolín
de tres metros |
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Fernando Platas (izq.),
Xiong Ni y Dimitri Sautín en el
podio tras la premiación de la
prueba de trampolín de tres metros
en Sydney 2000
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Ficha Técnica |
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Fernando
Platas
Clavadista
Medalla de Plata
Juegos Olímpicos Sydney, 2000
Fecha de nacimiento: 16-marzo-1973
Lugar de nacimiento: Ciudad de México
Especialidad: Trampolín de tres
metros
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Sydney, Australia.
26 de septiembre de 2000.
Platas acarició el oro.
Fernando Platas cumple su tercera Olimpiada.
Primero fue Barcelona, después Atlanta... Hoy es Sydney.
Será hoy, o tal vez nunca... Y ya agoniza la justa
australiana.
Es martes 26 de septiembre de 2000.
Por la mañana, Fernando tiene una excepcional actuación,
como esperanzador presagio de que ese día, horas más
tarde, será de alegría para la delegación
mexicana. Fernando avanza a esa final de trampolín
de tres metros, al sumar 678.96 unidades y quedar en el tercer
sitio de la ronda de clasificación, que encabeza el
chino Ni Xiong.
Decían las agencias informativas:
Platas Álvarez se mostró consistente y en el último
clavado se llevó la más alta calificación,
ya que los jueces le dieron dos 9.5 y un par de nueves, para
quedar en el tercer puesto. Sin embargo, el que mostró
superioridad en todo momento fue el chino y campeón
olímpico en Atlanta 1996, Ni Xiong, quien desde su
primer salto se mantuvo entre los tres primeros sitios, aunque
el mexicano en la primera ronda se quedó con el lugar
uno.
Fueron cinco clavados los que se tiraron en esta parte del
torneo olímpico de clavados en Sydney 2000, ya que
para la final de esta noche, en la que participarán
12 competidores, se realizarán seis, de acuerdo con
el programa.
Esa noche, será memorable. La situación hasta
el quinto y penúltimo salto:
El ruso Dimitri Sautín lidera con 638.10 puntos.
El chino Xiong Ni va segundo, con 627.12.
El mexicano Fernando Platas, tercero, con 624.78.
Y van todos a la sexta y última ronda.
¡Será la definitiva!
Y ya, ya Fernando acaba de ejecutar su clavado: dos vueltas
y media al frente con dos giros. ¡Impecable! Y en la
gigantesca y luminosa pizarra electrónica se inscribe
el puntaje: 83.64. La más alta del día. Una
estruendosa ovación llena por completo el complejo
acuático australiano. ¿Será hoy el día
de Fernando?
¡Será!...
Fernando, esta vez, ha soportado la presión... Ha demostrado
su temple, su coraje, su calidad. ¡Quiere el metal!
Anhela un lugar entre los demás clavadistas mexicanos,
héroes eternos del Olimpo: Joaquín Capilla,
Juan Botella, Alvaro Gaxiola, Carlos Girón y Jesús
Mena.
Al dejar la fosa, Fernando, se sacude el agua del cabello
y abraza feliz a su entrenador, Jorge Rueda, y a algunos dirigentes
de la delegación mexicana. Sabe bien que su salto ha
sido casi perfecto. Y que ha conquistado, como mínimo,
la medalla de bronce. Pero, también, que falta por
escribirse la historia para sus rivales. Ahora, el reto será
para sus dos grandes rivales del día: el chino Xiong
y el ruso Sautín. Adversarios de prosapia; enemigos
en la tabla, y amigos del deporte.
Los dioses también fallan
Y ya, toca el turno a Sautín.
Silencio. Miradas expectantes lo acompañan.
Es el gran favorito, a quien los conocedores han llegado a
comparar con el excelso clavadista estadounidense Greg Louganis.
El experimentado clavadista ruso –sin cabello–
ha encabezado, hasta el momento definitivo de la estrujante
ronda final, las clasificaciones.
¡Pero, un momento! Los dioses del trampolín ¡también
cometen errores!
Falla Sautín y recibe solamente 65.10 puntos por su
último clavado. El murmullo y gestos de decepción
aparecen en las tribunas. No, hoy no ha sido el día
del excelso y poderoso clavadista ruso.
Y Fernando, ¡sigue en primer lugar!...
En las tribunas, callan los rusos; los mexicanos festejan...
Recuerda Fernando aquellos momentos:
–Al fallar Sautín vi una amplia sonrisa en Jorge,
quien prudentemente sólo me dijo: ‘espérate,
falta otro’. Descansa, pues, el mexicano. También
Sautín, en la fosa de relajación, ya que sabe
que ha perdido todo... o casi todo. Pero, no ha concluido
la lucha; las medallas están aún en juego.
Toca turno al chino Xiong, campeón en la justa de Atlanta
‘96. Y se enfila al trampolín. Para él
es, ahora, toda la presión... Pero el asiático
quiere ser bicampeón. Y va por la medalla. La ejecución
de su salto ha sido excelente, magnífica, y los jueces
así lo aprecian. Obtiene 81.60 puntos.
Ya. Todo ha terminado...
Se inicia, como siempre, el momento crucial para todos los
ahí presentes: las cuentas... El lápiz y el
papel quedan en el olvido; hoy son modernas computadoras que
llevan matemáticamente cada salto.
Platas acumula 708.72 puntos... ¿Empatados? No. Apenas
treinta centésimas de punto lo separan de Xiong, quien
así revalida el título que logró hace
cuatro años. En la pantalla y en el tablero aparece
Xiong primero. Suyo es el oro.
El ruso Sautín termina con 703.20 puntos y se queda
con el bronce.
Termina la prueba. Cada quien obtiene lo que merece...
Acarició Fernando el oro... Sí. Quedó
muy cerca. A escasas décimas de punto de la gloria
olímpica, en la final de salto desde el trampolín
de tres metros.
No me arriesgué: Platas
Recuerda hoy Fernando:
–No arriesgué mucho en el salto final. Aunque
el ruso realizó un salto de mayor grado de dificultad,
falló y perdió la medalla de oro. Recuerda,
Fernando, aquellos momentos en el Acuatic Center de la capital
olímpica.
–Minutos después, el presidente Ernesto Zedillo
me llamó vía telefónica a Sydney para
felicitarme.
Y me dijo: “El gran triunfo es tuyo, es producto de
tu disciplina, de tu esfuerzo, de tu dedicación al
deporte, de tu conducta como joven, en ti tenemos un estímulo
más para los jóvenes mexicanos”.
En la llamada telefónica, durante la transmisión
del noticiario televisivo “Primero Noticias”,
el mandatario le indicó, no obstante, que en la reñida
competencia, la presea “pudo haber sido de oro... pero
tienes toda una trayectoria en esfuerzo, en trabajo tuyo,
sobre todo tuyo”.
El clavadista expresó en la conversación con
el jefe del Ejecutivo que “se trata de dar lo mejor
como mexicanos y hay que agradecerle a usted por todo el apoyo;
esto es para México, para que lo disfrute la gente,
lo goce y aquí estamos”.
Horas después, ya recuperado del éxtasis por
haber alcanzado el segundo sitio y con ello la medalla de
plata, Fernando indicó a los reporteros en Sydney que
estaba contento porque “para eso he trabajado”
y desde luego que la medalla de plata “es una recompensa
a lo realizado”, ciclo que culmina con la actuación
deseada desde antes de subir al trampolín.
–Estamos haciendo lo nuestro y nada más. Es una
satisfacción que podamos dar este triunfo a México,
–expresó emocionado el clavadista, para quien
la alberca del Centro Acuático Internacional de Sydney
no es desconocida, porque en enero pasado, en esta misma piscina,
logró su calificación a la justa olímpica.
Apuntó Platas que el simple hecho de estar en el máximo
certamen deportivo es de agradecerse y además a su
entrenador Jorge Rueda, que siempre ha estado detrás
de él para corregirlo y enseñarle los secretos
que tiene este deporte.
–Tengo que agradecer a todos, a Jesús Mena, a
Carlos Girón y, desde luego, a Jorge Rueda, que hoy
por hoy es el mejor entrenador en México, –sostuvo
Platas. Siempre sereno y sin llegar al llanto por la emoción,
el clavadista tomó las cosas con tranquilidad. Se vio
maduro. –La verdad, esto es un triunfo para México.
Espero que todo mundo lo disfrute, para que toda la gente
allá esté contenta por lo que hacemos.
Para Fernando, tener la medalla significó alegría,
gozo y responsabilidad, además fue algo con lo que
siempre soñó.
–Estoy muy orgulloso y me da mucha satisfacción
este logro en mi tercera participación olímpica.
Nadie más en el mundo anhelaba esta medalla como yo,
–dijo Fernando al final de la competencia.
La virtud de Platas, doble campeón panamericano en
1995 y 1999, fue haber cumplido con una gran actuación
y consistencia en todos sus saltos.
Apunta el clavadista, al recordar aquellos instantes en Sydney:
–Se definió la competencia por un suspiro, y
de eso se trata, para eso son los Juegos Olímpicos...
Mi sueño siempre fue estar ahí, peleándolo,
sacar la casta y sacar la actitud.
Platas, de 27 años, participó por primera vez
en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992, cuando
no pudo clasificarse a la final debido a que tenía
lesionadas ambas muñecas. En Atlanta, en 1996, se ubicó
en la octava posición en el trampolín de tres
metros.
–En verdad –dijo Fernando a los reporteros–
estoy tranquilo, muy sereno. Lo he disfrutado mucho y esta
medalla es de todo el equipo.
En efecto, había cumplido su sueño.
Un sueño que empezó a los 9 años de edad.
Y que culminó ahora, a sus 27 años de edad,
en el podio del Centro Acuático de Sydney.
–Llevo toda la vida soñando con algo así
y por fin se ha hecho realidad. Este éxito me llena
de orgullo y alegría, pero también de responsabilidad.
Hemos trabajado con mucha constancia, pero también
hemos aportado mucha calidad. Esta prueba la hemos preparado
a conciencia.
Hemos cuidado mucho la seguridad, pero sin dejar a un lado
la calidad técnica. Ambas cosas nos han dado la medalla
de plata.
Un sueño hecho realidad
Recuerda ese, su día, y el gozo por el momento olímpico:
–Tras las eliminatorias por la mañana regresamos
a la habitación con mi entrenador Jorge Rueda y con
Jesús Mena. Descansamos y vimos algunos partidos de
volibol en la televisión. Me dormí un rato y
cuando desperté ya era hora para regresar al entrenamiento.
Llegamos y entrenamos.
Durante la competencia siempre me mantuve tranquilo, enfocado
en hacer bien el trabajo. Parecía que todo iba corriendo
despacio.
Con mucha serenidad planee mis clavados, busqué lo
que tenía que hacer. Después, vino la conferencia
de prensa, las entrevistas, los flashes. En la noche, viendo
la tele aún no me caía el veinte. Todo pasaba
en mí en completa calma. Yo veía a la gente
emocionada, pero yo me mostraba tranquilo.
Fue un sueño profundo el de aquella noche del martes
26 de septiembre.
Y al llegar el alba, despertó. Abrió los ojos...
y de un salto bajó de la cama. Apresurado, corrió
hacia la maleta, hurgó entre sus cosas y, efectivamente,
ahí estaba. Lo cegó, por un breve instante,
el fulgor de la medalla de plata. Sí, sí la
había ganado en la víspera. La tomó entre
sus manos, la acarició, la besó, se la colgó
al cuello y sonrió... –Corrí hacia la
maleta, busqué la medalla y ahí estaba. La encontré...
no, no había sido un sueño.
Se mantiene aún la sonrisa impertérrita, que
parece ya instalada para siempre en los finos labios del afilado
rostro de Fernando, cuyos negros ojos se iluminan y bailotean
al recordar meses después su proeza en los Juegos Olímpicos.
Dice Platas hoy:
–Siempre me mantuve tranquilo, antes, durante y después
de la competencia. Nunca se me fue de la mente estar tranquilo
y no perder la serenidad. Siempre mantuve la ilusión
de ganar. A diario sentía que estaba trabajando para
ello...
Un justo premio, en su tercera Olimpiada; un premio a su persistencia.
Fernando alcanzó la cima de su ya larga y fructífera
carrera deportiva...
–Siempre se trabaja para ganar el oro y a veces el resultado
es otro. Siempre se tiene la ilusión y la mentalidad
para algo mejor. No se inventan cosas en la competencia. Todo
se hace en el entrenamiento, donde verdaderamente se ganan
las medallas. Ahora me tocó la de plata y no pierdo
la esperanza de obtener algún día la dorada
presea. Sueño con estar en Atenas en 2004 y esperar
el momento oportuno y el mejor momento es a la hora de la
competencia. Esperar como el cazador que está al acecho”.
El ejemplo de sus hermanos
La vocación deportiva le nació a Fernando del
ejemplo de sus hermanos Enrique y Esperanza, quienes fueron
grandes nadadores: en los años 80 fueron seleccionados
nacionales en varios eventos.
Los años de mocedad de Fernando se desarrollaron en
la tienda de tornillos de su padre y en un ambiente deportivo,
de viajes con la familia y los hermanos a competencias de
selectivos nacionales y centroamericanos. Las vacaciones de
la familia Platas eran selectivos a Veracruz y Monterrey.
Don Fernando padre, recuerda de su hijo Fernando:
–El iba de pegoste. Decían que era el consentido,
porque se hospedaba en los mejores hoteles; mientras sus hermanos
iban a la guerra, a luchar, él descansaba tranquilo
y se la pasaba jugando.
Sus hermanos Enrique y Esperanza dejaron el deporte y optaron
por estudiar una carrera en el Tecnológico de Monterrey.
Y entonces la familia Platas volteó hacia lo que les
quedaba: el pequeño Fernando.
Don Fernando:
–Le decíamos a Fer que tenía que nadar.
Aceptó y empezó a entrenar. Recuerdo que fue
a una competencia en Satélite y obtuvo una medalla
de bronce. Estaba muy contento. Al llegar a casa, al pie de
la escalera, me entregó la presea y me dijo: “papá,
aquí está tu medalla, y no voy a seguir dando
vueltas como tonto en la alberca, no voy a seguir entrenando”.
Asienta Fernando con una sonrisa como disculpa:
–No me gustaba la natación. Mis padres me llevaban
por mis hermanos y me comentaban: “Imagínate
cuando ganes una medalla como tus hermanos”. Yo le respondía
que no me gustaba.
Era Fernando un chiquillo flaco en cuyo espigado cuerpo sobresalía
una pancita.
Recuerda el padre que su pequeño hijo le salía
al paso, levantaba los brazos y le gritaba: “mira, papá,
mi músculo”.
Don Fernando siempre ha sido respetuoso de las decisiones
de sus hijos y lo fue también en la decisión
de Fernando. El niño ya no quiso nadar y se la pasaba
jugando en casa: corriendo, viendo televisión, saltando
en los sillones.
Los recuerdos arrancan una sonrisa a Fernando.
–Era muy inquieto y muy fantasioso. Me disfrazaba de
Batman, de indio con plumas y de los personajes de la Guerra
de las Galaxias. Imaginaba estar de repente un día
en una nave interplanetaria y otro viendo las caricaturas,
inventando una manera diferente de verlas. La imaginación
era mi límite.
En efecto, el pequeño Fernando sólo quería
hacer travesuras. Hacer y deshacer era su mundo. No pasaba
por su mente ser alguien en la vida, sólo hacer lo
que hacía su papá: vender tornillos.
Atenas, sólo un quinto lugar
He aquí una breve crónica de lo sucedido la
noche del 24 de agosto de 2004:
El reloj electrónico marca las 22:52 horas.
Hay acción en dos escenarios olímpicos.
Dos mexicanos captan la atención en Atenas:
En el Centro Acuático, Fernando Platas está
en el trampolín de tres metros, dispuesto a ejecutar
su sexto y último salto de la noche, su último
clavado olímpico; mientras que en el Estadio Olímpico,
en ese instante, Ana Gabriela Guevara llega en segundo lugar
y obtiene la medalla de plata en los 400 metros planos, la
primera, en esos momentos, para la delegación mexicana.
El salto de Platas exige estricto silencio: 2.5 vueltas al
frente con dos giros.
Se encamina Fernando por la tabla... y hace contacto con el
agua, al tiempo que en la tribuna surge un grito de júbilo
porque Ana Gabriela ha obtenido la presea y porque Fernando
ha terminado, bien, su competencia.
En el rostro del clavadista se refleja una leve mueca, seguida
del puño derecho cerrado y dirigido hacia lo alto.
Ha terminado Fernando. Lo sabe. Y sale de la alberca para
encontrarse con su entrenador y maestro, Jorge Rueda, quien
lo ha acompañado en sus aventuras olímpicas.
Ambos se funden en un abrazo. Esta vez no hay medalla, pero
tampoco tristeza; en ambos se nota la satisfacción
del deber cumplido.
Un toque de emotividad se dio por este tan significativo momento:
participantes y entrenadores fueron al encuentro del mexicano,
y lo abrazaron en señal de admiración, ya que
sabían que era el momento del retiro, como posteriormente
se dio con el ruso Dimitri Sautín.
–Me miré al espejo cuando salí de la alberca
a ver si había hecho bien mi trabajo y me dije que
sí, que había cumplido – relató
al final.
Era el adiós a un grande...
Mexicano. Heredero de las
glorias que un día inició Joaquín Capilla,
al que le siguieron Juan Botella, Alvaro Gaxiola, Carlos Girón,
Jesús Mena, entre otros.
Al concluir la prueba, sólo los expertos podían
evaluar la exigencia de la competencia. De los 12 finalistas,
seis sumaron más de 700 puntos.
–Fue una competencia bárbara y me alegro de haber
sido parte de ella. No es normal conseguir 700 y quedar en
el quinto lugar –destacó el mexicano, quien se
notaba tranquilo al concluir la prueba, satisfecho consigo
mismo.
–Esta es una de las mejores formas para retirarme. Cuando
te das cuenta que haz dado el ciento por ciento, uno siempre
queda satisfecho. Por eso estoy más que tranquilo,
satisfecho y feliz, porque estos Juegos Olímpicos los
he disfrutado más que ninguno.
–¿Triste por no ganar otra medalla? –se
le preguntó.
–Estar en una final con esta calidad implica mucho.
Hubiera querido ganar más, pero di lo mejor de mí.
Los seis saltos los disfruté como siempre lo he hecho,
entregando todo. Lo más importante de este momento
es que dejo un buen ejemplo. Recibí buenos ejemplos,
tomé la estafeta de los clavadistas mexicanos y creo
que no fallé; ahora ahí está... que la
tome quien quiera ser el mejor.
Fragmentos
de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos,
editado por la Conade y EL UNIVERSAL.
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