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Bejarano, de 19 años, llevó a cabo una gran pelea a pesar de la derrota y fue siempre el que atacó y arriesgo más, para que su rival, al final se llevase más puntos
Sidney
  Soraya Jiménez Mendívil Noé Hernández Valentín
  Fernando Platas Alvarez
  Joel Sánchez Guerrero
Víctor Estrada Garibay

Cristian Bejarano Benítez

Bronce en Boxeo / De 57 a 60 kg.

Cristian Bejarano busca el espacio ante Gilbert Khunwane, de Boswana, su segundo rival en la junta olímpica.
ARCHIVO EL UNIVERSAL

  Ficha Técnica
 

Cristian Bejarano Benítez
Boxeador
Medalla de bronce
Juegos Olímpicos: Sydney, 2000
Fecha de nacimiento: 25 de julio de 1981
Lugar de nacimiento: Chihuahua, Chihuahua.
Especialidad: De 57 a 60 kg.

» El sueño olímpico
» Los celos por Bojado
» Explosiones en La Malinche
» Adiós al oro
» Una medalla para el abuelo
» Y la novia, también olímpica

Sydney, Australia
26 de septiembre de 2000


Sydney vivía sus últimas horas olímpicas.
El fuego estaba a punto de extinguirse.
Ya los atletas preparaban sus maletas para regresar a casa.

Pero, en el boxeador mexicano Cristian Bejarano el fuego de la competencia todavía no se había apagado. Había vencido a Gilbert Khunwane, de Botswana y al rumano George Lungu...

–“Sigue vivo”– dicen los que hablan de boxeo.
Ya Liborio Romero, Daniel Ponce de León, Francisco Bojado, César Morales y José Luis Zertuche habían sido eliminados en cuartos de final. Se habían quedado a un triunfo de la medalla, a un pasito de la gloria. Y sólo faltaba Cristian, en peso ligero.

En él estaban, pues, depositadas las esperanzas del boxeo olímpico mexicano. De no regresar con las manos vacías... de continuar esa vieja tradición de dar metal al país, desde aquel 1932 cuando don Francisco Cabañas inició en Los Ángeles la colección de once preseas.

Aquel 26 de septiembre, el mundo conoció la noticia: El mexicano Cristian Bejarano aseguró hoy la medalla de bronce en la división de los 60 kilogramos del torneo de boxeo de los Juegos Olímpicos de Sydney, al imponerse por 14-12 al kirguís Almazbek Raimkulov, en el Centro de Exhibiciones, que lució pletórico.

Además, esa noche, Cristian entró al cuadrilátero con un estímulo adicional.
Recuerda: –“Antes de la pelea me dijeron lo de (Fernando) Platas y eso me dio más ganas. En los últimos cuatro años, en lo único que pensaba era ser medallista olímpico. Para eso me preparé todo ese tiempo, alejado de mi familia, pero con ese sueño vivo en cada entrenamiento, en cada pelea, en cada torneo...”

La presea de Fernando desató la euforia en la delegación mexicana...
Pero, esa noche, Bejarano Benítez quería algo más que esa medalla de tercer lugar. En México, pocos creían en él. En Estados Unidos, algunos expertos lo daban entre los favoritos. Y eso era, para él, el mejor acicate. Probar que en efecto, tenía las cualidades boxísticas para estar en el podio olímpico.

Ya la medalla de bronce descansaba sobre su pecho. Mas ...

Sydney, 28 de septiembre. El mundo conoció la noticia: El ucraniano Andriy Kotelnyk acabó con las esperanzas de México de llegar a su primera final desde Los Ángeles 84, al imponerse hoy 22-14 a Cristian Bejarano, en una de las peleas de semifinales en la categoría de los 60 kilogramos, en pelea realizada en el Centro de Exhibiciones de Sydney.

Con un boxeo menos espectacular y también menos preciso, el ucraniano se enfiló a la final gracias a la colaboración de los jueces, que no calificaron de la misma manera los impactos del mexicano y eso provocó la diferencia tan amplia en el resultado.

El sueño olímpico
Desde que lo vio pararse en el ring, Francisco Bonilla tuvo fe en Cristian.
En aquel gimnasio de Tijuana, sede del campeonato nacional junior, dos boxeadores llamaron la atención del avezado entrenador de Tepito y asistente del titular nacional, Vicente Torres: Cristian Bejarano y Liborio Romero.

Muy pronto sabrían quién era aquel muchacho espigado, con cara de niño bueno, tranquilo, originario de Chihuahua.

Era sobrino de don Sacramento y Ernesto Benítez, impulsores del boxeo de aficionados en la capital chihuahuense, en el modesto gimnasio “Niño nuevo” en el barrio Emiliano Zapata, tan bravío como el que más. Además, Contreras escuchó palabras de elogio de Víctor Armendáriz, presidente de la asociación chihuahuense, sobre la disciplina y las facultades del chamaco.
Emprendería Cristian el largo camino olímpico, ya en la Ciudad de México, alejado de su familia, de su madre y sus dos hermanas, pero –principalmente– de su abuelo, don Sacramento, figura paterna tras la separación de sus padres.

Recuerda Bonilla: –“El llegó muy jovencito. Tenía apenas 15 años. Y siempre mostró un carácter muy fuerte. No era fácil, a esa edad, estar fuera de casa, lejos de su familia, pero siendo muy joven Cristian aprendió a madurar y eso para mí significó buena parte de su éxito.
La modestia de Bonilla también fue parte esencial en el proceso. Se convirtió en su amigo, en su confidente, en su entrenador...

“Para Cristian yo era, simplemente, el profesor…” El profesor amigo. O simplemente, el hombre en quien confiar.

Recuerda don Francisco Bonilla: “A veces me subía a descansar con ellos después del severo entrenamiento de las mañanas, y un día me encontré a Cristian llorando en su habitación. ¿Qué tienes?, le dije. Apenas y me respondió: que se sentía raro por estar fuera de su casa... Como los demás se dieron cuenta, de inmediato vinieron las bromas: le empezaron a decir el chillón, y así se le quedó.

Pero –puntualiza Bonilla– Cristian no les hizo caso, no se enojó. Cuando estaba triste, yo sabía que era el momento en que recordaba mucho a su abuelo, don Sacramento, quien prácticamente fue un padre para él, quien le inculcó los valores que Cristian mantuvo y mantiene hasta el día de hoy. La mejor receta para quitar la depresión fueron los entrenamientos. A golpear el costal, la pera... Saltar la cuerda, correr en la pista. Trabajar y trabajar, sin la menor queja”.
Cuando Cristian andaba triste, recurría a Bonilla:

“Yo siempre le insistí que el sacrificio que estaba haciendo no iba a ser en vano. Que se preparara teniendo esa meta de hacer bien las cosas y lograr que mejoraran, que ya después él iba a cosechar buenos resultados, que él iba a ser el único beneficiado. Que yo sabía que era fuerte, que el entrenamiento muy pesado, que las ayudas eran escasas, pero que era necesario esperar…

“A él le daban una beca de 300 pesos, y me decía: “Eso no me alcanza ni para la pasta”. Y yo le contestaba: “Tú no puedes enojarte por eso, sino demostrar que mereces más”. Mi argumento era: “A medida que vayas mejorando, verás que las ayudas serán mejores”.

De esta forma, a medida de que transcurrieron los meses, que mejoró en cada torneo, le aumentaron la beca y le empezó a ir bien. Para el grupo de boxeadores, sólo había una meta: los Juegos Olímpicos de Sydney, en el año 2000. Parecía muy lejano, pero...

Bonilla: “Como todos, Cristian tenía sus gustos, pero a diferencia de muchos, lo que lo distinguía era que era muy disciplinado, tranquilo, serio. Era fanático de la música grupera. El conjunto Primavera le encantaba. Solía entonar algunas canciones, pero alejado de sus compañeros”.
Bonilla: “Él nunca trajo tatuajes ni aretes. Fue muy formal. Nunca quiso raparse...”

Para Cristian y para el resto, el tiempo de selección olímpica empezó a acortarse. Los Panamericanos de Winnipeg ‘99 estaban en puerta: “Yo, como lo conocía tan bien, entendí que aquel momento fue definitivo. Cuando ya estábamos en Canadá y nos fuimos al gimnasio para la función, él se fue a sentar hasta atrás del camión. Iba cabizbajo. Le hablé y le dije que si no iba con ánimo, que mejor se bajara. Que no debía tener temor o miedo, que tenía que ser el Cristian de siempre.

El se me quedó viendo, esbozó una sonrisa y empezó a cantar. A partir de ahí fue el Cristian de siempre”.
-¿Y lo hubiera bajado del camión?

- No, si él hubiera querido, él mismo se hubiera bajado. Cuando empezó a cantar fue la señal que todo en él había cambiado, que en el ring sería el de siempre. En Winnipeg, una controvertida decisión de los jueces lo privó de tener un mejor metal. Ganó la medalla de bronce al ser eliminado por el púgil local, La Froamboa”.

Los celos por Bojado
No lo sabría el Borrego Torres, entrenador nacional, pero su tibia actitud hacia Cristian beneficiaría más al boxeador. Sucedió que Torres prefirió a Francisco Bojado, un chamaco dos años más joven que Bejarano.

Bojado había nacido en Guadalajara, pero desde niño se fue con su familia a Los Ángeles.
Bonilla: “Lo que pasó en Cristian fue que, como tenía más tiempo, sintió que era desplazado cuando llegó Bojado. Él se dio cuenta que el profesor Torres le tenía más aprecio al recién llegado, le tenía un exceso de confianza e, incluso, en una entrevista con los reporteros, el Borrego hablaba maravillas de Bojado. Decía: Parece que Bojado tiene un radar porque se quita todos los golpes...
Y Cristian, acá, decía: Yo no seré un radar, pero yo voy a ganar una medalla olímpica”.
Bojado era tapatío, pero avecindado en Los Ángeles.

Lo que sucedió fue que Cristian era un gran nacionalista, orgullosamente chihuahuense y creyó que Bojado, ciertamente mexicano pero que vivía en Estados Unidos, lo iba a reemplazar. No hubo un problema personal entre ellos. Cristian tenía buen corazón, pero se rebeló en esos momentos porque creía que se iba a cometer con él una injusticia.

El único problema que tuvo que sortear Cristian fue la lesión en los nudillos de la mano izquierda.
El doctor lo dejó listo para pelear. Incluso se llegó a pensar que no podría participar en los juegos de Sydney, pero la ciencia médica lo dejó listo.

Bejarano: “Estaba mentalizado para llegar a la final, queríamos algo más pero no se pudo. Pensé que siempre estuve sobre él, que tenía una guardia muy cerrada, que no tiraba golpes muy fuertes y yo, en cambio, lo conecté sólido en varias ocasiones. Venía por una medalla de oro, pero no se pudo”.

Explosiones en La Malinche
La concentración de peleadores olímpicos en el centro vacacional del IMSS, La Malinche, fue vital en las aspiraciones de dirigentes, entrenadores y boxeadores.

Bonilla: –“Ahí se hizo un gran trabajo físico, pero sobre todo anímico. Nos retroalimentamos con los triunfos y las derrotas, como la mejor forma de pensar en los juegos de Sydney. Yo le decía a Cristian: “Si no es ahora, no será nunca. Es el momento más importante para ti... Siempre, que por una cosa u otra, no hemos llegado a la victoria total, pero si no entiendes que tienes que echar mano de todas esas experiencias, no vas a hacer nada en Sydney. También en La Malinche”.

Cuenta Bonilla: “Una tarde, Cristian y Liborio se fueron al pueblo y compraron unos cuetes. Y ya en la noche, cuando muchos ya estaban dormidos, se subieron a la azotea y por las chimeneas empezaron a echarlos.

“Tras las explosiones, en ese silencioso centro vacacional, sitio de la concentración preolímpica, muchos salieron de las cabañas en calzones, mientras Cristian y Liborio se caían de la risa. Ambos formaron una gran mancuerna, para las cosas buenas y las malas en su preparación olímpica”.

Para la justa olímpica, la preparación del equipo había sido más que aceptable. Bejarano tuvo más de 100 peleas, entre internacionales y nacionales –concluyó con récord de 104-15 en su paso como aficionado–, pero su principal atributo era la precisión de sus golpes y su estilo combinado, una mezcla del europeo y el coraje de los mexicanos.

Adiós al oro
“Cuando él empezó a pelear y ganar en Sydney, siempre venía a mí y me decía: Profesor, enséñeme el organigrama de las peleas”.

“¿Para qué? Cuando vayas al ring lo sabrás. Cada pelea será una final... para ti y para todos no hay un mañana”. La motivación en el equipo de boxeo fue excelente. Los demás empezaron muy bien hasta llegar a la pelea de cuartos de final... Y el ánimo estaba en las nubes.

28 de septiembre, en la primera semifinal: Crónica que difundió al mundo la agencia española EFE: “El sueño del boxeador mexicano Cristian Bejarano de conseguir la medalla de plata o de oro en los Juegos Olímpicos de Sydney no pudo hacerse realidad al perder por puntos, 22-14, frente al ucraniano Andriy Kotelnyk en la semifinal del peso ligero (60 kilos) del torneo de los Juegos de Sydney.

“Bejarano, de 19 años, llevó a cabo una gran pelea a pesar de la derrota y fue siempre el que atacó y arriesgo más, para que su rival, al final se llevase más puntos. “De nuevo el estilo europeo de meter con rapidez los guantes y luego irse para atrás dio resultado de cara a los jueces, que cada día son más abucheados por los espectadores que acuden al Centro de Convenciones de Sydney.
“Lo único que puedo decir es que tuve que arriesgar para intentar meter mis golpes y por lo visto no contaron como los de él, –declaró a EFE Bejarano.

“Honestamente, me sentía que iba ganando la pelea, pero no puedo hacer nada por cambiar el veredicto”. En ese combate, Bejarano volvió a mostrar una gran movilidad y su depurada técnica, pero su entrega y colocación de golpes se hizo merecedor sólo al apoyo y ovación que recibió por parte de los espectadores, que abuchearon al ucraniano cuando finalizó la pelea.

Bejarano: “El triunfo se lo dedico a mi abuelo, que fue quien me inició en mi carrera boxística.
Siempre estuvo cerca de mí, y me da gusto decirlo: soy su esperanza, de sacar adelante el orgullo y gracias a Dios me inculcó buenas bases y aquí estamos…”.

Cristian: “A pesar de la derrota me sentí muy feliz por lo conseguido en esos Juegos: la medalla de bronce, algo que nadie creía que fuese posible porque pensaban que otros compañeros, más que yo, lo podían hacer. Este triunfo confirmó que me preparé muy bien y que dejé en alto el nombre de México”.

La derrota de Bejarano no minimizó el festejo entre los mexicanos. Tampoco minó en él su satisfacción de inscribir su nombre en la historia olímpica.

“La verdad, siento que es un orgullo que mi nombre entre a formar parte de la historia del boxeo olímpico de México. Creo que lo di todo y estoy satisfecho con el esfuerzo, máxime que el rival que me ganó no demostró que fue superior a mí en el ring”.

Una medalla para el abuelo
Cristian había vivido resentido con su padre.

Prefería no hablar de él. Su familia era su madre, dos hermanas y sus abuelos. Incluso, cuenta Bonilla: “Cristian se enojaba cuando uno lo inscribía en un torneo o en algo que llevara su nombre.
Ponle sólo Benítez, refunfuñaba”. No tuvo buena relación con su papá. No lo recordaba.

Bonilla: –“Le decía: Tú eres Bejarano. Ese señor siempre será tu papá. Tienes el apellido, estás registrado, así que no se puede cambiar...” Cristian se crió con su abuelo. La separación de sus padres fue frustrante.

“Si de él dependiera –dice Bonilla– se hubiera cambiado el nombre, sería Cristian Benítez. Me decía casi con rabia: “Ponle Benítez, no Bejarano”.

Y la novia, también olímpica
Gonzalo Ruiz Tovar, reportero de la agencia alemana DPA, enviado a Sydney, entrevistó a la judoka mexicana Adriana Ángeles, quien tuvo una participación breve en Sydney: derrotada en su primer combate, pero esa noche saboreaba como la que más la obtención de una medalla por Cristian y para México.

“Mira, mira, me mandó un beso, ¡ay!” decía Ángeles retorciéndose de alegría después de que su novio le dedicara, desde lejos, el triunfo que consiguió sobre Almazbek Raimlulov, de Kazajstán, con el que se asegurara una medalla olímpica en los 60 kilos.

Después, hubo unos besos que casi hicieron sonrojar a los periodistas presentes, pero al fin y al cabo era el momento de gloria para el humilde muchacho de Chihuahua, de 19 años, que se había hecho ya un lugarcito en la historia del deporte mexicano.

“Tuve muchos nervios en toda la pelea. Sentía algo así todo raro. Mira, estoy sudando” contaba la extrovertida judoka, de 21 años, a los periodistas tras el combate.

Bejarano y Ángeles eran novios desde algunas semanas atrás, aunque recién en Sydney se hizo público el asunto. De hecho, fue ella quien le trajo el agua bendita que le regaló un cura francés y que bebía el pugilista antes de cada pelea. Eso era hasta hoy un secreto. De lo que no se dio cuenta la judoka mexicana fue que los pensamientos de su hombre adorado estaban por otro lado.

Decía Cristian: “Ahora pienso en mi abuelo, Sacramento Benítez. Es el papá de mi mamá. Mis papás son separados y él fue prácticamente el que me crió. A él le dedicó esta medalla... Ya me imagino cómo estará mi familia allá en Chihuahua. ¡Deben estar celebrando!”

La felicidad en Cristian era desbordante. A todo el que se le acercaba le decía, con vehemencia:

–“¡No le fallé a mi abuelo, esta medalla va para él! Era su esperanza...Me siento sumamente emocionado y satisfecho de haberle cumplido, así como también a toda la gente que confió en mí”. Indicó que fue su abuelo el que le inculcó las buenas costumbres y el gusto por boxear, desde los 11 años de edad.

“Él me llevaba al gimnasio y de hecho fue mi primer entrenador. Sé que ahora mismo, como yo, está disfrutando este triunfo y la conquista de una medalla, pero voy por más, voy al menos por la plata...” Bejarano Benítez advirtió: –“Yo quiero el oro, ¿a quién no le gusta el oro?”– decía, dejándole a su entrenador, Vicente Torres, toda la responsabilidad de planear el siguiente combate.

“Yo estoy muy bien preparado” –apuntó.

Pero Torres, que reconocía la dureza del rival, se declaraba optimista.
“Confío mucho en Cristian, es joven y está en el boxeo porque le gusta, no como otros muchachos de su edad que están en el boxeo porque sus familias los obligan”. Vicente Borrego Torres no cabía de alegría.

Ante los reporteros, expuso: “Todas las medallas se gozan casi de la misma manera”.

Pero no. En esta ocasión, el mánager festejó a lo grande el triunfo de Cristian... como aquel que vivió con Mario González, en Seúl 1988, cuando ya como responsable del equipo tuvo la emoción de ganar una medalla de bronce en peso mosca. Con muchos años de experiencia como manejador, Torres reconoció que en especial este triunfo de Bejarano le dejaba una gran satisfacción por la manera en cómo y ante qué rivales se consiguió.

Fragmentos de textos tomados del libro Medallistas Olímpicos Mexicanos, editado por la Conade y EL UNIVERSAL.

 

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