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Sergei Bubka
EL SALTO HACIA EL INFINITO
  El vuelo de pájaro del ucraniano Sergei Bubka, a quien el destino sólo le dio una medalla áurea

Tarde calurosa, soleada, ésta del 28 de septiembre de 1988. Se guarda silencio en el estadio olímpico de Seúl porque todo mundo será testigo de la historia. La historia que escribiría el soviético Sergei Bubka, multicampeón mundial en salto garrocha, a quien la política deportiva postergó la oportunidad de ser monarca olímpico.
Ya han pasado centenares de competidores en este escenario en el que se dirimen varias finales y que se asemeja a un circo de tres pistas. En el centro, los ojos de miles de espectadores quedan fijos en este atleta rubio con el uniforme rojo y blanco y con la larga pértiga en la mano derecha. Bubka se concentra. Los instantes pasan largos...
La varilla está a una altura de 5.95 metros, inalcanzable para el también soviético Gataoulin, único que mantiene la lucha con el hombre invencible.
Entonces todo pasa en segundos. El corpachón se impulsa, se flexiona la pértiga y vuela la masa de músculos hasta superar la barrera. El salto ha sido limpio; Bubka no conoce otro tipo de saltos.
Dueño es, por fin, de la dorada medalla olímpica.
Es el punto final de una larga historia.

***
Todo comenzó en la Primera Guerra Mundial: Gavril Reyewski escapó de los bosques con una bala alemana en el cuello. Cuando el soldado soviético se recuperó ya había terminado la guerra. Era la oportunidad de hacer realidad su sueño: impulsar su cuerpo hacia el espacio. Sería saltador de garrocha. Crearía una escuela. Rompió su carnet de inválido y se puso a trabajar.

Un día se acercó a él Valery Petrov, un chico con problemas familiares. Su padre murió en la guerra y él huyó de su villa, cerca de Dentsk, donde no encontró nada que no fuera dificultades, hasta que fue enviado a un reformatorio. Al abandonar esa institución, Petrov había decidido que sería el deporte su camino hacia la regeneración. Por eso llegó hasta la escuela de Reyewski y trabajó duro hasta ser uno de sus pupilos predilectos, aunque jamás alcanzó la excelencia como competidor. Cuando llegó el momento de dejar la pértiga recargada en el pared, Petrov se convirtió en entrenador.

Y la historia se repitió: hasta la escuela de Petrov llegó un chiquillo que, como él los tuvo, enfrentaba problemas familiares. El padre de aquel pequeño era un sargento del Ejército Rojo que a menudo olvidaba que tenía hijos; sargento gruñón que gritaba en las noches, al volver a casa, y hacía llorar a su esposa.

Aquel chiquillo era Sergei Bubka, quien hacía las cosas más inusuales; a los tres años bailaba en la azotea; a los cuatro saltaba de rama en rama por los árboles más altos del barrio...A los cinco, yendo en pos de lo desconocido, se lanzó de cabeza hacia lo profundo de un barril en el que su madre almacenaba el agua. Valery —madre abnegada, dulce, propensa al llanto; ejemplo de amor incondicional, ese que convierte a una persona en enemiga de la anécdota— corrió hacia el barril, atrapó a su hijo de los tobillos y lo rescató cuando Sergei había dejando de respirar y su rostro estaba cubierto por un tono violáceo.

A los nueve años, Sergei descubrió el salto de garrocha y se entusiasmó. Había descubierto un nuevo mundo. Se adentró en él con tanto ímpetu que acabó por irritar al sargento que tenía en casa. Cansado de aquellas historias de hombres voladores, su padre prohibió a Sergei que siguiera con aquella locura. Pero ni sus gritos ni sus amenazas hicieron desistir a su hijo y, peor aún: la pasión de Sergei había contagiado ya a Vasily. La presión infantil se duplicó hasta que al fin los hermanos recuperaron el permiso para seguir practicando.

Contaba apenas doce años de edad, cuando Sergei se rompió la cabeza y se abrió la boca en una mala caída. Lo encerraron con llave en la casa. Pero Sergei escapó y se refugió en un campo deportivo.

Tenía doce años cuando tocó a la puerta de Petrov. Con sólo verlo en los primeros saltos, Petrov comprendió que por fin había llegado el pájaro de oro por tanto tiempo anhelado. Dos años después su discípulo inició la gran carrera en competencia abierta.

Un año más tarde llegó la dorada oportunidad para el maestro: dejaría Voroshilograv —donde nació Sergei— para aceptar una atractiva oferta en Dentsk. ¿Pero, volaría con él el pájaro de oro? En la casa de Sergei había hecho explosión el mal humor del sargento, quien abandonó a su esposa. Y como Vasily decidió hacer el viaje con Petrov, Sergei decidió permanecer con su madre. Por las tardes lloraba de nostalgia. Valentina lo vio sufrir durante tres meses, hasta que tomó una decisión: lloraría y sufriría ella, no su hijo. Y una mañana lo llevó a la estación, lo metió en un tren hacia Dentsk, se despidió de él y se quedó sin más compañía que su llanto perenne.
Acompañado siempre por Vasily, Sergei entrenaba en la madrugada, trabajaba de nueve a dos de la tarde, mal comía y volvía a un rápido entrenamiento. El y su hermano dormían en los cuartos de los obreros de una fabrica, sin calefacción ni aire acondicionado. Pero a cambio, disfrutaba de las mejores instalaciones de pista y campo en toda Ucrania.

Entre los 17 y 18 años, Sergei se rompió dos veces un mismo hueso del pie izquierdo y una especialista le pidió que abandonara el deporte. Pero él continuó hasta que en 1983 se presentó en Helsinki para competir en el campeonato mundial de atletismo. Uno a uno cayeron los grandes adversarios y Sergei estremeció al orbe al proclamarse, por vez primera, campeón mundial en salto con garrocha. Dos meses después conoció a la gimnasta Lyllia y casó con ella nueve meses más tarde. Tienen dos hijos varones.

El mundo entero hablaba del futuro campeón olímpico. Los nuevos Juegos —Los Angeles 1984— estaban ya a la vista.
Pero un día, Bubka leyó, con ira y frustración que, como una represalia al boicoteo organizado por Estados Unidos a los juegos Olímpicos de Moscú 1980, la URSS había decidido, a su vez, no participar en los de la urbe californiana.
Desde entonces comenzó a prepararse para la cita en Corea.
Tarde o temprano sería campeón olímpico.
En 60 meses atropelló todas las marcas mundiales —nueve de ellas en apenas dos años— que él mismo impuso. Sólo contra Sergei Bubka competía Sergei Bubka.

ES 1992, SUS JUEGOS OLÍMPICOS

Eliminatorias, Bubka fija su barrera en 5.70 metros. Y es todo tan rutinario, que peca de exceso de confianza. Pierde la concentración, es apresurado por los jueces para que realice sus saltos dentro de la cronometría especificada, y se lanza, tres veces, en un vuelo atropellado. Tras veces fracasa. Eliminado en la primera ronda. Sale de la pista con la pértiga sobre el hombro derecho y con la mandíbula clavada en el pecho. Entre abucheos.
Un par de semanas después, en un encuentro atlético en Tokio, Bubka gana el primer lugar, que ahora no va acompañado de una medalla, sino de un cheque por varios miles de dólares.
Algún sector de la prensa —incluso la moscovita— le llama mercenario.
Dice él:
—Vendrán unos nuevos Juegos. Vendrá mi oportunidad de demostrar que no lo soy.
La oportunidad era Atlanta 1996, pero por una lesión no participó.
Sergei Bubka se retiró de las competiciones en 1997 debido a múltiples lesiones en el talón. Tras su retirada ha seguido carrera como dirigente deportivo, representante de atletas ante el Comité Olímpico Internacional y parlamentario en su país natal. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en 1991 y fue portador de la llama olímpica de Atenas 2004 cuando ésta pasó por Ucrania.

 
 
 
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