Cuando Marion Jones
era apenas una chiquilla y vivía en Los Ángeles,
donde nació, no jugaba con muñecas; prefería
competir con niños. Sólo con niños.
Pronto superó a su hermano mayor Albert, quien
la escogía como parte de su equipo en aquellos
encuentros atléticos de banqueta con equipos
de otras calles, de otros barrios. Pero la suya no fue
una infancia feliz: su padre la abandonó y su
abuelo, quien la adoraba, murió cuando ella aún
no cumplía 10 años.
A los 13 fue descubierta por Brian Fitzgerald, un entrenador
atlético de secundaria. Tenía razón:
pocos meses después, Marion se convirtió
en la estudiante de secundaria que más rápidamente
ha corrido los 200 metros en la historia del atletismo,
y destacó también en el basquetbol universitario:
en su año de novata, y en la posición
de pivote, impulsó a las Tar Heels de Carolina
del Norte al campeonato nacional de basquetbol. Y en
1992 cuando tenía apenas 16 años fue escogida
como reservista en la delegación que competiría
en Barcelona, pero declinó el ofrecimiento. “No
quería apresurar las cosas”, explicó
tiempo después.
En 1993, la Asociación Deportiva estadounidense
se preguntaba: ¿qué tan buena es Marion
Jones? Se respondió a sí misma: es la
velocista más talentosa que ha existido. Pero
ella misma parecía empeñada en negarlo:
se dedicó más al basquetbol que al atletismo
y no sólo perdió el ritmo de una atleta
especializada en el sprint, sino que, poco antes de
Atlanta 96, se fracturó el pie derecho y volvió
a quedar fuera de los Juegos Olímpicos. Un año
después rectificó el camino y en los campeonatos
mundiales conquistó el oro en los 100 metros
y en el relevo 4 x 100.
Fue encadenando triunfos y satisfacciones hasta llegar
a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Y a unos
días del comienzo de los últimos Juegos
Olímpicos del siglo, Marion Jones se presenta,
por fin, en la máxima justa deportiva del mundo.
Es la segunda mujer más rápida de la historia
en 100 y 200 metros sólo detrás de su
compatriota Florence Joyner Griffith. Pero tan veloz
es, como inconsistente es.
Por eso la pregunta: ¿Cinco medallas olímpicas?...
“Esa es mi meta”, dice Marion con voz transparente
como el agua... “Hacer lo que nadie ha hecho”.
Y lo hizo.
Aterrizó en Sydney con bombos y platillos vaticinando
que ganaría cinco medallas de oro. Atrapó
la atención del mundo, que estaba a la expectativa
de la hazaña en puerta. Y en efecto, sí
fueron cinco preseas, pero no todas de oro, sino solamente
tres (100 m, 200 m y relevos 4x400 m) y dos de bronce
(salto de longitud y relevos 4x100 m).
La impecable demostración la catapultó
hacia el máximo escenario del atletismo mundial.
Jones contrajo matrimonio con C.J Hunter, un irritable
hombre de 150 kilos que no vacila en manifestar su desagrado
por la prensa y sus inquisitivas preguntas. ¿Soy
un poco distraída pero tengo el lujo de contar
con mi esposo. “Cuida mis espaldas”, señala
Jones. La prensa europea apodó a la pareja como
La Bella y La Bestia.
Tras los Juegos Olímpicos de Sydney, C.J. Hunter
fue acusado de dopaje y esto arrastró a Marion
Jones, de quien muchos comenzaron a hilvanar sospechas.
Pese al escándalo, Jones continuó su participación
en las pruebas de atletismo, pero se divorció
de C.J. Hunter para comenzar un romance con el velocista
Tim Montgomery, plusmarquista mundial de 100 metros.
Renació Marion Jones y comenzó a soñar
en Atenas 2004. Pero el fantasma del dopaje rondó
una vez más a Jones, tras una investigación
sobre un nuevo producto llamado Tetrahidrogestrinona
(THG), de los laboratorios Balco, al que se le vinculó
y manchó su imagen.
El desconcierto y la preocupación propiciaron
un mal entrenamiento, el cual impidió que calificara
para Atenas 2004 en 100 y 200 metros. Sólo participó
en salto de longitud quedando en quinto lugar, y en
los relevos de 4x100, prueba en la que Estados Unidos
fue descalificado.
Y la pesadilla continuó para Marion Jones, luego
que en diciembre de 2004 Víctor Conte, de los
laboratorios Balco, denunció que Marion se dopaba
desde hacía varios años y que él
mismo le había enseñado a utilizar la
TGH.
Más adelante Marion Jones dio positivo en un
control antidojaje por EPO, aunque el contraanálisis
demostró que se había tratado de un error.
A finales de 2006 anunció que meditaba un probable
adiós del atletismo, por no soportar las continuas
sospechas sobre su supuesto dopaje.
Al año siguiente dobló las manos y finalmente
aceptó haberse dopado durante los Juegos Olímpicos
de Sydney 2000. Se vio obligada a devolver las cinco
medallas y recibió como castigo una suspensión
de dos años. Ante la hecatombe, anunció
su retiro del atletismo y más adelante los libros
de récords fueron desempolvados al anularse los
resultados de todas las competencias que disputó
desde el primero de septiembre de 2001.
Sin embargo, la tormenta no cesó en la vida de
Marion Jones. Fue condenada en enero de 2008 a seis
meses de prisión y dos años de libertad
condicional por perjurio, durante los cuales tendrá
que cumplir 800 horas de servicio comunitario.
Al salir del tribunal, Jones declaró: "Como
pueden imaginar, estoy extremadamente desilusionada
con todo esto; pero así como di la cara en los
años de victoria ahora lo que hago por lo que
es correcto. Respeto la decisión del juez y espero
que la gente aprenda de mis errores".
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