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Pierre de Coubertin
El hombre olímpico
Foto: Especial
De Coubertin dedicó su vida a promover la paz y la comprensión entre los hombres a través del deporte.
Pierre de Coubertin fue un pedagogo francés e historiador, pero es mundialmente famoso por ser el fundador de los Juegos Olímpicos modernos.
Si Pierre comenzó a soñar con unir en una extraordinaria competición a los deportistas de todo el mundo, bajo el signo de la unión y la hermandad, sin ánimo de lucro y sólo por el deseo de conseguir la gloria, competir por competir y como él decía: “Lo importante es participar”. La idea de Coubertin parecía insensata y enfrentó mucha incomprensión.
Intentando convencer a todos, viajó por el mundo hablando de paz, comprensión entre los hombres y de unión, mezclándolo todo con la palabra Deporte. Al fin, en la última sesión del Congreso Internacional de Educación Física que se celebró en la Sorbona de París, el 26 de junio de 1894, se decide instituir los Juegos Olímpicos.
He aquí el recuerdo de una vida a la que ilumina el ideal olímpico, pero que acabó llena de sombras.

Hay que fijar tiempo y lugar: Francia, siglo XIX. La madre de Pierre era normanda. Puede pensarse que en la contemplación de Marie-Marcelle gigaut de Crisenoy, nieta del marqués de Mirville, el niño Pierre concibió los Juegos Olímpicos: ella practicó esgrima en su infancia, sabía griego y latín, dibujaba con decoro y tocaba el piano con eficacia. Deporte y arte estaba unidos en esa figura protectora.

Su padre, Charles Fredy, presumía el título de barón de Coubertin concedido en Inglaterra en 1611 y que no tenía validez en Francia. Era pintor y viajero: guardaba en las telas sus recorridos por Europa.

Juntos, Charles y Marie-Marcelle procrearon cuatro hijos: tres varones y una dama. Pierre era el más joven, y se sentía particularmente unido a su hermana, siete años mayor.

Una vida a la que ilumina el ideal olímpico, pero que acabó llena de sombras.

La vida familiar transcurría entre Mirville, la playa de Etretat, -donde pudo encontrarse con el brillante narrador Guy de Maupassant-, y París, la capital del siglo XIX.

A Pierre de Coubertin la enojaba ser “hijo de baronnet”. Acudió a los salones pero terminó por hartarse de ese ambiente ligero. Fue tomando decisiones contrarias al espíritu familiar: evitó la escuela militar y se matriculó en derecho. Los Coubertin eran monárquicos y él se hizo republicano. En 1895 se casó con una joven alsaciana, Marie Rothan, él católico y ella protestante.

Su desgano hacia los “círculos sociales” lo ayudó en la realización de su sueño olímpico, para el que expuso todo su capital.

Lo bueno que hizo para los hombres terminó siendo malo para él. El final de su historia es triste, pues vivió entre desgracias familiares y económicas. El “barón”, de burgués o aristócrata se hizo empleado. De sus hijos, Jacques quedó condenado a la silla de ruedas. Y su hija René permaneció soltera y mentalmente desequilibrada.

El anciano Pierre de Coubertin decía que confiaba no en el hombre pero sí en la humanidad.

Que este mundo tan imperfecto esté de fiesta una vez más en cada ciclo olímpico, a pesar del caos que parece cubrirlo, es obra de Coubertin.

 
 
 
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