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León Felipe Girón
Para un atleta convencional, no hay nada más
importante que una medalla olímpica.
Pero John Carlos no era un atleta convencional. Y para
él, lo más importante era tener una voz.
Una voz que hablara por los que no podían hablar,
un puño que peleara por los que no lo podían
hacer. ¿Qué importaba una medalla?
Bienvenidos a 1968.
“La medalla no tiene importancia. La medalla probablemente
le importa mil veces más a mis hijos que lo que
jamás me importaría a mí”,
comentó el Dr. John Carlos, 40 años después
de su visita al podio olímpico en la ciudad de
México, luego de ganar bronce en los 200 metros.
Pero, tal vez ese sea el tercer lugar más recordado
de los Juegos. Carlos y el ganador del oro, Tommie Smith,
unieron sus corazones e irónicamente, su voz,
en un acto silencioso, puños en alto cubiertos
en guantes negros, pidiendo a gritos atención
a los derechos humanos.
“La única razón por la que gané
una medalla era porque la necesitaba para subir al podio”,
comentó en exclusiva a EL UNIVERSAL desde su
casa en Palm Springs, California.
Con 63 años recién cumplidos, el atleta
de madre cubana no se arrepiente de utilizar su himno
nacional para la demostración. Está orgulloso
de ese momento.
“Creo que más que cambiar mi vida, llenó
los espacios vacíos en ella”, señala,
posiblemente sonriendo detrás de la bocina telefónica.
“Cuando era niño tenía una visión,
en un escenario parecido. Me veía en un estadio,
con la gente aplaudiendo fervientemente y en un segundo
se convertía en odio, veneno, racismo. Tenía
siete u ocho años. Y 15 años más
tarde en el podio de triunfadores volví en el
tiempo”.
Tal vez volvió a su infancia. O tal vez solo
retrocedió unos meses cuando conoció al
Dr. Martin Luther King y platicó con él
de lo que eventualmente sería la muerte de King
y el sentido en la vida de Carlos.
“Creo que Dios me mandó una oportunidad,
antes de esos Juegos Olímpicos, de reunirme con
el Doctor King”, relató. “El doctor
King me respondió una pregunta que le hice de
¿Si lo habían amenazado de muerte en Memphis,
por qué quería volver a esa ciudad? Y
me dijo que tenía que volver para defender a
la gente que no se podía defenderse.
Meses después, King fue asesinado en Memphis,
Tennessee.
“Eso me marcó mucho porque me di cuenta
de quien soy yo y porque he vivido la vida que he vivido.
Porque he estado peleando por la gente menos afortunada
toda mi vida”.
Fue por eso que aquel 16 de octubre, Carlos y Tommie
Smith (ganador del oro) cerraron sus puños, pero
no para pelear, sólo para advertir lo que estaba
pasando con el racismo y el odio en el mundo.
“Creo que lo más importante es que tocó
todos los aspectos de la sociedad. Creo que esos individuos
que pensaban que no tenían que preocuparse por
el prójimo porque no somos iguales, vieron renacida
su conciencia”, señaló el ahora
orador. “Es grandioso ser reconocido, ganarse
un Corazón Púrpura, una Estrella de Oro
o una medalla olímpica y es triste que cuando
llegas a casa y te das cuenta que solo eres un NEGRO
en tu país.
”Queríamos hacer algo que afectara al mundo
y sin violencia”.
Sus únicas dos opciones eran: Guante negro, puño
en alto y calcetas negras (sin zapatos), o por otro
lado un boicot.
Tomaron la decisión correcta.
“¿Qué si pensé en boicotear?
Claro que sí. Estaba en favor de un boicot en
ese momento. Queríamos dejar un punto en claro
no sólo con el público americano sino
con el mundo y ausentar a la participación negra.
Sin negros en los Juegos Olímpicos, sin negros
en los servicios militares, ¿dónde hubiera
quedado Estados Unidos en ese momento?”, señaló
Carlos, quien un año después igualara
la marca mundial en los 100 metros planos con 9.1 segundos.
De piernas indudablemente veloces, la mente de John
Carlos trabaja aún más rápido recordando
con lujo de detalle cada momento de su visita a México,
donde también recibió motivos para hablar
por los que no podían hacerlo… en este
caso, los estudiantes.
“Lo primero que recuerdo cuando llegamos al aeropuerto
es haber visto muchos soldados.
Después supimos que fue por lo sucedido unos
días atrás, con los estudiantes, como
fueron tratados y las atrocidades que sufrieron”.
“¿En qué clase de situación
nos estamos metiendo? Se están violando los derechos
humanos y ahí íbamos a la boca del león”.
Tenía que hacer algo. Hablar, defenderse, luchar.
Por él y sus causas.
“Esa demostración en la ciudad de México
fue un recordatorio a la sociedad, se les dejó
saber que ya no puedes descansar la conciencia. Si las
tragedias les pasan a otras personas, a otros grupos,
si cierras los ojos mañana te podrían
suceder a ti”, dijo.
Y aún con tal lucidez a 40 años del momento
que “iluminó” su vida, Carlos aún
no recuerda bien de quien fue la idea, más sabe
a la perfección que sucedió con el guante
que aquella tarde en la Ciudad Universitaria cubrió
su puño izquierdo y descubrió la conciencia
de millones de personas en el planeta.
“La idea fue mía, pero el señor
Smith dirá que es su idea. Pero es irrelevante
de quién fue la idea, lo importante es que se
realizó”, dijo riendo. “Eran los
guantes del señor Smith, yo le dije, trae los
guantes, él los trajo. Cuando la demostración
terminó, le devolví el guante al señor
Smith pensando que sería un hombre y me lo regalaría,
pero eligió quedarse con ellos”.
No tiene el guante. Si tiene la medalla.
Tal vez, se quedó con el objeto menos valioso.
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