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Suena la campana del tercer round.
Termina la pelea por el oro en Moscú y el soviético
Pyotr Zaev festeja. Da rienda suelta a su alegría.
Pero algo hay de extraño. Los aplausos, es cierto,
se dividen en tribunas agradeciendo el desempeño
de los púgiles. No es de Zaev el oro, pero está
feliz pues terminó de pie ante el más
grande boxeador amateur que ha tenido el mundo: Teófilo
Stevenson.
CABALLERO SOBRE EL RING
Un metro noventa de estatura; 93 kilogramos de peso.
Nació el 29 de marzo de 1952 en una zona azucarera
de Puerto Padre, en el oriente cubano, y se calzó
los guantes por vez primera en Victoria de las Tunas,
en 1966, donde perdió por puntos ante Luis Enríquez,
en los 71 kilogramos.
Inició su cosecha internacional con el bronce
en los Panamericanos de Cali 1971, donde perdió
ante el estadounidense Duanne Bobick; pero un año
después: A los 20 se coronaba con el oro olímpico
dejando en los cuartos de final de Munich al mismo Bobick.
Peter Hussing, de Alemania, quien se midió con
él en semifinales, diría del cubano, según
consta en los archivos históricos del COI: "Nunca
había sentido un golpe tan fuerte en mis 212
peleas; no ves sus brazos, sólo los sientes,
dolorosos".
En Munich 1972 y en Montreal 1976 venció abrumadoramente
por nocaut a sus oponentes finales, los rumanos Ion
Alexe y Mircea Simon.
En Montreal acabó con sus tres primeros rivales
en apenas 7 minutos y 22 segundos.
Quizá pasó algún contratiempo
en la final, cuando Simon se salvó de la inminente
derrota moviéndose mucho sobre el ring en los
primeros dos episodios. Evadía los misiles. Tarde
o temprano el golpe de gracia de Stevenson encontraría
el blanco, y sucedió: la fiesta acabó
para el rumano cuando sus entrenadores, en el tercero,
aventaron la toalla para que Stevenson ganara su segunda
medalla olímpica.
En Moscú, así como celebró Pyotr
Zaev en la final, lo hizo también el húngaro
István Levai, quien en semifinales corrió
por el ring los tres episodios alejándose de
los golpes del cubano.
Fuerza, potencia y una muy personal forma de moverse
sobre el cuadrilátero. Juego limpio.
Los ideales no se venden, ni se traicionan; acaso se
difunden. Por ello siempre rechazó ser profesional
porque el abandonar el amateurismo implicaba también
dejar Cuba. Quienes intentaron lanzarlo y le ofrecieron
varios millones de dólares, se encontraron siempre
con la respuesta que la agencia EFE lanzó al
mundo: "Jamás cambiaría mi patria,
ni por todo el oro del mundo"
EL COMBATE IMAGINARIO...
Nunca pudo montarse el anhelado combate entre Stevenson
y el estadounidense Muhammed Alí, pelea que rondó
la imaginaria popular por muchos años y en la
que, se rumoró, se disputarían 5 millones
de dólares.
"¿Qué son cinco millones de dólares
cuando tengo el amor de cinco millones de cubanos?",
se excusó.
Sólo Stevenson, Félix Savón, otro
grande de Cuba y el húngaro Lazlo Papp, han ganado,
en boxeo, tres oros olímpicos.
En 1999 fue arrestado en Miami por golpear a un empleado
de United Airlines ; sería liberado horas después,
sin mayores problemas.
La UNESCO lo honró en 1986 con el premio Pierre
de Coubertin , por su comportamiento deportivo; este
2004 recibió en Italia el Fair Play de la Asociación
Internacional de Boxeo y la Unión Europea, y
en Cuba ingresó al Salón de la Fama Revolucionario.
El ex pugilista dedica todos reconocimientos a su familia
y al presidente cubano, Fidel Castro, "principal
motor de mis victorias. Yo soy un simple fruto de la
Revolución y a ella le debo todo lo he podido
alcanzar".
Se retiró en 1986 tras el Mundial de Reno. Es
vicepresidente de la Federación Cubana de Boxeo
y atiende en la Calle 13, número 601, zona postal
4, de La Habana. Es, además, diputado en el parlamento
cubano.
En Atlanta 1996 fue el único latinoamericano
dentro de los 25 mejores deportistas en el Centenario
de los Juegos.
En Cuba, donde el boxeo es campeón olímpico,
y la pasión por los puños se comparte
con los diamantes de beisbol, el nombre de Teófilo
Stevenson, con 20 años de carrera amateur, está
más vivo que nunca.
Pudo ingresar a la lista de los más grandes
boxeadores profesionales como Mohammed Alí, Ken
Norton, Larry Holmes, George Foreman y Joe Frazier,
pero sus convicciones permanecieron; firmes. Más
alto, más fuerte, más rápido...
Y más revolucionario, Teófilo Stevenson
jamás vendió, cambió o traicionó
sus ideales.
Los difundió desde el Olimpo, desde donde, ante
su recuerdo, se escucha vibrante y nítido: ¡Hasta
la victoria, siempre!
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