Frederick Carlton Lewis
nació el primero de julio de 1961, en Birmingham,
Alabama, donde nació Jesee Owens, y el deporte
fue para él, más que un legado, una herencia
genética: Su padre fue un jugador de futbol americano,
su madre saltadora de vallas (sexta en 100 metros con
vallas en los Panamericanos de Buenos Aires 1951); su
hermano Cleve ingresó al futbol europeo, su otra
hermana, Mackie, fue récord de Alabama en 200 yardas,
y la pequeña Carol se volvería saltadora
de longitud.
De ella, que toca siete instrumentos, heredó su
pasión por la música: Carl, antes de convertirse
en ‘El hijo del viento’, estudió ballet
y música, e incluso grabó un disco de rock.
Pero la herencia que se impuso fue la física sobre
la musical. Una tarde, competía Carl en el torneo
atlético infantil. Un hombre, al verlo, no dudó
en acercarse: ¿Realmente te gusta el atletismo?
Carl asintió.
Entonces, disfrútalo.
Cuando preguntó a su padre de quién se trataba,
su padre le respondió: Jesse Owens, ganador de
cuatro medallas olímpicas de oro.
Según los expertos, Carl Lewis es el mejor atleta
de todos los tiempos: al menos matemáticamente,
pues obtuvo diez medallas olímpicas, nueve de oro.
Y pudieron ser más, pues en 1980 se clasificó
para los Juegos de Moscú, pero el entonces presidente
Jimmy Carter canceló la participación de
Estados Unidos como protesta por la invasión soviética
de Afganistán. El boicot sería devuelto
cuatro años más tarde.
Así que en Los Ángeles 1984, Lewis ganó
cuatro medallas de oro: en los 100 metros planos, 200
metros planos, salto de longitud y relevos 4x100, duplicando
la actuación olímpica en 1936 de Jesse Owens.
En 1988, durante los Juegos de Seúl, ganó
dos de oro: en los 100 metros planos (tras la descalificación
de Ben Johnson) y en salto de longitud.
En 1991 el equipo estadounidense en el que participó
Lewis batió dos veces el récord del mundo
en los relevos de 400 metros. En agosto de 1991 superó
el récord de los 100 metros con 9.86 segundos,
en Tokio. En 1992, en Barcelona, ganó dos medallas
de oro, en relevos 400 metros, y en salto de longitud.
Cerró su trayectoria de éxitos olímpicos
en Atlanta, en la que, con 35 años y contra todo
pronóstico, consiguió vencer de nuevo en
la prueba de salto de longitud. Antes de él, sólo
su compatriota Al Oerter, lanzador de disco, había
logrado nueve medallas de oro en la misma disciplina.
Sus nueve oros le convertían, junto con Paavo Nurmi,
en el atleta más laureado de la historia olímpica
y le situaban como cuarto deportista en alcanzar nueve
medallas de oro, cifra nunca superada. Por su velocidad
de vendaval dejó de ser la ‘Pantera Negra’
para convertirse en ‘El hijo del viento’.
Delgado, sin una musculatura prominente, cuando corría
era un rayo. Erguido, la cabeza alta, los brazos en acompasado
ritmo, sin dar signos del menor esfuerzo.
Pronto comenzó a sobresalir en el atletismo de
su país americano, llegando a ser, durante los
años ochenta, el primero del ranking mundial tanto
en los 100 metros planos como en salto de longitud, así
como segundo en los 200 metros planos.
Lewis siempre estuvo a favor de la denuncia permanente
del dopaje, y lamentó que grandes ídolos,
como luego se comprobó con el canadiense Ben Johnson,
hicieran trampas al competir contra "atletas limpios",
como él se consideraba.
Paradójicamente, sus medallas de 1988 de las dos
pruebas de velocidad le fueron otorgadas por la descalificación
por dopaje de Johnson.
Tercero de cinco hijos, pasó su niñez en
Willingboro junto con su hermana Carol; observó
ganar a Bob Beamon en los Juegos de México 1968
y quedó impresionado con el salto de 8.90 metros;
combinó los instrumentos musicales, bailó,
cantó e incursionó en el balompié,
el futbol americano, la natación y el atletismo,
cuando sus padres le construyeron una pista a un lado
de su casa. A los 12, después de cantar en el coro
de la iglesia, tropezó y se hirió profundamente
en la rodilla derecha. El tendón estuvo a punto
de ser cortado. Los doctores hicieron el milagro: lo curaron
y él partió raudo, a la cita con ese vendaval
que lograba en cada carrera. |