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Jesse Owens
Resplandor negro frente a los nazis
Archivo EL UNIVERSAL
Los encendidos discursos de Adolfo Hitler callaron ese 4 de agosto de 1936, ante las morenas piernas de Jesse Owens.

Eran los juegos Olímpicos del orgullo ario. Los alemanes consiguieron más medallas que ninguna otra selección, sin embargo el recuerdo y la gloria se centraron, al fin, en ese hombre de piel oscura que llegó a Berlín a finales de julio, y que tuvo momentos espectaculares —cuatro medallas de oro— en la pista olímpica ante la mirada atónica del Führer.

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El conde de Baillet-Latour, sustituto del barón Pierre de Coubertin en la presidencia del Comité Olímpico Internacional, había advertido a Hitler: “Ruego a usted considere que es aquí, en los Juegos Olímpicos, un huésped y no un organizador. El organizador es el COI, que velará para que estos Juegos se desarrollen sin propaganda política...”.

La mezcla de planos —lo ideológico y lo deportivo— fue inevitable. El saludo olímpico se confundió con el de los nazis. Cuenta, por ejemplo, Andrés ‘Calavera’ Gómez, parte del equipo mexicano de basquetbol que asistió a la olimpiada de Berlín: “Ahí íbamos, desfilando entre aplausos y gritos. Y que llegamos frente al palco de honor y conforme lo que estábamos acostumbrados, hicimos el saludo olímpico: levantamos el brazo derecho. La gente dio un alarido y nos ovacionó. ¡Pensaban que estábamos haciendo el saludo nazi...!

La lucha de los arios contra las otras razas marcaba la necesidad de mostrar una imposible superioridad humana. Y atrás del Tercer Reich estaban dos artífices maquiavélicos: Goebbels y Avery Brundage. Este último llegaría a ser presidente del COI y llevaría a Alemania otros fatídicos Juegos Olímpicos, más de treinta años después.

Si estos Juegos de Atlanta 96 serán recordados como desmitificación del sueño americano y el imperio del caos (ese ilógico estilo de vida que se ha ido reproduciendo malévolamente en todo el planeta, y que tiene ahora en Georgia una concentración que es escaparate), los de Berlín en 1936 quedan como los juegos de la gran ideología derrumbada.

El aparato publicitario del nazismo se desplomó por la veloz carrera de Jesse Cleveland Owens, hijo de un jornalero de Alabama.

James Owens, nacido el 12 de septiembre de 1913 en Danville, Alabama, obtuvo el “Jesse” y el “Cleveland” de modo accidental. Las mudanzas familiares en busca de trabajo los hicieron ir de Alabama a Cleveland. Una maestra le preguntó su nombre y él respondió:
- J. C. Owens —lo que quería decir: James de Cleveland Owens.

La visita al colegio del campeón olímpico Charley Paddock decidió al muchacho en sus aspiraciones en la pista. A los 18 años Jesse ya cronometraba 10,3 en los cien metros planos con un viento ligeramente favorable. Sus logros atléticos le abrieron el camino hacia la
Universidad de Ohio. El 25 de mayo de 1935, un año antes de los Juegos de Berlín, en sólo cuarenta y cinco minutos igualó un récord del mundo y batió otros cuatro.
Con ello se abrió camino hacia los Juegos Olímpicos.

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A diez kilómetros de Berlín estaba la Villa Olímpica. Los alemanes preferían llamarla “pueblo”, y se vivía efectivamente como en un pueblo pequeño, y no como en una ciudad enferma estilo Atlanta 96. Cuenta “Calavera” Gómez: “Había calor y color en esa villa. Temprano, en las noches, sacábamos las guitarras y nostálgicos, nos poníamos a cantar. Eso atrajo a muchos deportistas de varios países: de China, de Italia, Francia, Japón, Estados Unidos; en fin, de un chorro de delegaciones. Todos se acercaban a nosotros (...) Otros visitante distinguido era Jesse Owens, a quien le gustaba mucho la música mexicana. Sus canciones predilectas eran ‘Cielito Lindo’ y ‘La borrachita’ (...) Owens era un negro muy alto y muy amable, sencillo en todo momento. Nosotros festejamos sus medallas como si hubiesen sido nuestras”.

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El punto de quiebra de la fiesta nazi ocurrió sobre todo el 4 de agosto en el salto largo, y el duelo entre el alemán Lutz Long y el estadounidense Jesse Owens. Hubo un instante en que la sonrisa de Hitler parecía adelantarse a los resultados: cuando Long, consiguió 7,87 metros. El atleta alemán alzó el brazo y saludó a Führer, como para brindarle el triunfo. ¿Qué podría hacer ese “auxiliar africano de los americanos”, como lo llamó Hitler, luego de esa incuestionable demostración? Owens ya había ganado los 100 metros planos un día antes: además de la prueba de salto le esperaban los 200 metros planos (consiguió el oro con 20,7 segundos) y el relevo de 4 por 100 (donde Estados Unidos también lograría el primer lugar en 39,8 segundos).
El forzado duelo arios/negros se dio, pues en el salto largo. Era el segundo intento para Owens: toma la carrera, se impulsa, salta... ¡7,94!
Loco de furia, Hitler abandona el estadio. Y no verá, por lo mismo, la siguiente hazaña de Jesse, al que le faltaba el tercer salto: ¡8,06!
Triunfo indiscutible. El alemán Lutz Long corre a felicitar al negro, al que consideró desde entonces como su amigo.

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Jesse Owens: esplendor y caída. Terminó siendo atracción de circo: corrió contra caballos en Nueva York y Chicago, y también contra jugadores de beisbol, automóviles, camiones, y perros.
Viajó como masajista a los Juegos Olímpicos de México, en 1968, y lloró a los muertos israelíes en Munich 72, entre otras apariciones.
Al morir el 31 de marzo de 1980, se ocupaba de vender sellos y monedas olímpicas.

 
 
 
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